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6. Psicoanálisis del 007 - por Fausto Antonini

Nunca quizá como en el caso de James Bond el éxito de un personaje cinematográfico o literario ha sido tan significativo, tan intrínsecamente relacionado con una dimensión psicológica y, por lo tanto, con un siempre drástico y polémico juicio moral.

Alguien se ha asombrado del interés suscitado, a nivel de los estudios y de las investigaciones científicas, por el «fenómeno» 007. Como si la «estupidez» aun cuando se tratara de ésta (es decir, en el caso de que tuviera sentido hablar tan groseramente), no fuera un «hecho», a la par de otros «hechos» naturales, psicológicos y sociales, digno de atención, de interés, de pacienzudo, cuidadoso estudio.

Las reacciones de tipo moralista, en realidad -y nos ocuparemos de ello al concluir nuestro análisis-, son asimismo «hechos» a explicar y hechos, en este caso, ampliamente significativos. Hay cierto cliché en las vicisitudes de Bond: de este cliché procuraremos individualizar ciertos aspectos más generalmente subrayados y recurrentes y de mayor relieve para los fines de nuestra investigación.

A menudo hay un comienzo en sordina, una ambientación «cualquiera», una buscada ostentación de «casualidad». Hay, es decir, un esfuerzo de naturalidad: el autor quiere introducir a su personaje en una escena y en una situación posibles y probables en la vida cotidiana de cada uno. Luego, como por casualidad, o como por una normal decisión de un jefe de oficina cualquiera en una cualquier oficina del mundo, Bond es llamado por M -el jefe- para una grave, importante, arriesgada misión.

Se trata en general de cosas que ponen en peligro la seguridad de Inglaterra, de los Estados Unidos o de todo el Occidente: se trata de espionaje o de secretas intrigas orientales de las cuales puede depender el destino del mundo.

Con aire oficinista, pero con la mueca amargo-burlona del héroe que conoce, pero sin hacerle caso, el riesgo y la angustia, Bond se enfrenta con el enemigo, sufre mil calamidades y, al fin, triunfa y salva lo que tenía que salvar.

Bond lucha, estudia, sufre, soporta, reacciona, pero, en general, la salvación viene de circunstancias que escapan a su control y a su voluntad, si bien depende de él, en último término, predisponer las condiciones de salvación propia y ajena.

Hay siempre hermosísimas mujeres junto a Bond, en las más distintas condiciones, en los papeles más diferentes: colaboradoras y espías, colegas y secretarias, mujeres fatales y mujeres comunes. Con todas Bond intenta el abordaje, que, generalmente, no es difícil. Pero estas mujeres cuando no son libertadas por Bond de un triste pasado, son luego víctimas de las más espantosas venganzas o de la más triste suerte.

Ya aparece claro, en este simple esquema, que los ingredientes empleados por el autor no son ciertamente originales: erotismo, lucha, espionaje, magnitud de situaciones internacionales. Sin embargo, sobre esta tenue y monótona trama se teje el más profundo dibujo de un personaje que tiene que ser considerado como típico de nuestro tiempo y, en este sentido, máximamente original y significativo.

¿Quién es James Bond? Bond es un empleado, aunque sea un empleado del servicio secreto, aunque sea cínico, escéptico, desencantado, «fenomenólogo», ordenado y metódico hasta la pedantería, cumplidor y obediente como el más aplicado de los discípulos, casi gris en la seria corrección con la cual cumple la tarea que le ha sido asignada.

Pero Bond es también una especie de «superman», un hombre normal y corriente que está dotado de superiores y casi increíbles capacidades, que, sin embargo, parecen siempre de lo más natural, medidas sobre la figura más medianamente verosímil del hombre. No posee dimensiones psicológicas de lo interior, no tiene espesor emotivo y racional, está todo resuelto en la acción, es el héroe del conductismo, siempre dirigido hacia el exterior: el reflejo estímulo-reacción no posee duración, no posee intervalo, ni suspensión: es inmediato y por esto se disuelve con la misma acción que lo agota. Cuando a veces Bond reflexiona y duda acerca del camino emprendido (es decir, analiza su elección «profesional») el autor nos hace comprender que se trata de enfermedad, de «agotamiento nervioso», de un paréntesis momentáneo, que tiende a hacer más humano; «normal», accesible al personaje; es la excepción que confirma y establece la regla.

Bond es un héroe «cibernético», además de conductista: reacciona a los estímulos seleccionando con precisión los útiles de los inútiles o dañosos (estos últimos no llegan siquiera, puede decirse, a su corteza); sabe calcular, evaluar, medir cada circunstancia, cada acción con la exactitud de una calculadora electrónica. Cuando se equivoca, y cuando no se trata, también en este caso, de la excepción que confirma la regla, es una equivocación inevitable y por tanto no es error, sino fatalidad o imprevisible casualidad. Bond es de hecho invencible; lo es tan sólo de hecho: siempre podría sucumbir: su invencibilidad es la del invicto, no del invencible, es la del hombre (aunque extraordinariamente hábil y afortunado), no del superhombre.

El pasado no hace presa sobre él: recordar, echar de menos, entristecerse, dudar en lo íntimo, son enfermedades, cuando está abrumado por ellas; una sacudida de hombros y en marcha: hacia la acción, hacia la lucha, contra el enemigo, con la mujer. El pasado por tanto no le ata, no lo condiciona: es el hombre sin pasado; es el hombre destinado a vivir en un presente que tan sólo tiene el futuro como realidad consistente y orientada; pero un futuro que en el ápice de la tensión dramática parece ser tan sólo el de los demás: y así para Bond, frente al riesgo mortal, a la tortura, al sacrificio, el tiempo mismo se desvanece y él con a su dimensión se aplana y pierde consistencia.

Pero es su capacidad de aceptar y esperar con una confianza absoluta, que aparece como desconfianza radical (el Abraham de Kierkegaard) al observador superficial o ajeno, lo que le hace volver a adquirir realidad y consistencia y es, en definitiva, la promesa y la premisa de la salvación. Torturado no se amilana, no cede, no renuncia a la lucha: pero no en una ideal y heroica tensión de sacrificio y de martirio, sino en una consciente concentración de las fuerzas, 1ógica, fría y racional, como todo su cálculo y toda su aventura. Sabe aceptar, sabe esperar, sabe acoger a la misma muerte como haría un hombre cualquiera, pero un hombre especialmente fuerte, entrenado y lúcido, perfectamente sano, «adaptado», «integrado».

No tiene problemas morales, filosóficos, religiosos o ideológico-políticos. Tiene, a veces, alguna duda, alguna nostalgia, alguna amargura. Pero cuando la duda le asalta, la misma acción, la realidad de una acción no deseada, pero necesaria, un asesinato, una venganza, una intriga, lo sacan del limbo de los pensamientos enfermos, y le vuelven a llevar a la luz del sol (aquel sol del hacer que brilla incluso en la oscuridad de las trampas más insidiosas) en donde posee su reino y su destino.

Bond ama, y ama con todo sí mismo, sin edulcorados sentimentalismos, pero no sin una fría, lúcida pasión, una implacable determinación; ninguna ansiedad, ningún peligro lo disuaden del amor (tan sólo un bien integrado sentido del deber pueden determinar un aplazamiento: pero quod differtur non aufertur).

Su amor, que no posee espesor sentimental, no posee, diríamos, tridimensionalidad psíquica, no posee duración (ni objetiva ni subjetivamente, en sentido bergsoniano) no es por esto menos auténtico, menos puro, menos vivido y saboreado, menos intenso y rico, menos profundo y satisfactorio.
«Había hecho un viaje agradabilísimo aquella noche desde Miami a New York. Habían comido los bocadillos y bebido el champagne, luego habían hecho el amor. Larga, lentamente. La muchacha parecía hambrienta de amor. Por dos veces le había despertado durante la noche pidiéndole dulcemente caricias, sin decir nada, tan sólo extendiendo la mano hacia el cuerpo sólido y delgado de él. Al día siguiente había corrido por dos veces las cortinillas de la ventanilla, le había tomado la mano y le había dicho: "Ámame, James", como una niña que pide los caramelos.»

«...Bond la había acompañado a la estación, la había besado largamente por última vez y se había marchado. No había habido sentimiento. Se le ocurrió un dicho: "El amor puede ser fuego, el amor puede ser ceniza, pero el amor más bello y más limpio es el de los sentidos." No tenía tampoco remordimientos. ¿Había pecado? ¿Y contra qué? ¿Había pecado contra la castidad? Bond sonrió para sí. Había otro dicho y era de un santo, S. Agustín: "Oh Dios mío, hazme el don de la castidad pero no en seguida." (Goldfinger).»
Bond no tiene «ideales» en sentido propio y tradicional. Su «ideal» es el servicio y la victoria (que es también legítima defensa: vita tua mors mea, mors tua vita mea). Es heterodirigido, alienado y alienador, es sí mismo tan sólo cuando no es sí mismo, es decir, su ser coincide con su misión; excepto con las mujeres.

Este absurdo y normalísimo héroe de la razón cibernética (la única «razón» que tenga duradera e importante consistencia en su aparato psíquico) vive una historia no menos límpidamente absurda y normal: el absurdo de la normalidad o la normalidad del absurdo.

(¿No demostró por otra parte Pirandello que lo inverosímil está más cerca de lo verdadero que 1o verosímil?) La historia no es fantacientífica sino paracientífica:

Hay una tecnología futurística y admirablemente sugestiva, pero no mucho más allá de la posibilidad contemporánea de lo real. Hay la magnitud del choque histórico entre Oriente y Occidente. El Premier británico, el Presidente de los Estados Unidos, embajadores, diplomáticos, servicios secretos, jefes militares son directa o indirectamente llamados en causa.

Hay un equipo de gente que trabaja y trabaja fuerte y trabaja con inteligencia (pero sin olvidar distracciones y mujeres) alrededor de Bond. «Si no lo consigo, 008 me sustituirá», dice a menudo a su enemigo en el momento más duro y más dramático.

La derrota de Bond es posible: aunque él, luego, gane siempre; la derrota del mundo cuya suerte y fortuna él defiende aparece como imposible, hasta como impensable (pues esta idea, el ocaso de Occidente, por la fuerza de las cosas, tiene que dominar la historia).

Bond es el héroe de un tiempo sin ideales, pero no sin mitos, esperanzas y tensiones espasmódicas: mitos y esperanzas de éxito, de riqueza, de poder, de aventura.

Bond es simpático porque tiene un aire de oficinista, es ordenado, «normal», accesible, a menudo es torturado y desafortunado (en el horizonte de victoria y de suerte); hasta despierta -como él mismo dice, no sin ironía, en Goldfinger el instinto maternal en la mujer. Pero resulta, dentro de ciertos límites, «antipático» o «alejado», porque es frío, despegado: su máscara tiene algo de duro, severo, de implacablemente cruel.

Sus relaciones con las personas son al mismo tiempo intensas y burocráticas, túrbidas y frías, apasionadas y programáticamente funcionales.

Su «rol» social está siempre desdoblado: agente secreto -y lo saben, junto con el lector y el espectador, otras pocas personas de la historia- y empleado o comerciante cualquiera.

Para explicar, dentro de ciertos límites el éxito de este personaje al mismo tiempo enigmático y transparente, es necesario considerar un cuádruple plano de estimulación psico-emotiva.

1) El elemento consciente de gusto de la aventura, de placer de la visión o de la imaginación suscitada por las mil cosas hermosas, refinadas, elegantes que rodean a Bond. Este es guapo, es simpático, es fuerte, lucha, sufre, vence, ama. No es rico, privadamente, pero de hecho dispone de más dinero que cualquier potentado o jefe de industria. A este nivel el juego es consciente y explícito: todos los trucos y recursos literarios y policíacos juntados hábilmente por Fleming hacen presa sobre el lector, despiertan su atención, le ponen en un estado de ansiedad, le tranquilizan y le consuelan, le divierten, gratifican sus deseos secretos.

2) Hay un segundo nivel, que es ya en gran parte inconsciente. Bond es el arquetipo del héroe, pero de un héroe imaginario y producido por el psiquismo colectivo inconsciente contemporáneo.

3) Hay luego la cuestión de la identificación. Es proceso al cual han apelado en general (para considerar obvio el éxito de Bond o, por el contrario, para criticar este tipo de explicación) críticos y periodistas que han ocupado de 007. También este proceso es sustancialmente inconsciente.

4) Hay en fin un nivel más profundo que, aunque relacionado con el proceso de identificación, toca otros, más íntimos dinamismos. Se trata del amplio y complejo proceso de corticalización, es decir, del proceso de constitución de la conciencia, con todas sus articuladas síntesis, sus intrínsecas y orientadas interrelaciones: la conciencia vista en sus relaciones dinámico-económicas con el inconsciente. Es aún un aspecto, en definitiva, de identificación, pero a niveles más profundos, que implican la orientación individual (con sus eventuales componentes sadomasoquisticos) y el desarrollo de la especie hombre (con sus lentas pero radicales mutaciones).

Para explicarnos los significados íntimos y las motivaciones profundas del éxito de 007 tenemos que hacer referencia a estos estratos o niveles de la psique. Dejaremos de lado, claro está, el aspecto explícito y consciente de la historia y de la diversión, porque éste es evidente y obvio y ha sido ya cumplidamente tratado.

Bond es el héroe de siempre, pero encarnado en el mundo hipertecnológico y pancientífico contemporáneo. El universo arquetípico de este héroe es extremadamente pobre y elemental, fragmentado en pocos trazos y contenidos fundamentales.

Aventura, riesgo, éxito, sufrimiento, fatiga, descanso, mujer; alrededor de estos pocos centros límpidos y transparentes, faltos de articulación interior, gira toda la estructura de la historia, al nivel arquetípico.

Hay en Bond una psicología de pubertad: no es agresivamente macho, no es románticamente apasionado, concentrado, unidireccional, arrollador y total: su amor es el de los adolescentes, despreocupadamente lúcido y consciente, seguro, pero también ingenuamente, generosamente disponible, pluridireccional; su amor induce ternura (a veces fraterna o maternal) no falta de turbia, pujante, pero desarmada o desarmadora sexualidad; induce comprensión, simpatía, dúctil, dulce-amarga disponibilidad. Pero Bond es también duramente hombre: hombre solitario, callado, moderadamente austero.

Naturalmente 007, como todo héroe, no puede tener esposa (el marido, como afirmaba Kierkegaard, es la imagen arquetípica de lo general, de lo universal lógico-moral indiferenciado, antitética a la del caballero de la fe que, vive en la singular e irrepetible relación absoluta con lo absoluto); si se casa, una hora después es ya viudo.

En el héroe de Fleming vuelve, en clave moderna y científica, el antiguo mito ancestral y mistérico de la resurrección y de la muerte; tan sólo del sacrificio nace, es hecha posible y aceptable, sin miedo de insidiosos castigos del hado, la salvación.

A través de los alternos azares de la historia de final feliz, el suspense, la angustia, el complejo de culpa y el de inferioridad, el sentimiento de poder y de superioridad son de mano en mano expresados, satisfechos, personalizados y al mismo tiempo cumplidos, atenuados y liberados en el espectador.

Las mujeres que Bond encuentra son siempre hermosísimas, potencialmente muy sexuales (pero a menudo actualmente frígidas o lesbianas): cuando ceden o están destinadas a ceder al esencializado, cibernético tozudamente discreto galanteo de Bond, tienen que pagar, de un modo o de otro, un elevado precio: o bien tienen que haber sido muy infelices o bien serán víctimas de torturas y de adverso destino.

Una feminidad, la concebida por Fleming, que aparece tanto más encantadora, excitante, enigmáticamente atractiva, cuanto más es macerada, maltratada, aplastada por males y torturas, por las cuales es hecha dulcemente lánguida y abandonada, sensualmente tierna y, casi a pesar suyo, enteramente disponible.

Es fácil detectar en el proceso de identificación el núcleo del éxito de 007: proyectamos en él nuestros deseos frustrados y reprimidos que se satisfacen y compensan así mágicamente. Esta observación ha sido hecha, tanto por aquellos que la han considerado definitivamente explicativa, como por los que la han rechazado como demasiado obvia, fácil, descontada y superficial.

Sin embargo este nivel existe: la gente está verdaderamente descontenta, instintivamente mortificada y reprimida, víctima al mismo tiempo de solicitudes violentas y continuas de una sociedad competitiva y seductora y de igualmente sistemáticas desilusiones e interdicciones.

Cine, novelas, fantasías, creaciones artísticas en general y sueños con los ojos abiertos son verdaderamente una válvula de seguridad, un desahogo, una ilusoria, pero no ineficaz compensación: para los autores no menos que para los lectores y los espectadores. Y aún hay que añadir que Fleming ha encontrado un sabio equilibrio realizando, una bien medida mezcla de emociones compensatorias adecuada y agradable al paladar de la mayoría.

A propósito de la compensación-desahogo determinada por este género de fantasías hay sin embargo que añadir en seguida que los paréntesis de evasión conseguidos de este modo conllevan también un riesgo al que no hay que subvalorar: la huida de la realidad. Es cierto que esta huida no es provocada tanto por el agrado compensatorio de las fantasías cuanto por la desagradable dureza de una realidad desilusionante y frustradora, es decir, es cierto que la huida en el mundo desresponsabilizador de la aventura fácil y del descontado happy end es más bien un síntoma, un resultado que no una causa de enfermedad; sin embargo, es innegable que la presencia difusa de este tipo de «evasión» puede notablemente favorecer, en una ininterrumpida circularidad de relaciones, la falta de toma de conciencia de los profundos dinamismos intrapsíquicos como de las concretas relaciones interindividuales.

Sin embargo, estas observaciones sobre la identificación con el héroe fuerte, sabio, prudente y bueno, sensual y luchador, que derrota a todos los malvados y triunfa sobre todos los males, se quedan indudablemente en la superficie del problema, aunque sólo con respecto a la explicación de la magnitud e intensidad del éxito del personaje de Fleming.

Para captar de un modo adecuado el sentido de la identificación también a este nivel es necesario introducir algunas distinciones.

Ante todo Bond suscita y no suscita la identificación, mejor dicho, la suscita de maneras distintas e incluso contrastantes. Suscita una identificación inmediata y sencilla porque es positivamente heroico y salvador; además su heroísmo tiene algo de patético y de «normal», es decir, de ordenado y de accesible; pero no suscita una identificación que la personalidad del espectador acoja sic et simpliciter, porque de su figura se desprende un atractivo más sutil y siniestro, alimentado por su fuerza sin prejuicios, por su cínica indiferencia, que roza un nihilismo sádico. En este sentido el espectador aún quisiera ser como Bond, pero a un nivel más profundo y más profundamente rechazado, inconfesado y temido. ¿Quién no quisiera salvar a la patria, derrotar espías y enemigos, rescatar humillados y ofendidos? Esto está claro. Esto es fácil de decirse a uno mismo. Pero ¿quién no quisiera, en el fondo, tener el permiso para matar, galantear y poseer a todas las guapas mujeres que encuentra, ser cínico y desdeñoso, pasar como superior meteoro en la atmósfera del mundo, iluminándolo antes de desaparecer, aunque con luz siniestra, violenta y cegadora? Esto, sin embargo, es difícil de admitir, de confesar incluso a sí mismo: es la parte mala, condenada de sí, que tiene que ser encubierta y ocultada, que cada uno rechaza en sí mismo porque los otros muestran no admitirlo y no admite en los otros porque no lo admite en sí. Personalidad consciente e inconsciente, parte reprimida y parte aceptada son por tanto igualmente solicitadas por el personaje: el héroe perfectamente bueno, no tendrá nunca demasiado éxito: tiene que tener algo de siniestro, aun tan sólo en la potencia irresistible, que, en definitiva, está al servicio del bien.

Pero estas dos estimulaciones distintas e incluso opuestas son mezcladas por Fleming de un modo acertado, extremadamente sugestivo: el símbolo está en el doble cero, el ideal de tener el permiso para matar. Matar sin permiso es demasiado abiertamente una manifestación sádica, agresiva e inmediatamente sujeta a retorsión social; tener un permiso obvio o genérico, como el del soldado en el frente o el del verdugo o sicario que tienen una orden muy precisa, significa demasiado poco al nivel emocional inconsciente; tener permiso de matar en el cuadro de una lucha ciclópea pero con una discrecionalidad en definitiva indeterminable, este sí, es el ideal.

Así el impulso sádico, agresivo y destructor, que está adormilado en las zonas inconscientes de una psique frustrada por la enfermedad social, es continuamente estimulado, pero también convenientemente negado o más bien celado sin ser de nuevo removido: como en un hábil strip-tease del instinto de muerte, que se asoma y se esconde en una circular ritmicidad.

Hay aquel ritmo angustia-seguridad que tanto gusta al hombre «civilizado» y sobre el cual se fundan, por ejemplo, la popularidad y la atracción características de las corridas. Al acercarse amenazador el toro al rojo trapo que el torero le agita delante de los ojos se encienden y crecen en una espasmódica tensión la ansiedad y el horror; pero cuando la elegancia y ligereza del torero le hacen regatear al toro, disolviendo su insidia airada y llevándole a cornear al aire, se deshacen ansiedades y temores, estalla la alegría de la seguridad rehallada: así el juego peligroso, sadomasoquístico, continúa hasta que el ánimo exige que el peligro sea destruido, que el enemigo, encarnado en la fogosa impetuosidad de la bestia ensangrentada y enloquecida de rabia impotente y de dolor furioso, sea definitivamente aniquilado.

Pero hay más. Se habla por doquier de identificación: y hay quien hace de ella el deus ex machina de todo éxito editorial o espectacular y quien discute su validez probativa. ¿Pero se tiene bien presente, se conoce bien lo que el proceso de identificación implica y sobreentiende? Porque no se trata de un dinamismo psíquico sencillo y de orientación única.

Hay ante todo la distinción fundamental entre identificación primaria, que es característica de los primeros meses de la vida y que está relacionada con el aprendizaje del control del ambiente y del propio cuerpo por medio de un proceso mimético y con la misma ingestión de la comida; y hay una identificación secundaria, que es sucesiva y culmina en la fase edípica (de los tres a los cinco-seis años) y es, además de un modelo socio-cultural, un instrumento de aprendizaje lingüístico-conceptual y ético-social a niveles menos primitivos: son además importantes las relaciones entre estas dos fases del proceso de identificación: la segunda, en efecto, como muestran ciertas formas morbosas y ciertas características del desarrollo infantil, está significativamente unida, relacionada, y dinámicamente reconducible a la primera. Pero, aparte de estas consideraciones, demasiado técnicas para ser tratadas aquí, hay que referirse de todos modos, para comprender lo que hay de esencial en la identificación, a aquella situación edípica que constituye su modelo originario, la armadura fundamental.

El niño admira y envidia, teme y respeta, ama y odia al padre (y con distintos, pero no descuidables matices esto puede repetirse para con la relación de la niña con la madre): le admira y le envidia por su fuerza y omnisciencia, por su prestancia física, pero sobre todo por el afecto que recibe de la madre (del niño): por esto mismo le teme (si descubre que quiero toda para mí a mamá, quién sabe lo que me hará); ¿cómo puede superar este temor, cómo puede disolver y satisfacer al mismo tiempo esta admiración envidiosa? Volviéndose como el padre, pareciéndosele lo más posible, identificándose (en el doble sentido de sentir «interior» a sí, integrada, incorporada en la propia personalidad, la paterna y de hacerse, en la inteligencia, en la fuerza, en los rasgos del carácter y del comportamiento, parecido a él). Pareciéndosele (haciendo así propias las estructuras sociales y morales de las cuales el padre es símbolo, representante y portador) consigue superar la tensión edípica de dos modos: 1) si soy como él mereceré yo también el afecto materno y 2) si soy como él no podrá dejar de amarme.

Como se ve la identificación es aquí puesta en marcha por un sentimiento de admiración-amor, pero también por un resentimiento de admiración-envidia y agresividad-temor.

Así el héroe de la gran aventura internacional es amado, admirado, pero también envidiado y odiado (un odio que se atenúa tan sólo porque se sabe que James Bond en la realidad no existe).

Esta rabia del propio fracaso se compensa tan sólo con el éxito del personaje con el cual el espectador se identifica, pero se acompaña de un instinto de destrucción que, precisamente porque está profundamente escondido e ignorado, puede estar sujeto a manipulaciones y desplazamientos.

Aquí se desplaza sobre el doble cero. Bond puede matar; pero Bond tiene que matar porque puede ser muerto (y su riesgo de morir, al nivel inconsciente, se carga de la hostilidad inconsciente del espectador contra él).

La situación es la que Fornari denomina proyección paranoidea: mors tua vita mea; porque la agresividad profunda que vive en cada uno de nosotros, hombres evolucionados y civilizados, se dirige toda hacia el exterior en la ilusión de que sea posible disolverla con la aniquilación del enemigo «objetivo».

El doble cero es, por tanto, el modo ilusorio y mágico, pero psicodinámicamente activo, con el cual, a través de Bond, el espectador y el lector viven su propia liberación del instinto de muerte.

Antes de vencer, por otra parte, Bond tiene que ser torturado, es decir, tiene que ser verdadera, directamente alcanzado por el placer sádico del espectador. Luego puede, luego tiene que matar: ahora ya está justificado, ahora puede ya librarse: mors tua vita mea.

Hay después el desdoblamiento constante (suspendida tan sólo al final o a veces al comienzo de la historia) entre Bond «verdadero», agente secreto, y Bond «disfrazado» de empleado o comerciante: dos aspectos que, por ser necesariamente paralelos, no son por esto menos diferentes y netamente separados. Este doble yo de Bond asemeja al doble aspecto del yo que hay en cada hombre: yo real y presente con todas sus mezquindades y miserias y yo ideal (que el psicoanálisis llama ideal del yo) más o menos proyectado en el futuro con todas sus glorias y grandezas.

Cada uno de nosotros ama y cultiva, con narcisístico cuidado, esta parte ampliada y «retocada» de sí; y sin embargo cada uno de nosotros es más o menos consciente de la distancia que divide lo que es de lo que quisiera ser (aunque no raramente, hablando de sí corrige y retoca sensiblemente con los trazos del ideal los del real). En 007 la situación se invierte: su yo más fuerte, más libre y falto de escrúpulos, más atractivo, es el verdadero (aunque para la mayoría tenga que quedar secreto); su yo más normal y más gris, el que aparece en superficie, es tan sólo una máscara postiza. Esta inversión no puede dejar de suscitar en el espectador una sensación de placer, de seguridad y de esperanza: casi alusiva, simbólica confirmación de que su mismo y mejor yo existe o puede existir realmente dentro de él: tan sólo está oculto a los más (la idea del genio incomprendido).

La identificación es por tanto favorecida en el sentido de que cada una de estas dos partes, la verdadera secreta y la falsa-pública, activa la parte respectiva, la ideal-deseada-secreta y la normal-cotidiana-pública del espectador.

Además el secreto de este verdadero rostro recuerda la fantasía de la «novela familiar». Es decir, la creencia del niño hijo de padres mediocres de haber sido robado a los verdaderos padres, príncipes o reyes lejanos y poderosos; una fantasía que aparece en los cuentos y que invade a veces largamente la imaginación del niño.

Este yo secreto está libre de las prohibiciones y de las vedas a las cuales está sometido el yo público y manifiesto. Bond no es rico, pero puede disponer de inmensos recursos financieros, es un dependiente, pero tiene licencia para matar.

Parece así al espectador que vive las vicisitudes del personaje de Fleming, que exista una zona franca (y dulce de la voluptuosidad del protegido y permitido secreto) en la vida, donde todos los deseos más íntimos, de amor y de odio, son realizables, en una sucesión de aventuras que tiene su único límite en la consumación del tiempo.

Si Bond debiera y pudiera expresar su filosofía aparecería como un neopositivista o un neoempirista. «De aquello de lo cual no se puede hablar hay que callar.» Esta máxima wittgensteiniana le cuadra perfectamente.

Es el hombre sin dimensión interior, sin historia, sin creatividad espiritual, sin curiosidad filosófica: es la radical antítesis del «interior homo, agustiniano, en el cual «habitat veritas». Es lógica pura, aventura pura, acción pura, cálculo puro por un lado y emoción pura (esencialmente erótica) por el otro.

Es el hombre que ha llevado al ápice extremo el proceso de corticalización, pero tan sólo en la dirección científico - matemático - psicorreflexológico - cibernética. Es el hombre llano, sin dimensiones espirituales, sin complicaciones, sin zonas psíquicas oscuras, insondables o abismales.

Su actuar preciso, calculado, lúcidamente coherente y racional está siempre al límite de la fijación monótona obsesiva. Pero no se puede volver obsesivo, porque no hay en él reflexión afín a sí misma. No se puede volver un obsesivo porque su yo conserva la coherencia en la superficie de la corteza: más abajo no desciende, porque, en efecto, parece no existir un «más abajo».

Cuando piensa, está enfermo, y su pensar es siempre presentado como rumiación estéril y morbosa, paréntesis de humana debilidad, de comprensible agotamiento.

Y sin embargo Bond encarna, y con éxito, la figura arquetípica del héroe contemporáneo; y el arquetipo del héroe, al nivel inconsciente, se tiñe siempre de la idea de salvación. ¿De qué salva Bond? De la inseguridad, de la inferioridad, del miedo, desde luego: pero éstos son los niveles más superficiales. Más profundamente Bond salva de la interioridad, del sentido de culpa, de la preocupación-fatiga de pensar, del «agujero hueco, de la autoconsciencia. En la conciencia de sí, en la toma de conciencia de los contenidos psíquicos profundos del propio inconsciente hay dos aspectos: la aceptación-rescate de una culpa originaria (mito del pecado original y necesidad de una redención) y el conocimiento-integración-realización de exigencias arquetípicas que pujan en la superficie de la conciencia como puras exigencias. En otros términos se puede decir: hay en mí una culpa (quizá tan sólo mía, quizá también derivante de Adán) que tengo que expiar o pagar o, de algún modo ayudado o agraciado, lavar; o bien se puede decir: hay en mí una exigencia de culpabilidad que significa y expresa sin embargo alguna otra cosa. En el primer caso habrá las infinitas contorsiones del masoquismo y del sufrimiento-voluptuosidad del pecado perdonado o perdonable y, por tanto, de alguna manera permitido y las distintas metafísicas directa o indirectamente maniqueas o intelectualístico-voluptualísticas. En el segundo casó tendremos las ciencias humanas y el intento científico-humanístico de comprender y «desmantelar» el sentido de culpa.

Pero desgraciadamente, por razones histórico-biológicas que es aquí imposible exponer, se ha realizado la conjunción (absolutamente innecesaria y extrínseca) de la interioridad y autenticidad espiritual con el sentido de culpa y de la liberación del sentido de culpa con la exterioridad hedonística, banal y superficialeizante.

Bond es el símbolo de la reacción a la interioridad-masoquismo, la expresión de la voluntad de salvación del sentido de culpa intimista, pascal-kierkegaardiano, turbio y agobiante.

Pero en la reacción al sentido de culpa se ha terminado por echar el agua con el niño dentro y por reclamar y justificar al mismo tiempo justamente la quejosa advertencia interior del sentido de culpa.

En efecto, librarse del sentido de culpa, además de la interioridad y el mundo arquetípico mismo, significaría «librarse» de toda fuerza y vida espiritual y biológica; significaría autoanularse como hombres. He aquí entonces la inmediata llamada: «No fuisteis hechos para vivir como bestias, sino para seguir la virtud (léase: sentido de culpa) y el conocimiento (léase: mundo arquetípico).» Así la una y la otra posición se eliminan, pero también se apelan mutuamente, en una circularidad viciosa, en un falso movimiento, que en realidad es estéril éxtasis y mortificadora parálisis, en un «girar sobre sí mismos», de tipo bergsoniano.

Todo esto no carece de un significado preciso. Si, en efecto, Bond parece falto de complejos, muy rico de ellos es en cambio su creador, Fleming.

En Fleming hay sobre todo la manifiesta y típica expresión, de una represión y de una serie de sublimaciones relativas a la fase sádico-anal del desarrollo psicosexual.

Los protagonistas de sus historias, que viven generalmente en ambientes elegantes, limpísimos, señoriales, refinados, y están ellos mismos en armonía con estas características ambientales, se encuentran y a veces quedan aprisionados en celdas, cámaras blindadas, compartimientos estancos, submarinos, aviones, habitaciones, trenes, coches, cloacas, grandes conductos subterráneos, etc., etc. A veces se tiene la impresión de que haya una verdadera y constante dialéctica entre lazos (simbólicos y reales) y liberación de los lazos y que gran parte de la tensión narrativa corra a cargo de esta dialéctica.

Además hay el papel de la mujer: la mujer es vista en una típica situación sadomasoquistica: o es anormal o es castigada (aunque el autocastigo, como acontece en el masoquismo, preceda a la culpa): o bien es inaccesible, es negada como mujer.

Esta psicología de Fleming encuentra puntual paralelismo, como el espectacular éxito de su creación demuestra, en algunos difusos componentes de la psicología común: es posible saborear el prohibido sabor de las victorias y de las conquistas sexuales tan sólo en la excitación amarga del sadismo y del castigo (aún si el «castigo» precede a la victorias y las conquistas). La feminidad oscila entre la frigidez masculina, a veces lesbiana, el placer huidizo saboreado con glotona, ávida rapidez, y la zozobra voluptuosa y sufrida de la posesión y de la disolución sadomasoquista.

Fleming parece librarse, por medio del protagonista de sus historias, de un profundo sentido de inseguridad, de un constante y omnipresente (y por esto mismo tan radical y coherentemente negado a su héroe) sentimiento de inferioridad y de culpa.

Fleming, que fue un hombre activo y socialmente comprometido, parece prolongar en las aventuras de Bond, el significado que probablemente tuvo su actividad social: una huida en la acción de los fantasmas del inconsciente reprimido: cuando la acción vivida no ha sido suficiente o posible, ha pasado a la acción contada, vivida por la criatura de su fantasía.

El leit motiv que domina sobre cualquier otro es sin embargo la dialéctica de la relación seguridad-inseguridad. La conciliación de dos profundas aspiraciones, contrastadas por temores igualmente importantes en el ánimo humano, la de la libertad-inseguridad y la de la seguridad- dependencia, se hace aquí posible y es realizada. Bond lo arriesga siempre todo y no pierde nunca nada: a lo máximo puede morir (y esto confiere tensión dramática a la historia) pero la causa que defiende no puede ser vencida (y por esto su misma muerte puede perfilarse sin arrollar todo sentido de seguridad).

Pero luego Bond mismo no será nunca vencido. Así el lector experimenta con él el escalofrío de la muerte sin morir, el horror del miedo sin perder el valor, el turbio placer de la prostitución sin la banal vulgaridad de la prostituta, el acre placer de la disponibilidad del dinero sin los riesgos, la responsabilidad y la preocupación de la riqueza, la tormentosa humillación de la derrota sin perder la partida.

En la vivencia de las vicisitudes de 007 alcanza la ideal conciliación de todo el desenfrenado placer de la libre anarquía aunado con el más confortante y protector calor del seno materno; prueba todas las emociones humanamente posibles sin que su yo sea tocado jamás, lacrado o revuelto por sus consecuencias negativas.

La psicología de Fleming ha encontrado miles de ecos porque su problemática es la problemática de gran parte de la humanidad llamada «civil», encontrar una salida liberatoria para mil ansias y mil prisiones. El hombre de la calle encuentra en Bond el símbolo de una renuncia liberadora y confortante a aquel mundo de fantasmas interiores que lo agobia y lo atormenta sin que pueda exorcisarlo o comprenderlo.

Se ha dicho que las aventuras de Bond son tan evidentemente fantásticas que parece continuamente que el autor, entre bastidores, hace un guiño a los espectadores como diciendo: divirtámonos juntos imaginando cosas imposibles, así, por jugar, sabiendo que son imposibles. No estoy de acuerdo. Es verdad que las aventuras de Bond son inverosímiles, pero no hasta el punto de ser solamente burlescas y aún no para el gran público, no demasiado provisto de sentido crítico. En realidad si todo se redujera a esto, el entretenimiento restante sería bien poca cosa, y no explicaría el éxito de este personaje de aquelarre cibernético.

No. La indiferente ironía que parece con todo aligerar todas estas sorprendentes historias está todavía en el juego, no fuera de él. Está en el modo como Bond acepta la vida, medio escéptico, medio irónico, medio cínico, medio comprometido. Es todavía un mensaje del psiquismo de Fleming al de sus similares: tomad así la vida. Tomad así la vida real, toda, no solamente a mi personaje, dice Fleming. Por esto no debemos decir que la gente no cree en James Bond, porque esto es cierto sólo en la superficie y en el sentido más obvio y descontado. La gente cree en Bond porque cree en la posibilidad de mandar al diablo un cierto tipo de mundo. Y aquí está el equívoco más grave. Porque es posible liberarse del sentimiento morboso de culpabilidad, de la obsesiva manía persecutoria solamente si se aceptan las más profundas dimensiones del espíritu.

En Bond, por el contrario, el mundo arquetípico profundo queda negado y destituido, absolutamente ignorado si no es en sus aspectos más groseros y macroscópicos. Bond es la negación de la interioridad creadora; sus relaciones con las personas son en último análisis, puramente pragmático-funcionales (exceptuando y desde otra perspectiva también, las erótico-sexuales), son embrionarias, toscas, estereotipadas.

Con Bond el hombre contemporáneo intenta su gran evasión: la evasión en la acción, en la negación inmediata y radical del sentimiento de culpabilidad, en la prevalencia de la vista y del tacto sobre el oído, de la energía muscular sobre la reflexión, de los sentidos sobre la conciencia, de lo erótico sobre todo (el erotismo ha devenido la seguridad absoluta: se puede amar sexualmente incluso frente al peligro mortal).

Si quisiéramos resumir los aspectos, en mi criterio, negativos y positivos del éxito de 007 se podría trazar este esquema:

Aspectos positivos: Voluntad de renuncia a la obsesión introspectivo-intimista, liberación del sentimentalismo morboso-romántico (tierna licuefacción que niega o envenena el impulso erótico-sexual volviéndolo, como notaba Nietzsche a propósito del amor después del cristianismo, lujuria, tenebroso pecado sin rescate); intento de liberación del sentimiento de culpabilidad persecutorio, de la retórica idealizante-agresiva o místico-mítico-evasiva.

Aspectos negativos: falta del más elemental sentido crítico, del sentido más autentico de lo real (fuga de la realidad considerada como desplacentera o frustrante; fuga en el principio del placer desrealizante e irresponsabilizador); revelaciones de superficialidad deprimente y de infantilismo psíquico: aceptación pasiva de la banalidad de las situaciones conflictuales estandarizadas; ausencia o cambio de las exigencias arquetípicas fundamentales (en el ideal ilusorio-mundano de un yo privado de inspiración profunda).

Se produce una consecuencia negativa del éxito de James Bond por el encarnizamiento de críticos abstractamente moralizantes. Aun si se prescinde de la racionalización de sentimientos hostiles al éxito, sea cual sea y de quien sea, se debe decir que estos críticos, además de genéricamente moralistas e incapaces de hecho de entender el alcance del fenómeno, no son sino la expresión inconsciente de aquella puntual, pero necesariamente ineficaz reacción, de la cual antes habíamos hablado, la ingenua e igualmente ilusoria tentativa de desembarazarse, súbita y radicalmente, del sentimiento de culpabilidad. Pero aquellos críticos están en el juego y son por esto nefastos, porque confirman y afianzan inconscientemente el catastrófico y artificioso, pero enraizado dualismo y la destructiva y falsa, pero viscosa asociación: o libertad-vacuidad (espiritual y emotiva), o esclavitud-riqueza (espiritual y emotiva).

Naturalmente un hombre psíquicamente adulto y maduro espiritualmente no puede interesarse en las aventuras de 007 sino críticamente, quedando con la amarga desilusión de la escualidez infantil de este personaje de retablo de marionetas. Pero en el fenómeno singular de su éxito hay también una invocación de la psique colectiva que aparece amorosamente, estudiosamente recogida y escuchada, interpretada y favorecida, nunca negada o traicionada. Es una urgente invocación de libertad vital y por esto es sagrada como toda profunda y genuina expresión de la voluntad de vivir de la naturaleza viviente.
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