Título original: Mother Teresa






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La gran expansión de la actividad misionera se produjo en el siglo coincidiendo con la difusión del poder colonial británico por toda la India y con diversos intentos de los demás gobiernos euro­peos de cristianizar la India. A finales de siglo, había al menos vein­tidós sociedades misioneras protestantes y el mismo número de ta­lleres de impresión para difundir el Evangelio en lengua vernácula. Uno de los cambios más revolucionarios, en el que no faltaron opositores que predijeron infinitos problemas, fue que a mediados de siglo todas las misiones, tanto las protestantes como las católi­cas, empezaron a enviar a mujeres solteras, hasta que pronto hubo más mujeres que hombres.

En su intento de llevar el cristianismo a los paganos, los pro­testantes y los católicos prefirieron enviar a sus misioneros más preparados a la India, en lugar de a África o China. Esta preferencia implicaba un reconocimiento de la espiritualidad inherente del hinduismo, que requería algo más que la habitual sofistería y

per­suasión para convertir a la gente.

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Prevalecía la creencia de que la India poseía un elevado nivel de civilización, si bien, a finales del siglo XVIII, cuando se inició el declive del imperio mogol, se inició un proceso de decadencia, lo que le permitió que el cristianismo llenara el vacío. Como puso de manifiesto el informe trigésimo cuarto de la Sociedad Auxiliar de la Biblia de Calcuta en 1851, la India había sido un gran país. «Pero su pueblo no es feliz... Pue­de que los hindúes sean astutos, agudos, hasta cierto punto habili­dosos, pero el carácter moral de los nativos está extremadamente envilecido.» Los misioneros estaban convencidos de que lo que más necesitaba la India de principios del siglo XX era «el poder del es­píritu del Señor. Su pueblo debe someterse mucho más a su espí­ritu».1 Por lo tanto, se regocijaron con el número de conversiones masivas -a veces llegaban a bautizar hasta a ocho mil adultos en seis meses-, sobre todo entre los pobres, los miembros de las tri­bus, los parias y las castas más bajas, para quienes el cristianismo representaba un sistema de movilidad social. Sin embargo, esta actividad misionera masiva no fue capaz de erradicar los valores profundamente arraigados e inherentes al sistema de castas y mu­chos conversos cristianos vieron que lo único que había cambiado era el nombre de su fe y su manera de adorar a Dios, pero no su estilo de vida. El problema de los cristianos de las castas inferiores (dalits) fue el mismo que, más de cien años más tarde, también derrotaría a la Madre Teresa. En la actualidad, la Iglesia católica ha reconocido que la continuación del sistema de castas dentro del cristianismo es una aberración y ha empezado a tomar medidas al respecto.

Los misioneros no lograron ganar adeptos entre la elite del país, salvo una o dos notables excepciones, no porque no lo inten­taran y tampoco porque el cristianismo acabara convirtiéndose en la religión de los pobres. En el siglo XIX, el hinduismo empezó a defenderse. Algunos pensadores notables empezaron a instar a los indios a defender sus tradiciones, que consideraban amenazadas por el cristianismo. El centro de este fermento cultural se hallaba en Bengala.

El origen del movimiento se remonta al rajá Rammohun Roy, en la actualidad considerado el intelectual indio más importante del siglo XIX. La Resistencia Bengalí, el nombre que la historia dio al movimiento que prosperó tras la muerte de su fundador en Londres en 1833, se basó en su gramática bengalí y en un tratado en que denunciaba la inmolación e incineración de viudas, una práctica que al final prohibieron los británicos en 1829. En un in­tento de eliminar lo que consideraba tradiciones apócrifas del hin­duismo, reinterpretó los vedas, las primeras escrituras hinduistas. Los hindúes más conservadores rechazaron sus ideas, si bien a al­gunos misioneros unitarios europeos les gustó lo suficiente para declarar a Rammohun Roy como uno de ellos.

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La secta que fundó tres años antes de su muerte atrajo a varios hindúes anglicanos, que recelaban de los dogmas extremistas, y se llamó Brahmo Samaj, convirtiéndose en el movimiento racional de reforma social y reli­giosa más influyente de la India del siglo XIX.

Rammohun Roy tuvo muchos herederos espirituales. En 1893, se produjo un auge cuando el joven bengalí Swami Vivekenanda tomó por asalto el Parlamento de las Religiones en la Exposición Universal de Chicago y reivindicó el reconocimiento mutuo de la espiritualidad de oriente y occidente; cada una podía aportar algo importante y ambas tendrían que confraternizar, pero sin caer en el proselitismo. Al mismo tiempo, una inglesa excéntrica, Annie Besant, adepta a la teosofía, dio varias conferencias en las que ex­presó su opinión de que la India era víctima de los daños causados por los misioneros cristianos. La señora Besant, que era amiga de Vivekenanda, intentaba convencer a los indios de que volvieran con sus dioses y despertar el respeto y orgullo de la grandeza de sus religiones. Gracias a Annie Besant y a su adhesión a la teosofía, el público británico oyó hablar casi por primera vez de las religiones comparadas y conceptos como el karma y la reencarnación. La teosofía, que durante un breve período estuvo de moda en el Lon­dres eduardiano, no excluía el cristianismo ni ninguna otra reli­gión: enseñaba a sus adeptos a vivir según su propia fe. Las novelas y los libros de viajes de la época también empezaron a influir en la actitud occidental hacia las religiones no cristianas. Por fin, en cier­tos medios progresistas, la ignorancia y el recelo dieron paso al interés y a la comprensión. El que más reflejó la ambivalencia en­tre los valores de oriente y occidente fue Rabindranath Tagore, el escritor de prosa y poesía, músico, artista y reformista religioso bengalí cuyo padre era partidario de Brahmo Samaj y que creía, al igual que muchos bengalíes cultos, que el poder colonial británi­co era beneficioso y necesario para reformar una sociedad deca­dente. Pero también insistió en la importancia para la India con­temporánea de los antiguos valores espirituales del país. Puede que los bengalíes lo consideraran un producto de la influencia occidental, pero para Occidente, que oyó hablar de él por primera vez en 1912 cuando realizó su primer viaje a Inglaterra, el barbudo mís­tico era el representante de la espiritualidad india. En 1913 ganó el Premio Nobel de Literatura, siendo el primer escritor asiático al que se le concedía dicho galardón y, de ese modo, se confirmó tanto su posición de embajador espiritual de la India como su im­portancia en la literatura bengalí.

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Por mucho que los misioneros individuales fueran altruistas y se volcaran en los intereses de los nativos, su creencia en la supre­macía colonial, al menos hasta finales del siglo XIX, sustentó toda la estructura de su labor. Esta creencia en parte fue la responsable de los rumores de 1857, que posiblemente hayan incitado el motín indio, de que pretendían forzar a toda la población a con­vertirse al cristianismo, y donde más se pone de manifiesto es en la ausencia de obispos nativos. A finales del siglo XIX, en la India ha­bía más de veinte obispos católicos, pero eran todos europeos, y eso a pesar de que el papado, en particular bajo el vigoroso papa León XIII, llevaba años insistiendo en que se asignaran más responsabilidades al clero autóctono. Hasta mediados del siglo XX el nú­mero de sacerdotes indios no igualó y después superó el de los ex­tranjeros.

Por lo tanto, hacia finales del siglo XIX, empezaron a oírse vo­ces indias que defendían el orgullo de la cultura india y que poco a poco fueron minando la seguridad colonial. Esas voces se expresaron con mayor fuerza a partir de mediados de 1905, a través del movimiento patriótico Swadeshi, que, aunque nació en Bengala, se difundió por toda la India a medida que crecía la oposición a los británicos. Frente a este nuevo orgullo indio, los misioneros euro­peos empezaron a mostrarse inseguros e incluso a cuestionar por primera vez el sentido de su labor. Sin embargo, en ese mismo período, la Iglesia romana decidió organizar una especie de vuel­ta a la escena en la India. Los jesuitas se habían restablecido y muchas órdenes y hermandades nuevas, algunas creadas específi­camente para la actividad misionera, se encontraron con una fuen­te de reclutas que parecía inagotable. Los protestantes misioneros, cuyas iglesias se habían aliado con el Raj y con los constructores del imperio, empezaron a inspirar menos confianza que los católicos, cuyas escuelas, sobre todo en Calcuta, gozaban de gran éxito por su enseñanza y por sus vínculos con la élite del país. Fue este resur­gimiento que tuvo lugar a finales del siglo XIX y principios del XX lo que enardeció a Agnes Bojaxhiu en Skopje.

Sin embargo, a pesar de que, a partir del siglo XVl, las personas elegidas para la actividad misionera solían ser las más cultas de la sociedad europea, su inteligencia raramente les permitía entender las tradiciones religiosas nativas. En sus informes anuales, cuando mencionaban cualquier oposición a la actividad misionera, los

je­suitas solían hablar de la intervención del «diablo». «Tenían una mentalidad que no les permitía ver la intervención de Dios en las religiones tradicionales nativas y en sus culturas... Eran totalmen­te incapaces de analizar los conflictos culturales dentro de un con­texto local y la mayoría de los misioneros extranjeros se negaban a ver algo bueno en las culturas nativas», explicó un comentarista moderno, antiguo sacerdote jesuita y director del Centro Javier para la Investigación Histórica de Goa.

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Este hombre, cuya familia católica ha residido en Goa desde el siglo XVI. se horrorizó al ver la mentalidad colonial de una Iglesia que permitió la destrucción de templos hindúes y que dejó un legado perpetuo de resentimiento hacia los misioneros extranjeros. «No solo la arquitectura de los templos era importante. En la antigua cultura hindú, los templos también eran depositarios de la literatura, que era principalmente de carácter religioso, y eran centros de aprendizaje y enseñanza. Los misioneros portugueses introdujeron la primera imprenta en Goa, pero también intentaron destruir los libros sobre hinduismo que había en la zona», escribió el doctor Teotonio R. de Souza.2

Y, sin embargo, si se tienen en cuenta tanto la época como los vastos recursos económicos que la Europa cristiana dedicó a la conversión de la India a lo largo de cuatro siglos, no se puede decir que el cristianismo haya tenido mucho éxito. Al final del milenio, se calcula que tan solo el 2 por ciento de la población es cristiana, cifra comparable al casi 50 por ciento de conversos en África. No obstante, los católicos educan al veinte por ciento de los indios, y ese 20 por ciento representa un porcentaje mucho mayor que el de los líderes de opinión del país.

Miles de misioneros habrán seguido los pasos coloniales de san Javier, pero en la segunda mitad del siglo XX empezó a cuestio­narse si su actividad, cuyo objetivo es la conversión, es defendible como actividad moral. Por supuesto, las misiones, tanto católicas como protestantes, desde el principio aportaron valiosas institucio­nes docentes -no solo centros de formación para sacerdotes, sino también excelentes escuelas para niños- y muchas de ellas, moder­nizadas, todavía existen en la actualidad. A finales de siglo, las misio­nes tenían un gran número de escuelas, a menudo subvencionadas por el Gobierno, que enseñaban sobre todo a los más pobres. Por consiguiente, en un país cuya población seguía siendo en su gran mayoría analfabeta, los cristianos ocupaban el segundo lugar tras los parsis en lo que se refería a alfabetismo. «Las potencias europeas encontraron un pueblo dividido, pobre y bárbaro, y se marcharon dejándolo unido, próspero y capaz de ocupar un lugar en los con­sejos de las naciones del mundo», concluyó el obispo Neill en 1964.3 Por otro lado, no cabe la menor duda de que las sociedades se

des­estabilizan cuando sus miembros pierden sus raíces. El colapso final del poder colonial obligó a reflexionar a muchos misioneros que, inevitablemente, se habían aliado con las potencias imperiales. A mediados del siglo XX, decidieron ponerse del lado de las víctimas del colonialismo de un modo más evidente.

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«Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos, enseñándoles que guarden todas las cosas que os he manda­do.»4 Estas palabras, pronunciadas en la Biblia por el Cristo resu­citado, son la base de las misiones cristianas. Desde el principio, los seguidores de Jesucristo consideraron que tenían la obligación de propagar su fe. La propia Madre Teresa ha dicho: «Un misionero es una persona que tiene que difundir la buena nueva» .5 Sin em­bargo, tras estudiar otras religiones y ver cómo éstas enriquecieron a sus comunidades, muchos teólogos modernos concluyen que no hay un solo camino para llegar a Dios y que quizá el límite de la actividad misionera debería ponerse en dar ejemplo trabajando bien y con eficacia. La palabra clave parece ser «enculturización», o el aprendizaje, mediante el diálogo con otras tradiciones religio­sas, de cómo se puede convivir con otras culturas sin perder ni imponer la propia. «La Iglesia ya no se considera una sociedad perfecta, que está por encima y es independiente del mundo.»8 Pero como señaló en marzo de 1995 el cardenal Joseph Ratzinger, de la Congregación Sagrada para la Doctrina de la Fe, no se tra­ta de un proceso fácilmente aplicable en todos los casos. «El enfo­que solo puede tener sentido si la fe cristiana y la otra religión, jun­to con la cultura de la que vive, no se contradicen la una a la otra... La enculturización, por lo tanto, presupone la universalidad poten­cial de cada cultura.»7

Una profesora adjunta del Instituto Misionero en el norte de Londres a la que fui a visitar me explicó: «Hoy en día las misiones ayudan a los demás a encontrar a Dios, o el elemento divino, y les allanan el camino para descubrir su propia verdad». «Los jóvenes a los que enseño se dedicarán a buscar el elemento divino en ellos mismos y en los demás. Por supuesto, todavía quedan hombres y mujeres mayores que siguen el antiguo modelo y que se preocupan mucho por los números -¿a cuántos hemos bautizado esta sema­na?-, pero sin duda ya no decimos que tenemos que salvar a na­die.»

Los futuros misioneros que cursan los estudios de cuatro años en el Instituto proceden de diversos países y entornos sociales. Todos se han comprometido y harán los votos de pobreza, castidad y obediencia. «Pero el significado de la obediencia ha cambiado y ya no significa sencillamente hacer lo que a uno le digan, sino asu­mir la responsabilidad de discernir las necesidades de una zona determinada. El misionero moderno no desea ir a un país menos desarrollado para hacer el bien, sino para estar allí y trabajar con la gente. Puede que hagan el bien, pero eso solo es una consecuen­cia, después ya podrán irse.

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Hoy en día a un misionero se le ense­ña a entrar en contacto con la cultura y los mitos de la religión de las personas con las que está trabajando... para buscar la chispa divina dentro de él y los demás, y a lo mejor incluso podrá encon­trarla a través de una experiencia tan sencilla como el embelesa­miento de un niño cuando contempla unas flores. Se le enseña a ayudar a la gente a encontrar lo trascendente tal y como lo inter­preta su propia cultura.»8


Agnes quería que la enviaran a la India a trabajar. Cuando tomó la decisión apenas tenía dieciocho años y, con la misma determina­ción, eligió una orden irlandesa porque sabía que le abriría el ca­mino para satisfacer su ambición en cuanto hubiera aprendido un poco de inglés. Seguramente sabía que su ingreso en la orden

sig­nificaba no volver a ver a su familia ni su ciudad natal, pues la vida religiosa de aquella época no contemplaba la posibilidad de volver a casa de vacaciones. Su elección de las hermanas de Loreto, la rama irlandesa de una de las órdenes femeninas más importantes, el Instituto de la Santa Virgen María (IBVM), fue más significativa de lo que ella creía, aunque es poco probable que hubiera oído hablar de Mary Ward, fundadora de la orden a la que iba a unir­se. En la actualidad, se conoce a Mary Ward por haber forjado un nuevo papel para las mujeres de la Iglesia, desafiando la jerarquía masculina de Roma. Agnes tampoco debía de conocer a las ante­riores mujeres misioneras porque no se escribió sobre ellas hasta hace muy poco.
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