Título original: Mother Teresa






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Sin embargo, si bien esta flagelación en público atrajo a nume­rosos lectores, también preocupó a personas como Colin Morris, un locutor que había sido misionero en África antes de trabajar para la BBC. «Muggeridge era una parodia del comentarista reli­gioso -explicó Morris-. Entablaba constantes y angustiados diá­logos consigo mismo de modo que costaba saber si era sincero o si fingía.» Morris, al que más tarde nombraron director de los pro­gramas religiosos, escribió en el Observer:

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Asumir la responsabilidad personal de mantener vivo a Dios en el mundo moderno sería una carga muy gravosa para cualquiera, in­cluso para Muggeridge, cuya búsqueda del reino ha sido fascinan­te pero que, desde que lo encontró, corre el lamentable peligro de convertirse en el exhibicionista más estrafalario del cristianismo. Con el rostro contraído, las manos alzadas, cansado del mundo y deseando el fin apocalíptico de una Era Malvada, Malcolm vili­pendia el medio que lo alimenta y pide que lo sigan queriendo a las distintas personalidades que se reúnen a su alrededor igual que los discípulos de Platón. « ¿Por qué?», se alza su grito ahogado, incitan­do una réplica celestial: «Sí, ¿por qué?».8

Es posible que la extraordinaria sintonía establecida entre Malcolm Muggeridge y Agnes Bojaxhiu haya sido dinámica. Pero al parecer la Madre Teresa desconocía un pequeño episodio en el pasado de Muggeridge a pesar de que otros albaneses católicos no lo habían olvidado y quizá, si ella lo hubiese conocido, la relación no habría sido la misma. En 1949 se llevó a cabo una misión conjunta respal­dada por los ingleses y norteamericanos con el fin de sabotear y socavar las bases del Gobierno comunista albanés. Sin embargo, la expedición fracasó trágicamente. Tras reclutar a varios jóvenes al­baneses para que participaran en la misión y entrenarlos en Mal­ta, los lanzaron en paracaídas en Albania para que actuaran en las zonas donde tenían parientes y amigos. El objetivo era obtener apoyo local para derrocar el régimen comunista. Sin embargo, nada más aterrizar, todos estos albaneses fueron apresados y juzga­dos por espionaje y traición. Asimismo, centenares de familias al­banesas con las que los agentes se habían puesto en contacto fue­ron detenidas, juzgadas y encarceladas. Hoxha construyó los infames búnkeres de cemento por todo el país en parte debido a esta expedición fallida. Más tarde se descubrió que esos hombres habían sido traicionados por Kim Philby cuando todavía no se sa­bía que era un espía soviético.

«En relación con esta expedición fallida -escribió Safete S. Julca en el Albanian Catholic Bulletin [Boletín católico albanés]- se produjo otra traición. Si bien es cierto que fue de otro tipo, esta traición concierne a Malcolm Muggeridge.»9 Justo cuando se esta­ba llevando a cabo esta operación, el Gobierno británico decidió celebrar una fiesta en Londres para los miembros de una Comisión Nacional Albanesa anticomunista y prodemocracia. El objetivo de la fiesta era presentar la comisión a los principales escritores e in­telectuales de Londres para que éstos la dieran a conocer. Nicho­las (ahora lord) Bethell cuenta la historia: «Pero el ambiente se enrareció por culpa de Malcolm Muggeridge, que declaró en voz alta que, de todos modos, Albania era un país ridículo que Grecia y Yugoslavia debían repartirse lo antes posible».10 Según el artícu­lo en el Albanian Catholic Bulletin, el comentario de Muggeridge fue«especialmente inquietante».

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La traición de Muggeridge pareció mucho peor que la de Philby. Pat Whinney, del servicio de inteli­gencia británico con base en Atenas, afirma que las personalidades de Philby y Muggeridge son muy parecidas. Comentó que los dos eran «cáusticos, sarcásticos, llenos de arrogancia intelectual».

La historia se hace con pequeñas viñetas como ésta. Pero la historia sería un juez muy severo si concluyera que el comentario descarado de Muggeridge es comparable a las acciones del espía soviético que provocó la captura y la muerte de numerosos albane­ses anticomunistas.

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EL RECONOCIMIENTO

En retrospectiva, es fácil ver cómo la década posterior a Something Beautiful for God condujo directamente a la concesión del Premio Nobel de la Paz en 1979. En los años sesenta, la Madre Teresa había irrumpido en un mundo deseoso de recibir su mensaje; en los setenta, el reconocimiento internacional consolidó su posición y la alentó a seguir creciendo todavía más.

A pesar de que Malcolm Muggeridge seguía oponiéndose a la institución de la Iglesia católica y, de hecho, ésta no lo acogió has­ta 1982, se tomó la defensa de la Madre Teresa como una cruzada personal. Cuando presentó su libro sobre la película, explicó las razones por las que incluyó nueve páginas con citas de la Madre Teresa. «La Madre Teresa nunca escribirá sobre sí misma ni sobre su labor... en un momento en que puede ser laureada con el Pre­mio Nobel, tiene que haber alguna publicación en la que consten sus palabras.» Sin embargo, recibir el galardón no fue tan sencillo como parecía: la comisión del premio rechazó al menos tres pro­puestas.

Mientras los demás preparaban las propuestas de su nombre para presentarlas ante el comité del premio, esta monja sexagena­ria proseguía con su programa de crecimiento. En los años setenta se abrieron nuevos centros; en 1970, en Melbourne, Australia, y, por primera vez en Oriente Medio, en Arriman, Jordania. En di­ciembre de 1970 se abrió un noviciado en Inglaterra para formar a novicias europeas y americanas del norte y del sur y, al cabo de seis meses, una casa en el distrito londinense de Paddington. Des­pués, aproximadamente dos años más tarde, tuvo lugar lo que el boletín informativo inglés llamó «la nueva aventura de la Madre Teresa en Gaza», cuando envió a cuatro hermanas a trabajar por­que «aunque el pueblo de Gaza habla árabe, la sólida barrera de Israel lo separa de todas las demás naciones árabes. El silencioso aislamiento pesa sobre esta gente y su vida está llena de negati­vas: les niegan un futuro, el valor... han perdido sus pueblos, sus propiedades. El trabajo que espera a las hermanas es infinito».1 En enero de 1971, se inició un goteo constante de galardones internacionales, siendo el primero el Premio de la Paz del papa Juan XXIII, concedido por el papa Pablo VI.

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Hacia finales de ese mismo año, tres organizaciones norteamericanas distintas le comu­nicaron que deseaban otorgarle un premio. En aquella época, ella tenía intenciones de ir a Estados Unidos para inaugurar una casa en el distrito del Bronx de Nueva York, pero estalló una nueva cri­sis en la India que se lo impidió y, al menos en un futuro próximo, ya no podría viajar a dicho país.

A mediados de 1971, Calcuta, cuyos recursos ya se estaban explotando al máximo, sufrió una de los peores azotes de su histo­ria. Millones de indigentes, casi todos a punto de morir de hambre o agotamiento, llegaban de la zona que más tarde recibiría el nom­bre de Bangladesh. Por fin habían estallado las antiguas diferencias entre Pakistán Oriental y Occidental, dando lugar a una amarga y sangrienta guerra civil que acabó con tres millones de vidas. La situación crítica en Pakistán Oriental se había iniciado en 1970, cuando un ciclón seguido por una ola gigantesca se llevó por de­lante la vida de más de trescientos mil habitantes de la provincia. Poco después, estallaron las revueltas en las que se produjeron matanzas brutales y atroces. Los refugiados, desesperados, intenta­ron abrirse camino hacia la India y llegar a una de las provincias más pobres -Bengala-, y se consideraban afortunados si conse­guían guarecerse en una cloaca. Estas se hallaban en una zona en las afueras de la ciudad llamada Salt Lake -antiguamente un enor­me lago cenagoso- que la Corporación de Calcuta pensaba urba­nizar para descongestionar la ciudad. Las condiciones eran atroces y se propagaron epidemias de cólera, disentería y viruela. Las agen­cias de ayuda humanitaria de todo el mundo enviaron sus equipos así como comida, medicinas, lonas, materiales de construcción, camiones y obreros. La Madre Teresa y sus Misioneras de la Cari­dad realizaron las tareas más humildes y de baja categoría, como limpiar las tiendas de los hospitales y atender a los enfermos y moribundos. En esa época la Madre Teresa conoció al senador Edward Kennedy cuando éste visitó Calcuta como presidente de la Comisión de Refugiados del senado norteamericano. A pesar de que Kennedy tenía una agenda muy apretada, pidió ver el gran campamento en Salt Lake. Desmond Doig, que estaba allí, cuenta: «No pudo ver gran cosa porque los funcionarios y la gente lo

per­seguían por todas partes y se arremolinaban a su alrededor. Pero de pronto divisó algo: una hermana estaba lavando ropa en la sala del cólera. Era la hermana Agnes y el senador Kennedy le preguntó si podía estrecharle la mano. Ella contestó que tenía las manos sucias, pero él se la estrechó igual y le dijo: "Cuanto más sucias estén, más honrado me sentiré. Está usted haciendo un trabajo maravilloso". Nunca olvidaré esa escena», añadió Doig.

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En septiembre, si bien la crisis distaba mucho de haber pasa­do, la Madre Teresa volvió a hacer gala de su «habitual capacidad de recuperación», explicó Egan, y al final decidió ir a Estados Unidos. Los tres premios norteamericanos otorgados en esos me­ses reforzaron la profunda impresión que había causado en diver­sos estratos de la sociedad estadounidense. Además de contar con el apoyo de la familia católica y demócrata de los Kennedy, también la respaldaba el presidente republicano y cuáquero Richard Nixon. Sin embargo, decidió que no iría a Boston a recibir personalmen­te el Premio del Buen Samaritano -fue Egan en su lugar-, si bien aceptó que la invistieran doctora honoris causa en letras en una ceremonia celebrada en Washington, el primero de los numerosos títulos honaris causa que recibiría en los siguientes años. También asistió a una ceremonia en Washington DC para recibir uno de los premios internacionales otorgados por la Fundación Joseph P. Ken­nedy Junior, que lleva el nombre del hermano mayor del presiden­te, fallecido en la Segunda Guerra Mundial. En el acto de entrega del premio dio una conferencia titulada «Elecciones en nuestras conciencias», que le dio la oportunidad para hablar de su visión de la santidad de la vida, pese a lo terrible que ésta puede llegar a ser, como tuvo tantas oportunidades de ver en Calcuta. También habló de los millones de refugiados de Pakistán Oriental que luchaban por sobrevivir en Bengala Occidental y dijo que cada uno de ellos era poseedor del espíritu divino y, por lo tanto, había que amarlos y ayudarlos.

Dichos premios y la inauguración de una nueva casa en el Bronx coincidió con la publicación del libro de Muggeridge en Estados Unidos, dando lugar a un torbellino de atención por par te de los medios de comunicación. Muggeridge y la Madre Teresa aparecieron varias veces realizando un «doble acto», como la entre­vista rodada en un estudio de televisión con David Frost, que, como señaló Egan, era hijo de un pastor metodista. «Era evidente que a Frost le costaba digerir la referencia de Muggeridge al sufrimien­to como parte del eterno drama entre el Creador y sus criaturas, un drama que enriquece la vida y la vuelve más fascinante.» Egan también consideró muy poco positiva la posterior entrevista con Barbara Walters en el programa Today que vieron millones de es­pectadores de todo el país. Según Egan, Walters, una periodista muy refinada, «no se lució cuando describió a la Madre Teresa como una persona humanitaria y llenó los seis minutos de la

entre­vista con preguntas sosas, profesionales, que incitaban respuestas claras y directas». Ante los comentarios de Egan, uno tiende a pre­guntarse qué tendría que haber dicho Walters para lucirse.

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Como la hermana Teresa estaba acostumbrada a la devoción y adoración

de entrevistadores como Muggeridge, puede que Egan se haya sen­tido decepcionada al ver que Walters abordaba a la Madre Teresa con respeto, pero sin tanto entusiasmo. Si la Madre Teresa hubie­ra puesto la condición de que solo saldría en programas religiosos, quizá habría podido asegurarse de que las entrevistas solo se lleva­ran a cabo en tonos reverenciales. Pero como quería que su men­saje llegara al mayor número de espectadores, prefirió arriesgarse y conceder entrevistas con regularidad. Y, hasta los años noventa, nadie rompió las reglas no escritas.

En enero de 1972, era evidente que el crisol del que emergió Bangladesh había dado lugar a mucho más que al nacimiento de una nación. Según las cifras proporcionadas por la organización católica Cáritas, las tropas paquistaníes, antes de que el ejército indio las derrotara, violaron a unas cuatro mil mujeres en

Bangla­desh. Algunos calculan que el número de mujeres violadas ascien­de a doscientas mil. El 14 de enero, la Madre Teresa anunció que iba a Bangladesh acompañada por diez monjas, entre las cuales estaba la hermana Margaret Mary, una de sus primeras seguidoras y cuya familia procedía de Dacca.

Según la declaración oficial, su intención era llevar a cabo «un proyecto de ayuda a las numerosas mujeres violadas por el ejérci­to paquistaní y que ahora se encuentran en avanzado estado de gestación». Fueron a Khulna, Pabna y Rajshahi, así como a Dacca. La Madre Teresa reconoció que no acudían muchas muchachas en busca de ayuda. «Pero lo que sí les dije fue que acogeríamos a to­dos los bebés y les buscaríamos hogares. Matar, dije, es matar inclu­so aunque la criatura no haya nacido.» El obispo local puso a la disposición de las Misioneras de la Caridad un convento de tres siglos de antigüedad para acoger a las mujeres que se presentaran e intentó tramitar el mayor número de adopciones. No todos los miles de mujeres concibieron, pues algunas intentaron abortar y solo se dio un caso en que una chica tuvo el bebé y su familia la aceptó pese a ser madre soltera. No obstante, para una muchacha musulmana violada-uno de los crímenes más condenados por el islam- el futuro se le presentaba muy negro. Al final el antiguo convento se convirtió en un Shishu Bhavan, un hogar para niños abandonados, huérfanos o desnutridos.

Fue este horrible episodio en el inventario de la crueldad del hombre lo que impulsó a la escritora australiana Germaine Greer a convertirse en una de las primeras y más feroces críticas de la Madre Teresa. La insólita pareja se reunió en otoño de 1972 en los asientos de primera clase de un avión que las conducía a una ce­remonia en la que la Madre Teresa iba a recibir «otro premio por sus servicios a la humanidad» .3

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«A fuerza de recurrir a contactos, la Madre Teresa ha acumulado un poder considerable -escribió Greer varios años más tarde-. Cuando llegó a Dacca en 1972, dos días después de que los paquistaníes se marcharan, se encontraron tres mil mujeres desnudas en los búnkeres del ejército. Les habían quitado los saris para que no pudieran ahorcarse. Las embarazadas necesitaban abortar. La Madre Teresa no les dio ninguna opción salvo la de dar a luz a los hijos del odio. En el universo de la Ma­dre Teresa no hay espacio para las prioridades morales de los

de­más. Ni siquiera se plantea la posibilidad de dar una opción a las mujeres que sufren.»

Greer fue más allá: «Los colaboradores seglares me contaron que las mujeres que estaban en avanzado estado de gestación y que sufrían complicaciones debidas a malos tratos y desnutrición se presentaban en las clínicas diciendo que las monjas de la Madre Teresa las habían echado tras acusarlas de haber intentado abor­tar... Cuando el nuevo Gobierno de Bangladesh prohibió la expor­tación de huérfanos bengalíes, de algún modo, ya sea divino o humano, la Madre Teresa fue la única persona que pudo enviar bebés bengalíes al extranjero y, por supuesto, todos acabaron en hogares católicos». Más tarde, Greer me escribió: «Unos miembros de la Asociación de Planificación Familiar de la India me contaron [los incidentes], y ninguno de ellos me permitió nombrarlos. Ha­blar mal de la Madre Teresa significa tener mala prensa.»
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