I. la patria el concepto de patria Justicia, patriotismo y religión II. La nacióN






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ex posteriori.
3.- ¿Hay un imperio mundial norteamericano?
A la luz de las premisas establecidas por el pensamiento clásico, y formuladas explícitamente como principios jurídico-internacionales por la Escuela Española del Derecho de Gentes, la respuesta a esta pregunta resulta ser claramente negativa. Ninguna autoridad le ha conferido a los EE.UU. imperio de iure universal, ni sería lícito hacerlo. Pero ni siquiera esta súper-potencia ha formulado tal pretensión explícitamente, fuera de las difusas alusiones a un “nuevo orden mundial”. Y quien afirme lo contrario deberá probarlo. Pero frente a esto, parece oportuno indicar sucintamente dos órdenes de ideas, que pueden contribuir a ordenar una eventual discusión.

En primer lugar, parece necesario replantear qué se entiende por “imperio político”, en el sentido en que se habla históricamente, por ejemplo, de Imperio egipcio, persa, macedónico, romano, otomano, etc. Se trata de una categorización que no puede ser arbitraria sino que debe estar fundada en los hechos y en la experiencia. Y desde este punto de vista, habría que preguntarse si cabe hablar de “imperio” sin que exista al menos la pretensión explícita de establecer una relación de mando-obediencia universal fundada en el Derecho o, al menos, en una apariencia de tal, y sin las instituciones consiguientes a esa relación y a ese fundamento jurídico209. Y, sobre todo, sin que exista de parte de los “imperados” la conciencia política y jurídica de un vínculo obligacional.

En segundo lugar, los hechos de globalización política y económica, que suelen ser exhibidos como indiciarios de un tal imperio, pueden explicarse desde otras hipótesis diametralmente opuestas, que más bien sostienen que los EE.UU. son objeto de presiones y conspiraciones de grupos privados transnacionales210, que buscan una forma de dominio mundial casi horizontal; y, si se examina la composición de su deuda externa e interna, estas hipótesis no parecen tan fantasiosas. Por su parte, la nueva derecha norteamericana, desde hace al menos veinte años, viene denunciando el avance de la O.N.U. sobre la independencia de los EEUU. Pero, sea lo que fuere acerca de estas múltiples hipótesis, lo cierto es que el mundo está lejos de una unidad política. China, la Unión Europea, Rusia, India, Pakistán, con sus respectivas zonas de influencia, suman cerca de la mitad de un mundo no dominado por ningún imperio.

IV.- CONCLUSIÓN
Conviene, a modo de conclusión, enderezar los criterios que -cual recta razón argumentativa- deberían servir de marco a una discusión fructífera acerca de los problemas que este fenómeno contemporáneo de la globalización suscita en el ámbito político mundial. Criterios que no es necesario inventar, porque se encuentran ya formulados y debidamente acreditados en nuestra tradición sapiencial.
1.- La globalización no debe ser entendida como uniformidad u homogeneidad.-
La globalización es una forma dinámica de totalidad concreta. Con relación a ella, pues, cabe aplicar el principio de totalidad, formulado y reiterado desde Platón y Aristóteles hasta Hegel inclusive y que encontrara adecuado desarrollo en la doctrina del bien común y del principio de subsidiariedad. En efecto, la intensificación de la interacción e interdependencia a escala planetaria implica la conformación de una totalidad cuyas partes deben ordenarse sin perder sus peculiaridades y diferencias, pues de la adecuada integración de éstas en el todo depende el bien (común a las partes) de la totalidad misma. Toda tentativa de eliminación de las necesarias peculiaridades y diferencias de los pueblos y los Estados, es decir, de su individualidad política, cultural y económica- perjudica tanto a las partes como a la perfección ordenada del todo. Su efecto sería contrario al Derecho Internacional -lo justo en las relaciones entre los Estados- y a los fines internacionales –paz y cooperación- y su resultado, en definitiva, no sería otra cosa que una gigantesca tiranía mundial, fuente permanente de discordia y convulsiones recurrentes, tanto regionales como mundiales.
2.- La crisis de las formas políticas contemporáneas no es la crisis del Estado.-
El Estado moderno, a cuya crisis asistimos, no sólo en la Argentina211, es fruto de una serie de pseudo-principios, instaurados en los hechos mediante sucesivos procesos revolucionarios: soberanía (supremacía de un poder político que no procede del Derecho, sino éste de aquél), centralización unitaria (con la consiguiente absorción de las competencias de las comunidades infra estatales), principio de las nacionalidades212, desmoralización de la economía y agnosticismo religioso. La crisis de este modelo estatal , lejos de significar la crisis general del Estado como comunidad política particular perfecta o autárquica, significa tan sólo el fracaso inevitable al que condujo la quiebra de la tradición política europea. Y, en esa medida, constituye hoy una nueva oportunidad de organizar la vida de los hombres bajo formas políticas más humanas, conformes con el Derecho natural.
3.- Es necesario volver a pensar una doctrina del Estado para nuestros días.-
Para ello, sugiero las siguientes pautas:
3.1.- Deben tenerse presente las circunstancias contemporáneas y las exigencias que surgen de éstas, en relación con la realidad política de un mundo globalizado como el actual. (v.gr., respecto a las dimensiones espaciales y geoestratéticas).

3.2.- Deben respetarse los principios del Derecho Natural clásico.

3.3.- En especial, es necesario, volver a afirmar los principios de legitimidad política de nuestra tradición: autarquía estatal, primacía del bien común, principio de subsidiariedad (y consiguiente derecho al respeto de las diversidades patrias) y primacía del Derecho (y la ley natural) sobre el poder político.

3.4.- Debe respetarse el derecho a la diversidad nacional y cultural -dentro de los límites que impone la unidad de principios- y fomentarse el desarrollo de las virtudes sociales del patriotismo y la religión.

1 “… räsonniert, so viel ihr volit, und worüber ihr wolit; nur gehorcht!” Die Werke Inmanuel Kants, Suhrkamp, Frankfurt, 1978, t. XI, pág. 61.

2 El texto lo trae C. FABRO, Dall’essere all’esistente (III, Fede e raggione nella dialettica di Kierkegaard), Morcelliana, Brescia, 1965, págs. 173-174.

3 El nominalismo es una corriente de pensamiento lógico y metafísico que puede caracterizarse por dos notas: a) identificación de pensamiento y lenguaje (es decir, negación de la diferencia esencial entre palabra y concepto) y b) negación de que existan (en acto o en potencia) esencias específicas reales.

4 El voluntarismo, en el contexto de este capítulo, es entendido como la opinión de que la voluntad real y concreta de los hombres puede ser independiente de la razón. En otras palabras, el voluntarismo equivale al irracionalismo de la voluntad.

5 S. RAMÍREZ, O.P.: La prudencia, Madrid, Ed. Palabra, 1979, págs. 126 – 127.

6 “Le plus flirt n’est jamais assez fort pour ètre toujours le maître, s’il ne transforme sa force en droit, et l’obeissance en devoir” (J.J. ROUSSEAU, Du Contrat social, L.I, cap. III, Oeuvres complètes, París, Seuil, 1971, t. II, pág. 519).

7 Cfr. F.A. Lamas, La concordia política, Bs. As., Abeledo Perrot, 1975, especialmente cap. VII, 2.2., págs. 210-212.

8 L. LEGAZ Y LACAMBRA, Filosofía del Derecho, Barcelona, Bosch, 1961, pág. 613.

9 Id., pág. 611.

10 “Crisis” es un sustantivo derivado del verbo krínoo, cuya primera acepción es “separar, distinguir”, y secundariamente, elegir y decidir. Krísis, a su vez designa: a) la facultad de distinguir; b) elección; c) separación o disentimiento; d) decisión, juicio (en especial, el condenatorio). Cfr. P. CHANTRAINE, Dictionnaire étymologique de la langue grecque –Histoire des mots, Paris, Klincksieck, 1968, tI, voz krínoo, y A. BAILLY, Dictionnaire Gtrefc-francais, Paris, Hachette, 1950, voces correspendientes.

11 Una descripción sintética de la crisis contemporánea en sus múltiples planos puede verse en: Crisis, revolución y tradición, de FÉLIX ADOLFO LAMAS, en MOENIA I, Bs. As., 1980, págs. 85-95.

12 El pensamiento político medieval fue fuertemente legitimista. Ello era fruto, entre otras cosas, de la pluralidad de competencias que era propia de la época, la cual pluralidad exigía, a fin de dejar a salvo el orden, una prolija fundamentación de los diversos títulos. Como un testimonio de multitud de doctrinas políticas legitimistas de la época, cfr. De O. VON GIERKE, Teorías políticas de la Edad Media, trad. Al castellano de J. Irazusta, de la edición inglesa de F.W.Maitland, Bs. As., Huemul, 1963.

13 W. JAEGER, Paideia, México, F.C.E., 1967, pág. 98.

14 Respecto de la idea de cosmos como orden de la polis y orden natural, cfr. W JAEGER, ibid., págs. 113-114.

15 La enumeración de las cosmovisiones citadas en el texto no pretende ser taxativa, sino que tan sólo se han seleccionado algunos nombres que han puesto un especial acento en la sacralizad y unidad del orden cósmico – político. La verificación de la tesis en cada autor o corriente escapa a las limitaciones de esta obra; ella debe ser supuesta como un factum de la Historia de la Filosofía. Sobre este tema, cfr. De W. JAEGER, La teología de los primeros filósofos griegos, México, F.C.E., 1977.

16 Nómos deriva del verbo Nemo, cuyo sentido original es “atribuir, repartir, según el uso o la conveniencia, hacer una atribución regular” (Cfr. P. CHANTRAINE, op. Cit., voz Nemoo). Respecto de la polis, la ley era como su forma vital inmanente o su alma. De esta relación dice J. BURCKHARDT: “La polis se contempla a sí misma como un todo en – el nomos, expresión conjunta de las leyes y de la constitución de la ciudad. Representa lo objetivo superior, que se cierne sobre todas las existencias y voluntades individuales, y que pretende, no ya como en el mundo moderno, `proteger al individuo y recibir de él los impuestos y el servicio militar, sino ser el alma colectiva” (Historia de la Cultura griega. Trad. De E. Imaz, Barcelona, Iberia, t. I, pág. 113).

17 W. JAEGER, Paideia, pág. 88.

18 Respecto de las acepciones que en definitiva llegó a tener el vocablo, cfr. A. BAILLY, op. Cit., voz correspondiente.

19 La identificación entre nomos y logos divino, se hace enérgica y explícita en HERÁCLITO (cfr. El famoso fragmento 114, en relación con el 2do. ).

20 W. JAEGER, Paideia, pág. 10.

21 Lo opuesto a lo racional, a lo justo, a lo sujeto a medida, es la hybris, cuyo sentido originario fue precisamente lo contrario a lo justo, lo violento en cuanto injusto e irracional (cfre. JAEGER, ibid., pág. 106; también P: CHANTRAINE, op. Cit., vos correspondient4e). La vida moral, política y religiosa de los griegos consiste en una lucha entre el principio irracional que salta toda medida, y el imperio de la razón, cuya encarnación en la polis es el orden político y en el hombre el éthos.

22 W. JAEGER, Paideia, pág. 149.

23 “Lo que se hallaba ya en germen en la concepción del mundo de Anaximandro se desarrolla en la conciencia de Heráclito en la concepción de un logos que se conoce a sí mismo y conoce su acción y su puesto en el orden del mundo”, (JAEGER, op. Cit., pág. 178).

24 Cfr. JAEGER, id., págs. 10-11).

25 Cfr. Fr. 44.

26 La crisis “se manifestaba principalmente en dos planos: de una parte, en una falta de acuerdo respecto a los valores fundamentales que sirven de base y apoyo a la vida social y que constituyen puntos de referencia para la conducta privada y pública; de otra parte, en la ausencia de acuerdo sobre los intereses concretos de cada sector, clase o grupo constitutivos del tejido social de la ciudad, impidiendo el entendimiento que pudiera superar los enfrentamientos de intereses en función del interés general” (F.A.LAMAS, op. Cit., págs. 76 -77)

27 ERIK WOLF reduce esquemáticamente las concepciones acerca de la Sofística a tres: a) La primera es negativa, y toma en consideración, principalmente el juicio de Platón. b) La segunda es positiva, y la concibe como un renacimiento de la cultura fundado en la inauguración de un espíritu crítico centrado en los problemas humanos, en especial la educación. c) Por último, según una tercera interpretación, la Sofística no habría sido una tentativa de ruptura sino que, por el contrario, cabe poner de relieve los elementos de continuidad con el pensamiento anterior (jónico) y, a su vez, su similitud temática con el Platón de los primeros diálogos (cfr. El origen de la ontología jurídica en el pensamiento griego, Córdoba, U.N.C., -trad. De GARZÓN VALDÉS-. 1965, t. I, págs. 131-134). No es posible considerar aquí la polémica acerca del valor positivo o negativo de la Sofística. Pero es innegable la ruptura que significó la temática, el método y las conclusiones de los sofistas respecto del pensamiento tradicional. Tampoco puede ser discutible el sentido del esfuerzo de PLATÓN y ARISTÓTELES por reconducir el pensamiento –estragado por el relativismo retórico – pedagógico de los sofistas- por el camino de la verdad del ser y del bien. Por otra parte, puesto que la presente reseña se hace en vistas a poner de manifiesto el contexto histórico y doctrinario de ARISTÓTELES, y dado que la opinión que él recibiera e hiciera suya es la primera de las apuntadas por WOLF, ésta será también admitida como válida por nosotros.

28 ¿Qué es el carlismo?, Madrid, Escelicer, 1971.

29 São Paulo, T.A. Quieroz editor, 1998.



30 La relación de estos conceptos fue tema de la Introducción de mi obra Ensayo sobre el orden social (Bs. As., Instituto de Estudios Filosóficos “Santo Tomás de Aquino”. 1era. Edición, 1985, 2da. edición, 1990).

31 La significación originaria del verbo griego κρίνω, del que procede el vocablo crisis, es separación y de allí distinción, juicio, etc. (cfr. P. CHANTRAINE, Dictionnaire étymologique de la langue greque – Histoire de mots, París, Klincksieck, 1968). Para las significaciones de la palabra krisis, cfr. A. BAILLY, Dicctonnaire grec-français, París, Hachette, 1950.

32 También en latín el verbo judico –y de ahí judicium- tiene un doble orden de significaciones: uno, originario, como acto de justicia o del juez, y otro, traslaticio, que es pensar, estimar, juzgar en sentido lógico o gnoseológico (cfr. A.ERNOUT-A.MEILLET, Dictionnaire Étymologique de la langue latine – Histoire de Mots, París, Klincksieck, 1979, voz: ius).

33 Entiendo por vigencia el vigor o la fuerza social de un fenómeno para imponerse a la conducta de los miembros de un grupo o sociedad, y por validez su referencia al valor, es decir, al bien social. Respecto a la aplicación de este binomio al campo del Derecho, cfr. mi obra
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