Capítulo 1 La semilla de las sombras






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títuloCapítulo 1 La semilla de las sombras
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LA RUEDA DEL TIEMPO

Volumen 4

Los Portales de Piedra


Robert Jordan

Diseño de cubierta: Singular S.L.

Título original: The Shadow Rising

Traducción: Mila López

© 1992 by Robert Jordan

All rights reserved

© Grupo Editorial Ceac, S.A., 1998

Para la presente versión y edición en lengua castellana

Timun Mas es marca registrada por Grupo Editorial Ceac, S.A.

ISBN: 84-480-3117-2 (Obra completa)

ISBN: 84-480-3121-0 (Volumen 4)

Depósito legal: B. 21.854-1998

Hurope, S.L.

Impreso en España - Printed in Spain

Grupo Editorial Ceac, S.A. Perú, 164 - 08020 Barcelona

Dedicado a Robert Marks,
escritor, maestro, erudito, amigo y fuente de inspiración.


«La Sombra resurgirá en todo el mundo y lo entenebrecerá hasta el último

confín y no habrá Luz ni cobijo. Y aquel que nacerá de Alba, de la Doncella,

según las profecías, alargará las manos hacia la Sombra para atraparla, y el

mundo doliente clamará por la salvación. Gloria al Creador, a la Luz y a aquel

que ha de renacer. Que la Luz nos guarde de él.»

Extraído de Comentarios sobre el Ciclo de Karaethon, de Sereina dar Shamelle Motara, Hermana Consejera de Comaelle, reina suprema de Jaramide,
alrededor del 325 DD, Tercera Era.

CAPÍTULO
1

La semilla de las sombras


La Rueda del Tiempo gira y las eras llegan y pasan y dejan tras de sí recuerdos que se convierten en leyenda. La leyenda se difumina, deviene mito, e incluso el mito se ha olvidado mucho antes de que la era que lo vio nacer retorne de nuevo. En una era llamada la tercera por algunos, una era que ha de venir, una era transcurrida hace mucho, comenzó a soplar un viento en los pastos de Caralain. El viento no fue el inicio, pues no existen comienzos ni finales en el eterno girar de la Rueda del Tiempo. Pero aquél fue un principio.

El viento sopló hacia el noroeste bajo las primeras luces del día, a través de infinitas extensiones de ondulada hierba y desperdigados sotos, y pasó ante el colmillo mellado del Monte del Dragón, el risco legendario que surge sobre las suaves ondulaciones de la llanura, tan alto que las nubes se enroscan en sus laderas a mitad de camino de la humeante cima. Es la montaña donde murió el Dragón y con él, según algunos, la Era de Leyenda, y donde la profecía dice que renacerá. O que ha renacido. El viento sopló hacia el noroeste, a través de los pueblos de Jualdhe, Dairein y Alindaer, donde unos puentes de piedra labrados de manera tan exquisita que semejaban encajes se elevaban en arco hacia las Murallas Resplandecientes, los enormes muros blancos de la que muchos decían era la urbe más grandiosa del mundo: Tar Valon. La ciudad a la que rozaba apenas la sombra alargada del Monte del Dragón cada anochecer.

Dentro de esas murallas, los edificios construidos por los Ogier hace más de dos mil años daban la impresión de ser algo vivo que brotaba del suelo en lugar de obras de albañilería, o ser el resultado del trabajo de erosión del viento y del agua en vez de haber salido de las manos de los fabulosos albañiles Ogier. Algunos semejaban aves remontando el vuelo; otros, conchas enormes procedentes de mares lejanos. Altas torres ahusadas, estriadas o en espiral se comunicaban entre sí con puentes que a menudo no tenían barandilla, a decenas de metros del suelo. Sólo quienes llevaban mucho tiempo en Tar Valon no se quedaban mirando boquiabiertos como palurdos que jamás han salido de sus granjas.

La mayor de esas torres, la Torre Blanca, que relucía al sol como marfil pulido, dominaba la ciudad, «La Rueda del Tiempo gira en torno a Tar Valon, y Tar Valon gira en torno a la Torre» decían sus habitantes. La primera visión de la ciudad que captaban los viajeros antes de que sus caballos tuvieran a la vista los puentes, antes de que los capitanes de los barcos fluviales avistaran la isla, era la Torre reflejando el sol como un faro. No es pues de extrañar que, a la sombra de la imponente construcción, la gran plaza que rodeaba sus jardines amurallados pareciera más pequeña de lo que realmente era, y que las personas que pasaban por ella semejaran meros insectos. Empero, aunque la Torre Blanca hubiera sido la más pequeña de Tar Valon, habría seguido inspirando un temeroso respeto en la ciudad de la isla por el hecho de ser el núcleo del poder de las Aes Sedai.

A pesar de ser muchos los que deambulaban por la plaza, la gente no se acercaba a la zona central y se limitaba a caminar por el perímetro empujándose entre sí para abrirse paso camino de sus quehaceres cotidianos; en los aledaños de los jardines había aún menos personas, y su número se reducía progresivamente hasta quedar una franja de casi diez metros de suelo pavimentado completamente vacía. Las Aes Sedai imponían un gran respeto, y más en Tar Valon, por supuesto. La Sede Amyrlin dirigía la ciudad al igual que dirigía a las Aes Sedai, pero casi nadie quería estar más cerca de su poder de lo que fuera necesario. Había una diferencia entre sentirse orgulloso de tener una gran chimenea en el salón de casa y meterse de cabeza en el fuego.

Eran muy pocos los que se acercaban más a la amplia escalinata que conducía a la Torre propiamente dicha y a sus puertas profusamente talladas, lo bastante anchas para permitir el paso de doce personas a la vez. Esas puertas estaban abiertas, como dando la bienvenida. Siempre había gente que necesitaba ayuda o una respuesta que creía que sólo las Aes Sedai podían dar; estas personas venían de lugares próximos y lejanos por igual: de Arafel y Ghealdan, de Saldaea e Illian. Muchos encontraban ayuda o guía en el interior de la Torre, aunque, a menudo, no del modo que pensaban o esperaban.

Min no se quitó la amplia capucha de la capa que mantenía oculto su rostro. Pese a que hacía una temperatura agradable, la prenda era de un tejido lo bastante ligero para no llamar la atención sobre una mujer cuya timidez saltaba a la vista; lo cierto es que eran muchos los que se sentían tímidos cuando iban a la Torre. En su aspecto no había nada que llamara la atención. Su oscuro cabello era más largo de como lo tenía la última vez que había estado allí, aunque todavía no le llegaba a los hombros, y su vestido de color azul, con finas puntillas de encaje de Jaerecuz rematando los bordes del cuello y las mangas, sería el apropiado para la hija de un acomodado granjero que se había puesto sus mejores galas para ir a la Torre, como ocurría con las otras mujeres que se acercaban a la amplia escalinata. Min confiaba en que su aspecto fuera más o menos como el de ellas, y tuvo que contenerse para no mirarlas fijamente y comprobar si caminaban o actuaban de manera distinta de ella.

«Puedo hacerlo», se dijo para sus adentros.

No había llegado tan lejos para dar media vuelta ahora. El vestido era un buen disfraz. Los que la conocían por haberla visto en la Torre antes la recordarían como una joven con el pelo muy recortado y vestida siempre con ropas de chico, nunca de mujer. Ojalá fuera un buen disfraz; tenía que serlo, porque no le quedaba más remedio que llevar a cabo la tarea que le aguardaba, le gustara o no.

El hormigueo en el estómago aumentó a medida que se acercaba a la Torre, así que apretó con más fuerza el bulto que llevaba sujeto contra el pecho. Era su ropa habitual, y sus estupendas botas, y todas sus posesiones a excepción del caballo, al que había dejado en una posada cercana a la plaza. Con suerte, estaría de nuevo a lomos del castrado dentro de unas horas, camino del puente de Osenrein y la calzada hacia el sur.

A decir verdad no tenía muchas ganas de volver a montar a caballo tan pronto, después de varias semanas subida a la silla sin un solo día de descanso, pero estaba deseando marcharse de aquel sitio. Nunca había considerado hospitalaria la Torre Blanca, y ahora mismo le parecía casi tan espantosa como la prisión del Oscuro en Shayol Ghul. Sufrió un escalofrío y deseó no haber pensado en el Oscuro.

«¿Creerá Moraine que he venido sólo porque ella me lo pidió? ¡La Luz me valga, estoy comportándome como una chiquilla estúpida, haciendo estupideces por un estúpido hombre!»

Subió los peldaños no sin dificultad, ya que eran tan anchos que tenía que dar dos pasos para acceder al siguiente. A diferencia de los demás, Min no hizo un alto para mirar pasmada la pálida e imponente silueta de la Torre. Quería acabar cuanto antes con esto.

En el interior, el amplio y redondo vestíbulo estaba rodeado casi por completo de accesos abovedados, pero los peticionarios se apiñaban en el centro de la estancia y rebullían con nerviosismo debajo de la plana cúpula del techo. La blanca piedra del suelo estaba desgastada y pulida por el roce de incontables pies nerviosos a lo largo de siglos. Nadie pensaba en otra cosa que no fuera el lugar donde se encontraba y el motivo que lo había llevado allí. Un granjero y su esposa, vestidos con burdas ropas de lana, se aferraban las callosas manos y rozaban con el hombro a una mercader engalanada de terciopelo y sedas, a la que acompañaba una doncella que estaba pegada a sus talones y que sostenía entre las manos crispadas un cofrecillo repujado en plata que debía de ser el regalo de su señora para la Torre. En cualquier otro sitio, la mercader habría mirado con altanería a la pareja de granjeros por acercarse tanto, y probablemente ellos habrían agachado la cabeza y se habrían retirado mientras pedían disculpas. Pero no en aquel momento. No allí.

Había pocos hombres entre los peticionarios, cosa que no sorprendió a Min. La mayoría se ponían muy nerviosos cuando estaban cerca de las Aes Sedai. Todo el mundo sabía que había sido un varón Aes Sedai, cuando todavía los había, el responsable del Desmembramiento del Mundo. Los tres mil años transcurridos no habían borrado ese recuerdo, aunque el tiempo sí había cambiado muchos de los detalles. A los niños todavía los asustaban los cuentos sobre hombres que podían encauzar el Poder Único; hombres abocados a la locura por causa del saidin, la mitad masculina de la Fuente Verdadera y que el Oscuro había corrompido. Peores eran las historias sobre Lews Therin Telamon, el Dragón, el Verdugo de la Humanidad, que había provocado el Desmembramiento. A decir verdad, tales historias asustaban incluso a los adultos. Según las profecías, el Dragón volvería a nacer en la hora de mayor necesidad de la humanidad para luchar contra el Oscuro en el Tarmon Gai'don, la Última Batalla, pero tal cosa no hacía cambiar de parecer a la mayoría respecto a la conexión entre los hombres y el Poder. En la actualidad, cualquier Aes Sedai daría caza a un hombre capaz de encauzar; de los siete Ajahs, el Rojo se dedicaba a ello casi de manera exclusiva.

Ni que decir tiene que todo eso no tenía nada que ver con buscar ayuda de las Aes Sedai; empero, pocos hombres se sentían cómodos con la idea de estar relacionados de un modo u otro con las Aes Sedai y con el Poder. La excepción eran los Guardianes, pero cada cual estaba vinculado a una Aes Sedai concreta; además, los Guardianes tenían muy poco que ver con los hombres corrientes. Según el dicho: «Para quitarse una espina clavada, un hombre se cortará la mano antes que pedir ayuda a una Aes Sedai». Las mujeres lo decían para comentar la obstinada necedad de los hombres, pero Min había oído manifestar a algunos varones que la pérdida de la mano sería la mejor elección.

Se preguntó qué harían esas personas si supieran lo que sabía ella. Quizás echar a correr mientras gritaban. Y si supieran la razón por la que estaba allí, tal vez no sobreviviría hasta que los guardias de la Torre la prendieran y la metieran en una celda. Contaba con amigas en la Torre, pero no tenían poder ni influencia. Si su propósito se descubría, era más fácil que las arrastrara con ella a la horca o al tajo en vez de que ellas pudieran ayudarla. Y eso, siempre y cuando viviera para que la juzgaran, por supuesto; probablemente, su boca quedaría cerrada para siempre mucho antes de que hubiera un juicio.

Min se exhortó a alejar esos pensamientos de su cabeza.

«He conseguido entrar, y conseguiré salir. ¡Que la Luz fulmine a Rand al'Thor por meterme en esto!»

Tres o cuatro Aceptadas de la edad de Min o quizás un poco mayores deambulaban por la estancia redonda y hablaban en voz queda a los peticionarios. Sus vestidos eran blancos, sin adornos, salvo por las siete bandas de color en el repulgo, una por cada Ajah. De vez en cuando, una novicia, una muchacha aun más joven o incluso una niña, vestida completamente de blanco, se presentaba para conducir a alguien al interior de la Torre. Los peticionarios seguían siempre a las novicias con una sensación mezcla de ansiedad y renuencia.

Los dedos de Min se crisparon con fuerza sobre el paquete cuando una de las Aceptadas se paró delante de ella.

—Que la Luz te ilumine —dijo la mujer de cabello rizoso de manera rutinaria, por encima—. Me llamo Faolain. ¿En qué puede ayudarte la Torre?

El rostro moreno y redondo de Faolain denotaba la paciencia de quien lleva a cabo un trabajo tedioso cuando le apetecería estar haciendo otra cosa; estudiar, por ejemplo, por lo que Min sabía de las Aceptadas. Aprendiendo a ser Aes Sedai. Sin embargo, lo importante era que en sus ojos no había atisbo de haberla reconocido. Aunque de manera breve, Min y la Aceptada se habían conocido en la Torre antes.

Aun así, Min agachó la cabeza con fingida timidez. Hacer tal cosa no era extraño, ya que mucha gente del campo no entendía la gran diferencia entre ser una Aceptada y una Aes Sedai. Ocultando los rasgos bajo el embozo de la capucha, Min esquivó la mirada de Faolain.

—Hay una pregunta que he de hacer a la Sede Amyrlin —empezó, pero enmudeció de repente cuando tres Aes Sedai se pararon para echar una ojeada al interior del vestíbulo, dos desde uno de los accesos en arco y la tercera desde otro.

Las Aceptadas y las novicias hacían una reverencia si en su recorrido pasaban cerca de una de las Aes Sedai, pero por lo demás proseguían con su tarea, puede que con un poco más de entusiasmo. Nada más. Pero no ocurrió lo mismo con los peticionarios, que parecieron quedarse sin respiración. Lejos de la Torre Blanca, lejos de Tar Valon, tal vez hubieran pensado que las Aes Sedai eran tres mujeres cuya edad no sabían calcular, tres mujeres en la flor de la vida y, sin embargo, con un aire de madurez que no concordaba con sus tersas mejillas. Dentro de la Torre, empero, no había lugar a duda. El tiempo no dejaba huella en una mujer que había trabajado durante mucho tiempo con el Poder Único, como ocurría con las demás. En la Torre, nadie tenía que ver un anillo dorado de la Gran Serpiente para reconocer a una Aes Sedai.

Una oleada de reverencias se extendió entre el grupo arracimado, en tanto que los escasos hombres inclinaban la cabeza con gesto torpe, vacilante. Incluso hubo dos o tres personas que se hincaron de rodillas en el suelo. La rica mercader parecía asustada; la pareja de granjeros que estaba a su lado miraba embobada a las leyendas hechas realidad. El trato con las Aes Sedai era cosa de oídas para la mayoría; no parecía probable que ninguno de los presentes, a excepción de los que vivían en Tar Valon, hubiera visto una Aes Sedai hasta ahora, y seguramente los vecinos de la ciudad nunca habían estado tan cerca de una de ellas.

Pero no fueron las Aes Sedai quienes hicieron enmudecer a Min. A veces, no muy a menudo, veía cosas cuando miraba a la gente, imágenes y aureolas que por lo general rutilaban un instante para después desaparecer. De tanto en tanto sabía lo que significaban, pero ello era poco frecuente, mucho menos frecuente que la percepción de imágenes. Sin embargo, cuando comprendía el significado, nunca se equivocaba.

A diferencia de la mayoría de la gente, las Aes Sedai, así como sus Guardianes, siempre tenían aureolas e imágenes, y en ocasiones eran tan numerosas y cambiantes que mareaban a Min. Empero, el hecho de que fueran numerosas no influía en la interpretación; sabía lo que significaban para las Aes Sedai tan raramente como para el resto de la gente. Pero esta vez supo más de lo que hubiera querido, y ello la hizo estremecerse.

Una mujer esbelta, con el negro cabello colgando hasta la cintura, la única de las tres que reconoció —se llamaba Ananda y pertenecía al Ajah Amarillo— tenía un halo de un enfermizo color marrón, arrugado y partido por fisuras putrefactas que se ensanchaban y alargaban a medida que se descomponían. La otra Aes Sedai que estaba al lado de Ananda, una mujer baja con el cabello rubio, era del Ajah Verde a juzgar por el color de los flecos del chal que llevaba. Cuando la mujer se giró, en su espalda apareció un instante la Llama Blanca de Tar Valon; y en el hombro, como cobijada entre las hojas de parra y las ramas de manzanos en flor bordados en el chal, había una calavera humana, una calavera de mujer, limpia y blanquecina. La tercera Aes Sedai, una mujer bonita y regordeta que se encontraba al otro lado de la estancia redonda, no llevaba chal; la mayoría de las Aes Sedai sólo lo llevaban en las ceremonias. La barbilla alzada y la postura erguida de los hombros denotaban un carácter fuerte y orgulloso. Parecía estar contemplando a los peticionarios con los fríos ojos azules ocultos por un velo de sangre hecho jirones y flámulas carmesí que le corrían cara abajo.

Sangre, calavera y halo desaparecieron entre las danzantes imágenes que ondeaban en torno a las tres mujeres, aparecieron y volvieron a desvanecerse. Los peticionarios las miraban con sobrecogido respeto, viendo sólo a tres mujeres que tenían acceso a la Fuente Verdadera y podían encauzar el Poder Único. Nadie salvo Min vio el resto. Nadie salvo Min supo que esas tres mujeres iban a morir, y todas en el mismo día.

—La Amyrlin no puede ver a todo el mundo —dijo Faolain con un tono de impaciencia apenas disimulado—. Su próxima audiencia pública no tendrá lugar hasta dentro de diez días. Dime qué quieres y haré los arreglos oportunos para que veas a la hermana que mejor te pueda atender.

Min bajó los ojos hacia el bulto que llevaba en los brazos y no los movió de allí, en parte para no volver a ver lo que ya había visto. ¡Las tres! ¡Oh, Luz! ¿Qué probabilidades había de que tres Aes Sedai murieran el mismo día? Pero lo sabía. Lo sabía.

—Tengo derecho a hablar con la Sede Amyrlin. En persona. —Era un derecho rara vez exigido porque ¿quién iba a atreverse?, pero existía—. Cualquier mujer tiene ese derecho, y yo lo pido.

—¿Es que crees que la propia Sede Amyrlin puede ver a todo el mundo que viene a la Torre Blanca? Sin duda otra Aes Sedai podrá ayudarte. —Faolain daba énfasis a los títulos como si con ello intentara apabullar a Min—. Y ahora, dime qué te ha traído aquí. Y cómo te llamas, para que la novicia sepa a quién ha de conducirte.

—Me llamo... Elmindreda. —Min se encogió sin poder remediarlo. Siempre había odiado su nombre completo, pero la Amyrlin era una de las pocas personas vivas que lo habían oído. Ojalá lo recordara—. Tengo derecho a hablar con la Sede Amyrlin. Y mi petición sólo la oirá ella. Estoy en mi derecho.

—¿Elmindreda? —La Aceptada enarcó una ceja, y sus labios se curvaron en un atisbo de sonrisa divertida—. Y reclamas tu derecho. De acuerdo. Avisaré a la Guardiana de las Crónicas que quieres ver a la Sede Amyrlin en persona, Elmindreda.

Min deseó abofetear a la mujer por el modo en que recalcó «Elmindreda», pero en lugar de ello se obligó a musitar:

—Gracias.

—No me las des. Sin duda pasarán horas antes de que la Guardiana tenga tiempo para responder, y seguramente será para decir que tendrás que hacer tu petición en la próxima audiencia de la madre. Espera con paciencia, Elmindreda. —Le dedicó a Min una sonrisa tirante, casi una mueca burlona, mientras se alejaba.

Prietos los dientes, Min cogió el bulto y se dirigió hacia una pared entre dos de los arcos, donde procuró pasar lo más inadvertida posible.

«No confíes en nadie, y evita llamar la atención hasta que estés ante la Amyrlin», le había dicho Moraine, y ella era una Aes Sedai de la que se fiaba. Casi siempre. En cualquier caso, era un buen consejo. Lo único que tenía que hacer era llegar ante la Amyrlin, y todo habría terminado. Podría volver a ponerse sus ropas, ver a sus amigos, y marcharse. Ya no haría falta que se escondiera.

Sintió alivio al ver que las Aes Sedai se habían marchado. Tres Aes Sedai muertas en un mismo día. Imposible; era la única palabra que podía definirlo. Y, sin embargo, iba a ocurrir. Ella no podía hacer ni decir nada para cambiarlo, ya que cuando sabía el significado de una imagen, ocurría, pero tenía que contárselo a la Amyrlin. Podía ser incluso tan importante como la información que traía de Moraine, aunque tal cosa era difícil de creer.

Otra Aceptada vino a reemplazar a una que estaba allí, y en esta ocasión Min vio unas barras flotando delante de su lozano rostro, como los barrotes de una jaula. Sheriam, la Maestra de las Novicias, se asomó al vestíbulo y echó una ojeada; Min agachó la cabeza y clavó los ojos en el suelo, no sólo porque Sheriam la conocía muy bien, sino porque había visto el rostro de la pelirroja Aes Sedai contusionado y magullado. No era una imagen real, desde luego, pero aun así Min tuvo que morderse los labios para contener una exclamación. Sheriam, con su tranquila autoridad y su aire de seguridad, era tan indestructible como la Torre. Nada podía hacer daño a Sheriam, sin duda. Pero algo se lo iba a hacer.

Una Aes Sedai que llevaba el chal del Ajah Marrón y a la que Min no conocía acompañó a la puerta a una fornida mujer que vestía ropas de fina lana roja. La mujer caminaba con la ligereza de una niña, el rostro resplandeciente y casi riendo de contento. La hermana del Ajah Marrón también sonreía, pero su halo se disipó como la llama de una vela consumida.

Muerte. Heridas, cautividad y muerte. Para Min estaba tan claro como si lo viera escrito en una hoja de papel.

Bajó los ojos al suelo otra vez; no quería ver nada más.

«Haz que lo recuerde. ¡Oh, Luz, haz que recuerde ese estúpido nombre!» pensó. No se había sentido desesperada en ningún momento durante el largo viaje desde las Montañas de la Niebla, ni siquiera en las dos ocasiones en que alguien intentó robarle el caballo. Pero ahora sí.

—¿Señora Elmindreda?

Min se sobresaltó. La novicia de cabello negro que estaba delante de ella apenas era lo bastante mayor para haber abandonado su casa, unos quince o dieciséis años, aunque se esforzaba mucho por aparentar un aire de dignidad.

—Sí. Ése es mi... Así me llamo.

—Soy Sahra. Si tenéis la bondad de acompañarme, la Sede Amyrlin os recibirá ahora en su estudio. —En la aflautada voz de Sahra había un timbre de asombro.

Min soltó un suspiro de alivio y siguió a la novicia.

La amplia capucha de la capa todavía le cubría el rostro, pero no le impedía ver, y cuanto más veía, más ansiosa se sentía por llegar ante la Amyrlin. Había pocas personas por los amplios corredores que ascendían en espiral, con sus baldosas de brillantes colores, sus tapices y sus candelabros dorados —la Torre se había construido para albergar muchas más personas de las que acogía ahora—, pero casi todas con las que se cruzó mientras subía tenían alguna imagen o halo que le hablaba de violencia y peligro.

Algunos Guardianes pasaron junto a ellas sin apenas dirigirles una rápida ojeada; eran hombres que se movían como los lobos en una partida de caza, la espada una simple extensión de su naturaleza mortífera, pero a los ojos de Min sus rostros estaban ensangrentados y tenían horribles heridas. Espadas y lanzas se agitaban alrededor de sus cabezas, amenazadoras, y sus halos destellaban violentamente, titilando al aguzado filo de la muerte. Min veía hombres muertos caminando, y supo que perecerían el mismo día que las Aes Sedai del vestíbulo o como mucho al día siguiente. Hasta algunos sirvientes, hombres y mujeres con la Llama de Tar Valon en el pecho y que se movían diligentes en sus tareas, mostraban signos de violencia. Una Aes Sedai a la que atisbó de refilón en un pasillo lateral tenía cadenas a su alrededor, flotando en el aire; y otra, que avanzaba delante de Min y su guía por el corredor, parecía llevar una collar plateado alrededor del cuello. Min se quedó sin respiración al ver eso y sintió ganas de gritar.

—Puede resultar algo abrumador para quien lo ve por primera vez —dijo Sahra, que intentaba, sin éxito, dar la impresión de que para ella la Torre era una cosa tan corriente como su pueblo natal—. Pero aquí estáis a salvo. La Sede Amyrlin lo arreglará todo, ya veréis. —Su voz se quebró un poco al mencionar a la Amyrlin.

—La Luz lo quiera —masculló Min.

La novicia le dedicó una sonrisa destinada a tranquilizarla. Cuando entraron en el vestíbulo que daba al estudio de la Amyrlin, Min tenía el estómago hecho un nudo y caminaba tan deprisa que casi pisaba los talones de Sahra. Si no fuera porque tenía que fingir que era nueva aquí, hacía rato que habría echado a correr, adelantándola.

Una de las puertas de los aposentos de la Amyrlin se abrió, y un hombre joven y con el cabello de un tono rubio rojizo salió por ella y estuvo a punto de tropezar con Min y su acompañante. Era alto y fuerte, de buen porte, y vestía una chaqueta azul con profusos bordados en oro en las mangas y en el cuello; era Gawyn, de la casa Trakand, el hijo mayor de la reina Morgase de Andor, y todo en él denotaba el orgulloso joven noble que era. Un joven noble enfurecido. Min no tuvo tiempo de agachar la cabeza.

Gawyn la miraba fijamente a la cara, y sus ojos se abrieron mucho en un gesto de sorpresa, aunque enseguida se estrecharon, reduciéndose a meras rendijas azules, frías como el hielo.

—Así que has vuelto. ¿Sabes adónde han ido mi hermana y Egwene?

—¿No están aquí? —Un pánico repentino hizo que Min olvidara toda precaución. Sin darse cuenta de lo que hacía, lo agarró por las mangas y lo obligó a retroceder un paso mientras lo miraba con apremio—. Gawyn, ¡salieron para la Torre hace meses! Elayne y Egwene, y también Nynaeve. Iban con Verin Sedai y... Oh, Gawyn, yo..., yo...

—Tranquilízate —dijo él, que le soltó las manos crispadas de su chaqueta con suavidad—. ¡Luz, no era mi intención asustarte así! Llegaron sanas y salvas, aunque no quisieron decir una palabra de dónde habían estado o por qué. Al menos, a mí no. ¿Por casualidad lo sabes tú? —Min creyó mantener el gesto impasible, pero Gawyn la miró y dijo—: Lo suponía. En este lugar hay más secretos que... Han desaparecido otra vez. Y también Nynaeve. —Añadió el último nombre como de improviso; tal vez era amiga de Min, pero para él no significaba nada—. Y de nuevo sin avisar. ¡Sin avisar! Supuestamente están en una granja, en alguna parte, como castigo por escapar, pero no he conseguido descubrir dónde. La Amyrlin no me ha dado una respuesta concreta.

Min se encogió; por un momento, unos regueros de sangre reseca habían convertido el rostro de Gawyn en una sombría máscara. Fue como un doble mazazo: sus amigas se habían marchado —la idea de que estaban allí había hecho más fácil su viaje a la Torre—, y Gawyn iba a resultar herido el mismo día en que las Aes Sedai morirían.

A pesar de todo cuanto había visto desde que había entrado en la Torre, a pesar de su temor, nada de ello la había afectado personalmente hasta ahora. El desastre que se abatiría sobre la Torre se extendería más allá de Tar Valon, pero ella no pertenecía a este lugar y nunca lo haría. Sin embargo, Gawyn era alguien a quien conocía, a quien apreciaba, e iba a salir mucho más herido de lo que indicaba la sangre que había visto, más profundamente que con cualquier herida física. Tuvo la revelación de que, si la catástrofe alcanzaba a la Torre, no sólo saldrían heridas unas Aes Sedai con las que nada tenía que ver, mujeres con las que nunca estaría unida, sino también sus amigas. Ellas sí pertenecían a la Torre.

En cierto modo, se alegró de que Egwene y las otras no estuvieran allí; se alegró de no poder mirarlas y tal vez ver indicios de sus muertes. Y, sin embargo, quería mirarlas para estar segura, para no ver nada en ellas o ver que vivirían. En nombre de la Luz, ¿dónde estaban? ¿Por qué se habían marchado? Conociendo a las tres, creyó posible que, si Gawyn no sabía adónde habían ido, era porque no querían que lo supiera. Podía ser eso.

De repente recordó dónde estaba y por qué, y que no se encontraba sola con Gawyn. Sahra parecía haber olvidado que conducía a Min a presencia de la Amyrlin; parecía haber olvidado todo excepto al joven noble, a quien miraba con ojos tiernos, bien que él no lo notaba. Con todo, ya era inútil fingir que no conocía la Torre. Estaba ante la puerta de la Amyrlin, y ya no había nada que la pudiera detener.

—Gawyn, no sé dónde se encuentran, pero si están cumpliendo penitencia en una granja, sin duda estarán sudando a mares y con barro hasta la cintura, así que tú serías la última persona que querrían que las viera. —En realidad, estaba tan intranquila como Gawyn por la ausencia de sus amigas. Habían pasado muchas cosas, y estaban ocurriendo muchas más, y la mayoría tenía relación con ellas y consigo misma. Pero cabía en lo posible que las hubieran enviado a un lugar apartado como castigo—. No las ayudarás irritando a la Amyrlin.

—Ignoro si es cierto que están en una granja. Ni siquiera sé si están vivas. ¿A qué viene tanto secreto y tanta evasiva si sólo están arrancando malas hierbas? Como le ocurra algo a mi hermana... O a Egwene... —Bajó la vista al suelo con gesto ceñudo—. Se supone que he de cuidar de Elayne, pero ¿cómo voy a protegerla si ni siquiera sé dónde está?

—¿Crees que necesita que la cuiden? ¿Cualquiera de ellas? —Min suspiró. Claro que, si la Amyrlin las había enviado a alguna parte, quizá sí lo necesitaban. La Amyrlin era capaz de enviar a una mujer a la guarida de un oso sin mudar siquiera el gesto si ello convenía a sus propósitos. Y esperaría que la mujer regresara con la piel del oso o tirando del animal por una traílla, dependiendo de sus instrucciones. Pero decirle eso a Gawyn sólo conseguiría avivar su mal humor y aumentar su preocupación—. Gawyn, se han comprometido con la Torre, y no te agradecerán que te inmiscuyas.

—Sé que Elayne ya no es una niña —dijo el joven noble con paciencia—, a pesar de que a veces actúe como tal y otras juegue a ser una Aes Sedai. Pero es mi hermana, y, ante todo, es la heredera del trono de Andor. Será mi reina, después de mi madre. El reino la necesita sana y salva para que ocupe el trono y que no ocurra otra Sucesión de Andor.

¿Jugar a ser una Aes Sedai? Por lo visto, Gawyn no se daba cuenta del alcance del talento de su hermana. Desde que existía el reino, todas las herederas del trono de Andor habían sido enviadas a la Torre para ser entrenadas, pero Elayne era la primera con suficiente talento para alcanzar el título y ser una poderosa Aes Sedai. Probablemente, Gawyn tampoco sabía que el poder de Egwene era igualmente fuerte.

—¿Así que la protegerás lo quiera o no? —dijo con voz inexpresiva a fin de hacerle comprender que estaba cometiendo un error, pero él no se dio cuenta de su insinuación y asintió con la cabeza.

—Tal ha sido mi misión desde el día en que nació. Derramar mi sangre antes que se derrame la suya. Dar mi vida para salvar la de ella. Hice ese juramento cuando todavía casi no alcanzaba a verla por el borde de la cuna. Gareth Bryne tuvo que explicarme lo que significaba. Y no pienso romperlo ahora. Andor la necesita a ella más que a mí.

Lo dijo con tranquila certeza, un reconocimiento pleno de algo natural y justo que hizo estremecer a Min. Siempre había pensado en él como un muchacho risueño y bromista, pero ahora lo veía como alguien extraño. Pensó que el Creador debía de estar cansado cuando llegó el momento de hacer a los hombres; a veces casi no parecían seres humanos.

—¿Y Egwene? ¿Qué juramento hiciste con ella?

Su semblante permaneció impávido, pero movió los pies con nerviosismo.

—Estoy preocupado por Egwene, desde luego. Y por Nynaeve. Lo que les ocurra a las compañeras de Elayne también puede ocurrirle a ella. Doy por hecho que siguen juntas, ya que cuando se encontraban aquí rara vez veía a una sin la compañía de las otras.

—Mi madre me dijo siempre que me casara con un pobre mentiroso, y tú cumples todos los requisitos, salvo porque otro se te adelantó.

—Hay cosas que están predestinadas —repuso él en voz queda—, y otras que jamás ocurrirán. Galad está deshecho por la ausencia de Egwene. —Galad era su hermanastro, y ambos habían ido a Tar Valon para entrenarse con los Guardianes, siguiendo otra tradición andoriana. Galadedrid Damodred era la clase de hombre que llevaba al extremo el hacer siempre lo correcto, según el punto de vista de Min, pero Gawyn no le veía ninguna falta. Y jamás revelaría sus sentimientos por una mujer en la que Galad había puesto su corazón.

Min habría querido sacudirlo, hacerlo entrar en razón, pero ahora no había tiempo para eso, con la Amyrlin esperando y con todo lo que tenía que contarle. Y menos aún estando Sahra presente, mirara o no con ojos de cordero al joven.

—Gawyn, la Amyrlin me está esperando. ¿Dónde podemos encontrarnos cuando haya acabado de hablar con ella?

—Estaré en el patio de entrenamiento. El único momento en que olvido mi preocupación es mientras practico esgrima con Hammar. —Hammar era el Maestro de Armas y el Guardián que enseñaba esgrima—. Casi todos los días estoy allí hasta que el sol se pone.

—Entonces, de acuerdo. Iré tan pronto como me sea posible. Y procura tener cuidado con lo que dices. Si has hecho que la Amyrlin se enfade contigo, puede que repercuta en perjuicio de Elayne y Egwene.

—Eso no puedo prometerlo —dijo firmemente—. Algo va mal en el mundo. Cairhien se desangra en una guerra civil. Lo mismo, y aun peor, ocurre en Tarabon y en Arad Doman. Surgen falsos Dragones. Hay problemas y rumores por todas partes. No digo que la Torre esté tras ello, pero incluso aquí las cosas no son como deberían ser. O como parecen. La desaparición de Elayne y de Egwene no es el meollo de todo, pero sí una parte que me concierne. Descubriré dónde están, y si han sufrido algún daño... Si han muerto...

Su gesto se tornó ceñudo y por un instante su rostro volvió a ser aquella máscara sangrienta. Ahora, además, una espada flotaba encima de su cabeza, y detrás ondeaba una bandera. El arma, de empuñadura larga para asirla con las dos manos, muy semejante a las que utilizaban los Guardianes, tenía una garza grabada en su hoja ligeramente curvada, el símbolo de un maestro de la esgrima, y Min no estaba segura de si le pertenecía a Gawyn o lo amenazaba. El estandarte lucía el sello de Gawyn, el Jabalí Blanco, pero sobre campo verde, en lugar del rojo de Andor. Tanto la espada como la bandera desaparecieron con la sangre.

—Ten cuidado, Gawyn. —Lo dijo con doble sentido: cuidado con lo que decía y cuidado por algo que no podía explicar, ni siquiera a sí misma—. Debes ser muy prudente.

Los ojos del joven escudriñaron su rostro con atención, como si hubiera captado un significado más profundo en su advertencia.

—Lo intentaré —dijo finalmente. Esbozó una sonrisa, casi igual a la que ella recordaba, pero saltaba a la vista que era forzada—. Supongo que será mejor que regrese al patio de entrenamiento si no quiero quedarme retrasado con Galad. Conseguí alzarme con dos victorias de cinco contra Hammar esta mañana, pero Galad tuvo tres la última vez que se molestó en ir a los entrenamientos. —De repente dio la impresión de que la veía por primera vez, y su sonrisa se tornó sincera—. Deberías llevar vestido más a menudo. Te sienta bien. Y recuerda, estaré allí hasta la puesta de sol.

Mientras se alejaba caminando con un estilo muy parecido a la peligrosa gracia de un Guardián, Min reparó en que estaba alisándose el vestido sobre las caderas, y de inmediato dejó de hacerlo.

«¡Que la Luz fulmine a todos los hombres!», rezongó para sus adentros.

Sahra soltó el aire como si hubiera estado conteniendo la respiración.

—Es muy apuesto, ¿verdad? —dijo soñadoramente—. No tan atractivo como lord Galad, desde luego. Y lo conocéis, ¿no? —Era casi una pregunta, pero sólo casi.

Min hizo eco del suspiro de la novicia. La muchacha hablaría con sus amigas en los aposentos de las novicias, y el hijo de la reina era un tema habitual, sobre todo siendo apuesto y teniendo ese aire de héroe de una historia de juglar. El que conociera a una extraña mujer serviría de acicate para dar un nuevo interés a las especulaciones, pero no podía hacerse nada para remediarlo. En cualquier caso, ya no podía perjudicarlo.

—La Sede Amyrlin estará preguntándose por qué no hemos entrado —dijo.

Sahra volvió a la realidad con un respingo; tragó saliva con esfuerzo. Agarró a Min por una manga, se apresuró a abrir una de las puertas, y tiró de Min hacia el interior. En el momento en que estuvieron dentro, la novicia hizo una precipitada reverencia y el pánico la hizo hablar atropelladamente:

—La he traído, Leane Sedai. Es la señora Elmindreda. ¿Desea la Sede Amyrlin recibirla?

La mujer alta, de tez cobriza, que había en la antesala llevaba la estola de un palmo de ancho propia de la Guardiana de las Crónicas, de color azul para mostrar que procedía del Ajah de ese color. Con los puños en las caderas, esperó a que la jovencita terminara de hablar.

—Mucho has tardado en hacerlo, muchacha. Regresa a tus quehaceres —la despidió.

Sahra hizo una última reverencia y se escabulló con tanta rapidez como había entrado.

Min permaneció con la mirada gacha, la capucha todavía echada sobre la cabeza. Meter la pata delante de Sahra ya había sido bastante malo, aunque por lo menos la novicia no sabía su nombre, pero Leane la conocía mejor que cualquier otra persona de la Torre a excepción de la Amyrlin. Min estaba segura de que a estas alturas poco importaba ya, pero, después de lo ocurrido en el pasillo, tenía intención de atenerse a las instrucciones de Moraine hasta que se encontrara a solas con la Amyrlin.

Esta vez sus precauciones no sirvieron de nada. Leane adelantó dos pasos, le retiró la capucha, y gimió como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago. Min levantó la cabeza y le sostuvo la mirada con actitud desafiante, intentando fingir que su intención no era pasar inadvertida. El cabello liso y oscuro, sólo un poco más largo que el suyo propio, enmarcaba el rostro de la Guardiana; la expresión de la Aes Sedai era una mezcla de sorpresa y desagrado por haberse dejado sorprender.

—Así que eres Elmindreda —dijo Leane enérgicamente—. He de decir que te sienta mejor ese vestido que tu ropa... habitual.

—Llamadme Min, Leane Sedai, por favor. —Min se las arregló para guardar la compostura, aunque le costaba evitar mirar duramente a la Guardiana, en cuya voz había un timbre zumbón. Si su madre había querido ponerle el nombre de un personaje de un relato ¿por qué tuvo que ser el de una mujer que estaba todo el tiempo dedicando suspiros a los hombres o despertando su inspiración para componer canciones referentes a sus ojos o a su sonrisa?

—De acuerdo, Min. No preguntaré dónde has estado ni por qué has vuelto ataviada con un vestido y con la aparente intención de hacer una pregunta a la Amyrlin. Al menos, de momento no. —Su expresión dejaba muy claro que pensaba hacerlo más adelante y que no se conformaría con cualquier respuesta—. Supongo que la madre sabe quién es Elmindreda, ¿verdad? Sí, por supuesto. Debí suponerlo cuando ordenó que se te hiciera pasar de inmediato, y sola. Sólo la Luz sabe por qué te soporta. —Hizo una pausa y frunció el entrecejo—. ¿Qué pasa, muchacha? ¿Estás enferma?

Min se esforzó por mantener un gesto inexpresivo.

—No. No, estoy bien. —Durante un instante la Guardiana la había mirado a través de una máscara transparente de su propio semblante, una máscara crispada en un grito—. ¿Puedo entrar ya, Leane Sedai?

Leane la observó intensamente un momento más y después señaló la puerta de la cámara con un gesto brusco de la cabeza.

—Pasa —dijo.

La premura con que Min obedeció la orden habría satisfecho a la persona más exigente.

El estudio de la Sede Amyrlin había estado ocupado por muchas mujeres importantes y poderosas a lo largo de los siglos y la estancia estaba llena de recordatorios al respecto, desde una alta chimenea totalmente construida con mármol dorado de Kandor, ahora apagada, hasta el revestimiento de las paredes con entrepaños de una madera pálida y de extraño veteado, dura como el hierro y, aun así, trabajada con tallas que representaban bestias fabulosas y aves de singular plumaje. Dichos paneles se habían traído de las tierras misteriosas que había más allá del Yermo de Aiel, hacía más de un milenio, y la chimenea era el doble de antigua. Las baldosas de piedra roja pulida procedían de las Montañas de la Niebla. Los altos ventanales de medio punto se abrían a una balconada; la piedra tornasolada que enmarcaba los ventanales brillaba como perlas, y había sido rescatada de las ruinas de una ciudad que se hundió en el Mar de las Tormentas durante el Desmembramiento del Mundo; nunca se había visto cosa parecida.

La actual ocupante, sin embargo, Siuan Sanche, era hija de un pescador de Tear, y los muebles que había elegido eran austeros aunque bien construidos y pulidos por el tiempo y la cera. Estaba sentada en una sólida silla, detrás de una mesa grande y tan simple que no habría desentonado en una granja. La única otra silla que había en el estudio era igualmente sencilla, y por lo general estaba colocada a un lado, pero ahora se encontraba delante de la mesa, encima de una pequeña alfombra teariana con un simple diseño en colores azul, marrón y dorado. Media docena de libros descansaban, abiertos, sobre atriles repartidos por la estancia. Eso era todo. Encima de la chimenea colgaba una pintura que representaba pequeños botes de pesca faenando en los cañaverales de los Dedos del Dragón, como lo había hecho el bote de su padre.

A primera vista y a despecho de sus suaves rasgos, Siuan Sanche tenía la misma apariencia sencilla que sus muebles. También era recia, más atractiva que hermosa, y el único adorno de su atuendo era la ancha estola de la Sede Amyrlin que llevaba, con una franja de cada color de los siete Ajahs. Como ocurría con cualquier Aes Sedai, era imposible determinar su edad; en su oscuro cabello no había el menor atisbo de canas. Pero sus penetrantes ojos azules no admitían tonterías, y su firme mandíbula denotaba la férrea determinación de la mujer más joven que había sido elegida Sede Amyrlin. Durante más de diez años, Siuan Sanche había convocado a dirigentes y a poderosos, y ellos habían acudido a su llamada aun en el caso de que odiaran y temieran a la Torre Blanca y las Aes Sedai.

Mientras la Amyrlin rodeaba la mesa hacia la parte delantera, Min soltó el bulto en el suelo e inició una torpe reverencia, mascullando para sus adentros por tener que hacerlo. No es que quisiera ser irrespetuosa —tal cosa ni siquiera se le pasaba por la cabeza a cualquiera que estuviera frente a una mujer como Siuan Sanche— pero la inclinación que habría hecho normalmente con su atuendo habitual resultaría absurda llevando vestido, y
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