Asesinado a los cuarenta años de edad






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sobre el carácter antidemocrático de la sensibilidad oligárquica básica (que aflora hasta con grosería en situaciones de crisis), puesto que las instituciones democráticas descansan en las instituciones y lógicas de un Estado de derecho y, también, en la complementación ‘sobrenatural’ que a este rechazo de las instituciones y lógicas democráticas ofrecen las iglesias espiritualizadas y personalizadas, como la católica y muchas protestantes. La cuestión introduce a la complejidad y fortaleza subjetiva del pegamento que constituye y favorece la reproducción del ethos oligárquico (señorial, autoritario, clerical-‘cristiano’, en el límite despótico) en las sociedades de América Latina.

    El punto no permite leer, por tanto, las acciones políticas del golpe como expresión de la ‘ignorancia’ o ‘grosería’ (catrachada) de los actuales grupos golpistas hondureños (ignorancia y grosería que sí existen), sino que apunta a los complejos caracteres de la cultura oligárquica latinoamericana y puede rastrearse, con sus matices específicos, en toda el área.

    Un corolario: este Fiscal General hondureño de los golpistas, que dispone de 15 acuciosos fiscalitos para preparar no un expediente judicial sino un “abultado expediente”, igual de obeso podría prepararlo para mostrar el patriotismo de Zelaya y su compromiso con las instituciones democráticas, si alguien se lo encargara/mandara. El personaje es un funcionario autoadscrito personal y socialmente a la lógica oligárquica, carente de autoestima, y que obtiene estima precisamente de los cargos que se le dan y de los encargos que se le hacen. Preparar un expediente contra un ex o actual Presidente rebasa sus sueños. Lo entusiasma. Lo que se desea enfatizar aquí es que la oligarquía no está materialmente sola cuando actúa o golpea. Tiene peso ‘cultural’. Atrae y convoca a otros sectores sociales, capas medias, funcionarios, burócratas, sectores populares, aunque, como es obvio, por razones diversas que deben estudiarse en cada situación. No es ninguna paradoja que la oligarquía no esté políticamente sola ni siquiera cuando comete grandes crímenes. Posee un “encanto”, aunque nada discreto, entre diversos sectores sociales, encanto que se deriva del seno de una generalizada cultura señorial y espiritualizada. Sus crímenes, por tanto, no expresan “excesos” individuales o exabruptos de instituciones como las Fuerzas Armadas. Son acciones sistémicas, lo sepan o no sus protagonistas.

    Un breve corolario del corolario anterior es que el “abultado expediente” no incluye a esta fecha ninguna acusación de narcotráfico, aunque sí el enriquecimiento ilícito. Una acusación de narcotráfico podría crear un nuevo frente de guerra. El tráfico ilegal de drogas tiene aliados internos poderosos (y a veces asociados) en todos los países centroamericanos ya que éstos son utilizados como “corredores” y “bodegas” para la droga destinada principalmente a Estados Unidos. En menor medida estos países constituyen mercados. Pero este nuevo frente de guerra podría alcanzar el corazón político mismo de los golpistas hondureños: congresistas, magistrados, Fuerzas Armadas, medios masivos, aparato financiero. Y en este frente, las traiciones, errores y “soplos” se cancelan con la muerte. Como se advierte, los golpistas consiguen también discernir cuando se trata de sus intereses. El enriquecimiento ilícito, en cambio, es la forma ‘jurídica’ que contiene el odio y la voluntad necesarios para destruir a un miembro de la oligarquía que ha “traicionadopersonal y socialmente a su sector de clase. Al igual que en un círculo mafioso, se trata de ‘ajusticiar’ al traidor.

    La segunda declaración altisonante de los golpistas es que a Honduras  no le importan ni interesan ni afectan las presiones internacionales ni las declaraciones de organismos “extranjeros”. Honduras puede solita. Pareciera una locura. Pero tiene su racionalidad. Es la carta “nacionalista” que todos los latinoamericanos conocemos (puesto que los círculos reinantes la utilizan cada vez que conviene) y que, en situaciones de crisis, apela a una ‘nación’ que no existe puesto que nunca se ha intentado política y culturalmente construirla como un emprendimiento colectivo común (el esfuerzo más persistente, tal vez, se ha producido en Cuba). “¡Si se puede!” “¡Somos independientes!” “Si nos unimos conseguiremos el desarrollo”, etc. son lemas antiguos y renovados en el subhemisferio. La apelación a la ‘unidad de la Patria’ ante las amenazas de ‘los otros’ funciona como convocador ideológico que apela a signos externos, mágicos o vacíos, ante la desoladora realidad social excluyente: la Madre Patria, la selección de fútbol, la bandera, la canción nacional, el desprestigio de los vecinos, las Fuerzas Armadas, el boxeador campeón, el Latinoamerican Idol, de Sony.

Es un discurso ideológico que desafía a los sentidos más inmediatos puesto que la vestimenta o físico de Micheletti o Ricardo Martinelli (nuevo presidente de Panamá, en estos días), o también de Zelaya, sus estilos de vida, y, en general las fisonomías y actitudes de todas las ‘autoridades’ de estos países, difiere sustancialmente de los aspectos, vocabularios y estilos de sobrevivencia o malamuerte de muchos de sus cautivos ciudadanos. Martinelli y Micheletti o Zelaya parecen lo que son: oligarcas. Si no lo fueran, se disfrazarían de tales, como el diligente Fiscal General que sirve a los golpistas o los “periodistas” que los avivan.

    Pero ahí está el valor ideológico de la carta ‘nacional’. Conmueve y agita precisamente porque no existe. Manosea la esperanza.

    El tercer discurso ostentoso expuesto por los golpistas es la mención de que solo serían sacados del Gobierno mediante una guerra en la que resultasen derrotados. Se subentiende que los agresores serían los socios del ALBA, en este caso, Nicaragua y Venezuela. Pero el interlocutor interno de este discurso son las Fuerzas Armadas locales. Por supuesto, éstas no sirven para una guerra moderna. Tienen capacidad de muerte ante civiles desarmados o con poca organización. No son efectivas, en cambio, ni siquiera contra una insurgencia política y militarmente bien plantada. Pero el imaginario eleva a estas Fuerzas Armadas a símbolo heroico de la resistencia de ‘la’ nación. Este discurso complementa y cierra el recurso a la carta ‘nacional’. Localmente remite a la ‘historia patria’ y al 'distinguido' papel de los militares en ella. Internacionalmente es un guiño a Estados Unidos. Honduras podría ser un sitio clave, como en la década de los ochenta, para detener y derrotar al Imperio del Mal. Si la administración Bush se hubiera prolongado hasta el 2010, tal vez los golpistas hondureños hubieran tenido muchas probabilidades de éxito. Con la administración Obama, por el momento, se ve más difícil.

    El planteamiento anterior contiene un corolario. Es probable que los golpistas hayan tenido el apoyo de algunos funcionarios de la embajada estadounidense en Tegucigalpa. La administración Obama ha reposicionado la política exterior de EUA, pero ha sido lenta (y algunos aspectos de la tarea están, tal vez, fuera de su alcance) para realizar los cambios requeridos por un nuevo enfoque en las relaciones internacionales, si éste existe, en las embajadas específicas. En ellas hay, además, funcionarios del Departamento de Estado y de instituciones de espionaje cuya línea puede no coincidir, al menos durante algún tiempo, con la del Ejecutivo de su país. En Honduras está instalada, asimismo, una base militar estadounidense, la de Soto Cano, de dudosa legalidad. Por ello resulta obligatorio que al menos algunos funcionarios hayan estado informados del detalle de la conspiración contra Zelaya. Es asimismo dudoso que los golpistas hondureños se hayan comprometido en su acción sin haber tenido algunas señales de apoyo de la embajada estadounidense. De hecho es el apoyo/rechazo/ambigüedad (que sería políticamente una forma de sostén) estadounidense lo único que internacionalmente les interesa. Si ese Gobierno dice sí, no hay ningún problema. Si dice no y actúa en consecuencia, tampoco hay nada que hacer. Es el dueño del área. Los demás son comparsas. Por supuesto, esta apreciación podría contener errores. Uno, por ejemplo, es que Estados Unidos resuelva, pese a ser el dueño geopolítico de la región, actuar como si fuera uno más en un bloque. Por esto el interés golpista en la reiteración del discurso que sugiere como agresores militares y geopolíticos a los países del Eje del Mal. Una división interna o, mejor, varias, podría paralizar y tornar del todo ineficaz a la OEA. Por ello, los guiños a Estados Unidos seguirán produciéndose. Y podrían alcanzar éxito porque el tentado quizás estime que obtiene ganancias.

    Hasta aquí los discursos estentóreos de la racionalidad hondureño-golpista. Interesa ahora destacar, aunque sea solo por mencionarlos, algo de lo que efectivamente hace.

    En relación tanto con los procedimientos jurídicos como con la idea/valor de la nación hondureña, los golpistas materializan un estado de excepción con toque de queda. Ambos factores, que suponen acción militar y policial, permiten desagregar y reprimir a los opositores y, especialmente atemorizar a la población para que no sea ‘ganada’ por el “enemigo”. El estado de excepción se utiliza para silenciar a los medios no favorables o censurarlos mediante el control militar, y también para cercenar o suspender derechos fundamentales (libre circulación, asociación y reunión, apresar, apremiar y torturar sin orden judicial, en el caso hondureño). El toque de queda deja a la población inerme ante ejecuciones sumarias extrajudiciales, estimula las ‘desapariciones’ y los Escuadrones militares y paramilitares de la Muerte. Pero su función básica es acentuar en la población su experiencia de total desamparo ante el poder.

    Aunque tanto el estado de excepción como el toque de queda parecen estar en conflicto con los mensajes ‘nacionales’, para la sensibilidad y el discurso oligárquicos esto no es así. Aunque en el caso hondureño no se lo reconoce, los golpistas actúan desde el siguiente posicionamiento: lo que vive el país es una guerra que enfrenta a amigos contra enemigos en una disputa por el control de Honduras. Los “amigos”: militares y empresarios, políticos, iglesias, etc., son nacional/patriotas y se pliegan a las acciones del aparato militar, las excitan y aplauden. Este aparato militar es el principal depositario (o único) y metro de los valores patrios (dan su vida por ellos, según el imaginario). Los otros, los ‘zelayistas’, chavistas, “extranjeros”, son antiHonduras y antipatriotas, buscan el control sobre el país para dividirlo y destruirlo en función de sus intereses mezquinos. En el esquema maniqueo de virtuosos y malvados no existe cabida para argumentos, reservas o terceras posiciones. En una guerra, se está o no se está.

    La idea de que los “buenos” ganarán la guerra exige tener los poderes sobrehumanos o celestiales con uno. Aquí también el vínculo entre militares/represión/guerra/muerte y las iglesias espiritualizadas/valores absolutos/humildad/salvación en el más allá, muestra su carácter necesario. La suerte de Honduras la resolverá en último término Dios. El agua bendita disolverá todos los crímenes (“acciones santas”, en realidad, puesto que destruyen el Mal) y borrará todas las sangres. Liquidada toda oposición, Honduras, saldrá “purificada”, “unida” y “bendecida”. Este imaginario ‘religioso’ no es exclusividad hondureña. Se utiliza en cada país latinoamericano donde los poderes económico/sociales y político/culturales deciden reprimir masivamente a sectores de la población porque sus propios intereses y posiciones sociales, y con ello el sistema de inequidad, parecen estar en peligro.

    Esta situación señala hacia una realidad no siempre señalada ni menos enfatizada en los análisis sobre América Latina: el ‘orden’ latinoamericano ha contenido virtualmente siempre la posibilidad de una guerra interna. Hoy, de varias. En este sentido, su civilidad no existe (y con ello la base material para gestar derechos humanos). El punto también caracteriza a los golpistas como oligárquico/empresariales, militares y ‘religiosos’. El aroma ‘religioso’ concurre en todos los golpes políticos en América Latina al igual que en la reproducción ‘armoniosa’ del sistema. A diferencia de la guerra militar abierta, se configura como una desgastante presencia continua.

    2.1. Excursus sobre el aparato clerical católico
La base de este texto (preparado para una discusión universitaria) fue terminada en la madrugada del sábado 4 de julio. Después se le introducirían correcciones puntuales, principalmente de estilo. Sin embargo, durante el mismo día sábado, aunque posterior a la conversación, se hizo pública una Declaración de La Conferencia Episcopal de Honduras fechada el día anterior. La declaración fue leída por el Cardenal de origen hondureño Óscar Andrés Rodríguez quien, tras la lectura, realizó su aporte personal al pronunciamiento. Casualmente durante la discusión en Costa Rica había surgido la pregunta acerca de si la jerarquía católica se había manifestado específicamente sobre el golpe de Estado. La respuesta había sido negativa. El excursus que sigue se escribió entonces inmediatamente después de la discusión y se añadió en la mañana del 5 de julio al documento base.

    Los dirigentes del aparato católico en Honduras, u obispos titulan su declaración “Edificar desde la crisis”. No existe, por tanto, golpe de Estado sino una crisis.


    La primera parte del breve documento no se refiere, sin embargo, a esta ‘crisis’, sino que se ocupa de “probar” que la destitución de Zelaya se dio de acuerdo a derecho y, por tanto, no existe golpe de Estado. Lo sustancial del asunto está redactado en cuatro apretados párrafos gramaticales que concluyen que, de lo sucedido, se sigue que se debe “aprender de los errores para enmendarlos en el futuro”.

    La información mediante la que los dirigentes del aparato católico se pronuncian sobre el carácter legal del corte del mandato de Zelaya fue provista enteramente por las mismas instancias que cortaron ese mandato: “(…) nos remitimos a la información que hemos buscado en las instancias competentes del Estado (la Corte Suprema de Justicia, el Congreso Nacional, el Ministerio Público, el Poder Ejecutivo, Tribunal Supremo Electoral)”. De ella derivan su plena convicción acerca de que “Los tres poderes del Estado, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, están en vigor legal y democrático de acuerdo a la Constitución de la República de Honduras”. Hasta aquí la declaración de los obispos puede entenderse como un reconocimiento del carácter legal de las acciones golpistas, reconocimiento que se funda en la información que les entregaron las mismas instancias golpistas. Nada especialmente extraño ni nuevo o sorpresivo.


    Sin embargo ni golpistas ni obispos pueden disimular (por el momento) que el secuestro de Zelaya y su expulsión de Honduras (si existían cargos legales debió ser detenido por autoridad competente para iniciársele el proceso pertinente) no coincide con su afirmación de la perfecta continuidad institucional reinante en Honduras.

    Aquí sí aparece un elemento
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