Traducción de literatura aprobada por la Confraternidad de na






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títuloTraducción de literatura aprobada por la Confraternidad de na
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A los diecisiete empecé con la heroína y muy pronto me convertí en adicto. Después de consumir heroína durante un año y medio, decidí internarme en un centro. Cuando aceptaron mi solicitud, me asusté y me alisté en el ejército después de desintoxicarme en casa. Pensé que si me alejaba de mi ambiente, podría resolver mi problema.

Sin embargo, ahí también me escapaba sin permiso para conseguir heroína. Luego me embarcaron a Europa y pensé que si sólo me emborrachaba solucionaría mi problema; pero otra vez, únicamente me topé con problemas. Cuando me dieron de baja volví a casa, al mismo ambiente. Empecé a consumir heroína de nuevo y otras drogas. Duró unos dos años.

La pesadilla empezó cuando traté de dejarlo: jarabe para la tos, anfetaminas, pinchazos, etc. En aquella época no sabía dónde terminaba una adicción y empezaba otra. Un año antes de llegar a Narcóticos Anónimos estaba desesperadamente enganchado al jarabe para la tos, me tomaba cinco o seis frascos por día. Necesitaba ayuda, así que fui a ver a un médico; me recetó dexedrina y me dio una inyección que me hizo sentir bien. Iba a verlo prácticamente a diario.

Esta historia continuó durante unos ocho meses. Estaba muy contento de mi adicción legal recién descubierta. Otro médico también me recetaba codeína. Empecé a sentir un terror demencial y también empecé a beber. Las cosas siguieron así durante un mes, hasta que fui a parar a un hospital psiquiátrico. Cuando salí, pensé que como estaba limpio de drogas podría beber socialmente. Pronto descubrí que no podía. Fue entonces cuando busqué ayuda en NA.

Aquí he aprendido que mi auténtico problema no radica en las drogas, sino en una personalidad distorsionada que se había desarrollado a lo largo de mis años de consumo de drogas, e incluso antes. Podía ayudarme a mí mismo con la ayuda de los demás miembros de la confraternidad. Veo que estoy haciendo progresos para afrontar la realidad y que estoy creciendo día a día. Ahora descubro nuevos intereses que significan algo, y me doy cuenta de que era una de las cosas que buscaba a través de las drogas.

A veces me sigue resultando difícil afrontar lo que me pasa, pero ya no estoy solo y siempre encuentro alguien que me ayuda a atravesar los momentos críticos y complicados. Al fin conocí gente como yo, que comprende cómo me siento. Ahora puedo ayudar a los demás a encontrar lo que he encontrado yo, si realmente quieren. Agradezco a Dios, tal como lo concibo, esta nueva forma de vida.

Algo significativo

Ahora sé que no soy el gran líder o filósofo que trataba de hacer creer que era. Después de pasar quince años intentando vivir estas ilusiones, me doy cuenta de que me aceptan precisamente por lo que soy. Antes, durante toda mi vida, trataba de hacer las cosas a mi manera. Si alguien me daba algún consejo o sugerencia, lo rechazaba con una mente cerrada sin probar siquiera si me servía. Parecía que aunque mi modo de hacer las cosas siempre fallaba, tenía que volver a consumir hasta que los continuos viajes a la cárcel empezaran a convencerme de que algo andaba mal.

Llegué a un punto en el que quería desesperadamente hacer algo con mi vida que tuviera sentido. Tenía que probar algo diferente que me diera resultado. Había conocido NA varios años antes de tomar esta decisión, pero en aquel momento no estaba preparado para el cambio. Y aunque varias veces le había cerrado las puertas a NA, siempre me volvían a recibir con los brazos abiertos.

Desde que he decidido estar dispuesto a hacer algo con mi vida y la ayuda del Programa de NA, mi vida es más plena y tiene mayor sentido. Antes no sabía lo que era la vida si no consumía drogas. Las necesitaba para afrontar cada nuevo día. Sé que si quiero estar completamente limpio tengo que cambiar esta forma de pensar y vivir. Es lo que estoy haciendo mediante los principios de nuestro programa.

Aunque ahora no deseo ni necesito drogas, tengo que llenar el vacío que ha quedado con algo que valga la pena. Es lo que he encontrado en la Confraternidad de NA. Tengo que quedarme con los «ganadores» e ir hacia donde van ellos. Sé que yo también puedo hacerlo si sigo los pasos del programa. Aunque el programa no me parece fácil, es lo suficientemente sencillo como para que una persona complicada como yo pueda seguirlo.

Yo era diferente

Es posible que mi historia sea diferente de otras que se hayan oído, porque nunca he estado en la cárcel ni en el hospital. Sin embargo, llegué al mismo punto de profunda desesperación al que tantos de nosotros llegamos. No es mi historial el que da cuenta de mi adicción, sino mis sentimientos y mi vida. La adicción era mi forma de vida, la única forma de vida que tuve durante muchos años.

Al mirar atrás, veo que de pequeño debí de echar un vistazo a la vida y decidí que no iba a participar en ella. Vengo de una familia tradicional, de la clase media alta, de un hogar roto. No recuerdo ningún momento en el que no haya estado «volado». De niño descubrí que podía calmar el dolor con la comida, y ahí empezó mi adicción a las drogas.

Participé de la locura de las pastillas de los años 50. Ya entonces me resultaba difícil tomar los medicamentos según las indicaciones de las recetas. Pensaba que dos pastillas me harían el doble de bien que una sola. Recuerdo que acaparaba pastillas quitándoselas a mi madre y me lo pasaba muy mal para que me duraran hasta la siguiente receta.

Seguí consumiendo de esta forma durante los primeros años. Cuando llegué a la escuela secundaria, y empezó la locura colectiva de las drogas, la transición entre las drogas de farmacia y las de la calle fue de lo más natural. Ya hacía diez años que consumía drogas diariamente y de hecho habían dejado de hacerme efecto. Estaba plagado de esos sentimientos adolescentes de inferioridad e inadaptación. Lo único que sabía era que si tomaba algo me sentía y actuaba mejor.

Mi historia con las drogas de la calle es bastante corriente. Tomaba todos los días, cualquier cosa y todo lo que encontraba. No me importaba qué era, con tal de que me hiciera efecto. En aquella época las drogas me parecían algo bueno. Era un paladín, un espectador; estaba solo y asustado. A veces me sentía todopoderoso y otras rezaba para tener el consuelo de la idiotez; ojalá no tuviera que pensar. Recuerdo que me sentía diferente, como si no fuera humano, y no podía soportarlo. Así que seguía en mi estado normal...DROGADO.

En 1966, creo, empecé a consumir heroína. Después de esto me pasó lo que a muchos, las demás drogas dejaron de interesarme. Al principio tomaba de vez en cuando, después, los fines de semana; pero un año más tarde estaba «enganchado», y al cabo de dos años dejé la universidad y empecé a traficar. Consumía y vendía, y pasó un año y medio hasta que «me harté de estar harto».

Estaba totalmente «enganchado» y era incapaz de funcionar como ser humano. Durante mi último año de consumo, empecé a buscar ayuda. Pero nada me daba resultado. ¡Nada me servía!

En un momento dado conseguí el teléfono de un miembro de NA. A pesar de mí mismo y sin ninguna esperanza hice la llamada telefónica que podría considerar como la más importante de mi vida.

Nadie vino a salvarme; no me curaron instantáneamente. La persona me dijo simplemente que si tenía problemas con las drogas, las reuniones quizás me resultarían útiles. Me dio la dirección de una reunión aquella noche. Estaba muy lejos como para conducir hasta allí, y, además, estaba con síndrome de abstinencia. Me dio también la dirección de otra reunión más cerca de casa para un par de días más tarde. Le prometí que iría a echar un vistazo. Cuando llegó el día, estaba muerto de miedo de que me detuvieran y de los drogadictos que iba a encontrar en el lugar. Sabía que yo no era el adicto típico que sale en los libros y los periódicos. Pero a pesar del miedo, fui a mi primera reunión. Me puse un traje negro con chaleco y corbata negra; hacía ochenta y cuatro horas que no consumía nada, después de dos años sin parar. No quería que los demás supieran qué ni quién era yo. Creo que no engañé a nadie. Estaba pidiendo ayuda a gritos y todo el mundo se dio cuenta. La verdad es que no me acuerdo mucho de aquella reunión, pero debí de oír algo que me hizo volver. La primera sensación que tuve con el programa, y que sí recuerdo, fue el miedo terrible de que no reuniera las condiciones y no me aceptaran por no haber estado en la cárcel ni en el hospital.

Durante mis primeras dos semanas en el programa consumí dos veces, y, por fin, me rendí. Ya no me importaba si reunía o no las condiciones, si me aceptaban o no, ni lo que los demás pensaran de mí. Estaba demasiado cansado para preocuparme.

No recuerdo exactamente cuándo, pero poco después de rendirme, empecé a tener cierta esperanza y a pensar que este programa a lo mejor me funcionaba. Comencé a imitar algunas cosas que hacían los «ganadores». NA me atrapó. Me sentía bien; era fantástico estar limpio por primera vez después de tantos años.

Al cabo de seis meses la novedad de estar limpio se acabó y caí de la nube rosa en la que había estado flotando. Fue duro. De una manera u otra conseguí sobrevivir a esa primera dosis de realidad. Creo que por aquel entonces lo único que tenía a mi favor era el deseo de seguir limpio —pasara lo que pasara—, la

fe en que las cosas saldrían bien siempre y cuando no consumiera, y las personas que estaban dispuestas a ayudarme si yo lo pedía. Desde entonces ha sido una batalla difícil; he tenido que trabajar para mantenerme limpio. Me hizo falta ir a muchas reuniones, trabajar con los recién llegados, participar en NA, involucrarme. He tenido que practicar los Doce Pasos lo mejor que podía y aprender a vivir.

Hoy en día mi vida es mucho más sencilla. Tengo un trabajo que me gusta, estoy bien con mi pareja, tengo amigos de verdad y colaboro activamente con NA. Estoy a gusto con este tipo de vida. Antes pasaba el tiempo esperando algo mágico: personas, lugares o cosas que convirtieran mi vida en algo ideal. Ya no tengo tiempo para la magia. Estoy demasiado ocupado aprendiendo a vivir. Es un proceso largo y lento. A veces pienso que me estoy volviendo loco. A veces me pregunto: «¿Para qué sirve?» A veces me arrincono en la autoobsesión y pienso que no hay salida. A veces creo que ya no tengo más fuerza para soportar los problemas de la vida, pero entonces este programa me da una respuesta y el mal rato pasa.

La mayor parte del tiempo estoy bastante conforme con mi vida, y a veces la vida es fantástica, mejor que nunca. He aprendido a quererme a mí mismo y tengo amigos. He llegado a conocerme un poco mejor y he hallado comprensión. Tengo un poco de fe, y, por consiguiente, libertad. He descubierto el servicio y aprendido que me brinda la satisfacción que necesito para ser feliz.

Madre miedosa

Yo pensaba que los adictos eran personas que consumían drogas duras, gente que estaba en la calle o en la cárcel. Lo mío era distinto: las drogas me las daba el médico o los amigos. Sabía que algo andaba mal, pero trataba de hacer las cosas bien —en el trabajo, en mi matrimonio, con mis hijos—. Me costaba, pero lo intentaba. A veces las cosas me iban bien, pero no duraba mucho. Así pasaba el tiempo, sin que nada cambiara. Quería ser una buena madre, una buena esposa. Quería formar parte de la sociedad, pero no lo conseguía.

Me pasé años diciéndoles a mis hijos: «Lo siento, la próxima vez será diferente.» Iba de médico en médico pidiendo ayuda. Pedía consejo pensando que esta vez todo se arreglaría, pero dentro de mí me preguntaba: «¿Qué me pasa?» Cambiaba de trabajos, de médicos, de drogas, leía diferentes libros, probaba diferentes religiones, colores de pelo, todo. Me mudaba de un barrio a otro, cambiaba de amigos y de muebles. Me iba de vacaciones y también me quedaba escondida. Pasaron tantas cosas en todos esos años. No paraba de sentir que yo no servía, que era diferente, una fracasada.

Cuando di a luz mi primer hijo me gustó que me anestesiaran, me gustó la sensación de las drogas que me dieron. Era como si pasara lo que pasara a mi alrededor, yo no me enteraba y no me importaba. Los tranquilizantes, durante años, me daban la sensación de que nada era realmente importante. Al final las cosas se volvieron tan confusas que ya no sabía qué era y qué no era importante. Temblaba por dentro y por fuera y las drogas ya no me ayudaban.

Todavía seguía esforzándome, pero muy poco. Había dejado el trabajo, intenté volver pero no pude. Me tiraba en el sofá con miedo a todo. Pesaba cuarenta y siete kilos y tenía llagas en los labios y la nariz. Tenía diabetes y las manos me temblaban tanto que casi no podía llevarme una cuchara a la boca. Creía que estaba lista para matarme y que la gente que me rodeaba quería hacerme daño. Tuve un colapso físico y mental. Acababa de ser abuela y ni siquiera podía comunicarme con una criatura. Era casi un vegetal. Quería vivir pero no sabía cómo. Una parte de mí decía que estaría mejor muerta, mientras la otra repetía que tenía que haber una forma de vida mejor.

Cuando empecé el Programa de NA, mucha gente me sugirió que hiciera simplemente pequeñas cosas cotidianas, como comer, bañarme, vestirme, pasear, ir a las reuniones. «No tengas miedo —me dijeron—, todos hemos pasado por esto.» En el transcurso de los años fui a muchas reuniones. Hubo una cosa que me dijeron y se me quedó grabada desde el principio: «Betty, ya puedes dejar de huir, puedes ser y hacer lo que desees.»

Desde que estoy en el programa he observado y escuchado a muchas personas, las he visto pasar por muchos altibajos. He procurado aprender aquello que me daba mejor resultado. He tenido que cambiar mi campo de trabajo y he vuelto a la escuela para aprender todo otra vez. Ha sido un proceso lento pero gratificante.

También he decidido que tenía que conocerme mejor a mí misma antes de tener una relación significativa con un hombre. Estoy aprendiendo a comunicarme con mis hijas. Estoy intentando hacer cosas que quería hacer desde hace años. Ahora recuerdo cosas que había eliminado de mi mente. He descubierto que Betty no es esa enorme montaña de nada, sino una persona a la que nunca me había detenido a mirar ni a escuchar. El 1o de abril celebraré mi quinto aniversario de NA.

Adicto gordo

Soy adicto. Durante dieciocho años consumí por lo menos cincuenta tipos de drogas diferentes todos los días sin parar. No sé cuándo empecé, pero consumía por una razón: no me gustaba cómo me sentía. Quería sentirme mejor. Pasé dieciocho años tratando de sentirme diferente. No podía enfrentarme a la realidad cotidiana de la vida. Era gordo desde niño y me sentía rechazado.

Nací en Arizona en 1935 y me mudé a California a comienzos de la década de los 40. Mi familia se trasladaba a menudo de un estado a otro y mi padre se casó varias veces. Era un bebedor cíclico, o estaba en un estado de total santurronería o de degradación completa. Esta es una de las razones por las que nos mudábamos tan a menudo.

Cada vez que yo cambiaba de escuela, hablaba de las experiencias que había tenido y de mis madrastras. Por alguna razón, los demás pensaban que era un mentiroso. Estuviera donde estuviese, parecía que los únicos que me aceptaban eran los «peores», aunque yo no me sentía tan «ordinario» como ellos. Era como si el hecho de poder mirarlos por encima del hombro me hiciera sentir más valioso.

Mi vida familiar era muy confusa y dolorosa, sin embargo trataron de inculcarme una educación de sólidos principios morales. Siempre intenté trabajar, y, de hecho, en la mayoría de la ocasiones me las arreglé para trabajar por cuenta propia. Hasta logré tener cierta posición social.

Mido un metro sesenta y ocho y pesaba ciento veintisiete kilos. Para intentar manejar mis sentimientos y emociones y sentirme mejor, comía compulsivamente. En realidad, así empecé a consumir drogas duras. Estaba tan desesperado por bajar de peso que estaba dispuesto a consumir heroína. Pensaba que sería lo suficientemente listo como para no quedarme «enganchado», que podría consumir, perder el apetito, sentirme bien, ganar la partida. Di vueltas por todo el país y terminé en varias cárceles. Este fue el principio del fin; no sólo era un comedor compulsivo y seguía gordo, sino además un adicto a las drogas.

Cuando ya estaba en un estado de completa degradación y desesperación, alguien me habló de la Confraternidad de Narcóticos Anónimos. No tenía adonde ir, así que fui a una reunión. Me sentía peor que los peores, sin ninguna salida. Estaba en bancarrota moral total y absoluta. No sabía nada de valores espirituales. No sabía nada de la vida. La vida, en última instancia, no era más que dolor constante. Lo único que sabía era meterme algo dentro —comida o drogas—, o abusar del sexo para sentirme bien; pero tampoco me servía. Nada era suficiente.

Cuando llegué a este programa, descubrí algo que no había sentido nunca: una aceptación total de mi persona. Me invitaron a volver a una confraternidad en la que me dijeron que no había que pagar cuotas ni honorarios —ya había pagado bastantes cuotas con mi vida pasada—, y que si seguía asistiendo, encontraría una libertad total y una nueva forma de vida.

Hoy, al cabo de muchos años, me veo libre de la adicción y de comer compulsivamente. Tengo un lugar en la comunidad. Tengo un hogar y una familia maravillosa, un puesto de ejecutivo, y, sobre todo, una relación personal con mi propio Dios, que ha hecho posibles todas estas cosas. Soy capaz de sentirme a gusto, alegre, feliz y sereno, incluso cuando las cosas no van tan bien como podrían ir.

No tengo ninguna duda: le debo mi vida a la Confraternidad de Narcóticos Anónimos y a Dios. Si tú también estás sufriendo como sufría yo, quisiera solamente darte esperanzas y decirte que con la práctica de los principios de Narcóticos Anónimos, te librarás del sufrimiento y tendrás una vida digna de vivir.

Reimpresión de los Doce Pasos y las Doce Tradiciones para su adaptación con el permiso de AA World Services, Inc.
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