T. El arranque de la modernidad poética: del Baudelaire al simbolismo






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T. 9. El arranque de la modernidad poética: del Baudelaire al simbolismo
El arranque de la modernidad poética se ubica en el último tercio del siglo XIX, momento en el que la vida económica alcanzó el estadio del gran capitalismo, mientras el mundo occidental vivía inmerso en un sistema en que imperaban los valores pragmáticos y utilitarios de la sociedad burguesa con momentos clave como el Congreso de Berlín (1885), momento en que se realiza el reparto de África o la Guerra franco-prusiana (1870); mientras, surgen las luchas sociales entre el creciente protagonismo del proletariado y una burguesía conservadora que intenta mantener su estatus, todo ello ejemplificado en la Comuna de París de 1870. A este respecto, hay que tener en cuenta que el Manifiesto Comunista se publica en 1848, pero las nuevas tendencias políticas, de corte socialista aún no están presentes en las constituciones.

En cuanto al pensamiento, este período supone el punto de partida hacia el pensamiento contemporáneo: el irracionalismo vitalista y el existencialismo tienen en común su preocupación por los problemas más inmediatos del hombre: la vida, el tiempo y la muerte, desde un punto de vista pesimista.

Por otra parte, la impotencia de la ciencia para solucionar los interrogantes existenciales produce una poesía como búsqueda metafísica. Y la insuficiencia del conocimiento objetivo provocan la aparición de nuevos medios de conocimiento: la intuición y el sueño, ligados a lo subconsciente y al ocultismo, así como el gusto por lo raro y enfermizo. Además, a irrupción en el mundo del futuro supondrá una reacción ligada al primitivismo, a la búsqueda de lo primigenio, originario, donde se halle la esencia de qué es ser humano, del mismo modo que, frente al mundo occidental industrializado reaparecerá el exotismo, del mismo modo que la transformación de la naturaleza de este mismo mundo industrializado hace surgir la creación de una naturaleza nueva, bien porque está dotada de alma (el alma universal de las cosas), bien porque se funde con el alma del poeta.

El materialismo y la mediocridad que percibe el espíritu contemporáneo les hará caer en un acendrado individualismo en dos posibles vertientes: la marginalidad o el dandismo. Del mismo modo, la hipocresía moral detectada en una burguesía que presume de conservadora será la causante de que se presente un sensualismo natural ligado a un naciente erotismo.

Paralelamente a la situación histórica, comenzaron a sentirse síntomas de hastío y desintegración que conducirían a una crisis universal de las letras y el espíritu, que se desarrolló, aproximadamente, entre 1885 y 1914, que manifestó una actitud de rechazo de la realidad material. Ya los románticos habían ensalzado la libertad, adoptando actitudes anticonvencionales y enfrentándose a los prejuicios de la sociedad, pero ahora la oposición al sistema iba a ser radical, y más aún el rechazo de la clase social que lo sustentaba: la burguesía. Este antiburguesismo parecía obligar al artista a un modo de vida peculiar: la "bohemia", un modo diferente y diferenciado de concebir la existencia y el arte. Hastiado, pues, de la razón e impotente ante la situación política y social, el artista se «refugia» en mundos artísticos que pueden ser concebidos de dos formas: el esteticismo y el simbolismo.

El esteticismo considera al arte como una realidad autosuficiente («el arte supera a la vida») que no tiene más finalidad ni utilidad que él mismo (l'art pour l'art, «arte por el arte»); entrado en el culto a la belleza externa, el artista se encarga de «cincelarla» a través de una palabra poética sensual y ornamentalista. Se consideran tres tipos fundamentales de esteticismos: parnasianismo, simbolismo y decadentismo.

El parnasianismo toma su nombre del Monte Parnaso, lugar donde, según la mitología clásica, habitaban las musas de las artes, así que destaca por su vinculación al mundo clásico; Teófilo Gautier se considera el poeta parnasianista por excelencia, y Leconte de Lisle, mentor del movimiento, que pretendía la impersonalidad de la poesía frente a las confidencias románticas. Lisle asigna al arte las más alta misión: realizar la Belleza, de modo que éste se convierte en un lujo intelectual, reservado a una élite, y completamente independiente de la verdad, la utilidad o la moral. Además, los parnasianos defienden la perfección formal, creando una poesía serena, equilibrada, de líneas puras, a veces repudiada por su impasibilidad ante los problemas del hombre y un exceso de frialdad. De este modo, se convierte en una poesía capaz de eternizar las grandes emociones y los profundos pensamientos filosóficos del ser humano.

El simbolismo, por su parte, surgió como reacción contra el formalismo parnasiano, aunque enseguida fue considerado, no como una corriente más, sino como una expresión del espíritu que surgió en la Europa industrializada y continental a comienzos de la segunda mitad de siglo, en estrecha sintonía con la pintura. Fue en fecha clave de 1886 cuando el crítico Jean Moréas enunciaba en el suplemento cultural de Figaro los principios del movimiento con el Manifeste du Symbolisme, dando nombre a un fenómeno que ya había aparecido unas décadas antes. Con la imaginación, el símbolo y la alegoría los simbolistas aportaron imágenes sublimes, oníricas y perturbadoras, basadas en una iconografía mítica y una mitología del misterio del misterio y del ocultismo, así pues completamente ajena a inmediato y a lo visible, crean su propio alfabeto, sus propios símbolos, tales como las heladas regiones, los glaciares, lirios, cisnes o diamantes, que representan el deseo de huir. La poesía y el arte debían ocuparse de las ideas y no de la vida cotidiana, ideas que debían brotar de la imaginación humana. Además, la imagen de la mujer adquiere un papel simbólico y decadente, tratada como algo perverso o inocente, una figura exótica y sensual, un ser fascinante pero muy peligroso. También son destacables la importancia de la música y la presencia de símbolos auditivos, que comunican por medio de veladas insinuaciones, como clarines, arpas, campanas o tañidos fúnebres.

El decadentismo, por último, es el esteticismo definido como una cosmovisión desdichada de la vida, que sólo halla placer en los sentidos que, en cierto modo, anestesian a un grupo de poetas sumamente desgraciados, que deciden exaltar el heroísmo individual y desdichado y explorar las regiones más extremas de la sensibilidad y del inconsciente.

Los poetas malditos es el título tomado del poema “Bendición”, de Baudelaire, que dio Verlaine a su libro de ensayos publicado en 1884, en el que incluye a seis poetas: Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste Villiers de LÍsle y Pauvre Lelian el mismo Verlaine. Los comentarios de los autores que dio Verlaine, que conoció personalmente a la mayoría, tratan sobre el estilo de su poesía y de anécdotas personales vividas con ellos. Verlaine expuso que dentro de su individual y única forma, el genio de cada uno de ellos había sido también su maldición, alejándolos del resto de personas y llevándolos de esta forma a acoger el hermetismo y la idiosincrasia como formas de escritura, con lo que inventa el llamado malditismo, íntimamente ligado a la esencia del poeta, retratado como desigual respecto a la sociedad, teniendo una vida trágica y entregado con frecuencia a tendencias autodestructivas; todo esto como consecuencia de sus dones literarios, por lo cual se convierte en un incomprendido por sus contemporáneos, en parte a causa de su rechazo a las normas establecidas y a su arte provocador.

Charles Pierre Baudelaire (1821 - 1867) fue considerado poeta maldito a causa de su vida de bohemia, de los excesos cometidos y de la visión del mal que impregna su obra. 

La poesía de Charles Baudelaire un doble aspecto de interés: como ocaso del Romanticismo y como puente hacia la literatura simbolista y precursor de la poesía del siglo XX. En particular, rompe la diferencia entre la poesía y la prosa con sus Pequeños poemas en prosa, verdadera revolución en las formas líricas que ni siquiera Verlaine ni Rimbaud supieron valorar. Su esfuerzo se centra, fundamentalmente, en desembarazar la poesía de todo ornamento vano y una proyección para alcanzar el ideal de la pureza poética, prestando especial atención a la métrica y a los aspectos formales. Poseía un sentido clásico de la forma, una extraordinaria habilidad para encontrar la palabra perfecta y un gran talento musical.

El poeta pule un nuevo universo lírico, la sinestesia, una combinación de imágenes y sensaciones desajustadas de su normal producción en la naturaleza. La audición coloreada, la visualidad audible o multitud de otras combinaciones de sensaciones provenientes de todos los sentidos. De este modo, la palabra adquiere un valor connotativo, muy sugerente, gracias al juego de combinaciones que el arte hace posible con sonidos y sensaciones inesperadas que brotan de las palabras. Todo ello pudo ser vislumbrado por los grandes exponentes de la poesía anterior, pero sólo empieza a adquirir una sugestiva formulación y un culto intensivo a partir de Baudelaire. Por ello podría afirmarse que hemos llegado a la apertura de una nueva compuerta de realizaciones artísticas que significarán a la larga la transformación de la poesía.

En su estética literaria Baudelaire proponía la desaparición del yo en el poema, es decir, la sustitución de la presencia personal del autor por la pura lógica interna de la obra regida según su ley compositiva. A partir de Baudelaire ya no se hablará más del poeta sino de la poesía misma. Es una estética dominada por el esencialismo. Su gusto por la sinestesia también proviene del misticismo, el ocultismo y el sincretismo. Las sensaciones nos revelan lo oculto. La unidad de la naturaleza se demuestra en que a cada olor le corresponde un sonido y un color. De este modo, el poeta se transforma entonces en un decodificador del universo, un descifrador o intérprete visionario que ve allí donde los demás se encuentran perdidos, motivo por el cual sufre más que los demás. Baudelaire ve en Satán el prototipo de belleza dolorosa: vencido, caído, culpable, desterrado del universo. El mal, dirá Baudelaire, se hace sin esfuerzo, naturalmente, el bien es siempre producto de un arte.

La estructura de las Flores del mal se organiza, tras una dedicatoria a Teófilo Gautier, y una introducción donde un primer poema muestra al lector el propósito del libro: mostrar es el tedio que invade al lector igual que al poeta y la complicidad entre ambos. A partir de ahí, la obra se organiza en seis ejes temáticos: Spleen e ideal, donde describe la dualidad entre el deseo de recuperar la pureza perdida y la sensación de estar enfangado en la realidad; Cuadros parisienses: que muestra la ciudad que impone al poeta su fealdad y su maldad, pero también momentos y personajes mágicos; El vino, exaltación de esta bebida que permite soñar que se accede a la liberación, al paraíso perdido; Flores del mal, da título a la obra, es un resumen de todos los vicios que expresan la desesperación del que se contempla a sí mismo en su cuerpo y en su interior; Rebelión, donde el hombre, asqueado de sí mismo, se dirige a Satanás, que representa la depravación, entre injurias y blasfemias; y La muerte, que aparece como a esperanza única de salvación.

Algunos de los poetas que mejor siguieron la estela de Baudelaire y que, por tanto, son considerados los creadores de la poesía moderna fueron Mallarmé y Rimbaud.

Stéphane Mallarmé (1842-1898), como su maestro Baudelaire, tiene una actitud decadente que define como “un estado del espíritu del poeta hechizado por la crueldad del tiempo y la inminencia de la muerte”. A Mallarmé le debe el simbolismo su espíritu decadente heredado de Baudelaire, pues expresa como nadie el aburrimiento que ni los placeres de la carne ni los de la inteligencia pueden disminuir. Para ello elige dos figuras mitológicas en las que simboliza ese tedio decadentista: Herodiades y La siesta del fauno. Mediante un interesante proceso de depuración, su poesía se fue haciendo paulatinamente más introvertida, alejada de sensaciones y sentimientos, que se definirá como su famoso hermetismo, que nace de la búsqueda de la pura esencia, de la belleza absoluta, tarea en la que la significación vulgar de las palabras le supone un estorbo. También, como a Baudelaire, le preocupa el abismo que está simbolizado en dos poemas de su primera época, Las ventanas y Azul, palabra esta última que se convertirá en símbolo del movimiento a causa de su relación con el cielo y su significado añadido (connotativo) de impermeabilidad misteriosa. Para Mallarmé el símbolo es lo opuesto a la representación del objeto, es lo sugerido, lo órfico en sentido de oracular, pero órfico procede de Orfeo, que es músico y poeta, así que de este modo poesía y música se presentan interrelacionadas. Por lo tanto, la poesía de Mallarmé la consagración de la estética simbolista. Participó en su vida de un verdadero culto de la poesía y a sus ojos ésta exigía un "desinterés" absoluto por parte del poeta: el poeta no puede ni debe soñar con la gloria, el verbo es mágico, revelador de esas esencias que se aspiran alcanzar. Mallarmé entendió que se podía encontrar la revelación de la Poesía a través del culto a la Palabra.

Paul Verlaine (1844- 1896), por su parte, muestra la decadencia en el pensamiento refinado del hombre de delicados sentimientos, muy civilizado y capaz de intensas voluptuosidades, como Bradomín (personaje de Valle-Inclán) o Dorian Gray (personaje de Oscar Wilde); el alcoholismo, su vida bohemia o la ruptura de su matrimonio a causa de su relación con Rimbaud le hicieron merecedor del apelativo de poeta maldito, aislado, solitario y enfrentado a la sociedad; fue un poeta extremadamente prolífico, que suministra a la poesía contemporánea los motivos para expresar el sentimiento interior por medio de Romances sin palabras, defendiendo el arte de la sugerencia.

El estado anímico del poeta debe ser sugerido mediante el paisaje, evocado de forma sutil, por medio de elementos léxicos frecuentes en su poesía, tales como símbolos (cielos, nubes, lluvia, viento, combinados con adjetivos imprecisos (gris, pálido, incierto, plácido, profundo…) y con verbos que impliquen melancolía (llorar, sollozar, suspirar, huir, temblar). En Arte poética introduce, como Mallarmé, la importancia de la música, que será adoptada en el verso por medio del ritmo y la musicalidad, más que por la rima. De hecho, él mismo expresó:

Arthur Rimbaud (1854-1892), se define por su rebeldía y precocidad. Con 19 años dejó de escribir abandonó Europa y se hizo explorador y traficante de armas. Su poesía se basa en la iluminación y la visión. “El poeta se hace vidente mediante un largo, inmenso y razonado desarreglo de los sentidos”, decía. Se interesa, para ello, por lo más oscuro de la realidad, convirtiéndose en un claro predecesor del surrealismo. Sus dos obras fundamentales son Una temporada en el infierno, 1873, en prosa poética, en que cuenta los pensamientos de un joven que se encierra en el silencio y Iluminaciones, 1886, en la que alterna el verso libre con la prosa poética.

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