Asesinado a los cuarenta años de edad






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somete a Dios. El Papa califica a esta creencia/objetividad como la “más alta realización”. Por eso María no pregunta. Es irrelevante. Las cosas acontecerán según Dios quiera. Lo que Él desea será “la más alta realización” para María. El imaginario del realismo ético le hace violencia a María, pero ella, inserta en ese imaginario, no siente esa violencia. Menos todavía podría resentirla. La experimenta como algo ‘bueno’, por debido. Lo que se dice de María es aplicable a todos los seres humanos. Forma parte de la antropología católica. Todos los seres humanos, y cada uno de ellos, están en deuda eterna con Dios.

    Esta disposición ‘natural’ de María para abandonarse por entero a la voluntad de Dios, como su esclava o sierva, creatura/criatura, se advierte perfectamente en dichos muy generalizados de la cotidianidad latinoamericana. Ante un huracán destructor, el asesinato brutal de los hijos, la tortura militar que transforma a una mujer en vegetal por el resto de sus días..., mucha gente observa: “Dios lo ha querido así”. “Es la voluntad de Dios”, “Los caminos de Dios no son los nuestros”. A la obediencia, la sigue la resignación.

    Ahora, este imaginario de sumisión y resignación (y el naturalismo ético y la antropología que lo fundan) pertenece al Mundo Antiguo. No es moderno.

    No se discute aquí si es bueno o malo, verdadero o falso, mejor o peor. Solo se constata que es propio del Mundo Antiguo. Puede discutirse si afecta de manera semejante a los imaginarios de los pueblos profundos u originales (indígenas) de este hemisferio. En América Latina logra parecernos ‘natural’ porque la constitución de las formaciones sociales latinoamericanas se liga con la gran propiedad señorial, el autoritarismo y el catolicismo. ‘Nuestro’ (aunque no lo es) ethos sociocultural (y con él nuestra subjetividad e identificaciones) contiene elementos/factores de un imaginario propio del Mundo Antiguo.

    En el imaginario moderno, por referir una de sus dimensiones, la libertad consiste en la capacidad de elegir desde uno mismo (autonomía) y, por ello, hacerse responsable por la elección. María en el relato evangélico obtiene su ‘autoestima’ por el hecho de obedecer lo que no puede/debe evitar. En el mundo moderno, las Marías obtienen su autoestima de su integración personal que las apodera para elegir. ‘Elegir’ quiere decir que existen opciones efectivas que las Marías han contribuido a producir, que ellas son diferentes y conducen a diversos resultados. La María de Lucas está ‘hecha’ por naturaleza. Las Marías modernas van haciéndose por medio de sus producciones/elecciones, de sus opciones. No tienen ‘naturaleza’. Son procesos por ser. Por llegar a ser. ‘Son’ su camino. Su autoproducción (desde otros, con otros, para otros).Y ningún camino está hecho. Ninguna autoridad no consentida (y esto implica discernida) tiene legitimidad para determinar implacablemente los caminos. En el imaginario del mundo moderno las mujeres podrían rechazar lo que sería no un vinculante anuncio del ángel, o sea una orden, sino una propuesta entre otras. Una posibilidad con la cual puede uno comprometerse o no.

    No se discute aquí, insistamos, si esto es mejor o peor. Según el cronista del período, la María hebrea se sintió a gusto (y hasta quizás “libre”) con la notificación del ángel. Pero la subjetividad de esta María hebrea no es moderna. Y estos son tiempos modernos. Y en estos tiempos “libertad” quiere decir darse la capacidad para crear opciones y para elegir entre ellas y hacerse responsable por la elección. En otro ángulo, modernamente “libertad” puede asociarse con el libre juego de las facultades humanas. Se trata de una antropología no-católica. Ni mejor ni peor. Otra.

    Aunque parezca curioso, y el aparato clerical católico y sus allegados no estén de acuerdo, ninguna de estas últimas versiones de la libertad humana resulta por sí misma incompatible con la existencia de un Dios creador, personal, del Amor y de la Vida. Con lo que sí resulta incompatible es con el Dios de la sujeción absoluta, con el Dios omnisciente que crea las condiciones para el “pecado” y luego castiga a los pecadores, con el Dios todopoderoso que contempla ‘amorosamente’ a sus creaturas en “un valle de lágrimas”, de exclusión, de guerra, de empobrecimiento biológico, social y espiritual, de golpes de Estado, de tortura, etc., que los seres humanos no podrían cambiar porque es ‘natural’ y buscar transformarlo (o crear otro para al menos poder elegir) resulta una acción inspirada por Satán. Este último Dios, y no por casualidad, parece hecho a la medida por y para sociedades con principios de imperio, sujeción, explotación, exclusión y violencia que se desean, es decir los grupos dominantes, como la oligarquía hondureña, desean, sociohistóricamente eternos.

    En este mundo sociohistóricamente perverso tiene cabal lugar la adoración de un Dios que ofrece la ‘seguridad de otra vida’, pero más allá de la historia. Y la ofrece a las ‘almas’ a las que corresponde transfigurar (moderar, ‘sanar’ a los cuerpos de sus desviaciones) las apetencias antinaturales (excesivas) de ‘la carne’.

    Es en relación con estos campos temáticos donde aparece la funcionalidad de los aparatos clericales latinoamericanos, específicamente el católico, en la constitución y reproducción del ‘orden’ político oligárquico, señorial y clientelar (y su ethos sociocultural) que caracteriza mayoritariamente a las formaciones sociales latinoamericanas.

    Pero antes de mirar con un poco más de detalle esta funcionalidad estructural, retornemos, brevemente, a las diferencias entre el imaginario clerical católico, centrado en el Mundo Antiguo y su naturalismo/realismo éticos y el imaginario del Mundo Moderno cuyo eje es la autoproducción humana de la que se sigue su agencia (capacidad y responsabilidad de sujeto). El asunto tiene interés decisivo porque los aparatos clericales acusan a esta última sensibilidad de ignorar o asesinar a Dios (secularismo, inmanentismo). Este juicio, según hemos señalado, es enteramente falso. El Dios afectado por el imaginario moderno es el que hace de María una esclava. Pero en la cultura occidental existen otras maneras de experimentar a Dios sin necesidad de convertirse en sus esclavos.

    Para mostrar las diferencias entre el imaginario del aparato clerical católico, propio del Mundo Antiguo, y el moderno, utilizaremos la letra de una canción de Michael Jackson, estrella del espectáculo, recientemente fallecido. No es una referencia frívola. Jackson expresa en ella una sensibilidad cultural hoy legítima para muchos pero que no es la de los grupos dominantes ni la más generalizada en América Latina. La canción es “Heal the World” (Cura al mundo). Su letra comienza señalando que el cantante se ubica en el vínculo entre las generaciones: “… Digo que tenemos que hacer un sitio para nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, para que ellos (…) ellos saben que es un mundo mejor para ellos. Y yo creo que sí es factible hacer que sea un sitio mejor”. Para la canción, aquí no se trata de que Dios constituya un sitio mejor, sino que los seres humanos tienen la capacidad para hacer ese sitio mejor para sus hijos y los hijos de sus hijos, es decir para la humanidad. En términos básicos: los seres humanos hacen/producen su historia y, en el mismo movimiento, producen su humanidad como un ‘sitio’ mejor. No es el Cielo evangélico de los creyentes religiosos, pero lo avisa. Aunque, también, no es el ‘Cielo’ católico porque “ése” no existe en tanto de él no puede darse ninguna referencia humana legítima. Lo que sí existe porque está en cada uno es la posibilidad (virtualidad) de hacer de este mundo un ‘sitio mejor’. El planteamiento no resulta incompatible con el mensaje evangélico. No lo es porque no discute si Dios puso en los seres humanos esa capacidad, sino que constata esa capacidad a la que considera tienen igual acceso todos los individuos de la especie.

    El sitio que en cada uno hace posible producir ese mundo mejor está en el corazón de cada cual. Jackson lo determina como “amor” (and I know that it is love). El amor es una afección, un movimiento de la voluntad y del deseo, un querer. Está en nosotros, nos constituye y mueve. Para efectos de nuestra acción, no nos viene de ‘afuera’. Forma parte de nuestro repertorio. La letra prosigue: Si realmente te esfuerzas en el amor verás que no hay motivo para llorar. En la voluntad humana de amar no hay espacio para el dolor ni la pena (there’s no hurt or sorrow). Y a continuación, la petición: si efectivamente te interesas por quienes viven y por la vida, construye espacio para el amor, aunque sea pequeño, y haz del mundo un mejor sitio (if you care enough for the living make a little space make a better place). Nada de esto es competencia de Dios. Está en cada ser humano y en todos ellos.       

    No menos importante es la negativa de Jackson a aceptar como necesario un mundo que es “un valle de lágrimas” (Salve Regina). Se le puede cambiar porque nosotros hacemos el mundo y aunque podemos odiar también estamos facultados para amar. No temamos ni despreciemos el mundo. Amémoslo para cambiarlo. Y cambiémoslo para amarlo todavía más. No es necesario solicitar esto a la Virgen María. Podemos hacerlo nosotros mismos desde nosotros mismos y para nosotros mismos. “Para ti y para mí”, reitera la canción. Este planteamiento es moderno. Y no implica despreciar a Dios o matarlo, sino asumir la dignidad y capacidad humana para producir “sitios mejores”, tal vez pequeños (no cósmicos), pero mejores que los que hemos producido hasta ahora.

    Más adelante, la letra enfatiza esta idea que desecha el temor y la inseguridad y levanta en cambio la autoestima y confianza humanas en sus propias capacidades: “El amor es fuerte y solo se interesa por dar (gratuitamente) felicidad y alegría. En él no sentiremos recelo ni pavor”. Y un refuerzo antropológico que es, al mismo tiempo, una crítica social: “Con el amor, dejamos de existir y comenzamos a vivir”. Y este ‘vivir’ contiene la alegría y la felicidad, que provienen de la integración personal y social en el amor, aquí en la tierra. Esta alegría y felicidad no eliminan ni son incompatibles con su eterna prolongación en algún Cielo. No es solo otra antropología (concepción del ser humano), sino también la posibilidad de un distinto vínculo entre ‘Historia’ y ‘Cielo’, entre inmanencia (historia) y trascendencia (cielo). Con ello, también de otro vínculo, rotundamente negado por el catolicismo, entre los seres humanos y Dios. Los primeros dejan de ser meras creaturas/criaturas (o, como prefiere el aparato clerical, “ovejas” necesitadas de pastor (y perros que les muerdan las patas y las defiendan)). Y Dios puede ser compañero y referente de la experiencia humana pero no su dueño.  

    El texto de Jackson es enteramente evangélico, aunque moderno. ‘No importa lo que entra en ti, sino lo que tú hagas salir de ti’. Si logras, porque te esfuerzas, que salga amor, producirás con otros y para otros un sitio mejor y humanidad. Pero Jackson no da una orden. Describe una realidad carencial (gente que existe mal muriendo, destrucción de la vida en el planeta, guerras, odios, miedos) y apunta la posibilidad/capacidad que tenemos de transformarla. Hay que elegir. Y para optar hay que crear las condiciones que faciliten esa opción. Se trata de un desafío humano/cultural, de dar la talla de lo que somos también capaces.

    Y para que no quede duda alguna que este texto moderno de una estrella pop, que se movía en universo comercial, no elimina para nada a Dios ni lo relega a un rincón secundario, la letra dice: “Though it’s plain to see/This world is heavenly/Be God’s glow’ (Es fácil comprobarlo/Este mundo es celestial/Produzcámonos como la alegría (brillo) de Dios).

    Pero el Dios de “Heal the world” no es el Dios del aparato clerical católico. No es Alguien que amarra y somete. Es un Dios que se alegra de la libertad humana para producir un mundo desde y para su amor por la vida. Es un compañero de elecciones, de sueños, de esperanzas. Se acerca al que describe Juan en su Carta/Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguien escucha mi voz y me abre, entraré a su casa a comer. Yo con él y él conmigo” (Juan, 3, 20). Dios no se presenta como una autoridad inapelable, sino como un nuevo comensal. Alguien que desea ser invitado al proceso de autoproducción humana. Ser humano y Dios se asemejan y ambos pueden sentir que esto es bueno.

    La referencia a Michael Jackson y al carácter de su arte permite también presentar otro aspecto crítico acerca del imaginario católico, ahora en relación con la separación que éste hace entre cuerpo y alma humanos y en la hostilidad con que los enfrenta al considerar al primero “cárcel” de la segunda y también ocasión de pecado (o sea de Satán). El artista se hizo famoso por sus coreografías dinámicas, su exploración de las posibilidades del baile y la explícita sexualidad (caderas, pubis, pene, cuerpo entero) de sus movimientos. Se trató siempre de una explícita reivindicación del cuerpo (al que en su vida privada intentó incluso reinventar) como expresión de una energía anímica, de un espíritu deseoso de comunicar destreza, creación, fiesta, comunión y alegría. Jackson no asume por tanto las separaciones entre ‘alma’ y cuerpo y entre espíritu y entorno (mundo). El espíritu (amor) humano (materializado en su caso como danza) puede producir (crear) el sentido de los entornos. Este último aspecto tiene además un alcance para el aparato ministerial de algunos grupos de protestantes. Nos referiremos a él más adelante.


   Centrándonos en el aparato clerical católico, éste sospecha del cuerpo, y en especial de la sexualidad genital (la única que conoce, por lo demás), lo anatematiza y determina a  sus deseos y expresividades como idolátricos. En opinión de la jerarquía católica, por medio de la gratificación sexual (valorada como lascivia), las parejas se “creerían Dios” (Deus caritas est, # 4, 5 y siguientes) y por ello esta gratificación debe ser ‘disciplinada’: “…el eros quiere remontarnos « en éxtasis » hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación” (ídem, # 5). El disciplinamiento del cuerpo, su sobrerrepresión por una ética arbitraria, por doctrinal, forma parte del carácter antipopular y reaccionario del aparato clerical católico. Del asunto volveremos a ocuparnos, aunque brevemente, más adelante.

    Interesa ahora recuperar el examen de un imaginario que postula una ley natural y un Dios que sujecionan a los seres humanos a quienes se pide amar/respetar esta sujeción en la tierra (sociohistoria) para obtener de la “gracia/amor” de Dios un lugar eterno en el Cielo (que tampoco construyen). A este imaginario, el aparato clerical católico añade sus propios “esponsales” con ese Dios. Este “casamientoindisoluble torna a este aparato la única iglesia revelada y por tanto la única institución capaz de visar un pasaporte para el Cielo. Dios salva, pero los documentos de viaje las almas deben adquirirlos en la Iglesia Católica. Es obvio que un imaginario con estas características (recordemos que llegar al Cielo es el Bien Supremo, Último, Todo el Sentido de la existencia personal y de la Humanidad) proviene de un
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