Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de






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—Supongo que no.

La furia que sentía contra ella por lo de mi cuento comenzaba a menguar; volvía a imantarme.

—Todas las visitas hacen lo posible por tener un buen aspecto, y es muy emocionante, precioso, ver a las mujeres que se ponen lo mejor que tienen, quiero decir que incluso las viejas y las que son muy pobres también hacen todo cuanto está en su mano por ir bien vestidas y oler bien, y están adorables. También me encantan los críos, sobre todo los negros. Me refiero a los que llevan las esposas. Puede parecer triste eso de ver a unos niños en un lugar así, pero no lo es, llevan cintas en el pelo y los zapatos relucientes de betún, casi parece que vayan a celebrar algo: y a veces el locutorio parece precisamente eso, una fiesta. En fin, que no es como en las películas, nada de sombríos murmullos a través de una reja. No hay rejas, sólo un mostrador que te separa de ellos, y dejan que las mujeres suban a los críos encima, para que ellos puedan darles un abrazo. Si quieres besar a alguien, basta con inclinarte hacia adelante. Lo que más me gusta es lo felices que son cuando vuelven a verse, tienen tantísimas cosas guardadas de las que hablar, no hay modo de aburrirse, se pasan el rato riendo y cogiéndose de las manos. Después es diferente —dijo—. Las veo en el tren. Se quedan sentadas, en silencio, viendo pasar el río —se estiró un mechón de pelo hasta metérselo en la boca, y empezó a mordisquearlo meditativamente—. No te dejo dormir. Anda, duérmete.

—Sigue, me interesa.

—Ya lo sé. Por eso quiero que te duermas. Porque si sigo hablando te contaré lo de Sally. Y no estoy segura de que eso sea juego limpio —masticó silenciosamente su pelo—. Nunca me han dicho que no se lo cuente a nadie. No lo han dicho explícitamente. Y es muy gracioso. Quizá tú podrías captarlo en un cuento, cambiando los nombres y todo lo demás. Oye, Fred —dijo, mientras cogía otra manzana—, tienes que hacer la señal de la cruz sobre el corazón, y besarte el codo…

Es posible que los contorsionistas alcancen a besarse el codo; tuvo que conformarse con una aproximación.

—Pues bien —dijo, con la boca llena de manzana—, quizá hayas leído algo sobre él en la prensa. Se llama Sally Tomato, y habla un inglés peor que mi yiddish; pero es un viejecito encantador, muy religioso. Parecería un fraile si no tuviera los dientes de oro; dice que reza cada noche por mí. Jamás ha sido amante mío, desde luego; por lo que se refiere a eso, le conocí cuando él ya estaba en la cárcel. Pero ahora, con todo lo que me está costando ir a verle cada jueves desde hace siete meses, le adoro, y creo que iría aunque no me pagase. Esta es muy harinosa —dijo, y disparó el resto de la manzana por la ventana—. Por cierto, sí conocía a Sally de vista. Venía al bar de Joe Bell, ese que está a la vuelta de la esquina: no hablaba nunca con nadie, se quedaba en pie, junto a la barra, como uno de esos hombres que viven en hoteles. Pero me hace gracia recordarlo, pensar en cómo se fijaba en mí, porque tan pronto como le encerraron (Joe Bell me enseñó su foto en el periódico. La Mano Negra. La Mafia. Todo ese jaleo: pero le echaron cinco años) llegó el telegrama del abogado. Decía que me pusiera inmediatamente en contacto con él para proporcionarme una información que iba a resultarme muy provechosa.

—¿Pensaste que alguien te había dejado una herencia de un millón?

—Qué va. Creí que algún acreedor quería cobrar a la fuerza. Pero acepté el riesgo y fui a ver a ese abogado (suponiendo que sea abogado, cosa que dudo, pues no parece tener bufete, sólo un servicio de contestador automático, y siempre me cita en el Hamburg Heaven: por eso está tan gordo, es capaz de comerse diez hamburguesas y dos platos de entremeses y un pastel de limón entero). Me preguntó si me gustaría alegrarle la vida a un viejo solitario, y al mismo tiempo ganarme cien dólares a la semana. Yo le dije mire, guapo, se ha confundido usted de Miss Golightly, no soy una enfermera de las que hacen servicio completo, con numeritos y todo. Tampoco me impresionaron los honorarios; se puede ganar lo mismo haciendo expediciones al tocador: todo caballero que sea un poco chic te da cincuenta dólares para ir al lavabo, y siempre pido además para el taxi, que son otros cincuenta. Pero entonces me dijo que su cliente era Sally Tomato. Dijo que su viejo amigo Sally me había admirado à la distance desde hacía mucho tiempo, y que si no sería una buena obra ir a visitarle una vez a la semana. En fin, que no podía decir que no. Era superromántico.

—No sé qué decir. Suena poco limpio.

—¿Crees que miento? —sonrió.

—En primer lugar, no permiten que cualquier persona vaya a visitar a un preso.

—Cierto, no lo permiten. En realidad, han organizado no sé qué enredo para hacerme pasar por su sobrina.

—¿Así de sencillo? ¿Te da cien dólares por charlar una hora con él?

—No me los da él. Me los da su abogado. Mr. O’Shaughnessy me pone un giro en metálico en cuanto le paso la información meteorológica.

—Creo que puedes meterte en un lío de cuidado —dije, y apagué la lamparita; ya no la necesitábamos, el amanecer se colaba en la habitación, y las palomas hacían gárgaras en la escalera de incendios.

—¿De qué modo? —dijo ella muy en serio.

—Seguro que los libros de leyes tienen algo que decir sobre los suplantadores de personalidad. Al fin y al cabo, no eres su sobrina. ¿Y qué es eso del informe meteorológico?

Sofocó un bostezo con la palma de la mano.

—Pero si no tiene importancia. Sólo son recados que tengo que dejar en el contestador automático, para que Mr. O’Shaughnessy compruebe que he ido. Sally me dice lo que tengo que decir, cosas como, no sé, «hay un huracán en Cuba», o «nieva en Palermo». No te preocupes, chico —dijo, acercándose a la cama—, llevo mucho tiempo cuidando de mí misma.

La luz del amanecer parecía refractarse a través de ella: cuando me subía las mantas hasta la barbilla, brillaba como una criatura transparente; después se tendió a mi lado.

—¿Te importa? Sólo quiero descansar un momento. No digamos nada más. Duérmete.

Fingí hacerlo, respiré pesada y regularmente. Las campanas de la vecina torre de iglesia dieron la media y la hora. Eran las seis cuando apoyó su mano en mi brazo, un tacto frágil que trataba de no despertarme.

—Pobre Fred —susurró, y parecía que estuviese hablando conmigo, pero no era así—. ¿Dónde estás Fred? Porque hace frío. Se nota la nieve en el aire.

Su mejilla se apoyó sobre mi hombro, un peso cálido y húmedo.

—¿Por qué lloras?

Se enderezó disparada como un muelle; se quedó sentada.

—Por Dios —dijo, yéndose hacia la ventana para salir a la escalera de incendios—, si hay una cosa que detesto en el mundo son los fisgones.

Al día siguiente, viernes, me encontré al llegar a casa con que me esperaba en la puerta una enorme cesta deluxe de Charles & Co, con su tarjeta: Miss Holiday Golightly, Viajera; y detrás, garabateadas con una letra monstruosamente torpe, de niña de jardín de infancia: Bendito seas, querido Fred. Olvidate por favor de la otra noche. Te portaste como un ángel. Mille tendresses, Holly. P. S. No volveré a molestarte. Contesté: Hazlo, por favor, y dejé esta nota en su puerta con lo máximo que podía permitirme, un ramo de violetas de florista callejera. Pero Holly parecía haber hablado en serio; no volví a verla ni a oír nada de ella, y supuse que había llegado al extremo de conseguir una llave del portal. Fuera como fuese, dejó de llamar a mi timbre. Lo eché de menos; y a medida que los días fueron disolviéndose comencé a sentir por ella cierto desproporcionado resentimiento, como si mi mejor amigo se hubiese olvidado de mí. Una inquietante soledad se filtró en mi vida, pero no me produjo ningún deseo de buscar a mis amigos más antiguos, que ahora me parecían una dieta sin sal ni azúcar. Cuando llegó el miércoles, el pensar en Holly, en Sing Sing y Sally Tomato, en mundos en los que los hombres sacaban con dos dedos un billete de cincuenta dólares para el tocador, resultaba ya tan obsesivo que no pude trabajar. Por la noche dejé un recado en su buzón: Mañana es jueves. La siguiente mañana me premió con una nueva nota escrita con su juguetona letra infantil: Bendito seas por recordármelo. ¿Podrías pasarte a tomar una copa a eso de las seis de la tarde?

Esperé hasta las seis y diez, y entonces me obligué a retrasarme otros cinco minutos.

Un bicho raro me abrió la puerta. Olía a habanos y a colonia Knize. Sus zapatos eran de doble tacón; sin esos centímetros añadidos se le hubiera podido confundir con un Enanito de cuento. Su calva cabeza pecosa era desproporcionadamente grande, como la de los enanos; y llevaba pegadas un par de orejas puntiagudas, exactamente iguales que las de los elfos. Tenía ojos de pequinés, despiadados y ligeramente saltones. De las orejas, y de la nariz, le brotaban matas de pelo; una barba de horas agrisaba sus maxilares, y su apretón de mano era casi peludo.

—La niña está en la ducha —dijo, señalando con un puro hacia el ruido del agua, en un cuarto contiguo.

En la habitación dónde nos encontrábamos (estábamos en pie porque no había donde sentarse) parecía como si alguien acabara de mudarse; casi tenías la sensación de que olía a recién pintado. Los únicos muebles eran unas maletas y unas cajas de embalaje sin abrir. Las cajas servían de mesas. Una de ellas sostenía los ingredientes para preparar martinis; otra, una lámpara, un tocadiscos portátil, el gato rojo de Holly, y un jarrón con rosas amarillas. La librería, que cubría una pared, proclamaba medio estante de literatura. Enseguida me sentí a gusto allí, disfruté de aquel aire de provisionalidad.

El tipo carraspeó:

—¿Le habían citado?

No acabó de salir de dudas tras mi gesto de asentimiento. Sus ojos fríos me intervinieron quirúrgicamente, hicieron limpias incisiones exploratorias.

—Viene por aquí mucha gentuza, sin tener cita previa. ¿Hace mucho que conoce a la niña?

—No mucho.

—¿Así que no la conoce desde hace mucho?

—Vivo arriba.

La respuesta pareció dar una explicación suficiente como para tranquilizarle.

—¿Su piso es como éste?

—Mucho más pequeño.

Descargó una patada en el suelo.

—Esto es una porquería. Increíble. Pero esa niña no sabe vivir, ni cuando tiene pasta —hablaba con un sincopado ritmo metálico, como un teletipo—. Bien —dijo—, ¿qué opina? ¿Lo es o no lo es?

—¿Qué?

—Una farsante.

—Yo diría que no.

—Se equivoca. Lo es. Aunque, por otro lado, tiene usted razón. No es una farsante porque es una farsante auténtica. Se cree toda esa mierda en la que cree. No hay modo de convencerla de lo contrario. Lo he probado de todas las maneras, hasta llorando. El mismo Benny Polan, una persona a la que todo el mundo respeta, Benny Polan lo intentó. Benny estaba empeñado en casarse con ella, pero a ella no le apetecía, y Benny debió de gastarse miles de dólares mandándola a diversos comecocos. Y hasta ese tan famoso, el que sólo habla alemán, acabó arrojando la toalla. No hay quien la convenza de lo falsas que son esas —cerró el puño, como si tratase de estrujar lo intangible— ideas. Pruébelo algún día. Pídale que le explique todas esas cosas en las que cree. Aunque —dijo— esa niña me gusta. Le gusta a todo el mundo, pero hay mucha gente que no la soporta. A mí me gusta. Esa niña me gusta, de verdad. Porque soy una persona sensible. Hay que tener sensibilidad para poder apreciarla en lo que vale, un ramalazo de poeta. Pero le diré la verdad. Por mucho que se rompa la cabeza tratando de ayudarla, ella sólo le devolverá un chasco tras otro. Le daré un ejemplo: viéndola hoy, ¿quién diría que es? Pues ni más ni menos que una chica que saldrá en los periódicos cuando llegue al fondo de un frasco de Seconal. No sería la primera vez que me encuentro con una cosa así, ni la segunda. Y esas crías ni siquiera estaban chifladas. Mientras que ella lo está.

—Pero es joven. Y aún le queda mucha juventud por delaante.

—Si con eso quiere decir que tiene futuro, vuelve a equivocarse. Mire, hace un par de años, cuando vivía en la Costa, hubo una época en la que todo hubiese podido ser diferente. Un ángel la vigilaba, logró que la gente se interesara por ella, le hubiesen podido rodar las cosas muy bien. Pero, en un mundo como aquél, cuando alguien abandona ya no puede dar un paso atrás y regresar. Pregúnteselo, si no, a Luise Rainer. Y la Rainer era una estrella. Holly no lo era, por supuesto; apenas si llegaron a hacerle algunas fotos. Pero eso fue antes de lo de The Story of Dr. Wassell. Entonces sí que hubieran podido rodarle bien las cosas. Lo sé, sabe, porque el que le dio el empujón fui yo —se señaló con el habano—. O. J. Berman.

Esperaba que el nombre me sonara, y no me importó fingir que así era, aunque jamás había oído hablar de O. J. Berman. Resultó que era un agente artístico de Hollywood.

—Fui el primero que la vio. En Santa Anita. Todos los días rondaba por el hipódromo. Me interesó, profesionalmente. Averigüé que andaba con un jockey, que vivía con ese escuchimizado. Hice que le dijeran al jockey: Déjalo, o vendrán a verte los chicos de la patrulla contra el vicio; sólo tiene quince años. Pero qué elegante, qué fotogénica; estaba seguro de que serviría. Incluso cuando se ponía esas gafas tan gruesas; incluso cuando abría los labios y no sabías si era una palurda, o si venía de Oklahoma, o qué. Sigo sin saberlo. Apostaría algo a que nadie llegará jamás a saber de dónde salió. Es tan embustera que quizá ni ella se acuerde ya. Pero nos costó un año entero suavizarle el acento. ¿Sabe cómo lo hicimos al final? Le dimos clases de francés: en cuanto logró imitar el acento francés, no le costó mucho imitar el inglés. La arreglamos para que diera el tipo de Margaret Sullavan[2], pero ella supo añadirle algún toque personal, la gente comenzó a interesarse por ella, gente importante, y, para redondear la operación, Benny Polan, un tipo muy respetado, Benny quería casarse con ella. ¿Qué más podía pedir un agente? Y entonces, ¡pam! The Story of Dr. Wassell ¿Ha visto esa película? Cecil B. DeMille. Gary Cooper. La leche. Me mato a trabajar, todo está listo: van a hacerle una prueba para el papel de enfermera del doctor Wassell. Bueno, una de las enfermeras. Y entonces, ¡pam! Suena el teléfono —descolgó un teléfono que flotaba en el aire, y se lo llevó a la oreja—. Soy Holly, me dice, hola cariño, le digo yo, estoy en Nueva York, dice, ¿qué coño estás haciendo en Nueva York, le digo, si es domingo y mañana mismo tienes la prueba? Estoy en Nueva York, dice ella, porque nunca había estado en Nueva York. Ya puedes aposentar tu culo en un avión, le digo, y volver ahora mismo. No quiero, dice ella. ¿Qué te pasa, niña?, le digo yo. Y ella me dice, para que las cosas salgan bien tienes que querer hacerlas, y yo no quiero. Bien, le digo, qué diablos quieres, y ella me dice, serás el primero en saberlo en cuanto lo averigüe. ¿Me entiende? No te devuelve más que un chasco tras otro.

El gato rojo bajó de un salto de la caja de embalaje, y fue a frotarse contra su pierna. Berman levantó el gato sobre la puntera de su zapato, y lo alejó de una patada, lo cual hubiera sido francamente detestable por su parte si no hubiera sido porque estaba tan metido en su propia irritabilidad que ni se enteró de la existencia del gato.

—¿Es esto lo que quiere? —dijo, abriendo desesperadamente los brazos— ¿Una pandilla de tipos a los que no ha invitado? ¿Vivir de propinas? ¿Andar por ahí con desarrapados? ¿Para poder quizá casarse con Rusty Trawler? ¿Cree ella que tendríamos que condecorarla por comportarse así?

Esperó, con la mirada llameante.

—Disculpe, pero no conozco a ese señor.

—Si no conoce a Rusty Trawler, difícilmente puede saber nada de la niña. Lástima —dijo, haciendo chasquear la lengua dentro de su enorme cabezota—. Yo esperaba que tuviese usted cierta influencia. Que pudiese hablarle sinceramente antes de que sea demasiado tarde.
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