Título original: Mother Teresa






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regu­lar las contiendas ancestrales o las vendettas que los dirigentes alba­neses todavía no han sido capaces de erradicar. Innumerables jó­venes, muchos pertenecientes a familias católicas, perdieron la vida en estas contiendas que a veces se perpetuaban a lo largo de varias generaciones.

Es probable que Nikola, que hablaba turco, francés, italiano, además de albanés y serbocroata, se haya adherido a la causa na­cionalista cuando vivía en Prizren. Según algunos, fue allí donde conoció a su futura esposa, Dranafile Bernaj (o Bernai), cuya familia al parecer poseía tierras en Serbia. Otros, incluida Eileen Egan, la autora de la biografía autorizada por la Madre Teresa, afirman que la madre de Age, Lazar y Agnes procede de la región venecia­na. Egan cuenta que la pareja contrajo matrimonio en una ceremo­nia católica en Prizren. Lazar ha señalado que el origen italiano de su madre no significa que no fuera albanesa. De hecho, su nombre, a menudo abreviado en forma de Drana, significa «Rosa» en alba­nés y es el mismo, escrito Roza, que aparece en su lápida de Tira­na, en Albania.

La mayoría de las descripciones de la infancia de Agnes la pre­sentan como fácil y feliz. Al parecer, Nikolai fue un próspero hom­bre de negocios y poseía varias viviendas. La casa en la que vivían era grande, con un agradable jardín, con flores y frutales, situada en la misma calle que la iglesia del Sagrado Corazón. La joven Agnes era «gordita, lozana y limpia» y pronto la apodaron Gonx­ha, que significa «pimpollo», nombre con el que la siguen llaman­do en Albania. Años más tarde, Lazar dijo que siempre fue una niña muy sensible y un poco demasiado seria para su edad, la que no robaba la mermelada cuando él lo hacía. Si Agnes descubría a su hermano mayor comiendo mermelada a escondidas, lo reñía recordándole que no debía tocar la comida pasadas las doce de la noche ya que por la mañana tenían que ir a misa y comulgar con su madre. Pero nunca lo delató.

Nikola, apodado Kole, era un hombre atractivo, con un gran bigote, que vivía intensamente. Llegó a ser miembro (el único ca­tólico) del concejo municipal de Skopje, tocaba en una orquesta de viento y le encantaba cantar.

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«Estaba lleno de vida y le gustaba es­tar con gente. Mientras vivió, nuestra casa siempre estaba llena», contó Lazar. Recordaba claramente la celebración familiar de la independencia albanesa en 1912, cuando él solo tenía cuatro años. Algunos de los protagonistas de la lucha por Albania, como Bar­jram Curri (ahora hay un pueblo con su nombre), Hassan Prishti­na y Sabri Qytezi, visitaron la casa de los Bojaxhiu, donde cantaron ruidosas canciones acompañados por una mandolina y charlaron hasta altas horas de la madrugada. Una imagen que se quedó gra­bada para siempre en la mente de Lazar es la de una montaña de cajas de cerillas que su padre y sus amigos apilaron en el suelo y a la que después prendieron fuego.

Kole tenía mucha vista para los negocios. Al principio se aso­ció con un tal doctor Suskalovic, que tenía fama de ser uno de los mejores médicos de Skopje, con el que abrió una farmacia; también se unió a un constructor y ambos construyeron el teatro de Skopje que da al río. Poco después montó una tercera empresa, esta vez tras asociarse con el signor Morten, un italiano, y los dos comerciaron con artículos de lujo y alimentos, entre otros aceite, azúcar, tejidos y cuero. Cada vez que volvía de un viaje de negocios, los hijos recuerdan la alegría con la que lo recibían y los numero­sos regalos que traía para todos. Si bien era un hombre severo y adusto, siempre obsequiaba a su familia con descripciones diverti­das de sus viajes al extranjero.

Kole tenía fama de ser un gran benefactor local e incitaba a sus hijos a ser generosos y a apiadarse de los que eran menos afortu­nados que ellos, lo cual era tan importante como trabajar mucho en la escuela. «No olvidéis nunca de quién sois hijos y de dónde venís», les decía. Tenía mucha fe en las posibilidades que podía brindarles una educación y, en ese aspecto, sus contemporáneos lo consideraban bastante progresista ya que no solo envió a la escue­la a su hijo, sino también a sus dos hijas. Sin embargo, Drana era obviamente la más religiosa de los dos. Llevaba a los niños casi todas las mañanas a misa y, cuando no trabajaba en su casa o

ayu­daba a los demás, se dedicaba a rezar el rosario. Cuando Kole sa­lía de viaje, siempre le dejaba suficiente dinero para que pudiera dar de comer a cualquier necesitado que llamara a su puerta. Dra­na solía salir a repartir paquetes de comida y dinero a los pobres, a menudo acompañada por Agnes, una niña estudiosa y amante de los niños.

Los tres niños primero asistieron a una escuela primaria en la iglesia del Sagrado Corazón, donde las lecciones se impartían en albanés y, al cabo de unos años, en serbocroata.

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Pero aunque después fueron a escuelas estatales o Gymnasia -lo que refleja la

importancia que su padre concedía a la educación-, la vida de los tres hijos se reducía a la parroquia del Sagrado Corazón. Dado que los católicos representaban una minoría, la iglesia era un foco importante para la familia Bojaxhiu y les procuraba una clara iden­tidad cultural y religiosa.

Como Skopje no estaba en la frontera, no fue víctima de la carnicería que sufrieron otras ciudades balcánicas en la primera guerra. Pero, al estar rodeada de contiendas, obviamente no pudo permanecer al margen de los conflictos. Sin embargo, en 1918, cuando el final de la guerra provocó nuevos debates sobre la fron­tera balcánica, los años prósperos de la familia Bojaxhiu llegaron a su fin de un modo abrupto. Nikola se dio cuenta de que la lucha por el nacionalismo albanés distaba mucho de haber finalizado y se unió a un movimiento que quería anexionar a la Gran Albania la disputada provincia de Kosovo, poblada principalmente por

al­baneses. De hecho, la nueva federación de serbios, croatas y eslo­venos, conocida a partir de 1929 como Yugoslavia, se quedó con gran parte del norte de Albania, incluido Kosovo, lo que en los pueblos albaneses dentro del vilayato suscitó un gran temor, mucha ira y la sensación de que los habían traicionado. Según una peti­ción presentada por los kosovares a la Liga de las Naciones en 1921, los serbios habían sido culpables de la matanza de 12.371 personas y del encarcelamiento de otras 22.000. Pidieron unirse a Albania, algo que intentaban evitar casi todos los que participaban en la decisión sobre el futuro de dicho país. Los serbios, austriacos, las grandes potencias e incluso uno o dos dirigentes albaneses pre­ferían los pequeños feudos autónomos que dependerían directa­mente de Belgrado.

Es evidente que Kole se tomaba el tema muy en serio ya que llegó a recorrer trescientos kilómetros para asistir a una reunión política. Pero al parecer su apoyo a la Gran Albania le procuró muchos enemigos, y unos cuantos días más tarde regresó agonizan­te en un carruaje conducido por el cónsul italiano. La familia no supo ver la causa de inmediato, que probablemente fue un enve­nenamiento.* Drana ordenó a Agnes que corriera á la parroquia a buscar al sacerdote, pero como no estaba, no se sabe por qué, Agnes se fue a la estación de tren de Skopje, donde encontró a otro sacerdote al que la familia no conocía y le pidió que la acompaña­ra a su casa.
* En la historia de los Balcanes, el envenenamiento como método para elimi­nar a un enemigo político es muy raro ya que la importancia que se le concede al honor suele requerir el uso de una pistola o un cuchillo. La muerte por envenenamiento no solo se consideraba impropia de un hombre, sino que además era inne­cesaria, ya que, en aquella época, casi todo el mundo llevaba un arma encima.
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Después de que el sacerdote administrara los últimos sacramentos a Nikola, que sufría una grave hemorragia, la familia lo llevó rápidamente al hospital, donde se le practicó una opera­ción urgente. Pero al día siguiente murió. El funeral de Nikola Bojaxhiu fue todo un acontecimiento en Skopje, al que asistieron grandes multitudes, incluidos delegados oficiales del concejo mu­nicipal y representantes de otras religiones. El día del funeral, ce­rraron todas las joyerías de la ciudad y los alumnos de las escuelas recibieron pañuelos conmemorativos. Tradicionalmente, el núme­ro de pañuelos que se repartía era indicativo de la riqueza del di­funto.

La Madre Teresa siempre se ha negado a hablar de su infancia. Dice que no es importante, aunque afirma que procede de una familia excepcionalmente feliz. «Recuerdo que mi madre, mi padre y los demás rezábamos todas las noches. Espero que nuestras familias albanesas conserven esa costumbre. Es el mayor don que Dios le ha dado a la familia. Mantiene a la familia unida. La fami­lia que no reza unida no permanece unida.» El sacerdote anónimo que me asesoró me explicó esta actitud cuando le pedí que me diera más detalles sobre la infancia de Teresa: «Su misión es dar a conocer el Evangelio y la respuesta a la llamada de Cristo.

Cual­quier detalle personal que no resalte eso es irrelevante... improce­dente».

Las publicaciones en inglés que más hablan de los años de su infancia son la biografía de Egan, publicada en 1985, y Mother The­resa: The Early Years de David Porter, una obra publicada en 1986 y basada en gran medida en un libro albanés, también autorizado, del doctor Lush Gjergi, el primo de la Madre Teresa que vive en Kosovo, donde trabaja como sacerdote y periodista. Sin embargo, en estos dos libros se habla muy poco de los primeros años. Y hay discrepancias. Por ejemplo, Egan dice que Nikola Bojaxhiu murió en 1919 a los cuarenta y cinco años. Porter no menciona la fecha, pero sugiere que ocurrió en 1918. En 1982, Lazar, que entonces vivía en Italia, explicó en una entrevista: «El sufrimiento de nues­tra familia empezó cuando los yugoslavos y albaneses empezaron a luchar por Kosovo y por las demás provincias de Albania entre las que se encontraba la ciudad de Skopje. Nuestro padre... era muy activo políticamente y le preocupaba la cuestión del nacionalismo albanés. Luchó por los derechos nacionales de los albaneses e hizo todo lo posible para que los territorios albaneses en Yugoslavia se mantuvieran unidos dentro de Albania. Cuando Yugoslavia se apo­deró de los territorios, la familia sufrió persecuciones y mi padre murió envenenado».4

En mi visita a Tirana en 1995, fui al cementerio donde están enterradas la madre de Teresa y su hermana Age.

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Tras un breve trayecto en autobús, caminé un kilómetro y medio por una carre­tera polvorienta que pasaba ante una enorme y antigua fábrica textil construida por los soviéticos. Como tantas otras cosas en ese país, ahora está abandonada y es un botín para los saqueadores y demás delincuentes, pero la central eléctrica a su lado, que en su día fue esencial para la fábrica, todavía escupe humo negro. De camino al cementerio, crucé la carretera principal y subí una pe­queña colina. Los omnipresentes búnkeres en ruinas que flan­quean la carretera recuerdan que, hasta hace solo pocos años, el país fue víctima de una de las dictaduras más feroces del mundo. Enver Hoxha, que gobernó desde 1944 hasta 1985, construyó seis­cientos mil búnkeres fortificados por todo el país, a costa de gran­des sacrificios humanos y económicos, para luchar contra los ata­ques aéreos de un supuesto enemigo extranjero.

En la entrada al cementerio, madres mendigas y niños hara­pientos acogen al visitante extranjero, al que reconocen de inme­diato por su porte y semblante. Se ofrecieron a enseñarme, a cambio de dinero, lo que suponían que había ido a ver: la tumba del antiguo dictador. Primero había sido enterrado en una tumba de granito pulido rojo en el cementerio de los Mártires, junto a una estatua de la madre Albania. Pero tras su muerte, Hoxha fue vícti­ma de una campaña de desprestigio y se utilizó el granito rojo para construir un monumento en memoria de cuarenta y tres soldados que murieron en Albania durante la Segunda Guerra Mundial. Sus restos fueron exhumados y hoy en día yacen en el cementerio aba­rrotado de tumbas, al igual que miles de sus súbditos, a solo unos metros de las tumbas de Drana y Age Bojaxhiu.

Según las sencillas lápidas de mármol de estas mujeres, Drana, o Roza, como figura en la losa, vivió desde 1889 hasta 1972. Eso significa que debía de tener quince años cuando dio a luz a su primer hijo -quizá catorce cuando lo concibió- y unos quince menos que su mundano marido, lo que no habría sido nada extra­ño en aquella época y lugar. Muchas niñas albanesas se prometían en matrimonio en la infancia, y el compromiso era un aconteci­miento tan importante en la sociedad albanesa que a menudo, en cuanto nacía una hija, la familia de su futuro marido adelantaba una parte de su precio de compra. Pero en la lápida de Age figu­ran las fechas 1913-1973, lo que es claramente un error, ya que todas las versiones -y además hay fotografías que lo atestiguan­- coinciden en que era seis años mayor que Agnes, y no tres años menor.

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Le he dado muchas vueltas a este detalle. A lo mejor a los marmolistas de Tirana no les preocupaba la exactitud. A lo mejor la fecha del nacimiento de Drana tallada en su lápida también está mal. Pero, de ser así, ¿por qué la Madre Teresa, que visitó esas tum­bas hace pocos años y dio su aprobación a las cruces que pusieron las Misioneras de la Caridad, no rectificó esas inexactitudes? En 1991, cambió una de las tumbas de lugar para que estuvieran más cerca la una de la otra. Tres años más tarde asistió a una ceremo­nia informal para bendecir las tumbas con el arzobispo albanés americano de Durrés, Rok Mirdita. «Rezamos un rato juntos y ella estaba feliz», me dijo. ¿Es posible que alguien, y no necesariamen­te la Madre Teresa, haya creído conveniente no revelar al mundo que su madre había concebido a una edad tan temprana y, por lo tanto, falseara las fechas a propósito? Y, suponiendo que fuera así, ¿no habría que alabar a la Madre Teresa por comportarse como una buena hija al consentir el engaño para proteger el recuerdo de su madre? Las lápidas habían sido encargadas por la cantan­te de ópera albanesa Maria Krja, a la que el estado comunista hon­ró con el título de Artista del Pueblo, lo que le procuraba ciertos privilegios. La amistad de Krja con Age y la madre de ésta se inició en Tirana en 1930 y la artista quería a Age como a una hermana. Cuando Age murió, un año después que su madre, Maria Krja se encargó de poner las inscripciones y la fotografía en la tumba de Age. «Le tenía miedo al sistema

-explicó-, ya que los comunis­tas seguían en el poder y entonces no pude poner mi nombre, pero inscribí el mensaje: "En recuerdo de Lazar y Gonxha".» Las fechas, insiste, son las mismas que encontró en el carnet de identidad de Age5

Tras la muerte de su padre, la vida de los niños Bojaxhiu cambió radicalmente. La joven viuda no tardó en darse cuenta de que los socios de su marido no querían saber nada de la familia y lo úni­co que le quedó fue su casa. Por otro lado, Drana creía que tenía derecho a unas propiedades familiares en Novi Selo, pero como no disponía de documentos que lo avalaran no pudo reclamar su parte ni las rentas que producía la propiedad. Drana pasó un breve pe­ríodo muy abatida y Age fue la que cargó con gran parte de las responsabilidades hasta que Drana montó un negocio de textiles y bordados a mano. Con la ayuda de Lazar, que se encargaba de tra­tar con las fábricas textiles, pronto el negocio se expandió hasta incluir las alfombras artesanales por las que Skopje goza de gran fama.

La familia también consolidó su fe. Si bien al principio la po­lítica y el futuro de Albania habían sido los principales temas de conversación de la familia, pronto los sustituyeron la liturgia eclesiástica y las discusiones sobre la actividad misionera en tierras le­janas en una casa en la que predominaban las mujeres.

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Aunque ahora también eran pobres, siguieron acogiendo a los más necesi­tados. Más tarde, la Madre Teresa recordaría que entonces creía que las personas con las que solía compartir las comidas eran pa­rientes, pero pronto se dio cuenta de que su madre estaba dando de comer y de vestir a personas totalmente desconocidas. Entre otras cosas, Agnes se acordaba en especial de haber ayudado a su madre a lavar a una mujer alcohólica que tenía el cuerpo lleno de llagas y de haber visitado a una mujer agonizante, madre de seis hijos.
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