Título original: The last barrier






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Döst, que quiere decir "amigo" en persa. Finalmente me soltó, puso su mano sobre mi corazón y dijo: "Estambul, Estambul". Era el dueño de la librería que conocí en Estambul cuando estaba buscando al Sheik. Era verdaderamente asombroso. ¿Qué hacía ese hombre en las callejuelas de Konya esa mañana? No nos podíamos comunicar bien debido al idioma, pero no pareció molestarse por ello. Me tomó del brazo, hablando todo el tiempo en turco, y antes de que me diera cuenta de lo que estaba ocurriendo habíamos llegado a la tumba de Shams-i Tabriz. Me arrastró hasta las puertas de hierro y allí soltó mi brazo, puso su mano sobre su corazón e hizo una profunda reverencia. Yo repetí sus gestos. Luego me condujo a la puerta de la tumba que nuevamente estaba cerrada. Parecía perplejo, volvió a intentar abrir la puerta. Luego fue al fondo del edificio y lo oí hablar con alguien. Pronto regresó y después de varios minutos de búsqueda en el diccionario comprendí que el hombre que tenía la llave de la tumba estaba enfermo y por eso no abriría ese día.

Esta vez no me deprimí. La presencia del librero era bien significativa y ambos estábamos igualmente entristecidos por no poder entrar al edificio. Finalmente señaló en mi diccionario la palabra "mañana". Mientras tanto, me dijo, debía ir con él. Por sus modales parecía más una orden que una invitación de modo que lo seguí obedientemente en su recorrido por las calles. Caminamos mucho tiempo bajo la llovizna, hasta que arribamos a un pequeño edificio de apartamentos. Me indicó que lo siguiera y subimos hasta el segundo piso. A la entrada había una pila de zapatos, y mientras se sacaba los suyos me indicó que lo imitara. Golpeamos y por la puerta entreabierta apareció un rostro de mujer. Dijo: 'Ah', destrabó la cadena y nos hizo pasar.

Todo había sido tan apresurado que no había tenido tiempo de pensar, pero en cierto modo no me sorprendió encontrarme en un cuarto atestado con unos cuarenta hombres de edades diversas, desde adolescentes hasta uno muy anciano, casi doblado en dos, que debía tener como noventa años. El librero me indicó que me sentara en un sitio que se abrió para mí en el sofá. Luego, señalando a las personas del cuarto, sonrió diciendo: Derviches, derviches’. Le indicaron una silla vacía en un extremo del cuarto. Se sentó allí y los demás le hicieron una profunda reverencia, tocando con sus frentes el piso. Comenzó a cantar con voz muy aguda y nasal. La sonora respuesta de los hombres del cuarto producía un extraño contraste. Yo no entendía las palabras pero sí que al final de cada verso los hombres respondían: "Hu-Alá, Hu-Alá.' Pronto comenzó a sonar un gran tamborín y varios derviches empezaron a acompañar el ritmo con palmadas, balanceando el cuerpo al mismo tiempo. Los dos hombres que estaban sentados a mis lados me tomaron de las manos. No había tiempo para preguntar qué estaba sucediendo. Me sentí metido dentro del ritmo y pronto también me uní a ellos en las respuestas. El ritmo se hizo más intenso y rápido, y ahora los derviches, unidos por las manos, se balanceaban hacia atrás y adelante. Los que habían estado sentados en sillas y en el sofá, se pusieron de rodillas en el piso. Otro músico que tocaba una larga flauta de bambú se sumó al tamborín. Cada tanto, el librero cambiaba el ritmo golpeando con la mano en su rodilla o elevaba el tono de las respuestas cantando él más agudo. Al rato golpeó el suelo con las manos e inmediatamente todos comenzaron a cantar "Alá, Alá.' Un joven se puso de pie en el medio del círculo. Yo hacía todo lo posible por unirme a ellos y observar al mismo tiempo, cosa difícil. El librero me miró y, sonriendo me guiñó el ojo justo en el momento en que el hombre que estaba en el centro lo saludaba con una profunda reverencia, doblándose casi hasta el piso. El joven comenzó a girar, muy lentamente primero, sus brazos cruzados sobre el pecho. Poco a poco los giros se hicieron más rápidos; luego fue extendiendo los brazos mientras el ritmo aumentaba y el sonido del tambor se hacía más intenso. Yo tenía puesta una pesada chaqueta de lana y sudaba profusamente. Estaba arrodillado en una postura incómoda, mis piernas comenzaron a acalambrarse. Deseaba parar pero los hombres a mis lados me llevaban hacia atrás y adelante al ritmo de la música, hasta que finalmente perdí la sensación del cuerpo. Sólo escuchaba la llamada, 'Alá', que resonaba en mí; sólo veía una luz expandiéndose por todos lados. El derviche que giraba estaba en perfecto equilibrio, con la cabeza levemente inclinada hacia atrás y la izquierda. Sus ojos relucían. Cada tanto, él también gritaba 'Alá'. Sentí que en cualquier momento iba a perder la conciencia y no quedaría nada más que el sonido de la palabra y esa luz intensa que seguía creciendo. Pero entonces, en el momento de mayor intensidad, el derviche detuvo su girar de manera repentina. No parecía estar mareado. Simplemente se detuvo, cruzó los brazos sobre el pecho e hizo una profunda reverencia. Cesó el sonido del tambor, el zikr se fue apagando, y los hombres a mis lados me besaban las manos. El cuarto vibraba pleno de amor y gozo, como sí cada persona recibiera a los otros después de una larga separación.

Después de esto, cada uno se acercó a saludarme y luego sirvieron café. Entonces un joven se acercó a mí y me dijo: “Me llamo Farid, hablo inglés y me hará muy feliz traducir para ti y nuestro Sheik’ Se hizo un profundo silencio a medida que todos se volvían hacia nosotros.

'Por favor', comencé, 'dile que le agradezco que me haya permitido estar aquí con ustedes.' El Sheik aceptó solemnemente mi gratitud, y no fue necesario traducir su respuesta. Todos me sonrieron con gran gentileza.

Me era difícil formular la pregunta que quería hacer. 'Por favor, pregunta al Sheik,' dije finalmente, 'si es él el Sheik que yo debía visitar en Estambul. Y si lo es, por qué no me lo dijo en aquel momento.' Cuando oyó la traducción de la pregunta, el Sheik estalló en carcajadas. Se inclinó hacia adelante y hablo a Farid. 'Nuestro Sheik dice: "Por supuesto que lo soy".

'¿Por qué no me dijo entonces que mí meta había sido cumplida? ¿Por qué no me permitió presentarle mis respetos?'

‘Hay un dicho en El Corán: "Lo probaremos hasta estar bien seguros". Deseaba saber si Alá quería que nos encontráramos. Sabía que si así era. El nos volvería a reunir, de modo que me hizo feliz poder esperar.'

'Pero me habían dicho que el Sheik trabajaba en una sastrería, y tú trabajas en una librería. ¿Qué significa eso?'

El Sheik volvió a sonreír. Debes comprender que no conozco al hombre que te envió a mí, y que nunca trabajé en una sastrería. Su información no era correcta, pero de todos modos me encontraste, y eso es lo que importa.’

Cada vez que se traducía algo todos los derviches se acercaban para no perder una palabra de la conversación. Durante una hora o más la atmósfera del cuarto se cargó de electricidad. El Sheik explicaba que nunca había oído hablar de Hamid, y negaba todo posible conocimiento intuitivo de nuestro encuentro. Le pregunté si había ido a Konya por alguna razón en especial, y me dijo que iba con mucha frecuencia a visitar a sus amigos y esa era la única razón.

'¿Por qué estabas esta mañana en la plazoleta?', insistí.

'De camino a la tumba de Shams-i Tabriz; por la misma razón que tú estabas allí", contestó. 'Siempre que puedo, visito su tumba, pero ésta fue la primera vez que la encontré cerrada.'

Le dije que había ido el día anterior y le relaté todo lo que ese momento había producido en mí, tratando de explicarle, de la manera más simple posible, cuál era mi búsqueda y todos los eventos de mi vida que me habían conducido hasta este momento. 'Eres demasiado serio', dijo. '¿Por qué eres tan serio? ¿Acaso crees que El no tiene sentido del humor? Con seguridad se está riendo mucho en este momento, viendo a un inglés aquí, entre nosotros, preguntando todas estas cosas, mientras El supo, desde el principio, que todo esto sucedería.

‘hora dime, ¿es la primera vez que te encuentras entre derviches?'

Le expliqué que al principio, el objetivo de mi búsqueda era averiguar si los derviches tenían conocimientos de curación, el tema que más me interesaba entonces, pero que luego habían sucedido tantas cosas que finalmente lo único que me interesaba ahora era encontrarme a mí mismo, conocer el sentido y la utilidad de mi vida en este mundo.

‘Ah', dijo. 'Si buscaras solamente información para ti mismo, jamás nos hubieras encontrado. Por eso tu maestro te hizo esperar tanto tiempo. Sin duda él te habrá dicho que el conocimiento es dado y no adquirido y que no recibimos a los que tratan de coleccionar información. Incluso les damos pistas falsas para que no encuentren lo que buscan. Esto de la curación es muy interesante, pero es necesario recordar que lo primero es Dios, de Quien surge todo lo demás. Los derviches somos muy orgullosos; además, sabes que estas reuniones son ilegales en este país. Se te permitió asistir sólo porque tus motivos son sinceros.'

Yo estaba confundido. ¿Cómo era posible que el Sheik no conociera a Hamid y que Hamid lo conociera a él? Formulé esta pregunta lo más cautelosamente posible. Y todos estallaron en carcajadas.

'¿Pero por qué se ríen?, rogué que me respondieran.

'Si no fueras occidental respondió el Sheik, 'no habrías hecho esa pregunta. Para nosotros es claro, peo no me es posible explicártelo. Si tratara de hacerlo tendría que usar la razón, y la respuesta no tiene nada que ver con la razón.

Si bien el joven que traducía tenía de tanto en tanto dificultad para encontrar las palabras inglesas adecuadas, parecía conocer las ideas que a mí me costaba tanto comprender.

Traté nuevamente, con otra pregunta. ‘Aún no comprendo. ¿Cómo sabía Hamid que yo te encontraría? ¿Y cómo sabía de tu existencia?'

El Sheik hizo silencio unos instantes. Luego dijo: Te contaré una historia. Si puedes comprenderla, obtendrás respuesta a tu pregunta.

‘En el principio era la palabra. Y pronunció Dios la palabra y dijo: “¡Sea!" Y todas las cosas fueron. En ese momento, todo lo que alguna vez sería, fue; esa palabra encerraba todo lo necesario para que todo acaeciera y para que pudiéramos ver más allá de este mundo: el mundo real. De modo que en el principio todo es. Sin embargo, lo que tú ves aquí y ahora no es el mundo real, y lo que te digo, si lo que escuchas es la forma de las palabras, tampoco es real. En cambio, si prestas atención al suspirar del viento, escucharás el mensaje de la verdad. Y si envías tu mensaje con el viento, tarde o temprano alguien prestará atención y lo oirá. No es posible saber con seguridad quién lo escuchará; sin embarco, en Realidad, sólo existe El, de modo que es El Mismo el que escucha el mensaje y El Mismo el que lo envía. Ahora presta atención al sonido del viento.'

El Sheik puso un dedo sobre sus labios y en el cuarto se produjo un silencio total. 'Escucha', repitió, ‘y oirás el sonido de la telepatía.'

Lentamente el cuarto se llenó de sonido; el sonido origen de todos los sonidos: 'Hu', el sonido contenido en el viento. Lo impregnaba todo. Yo ya no buscaba más. El sonido traía la búsqueda, y el mensaje era el sonido 'Hu'. El arte de trasmitir una idea de persona a persona a través del espacio es otra forma sutil del lenguaje, y todo lenguaje proviene del primer mandato de Dios que dio Ser al mundo. Por eso se rieron los derviches ante mi pregunta. No era importante si Hamid había oído hablar del Sheik. Lo verdaderamente importante era que estábamos juntos, todos estábamos allí, y la llave que abriría la puerta no era el misterio encerrado en todo esto. El momento era lo que abría la puerta. Sí bien mi pregunta intentaba desentrañar el enigma de la comunicación, lo que verdaderamente estaba preguntando era: '¿Por qué estoy aquí?', de modo que la respuesta podía ser expresada del modo en que fue expresada.

Me pareció que había otra pregunta que podía formular al Sheik. Una pregunta que me acosaba desde hacía tiempo.

'¿Qué es un derviche?’, pregunté.

Me miró, e hizo un largo silencio antes de volver a hablar. 'Como sabes', dijo, 'preferimos expresarnos a través de historias, y una de las razones de esto es que se puede escuchar una historia una y otra vez y como cada momento es diferente y nunca se repite, la historia tendrá un nuevo significado cada vez que se presenta; según tu estado de animo, el lugar desde donde la escuches, la hora del día y mil cosas más. De modo que la historia que te contaré no tendrá una interpretación. La escucharás, la estudiarás, y quizás algún día, podrás comprender.'

Y continuó así: 'Había una vez un enjambre de mosquitos. Soplaba el viento y como la ventana de la casa del Sheik estaba abierta, los mosquitos entraron con el viento. Del otro lado del cuarto había otra ventana abierta y los mosquitos que entraron por una salieron por la otra; todos, excepto uno. Este aterrizó en la rodilla de la esposa del Sheik. El Sheik lo miro sonrió y de un golpe lo mató con la palma de su mano. El mosquito que había muerto se transformó en derviche.'

Luego, se puso de pie, oró frente a nosotros e indicó que la reunión había terminado. A Farid y a mí nos señaló que lo siguiéramos hasta la calle.

'Tengo algo que decirte', comenzó. 'Parto esta noche de regreso a Estambul. Si quieres, puedes venir conmigo’.

‘Es muy amable de tu parte, pero prometí visitar las tres tumbas, y no creo que deba irme sin hacerlo’

‘La visita a las tumbas te fue vedada dos veces', dijo. 'Quizás no sea el momento oportuno. Quizás haya algo que debes hacer antes de estar preparado para ser recibido. Si quieres, tú y Farid pueden venir conmigo a Estambul. Tú decides.'

Al joven le estaba resultando difícil ocultar su entusiasmo ante el proyecto, pero yo no sabía qué hacer; estaba dividido entre el deseo de seguir conversando con el Sheik y el sentimiento de que debía quedarme en Konya para llevar a cabo lo que mi había sido encomendado.

‘Parto a las siete de la tarde en punto. Si decides venir, únete a nosotros en la plazoleta.'

Tomó a Farid del brazo; se despidieron de mí y quedé solo.

Nueve
El verdadero Conocimiento proviene de tres cosas: una lengua que repite el nombre de Dios. un corazón agradecido y un cuerpo paciente.
Aflaki, The Whirling Ectasy
La razón es ilusión de realidad.
Hazrat Inayat Kahn
Protege tu corazón para que no tienda hacia aquello a lo que has renunciado: las personas y los deseos, las opciones y el esfuerzo; y para que no pierda la paciencia y la armonía y el placer con Dios, en el momento en que sobrevienen las calamidades.
Abdul Aqdir Gilani
Me fue muy difícil tomar una decisión porque toda forma de razonamiento lógico parecía imposible. La idea de acompañar al Sheik a Estambul era muy atractiva, pero estaba mi promesa. Tantas cosas habían sucedido en las últimas dos semanas que en lugar de que los eventos fluyeran uno tras otro, todo orden había desaparecido. Sin orden es casi imposible tomar una decisión consciente, pero lentamente me había ido dando cuenta de que de todos modos somos casi incapaces tomar decisiones conscientes en este mundo. Creemos que podemos elegir entre esto y aquello o decidir si viajamos hacía aquí o hacia allá, pero hay otro modo de vida que solo pide que nos abandonemos para ser llevados al lugar donde debemos estar. En el momento en que sacrificamos nuestra voluntad personal en favor de una Voluntad mayor, la decisión nos es presentada.
Comenzaba a comprender en carne viva lo que significa entregarse. Al abandonar Inglaterra y dejar atrás mi pasado, me había zambullido en lo desconocido y por ello me era dada ahora la oportunidad de comprender cómo se revela el mundo real en este mundo relativo. En términos normales, los eventos de las últimas semanas carecían de sentido. Viajar casi incesantemente, la serie de coincidencias que no tenían explicación, los encuentros con esta gente extraña, todo parecía ser piezas de un rompecabezas; todas estas cosas le mostraban a mi mente siempre en duda una verdad que era imposible negar: existen leyes que no comprendemos que gobiernan nuestra existencia. Nuestra vida está regida por fuerzas que, si bien son invisibles e intangibles, tienen un poder mayor que cualquier cosa que se ve o experimenta en el mundo físico. Hamid había dicho que había otro lenguaje, el lenguaje del corazón; por lo tanto también debía existir otra manera de comprender que en lugar del razonamiento discursivo, se apoyara en una percepción interior . Caminando por las calles de Konya, esa tarde fría de invierno, sentí la inevitabilidad de todo lo que había experimentado; si podía dejar de interferir el transcurrir de los eventos con mi voluntad personal o tratando de analizarlo todo, podría dejarme conducir hada el conocimiento más elevado que buscaba.

Era bien entrada la tarde cuando regresé al hotel resuelto a entregarme, a relajarme y dejar que los acontecimientos me mostraran qué debía hacer.

Me recosté con los ojos fijos en el techo; el sonido del zikr llenaba mi mente y el cuarto parecía estar lleno de la tremenda sensación de dignidad y presencia de esos derviches que había conocido. Jamás había sentido algo igual y me pareció que si cada ser humano tuviera ocasión de conocer la intensidad del amor a Dios que esas personas tenían, sobrevendría un cambio real que permitiría construir una sociedad nueva basada en el amor y el conocimiento en lugar del miedo, la ambición y la avaricia. No era cuestión de imitar a los derviches en sus practicas, sino de aprender a vivir la vida apasionadamente como lo hacían ellos llevando a cada momento de nuestra vida esa comprensión.

Cuando desperté estaba oscuro pero no recordaba haber caído dormido. Me asaltó el pánico. Medio dormido aún, y temblando, busqué a tientas el reloj. Eran las 9 de la noche. ¡La hora del encuentro había pasado!
Sin detenerme a pensar, tironeé la ropa de las perchas y las metí en la maleta, con el sentimiento de que era vital llegar a Estambul inmediatamente. Mi mente parecía fijada en esto, y cuando traté de considerar si no debía quedarme un día más en Konya, no tuve dudas de que debía partir inmediatamente hacia Estambul.

El hombre del hotel pareció sorprendido por mi prisa y me preguntó si había cenado. 'Es necesario que coma antes de partir, ¿no?'

'No', dije, ‘no quiero comer, debo llegar a la terminal pronto. Si no sale un autobús ya, esperaré hasta que haya uno.'

Pagué mi cuenta del hotel, tomé un taxi y quince minutos después estaba en la terminal. Corrí a la ventanilla para comprar el billete. '¿Quiere ir a Estambul ahora?', preguntó el hombre. ‘Sí, por favor, ¿a qué hora sale el primer autobús?'

'Bueno, salió hace cinco minutos. Pero pronto saldrá otro por que había muchas personas que querían viajar. De modo que puede tomar este segundo si quiere.'

En la prisa por salir del hotel me había orientado hacia el lugar donde debía estar, y allí estaba: un autobús especial, y todavía había lugar vacío. Era obvio que todo tenia una intención y que no era importante que no hubiera visitado las tumbas. Me sentí aliviado, y me recliné en el asiento con un sentimiento de paz que desde hacía mucho tiempo no tenía. Nuevamente en camino a Estambul y pronto me reuniría con Hamid. Estaba tan feliz que el largo viaje se hizo corto. Ni la incomodidad del asiento me molestaba y dormí gran parte del viaje.

Poco después del amanecer entrábamos en los suburbios de Estambul. Las calles se estaban llenando de vendedores acosando a los que se encaminaban a sus trabajos. Los puesteros de los mercados ya estaban haciendo negocios, vendiendo frutas de todo tipo, verduras frescas y pan recién salido del homo. Los minaretes resonaban con la llamada matutina a plegaria. Esta vez la llegada a Estambul no me resultó amenazante sino más bien como una bienvenida al hogar. Me sentía feliz, como no me había sentido desde el comienzo del viaje. Nada me parecía desagradable, ni el ruido del tráfico, y hasta los tropezones y empujones en la calle me resultaban placenteros esa mañana. A pesar de la falta de sueño, y de todo lo sucedido el día anterior, no estaba cansado. La energía que bullía en mí llegaba incluso a los demás porque la gente se volvía para sonreírme al bajar del autobús y uno de los pasajeros me ofreció unas frutas. Era un buen día y prometía seguir siéndolo.

Hallé un taxi sin dificultad y di al conductor la dirección de la prima de Hamid. Había dicho que me esperaba allí; ‘Debes cruzar el río con el ferry', había dicho, 'y luego subir a un autobús que te dejará justo a la puerta’. Traté de explicarle todo esto al conductor, pero no hablaba inglés ni francés. Sólo me sonreía, mostrando grandes dientes amarillentos llenos de coronas de oro. Conducía a gran velocidad mientras yo seguía explicándole que tenía que llevarme al ferry para cruzar el Bósforo. Por estupidez no le había preguntado cuánto me iba a cobrar. Cuando subió a bordo del ferry me di cuenta de que era demasiado tarde para echarme atrás; el hombre tenía la intención de llevarme hasta la casa. ¿Cuánto me costará este viaje? pensé alarmado, pero no había nada que se pudiera hacer; me recliné en el asiento y traté de despreocuparme.

Pasaron tres cuartos de hora más antes de llegar a la dirección que le había dado. La cuenta era tan grande que no me alcanzó el dinero para pagarla. Traté de explicarle que si me permitía llamar a la gente de la casa me prestarían dinero. El conductor se estaba enojando y su sonrisa se había transformado en una mirada muy amenazadora dirigida hacia mi maleta y mis bolsillos. "Espera, espera', le dije, 'sólo será un momento.' Por la excitación de la llegada a Estambul no me había dado cuenta de que era muy temprano y seguramente todavía estarían durmiendo. Toqué el timbre pero nadie contestó, de modo que comencé a golpear en las ventanas. Ninguna respuesta. ¿Qué pasaría si no había nadie en la casa? A esta altura el conductor gritaba y me amenazaba con llamar a la policía y alrededor del coche se había reunido un grupo de personas. 'Amigo, amigo', dije, señalando la casa; pero los de la casa no respondían. Alguien del grupo se acercó a mí y me habló en inglés: ‘El conductor dice que recorrió todo Estambul y que quiere que le pague.' ‘Lo sé', dije, 'pero me he quedado sin dinero. Mi amigo, que está aquí’, dije señalando la casa, "podrá ayudarme.' ‘El conductor dice que si no le paga ya, llamará a la policía.' 'Sí, entendí eso', traté de explicar, 'pero debo encontrar a mí amigo y entonces todo se arreglará.' El hombre que hablaba inglés no se inmutó; parecía como si no me hubiera oído. ‘El conductor dice que no le gustan los americanos.' ‘Pero yo no soy americano', contesté. 'Soy inglés.' Para beneficio de lo que ya era una multitud, el hombre traducía al turco todo lo que yo decía. 'El conductor dice que tampoco le gustan los ingleses. Le gustan los alemanes.' 'No me importa quién le gusta y quién no', le grité. 'Por favor, dígale que todo se va a arreglar, y que tendrá su dinero en un momento.'

Y golpeé con tal fuerza la puerta que las ventanas vibraron. Grité: 'Hamid, Hamid.' Esta vez se abrió la puerta y apareció un rostro familiar. Era la joven.

Sus cabellos desarreglados, y la mirada triste, llamaron la atención de la gente. Cuando salió a la calle, vestida con la misma bata blanca y larga que usaba en Sidé, el griterío cesó. El conductor dejó de gesticular pero continuó sosteniendo con fuerza mi maleta. El traductor se quedó detrás de mí con la boca abierta. Uno a uno, los del grupo se fueron alejando en silencio. 'Está bien', le dije al conductor, 'sólo espere un momento.'

Aparté un poco a la joven que permaneció mirando la calle y pasando el manojo de lana parsimoniosamente de una mano a la otra, y volví a llamar: ‘Hamid.'

Hamid salió de un cuarto poniéndose una bata sobre el pijama. No parecía sorprendido. Tampoco me dio la bienvenida. La frialdad de su saludo disipó la poca alegría que me quedaba. Le expliqué la situación del dinero; entró en su cuarto y regresó al momento con doscientas liras. Luego salió a buscar a la joven que estaba caminando por la calle. La gente se había dispersado y el conductor había entrado a su coche. Habían aparecido unos niños que jugaban en tomo a la joven, imitando su lento caminar y sus silenciosos movimientos. Ella parecía ignorarlos, caminaba lentamente calle arriba mientras la brisa mañanera mecía su larga falda. Hamid la llevó hacia la casa y la condujo escaleras arriba. Le di al conductor el dinero y me devolvió la maleta. Finalmente entré en la casa.
El comedor, construido en forma de terraza vidriada, sobre el Bósforo, estaba inundado con la luz del sol matinal. Exhibía enorme cantidad de antigüedades, esculturas y muebles franceses y pinturas del siglo dieciocho. Afuera, el Bósforo se arremolinaba ya en plena actividad: pequeños botes pesqueros se balanceaban a la deriva dentro de los límites de sus ataduras, los pescadores sostenían sus largas redes en popa. En el jardín contiguo, unos niños jugaban con botes de papel y zambulléndose en las aguas menos profundas. El Bósforo tiene trescientos metros de ancho en ese punto y había barcos por todos lados, grandes buques cisternas con bandera rusa; pequeños barcos pesados, a vapor, cargados hasta la borda; barcazas cargadas de carbón; cruceros de travesía anclados en medio del agua, transfiriendo a sus pasajeros a embarcaciones más pequeñas. Había botes pesqueros, de carrera, remolcadores, a remo y ferries, moviéndose tan cerca de la casa que casi podía ver los rostros de las personas que estaban en cubierta. La vista era tan absorbente que no me di cuenta de que Hamid había entrado al cuarto.

‘¿Y bien, preguntó.

Se había peinado y ahora vestía una amplia camisa turca con pantalones azules. Comencé a disculparme y le conté que el taxista me había llevado hasta allí porque me fue imposible explicarle lo que quería. Hamid escuchó unos instantes, me dijo que yo era un idiota y luego me invitó a desayunar. No pronunció una palabra acerca de la joven. La atmósfera que había en el cuarto me recordó a la situación de la montaña en que se había enojado tanto. Mientras preparaba el desayuno traté de centrarme y no reaccionar al temor que me estaba asaltando. Algo no andaba bien. Lo sabía. En el hotel, en Konya, me había sentido muy seguro de que estaba haciendo lo correcto, pero ahora todo era distinto. Quizás nuevamente me había equivocado y me pediría que me fuera.

Mi mente estaba ocupada con estos pensamientos, pero durante el desayuno no se habló del tema. Comimos pan y frutas y bebimos café turco, dulce y espeso. Sólo cuando terminamos de comer Hamid me dirigió la palabra:

"Ahora me dirás qué sucedió desde la última vez que nos vimos.'

Traté de recordar todo lo ocurrido desde que nos separamos en Sidé, día por día y hora por hora, con todos los detalles. Quería conocer todo, dónde había estado, qué había comido, con quién me había encontrado, etc. Le dije que las tumbas habían estado cerradas y le conté del encuentro con el Sheik. Esto pareció no interesarle para nada. Gesticulaba con impaciencia ante mis descripciones del zikr y volvía al tema de las tumbas, examinándome cada vez respecto de la cantidad de visitas que había hecho y la razón por la que estaba cerrada.

'¿Y porqué no te quedaste otro día para poder hacer lo que te había encomendado?', preguntó. '¿Crees que te envié hasta Konya por jugar? ¿Y qué me dices del derviche que conociste en el anfiteatro en Sidé? ¿Crees que fue mera coincidencia conocerlo y que te mencionara a Mevlana? Eres tan torpe; torpe y estúpido, y no escuchas. Has olvidado el propósito por el que acudiste a mí. Una vez más he perdido el tiempo contigo.

Pero ésta es la última. Por favor, aprenderás que no estás aquí para hacerme perder el tiempo, que no estás aquí para hacer lo que se te ocurra ni para suponer que lo sabes todo. Has venido para que se te inicie en el Camino, a pedido tuyo. Hasta ahora has sido puesto a prueba y casi siempre has fallado. Fallaste en la prueba de valor en las montañas, que también era una prueba de confianza, y aún no puedes ver nada. Sigues prestando atención a las formas, igual que cuando insistías en que una piedra del camino arruinó el coche. Dijiste que confiabas en mí, pero lo niegas una y otra vez. ¿Qué clase de discípulo eres? Tendría que haberte devuelto a Inglaterra y a tu negocio de antigüedades semanas atrás. No eres capaz de escuchar. ¿No comprendes que la creación completa es y siempre será en un único momento? Esto quiere decir que lo que se puede alcanzar en una semana depende por entero de nuestro grado de confianza y de que nos desembaracemos de nuestros pequeños deseos para entregamos a una voluntad mayor y mas elevada: la voluntad de Dios.’

'Pero Hamid', intente.

‘No me interrumpas', gritó. 'Me has metido en todo tipo de problemas por tu falta de confianza, y ahora te comportas impacientemente. SÍ te hubieras quedado un día más en Kenya quizás hubieras sido recibido. Pero ahora has regresado sin haber logrado nada y tendremos que empezar todo nuevamente.'

Traté de decirle por qué había regresado a Estambul, pero me di cuenta de que no tenía una verdadera explicación.

‘¿No ves?, el Sheik dijo que podía viajar con él a Estambul, y dijo que como las tumbas habían estado cerradas dos veces quizás no era el momento oportuno para que las visitara. Entonces pensé que podría volver en otra ocasión’

‘¡No pensaste nada! No hiciste lo que se te había pedido, y no pensaste en absoluto. Te estuve observando atentamente las últimas semanas y veo que todavía estás atrapado en el mundo de la atracción. Quieres llegar a conocer a Dios, ¿cierto? Quieres llegar a Ser, poder amar, ¿cierto?'

'Sí. Hamid. Sí.'

'Entonces debes comprender que no llegarás a amar a través de la atracción. No te diste cuenta de que quedaste atrapado por tu caprichoso anhelo de experiencias físicas y fenoménicas y entonces acudiste al zikr y pensaste que era maravilloso y que tu viaje estaba cumplido.'
‘Pero fue maravilloso, Hamid, mira…’

'Maravilloso puede haber sido, pero no era el motivo de tu viaje a Konya. Te repito, todavía no has superado el mundo de la atracción. Primero debes conocerte a ti mismo, y esto no se descubre solo a través de la atracción. El amor sin conocimiento es apenas un poquito más que inútil. Primero debes conocer, y luego serás conducido, de manera inevitable, al amor. Si intentas el proceso inverso, existe un peligro real de reversión a un estado elemental. ¿Recuerdas que te advertí acerca de la condición del mundo actual? Eres responsable de cuidar tu mundo, y también eres responsable de no revertir a una condición por debajo de tu dignidad. ¿Entiendes lo que digo?'

Estaba muy confundido. Era cierto que me había sentido atraído hacia el zikr, y hacia el mundo de los derviches, ¿pero no fue Hamid el que me inició en este camino al enviarme en busca de ese sheik en Estambul? Le hice esa pregunta.

‘¿No me dijiste', respondió, 'que ese Sheik, o quienquiera

que sea, dijo que no me conocía?'

‘Sí, respondí.

'¿Entonces cuál es tu pregunta? ¿No conoces acaso la respuesta? Te envié al Sheik para ver si lo encontrabas. Sabía que si lo encontrabas significaba que todavía estabas atado al mundo de la atracción y, de manera inevitable, quedarías cautivado por sus encantos. Si no lo encontrabas, estabas liberado y podías seguir tu camino. El problema es que todavía no te has volcado completamente a Dios. Todavía usas tu voluntad personal; allí está el problema. Si te volcaras a El, sabrías que te será dado exactamente lo que necesitas para que se haga Su Voluntad. Por cierto que el zikr fue maravilloso, una gran experiencia para ti- ¿Pero cuál era el motivo original de tu viaje a Konya? Debías presentar tus respetos a tres santos. Lo que sucedió en realidad fue lo siguiente: al experimentar el zikr con el grupo de derviches, quedaste inmediatamente atrapado en tu voluntad personal, tu propia codicia de experiencias. ¡Eso es una trampa! En lugar de permanecer en Konya hasta que las tumbas se abrieran para ti, te enloqueciste con la idea de viajar a Estambul con el Sheik para que quizás te permitiera repetir la experiencia. ¿No os así?’

'Pero si me ha sido dado lo que necesito, ¿por que estás tan enojado, Hamid?’

'Ah’, dijo, sacudiendo su dedo índice bajo mi nariz, 'si bien en Esencia todo es perfecto, aquí en este mundo es otra historia. Fácilmente podrías haber pasado la prueba con un poco de sensibilidad. Tal como fueron las cosas has perdido el tiempo, y te repito, desperdiciar es el único pecado real. De ahí se deriva todo lo demás.

'Ahora debes irte y aprender un poco de paciencia. Me temo que de todos modos no puedes quedarte en esta casa. Mi prima regresa hoy de su viaje, y la joven está también aquí como has visto. Tendrás que ir a una pensión cercana y esperar allí.'

'Pero. Hamid', protesté, 'No puedo ir a una pensión, me he quedado sin dinero.'

"Pide que te manden mas', dijo. ‘En Inglaterra tienes dinero, o tendrás muebles o algo para vender. Vende y paga por lo tuyo. En este camino cada uno tiene que mantenerse a sí mismo. ¿Acaso esperas que yo te mantenga? Aquí tienes la dirección de la pensión.' Me alcanzó un papel escrito. 'Se puede ir a pie, pero por la maleta quizás sea mejor que uses un autobús. Manda a pedir tu dinero y espera en la pensión hasta que yo te llame.'

'¿Cuánto dinero debo pedir? ¿Por cuánto tiempo estaré en la pensión?’

'No tengo idea', respondió. 'No soy el juez depende de muchas cosas. Pero vete ya, tengo mucho trabajo.'

En esa pensión sobre el Bósforo, sin nada que hacer, ni lugar adonde ir, ni libros que leer, comencé a comprender que hasta que no se produce un cambio real, somos totalmente impotentes en este mundo. Día tras día me levantaba temprano. realizaba las diversas prácticas que Hamid me había enseñado en los últimos años y hacía ejercicios físicos para mantenerme ágil. La pensión, igual que la casa, estaba construida sobre la orilla del agua pero mi habitación era un cuartucho pequeño instalado en el fondo, en la parte posterior del patio de piedras en el que había un enorme perro alsaciano encadenado a la pared. Nunca lo dejaban libre pero cada vez que alguien golpeaba a la puerta el perro corría todo lo que le permitía su atadura, ladrando y gruñendo y llegando a poca distancia de la persona que intentaba entrar. Entonces el dueño lo llevaba nuevamente al fondo para que pudiera entrar el visitante. Esta escena se desarrollaba de manera idéntica varias veces al día y si bien la cadena no llegaba hasta la puerta de mi cuarto yo tenía que hacer un camino rodeando el patio porque el perro me ladraba igual que a los que venían de la calle.

Después de mis prácticas mañaneras iba a la casa principal para desayunar. Al cabo de una semana había llegado mi dinero de Inglaterra; tenía suficiente para vivir un lapso indefinido, pero eso no mejoró mi estado de ánimo. No había nada para hacer y en la pensión nadie hablaba inglés ni francés. La mayor parte de los residentes salían temprano para sus trabajos y regresaban justo para la hora de la cena, que se servía en un patio vidriado. La cena era la mejor hora del día, por la vista de los botes y, cuando el tiempo lo permitía, de la puesta del sol. Sin embargo, generalmente llovía y soplaba viento frío por las rendijas de las ventanas. Día tras día me sentaba allí a comer sin mucho interés los alimentos que me servían. Muchas veces dormía hasta tarde por puro aburrimiento. Me daba cuenta de que esto era una prueba, pero había olvidado su motivo; de no ser por el temor a lo que pudiera ocurrir hubiera dejado todo allí y regresado a Inglaterra. Hamid estaba a unos pocos minutos calle abajo, pero las llamadas telefónicas nunca eran para mí. Tampoco recibí cartas ni mensajes. Nada.

Cuando no tienes nada que hacer, ningún lugar a donde ir, y nadie con quien conversar, llega un momento en que te das cuenta de que eres totalmente inútil. Quizás imaginaste que tenías cierta misión que cumplir en esta vida, o una voz interior te decía que estabas haciendo lo correcto, o tenías una noción preconcebida de lo que significa tratar de ayudar a tus congéneres. Pero cuando estás solo, únicamente cumpliendo la orden de esperar un tiempo indefinido, comienzas a darte cuenta de que verdaderamente no eres ni sabes nada.

Los primeros días mi mente daba vueltas en redondo, tratando de revisar los eventos que me habían llevado a esta situación. Durante horas me quedaba examinando un aspecto en particular del viaje, tratando de ver si podía comprender algo. Intentaba ver si verdaderamente había confiado en Hamid o si me estaba engañando a mí mismo. Por momentos pensaba que en verdad lo odiaba. Era un enigma para mí, y si bien me había dicho que debía someter mi voluntad a la voluntad de Dios, me parecía que había sacrificado mi libre voluntad por la
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