Título original: The last barrier






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Merhaba’ me saludó una voz. Me di vuelta y vi a un anciano sentado detrás de mí en los escalones. Sonreía. Tenía una canasta llena de huevos, cubierta parcialmente con una tela. ‘Merhabá', le respondí, y sonriendo torpemente traté de explicarle en turco que no podía entender su idioma. Me miró muy serio y dijo 'Ah', varias veces. Luego, con mirada penetrante, me preguntó: '¿Muselman?'. Recordando las instrucciones, incliné levemente la cabeza, puse la mano derecha sobre el corazón y dije, 'Alumdulilá' (Toda la gloria a Dios).

Entonces se acercó, se sentó junto a mí y me estrechó la mano con fervor. Muy desconcertado, traté de que no se notara mi incomodidad, mientras él hablaba sin parar y yo sólo lo miraba y asentía con la cabeza. 'Alá', exclamó. "Mahoma Rasul-alá.' Luego, se llevo la mano al corazón, y dijo: 'Derviche, derviche'.

Lo miré atónito. Finalmente había descubierto 'o mejor, había sido descubierto por- un verdadero derviche. '¡Derviche!', repitió por tercera vez, y continuó hablando en turco. El único sonido que me era familiar en su discurso era la palabra 'Mevlana'. Cada vez que la pronunciaba, hacía una pausa y me miraba inquisitivamente. Yo asentía y sonreía ansioso, aunque el contenido de su discurso me era incomprensible. Luego tomó mis manos y las besó. Se acercó a mí, tomó mi mano derecha en su izquierda y comenzó a cantar, moviendo el cuerpo hacia atrás y adelante desde la cintura y moviendo su cabeza de lado a lado, al ritmo del canto: 'Hu-Alá’.

Curiosamente, su voz era al mismo tiempo suave y resonante, como si el sonido viniera desde una gran distancia. Se detuvo y me miró expectante. ‘Hu', dijo, poniendo su mano derecha en mi corazón. 'Alá'. Y luego me puso la mano en el hombro. Entrecortadamente, comencé a cantar con él.

'Hu-Alá, Hu-Alá.' Mi cuerpo se iba adaptando al ritmo poco a poco cada sílaba pareció asumir una existencia propia, como si el sonido y yo fuéramos una sola cosa: el canal de transmisión de una fuerza mayor. Sentía el Hu en mi garganta, como un fragmento del océano capturado en una concha marina. Alá resonaba en mi corazón, potente y profundamente. Escuchaba y percibía los sonidos, pero los pronunciaba sin esfuerzo, como si hubiera penetrado en una dimensión que siempre estuvo allí y sólo ahora me incluía.

La alegría que sentí por este encuentro inesperado se transformó en un profundo amor, y en la convicción de que verdaderamente existe algo más allá de la mente; existe Dios, y es la fuente de toda vida. Mi temor se había desvanecido, dando lugar a una confianza completa en el momento y en este anciano sentado junto a mí.

Cambió su canto que ahora era una sola palabra: Alá. Exclamaba el nombre de Dios con tanto fervor que casi me empuja de la roca en que estaba sentado. El aire dentro de mi cuerpo se comprimía en el plexo solar y luego se expandía hacía el corazón, y desde el corazón se expandía hacia el mundo en la segunda sílaba de la palabra. El mundo fenoménico, mi cuerpo, el anfiteatro y la playa y todo mi pasado- se habían desvanecido, devorados por el Nombre. Tampoco había futuro: sólo el momento.

Todo mi cuerpo sudaba, y los dos temblábamos. Me sentía transportado, flotando en mundos de luz y sonido que aliviaban todo dolor, calmaban toda duda, todo sufrimiento y todo temor. De pronto, sentí que me apretaba la mano y me di cuenta de que él había dejado de cantar y que la única voz que se escuchaba era la mía. Intenté abrir los ojos pero no pude. Lo escuché dar un grito suave como el viento. Luego soltó mi mano y me frotó la nuca. Cuando abrí los ojos estaba sentado frente a mí. Emanaba tanto amor que casi no pude mirarlo. Diciendo ‘Hu', otra vez, se inclinó y tocó el suelo con la frente, indicando que yo hiciera lo mismo. Luego tomó mis manos en las suyas, las besó, y las elevó hasta su cabeza, igual que había hecho el Sheik en Estambul. Durante un tiempo nos sentamos en silencio y luego se puso de pie y se inclinó para ayudarme a incorporar. 'No, no', protesté, pero tomó con firmeza mi brazo, me sacudió las ropas, y me ayudó a bajar los escalones de piedra hasta la playa. Abajo, hizo una profunda reverencia desde la cintura; se despidió y se alejó por la playa. Yo avancé en dirección opuesta, hacia la casa de Hamid.

El sol caía cuando llegué a la casa. Las preguntas que había pensado hacerle a Hamid esa noche se habían borrado de mi mente. En cambio, al entrar en la casa, no pude decir nada. Hamid me miraba inquisitivamente y me ofreció café. '¿Has estado durmiendo?’, preguntó. Sacudí la cabeza y traté de hablar de lo que había pasado, pero no salían palabras. Lo único que pude hacer fue sonreír como disculpándome y beber el café. No había prisa. Nos sentamos en silencio durante largo rato. Finalmente pude relatarle lo que había vivido.

Hamid escuchaba atentamente. De tanto en tanto me pedía algún detalle. Cuando terminé, me preguntó: 'Bueno, ¿sabes qué significa todo eso?'

Un poco', le dije. 'Sé que Alá es el nombre de Dios, y que Hu significa El. Sé que Hu es el primer sonido de la manifestación del universo. Pero cuando en Londres te pregunté por esto, no me contestaste.'

'No era el momento adecuado, pero ahora que has recibido semejante regalo podemos hablar un poco. Hoy puedes preguntar lo que quieras.'

Pero sin dar tiempo a mis preguntas siguió hablando: ‘Lo primero que debes aprender es el significado de la palabra zikr. Es una palabra de origen árabe que literalmente significa 'recuerdo', y es una práctica cotidiana de todos los que siguen el Camino. Hay muchas maneras de realizar zikr, y la que te fue enseñada hoy, el sonido Hu-Alá, la usan muchos derviches. Por lo que me cuentas, veo que conociste a uno de la orden Mevlevi de Konya, los seguidores de Mevlana Jela-lu'ddin Rumí. Y eso indica que pronto deberás visitar Konya y presentar tus respetos a Mevlana.'

No me dio oportunidad de preguntar por ese viaje a Konya; continuó: 'Quizás te preguntes por qué es necesario el zikr, ya que no eres musulmán ortodoxo. Esto no se puede explicar fácilmente. Primero es necesario conocer el significado del zikr en varios niveles, luego hallarás la respuesta por ti mismo. El zikr completo que todos los musulmanes dicen está contenido en las palabras: "La ila ila la", que quiere decir "No existe nada más que Dios", pero los derviches dicen: "La ila ila la' Hu", que quiere decir "No existe nada más que El que es Dios". Dicen que cuando hemos negado nuestra existencia separada, y afirmado la presencia viviente de Dios, todavía hay algo mas, una realidad más allá.

‘No se trata de religión, ni de formas. Estamos hablando del significado interior, la corriente interior de la verdad que está en la base de toda religión. Nuestro camino no se adecua a los que no pueden ir más allá de las formas. Es sólo para los que desean llegar directamente a la Esencia. En el zikr, los ortodoxos dicen: "Alá-Hu", (Dios-El), y los derviches dicen -'Hu-Alá".

‘Hay muchas maneras de realizar el zikr. El maestro debe ver en qué nivel está el discípulo para darle el tipo de zikr correcto. Si el discípulo necesita formas, no se dejarán de lado. La regla es que si el discípulo no está listo para pasar más allá de las formas, entonces se le da un ejercicio.' Se rió recontándose en la silla.

"Pero es necesario que aprendas acerca del zikr'. continuó, 'porque sólo es posible conocer la verdad cuando te hallas en estado de recuerdo constante, cuando estás siempre y completamente despierto. Sólo puedo hablarte de mi experiencia, de modo que te iniciaré en el recuerdo de Dios a través del zikr. En otras tradiciones, por supuesto, existen otros métodos de recuerdo, como la repetición continua de la Plegaria de Jesús en el cristianismo ("Señor Jesucristo ten piedad de mí). Pero nunca se deben comparar los métodos, o pensar que uno es mejor que otro, porque ese tipo de juicio sólo provoca una inarmónica separación. Lo que importa es la actitud del recuerdo. Si sólo proviene de la cabeza, nada sucede. En cambio, cuando el zikr se repite en el corazón, tus plegarias encontrarán respuesta.

Te preguntarás por qué te estoy enseñando, a ti, un occidental, a practicar el zikr en árabe. La respuesta está en el sonido. El árabe es el lenguaje viviente mas cercano al arameo, raíz del hebreo y del árabe, y los sonidos mismos tienen ciertas propiedades que no se pueden traducir a otro idioma’

'Por ahora, seguirás practicando el zikr especial que aprendiste hoy. Cada día meditaras sobre el significado de estas palabras. El significado exacto de las palabras "La ila ila 'la Hu” es: "No, no existe Dios sino El que es Dios". Comienzas con una negación, niegas todo para que sólo quede El. Esto significa que renuncias a tu pequeña voluntad en favor de la voluntad mayor: la Voluntad de Dios. Hecho esto, afirmas Su nombre con un grito: "Alá", y luego, si permaneces muy calmo y te vacías, quizás oigas Su respuesta: "Hu”. "Soy el que soy". Es la respuesta del más allá, el sonido de la Divina esencia que está más allá de todo atributo.

"Mañana por la mañana comenzarás. Primero meditarás sobre el significado de las palabras; luego repetirás el zikr "La ila ila ‘la’ Hu” treinta y tres veces, y luego pronunciarás el zikr Hu-Alá, como te enseñó el hombre hoy, durante todo el tiempo que puedas sin perder concentración en el corazón.'

Después de comprometerme a comenzar con el zikr al día siguiente, pregunté a Hamid si conocía al anciano y de dónde provenía. '¿Tiene alguna importancia?’, dijo. ‘¿Por qué estas siempre haciendo preguntas? El hecho es que estaba allí y tú estabas allí, ambos en el mismo lugar al mismo tiempo, por eso se encontraron. No veo lo importante de saber quién era. El momento ya pasó. Y quién sabe, quizás el anciano no estuvo allí, sino sólo en tu imaginación’.

‘Pero yo lo vi. y me enseñó el zikr’, protesté.

'Ah, pero, ¿no es que todo está dentro de ti?’

Hubo un largo silencio. 'Bueno', dijo finalmente, 'eso fue un poco duro. Pero algún día comprenderás que lo que experimentas interiormente se manifiesta en el mundo exterior, o en el espejo, para que puedas verte en él. No; no sé quién era.

Quizás estaba de paso. A veces hacen eso. O quizás llevaba una canasta de huevos a su familia. Si corresponde volverás a encontrarlo, si no corresponde, no volverás a encontrarlo.

Siempre debes recordar que sólo existe Un Ser Absoluto, de modo que encuentres a este derviche o a otro, en realidad lo que encuentras es una manifestación del mismo Ser. ¿Comprendes ahora? Nunca dos momentos son idénticos, ese es el milagro de la vida. La Unidad no es un milagro, el milagro es la diversidad de la Unidad. ¡Qué maravilla! Como Dios nunca se manifiesta del mismo modo dos veces, cada instante es un acto de total creación. ¿Recuerdas que una vez te dije que el tiempo es el eterno atributo de Dios?'

Nuevamente experimenté un choque y una distorsión del tiempo, como si la pregunta de Hamid hubiera sacudido mi mente llevándola más allá de sus capacidades.

'Lo que no comprendo, Hamid, es por qué me suceden estas cosas a mí. Es todo tan extraño, y parece no tener una explicación lógica. Pasan cosas, como el derviche que aparece en la playa, y tú actúas como si nada sucediera.'

"Nada sucedió', me interrumpió. '¿Qué podría suceder? Además, ¿qué quieres decir con "suceder"?'

'Quiero decir que todos estos eventos que ocurren, uno tras otro, o quizás al mismo tiempo,... no sé qué es lo que está pasando, o qué o a quién estoy buscando, ni siquiera quién o qué está buscando.'

'Excelente', Hamid parecía complacido. 'Cuando llegas a ese punto en que no sabes nada y sabes que no sabes, puedes iniciar el camino. Lo único que yo puedo hacer es ayudar a generar las situaciones que te llevarán a ese punto. Pero, en realidad, yo no hago nada, porque sólo existe Dios. Somos Sus actores en el drama que El puso en escena para poder verse a Sí mismo. Deberías meditar todos los días sobre la frase del Hadith del Profeta (la paz sea con él): "Yo era un tesoro oculto que deseaba ser conocido, de modo que creé el mundo para que se Me pudiera conocer".’

Traté de seguir lo que decía, pero más lo intentaba, más cansado me sentía, mi mente ya no podía entender nada. Le pedí más café.

'¿Quizás prefieras un poco de raki ahora que el sol se ha puesto?' Se rió y salió en busca de la botella. ‘No, prefiero no beber', dije, ‘no quiero repetir lo de esta mañana’.

'Debes aprender a controlarte. Si no bebes, ¿cómo sabrás qué grado de control tienes ahora? Te he dicho que no hay nada malo en beber alcohol con moderación. Toma un trago.' Me llenó un vaso. No parecía haber manera de negarse. 'Sólo uno, entonces', dije. Bebimos en silencio, y yo intentaba juntar coraje para formular esa pregunta que no podía sacar de mi mente.

'Dado que dijiste que podía preguntar cualquier cosa hoy, ¿puedo preguntarte nuevamente quién, es la joven del cuarto de abajo?’

"Dije que podías preguntar, pero no dije que yo respondería. No es el momento de hablar de ella: sólo puedo decirte que ha estado muy enferma y la estoy cuidando. En el camino del autoconocimiento, a medida que van cayendo las ilusiones que ocultan la naturaleza esencial de nuestro ser, se corren muchos riesgos. Un maestro que no sabe lo que hace, o que tiene ciertos poderes pero carece de conocimiento y experiencia, puede hacer que se desgarre el velo antes del momento oportuno. Entonces el discípulo no tiene nada de qué sostenerse. La joven está en esa situación; pero hay todavía más. Está esperando ser reconocida. ¿Comprendes algo de lo que digo?

¿Quieres decir, reconocida como mujer?'

'Quiero decir que está esperando ser reconocida como toda mujer. La bola de lana es el azul de la matriz de su mundo. Está buscando el hilo que la lleve nuevamente al origen. Me pregunto cuántas personas habrá en el mundo que están en su misma situación’ Me miro de costado, y de arriba abajo, y me di cuenta de que debía considerar esta pregunta en varios niveles. Nunca hacía nada sin un propósito. Permanecí en silencio, tratando de comprender qué esperaba de mí.

'¿No te das cuenta de que todas las mujeres se encuentran en la misma situación? Mientras la mujer no es reconocida por un hombre no puedo ser completamente libre. El hombre ha olvidado todo. Sin embargo, si acepta a la mujer podría liberarse. Podría completarse. La mujer, la tierra, ha estado pacientemente esperando que lo haga, pero llegará un momento en que la paciencia se agote.

‘Esta joven nos ha sido enviada para que intentáramos ayudarla, pero también como advertencia y ejemplo. Sé cuidadoso y amable con ella. Es frágil, pero existe la posibilidad de que un día encuentre la punta del ovillo.

'Esta noche quiero estar solo, de modo que busca entretenimiento por ti mismo. Mañana nos vamos de viaje.'

‘Pero, creí que había una fiesta esta noche.'

Iba a haber una fiesta, pero eso fue entonces. Ahora, por favor, déjame. Si ves a la joven, y si todavía no comió, llévala al restaurante. Te veré por la mañana.'

No vi a la mujer esa noche. Esperé que apareciera en el patio pero las persianas de su cuarto estaban cerradas, y cuando oscureció, no se encendió la vela. Seguramente había salido. Comí solo en el restaurante, pensando acerca del día y tomando notas de algunas de las cosas que Hamid había dicho. Esa noche me dormí rápidamente.


Seis
Confía en Alá, pero antes ata tu camello.
Proverbio
Si fueras vigilante, verías en cada momento la respuesta a tu acción. Si deseas tener un corazón puro, sé vigilante, porque como consecuencia de cada una de tus acciones, algo nace.
Mevlana Jelalu'ddin Rumi
A la mañana siguiente Hamid me esperaba como de costumbre con la mesa del desayuno servida: café turco, frutas y pan. Comimos en silencio y luego dijo: "Nos vamos de excursión hacia el noreste, pasando las montanas. Quiero visitar las ruinas de un templo dedicado a Apolo y puedes acompañarme. Debemos partir muy temprano porque es un largo viaje; volveremos tarde o pasaremos la noche en algún sitio y regresaremos por la mañana. Veremos cómo marchan las cosas. Después de la intensidad de los dos últimos días, éste lo dedicaremos al placer y la relajación. Ve a prepararte.'

Mientras cruzaba el patio, las cortinas del cuarto de abajo se abrieron y vi el rostro de la joven. Me sonrió y abrió la puerta. El cabello le llegaba hasta la cintura y vestía un camisón largo celeste claro. 'Buen día', la saludé.

No pareció haber oído mis palabras porque su rostro no evidenció reacción alguna. Había olvidado averiguar si era sordomuda, de modo que le pregunté si había oído lo que dije. Esta vez asintió con la cabeza y volvió a sonreír tímidamente.

'Nos vamos a pasar el día afuera', le dije. '¿Necesitas algo ¿Puedo hacer algo por ti antes de irnos?' De pie en el umbral del cuarto, su mano sobre el pomo de la puerta, me miraba fijamente. Al cabo de unos instantes comencé a sentirme muy incómodo. ‘Bueno, te veré mañana’, le dije, y subí corriendo mi cuarto para preparar el bolso.

Era casi el mediodía cuando pusimos el automóvil en marcha para partir. Todo se había demorado más de lo esperado. Hamid había pasado dos horas en el pequeño cuarto detrás del tapiz. Yo había estado equipando el viejo Mercedes con provisiones para varias comidas por si era necesario, ya que pasaríamos por regiones despobladas.

El automóvil era muy viejo, y si bien el motor funcionaba bien, los frenos no eran buenos y los neumáticos estaban casi pelados. Cuando partimos expresé mis dudas respecto de hacer un viaje largo en estas condiciones. Hamid se irritó ‘Confía, confía', dijo. 'Confía en Dios y no te preocupes. Hemos hecho todo lo que podíamos con el coche, ¿qué más se puede esperar de nosotros?’

En una de las pequeñas villas nos detuvimos para tomar café. Junto a nuestra mesa había un joven de unos veinte años que inmediatamente trabó conversación con Hamid. Hablaban en turco pero me di cuenta de que la conversación tenía que ver con nuestro viaje. El joven, con grandes gestos, explicaba algo mientras, con el tenedor, dibujaba sobre el mantel un mapa invisible. Finalmente nos estrechó la mano a ambos, hizo una reverencia y salió del café. '¿Qué decía?’ pregunté. "Parece que justo la semana pasada se abrió una ruta nueva que nos ahorrará un par de horas de trayecto. Aparentemente pasa por las montañas, mientras que la vieja recorre el valle. Dice que es un buen camino, un poco empinado en la cima, pero que el coche puede responder bien. Si vamos por esta ruta tendríamos que pasar la noche en algún lugar porque salimos demasiado tarde. Prefiero llegar allí antes de que oscurezca.'

Mientras nos dirigíamos hacia el camino nuevo, Hamid se puso muy alegre. Nunca lo había visto de tan buen humor, tan relajado. Uno de sus hobbies era diseñar jardines y durante todo el trayecto señalaba los diferentes arbustos y plantas y describía sus características y propiedades medicinales. Justo antes de internarnos en el camino nuevo me ordenó de tener el coche en un pequeño café. Comenzó a gritarle a la gente que estaba allí sentada; simulando estar muy enojado, les señalaba la tierra que estaban pisando y la pared de roca junto al camino. Ellos parecían desconcertados y Hamid golpeó el coche con la mano para enfatizar su discurso. Luego me dijo que continuáramos.

'¿Qué fue todo eso?' le pregunté.

"Les dije que eran unos tontos ignorantes porque no se daban cuenta de que estaban rodeados por una hierba peculiar que mata los parásitos que infectan a todos los que viven aquí.'

Unos minutos después, todavía reíamos, cuando oímos un estrépito. Detrás de nosotros se acercaba una motocicleta muy vieja. En ella iban tres hombres gritando y agitando las manos en las que aferraban manojos de hierba. Aminoré la velocidad para que nos alcanzaran y nos detuvimos al costado del camino. Hamid los escuchó y luego les gritó una vez más, golpeando el coche con la mano varias veces para acentuar sus palabras. Se los veía muy avergonzados mientras subían a la moto y se alejaban.

'¿Y ahora qué pasó?'

'Ah, qué idiotas, sacaron la hierba equivocada. Si hubieran ingerido de esa habrían pasado varias semanas encerrados en el baño!'

Ese era el tono del día. Hasta allí todo había sido fácil y liviano; hasta el automóvil parecía feliz con el viaje. El traqueteo amenazador del motor había cesado, y aunque el camino ahora era tan empinado que teníamos que andar en segunda, todo parecía estar bien. Poco a poco, sin embargo, las condiciones del camino se fueron deteriorando hasta que me di cuenta de que ya no había camino. Al principio había sido una ruta buena, sucia pero llana, pero ahora estaba dejando lugar a lo que sólo podría describirse como una huella de carretas. Era tan estrecha que aun cuando hubiéramos decidido dar vuelta y regresar no habríamos podido y si nos veíamos forzados a detener el automóvil difícilmente los frenos podrían sostenernos, dada la acentuada inclinación del camino. Comencé a temer; en cada curva la cosa se ponía peor. Tras una de ellas, una enorme superficie rocosa se elevó a la izquierda del camino, y del lado derecho apareció un abismo de unos trescientos metros de profundidad. Hamid parecía inamovible; sentado tranquilo, tarareaba. No me atreví a hablarle: sabía que no era necesario tener miedo. Pero yo tenía miedo. Estaba rígido de miedo. No sólo por las condiciones del automóvil y del camino sino también por un sentido de responsabilidad. Estaba conduciendo el coche que transportaba a un hombre que era un maestro del Camino, y en las circunstancias actuales era evidente que cualquier accidente sería fatal. En vano trataba de detener mi imaginación.

Marchábamos a una velocidad, quince kilómetros por hora, que hacía que cada curva pareciera interminable. A esta altura, las huellas de carreta eran tan profundas que por temor a arruinar el coche era imposible transitarlas. Fue necesario acomodar el vehículo de modo que mordiera el borde del acantilado por un lado y por el otro la elevación entre las huellas. Yo temblaba y para empeorar las cosas empecé a percibir olor a quemado del motor. Seguramente había recalentado. Eso significaba que era necesario detener la marcha y yo no había llevado agua.

Al dar una nueva curva una estrecha huella se unió a la nuestra del lado izquierdo. Antes de apelar al poco freno que temamos, alcancé a vislumbrar algo que avanzaba hacia nosotros. Un camello joven se arrojó directamente hacia el vehículo, chocando de frente contra él, vaciló un instante y se alejo a toda velocidad por la ruta por donde habíamos llegado.

Yo estaba bañado en sudor y temblaba de manera incontrolable; había perdido completamente el control. '¿Por qué te detienes?', preguntó Hamid bruscamente. 'Sigue. Se está haciendo tarde y las luces del coche son muy pobres'.

Yo no podía moverme. Tenía ambos pies sobre el freno y ambas manos sosteniendo el trozo de alambre que accionaba el freno de mano. El motor echaba vapor a ojos vistas; nunca en mi vida me había sentido tan desesperado. ¿Qué hacía un camello ahí arriba en la colina? ¿De dónde había salido? '¿No te das cuenta de que no hay nada casual?’, dijo Hamid bruscamente. ‘A esta altura no viven camellos y éste corría directamente hacia nosotros. Si no hubieras reaccionado rápido nos habría arrojado al precipicio. ¿Me harías el favor de dejar de temblar ahora y seguir la marcha? Quizás haya otros animales en esta montaña, pero ese no era un camello.'

‘Pero sí, era un camello', proteste, 'Ambos lo vimos.'

'¿Cómo sabes, idiota? Viste un camello, pero uno que se comporta de ese modo es un camello muy raro, ¿no te parece?’

'¿Qué quieres decir?' A esta altura yo casi gritaba de frustración y miedo, porque me consideraba incapaz de cambiar de posición si el coche rodaba colina abajo.

‘Era un camello y no era un camello. Pero ahora, por favor, contrólate y sigue manejando antes de que me enoje realmente.'

Intenté nuevamente recuperar el control del coche y finalmente empezamos a movemos. El camino parecía interminable. Hamid empezó a cantar nuevamente, pero yo seguía temblando.

El sol se estaba poniendo cuando llegamos a la cima de la montaña. La vista de los valles de Anatolia era sobrecogedora pero estaba oscureciendo y no había tiempo para detenerse. El camino de bajada era largo y la ruta no parecía mejor. Sólo Dios sabía hacia dónde nos conducía ese camino. Era evidente que el joven informante no tenía idea de lo que decía cuando nos recomendó esta ruta. Se me cruzó el pensamiento de que quizás tendríamos que dormir al borde del camino y a medida que caía la noche hacía cada vez más frió. En ese momento Hamid me dijo que detuviera el coche.

‘Pero es necesario seguir’, dije. ‘Está oscureciendo.'

‘Es necesario que nos detengamos', respondió. 'La naturaleza así lo exige’.

Desapareció entre los arbustos y regresó al poco tiempo, cantando para sí como si nada hubiera ocurrido, como si todo estuviera tal como debe ser. 'Sigamos', dijo entrando al coche.

Durante el trayecto de bajada su humor comenzó a cambiar. Primero dejó de cantar y luego se puso muy silencioso. Traté de hablar y le hice preguntas acerca del camello, pero no contestaba, miraba fijamente el camino. Cuando el sendero comenzó nuevamente a parecerse a una ruta, ya estábamos al pie de la montaña. Frente a nosotros se extendía un camino perfectamente llano, recién pavimentado. Un cartel nos informó que estábamos a catorce kilómetros del lugar de nuestro destino.

'¡Lo logramos!' grité entusiasmado, y justo en ese momento se oyó un tremendo crujido detrás del coche y el motor se detuvo. Hamid no se movió. Permaneció sentado impasible, mirando hacia adelante. Yo bajó del coche y me asomé a mirar abajo. El camino estaba cubierto de aceite y se veía el chorro parejo que salía del cárter. ‘Me temo que dimos contra una piedra que rompió el cárter', le dije. '¿Qué haremos ahora?’

'Esperarás que venga otro coche y harás que nos remolque a la ciudad más cercana. No había piedras en el camino.'

"¡Debe de haber habido alguna! Escuché cuando el coche golpeó contra algo.'

'¿Dónde está? Si puedes hallarla, muéstramela.’

Busqué todo alrededor y no pude hallar señales de piedra o roca. El camino era perfectamente llano y los bordes eran de pasto fino.

'¿Bueno?', preguntó. '¿Cómo lo explicas?'

'Quizás pasó algo con el motor’, atiné a imaginar.

‘Nada sucedió en el motor. No había piedras. Has fracasado totalmente y ahora estamos detenidos en medio de la noche. ¿No recuerdas
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