Título original: The last barrier






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salik, un viajero del Camino. Un salik es el que se ha encontrado a sí mismo. Y cuando se conoce a sí mismo conoce la verdad, sabe lo que es necesario hacer; contempla todo desde el conocimiento mismo y por ello contribuye al cambio necesario en el momento. Debes comprender que para que la evolución prosiga. Dios necesita el sacrificio y la entrega del hombre.

"Nos encontramos en un momento de la historia humana en que muchas de las formas tradicionales están en decadencia. Muchos tratan frenéticamente de reforzar las formas religiosas, políticas y económicas del modo de vida occidental. Políticos y ecónomos prueban un método tras otro para lograr cierta estabilidad pero nada sucede. No se produce un cambio real. Y los buscadores espirituales, como tu, viajan por el mundo tratando de hallar respuestas al dolor y la confusión que padecen. Visitan gurúes en la India, swamis, astrólogos, analistas, y practican por un tiempo sus métodos. ¡Parece que ahora te toca probar el de los derviches!' y me sonrió con complicidad.

'¿Pero hay un cambio real?', prosiguió. '¿Qué cambio real puedes percibir? Todavía existe la misma confusión y persiste el deterioro del viejo orden. Todos buscan respuestas, pero por más que se esfuercen y fabriquen opiniones, nada sucede, porque carecen del valor necesario para enfrentar el cambio. Quieren métodos que se adapten a su sentido de justicia, o explicaciones para fenómenos que no pueden comprender; nada que produzca un cambio real. Pero ¡escúchame! A esta altura, si no se producen cambios reales, si los hombres no se transforman en saliks, se corre el riesgo de que la tierra vuelva al estado de caos primordial. Si no se trabaja suficientemente en el nivel más alto y pronto, podría suceder que viéramos el fin de la civilización en el término de nuestra vida. Ya hemos presenciado un deterioro tremendo, al punto que es cuestionable pensar si todavía estamos a tiempo.'

La intensidad de las palabras de Hamid me aterrorizó. Supe que estaba tratando de comunicarme algo extraordinariamente importante, algo que yo todavía no estaba dispuesto a enfrentar. Mi mente racional bloqueaba el sentido de sus palabras.

Finalmente hablé: '¿Quieres decir que el futuro del mundo, de este planeta, depende de nosotros y de los cambios reales que podamos hacer ahora?.

‘Eso es exactamente lo que te estoy diciendo', respondió Hamid. 'Estamos preparando ahora el mundo que vendrá pero. cuándo vendrá, está en manos de Dios y no en las nuestras. Lo único que puedes hacer ahora es trabajar duro sobre ti mismo, dormir menos y orar más; rogar que te sea dado comprender, y de ese modo te será más fácil cuando llegue el momento. Pero el momento sólo llega cuando ya no tienes pasado, cuando no queda nada que pueda hacer girar infructuosamente tu mente dentro de los patrones habituales. Existen muchas etapas más allá de las que hemos transitado hasta ahora, pero no puedo decirte cuándo estarás preparado para ellas. Puede ser que comencemos dentro de una semana, dentro de un mes o pueden pasar años antes. Todo depende de ti.

‘Lo mismo sucede con el mundo. El mundo está lleno de conceptos e ideas, pero lo que necesita es aceptación para que el amor pueda disolver todo el dolor y el condicionamiento, y el hombre y los mundos invisibles pueden cooperar para construir un nuevo modo de vida en este mundo. La mayor parte del tiempo piensas que sólo estoy hablando de ti, porque estas tan autocentrado que no escuchas de manera justa. ¿No ves lo que estoy diciendo? Si verdaderamente te olvidas de ti, entonces lo que digo lo escucharán todos los que pueden oír y no será necesario que abandonemos esta roca para que esto se produzca. Date vuelta como un guante, y entonces las palabras que hablo serán oídas por todas las personas del mundo que están preparadas para oír.'
El resto de la mañana Hamid manifestó un humor jovial; insistía en que ejercitáramos la paciencia momento a momento. Cada vez que yo trataba de iniciar una conversación acerca de lo que habíamos estado hablando, me interrumpía antes de que pudiera completar la pregunta. Cuando me harté de ejercitar la paciencia, le pregunté si podíamos jugar a otra cosa.

'¿Por qué quieres jugar a otra cosa?' preguntó. ‘La paciencia es el juego que puede hacer brotar esa cualidad que tanto necesitas aprender. La paciencia es esencial, porque sin ella actúas demasiado rápido y perturbas el plan. Se siembran las semillas y luego se espera el tiempo oportuno en que crecerán. Si cavas la tierra antes de que estén listas, destruyes lo que has plantado. La paciencia es una de las cualidades más importantes para cualquiera que sigue este camino. Eres demasiado impaciente, por eso es necesario que juguemos a la paciencia."

‘Pero estoy harto de este juego. Tu saltas de una cosa a otra, y justo cuando siento que estamos por llegar a algo, que puedo seguir una línea de pensamiento, te desvías hacia otra cuestión y yo ya no sé dónde me encuentro’

'¡Eso!', dijo con placer. "Eso es exactamente lo que intento. Ahora, corta el mazo, por favor.'

Almorzamos tarde, en el restaurante. La pesca de la noche anterior estaba expuesta y elegimos un plato con diferentes tipos de pescado que sazonados con tomillo e hinojo, el cocinero asó al carbón. Hamid estaba muy conversador y como siempre se reunió un grupo a su alrededor y hablaron en turco. Dos semanas atrás me ofendía su falta de atención hacia mí, pero ahora me agradaba comer tranquilo contemplando a los pescadores que remendaban sus redes junto a los botes amarrados. Algo había sucedido esta mañana; ya no estaba ansioso por comprender, lo único que me interesaba era estar tranquilo, escuchar el sonido del agua y sentir el sol de la tarde en mi rostro.

Después de la placentera comida, dormimos una siesta en la playa. Al despertar, Hamid anunció súbitamente que yo haría un viaje al día siguiente, solo. Esto me produjo una sacudida. Además, la joven aún no había vuelto y yo tenía planeado tratar de averiguar adonde había ido al salir de Sidé.

‘No te quejes', me advirtió Hamid. Todavía no comprendes la causa de las cosas. Iras mañana a Konya a visitar a tres grandes santos. Debes hacer hoy los preparativos. Puedes pedirle a Mustafá, el del restaurante, que compre tu pasaje y alquile un coche para llevarte hasta la terminal de autobuses’

‘Pero, ¿y tú qué harás?'.

También viajaré mañana. Un amigo me lleva hasta Estambul, donde visitaré a una prima mía que vive a orillas del Bósforo. Te daré su dirección y cuando termines lo tuyo, podrás ir a buscarme.'

'¿Cuánto tiempo estaré en Konya?’

"Eso depende del modo en que vayas. Lo principal es acudir con la mente completamente abierta. '¿Recuerdas la postal que te di en Londres cuando dijiste que viajarías a Sidé?'

Por cierto era imposible olvidarla, la había llevado conmigo a Turquía. Le dije que la postal estaba en mi maleta y que la miraba frecuentemente.

"Esa postal es una foto del sepulcro de Mevlana Jelalu'd-din Rumi. Debes ir ahora a presentarle tus respetos. Mevlana quiere decir "Nuestro Maestro", y en nuestra tradición se lo conoce como el Polo del Amor. Si acudes de la manera justa y eres recibido, puedes aprender mucho de el.'

'¿En qué época vivió?' le pregunté.

‘Mevlana vivió en el siglo trece. Me hubiera gustado contarte algo de su vida y de su enseñanza, pero ahora creo que será mejor que hagas el viaje. Quizás cuando nos encontremos en Estambul podremos hablar un poco de él.

‘Hay tres sitios que debes visitar en Konya, y debes hacerlo en el debido orden. El primero es el sepulcro de Shams-i Tabriz, el Sol de Tabriz. Fue un derviche errante que condujo a Mevlana al abandono completo a Dios. Luego debes visitar la tumba de Sadru'ddin Konevi, que fue uno de los primeros grandes maestros de Mevlana; representa el lazo entre Mevlana, a quien se denomina Polo del Amor, y Sheik al-Adbar, Muhyi-d-din Ibn'Arabi, a quien se conoce en nuestra tradición como el Polo del Conocimiento. Finalmente irás al sepulcro de Mevlana. El también quería que todos danzaran.' No estoy seguro, pero me pareció que Hamid me guiñó el ojo. 'Es una lástima que no estuvieras conmigo en diciembre, cuando fui a Konya para la gran celebración anual del día de su muerte o, como dicen, de su 'noche de bodas', cuando se disolvió en la Unión perfecta.

‘Pero es suficiente ya. Ahora ve y prepara todo lo necesario, luego por favor pasa a saludarme por la mañana antes de irte. Creo que el autobús sale de Antalya alrededor de las seis de la mañana, de modo que deberás levantarte temprano.'

Ocho
¡Deshazte de ti mismo de un solo golpe!

con la dureza de una espada bien templada.

Como un espejo de acero muy pulido,

límpiate de toda herrumbre con contrición
Mevlana Jelalu'ddin Rumi
Existo por ti y tú te manifiestas a través de Mí.

Sin embargo, de no haber aparecido Yo, tú no serías.
Muhiy-d-din Ibn Arabi
La temperatura durante el largo viaje hacia Konya fue extremadamente fría. Las estepas de Anatolia eran páramos helados y si bien dentro del autobús hacía más calor, cada vez que nos deteníamos para descansar y refrescarnos, el viento helado penetraba en el autobús y nos hacía correr al restaurante por un poco de sopa y café. La gente iba completamente envuelta en abrigos de piel de oveja y las mujeres se cubrían la cabeza y el cuello con grandes chales. Varios hombres usaban enormes sombreros de piel con orejeras para protegerse del frío y se paseaban por la estación fumando oscuros cigarros turcos. La temperatura toma un efecto especial en la personalidad de esta gente. Ya no se escuchaba la incesante conversación típica del sur de Turquía; los pasajeros esperaban, sentados en silencio, a que sonara la bocina del autobús que nos invitaba a subir y reiniciar el viaje hasta la próxima parada. El anciano que estaba sentado a mi lado sólo me saludó una vez, al comienzo del viaje; ‘Merhaba', había dicho, y eso fue todo. Este fue muy diferente a los otros viajes que había hecho en Turquía, en que la gente se había reunido a mi alrededor preguntando por la razón de mi viaje y hacia dónde iba y qué iba a hacer.
No sé por qué había imaginado que Konya era una ciudad primitiva, por lo que me sorprendió llegar a una moderna terminal con taxis esperando a los viajeros. Entramos en los suburbios justo cuando el sol comenzaba a ponerse. Ahora las calles estaban iluminadas y las luces de los coches se reflejaban en la nieve al costado de las calles. Fuimos a recoger nuestro equipaje. La paz del viaje se perdió en la excitación de los que llegaban a recibir a amigos y parientes. Una vez más la escena era típica de Medio Oriente, con el ruido, el ajetreo y animación de las calles y mercados.

'¿Taxi, señor? Muy barato.'

‘¿Cuánto?’.

'Muy barato señor, suba y lo llevo al hotel. ¿si?

'¿Pero cuánto?’

'Sólo veinticinco liras, precio fijo siempre, señor’

'Bueno', dije. ‘Iré con usted, pero no por veinticinco. Le daré diez liras.'

‘Imposible, señor. Precio fijo siempre.'

'Entonces iré a pie', dije, levantando mi maleta y empezando a caminar’.

'Señor, señor, le haré un precio especial, veinte liras, ¿le parece?' El taxista corría tras de mí tratando de tomar mi maleta.

'Quince’, dije, sosteniéndola y caminando más rápido.

'Bien señor, quince y unos cigarrillos’

"No fumo', le dije, y entré en el taxi con la sensación de haber ganado una batalla. Tan pronto como iniciamos el trayecto, fue como sí no hubiera habido una negociación de por medio. Durante el viaje hacia el hotel el chofer me habló de su familia y me hizo las preguntas acostumbradas: si me gustaba Turquía, cuánto tiempo pasaría en Konya, si quería alquilar el coche de su cuñado, etc.

Hamid me había dado la dirección de un hotel céntrico, cercano al sepulcro de Meviana Jelalu'ddin Rumi. Allí me recibió el dueño y me informó que había lugar de sobra porque no era temporada de turismo. '¿Está de paso, no?', preguntó. Le dije que no sabía cuánto tiempo me quedaría. Llevó mi equipaje a un pequeño cuarto del segundo piso, me entregó las llaves y por fin quedé solo.
Dormí hasta tarde esa mañana, estaba exhausto por el largo viaje, y casi era el mediodía cuando me dispuse a iniciar mi búsqueda. Cuando le dije al dueño del hotel que quería visitar la tumba de Shams-i Tabriz, dijo: 'Oraré para que la tumba esté abierta hoy para usted. A veces lo está y a veces no. Pero si es necesario que usted esté allí, Alá dispondrá que la puerta se abra.'

No había imaginado siquiera que la tumba podía estar cerrada, y Hamid me había dicho que siguiera específicamente el orden de visitas comenzando con Shams-i Tabriz. Fue un duro golpe encontrar las puertas de hierro cerradas y la plazoleta frente a la tumba completamente desierta. Unas cuantas palomas bebiendo de la fuente, eran los únicos habitantes del lugar. La puerta estaba cerrada con candado y no había manera de espiar siquiera por la ventana. Hacía frío y un viento helado soplaba cruzando la ciudad. Me sobrecogió una gran tristeza. Hasta ese momento todas las puertas se me habían abierto; aun mi fracaso en Estambul, al no encontrar al Sheik, no había tenido el carácter de rechazo. Pero esto era diferente; me sentí completamente desolado. Era ilógico, pero cuanto más trataba de luchar contra lo que sentía, más intenso se hacía el dolor. Me senté al borde de la plazoleta y traté de componer mis sentimientos, pero nada parecía cambiar mi humor. Esa puerta cerrada representaba al mismo tiempo todas las situaciones en que había sido rechazado en mi vida. Sin embargo, esta vez, había acudido con ambas manos, estaba seguro.

Traté de recordar el viaje, para ver si había hecho algo que pudiera haber desencadenado esta situación. A esta altura estaba convencido de que nada sucede por azar; por lo tanto, el hecho de que la tumba estuviera cerrada debía significar que tenía algo que aprender. Pero no encontré nada que tranquilizara mi mente. ¿Qué haría ahora? No había nadie a quien preguntar, y no había indicación en la puerta que dijera cuando estaba abierta la tumba.

Debo de haber estado allí una media hora, luchando contra mi depresión, cuando de pronto me di cuenta de qué era lo equivocado. Lleno de arrogancia había presumido que la tumba estaría abierta y que yo sería recibido. Creí que había ido a Konya con todo mi corazón, pero en realidad no había en mí humildad. ¡Eso era! Por supuesto que no sería recibido, porque una vez más había olvidado la actitud correcta. En ese momento comprendí que para el que carece de humildad sólo hay dolor y sentimiento de separación.

Sentí que en cierto modo ya no tenía sentido por ese día seguir adelante con la visita a las tumbas. Si era necesario visitarlas en cierto orden, sería mejor esperar al día siguiente e intentarlo nuevamente. Pero, como no tenía otra cosa que hacer, decidí buscar la segunda tumba, la de Sadru'ddin Konevi, sin más demora.

Pronto me di cuenta de que no todas las estrechas y retorcidas callejuelas figuraban en el mapa, y a los pocos minutos estaba completamente perdido. El mapa indicaba que la tumba de Mevlana estaba mucho mas cerca y mas fácil de encontrar que la de Konevi, de modo que me encaminé hacia ella. Encontré la salida del laberinto de callejones y allí, al final de la calle, estaba el magnífico sepulcro y museo de Mevlana. De pronto me di cuenta de que el sol estaba casi poniéndose. Había pasado casi todo el día en esta peregrinación y, casi accidentalmente, había llegado a mi destino final. Aparentemente debía visitar la tumba de Meviana primero. Crucé la plazoleta rápidamente y llegué a las puertas justo cuando el guardia salía para cerrarlas. ‘Lo siento, señor, tumba cierra ahora. Abre mañana, insh'Alá’.

De regreso en el hotel me recosté con los ojos clavados en el techo, incapaz de detenerla amargura que me envolvía. Finalmente me quedé dormido y al despertar estaba oscuro. Las luces de la calle ya estaban encendidas; había dormido justo hasta la hora de la cena.

Supe que había estado soñando con Hamid. Era como un espejo, tan pulido que con sólo mirar en él podía ver exactamente lo que estaba sucediendo en ese momento, y de ese modo me acercaba a descubrir la esencia del momento mismo. En el desarrollo del viaje había sido guiado cuidadosamente hacia un lugar en que la búsqueda de la Verdad había comenzado a destruir al buscador, ahora ya no sabía quién era yo ni quién en mí había iniciado este viaje. Era como si me estuviera dando vuelta de adentro hacia afuera. ¡Lo que yo estaba buscando era lo que me buscaba!

Se me hizo claro que Dios desea apasionadamente que conozcamos la Verdad que nos incita a buscar, y que esa Verdad no es otra cosa que El. El fuego está latente en todas partes, pero corresponde a cada uno dar vida y encender la llama del anhelo que nos llevará a El. Somos nosotros los que tenemos que dar el primer paso.
A la mañana siguiente traté nuevamente de llevar mis respetos a Shams-i Tabriz. La temperatura había cambiado y el hielo se había comenzado a derretir llenando de barro las calles. Las mujeres trataban de evitar los charcos, recogiendo sus largas faldas. Una leve llovizna me recordó a los típicos días de invierno en Londres.

Al dar vuelta a una esquina, ya cerca de la plazoleta, percibí que alguien me seguía. Tuve la clara sensación de estar en peligro. Sin embargo no podía detener ni apresurar el paso. Pronto el desconocido caminaba casi detrás de mí. La tensión se hacía cada vez más intensa hasta que de pronto sentí una mano sobre mi hombro. Giré abruptamente esperando el ataque pero me detuve justo cuanto estaba a punto de golpearlo. Había visto a este hombre antes. En lugar de atacarme me abrazó como a un viejo amigo. Por la fuerza del abrazo y como estaba medio envuelto en su abrigo, no tuve ocasión de verle el rostro. Me hablaba en turco y todo lo que pude en tender fue la palabra
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