Secretos y cenizas autor: Mercedes Santos






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SECRETOS Y CENIZAS

Autor: Mercedes Santos


1738, Carina de Ulloa recibe una carta que cambiará su vida. Su padre, un marino de la Armada Real destinado al Virreinato de Nueva Granada, le pide que se reúna con él en Cartagena de Indias. La esperan una fortuna en cacaotales y un aristócrata venido a menos con quien casarse. Pero al desembarcar le informan que su padre fue asesinado y su prometido se casó con otra.

Pronto Carina descubrirá los turbios negocios de su padre, el contrabando generalizado, el clima de guerra que se vive en todo el Caribe entre España e Inglaterra, la existencia de una hermanastra mulata perseguida por la Inquisición y los pasquines difamatorios que la han puesto en ridículo antes de llegar a la ciudad. Su camino se cruzará con el de Diego de Veranz un malcriado aristócrata, desterrado de la ciudad acusado de un crimen, que tras su fachada de bonvivant trabaja en secreto para la Corona. Oculto tras el disfraz de letrado, ayudará a la mujer a la que él mismo convirtió en el hazmerreír de toda Cartagena. Ambos buscan venganza, pero serán arrollados por un elemento imprevisto: la pasión.

En esta romántica novela de amor, el escenario exótico y lujurioso lo brindan las plantaciones de cacao, las misas negras en las ciénagas, con el el poder de la Inquisición y el lujo de la corte virreinal, el pirateo en Jamaica y Tortuga, el asalto inglés a Portobello y el ataque inglés a Cartagena -el mayor en la historia naval hasta el de Normandía doscientos años después- como trasfondo histórico.

 

 

 


 

Dedicada a mi familia. A mis hijos Jorge y Javier,
mi marido Joaquín, mis padres y mis hermanos,
por su ayuda y apoyo durante todo este tiempo


PARTE I

Capítulo I


BADAJOZ. España. Abril de 1738

 

Se echó el grueso chal por encima tapándose el cabello cobrizo; se colocó la falda y comprobó que no se dejaba nada. En su mano enguantada llevaba un sobre que apretaba inconscientemente. ¿Podían unas simples líneas cambiar su vida? Definitivamente, sí. Miró por el ventanuco de su celda y aspiró la fragancia del huerto. Era muy temprano, apenas si había comenzado a salir el sol y aún relucían las gotas de rocío, pero la hora intempestiva no impedía que hubiese ya movimiento por los pasillos del convento de Santa Catalina, perteneciente a las Madres Agustinas.

—¡Ummmm! -se removió adormilada aún su compañera-. ¿Te vas? ¿Tan pronto? -le preguntó.

—Sí, Lucía; tengo que hacer algo; sigue durmiendo. Nos vemos esta tarde.

Cerró con sigilo y salió por el portón principal; Carina recorrió a paso ligero las calles polvorientas con las primeras luces del día.

Tenía prisa por ver a doña Constanza de Ulloa y Solano, su tía y tutora. Hermana de su padre, era en realidad su única familia. Habían vivido siempre juntas hasta que hacía cinco años, cuando la mujer enfermó. Don Agapito, el matasanos de los De Ulloa, aconsejó entonces que la niña pasase una temporada en el convento hasta que la dama se recuperase de su dolencia pulmonar. Desde entonces, y a pesar de que la mujer había recobrado pronto la salud, la niña continuó en Santa Catalina. El recinto religioso acogía, como en su caso, a jóvenes de buena familia en régimen interno aunque no fuesen a tomar los hábitos.

La abadesa del convento insistió en ello; era bueno para la muchacha convivir con jóvenes de su edad, aprender una instrucción básica y permitir cierta libertad a su tía. Doña Constanza aceptó, aunque no sin pena; viuda sin hijos, se había hecho cargo de Carina tras la muerte de su madre, cuando la pequeña tenía siete años, y le había dedicado su vida. El padre, don Joaquín de Ulloa y Solano, marino de la Real Armada de S.M. apenas paraba por casa. Obligado por su oficio, había traspasado la tutela a su hermana para que se hiciese cargo de la menor cuando él estuviera ausente. Hacía diez años que no lo veían.

 

Un remolino de aire levantó su falda. La ciudad despertaba. Labriegos con sus aperos y mulos partían a las dehesas próximas. Se acercaba a la plaza de San Juan, centro de la ciudad de Badajoz, cuando vio bajar a las hermanas del vecino convento de Los Remedios camino de su oración diaria.

—¡Unas moneditas…! -le reclamó una gitanilla que le ofrecía un ramito de romero.

En la escalinata de la catedral charlaba el deán con varios sacerdotes mientras los primeros mendigos estiraban sus raídas mantas sobre el suelo, donde pasarían el día pidiendo limosna y haraganeando. Unos perros famélicos cruzaron el jardincillo lateral mientras las mujeres más madrugadoras comenzaban a llenar sus cántaros en las fuentes. Desde allí se apreciaba con nitidez el rumor del río Guadiana, que esa primavera lluviosa bajaba rebosante y rápido; las puertas de la muralla y de la alcazaba estaban ya abiertas.

—¡Dios la guarde señorita De Ulloa!- la saludó en ese instante una vieja matrona amiga de su tía; con una mantilla oscura, la mujer cubría su cabeza canosa camino de la misa diaria de las ocho.

Ya cerca de la muralla se dirigió al caserón de la calle Santa Lucía. Un grupo de oficiales cuchicheó por lo bajo al verla pasar. Alguno la conocía de lejos. Carina no se dio cuenta. Los militares eran muy abundantes allí; tanto, que en número casi igualaban a la población civil.

 

Badajoz era una plaza fuerte, una ciudad militar en la frontera portuguesa protegida por murallas, baluartes y regimientos de infantería y caballería. Fosos profundos la rodeaban; torres de vigilancia, baluartes y baterías armadas le daban un aspecto austero y duro. Desde tiempo inmemorial había tenido un propósito defensivo: primero como ciudad árabe en la Marca Media, la franja de terreno que separaba los dominios cristianos del norte de los musulmanes de al-Ándalus en el sur. Después, conquistada definitivamente por las huestes castellanas, se convirtió en frontera de los reinos de España y Portugal. El famoso castillo de la Muela dominaba la villa. Junto al Alcalde, máxima autoridad civil, un General nombrado por el Rey se ocupaba de la seguridad de tan importante enclave estratégico.

 

La vida de muchos de aquellos militares se mezclaba con la de los ciudadanos. Algunas familias vecinas llevaban generaciones sirviendo en el ejército. De hecho, los jóvenes pacenses tenían poco futuro fuera de él. Los hijos de hidalgos empobrecidos tenían difícil servir en la Corte o acceder a puestos relevantes en la Administración y el clero, pero el Ejército les ofrecía la posibilidad de un buen futuro; el padre de Carina era buen ejemplo de ello. Joven impulsivo, buen jinete, con una formación media, había pasado por el seminario de Otón para formarse con el fin de entrar en algún cuerpo de caballería. Su profesor, un jesuita que llevaba años destinado en la plaza, cambió su destino; conocedor de su talento para los números, su memoria para las leyes y su carácter aventurero, le animó a entrar en la Armada, un cuerpo de difícil acceso pero con más privilegios. Así fue como don Joaquín de Ulloa, con el beneplácito de su familia y la bendición de la Iglesia, se encontró estudiando como cadete en Cádiz siendo un chaval.

 

—¡Toc toc!- Carina golpeó sofocada y con fuerza el robusto portón de madera de su casa familiar.

Instantes después la vieja Reme abrió la puerta. La sirvienta llevaba años con su tía.

—Reme, ¿se ha despertado mi tía?

—No, señorita, pero no tardará en hacerlo. Puede esperarla tomándose un tazón de leche en la cocina. Acabo de encender.

—Gracias Reme pero esperaré a que se levante. Subiré a mi cuarto. Tengo algo que hacer.

La sirvienta no dijo ni mu y arremangándose la vieja camisa de franela marrón, se dirigió a los fogones y removió con un palo las ascuas. Un rico olor a tocino y huevos empezaba a invadir la planta baja. El resto del servicio iniciaba sus tareas: hacer la colada, cepillar las mulas en las cuadras, preparar los carros con paja. Doña Constanza había logrado mantener en buen estado el caserón con el dinero de la herencia de su esposo; no había sido fácil. Aquellas viejas mansiones presumían mucho de escudos pero eran frías, llenas de corrientes de aire; las cubiertas se caían a pedazos y nunca había dinero suficiente para afrontar tantas obras como era menester; mucho menos después de haber sufrido en los últimos años una terrible plaga de langosta que había diezmado las cosechas.

 

Sentada en su cama, en el centro de una austera alcoba extremeña con el suelo de losas de barro cocido y esteras finas, Carina miró al aparador que contenía sus objetos más personales: un cepillo de pelo de nutria con mango de plata, recuerdo de su madre; un frasco de perfume con esencia de enebro; una bandejita de plata con zarcillos, pulverizadores, un abrecartas dorado, un jarrón de vidrio con flores y un tintero junto a una pluma medio seca.

Emocionada, volvió a sacar la carta de su padre, que había leído la noche anterior. Le temblaron las manos al hacerlo. Había sido una conmoción saber lo que decía. Sentía una mezcla de emoción, nervios y miedo; estaba ansiosa por conocer la reacción de su tía cuando conociera el contenido. Del sobre también rodó un pequeño medallón con un retrato dentro. Lo observó fijamente: era la cara de un desconocido; Antonio Sanz del Álamo leyó en el reverso; un nombre que hasta ahora no significaba nada pero que podría ser muy importante en su futuro.

 

Miraba embobada la imagen del hombre; su aspecto algo pálido; sus labios prietos y rojos; su cabello oscuro; su mirada intensa… Cuando la puerta se abrió de golpe y sin llamar entró, en bata y con los ojos enrojecidos, su tía. Doña Constanza reprimió un bostezo tapándose la boca con la mano y se dirigió a su sobrina. Besó superficialmente su mejilla y le preguntó por su temprana visita. Muchos fines de semana los pasaba allí, pero nunca aparecía hasta bien entrado el mediodía; jamás a horas tan intempestivas.

—¡Loado sea el Señor!… ¿Te has caído de la cama?- le preguntó.

—Tenía algo que contarle. Bueno, léalo usted misma. -dijo entregándole la carta pero guardándose el retrato del desconocido; manteniendo bien cerrado el puño.

La tía tomó el papel y lo desplegó. Olía a alquitrán, a mar salada, a cera… el sobrecito llevaría meses viajando en correos y barcos por medio mundo. Con un gesto de asco, tomó sus antiparras y se sentó a leer en la dura silla de madera del cuarto de la joven, junto a la ventana, para ver mejor.

 

“Querida hija:

Hace más de seis meses que no sé nada de ustedes. No han enviado más carta que la que recibí el otoño pasado. Me alegra saber que siguen bien aunque lamento la pérdida de la cosecha en El Palomar. Me entristeció la muerte de nuestro querido párroco don Mateo. Veo también que las remesas de dinero que les envío llegan sin problemas; me alegra saberlo después de los últimos robos habidos en barcos correo; espero poder verlas lo antes posible…”

Doña Constanza levantó la cabeza con un gesto de interrogación en la mirada. Hasta ahí nada nuevo. Las mismas palabras de siempre; los mismos cumplidos y poco más. ¿A qué venía entonces ese nerviosismo? Carina, entendiendo las dudas de su tía, la animó a proseguir.

 

 

“El tiempo por aquí sigue siendo tan infernal como siempre. Se espera esta tarde una buena tormenta y ya suenan los truenos. Dicho esto, te escribo querida hija para preguntarte algo que me lleva tiempo rondando la cabeza: ¿querrías venirte a vivir conmigo?

Sé que hasta ahora has sido feliz en España, pero créeme si te digo que aquí también disfrutarás. Siempre he creído que me reencontraría contigo en Badajoz, pero pasan los años y no veo el momento de abandonar aquí mis obligaciones con mi señor el Virrey, ni mis amistades. Los negocios emprendidos en estas tierras marchan bien ¿por qué abandonarlos a su suerte? Últimamente he comprado unos terrenos en el interior, una plantación de cacao que genera grandes e importantes beneficios. A ello le sumo mi sueldo en la Administración de la Capitanía General de Cartagena y los buenos amigos hechos en estos años.

Aquí no serás una señorita de provincias, aquí se vive mucho mejor que en Badajoz; la sociedad criolla es más rica, divertida y, para alguien joven como tú, la vida en las colonias será una bendición, créeme. Además, sé por tus cartas, que no se ha concertado ninguna boda ni hay pretendiente a la vista. Mejor. A lo máximo que puedes aspirar allí es a casarte con algún oficial borracho y pendenciero de alguno de los regimientos de la ciudad o a enamorarte de algún hidalgo tan pobre como una rata que mendigue un puesto en la Administración para mantenerte en el futuro.

Si vienes, no te arrepentirás. En Cartagena vive lo mejorcito de América: marqueses, condes, barones, señores con título, grandes hacendados, cualquiera podría ser un buen partido para ti. Si eres la mitad de hermosa que tu madre, lo conseguirás. Podrás vivir desahogada, en una sociedad distinguida, aprovechándote de los muchos conocidos que he hecho para ti en este tiempo dedicado a trabajar tan duramente…”

 

Llegado a ese punto doña Constanza no pudo reprimir una sonrisa sardónica. Dudaba mucho que su hermano se hubiese roto el espinazo trabajando de sol a sol, aunque no de los amigos beneficiosos que hubiese podido hacer en esos años: siempre había tenido don de gentes. Volvió a centrarse en la carta, sorprendida de que el tarambana de su hermano por fin reparase en que tenía una hija casadera de la que ocuparse. En esos años se había interesado más bien poco -al menos así lo creían íntimamente las dos mujeres- por el futuro de Carina. Ahora, inesperadamente, se presentaba como su abnegado padre, que vivía desde hacía años sacrificado para conseguir introducirla en la mejor sociedad colonial y darle una buena dote.

 

“Como padre tuyo reconozco haber estado algo ausente de tu educación y preparación -decía en la siguiente línea, como si hubiese podido leerle el pensamiento- y por ello, ahora que has llegado a la edad adecuada, te informo de algunas gestiones hechas por mi parte, sin querer forzarte a nada. Te envío un medallón con el retrato de mi joven ayudante, Antonio Sanz, un muchacho cabal de familia noble aunque algo empobrecida en la última generación: su padre se jugó a la ruleta media fortuna. Está en buena posición para ofrecerte su mano. Si viajas hasta aquí, podrías casarte con él pronto; ser la señora del barón de Sierpes y unir su título con la buena fortuna amasada por mí y que lógicamente te dejaré como herencia. No te animaría a casarte con ningún desconocido, pero Antonio es un buen partido. Te envío un pequeño medallón con un retrato muy actual para que te hagas una idea de su aspecto físico. Como observarás no te propongo una boda con un viejo o desagradable muchacho, sino con un joven ambicioso y prometedor. Comprendo que el viaje puede asustarte ¡se habla tanto de naufragios, tormentas y piratas! Pero si eres valiente, una auténtica De Ulloa, no desaprovecharás esta oportunidad.

Escríbeme con lo que opinas de la proposición de tu viejo y amantísimo páter. Si tu tía te desanima, no la escuches. Es más, anímala a viajar contigo. Ella siempre fue como yo…”

 

—¡Ja! dijo por lo bajo la dama encontrando chistosa la comparación; mirando a Carina que a su vez la observaba atentamente. Colocándose malhumorada las antiparras, continuó la lectura.

 

“-…y como creo que también serás tú, una aventurera. Recuerda que la sangre de los conquistadores corre por nuestras venas. Tu tía, aunque lo niegue, es igual; estará aburrida de llevar la misma vida durante años; sin salir de esa polvorienta y tórrida ciudad donde nunca pasa nada. Siempre fue una mujer de carácter, decidida, e imagino lo terrible que habrá sido para ella soportar tantos años de viudedad entre las limitaciones de esa sociedad chismosa; tener que cuidar a una mocosa que no era hija suya o mantener la casona destartalada que tu tío le dejó. Tal vez algo de aventura le recuerde la joven que un día fue y quiera seguirte. Si es así, si deciden venir las dos, habría que hacer muchas gestiones: vender la finca de la tía, vender su casa y la nuestra, algunas propiedades pequeñas pero que aún conservo allí, no sé. Escríbanme.

Tal vez esta propuesta sea sólo un calentón mental debido a la humedad y el viento torrencial que ahora mismo sacude Cartagena de Indias. A lo mejor tampoco eres la mujer que imagino sino una muchacha acomodaticia sin más objetivo en la vida que echar el lazo a algún modesto y guapo cadete. Pero si no es así, si alguna vez has soñado con una vida diferente, debes venir. Te prometo que nunca habrás visto una ciudad más hermosa que ésta y ninguna podrá ofrecerte lo que ella. Ven y no lo lamentarás.

 

Esperando tu contestación impacientemente se despide con cariño, tu padre.

Don Joaquín de Ulloa y Solano

 

 

En Cartagena de Indias a 20 de enero de 1738.”

 

 

 

 

Quitándose las antiparras y dejándolas sobre el aparador. Miró distraída por la ventana: el sol iluminaba la calle y los árboles se veían verdes y esplendorosos. Abrió la hoja de cristal y respiró profundamente la fragancia de sus macetas. Con cara inescrutable miró a Carina, quien no le quitaba ojo. La dama se retiró un mechón de pelo y extendió la mano en dirección a la muchacha; Carina comprendió lo que quería: el medallón. Se lo entregó. Doña Constanza lo miró con interés un momento.

 

—No me gusta -dijo finalmente- ¡Guapo, pero frío! Parece una comadreja.

 

Carina le quitó de un tirón el medallón y lo guardó en su faltriquera con un mohín.

—¡Una comadreja! Pero, ¿qué dice? ¡Mírelo bien! -contestó Carina- Reconozca que es muy guapo. Joven; de rasgos finos y aristocráticos; ropa elegante. Y no será mala persona, si no padre jamás se hubiera atrevido a recomendármelo como futuro esposo.

—Ummmm! -carraspeó la mujer mayor- No estaría yo tan segura. -contestó airada al recordar con pesar el carácter truhán de su propio hermano. Tomó con la mano una hermosa petunia y la cortó -El motivo por el que tu padre propone ahora semejante locura no sé cuál es; no me fío. Si ese joven es tan noble, tan buen partido, tan encantador, habrá más de una cartagenera interesada en él; y si no es así ¡malo! Eso es que hay gato encerrado.

Doña Constanza era una mujer bastante franca. No le gustaba alardear de modales finos y, aunque su origen familiar procediese de una hidalguía que se remontaba a los primeros tiempos de la Reconquista -guardaba en un viejo cofre el documento de la Chancillería de Granada de 1560 que así lo atestiguaba-, no había tenido empacho en romper moldes y armar un pequeño escándalo en su tiempo al casarse con un comerciante más rico que su familia pero socialmente inferior. Nunca le importó que algunas familias le retirasen el saludo o que su hermano se escandalizara. Peor le había parecido a ella que el muy digno heredero de la familia, su hermano Joaquín, se hubiera casado con una señoritinga gaditana. Había aportado la dama poca dote y muchos aires… aunque nadie le pudo negar nunca su extraordinaria belleza. Era una mujer de cabellos largos y cobrizos, tez de porcelana blanca y ojos negros. Esa belleza la había heredado Carina, pero con un toque menos delicado; Carina era más vital, más fuerte, menos lánguida, algo de lo que doña Constanza se alegraba.

 

—¡No sea tan suspicaz, tía!, parece una buena oportunidad. Además, qué voy a hacer aquí. No hay nadie que me pretenda -y se puso colorada al decirlo.

—¡Vayaaa, parece que se te ha olvidado pronto lo del joven Ramón!… ¡Me alegro!

Carina se dio media vuelta y bajó a desayunar al salón. Su tía la siguió en silencio, preocupada por la petición de su hermano; asustada de que el futuro la separase de su amada muchacha.

Tras pasar la mañana atendiendo a unas visitas, las mujeres descansaron un rato la siesta y ya tarde se prepararon para acercarse a la ermita del Castillo, extramuros de la ciudad, donde se celebraría una pequeña romería en recuerdo a los patronos de Badajoz, Marcos y Marceliano.

 

El pequeño carruaje corrió paralelo a la muralla, dejó a su derecha la torre del Canto y enfiló hacia el puente de las Palmas con la intención de salir del recinto urbano. Atravesaron la puerta de Mérida, que ese día cerraría más tarde para dar tiempo a los vecinos a regresar de la romería, y recorrieron la hermosa alameda de Los Fresnos. El traqueteo sobre el firme de cantos rodados adormeció a Carina, que llevaba todo el día muy alterada. Desde la mañana no había cruzado palabra con su tía, y aquello la había puesto de muy mal humor. Hacia atrás en el asiento, con la vista perdida en las hermosas dehesas y encinares, divisó la huerta de Mérida, los olivares y algunas alquerías donde los puercos dormían por la noche tras pasar el día andorreando por los floridos campos. No había mejor carne de cerdo, mejores jamones que los de Extremadura. De ello gustaban presumir sus vecinos.

 

—¿Irá Lucía? -le preguntó su tía por su mejor amiga y compañera de cuarto en el convento-. Necesito hablar con su madre, doña Juana, de un encargo que me hizo el otro día. -comentó sin más.

Carina afirmó con la cabeza. Lucía le había asegurado la noche anterior que se verían en la romería, que estaría allí con toda su familia. Bueno, con toda, toda, no. No estaría Ramón, su hermano mayor, el joven más guapo de Badajoz. Un mozo rubio de cabellos rizados que más parecía un ángel que un hombre y que había hecho fantasear a todas las compañeras de su hermana. Carina no había sido una excepción. Al contrario: su proximidad a Lucía; la de su tía con doña Juana y la estrecha relación entre ambas familias, habían animado a la joven a fantasear con la idea de que un día aquel adonis sería su futuro esposo. Él siempre se había mostrado atento y cariñoso con ella, una mocosa aún, y ella se lo había agradecido con la devoción más absoluta y un juramento de amor eterno. La eternidad de su amor duró hasta que supo, por Lucía, que el muchacho, Guardia de Corps en Madrid, se había prometido en matrimonio a una heredera de la capital. De eso hacía ya un año y, aunque la boda aún no se había celebrado, Carina lo había sentido como una traición y no había vuelto a hablar de ese asunto; como si nunca hubiese existido ese interés; como si jamás se hubiese enamorado… pero su tía, que la conocía bien, sabía cuan doloroso había sido para ella.

—¡Dios los guarde! -saludó doña Constanza a unos conocidos.

La polvareda le provocó un acceso de tos que mitigó con un poco de agua. Carina guardó silencio, ni se inmutó. Doña Constanza observó inquieta el comportamiento de la joven. Sabía lo terca que podía ser, lo tenaz cuando se le metía algo entre ceja y ceja; maldijo por lo bajo a su hermano por meterle ideas locas en la sesera. ¿Para qué querría que viajaran a América? ¿Por qué someterlas al peligro que suponía un viaje tan arriesgado como ese? ¿Por qué no regresaba él al hogar y buscaba un marido en condiciones para su hija? ¿A qué tenía que haber mandado aquel maldito medallón con la cara del guapo joven pintada? Todo ello había ilusionado a Carina; en el fondo, pensó, seguía siendo una niña muy impresionable.

Desde el compromiso matrimonial de Ramón había estado decaída, apática… Ya no era una niña que esperara deseosa a los lunes para jugar con las amigas. Muchas de ellas habían abandonado el convento y se habían comprometido; otras incluso ya eran madres. Carina habría soñado lo mismo con Ramón: un noviazgo tranquilo, un anillo de pedida… Pero roto el encantamiento, deseaba estar lo más lejos posible de allí, lejos de todo lo que le recordará a él y la propuesta de su padre era una solución.

Por otra parte no podía negar que era una auténtica De Ulloa. De su madre habría heredado su frondosa mata de pelo rojizo o su estilizada figura, pero ni un ápice de su pereza o su debilidad. Al contrario; siempre había tenido el carácter aventurero y temerario de su padre. Doña Constanza la entendía; comprendía su desilusión y sabía que no había nada más duro que un primer desengaño amoroso; había intentado ayudarla, a su manera: la había animado, había hecho bromas recomendándola a un muchacho más atrevido que el soso y ceremonial Ramón. Dios, ¡qué complicado era todo! ¿Era tan difícil que se cumplieran los sueños? ¡Si lo sabría Constanza! Hubo un tiempo en que también fue joven y decidida, pero su vida había quedado reducida al estrecho límite de aquella ciudad provinciana; alejada de la corte, de la vida mundana con la que soñó en su juventud. ¿Quería esa misma vida aburrida para Carina? ¿Podía negarle la oportunidad de una vida mejor como la que le prometía ahora su padre? ¿Tenía derecho a ello? Y así las cosas, ¿la dejaría viajar sola? ¿Resistiría ella una vida en soledad, sin nadie que la cuidara en la ancianidad, entre las cuatro paredes de su casa? La respuesta resultó bastante evidente. No.

Si Carina decidía marcharse, la seguiría.


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