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5. Las mujeres de Bond - por Furio Colombo

Hay una parte de las aventuras de Bond a la cual es necesario prestar mucha más atención que a otras. Esta parte se repite algunas veces en cada aventura. O mejor: cada aventura es un montaje de aquella parte que se repite siempre de un modo semejante y de partes móviles que son la novedad, la nueva historia. (En otro momento se podría demostrar que también las partes móviles resultan del montaje de material prefabricado que reaparece en un número extenso pero definido de variaciones posibles.) La parte, como decir, fija o en cualquier caso estable, es el reposo. Son las descripciones de los momentos de espera, de preparación o de recompensa parcial que Bond vive inmediatamente antes o inmediatamente después de una gran aventura. Ninguna vicisitud de 007 alcanza su clímax sin que los lectores hayan sido espectadores de momentos como éstos: una confortable habitación de hotel, un clima tropical atemperado por la brisa del mar (nunca aire acondicionado, Bond es inglés no americano), una buena comida que el lector gusta con Bond plato a plato, una vestimenta cómoda, la presencia de la figura sólida, agradable, bronceada de un hombre, James Bond, y la presencia intuida, si no descrita, de ciertos artículos de toilette que son evidentemente indispensables a un hombre semejante. El área de las adquisiciones, para quien tuviese el encargo de proveer el equipaje y los objetos de tocador de James Bond, es, más o menos, la de los productos Dunhill, el «after shave emulsion» de Helena Rubinstein (Men's Club), eventualmente Men's Cologne Lenthèric, cuyo aroma, aunque típicamente masculino, confina con el Citronelle de Balmain. Después están los aceites, las lociones que curan rasguños y heridas. Y está el sol, está el mar, la aspereza salmoiódica, el aire libre (el mar está vecino y estamos siempre en la mañana temprano o en el ocaso) y el tabaco. ¿La mujer dónde? Habíamos dicho: inmediatamente antes o inmediatamente después de la acción. En el montaje la mujer es recuerdo, sorpresa y espera, y tensión si estamos en el «estreno». Cuando James Bond abre su maleta de fibra sintética y saca sus pocas cosas confortables, la mujer de la aventura que va a vivir ya no es un misterio. O al menos el misterio ha sido ya delimitado por algunas revelaciones. Que regularmente son: la mujer es parte integrante de la partida, no es ornamental. Esto es, puede ser sólo enemiga o estar de nuestra parte. De nuestra parte quiere decir: en nuestra cama. De manera directa o indirecta ha llegado ya el aviso o el presentimiento sobre el cual se funda la impresión de seguridad de la personalidad de 007, de que la mujer en cuestión no será una enemiga. Puede ocurrir que en el momento de esta esperada tensión no se haya producido más que un cambio de miradas. Pero en el modo instantáneo de reaccionar que Ian Fleming reconoce a las mujeres, la respuesta ha llegado. El juego, de ahora en adelante, comprende dos tipos de baza, a veces entrecruzados y a veces no: cómo acercarse, conocer, desorientar, poner al descubierto y liquidar al enemigo (de costumbre después de haber rozado una o dos veces la catástrofe total). Y cómo sacar de esto, defender y conseguir firmemente a la chica que sirve muy bien también como símbolo de la puesta en juego, como medida de la mezquindad y de la ínfima cualidad de la charme del enemigo. En fin, aparece fugazmente en el dorado y casi siempre tropical ocaso de la conclusión (Victoria), la última regla del juego: la fuerza del ligamen es directamente proporcional a la ferocidad de la lucha. Terminada ésta se comprende muy bien que la deliciosa criatura no puede permanecer allí obstruyendo el dinámico futuro de Bond.

II.- Pero antes de conocer a las mujeres de Bond, es necesario aceptar el consejo de Fleming y, según el esquema de cada una de las aventuras, es necesario ocuparse un poco del hombre al lado del cual un cierto tipo de mujer está tan bien (estéticamente para comenzar). Es necesario reconstruir el retrato a través de los objetos de su liturgia, los vestidos, los zapatos, la maleta, los artículos de tocador o deportivos, a los cuales las armas (según el modo cómo 007 las considera, las observa y las trata en los momentos de reposo) acaban por asimilarse. James Bond se complace con la nueva pistola como un hombre de negocios en viaje considera con alegría y enterándose de su uso, una nueva máquina de afeitar eléctrica. Intentemos desalojar el campo de otros dos aspectos, que en el retrato de un dinámico hombre de éxito podrían también ser los primeros: la casa y el automóvil. Naturalmente que James Bond no tiene casa. Pero no infravaloremos la relación de James Bond con las habitaciones de hotel (o el vagón-cama, la cabina del barco, el bungalow en las Bahamas o la poltrona del bar).

Habréis notado que James Bond está perfectamente a su aire en el confort anónimo y es particular su modo de usar intensamente, sensualmente, del confort, de esparcir en torno a sí una impresión de bienestar del tipo que una compañía de viajes querría ser capaz de inspirar a sus posibles clientes. Pero habréis notado también que el manantial de esta impresión de bienestar, de lo agradable y de lo útil en la medida justa, en el tiempo justo, es siempre James Bond. Haced que deje el compartimiento del tren o la habitación del hotel y una fastidiosa sensación de sitio público la sustituiría de golpe. En caso de incertidumbre el enemigo provee; bombas, ácidos, ráfagas de proyectiles o arañas ponzoñosas hacen detestable el lugar apenas James Bond vuelve la espalda. En resumen, el valor de los objetos o de los ambientes está en el uso, en la fascinación, en el calor, en la impresión de seguridad que inspira quien lo usa. James Bond está solo, sabe escoger en el mundo aquello que le es útil, es lo suficiente educado para considerar útil el confort y suficientemente autónomo para dejarlo de lado cuando es preciso, llevando consigo aquello que le es necesario, esto es, a si mismo (eventualmente un arma, una escafandra).

He aquí, pues, una primera definición del modelo. 007, como el hombre broceado del Lucky Strike, como el joven businessman de las noticias publicitarias del «Life-Magazine», ha terminado ya, en el momento en que lo encontramos, su proceso de crecimiento. Desde este momento es la realidad la que se parangona con él y no él con la realidad. La primera sensación de que James Bond está en lo cierto viene del hecho de que James Bond no cambia nunca, no cambia nada. Es ya aquello que debe ser, lo sabe, está satisfecho y debe sólo aplicar ésta su existencia sana y bien adiestrada según ciertas reglas que no tiene ningún interés en discutir. No es inculto y aparecen incluso ciertas referencias-kitsch, si se quiere, pero también elementos de prueba de ciertos estudios hechos, de ciertas lecturas llevadas a cabo, en el ámbito, digamos, de una buena High School o de un colegio de suficiente prestigio, de aquellos que dan mucho valor al deporte. Pero no lo encontramos nunca con un libro en la mano o un libro en la maleta, mirando un cuadro, encargando una localidad en el teatro, aunque sea solamente en el espacio de una línea. Y su relación con las cosas, desde el momento en que no pueden ayudarle a crecer, ni enriquecerlo, por ejemplo estéticamente, es exclusivamente utilitaria, guiado por experiencias sean estéticas o prácticas ya realizadas. (James Bond para su confort va siempre en busca de gustos, de lugares o de objetos de los cuales conoce ya a fondo la fruición.) Ejemplo: en la mitad de un momento de extrema tensión lo encontramos «estipulando» con el camarero un cierto tipo de gin, meditando, aunque sea rápidamente, en las razones de su preferencia. Pero no acontecerá nunca encontrar un Bond curioso e incierto que alarga la mano para probar un bocado de un manjar desconocido o un sorbo de algo nuevo que no haya todavía experimentado.

Bond es, pues, un tipo de adulto que representa bastante bien la más reciente generación del bienestar. Su desarrollo físico se ha realizado bien, su educación es adecuada. Su gusto por la vida está en el satisfactorio ejercicio del cuerpo y de los sentidos, con la mente que funciona como una rápida y ágil guía práctica, dirigida a la satisfacción económica (rápida) de fines prácticos. Unos cuantos años antes y Bond habría sido el hombre de las generaciones en desarrollo que parten de un punto y llegan a otro, después de luchas, afirmaciones progresivas y fatigas. Habríamos sabido (y él mismo probablemente lo habría admitido) de un pasado relativamente modesto, middle class o pequeño burgués y habríamos encontrado trazas visibles de una ambición por salir de él. Tal como están las cosas, el pasado, simplemente, no existe. Es cierto que con un mínimo de maligna atención ciertos rasgos pequeño-burgueses se pueden todavía coleccionar (y esta vez es el James Bond inglés quien lleva una ligera ventaja con respecto a un hipotético James Bond Americano: a este último una infancia más dura, más solitaria y arriesgada le habría dejado alguna melladura del sentimiento y una completa libertad en la forma, una diferencia absoluta por las maneras «buenas» o «malas».) James Bond, por ejemplo, está un poco demasiado seguro de que quien toca el pescado con el cuchillo o escoge un champaña equivocado es un hombre a quien dar de lado. James Bond una o dos veces en sus aventuras olfatea al lobo vestido de cordero, precisamente porque, no hay nada que hacer, no puede evitar prestar su atención (siempre muy afilada) a estos extremos. Y no puede merecer estima si comete desagradables errores de forma. Pero no se pueden respetar tanto las formas, se puede tranquilamente añadir, si no se tiene, por lo menos un poco de paja. El estudioso de bondología interesado en una mayor precisión en las referencias, relea toda aquella parte de Goldfinger en la cual 007 planea establecer una relación social con el criminal que procura el oro a Rusia. Guiando la D.B.III que el servicio secreto acaba de preparar para él (véase más adelante la nota sobre la relación de James Bond y los coches), el agente de Su Majestad, pensando para sí o dejándose observar y comentar por su autor nos hace saber: a) que es un respetable jugador de golf; b) que antes de entrar en el servicio secreto jugaba al golf regularmente y con frecuencia; c) que goza de aquella particular posición social por la cual camareros y servidores te saludan por el nombre, se acuerdan de ti (en el caso específico después de más de diez años) y citan anécdotas lisonjeras que se te refieren.

Quien en una bella mañana de primavera se hubiera encontrado por azar escogiendo palos de golf en la misma salita del círculo en la cual Bond, primero se deja entretener y alabar por el steward y después encuentra a Goldfinger, habría tenido, a ojo, la impresión de encontrarse con alguien que se ha edificado con cuidado y que controla mucho los detalles, las apariencias sociales de su vida. No con ambiciones de ascender (conociéndolo mejor nosotros sabemos que no es este el caso) pero con el propósito firme de confirmarse a sí mismo en el inmutable presente al cual pertenece y que le va bien. Estas precisiones sirven para distinguir con más precisión de cuanto habitualmente se suele hacer, James Bond, middle class, de aquel gentleman, Ian Fleming, que es su creador. Fleming ha calculado la distancia entre él y su héroe para no correr el riesgo de tenerle que atribuir -relativamente realística como es su forma de narrar- otras características tipo: la indiferencia, el cinismo, el sense of humour y una inevitable inclinación política en sentido liberal o reaccionario. La edad -de Bond y de Fleming- ha contribuido a fijar el tipo en un período (o fragmento de generación) que viene, como se ha dicho, después de la carrera hacia el bienestar y al cambio de las condiciones en el arco de una vida. Y antes de la generación de los jóvenes y jovencísimos que están en la misma manera fijados en el presente perdurable, pero en situación ambigua, flexible, abierta a todas las solicitudes, infinitamente más indiferente, más vital, más ocasionalmente excitable y libre, sobre la cual las motivaciones simples de Bond no tienen ninguna garra, respecto a la cual Bond es viejo y M, con todos sus rituales, completamente cortado fuera.

Todo esto es bastante importante para llegar a hablar de las mujeres de Bond y de las relaciones de Bond con las mujeres. En términos sociológicos las características de estas criaturas son «leídas» en una cinta de evocaciones fantásticas típicamente «middle class». Y middle class de países con economía avanzada, en los años que van entre el 1950 y el 1960, con un ejercicio del goce de lo placentero (del confort de los hoteles a las mujeres) muy semejante al 1960, esto es un tipo de goce instantáneo y liberado del todo de la preocupación (o del recuerdo de la preocupación) del coste. Y con un bagaje de ideas prácticas, de ideas morales, de orientaciones y de reglas muy semejante, por el contrario, al 1950, esto es pariente próximo de la guerra y de la inmediata anteguerra (amigos, enemigos, causas buenas y malas, valor objetivo y comercial -intercambiable, mensurable- de la violencia).

III. - Pero veamos ahora un momento la relación con los automóviles, el dinero, los objetos (y la Beretta) y también la naturaleza (paisajes, animales) para acabar de circunscribir la figura de este agente con licencia para matar que parece tan irresistible a un cierto tipo de mujeres. El automóvil suministra un buen punto de referencia para encuadrar de modo progresivamente más preciso la figura de James Bond. Y especialmente el DB III de Goldfinger, dotado de una cantidad de instrumentos y accesorios que son al mismo tiempo «de lujo», e indispensables para la misión; como los mandos de ciertas máquinas de lavar y de ciertas cocinas «automáticas». Para esclarecer la situación de James Bond en relación a los medios con que se le dota, basta pensar en el sufrimiento que un lector italiano (del tipo frecuentísimo que escucha, pulimenta, acaricia, protege su propio coche) debe sentir cuando 007 estrella el suyo sin escrúpulos para librarse de un enemigo. Y de hecho, este tipo de lector está más cercano a un tiempo de pobreza de cuanto no lo esté hoy James Bond, más ligado al fetichismo de los objetos, con menos confianza en su intercambiabilidad. Y es el mismo tipo de hombre que, más o menos claramente, desprecia a las mujeres intercambiables, y protege y custodia sombríamente a una sola, que ni antes ni nunca debe haber tenido otro hombre ni otro patrón.

Por otra parte, el DB III de Goldfinger recuerda por un momento otro célebre automóvil superdotado, y otro personaje famoso a quien casi hemos visto presidente de una de las más grandes potencias del mundo. Quiero decir al senador Goldwater de Arizona y su famoso Thunderbird. En la época de la campaña presidencial se habló mucho, al menos en América, de este automóvil. Goldwater, general de aviación de la reserva y piloto de jets, ha dotado verdaderamente su Thunderbird de un cuadro de mandos semejante al de los aviones. Sería largo el elenco de las cosas perfectamente inútiles que el senador de la derecha americana llega a hacer manejando su cuadro de mandos. Hacia arriba puede catapultarse fuera de su propio coche, exactamente como los pilotos de los jets en caso de accidente, abre a distancia las puertas del garaje, la puerta de su casa, la cancela del rancho y no sé cuántas otras cosas, y además telefonea, controla objetos extraños sobre una pantalla de radar y atiende mensajes urgentes de la telegrafista. O cosas así. «A mí me repugna un hombre que tiene tanta afición por las zarandajas electrónicas», decía Norman Mailer en los días de campaña electoral. Y aquí hay otra diferencia. Goldwater, más moderno que el adorador del seiscientos Abarth, es empero más viejo y superado que James Bond porque siente una adoración por los «gadgets» en sí, un amor todo «después-del-trabajo», todo pedagogía del tiempo libre, por los pulsadores y los botones y los comandos; cuyo efecto, al apretarlos, rebota sobre el autor manual en forma de complacencia, de orgullo y de otros sentimientos todavía menos estimables. Y de hecho tiene junto a sí a su vieja, la compañía fiel e invisible de los hombres políticos, y de los businessmen americanos, un poco endurecida, un poco más varonil con los años, pero absolutamente insustituible so pena de comprometer el equilibrio y la imagen del personaje. La modernidad, pues, la calificación de «contemporáneo» en el seno de una sociedad económicamente avanzada, en la categoría de los cuarentones y en el grupo de la middle class (con los rasgos todavía identificables pero en vía de mimetización completa) espera a James Bond. Que aparece así como uno de los posibles hijos de la familia Dulles-Goldwater (Allen Dulles, es sabido, demostró como jefe de la C.I.A. un interés vivo, profesional, por los artefactos defensivos y ofensivos con los cuales Fleming había dotado a Bond, y es cosa sabida que ordenó un estudio minucioso del famoso DB III).

Los hermanos de Bond son los «junior executives», debidamente resueltos, desenvueltos, «libres de prejuicios» (en el ámbito de la política y de los intereses de la casa), bronceados, que juegan al golf con precisión, atribuyen la debida importancia al justo drink en la ocasión precisa, actúan con prontitud y buena organización poniéndose en movimiento cada mañana a partir de un punto de vista fijo (de persuasión, valor) que no tiene sentido discutir. «Sé eficiente y el mundo será tuyo», ha sugerido Erich Kuby como lema para esta treintena-cuarentena «on the way up». La diferencia -según la constatación de Edgard Morin en su libro sobre los divos y la cultura de masas- está en la movilidad. Para que haya un verdadero distanciamiento y una posición de suficiente prestigio para el ídolo, no basta empero la movilidad física. Bond parte, es verdad, para las Indias Occidentales o para Florida con dos horas apenas de preaviso, pero ¿cuántos jóvenes managers no están hoy, por razones también profesionales, tranquilizantes e indiscutibles, en la misma posición? Acontece la movilidad del riesgo continuo, que lo acerca y lo aleja de la muerte. Y acontece la movilidad de las mujeres, en secuencias vertiginosas de mutaciones físico-sentimentales que la vida le echa encima y que Bond tiene siempre (día y noche, en Rusia y en las Bahamas, encima y debajo del agua, en la quietud del motel o a un centímetro de la muerte) la energía de disfrutar. Entonces es necesario que estas mujeres se asemejen mucho, al menos físicamente, a los modelos expuestos en aquel inmenso escaparate (periódicos, Playboy clubs, bar «speak-easy», strips), del «ver y no tocar», predispuestas para el tiempo libre de los cuarentones del éxito colectivo, en compensación de su fidelidad a la hacienda, a la familia, a los horarios, a los deberes. Como estos hermanos de Bond tienen un standard discreto de gustos, de educación, de costumbres, no es posible naturalmente descender por debajo del nivel ya establecido por «Esquire» (en el tiempo en que había más muchachas y menos James Baldwin), por «Playboy» o por «Show Magazine». Y aunque se pueda y se deba hacer siempre apelación a una cierta simplicidad e inmediatez de las emociones, está bien no olvidar que en las casas de estos James Bond sin licencia para matar entran siempre, más que frecuentemente, con las mujeres elegantes y de cama, las fotografías de «Elle», «Queen», «Vogue, «Harper's Bazar». Y que no se olvida, pues, el intenso y ahora habitual appeal del cambio continuo de la extravagancia a la simplicidad deportiva, de la complicada sofisticación a la provocación de la cara lozana bronceada y sin maquillaje. El creador Fleming ha tenido, pues, que colocar a su Eva, su fémina aventurera en un espacio más bien definido. O hacer arte y marcharse a buscar un ambiente completamente nuevo. O quedarse por debajo o por fuera del nivel y de la cualidad de la demanda. O centrar la fórmula (que es una cuestión de proporciones, de equilibrio y de la sensibilidad precisa, exacta, según el espacio disponible) y se embolsan tres buenos millones por derechos de autor.

IV.- Otra serie de precisiones útiles se obtienen de la relación con el dinero. Mucho en James Bond se expresa en estos términos. Bond vive bien y el desarrollo, futuro o progreso de su vida no está ligado de manera proporcional a un provecho. Que es uno de los datos característicos del neocapitalismo de tipo inglés o americano de los últimos años. A la seguridad y a un standard de partida más alto de cuanto no se había garantizado nunca a ninguna generación, corresponde un moderado desarrollo sucesivo. Esto es, ninguna verdadera, radical mutación de vida y de condiciones es predecible para la mayor parte de los empleados y dirigentes. Que así, se sienten invitados a concentrarse más sobre el confort, sobre los viajes, sobre el tiempo libre o la evasión fantástica.

Descomedidamente fuera del orden están aquellos que luchan, por el contrario, por algún tipo de gran cambio (en favor propio o en favor de un sistema, criminales comunes o comunistas) y son de hecho los enemigos naturales sea de James Bond o de los jóvenes executives. Para nuestros héroes, la relación con el dinero, dada una situación de estabilidad y de seguridad (la tranquilizadora voz de M o del presidente de la corporación) está montada sobre una base de relativo desinterés. Importa arrebatarlo al enemigo (lucha con la competencia) mucho más que poseerlo. En cierto modo en el ámbito de la gran sociedad ordenada se podría decir que circulan ciertas fichas y cédulas dé valor sustitutivo del dinero. Son el «prestigio», el título de la empresa (el ascenso de 07 a 007), la estima del jefe, la relación con un gran organismo, la seguridad, la buena conciencia, el futuro inteligentemente programado por otros.

De parte de la mujer es extremadamente importante una decisión sobre su «comprabilidad». Es evidente que forma parte, en el nivel más alto, de la lista de las dotaciones del hombre de éxito. Su nombre agradable y simpático abre (o cierra) la lista de las cosas que debemos absolutamente tener para ser felices, quedando empero, para nosotros toda la responsabilidad, el equilibrio, el valor íntegro del tipo de vida que vivamos. Ya salgamos a buscarla, ya nos venga impulsada encima por lo imprevisto (por el sueño) de la aventura, está claro que nada cambia en la sustancia de nuestra vida si no es el índice de disfrute de la realidad que está fuera de nosotros y que incluimos en el tiempo libre. Nosotros somos hombres orgullosos y contamos mucho con nuestro atractivo. No es que nos importe gastar, dentro de ciertos límites podemos hacerlo. Pero queremos saber qué cosa, por nuestras dotes y cualidades, nos viene gratuitamente asignada por la vida.

Así, pues, fin de todo residuo de la Belle Epoque, del «topos» balzacquiano, de Gigi, de deliciosas mantenidas, que alegran a una minoría cínica y acomodada. La mujer de nuestros sueños es aquella que podríamos tener si el trabajo nos dejara un poco de tiempo libre para ponernos a disposición de la aventura, aquella que escogeríamos si fuéramos de viaje, si fuésemos James Bond. Pues (y aquí está, por ejemplo, la diferencia con los sueños de la generación Dulles-Goldwater) no debe ser menos que nuestra mujer, en cuanto al honor y al respeto que merece o en cuanto a la sensibilidad. Físicamente deben producirse las transformaciones exaltantes requeridas por el sueño; que es un sueño en colores. Pero no hay más parentesco con la prostituta o la aventurera extravagante que el vividor o el viejo general en reposo evocan en sus últimos momentos de lucidez y de humor, juntamente con la follie de Viena y los encuentros más caros que misteriosos en el Orient Express o en el Gran Hotel. Esta es una mujer gratuita, una mujer que sólo el valor desnudo y crudo del sexo, de la simpatía o del amor pueden atraer. Para conseguirla el hombre-héroe no debe hacer nada, no debe transformarse o prodigarse, debe solamente ser y mostrarse a sí mismo. El punto de equilibrio del universo está de su parte. Y para que el homenaje que la mujer le hace, reconociéndolo, sea pleno, es necesario dotarla, más que de una belleza moderna, de estilo, de elegancia, incluso de importantes cualidades morales, cualquiera que sea el pasado en el cual el enemigo pueda haberla arrojado momentáneamente. Para James Bond se añade también el orgullo de haber conseguido la salvación moral de una criatura deliciosa de la zarpa de la mala vida. De una mujer tal que él pueda decir en un murmullo (y dice por ejemplo, hacia el final Diamonds Are Forever): «Esta mujer podría estar muy bien a mi lado toda la vida.» La apoteosis final -que impide también el truncamiento de la identificación del sueño- consiste en el «no» intrépido de Bond. No, porque tenga mi trabajo, porque mi deber me llama, no la haré feliz y no tengo tiempo. De tal manera puede continuar trabajando y soñando con óptimo rendimiento.

V.- Es imposible llegar al diseño completo de la mujer de Bond sin dar una ojeada al mundo interno de nuestro héroe. Para empezar: no es cierto que no tenga un mundo interior. Así aparece en el cinema porque las películas, al menos las realizadas hasta ahora, han empobrecido su figura, o por lo menos la hacen coincidir estrechamente con sus actos y con el hechizo del actor. Y compensan después plenamente con las imágenes de las muchachas y con la lujosa dotación de material de todo género puesto a disposición de las dos partes en refriega. Ian Fleming, por el contrario, nos ha dado muchas noticias al respecto, nos ha suministrado exactos y verdaderos monólogos interiores, el flujo de la conciencia de 007. Sobre todo en las narraciones breves, por ejemplo en muchos de los relatos del pequeño volumen For Your Eyes Only. Una vez James Bond está sentado en un café de París y reflexiona sobre el tipo de tarde que le espera si no sucede pronto alguna cosa (y efectivamente poco después un automóvil se detendrá con un chirrido de frenos, justamente a su lado, una bella desconocida improvisadamente le hará una seña y...), debe confiar solamente en la bebida, en la comida, en una compañía ocasional, en la habitación del hotel. Bond se ve a sí mismo como a un dirigente en viaje de negocios y se concede algunos instantes, antes de que la aventura estalle, para mirar con tristeza en el vacío de un hombre solo y comprender cuanta es su soledad si no sucede alguna cosa.

En otra ocasión tiene que andar toda la noche a través de las montañas del Canadá para matar a un hombre. En este caso, por una vez, no conoce al enemigo. No conoce tampoco a sus víctimas inocentes (dos personas ancianas y una muchacha), porque los antecedentes le han sido contados de prisa por M antes de la empresa y sólo lo suficiente para poner en movimiento al agente secreto. En la soledad de la noche una serie de pensamientos prácticos, banales, atraviesan la mente bien organizada de Bond. Pero alternados con otros de este tipo. ¿Cómo será la persona a quien debo matar? (Y a la cuestión busca Bond una respuesta tranquilizante, sea en sentido moral o estético: el hombre a quien debe matar es feo y merece este castigo que se le viene encima pues es responsable de horrendos delitos.) Con este objeto, Bond intenta imaginar detalladamente la escena en la cual el delito (exterminio de una familia inocente) se ha llevado a cabo, para conseguir motivos de indignación. Teniendo por una vez un poco de tiempo libre, busca en el orden de valores estético-morales de que se ha hablado una motivación.

La misma identificación estético-moral vale naturalmente -y más que nunca- para la mujer. Por esto cuando, en un cierto punto de la marcha, brinca fuera de los matorrales, no un cervatillo, sino, sorpresa, una muchacha vestida de arquero y en búsqueda de venganza contra el mismo enemigo, he aquí como aparece a los James Bond-lectores: ojos infantiles y esquivos que reve1an una actitud recelosa y defensiva, pero también la soledad y la necesidad de afecto. Un cuerpo adolescente bien desarrollado por el ejercicio físico, que revela en cada gesto la introversión arisca y salvaje de la criatura abandonada y la gracia instintiva e incitante de la verdadera mujer. En éste, como en cualquier otro caso, James Bond no debe hacer nada para merecer la atención de la chica cervatillo. No debe pensar en ella, no debe comprenderla, no debe modificar en ningún detalle su vida. Mira con los prismáticos y ve finalmente, en la factoría-fortaleza, en el fondo del valle, el criminal a quien espera la muerte: en la boca, en los ojos, en la rechoncha cabeza sin cabellos, en los gestos desagradables y autoritarios la víctima designada le muestra desde lejos que merece la muerte. Y Bond, nos lo explica en este momento Ian Fleming, lanza un suspiro de alivio. Después mira a pocos pasos de distancia entre los matorrales y ve a la muchacha. Basta un instante, en el cual ella le devuelve con fiereza y ternura la mirada, para saber que también dentro de poco será merecedora de su destino.

El mundo interior de Bond es, pues, un sistema de verificaciones entre un orden (Inglaterra, Su Majestad, el Servicio Secreto, M), al que representa y al cual obedece, y los otros signos de existencia que suministra lo real. Pero su escuálida vida de policía (o de dirigente comercial en viaje de negocios o en lucha contra la concurrencia), para ser transplantada a la atmósfera de sueño necesaria a una «middle-class» económica e intelectualmente avanzada, es dotada de una medida más: el criterio o modelo estético, el valor-señal de la belleza. Las muchachas forman parte de la naturaleza (palmeras, trópicos centelleantes, atardeceres, amplias calmas del mar) y del confort (habitaciones de hotel con muebles y alfombras agradables, breackfast consoladores después de una noche de combates feroces, caldo de tortuga, gin y champaña de marcas apropiadas). La naturaleza y el confort -que son exactamente las cosas de las cuales el joven executive de éxito puede rodearse si su carrera va bien- se animan y te ofrecen la muchacha de oro. Cuando tú -el hombre fuerte que está solo en el centro- estás satisfecho, la muchacha de oro reingresa en silencio en la naturaleza y el confort, y tú puedes reemprender tu camino solitario (o tu vida regular de familia). Sobre la nave que lo devuelve a Europa, James Bond, en la bien amueblada cabina, contempla el adorable rostro de Tiffany Case, mientras el mar y el ronroneo de las máquinas suministran el tranquilo rumor de fondo. Piensa y después dice: «Yo quiero una muchacha que sepa hacer igualmente bien el amor y la salsa béarnaise.» Indica dos habilidades de las cuales, al nivel del gusto discreto que lo distingue, tiene necesidad. Después concentra la mirada y los pensamientos en la manera de batir definitivamente al enemigo anidado en la cabina vecina. Y mientras las olas se quiebran contra los inmensos flancos del barco que transporta riesgo, belleza y aventura, Tiffany Case regresa a su agradable función ornamental y después a la nada.

VI.- Todo cuanto se ha dicho hasta aquí puede ser utilizado para intentar una primera descripción del fenómeno «mujer de Bond» desde el punto de vista, o mejor todavía, del lado de las objetivas exigencias de 007. Se ha intentado, pues, responder en primer lugar a la pregunta: de qué tipo de mujer tiene necesidad el bravo agente secreto. Naturalmente el modelo rebota de la vida a la ficción (de James Bond se ha dicho explícitamente que viste de modo «conservador» como un joven y dinámico businessman) y de la ficción a la vida (en el fondo de todo martini sorbido en el hall de un Hilton puede estar la aventura). Y esto ocurre también con la mujer de Bond. El tipo que se ha fijado en la conciencia sensual y estética de Bond deriva del modelo de la chica libre, obstinada, combativa y dulce, que ha tenido una infancia difícil y una sexualidad reprimida (pero el tesoro está allí, disponible, para aquel que tenga el don de saberlo encontrar), tal como ha sido descrita por una tradición americana que va del western a la comedia ambientada en Brooklyn. Es el modelo de la inocencia sin virginidad, aparecido en aquellos años inciertos y llenos de nostalgia, después del derrumbe de Wall Street y el estallido de la guerra. Sucedía al tipo regocijado y turbio de la muchachita con ojeras dejada en herencia, al principio de la postguerra, por los últimos y extenuados supervivientes de la Belle Epoque.

Fleming no ha olvidado experiencias sucesivas de la fantasía popular (Gilda y La dama de Shanghai). Pero ha invertido su polaridad (de una mujer así no viene el mal sino el bien) respondiendo a la demanda de una opinión masculina que no tiene tiempo de perderse detrás de pecadoras peligrosas e intrigantes, no tiene aptitudes para el kikirikí del Angel Azul, y tiene medios suficientes para pasar la frontera de lo permitido tradicionalmente con tal de que el retorno sea rápido, seguro y sin consecuencias. Cuando James Bond no era todavía tan popular, «Vogue Magazine» y «Esquire» (1956) tenían ya este modelo. Se llamaba «The Pal-Girl», la muchacha compañera. Debía tener un pasado, si no su rostro no sería tan intenso, tan expresivo y su sonrisa tan rica de significado para mí que la he hecho sonreír. Y debía ser inocente, no obstante un poco de misterio, para garantizar mi plena y completa fruición de sus prestaciones (en las cuales, explicaba el «Esquire» de entonces, se gana todo y no se pierde nada). La «pal-girl» era deportiva y Chanel, era sana, con poco maquillaje, y con los cabellos sueltos, para cepillar con ligereza, absolutamente sin fijador. Han sido casi siempre «pal-girl» las chicas de Hitchcock (con la excepción de Kim Novak) y las de varias de las combinaciones cómico-matrimoniales a lo Joshua Logan y Billy Wilder (aunque en el primer caso se incluyese un bien perceptible aroma de housewife). Pero con Ian Fleming hemos llegado ahora a un tiempo en el cual la estabilidad de las condiciones económicas, la indefinida prolongación de la paz, la radicalización del sentido de seguridad, la disminución de los desniveles sociales clamorosos, suscita por lo menos provisoriamente, al menos en apariencia, la imagen de una época sin traqueteos y tendente al aburrimiento. Es necesario entonces introducir ciertos ingredientes vagamente post-liberty como el exotismo y la extravagancia. Las mujeres de Bond vienen de lejos y se van lejos y llevan encima, bastante a la vista, los signos del misterio. Los dos modelos límite son la muchacha pescadora submarina del Dr. No, que además no posee vestidos, y Solitaire, de Live and Let Die, que velada y cubierta de negro puede leer el pensamiento de los hombres y «sentir» el pasado y el futuro haciendo uso de mágicas prácticas de voodoo.

Sea como sea, existen diversos estratos de enmascaramiento bajo los cuales se presenta y se esconde la muchacha de Bond. La envoltura externa es precisamente la exótica misteriosa. Satisface la necesidad de sorpresa, emite señales inmediatamente perceptibles de «diferencia» y de «novedad» y se une en algún modo a la súplica más o menos consciente que el soltero solitario (identificado con Bond) dirige a las Fuerzas Protectoras de su potencia masculina («Ah, si pudiese haber mujeres nuevas, otras muchachas, muchachas diversas y finalmente nuevas experiencias»). Rota la envoltura aparece la «pal-girl». Incluso Solitaire es una «pal-girl», sabe viajar con un hombre, sabe compartir con camaradería las buenas comidas y la mísera celda de Mr. Big. Y si es necesario puedes contar con ella cuando te la atan encima para arrojaros a los dos como pasto de los tiburones.

También en este caso Ian Fleming tenía pocas opciones, y sensible como ha sido desde un principio a un cierto tipo de solicitud (la vasta y autorizada de millones de aspirantes a 007) ha modelado con cuidado a sus mujeres en el espacio dispensable por el divismo contemporáneo. Como en el caso del Dr. Kildare, como en el caso de los más acreditados héroes de la televisión o de los comics, el margen de transposición o de diferencia entre el divo y la realidad debe ser modesto. Vivimos ya una vida bastante buena y bastante libre y no deseamos una evasión radical, total. Mejor algunos cambios y retoques que añadan gusto, sabor y suspense al cuadro cotidiano. Necesitamos que sean posibles y creibles modificaciones de algunos elementos de hecho nada desagradables (las mujeres son efectivamente más hermosas y más libres en los últimos veinte años) que ya nos circundan. Por fin está el punto esencial de la infancia difícil, de una experiencia tormentosa, de un aislamiento que ha contribuido a hacer, al menos en apariencia, cerrada, huraña y vengativa a nuestra muchacha. En esta zona ha sido garantizada la supervivencia de aquel sentimiento romántico tan rudo que un hombre como Bond debe llevar dentro, de modo simple y perentorio. Es una pequeña muchacha a quien salvar y restituir a la vida. Ocuparse de ella quiere decir motivar y hacer necesarios ciertos actos de salvamento, incluso la prestación sexual liberatoria. Hallamos en lo más profundo el arquetipo de la fábula fundada precisamente sobre el mecanismo del gesto mágico de liberación que estábamos esperando desde el primer momento: el príncipe transformado en sapo, la princesa sin sonrisa, la bella adormecida en espera del beso que la devolverá a la vida.

VII.- Puede ser interesante hacer notar que mientras Fleming registra con cuidado el camuflaje exótico-misterioso de las muchachas preparadas para Bond, no pudiéndose fiar de la capacidad creadora del lector-agente secreto dedica, por el contrario, poquísimos rasgos para la descripción del rostro y del cuerpo de toda nueva aparecida, sólo lo suficiente para hacernos saber que una nueva deliciosa «pal-girl» nos ha sido puesta al lado y que con ella deberemos correr la próxima aventura. «Elle» renunciando también en este caso a su función, que es la de precisar los modelos de la belleza femenina corriente, sugiere estas características para «las muchachas de Bond»:
«Los cabellos deben llevarse sueltos, recién lavados, cepillados, sin lazos y sin raya, muy pulidos pero aparentemente no tratados con un cuidado excesivo. Ninguna raíz descuidada, nada de mechas o de estriaciones de colores diversos. El tono de la tinta es rubio oscuro, esto es, rubio natural más sol, más aire, alguna vez tirando al rojo (cobre) o al castaño. Son cabellos lisos levemente ondulados que pueden soportar el agua y la intemperie sin daño y volver al orden con el calor del sol y un simple golpe de cepillo. No están cortados demasiado cortos ni alcanzan la espalda, debe ser evitada cualquier exageración del tono deportivo y cualquier estorbo de los movimientos. Los ojos de las muchachas de Bond son la parte determinante del rostro. La muchacha de Bond lanza miradas y ojeadas (desde la súplica de ayuda a la mirada de complicidad y a la declaración amorosa) mucho más que no habla. Los ojos, por esto -de acuerdo con la inocencia fundamental del personaje y al contrario de la vamp pecaminosa y hechizadora que cuenta especialmente con la boca-, tienen una parte determinante en el rostro de las mujeres de 007. El maquillaje es del tipo que subraya la mirada, basado más en el diseño del ojo (preciso, largo, dulce, no demasiado marcado) y sin fuera de la forma naturalmente grande y bella del ojo, más que en el cuidado de las pestañas. Para el resto, la cara debe tener un tipo de carnación "Iluminada" y aparentemente exenta de cuidados particulares. Del mismo modo, que la boca sea o parezca sin maquillar, para acentuar la impresión de simplicidad infantil que debe aparecer evidente no obstante el tono y los modales sofisticados. Y también porque la boca de la muchacha de Bond, más que constituir, como se ha dicho, un instrumento de seducción sirve para expresar desdén, amargura, sospecha y terquedad al principio, y después ansia, espera, satisfacción, serenidad, alegría, al paso que la victoria liberatoria se realiza.»
El grueso del mensaje entre la muchacha de Bond y su hombre viene empero confiado al cuerpo y a los movimientos, como es justo que así ocurra entre personas jóvenes y sanas. Sea «Elle», «Vogue» o «Harper's Bazar» concuerdan con estos datos en cuanto al cuerpo de la mujer de Bond; piernas un poco demasiado largas, sin ninguna fragilidad, naturalmente bellas y reforzadas por el ejercicio físico. Flancos relativamente más estrechos de lo normal, con pocas concesiones a la rotundidad y una delgadez deportiva, de atractivo ligeramente ambiguo, tórax abierto, espalda absolutamente tensa pero con una ligera, apenas perceptible desproporción con la línea dura y un poco demasiado amplia de los hombros. La línea de los músculos aflora apenas debajo de la piel necesariamente bronceada. A la forma francamente evidente, suave y no excesiva de los senos están confiadas (como demuestra saber muy bien Solitaire en la parte inicial de Live and Let Die) las notas ansiosas y tiernas de la llamada.

Una vez despojada de la película exótica y misteriosa, la muchacha compañera de Bond es verdaderamente muy similar a la chica que muchos de nosotros pueden encontrar a su lado en la playa dominical. Sólo que es más libre, más aventurera, más desesperada, completamente desarraigada de un contexto normal (la fantasía deviene sueño) y absolutamente dueña de mi voluntad.

Una vez consumada la aventura -en el riesgo, en el esplendor de la naturaleza, y a un paso de la muerte- la muchacha retrocede hacia la nada de la cual había venido, dejándome, como antes, sin ninguna responsabilidad. La muchacha compañera no podría envejecer, y envejecer mal, de forma insoportable. 007 cuenta a Tiffany Case que un día, quizá, podrá tener niños y una casa. Por ahora -en un mundo que no ha resuelto el problema de lo que viene después del bienestar, y se deja por esto cortejar por la violencia y por cualquier otra esperanza contra la inmutabilidad, la falta de desniveles, el aburrimiento- por ahora, que continúe la aventura.
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