Título original: The last barrier






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demás.

No pueden quedar hilos sueltos, ni ropa sucia en el armario, ni cuentas sin pagar. Que nada te impida llegar con las manos abiertas. Hasta aquí, todo lo que hemos hecho juntos no ha sido más que la preparación para este momento. Ahora es tu turno de dar el próximo paso: un paso hacia lo desconocido.'

Me sonrió, puso su mano en mi hombro y dijo: 'Es cierto que sé algo sobre los derviches. Discúlpame, pero las cosas en que podamos embarcarnos juntos en algún momento no son para cualquiera; tenía que estar completamente seguro de que en verdad deseabas conocer: con tu corazón, y no sólo con tu cabeza. Pero espero que ya hayas comenzando a comprender estas cosas, ¿cierto?’.

Me dio una postal: "Mira bien esta foto. Algún día, quiera Dios, visitarás este lugar; cuando lo hagas, sabrás que tu verdadero viaje ha comenzado.'

Era una foto del interior de lo que parecía ser un gran se pulcro. En primer plano, una magnífica tola dorada cubría lo que imaginé era un féretro sobre el que se veía un enorme turbante azul. Todo estaba muy iluminado, la luz se reflejaba en las coloridas paredes del sepulcro, llenas de doradas inscripciones en árabe labradas sobre azulejos rojos, negrea y

verdes. Al dorso de la postal Hamid había anotado su dirección: ‘C/o Casilla de Correo 18, Sidé, Anatolia, Turquía.'

Pasamos juntos el resto de la tarde. No me había dado cuenta hasta entonces de lo ligado que estaba a este hombre y al tiempo que pasábamos juntos estudiando. Pensar que se iba me llenaba de pena, pero también sabía que seguirlo tendría profundas consecuencias en mi vida futura. Nos abrazamos al despedimos; muy conmovido me alejé de la casa hacia la parada del autobús. Era un día frío de noviembre de 1969;

aire húmedo, neblina leve, y el olor de hojas quemadas en una plaza cercana.

Para cuando llegué a mi casa había tomado la decisión quizás más importante de mi vida. Había decidido vender mi parte del negocio, atar todos los hilos sueltos y dejar Inglaterra para ir al encuentro de Hamid en Turquía. Fui directamente a mi despacho y le escribí una carta. Luego escribí a mi socio que estaba de vacaciones en América, diciéndole que

finalmente iba a vender mi parte del negocio, que tantas veces me había pedido. Puse también en venta mi apartamento. Escribí cartas a amigos y familiares, tratando de explicar las razones de mi decisión de abandonar indefinidamente Inglaterra e informé al grupo de meditación lo que estaba por hacer. Luego, con gran dificultad, escribí a todos los que habían acudido a mí en busca de curación y les di el nombre de una persona que podría ayudarlos en. el futuro. Habían sido dados los primeros pasos; quedaban seis semanas para preparar todo y partir para Turquía.

Seis semanas después estaba en un avión hacia Estambul. En el ínterin había recibido una sola carta de Hamid, diciendo que esperaba verme, y acompañada de una lista de personas que yo debía visitar antes de encontrarme con él en el sur. Estaba muy ansioso e impaciente por verlo, pero aparentemente mi viaje iba a adquirir el carácter de un peregrinaje antes de que pudiera llegar a mi meta.

Dos
Porque amo

existe un camino invisible que cruza el cielo.

Los pájaros transitan ese camino; el sol y la luna

y todas las estrellas viajan por él de noche.

Kathleen Raine
Como la flor anuncia el fruto,

así la niñez del hombre es la promesa de su vida futura.

Házrat Inayat Kahn
Pasé mi primer día en Estambul caminando por las calles, tratando de acostumbrarme al ruido. Parecía que todos los vehículos accionaban la bocina al mismo tiempo, los conductores se gritaban mutuamente en los sucesivos embotellamientos, y los transeúntes gritaban a los conductores. Montones de niños tiraban de mi abrigo tratando de venderme cosas: en cada esquina había alguien vendiendo algo. Hombres con maletas llenas de pantalones, niños pequeños con bolsos de compras y hombres del Kurdistán, de tez oscura, que insistían en ofrecer alfombras de oración del Lago Van y de Anatolia. Había mujeres arrastrando cajas llenas de utensilios de cocina de plástico en terribles tonos de rosa y verde, y

objetos de la suerte, y canastas llenas de flores. Había ancianos que vendían cortaúñas y en las esquinas se amontonaban gentíos alrededor de braseros en que se tostaban choclos y pescado fresco del Bósforo. A un lado de la calle un anciano ofrecía afilar todo tipo de cuchillos, y del otro había alguien que reparaba máquinas de escribir.

Vagando por las calles me encontré de pronto frente a la Mezquita Azul, uno de los edificios más bellos del mundo, y escuché por primera vez el llamamiento a plegaria que resuena entre los techos de las casas. Verdaderamente era un mundo diferente, excitado e inquieto, y quizás un poco atemorizante para quien visita Estambul por primera vez. Caminé

todo el día excepto los momentos en que, exhausto, me senté a beber café turco en esos pequeños cafés en que se sientan los hombres y fuman tabaco negro en pipas turcas mientras contemplan el bullicioso ajetreo de la vida en las calles. Llegada la noche comencé a tener hambre y elegí un restaurante en la parte vieja de la ciudad. Pedí keftá: pequeñas brochetas de carne asada al carbón que se sirven acompañadas de verduras rellenas. Para mi sorpresa la comida no tuvo efectos secundarios, a pesar de tantos años de dieta vegetariana. ¡El cambio que estaba a punto de producirse quizás ya había comenzado!

Esa noche dormí bien en el pequeño cuarto de hotel que había tomado. A la mañana siguiente, tan pronto como terminé mi desayuno, comencé a buscar en el directorio telefónico el nombre de un Sheik -un maestro espiritual- que Hamid me había dado, a quien debía visitar tan pronto como llegara a Estambul. Me había dicho que podría ponerme en contacto con él a través de un grupo llamado Sociedad Metafísica, de Turquía, aunque seguramente no sería fácil obtener su dirección ya que estas cuestiones están siempre rodeadas de un halo de secreto. Sin embargo, por más que buscaba, no llegaba a nada. Esa sociedad no existía en el directorio y no tenía idea de cómo seguir. La dificultad se multiplicaba por el hecho de que no hablaba ni una palabra de turco. Decidí dejar el hotel y dirigirme a la gran plaza moderna rodeada de hoteles, agencias de viaje y de cambio, donde al menos una persona en cada sitio hablaría con seguridad francés o inglés.

Pensé que quizás mi instinto me orientaría, pero preguntara donde preguntara no hallaba pistas. Al llegar la noche estaba casi convencido de que la tarea era imposible. Si no fuera terco por naturaleza, si no hubiera confiado en Hamid tanto como confiaba, esa misma noche habría renunciado a todo. Pero algo me hizo seguir, y decidí buscar al día siguiente en 1a parte vieja de la ciudad: me acercaría a cualquiera que pudiera hablar inglés, y le preguntaría si conocía la Sociedad Metafísica de Turquía.

Al mediodía del segundo día no había adelantado nada, Hamid me había dicho que debía visitar también a otra persona en Estambul, pero había insistido en que era fundamental ver a estas personas en el orden indicado. Estaba a punto de abandonar todo, tenía los pies hinchados y llenos de ampollas y sentía una gran desilusión respecto del viaje. Durante la tarde del tercer día entré a una barbería que estaba a poca distancia de mi hotel para recortarme la barba El barbero había trabajado durante dos años en un hotel en París, y estaba encantado de poder practicar su francés. Hablamos de París y Londres, ciudad que había visitado brevemente, y luego de Estambul. Antes de irme le formulé la pregunta inevitable: ¿sabía algo de la sociedad que estaba buscando? 'Oh, sí', respondió, 'Claro que la conozco. Si quiere, puedo acompañarlo...’
¿Así de simple? ¡Después de recorrer la ciudad durante tres días, vengo a encontrar la información que necesito en una barbería a pocos metros del hotel! Traté de explicarle las circunstancias que me habían traído a Turquía, pero el barbero sonrió, y dijo, igual que Hamid había dicho, que no existían las casualidades y que seguramente, si estaba en mi destino conocer a ese Sheik, así sería, y si no, no. Luego agregó: ‘Cuando era joven estuve metido en estas cosas. Pero ahora tengo una familia y un trabajo que me absorbe casi todo el día y no me queda tiempo para estudiar. Sin embargo, dicen que el Sheik es un gran hombre, y espero que pueda usted conocerlo. Pero los de la Sociedad no abren hasta la noche, de modo que quizás sea mejor que regrese a su hotel y que nos encontremos nuevamente más tarde’
Pasé las dos horas siguientes en el hall del hotel, hojeando periódicos viejos que ya había leído en Londres, esperando impaciente que llegara la noche.
Finalmente apareció el barbero, y salimos del hotel. Cruzamos la plaza, y ya oscurecía cuando tomamos una angosta calle lateral. Se levantó un viento frío, y amenazaba llover. La gente se amontonaba en los portones con los cuellos de sus abrigos levantados para protegerse del frío. Las luces de la calle iluminaban el vapor que salía de los desagües. El barbero no hablaba, caminaba apresuradamente y yo casi tenía que correr para mantenerme a su lado. Me pareció que había tomado un camino deliberadamente confuso, porque supe que no sería capaz de volver a recorrerlo solo.

Llegamos a una pequeña plazoleta al final de un cul-de-sac, y allí, sobre la gran puerta de madera de un edificio lucía una placa de bronce donde estaba escrito "Societié Metaphysic de Turkiye'. Mi compañero golpeó y al cabo de poco tiempo una mujer de unos cuarenta años abrió la puerta. Tenía el cabello oscuro recogido en la nuca, y la frente libre. Vestía simplemente con falda negra y blusa blanca y no parecía una persona especial. Me miró con agudeza y luego habló con mi compañero brevemente en turco. Entonces entró en la casa y cerró la puerta. El barbero me saludó con una inclinación y desapareció en la calle oscura dejándome solo frente a la puerta.

El tiempo que esperé allí fue suficiente para que mi aprensión se transformara en miedo, Al fin. se abrió la puerta y reapareció la mujer, esta vez con un compañero. Ella hablaba francés y comenzó a preguntarme los motivos de mi viaje a Estambul y mi interés en la Sociedad. Me las ingenié para responder, aunque río estaba seguro de lo que ella quería saber. Por fin me preguntó: '¿Por qué quiere visitar a nuestro Sheik?' Quedé desconcertado hasta que me di cuenta de que con seguridad, mi guía, el barbero, le había hablado de mi búsqueda. Traté de explicarle que mi maestro me había encomendado esa tarea, pero la explicación se tomó confusa. No parecían haber oído hablar de Hamid y siguieron haciéndome preguntas durante unos minutos. De pronto la mujer dijo: 'Vámonos ya’.

Tomamos un taxi y nos dirigimos a una de las zonas más antiguas de Estambul. La noche era oscura y la ciudad, brillantemente iluminada, era un hervidero de gente. El taxi se detuvo en un callejón muy angosto; daba la impresión de que asomándose a la ventana era posible estrechar la mano del vecino de enfrente. Tocamos timbre en una de las viejas casas y esperamos. Al poco tiempo apareció en el balcón un anciano con pijama. Nos saludó y nos indicó que esperáramos. Cuando abrió la puerta estaba todavía con pijama pero se había puesto una chaqueta azul. En el recodo de la escalera había una enorme y bella rosa roja pintada en la pared, de más o menos un metro y medio de alto. Dejamos los zapatos en el umbral y entramos al cuarto donde iba a conocer a la primera persona de la lista encomendada.

Durante al menos dos horas el Sheik se dirigió al grupo hablando en turco; su mujer estaba sentada junto a la puerta, y de tanto en tanto traía más té y bizcochos. Durante todo ese tiempo, el Sheik ignoró mi presencia. Miraba alternativamente a cada uno de los otros, pero cuando su mirada se acercaba a mí, apartaba los ojos. Por lo que pude entender, hablaban de un pasaje del Corán. Todos parecían muy entusiasmados y de tanto en tanto mencionaban con mucho respeto el nombre de Alá. En un momento todos comenzaron a llorar por algo que el hombre dijo. Habían pasado ocho horas desde mi entrada a la barbería. Quizás había cometido algún error por el que nunca me sería permitido entrar en contacto con este Sheik y saber sí me recibiría o no. Debe de haber leído mis pensamientos porque de repente se dirigió a mí con una pregunta breve y directa que un hombre de la Sociedad, sentado a mi derecha, tradujo al francés. '¿Por qué vino usted?’ y Comencé a explicar, y durante un tiempo el Sheik escuchó la traducción de mis palabras como si estuviera muy interesado. De repente pareció comenzar a aburrirse. Levantó la mano, y detuvo la conversación. Se produjo un momento de silencio y luego, mirándome directamente, comenzó a hablar. Su voz y la del traductor eran los únicos sonidos audibles en el cuarto; hasta el permanente ruido de la calle pareció desvanecerse.

'Había una vez dos mariposas, una en Londres y una en Estambul. Por amor, volaron la una hacia la otra y cuando se encontraron una murió. ¿Comprende?'

Hizo una pausa antes de continuar. 'Cuando la tortuga deposita sus huevos en la arena, cava un pozo para ponerlos, los cubre, y regresa al mar. Los huevos se incuban no sólo por el calor del sol, como piensa la gente, sino también por magnetismo. Porque la tortuga madre sigue ligada a los huevos de manera invisible, aun cuando haya regresado al mar. Cuando se rompen los cascarones, las tortugas bebés tratan de avanzar hacia el agua. Muy pocas llegan a destino. Los pájaros, deseosos de alimentarse con esas pequeñas criaturas, dan cuenta de ellas; y las que llegan hasta el mar son. recibidas por peces que perciben instintivamente su llegada. De miles de tortugas que nacen, muy pocas regresarán a tierra

para poner sus huevos.'

Mirándome con mucha bondad, agregó: 'Así es, el Sheik no necesariamente sabe a quién le trasmite su enseñanza'.

El grupo parecía feliz, algunos me estrecharon las manos, otros me abrazaron, besándome en ambas mejillas. Yo estaba perplejo. ¿Qué relación había entre las tortugas y el Sheik y su enseñanza? ¿Qué era eso del magnetismo y el sol? Y si yo era una de las mariposas, con seguridad la que había volado desde Londres, entonces ¿había muerto? ¿O el que había muerto era el Sheik?

Antes de que pudiera enredarme con estas preguntas, el hombre pidió silencio con un gesto. Y contó la siguiente historia:

"Hubo una vez un rosal. Había sido cuidadosamente plantado de modo que sus raíces penetraban profundamente en la tierra que había sido preparada para recibirlas. Las raíces son Abraham. Cuando el rosal creció fue necesario podarlo, a fin de que cumpliera los designios? del jardinero. El tallo, gracias a la buena tierra, las profundas raíces y la poda, creció recto y fuerte. El tallo es Moisés. Un día apareció el brote de la rosa roja más perfecta que jamás se viera. El brote es Jesús. El brote floreció: la rosa es Mahoma.'

El Sheik hizo una pausa y se dirigió luego a su esposa. Ella dejó el cuarto y regresó con una pequeña botella de vidrio. El le indicó que se acercara a mí, y ella cruzó el cuarto hacia mí: 'Tómelo', dijo el Sheik, y dígame qué es.' tomé la botellita en mis manos y olí: ‘Es agua de rosas', respondí. "Attar de rosas. Es la esencia de la rosa.'

El Sheik sonrió y me indicó que me sentara frente a él. Su presencia era sobrecogedora. Tomó mis manos entre las suyas: 'Escúcheme cuidadosamente y durante su viaje, recuerde lo que voy a decirle. Ahora, la humanidad necesita el perfume de la rosa. Llegará un día en que ni siquiera eso necesite.'

Luego se inclinó, besó mis manos, y las elevó hacia su frente. Puso su mano derecha sobre mi cabeza y su grito resonó en todo el cuarto: 'Huuuu’.

Se levantó y abandonó la sala. La reunión había terminado. Buscamos nuestros zapatos y comenzamos a bajar las escaleras. A mitad de camino miré hacia atrás. El viejo Sheik estaba de pie en el recodo de la escalera frente a la rosa pintada en la pared. Se inclinó y se dirigió a mí. El traductor, que estaba detrás de mí, dijo en voz baja: 'Mírela una vez más y recuerde. No olvide la rosa'.
El hombre que fue mi traductor me acompañó de regreso al hotel en un taxi. En el trayecto no hablamos. Yo trataba de descifrar el significado de las historias del Sheik. De pronto, mi guía se dirigió a mí: '¿Comprende usted', preguntó, 'qué quiso explicarle el Sheik con el ejemplo de la tortuga?'

Le dije que en realidad no había entendido mucho, y le pedí que me explicara.

Reflexionó un instante. ‘Le diré algo', dijo finalmente, 'pero debe comprender que cualquier respuesta tiene sus limitaciones. La verdad está más allá de toda explicación, de modo que es mejor quedarse con una pregunta que recibir respuestas. Puedo ofrecerle algunas indicaciones, pero, claro, usted tendrá que pensar en esto a su debido tiempo. Vayamos al café del hotel y allí charlaremos.'

Era muy tarde, y las pocas personas que había en la calle caminaban de prisa o se refugiaban de la lluvia y el viento frío. En el hotel el clima era agradable, nos sentamos a beber café cerca del hogar.

'De lo que el Sheik trataba de expresarle, -¿se da cuenta de que la historia tenía que ver especialmente con usted, cierto?- lo fundamental es que usted y yo, toda la humanidad, estamos conectados por un hilo invisible. De modo que cualquier cosa dicha o hecha en un lugar tiene consecuencias en otras partes del mundo. Pero la intensidad de esas consecuencias depende de nuestro nivel de conciencia. Usted ha estado buscando un guía que lo ayude en su viaje. En realidad el guía siempre está disponible, pero si no despertamos nunca nos damos cuenta. Cuando el Sheik dijo que no necesariamente sabe a quién le trasmite su enseñanza, quería decir que cada día él expresa su mensaje a todo el mundo, y si alguien está suficientemente despierto escuchará el llamamiento. Aun quienes nunca llegarán a encontrarse con el Sheik, aun aquellos que están a miles de kilómetros de distancia, pueden recibir el significado interior de su enseñanza, porque el pensamiento está cargado de energía. Además, es necesario recordar que las semillas pueden tardar mucho tiempo en crecer. Lo que está oyendo ahora, y lo que escuchó esta noche de boca de nuestro Sheik, se irá desplegando en usted durante muchos anos. Quizás pueda comprender un poco más gracias a este encuentro.

'El hecho de que el Sheik eligiera la tortuga y no otra criatura se debe a que la tortuga es capaz de existir tanto en el agua como fuera de ella. Sale de un mundo para poner sus huevos en el otro. Después de enterrar sus huevos regresa al mundo de donde vino. Como todo está interconectado, ella permanece ligada de manera invisible a los huevos que puso. Este es el magnetismo del que hablaba el Sheik, que junto con el calor y la energía del sol, madura los huevos. Para que esto suceda es necesario que existan ambos: el sol y esa energía especial que pasa de la madre al hijo. Los huevos maduran pero eso no significa que sobrevivan. Sólo los que son fuertes podrán llegar hasta el mar, donde quizás crezcan y lleguen a viejos y sabios y regresen a tierra para poner sus propios huevos. ¿Comprende un poco más ahora?'

"No estoy muy seguro', dije. 'Creo que empiezo a entender, pero pasará mucho tiempo antes de que capte totalmente lo que todo esto significa. A lo que todavía no le encuentro sentido es a eso de la muerte de una de las mariposas.'

'Ah', dijo mi guía, 'eso es difícil de entender para uno que no esta acostumbrado a nuestros métodos, aunque dése cuenta de que el Sheik expresa ideas a través de historias. Recuerde que yo no estoy verdaderamente "explicando" nada. Usted debe encontrar por sí mismo el significado de lo que ha escuchado esta noche.

'Por supuesto que usted es una de las mariposas de la historia; y el Sheik la otra. Dijo que las dos mariposas volaron hacia el encuentro porque así como el discípulo necesita al maestro, el maestro necesita al discípulo para que el mensaje se trasmita. La mariposa es como el alma, pero para que se produzca una verdadera comprensión no puede haber dos almas. Quizás se puede hablar de "mi alma" o "tu alma", pero para llegar al tipo de conocimiento que usted busca es necesario que desaparezca la idea de un alma propia, para poder participar del Alma Única. Usted le agradó al Sheik, y cuando dijo que las dos mariposas se encontraron y una de ellas murió, le comunicaba que llegará un momento en que todo lo que usted cree ser morirá, y entonces podrá comprender.'

Me apretó la mano y dijo: 'Un verdadero encuentro es un encuentro en el corazón, y allí no hay tú ni yo. Ahora debo irme, amigo. Le deseo buena suerte en su viaje. Verdaderamente es el único viaje real posible en este mundo

Se puso de pie, me estrechó las manos nuevamente, y se fue.

Era muy tarde cuando subí a mi cuarto, y como estaba totalmente despierto me pareció innecesario acostarme. Me senté cerca de la ventana contemplando las sombras de la ciudad, los techos de teja, los viejos edificios europeos, los modernos hoteles y las delgadas y oscuras agujas de los minaretes que pronto emitirían la primera llamada a plegaria. Estuve allí hasta que los vendedores ambulantes comenzaron a ofrecer a gritos sus mercancías a los que se encaminaban a sus trabajos. Desde abajo llegaba el sonido de una sorda musiquilla y el eco de lentos pasos sobre el empedrado. En la media luz divisé a un hombre que conducía un enorme oso marrón. Probablemente lo había traído desde el este de Turquía y ahora intentaría hacerlo bailar en las calles o en alguno de los muelles del Bósforo. Me compadecí del oso que caminaba toscamente tras el hombre, otro actor en esta ciudad tan contradictoria.

Despuntaba el sol y comencé a pensar cómo haría para encontrar a la segunda persona de mi lista. Sólo tenía su nombre; ninguna dirección. Pero Hamid me había dicho que el hombre trabajaba en una de las sastrerías entre las muchas que hay en la calle de las sastrerías, cerca del mercado principal. Si yo era lo suficientemente sensible, podría encontrar el local. Ubiqué con facilidad el mercado, pero detectar la sastrería específica parecía imposible. Pasé toda la mañana recorriendo una y otra vez las calles de los alrededores, entrando y saliendo de los negocios, buscando un signo que indicara alguna pista.

Hacia la tarde me encontré en la zona de las librerías. Entré en una al azar e inmediatamente me atrajo un pergamino con bellas inscripciones en árabe. El propietario, alborotadamente le dijo algo a un joven que estaba junto al mostrador. El joven salió corriendo del negocio mientras con gestos exagerados el propietario me invitaba a tomar té con él en la trastienda.

Estábamos sentados frente a frente, mesa por medio, bebiendo pequeñas copas de té dulce de menta cuando entró el joven acompañado de un hombre mayor que dijo estar encantado de traducir para nosotros. Lo primero que el librero quería saber era por qué había yo elegido ese pergamino. ¿Comprendía lo que en él estaba escrito? Les dije que no y el otro hombre comenzó a traducir para mí. Eran los versos iniciales de El Corán, la oración cotidiana de todo musulmán, en cualquier parte del mundo. 'En el nombre de Dios, el clemente, el misericordioso...' Por un instante todo fue silencio, y luego con sonrisas y mucha gesticulación el librero insistió en que tomara el pergamino como regalo.

Estuvimos hablando un largo tiempo y luego el librero me indicó que entrara en otro cuarto. Un anciano de enorme cabeza abovedada avanzó desde la oscuridad. 'Este es un derviche verdadero', dijo el traductor, y los tres hablaron en turco un momento. Finalmente el anciano se dirigió a mí, levantó la mano y golpeando mi cabeza, exhaló oí sonido ‘Hu’ igual que lo había hecho el Sheik la noche antes.

Cuando estuvimos nuevamente sentados, frente a nuevas copas de té, le dije al librero cuál era mi misión, y le pregunté si conocía al Sheik que trabajaba en una sastrería. Sacudió la cabeza negativamente y me lamenté: 'Pero cómo haré para hallarlo. Caminé hasta el cansancio y ni siquiera encontré la calle de las sastrerías. Además no hablo ni entiendo el turco. La desesperación de mi voz le causó gracia; sonrió y luego se puso de pie indicando que la reunión había terminado. El traductor también sonrió mientras traducía las palabras del librero: ‘Hay un dicho del profeta Mahoma (la paz sea con él):-"Confía en Alá, pero antes ata tu camello." Quizás usted no ha trabajado sobre sí mismo lo suficiente, porque de haberlo hecho, Alá hubiera guiado sus pasos.' Agradecí a los dos hombres, y mientras me alejaba oí que el librero me saludaba 'Salam aleikum' (la paz sea contigo).

Todo ese día deambulé por los alrededores del mercado, por la calle de las sastrerías, preguntando, en inglés y en francés y tratando de encontrar frases turcas adecuadas en mi diccionario. La situación se estaba tornando onírica. Comencé a sentir una especie de distancia y desapego, como si esta búsqueda no estuviera ocurriendo en realidad. Hacia el final de la tarde, cuando el sol se ocultaba tras la Mezquita Azul, y cada minarete de la ciudad dejaba escuchar la última llamada a plegaria, decidí renunciar. Si hubiera sido el momento oportuno habría encontrado al hombre. Sabía que había hecho todos los esfuerzos posibles ese día, y pensé que si realmente era importante para mí conocerlo, tendría otra oportunidad.
Cuando llegué al hotel, estaba exhausto. Apenas si pude lavarme y meditar brevemente antes de caer rendido en la cama. El autobús para Ankara, mi próximo destino, salía de la terminal a las seis de la mañana.

Tres

Una historia de amor se escucha desde el amor mismo. Porque como un espejo es al mismo tiempo muda y expresiva.
Meviana Jelalu'ddin Rumí
El secreto es deleite. Y es este: entrar en quietud y escuchar; detener el pensamiento, detener el movimiento detener casi hasta la respiración misma; crear una calma interior en la cual, como ratones en una casa abandonada, puedan delicadamente aparecer esas capacidades, esa atención esquiva, demasiado fugaz para el uso cotidiano.
Alan McGlashan, The Savage and Beautiful Country
Los autobuses de Turquía quizás sean los únicos en el mundo en los que el conductor se pasea por el pasillo ofreciendo a los pasajeros colonia para las manos. Me ubiqué en el fondo del vehículo, gozando el olor de la colonia e ignorando las acaloradas discusiones y chismorrees del resto de los pasajeros; mi único deseo era llegar a Ankara, donde debía visitar a un gran hombre, un santo en realidad, según palabras de Hamid. En Inglaterra, pocos meses antes, Hamid me había encomendado estudiar cuidadosamente una frase de ese hombre: 'En el mundo relativo no hay creación; sólo el devenir del Ser.

‘Esa frase', había dicho Hamid, 'contiene uno de los grandes secretos. Algún día, Insh Alá (Dios quiera), llegarás a Ser; serás como la gota que se torna océano. Entonces, y sólo entonces, te será posible "hacer". Mientras no comprendas la omnipotencia de Dios, seguirás creyendo que tú eres causa de algo. Crees que puedes elegir. ¿Verdaderamente crees que elegiste ser mi discípulo? Algo hizo que nos conociéramos. Cuando puedas saber qué es, quién es, el origen del encuentro, llegarás al comienzo del Camino.

El autobús llegó a Ankara, Rápidamente retiré mi equipaje y me dirigí, en taxi, hacia la dirección que me había sido dada. No había tiempo que perder; deseaba pasar todo el tiempo posible con este hombre, asumiendo, por supuesto, que me recibiría. Hamid había insistido en que fuera siempre respetuoso y atento, y que no me desilusionara si no era recibido. 'Algunos de los maestros atienden a ciertos discípulos del Camino; otros, a otros. Por lo tanto, aunque alguno de aquellos que te he encomendado ver no te reciba, sigue tu camino. Lo importante es acudir con la justa intención: ellos verán tu grado de sinceridad.'

Avanzamos por calles laterales de la parte vieja de la ciudad, hasta que llegamos a una plaza en la cima de una colina. El área estaba llena de coches aparcados y de negocios que vendían libros religiosos y collares de oración. La gente se apresuraba a entrar en la mezquita, los hombres con la cabeza cubierta por sus capas, realizaban la ablución ritual en la fuente de la entrada. La llamada a oración había sonado ya.

El conductor detuvo el coche en un jardín junto a la mezquita, tomó mi dinero y antes de que pudiera pedirle que me señalara la casa del hombre que yo debía visitar, desapareció por el camino por donde habíamos llegado. Me detuve un momento bajo el sol invernal, mirando la ciudad al pie de la colina, y traté de orientarme. El último de los fieles había entrado a la mezquita, después de lo cual bajaron la cortina de cuero.

Crucé la calle en dirección a los negocios. En el primero encontré al dueño en la entrada, orando sobre una alfombra.

El del segundo también estaba de rodillas a la entrada, pero el propietario del tercero me saludó en inglés: '¿Americano, eh?' En realidad no era una pregunta sino una afirmación y me pareció innecesario corregirlo. ‘Un amigo mío tiene un hijo que estudia en California, en Berkeley. Estudia física pero mi amigo no está contento porque el hijo quiere casarse con una americana que no es musulmana. Parece que ella ni siquiera sabe que es necesario lavarse antes de orar.'

Continuó con su monólogo: ‘E1 problema con los occidentales es que no comprenden el sentido de la ablución ritual. Si creen en Dios, no importa que sean cristianos o musulmanes, pero ¿cómo pueden orar si no saben lavarse?’

'Dígame', lo interrumpí. '¿Conoce a Haji Bayram Wali?. Me miró de manera similar a como me había mirado el conductor del taxi ante la misma pregunta, y se tomó solemne.

'Existe Haji Bayram Wali, qué Dios bendiga su secreto', dijo, señalando la mezquita. 'Muchas veces peregrinó a la Meca. Algún día yo también iré.'

Luego me abrazó: 'Qué maravilla que un americano de Berkeley, California, haya oído hablar del gran santo.' Le expliqué que me había sido encomendado hacer un alto en mi viaje hacia el sur, donde me encontraría con mi maestro, para presentarle mis respetos a esto santo, y que también me había sido pedido que antes de acudir meditara sobre una frase suya. Le repetí la frase y esto lo entusiasmó mas aún; salió corriendo de la tienda llamando a sus amigos que en ese momento salían de la mezquita. Una docena de hombres se amontonaron gritando 'Muselman, Muselman' y luego me fueron empujando fuera de la tienda hacia la mezquita. ¡De modo que me conducirían ante su Sheik! Mi excitación concordaba con el entusiasmo de mis compañeros.

En la esquina de la mezquita había una puerta, junto a la puerta una fuente en la que todos se detuvieron para lavarse , las manos, los pies y la cara, pidiéndome que hiciera lo mismo. Luego el dueño de la tienda hablo con otro que estaba de pie junto a una pequeña puerta lateral, y entramos a ese cuarto. Cuando mis ojos se adaptaron a la luz del lugar, vi que las paredes estaban cubiertas con inscripciones en árabe.

‘Haji Bayram Wali', anímelo mi amigo. Me tomó poco tiempo darme cuenta de que estaba dentro de un sepulcro. La frase de Haji Bayram Wali había sido tan real, sus palabras habían estado tan presentes en mí, que no me imaginé que podía tratarse de un sabio de la antigüedad.
De algún modo se me hizo claro lo que debía hacer. Existe un dicho del Islam: ‘Cuando ores, hazlo con las manos.' Abrí las manos, palmas al cielo, como los otros que me rodeaban. No tenia idea de qué significaba el gesto, pero pensé que si me abría totalmente podría comprender algo. Al hacerlo, sentí una tensión en la garganta y al mismo tiempo un tremendo ardor en el centro del pecho. Comencé a llorar, y mientras rodaban las lágrimas por mis mejillas supe, en un lenguaje sin palabras, lo que significa ser recibido por alguien que mora en un mundo fuera del tiempo y del espacio. Ya no se trata de si está vivo o muerto. En este tipo de plegaria se entra en una dimensión completamente diferente. Permanecí largo tiempo en la mezquita.

Al salir a la luz del día me di cuenta de que me había sido permitido dar un paso más. Para este extraordinario viaje, Hamid había trazado un buen itinerario.
Esa misma noche tomé el autobús para Antalya, la última escala de mi viaje antes de unirme a Hamid en Sidé. Le había enviado un telegrama informándole que llegaría pronto, y a medida que me acercaba a mi meta, mi ansiedad iba en aumento.

El autobús llegó a Antalya poco después del mediodía. Frente a la estación había una agencia de viajes y decidí averiguar por el próximo autobús a Sidé. Cruce la calle con mis maletas y pregunté por los horarios. Me respondió el dueño de la agencia, en francés. Nada en Turquía sucede rápidamente; nos quedamos charlando varios minutos, y le dije que iba a pasar cierto tiempo en Sidé, visitando a un amigo. ‘¿Su amigo es inglés?', me preguntó. "No’, le dije, 'es turco, de Estambul, pero suele viajar a Londres’. 'Ah', dijo el hombre, y guardó silencio. Después de una larga pausa, preguntó: ‘¿Usted es inglés?' 'Sí', le respondí. 'Ah', dijo nuevamente. Y otra larga pausa. 'Para llegar a Sidé tendrá que tomar un automóvil o un jeep, a menos que quiera esperar el autobús de mañana’ entonces pasaré aquí la noche; ¿me puede conseguir un cuarto de hotel?' ‘Ah, pero vea, cuando el sol se ponga, será mañana, y mañana es el último miércoles de la luna. Será mejor que se vaya ahora, esta misma tarde, antes de que el sol se ponga. No es bueno dar comienzo a algo en el día equivocado. Pero claro, probablemente usted no cree en estas cosas, ¿cierto?' En realidad era una pregunta.

¡El último miércoles de la luna! Hamid me había explicado que los países islámicos utilizan el calendario lunar en lugar del solar que usamos en Occidente; ciertos días, particularmente el último miércoles y el día trece del ciclo lunar, tradicionalmente se consideran desfavorables para iniciar algo.

Si deseaba llegar debidamente, tendría que viajar a Sidé en ese momento, o esperar hasta el jueves.

El hombre interrumpió mis pensamientos: '¿Su amigo es muy alto y con bigote, y usa gafas?' ‘Sí, sí,' tartamudee, '¿lo conoce?' 'No', dijo, 'pero diez minutos antes de que usted llegara, un hombre así, turco, con bigote y gafas, me preguntó si había visto a un inglés de barba rojiza’ Sonriendo por mi excitación, le pidió a su asistente que cuidara mi equipaje y me llevó a la calle: 'Se fue en esa dirección'. Y señaló hacia el mar. 'Apresúrese, quizás pueda encontrarlo.'

Corrí calle abajo, asomándome a las tiendas y a las calles laterales. Llegué hasta la orilla del mar y me detuve un instante, recibiendo el viento frío. Sólo había unos pocos ancianos paseando y perros callejeros buscando comida. Quizás había llegado demasiado tarde. Sentí pánico y comencé a correr nuevamente calle arriba. Nada. Un par de veces creí verlo, pero siempre estaba dando vuelta alguna esquina y cuando yo llegaba, había desaparecido.

Finalmente, con el corazón latiendo fuerte y el pecho dolorido, volví al lugar de origen: la agencia de viajes. El dueño salió a saludarme. 'Ah’ me dijo una vez más, 'justo cuando usted se me calle abajo', señaló la dirección del mar, 'su amigo llegaba por el otro lado', y señaló en dirección opuesta.

'Ahora está en el café de enfrente, tomando té. ‘Vamos, lo acompaño’ Y con el equipaje a cuestas regresamos a la estación de autobús.

No vi a Hamid al entrar en el café, pero él estaba caminando hacia mí. Nos abrazamos con gran calidez y lloré, aliviado, por volverlo a ver.

‘Bien’, dijo, "has llegado justo a tiempo. Bienvenido a Turquía. Tengo un coche esperando, partimos enseguida. Debemos llegar a Sidé antes de que caiga el sol.'

Al pasar por la oficina de la agencia de viajes, camino a Sidé, el hombre que me había ayudado nos saludó con las manos.

Atravesamos plantaciones de olivos y mandarinas. El sol de la tarde tomaba deslumbrante el agua del Egeo. Muchas familias regresaban del campo, los hombres montados sobre burros, las mujeres y los niños caminado al lado. Algunos de los burros estaban tan cargados de canastas o bultos de heno que apenas a se les veían. Había perros corriendo y jugando a mordisquearse mutuamente. Algunas de las mujeres usaban purdah, velo completo, y las faldas de su largos vestidos negros se extendían hacia atrás llevadas por la brisa. Esta escena no había cambiado en quince años. Era natural, conforme al ritmo y armonía del movimiento de la tierra misma.

Llegamos al límite de la villa poco después de la caída del sol. "Desde arriba de esa colina, podemos presentar nuestros respetos a la bella puesta del sol; la vista es verdaderamente impresionante', dijo Hamid, señalando por la ventana. ‘Al borde del acantilado, oculto por la colina, hay un antiguo anfiteatro griego. Quizás pronto lo exploremos. Pero ahora estás cansado, y mañana es el último miércoles de la luna.'

Escalamos por las rocas. Desde él mar soplaba un viento frío. Al tope del acantilado ví que en realidad estábamos sobre una de las grandes paredes del anfiteatro. Mirando hacia abajo se podía ver directamente la arena del viejo escenario.

Era como si el tiempo avanzara hacia atrás porque todo parecía estar tal cual como lo había dejado un terremoto olvidado en el fondo de los tiempos. Había pilares amontonados como árboles caídos, aplastados unos contra otros de manera caprichosa. No se veían huellas de ninguna excavación. Parecía que éramos los primeros seres humanos testigos del espectáculo desde que fuera abandonado. La tierra sobre la que nos sentamos estaba sembrada de trozos de mármol y secciones de pilares. Enormes formaciones de lava se extendían hasta la playa, rojas y anaranjadas a la luz del sol poniente. Perfilado contra el mar, Hamid se sentó con las rodillas plegadas y las manos juntas. Parecía estar recogido en profundos pensamientos, sus labios se movían levemente y su rostro reflejaba una intensidad que yo jamás antes había visto.

De repente, Hamid se levantó: 'Debo llevarte a casa antes de que oscurezca.' Caminamos en silencio por la playa de regreso al coche, con el viento frío golpeando nuestras espaldas. ‘Has tenido un viaje muy largo, con seguridad estás muy cansado. Mañana descansarás; y por la noche, cuando el miércoles haya terminado, nos volveremos a encontrar e iremos a cenar al pueblo, será una cena especial.'

Fue corto el trayecto hasta la casa, que pertenecía a un amigo de Hamid que vivía en Estambul. Una casa de dos pisos orientada de manera qué los cuartos daban al patio por tres lados. El otro costado, estaba protegido por una pared alta que garantizaba intimidad completa. En el centro del patio había un bello árbol, parecido a un sauce, cuyas ramas llegaban hasta el suelo. Estaba iluminado por lámparas que colgaban de las ramas y rodeado de canteros de flores. La parte de la casa opuesta a la puerta por la que se entraba al patio era más moderna que el resto y de estilo japonés, larga y baja, fabricada en pino. Había dos cuartos idénticos, uno arriba del otro, con una corta escalera de madera, por fuera, que llevaba directamente al cuarto superior. En el cuarto de abajo, a través de las cortinas, pude ver la luz de una cerilla encendiendo una vela y la sombra de una figura que se movía tras la ventana.

'Ese será tu cuarto, el de arriba', señaló Hamid. "Vamos, subamos el equipaje.'

El cuarto era perfecto; simple y limpio, con una ducha pequeña empotrada en un rincón. Había una cómoda con una jarra de agua sobre ella, una lámpara junto a la cama y otra sobre una mesa junto a la ventana. Sobre la mesa había un bol con flores y una versión en inglés de El Corán. 'No dejes la luz encendida ni la puerta abierta', me previno. ‘Los mosquitos aquí son voraces. Yo estoy acostumbrado, pero tú eres rubio, y son particularmente adictos a la sangre europea. Buenas noches.' Me dejó solo y, atravesando el patio, regresó a su dormitorio ubicado en la otra casa, sobre la cocina.

Me acosté y me dormí inmediatamente. Debo de haber estado más cansado de lo que creía porque dormí doce horas. A la mañana siguiente me lavé y desayuné lo que Hamid me había enviado: pan, queso y frutas. Pasé el día tranquilo, sentado en mi cuarto o paseando por el jardín. Fue un día como de ensueño. Me sentía feliz, casi como un niño, caminé por los alrededores mirando las casas, las cercas, los montones de piedras. No sentía el paso del tiempo. En un momento vi a Hamid en la ventana de su cuarto sobre la cocina, pero no pareció verme. Después de la caída del sol, apareció sonriendo. "Puedes ducharte', dijo. ‘Esta noche hay agua. Luego iremos a cenar.'
Caminamos un corto trecho calle abajo hasta un pequeño restaurante frente a la plaza. Era el único en Sidé. Evidentemente todos en la villa sabían que un extranjero había llegado de visita, porque habían preparado una mesa con vistas al Mediterráneo, y un menú especial. El dueño del restaurante se sentó a nuestra mesa y al poco tiempo se nos unieron varios amigos de Hamid. Evidentemente yo había imaginado que la primera noche en Sidé, Hamid y yo charlaríamos sobre mis experiencias en el viaje, pero después de las presentaciones, él y sus amigos se pusieron a hablar en turco. Que yo estuviera allí o no, daba lo mismo.

Fueron trayendo plato tras plato y garrafas de vino turco. Una o dos veces mencionaron mi nombre y tuve la esperanza de ser incluido. Sin embargo, la conversación seguía en turco, mientras yo contemplaba el agua reluciente, comía lo que me daban, y me preguntaba qué pasaría a continuación. Quizás, después de todo, no había llegado en el momento oportuno.

Sabía, por supuesto que no debía interrumpir; estaba seguro de que en el momento correcto, la conversación se orientaría hacia las cosas que yo deseaba escuchar. Mientras tanto, me estaba poniendo impaciente. Mi mente repasaba los acontecimientos del día anterior, mi llegada a Sidé, mi cuarto nuevo, y el de abajo, con la vela que había visto encender a través de la ventana...

Me di cuenta de que crecía en mí un sentimiento de soledad y abatimiento tan intenso que temí romper en llanto allí mismo. Luché por recobrar el control pero no podía deshacerme de un enorme pesar que se acentuó al ver una figura que cruzaba la plaza en dirección a nosotros. Al principio no distinguí bien, y luego vi que era una bella joven, alta y de tez oscura. Tenía el cabello negro suelto sobre los hombros, usaba un largo vestido blanco, iba descalza y en sus manos sostenía un manojo enmarañado de lana azul, enredado en su muñecas tan apretadamente que sus manos y brazos parecían atados. El dueño del local se levantó y acercó rápidamente una silla y Hamid escoltó a la mujer hasta la mesa, desenredó con gentileza la lana de sus muñecas, y le sirvió un vaso de vino. Era bellísima, tan delicada y etérea que parecía no pertenecer a este mundo. Me di cuenta de que el sentimiento de soledad que había crecido en mí emanaba de ella.

La mujer inclinó levemente la cabeza cuando Hamid nos presentó. Guardó silencio, pero levantó nuevamente el ovillo de lana y empezó a darlo vuelta torpemente entre sus manos.

Movía las manos lenta y cuidadosamente al principio, buscando con los dedos entre la maraña de lana. Luego comenzó a hundir sus dedos agitadamente en ella.

Hamid se dirigió a mí, sin dejar de mirar a la joven. ‘Está buscando la punta del ovillo', dijo. Extendí mi mano para tratar de ayudarla pero él me tocó el brazo indicando que debía dejarla sola. Al rato se despidió de los otros, me indicó que lo siguiera y condujo a la mujer durante el camino. Marchamos juntos en silencio por la orilla, de regreso a la casa. Justo antes de llegar, ella se dio vuelta y se detuvo un instante mirando el mar. Pude distinguir un rulo de lana al viento tras ella.

Luego se dio vuelta y entró en la casa. Hamid y yo la contemplamos mientras cruzaba el patio. En seguida apareció la luz de una vela en la ventana del cuarto de abajo, brillando tras el mosquitero e iluminando débilmente el árbol.

Hamid se dirigió a mí: "Ven a mi cuarto mañana a las siete en punto', dijo. Luego me abrazó, besó mis manos, las elevó hasta su frente y se retiró a su habitación.

Cuatro

He muerto mineral y me transformé en vegetal;

y he muerto a lo vegetativo para tornarme animal

Al morir a la animalidad me transformé en hombre.

¿Por qué entonces el temor a desaparecer en la muerte?

La próxima vez que muera

tendré alas y plumas como los ángeles;

y luego, remontándome por encima de los ángeles,

llegaré a ser

lo que no puedes imaginar.
Mevlana Jelalu'ddin Rumi

Como el amanecer contiene el día, el aliento divino lo

contiene todo.
Muhyi-d-din Ibn’Arabi
Amaneció sobre las colinas y los perros de la villa despertaron inaugurando el día. Escuché la llamada a plegaria de los minaretes: 'Alá Hu Akbar, Alá Hu Akbar’ (Dios es grande, Dios es grande). El llamamiento del muezín resuena sobre los techos cinco veces por día convocando a los hombres a dirigirse nuevamente a Dios.

Realicé las abluciones como Hamid me había enseñado en Londres. Me había dicho: 'Si no tienes agua te lavarás con arena; y si no tienes arena te lavarás con una piedra; si no dispones de piedra, límpiate con intención para poder acercarte al momento habiéndote liberado del pasado todo lo posible.' Me lavé muy cuidadosamente esa mañana, rogando poder estar abierto para recibir lo que me fuera dado.

A las siete en punto golpeé la puerta del ruarlo de Hamid. Me estaba esperando. Me indicó que me sentara en una silla frente a el, y sin rodeos comenzó a hablar. 'Esta mañana voy a enseñarte algo sobre la respiración. Te darás cuenta de que la respiración es el secreto de la vida; sin ella no hay nada. Si se respira de manera correcta se puede elegir cómo viajar. Piensa en el viento: al soplar, lleva consigo todo lo liviano, todo lo que puede desprenderse de la tierra. Lleva el aroma de las flores, las hojas que caen de los árboles y lleva las semillas de las plantas al lugar donde podrán echar raíces. ¡Hay un gran mensaje en esto! Venimos a este mundo en la respiración y salimos de él en la respiración. El hombre medio, que vive la vida mecánicamente, olvida la respiración hasta que, en el momento de su muerte, lucha por llevar aire a sus pulmones, aferrándose a los últimos vestigios de lo que cree que es la vida en este mundo.

La práctica que voy a enseñarte esta mañana, puedes realizarla en cualquier momento, por el resto de tu vida. Parece fácil, pero como cada momento es diferente, cada día es diferente, a veces te será difícil concentrarte. Pero poco a poco llegarás a comprender la importancia de lo que te estoy diciendo.

'Primero, debes aprender a purificar los cuerpos sutiles sometiendo el concepto de cuerpo físico para poder encontrar la matriz invisible a partir de la cual el cuerpo constantemente se está formando. Si aprendes a purificarte, podrás ver con claridad, porque las formas mentales y las proyecciones que oscurecen la clara visión y el oído interior comenzarán a disolverse. Después de todo, es justamente el pensamiento lo que nos separa

Me indicó que acercara más mi silla a la suya. Luego tomó mis manos entre las suyas, con mi palma derecha hacia arriba y la izquierda hacia abajo, formando un circuito a través del cual yo podía sentir la energía que fluía entre nosotros. El efecto calmante fue inmediato.

"Primero verifica que tu espalda esté erguida, luego simplemente observa el subir y bajar de la respiración. Para poder hacerlo se requiere mucha práctica, y son pocos los que están dispuestos a llevar a cabo el esfuerzo necesario. Cuando puedas simplemente observar la respiración, comenzarás a darte cuenta de que estamos tiranizados por pensamientos que nos arrastran constantemente de un lado a otro; y a pesar de que no nos gusta esta verdad, es evidente que tenemos poca permanencia. Pero tú no eres tus pensamientos, del mismo modo que no eres tus emociones o tu cuerpo. Si no eres tus pensamientos, y sin embargo te es tan difícil observar la respiración sin ser arrastrado por los pensamientos, ¿no será que algo anda mal?

Al hacer esta pregunta me apretó un poco las manos hasta que lo miré a los ojos. 'Escucha cuidadosamente', dijo, y recuerda lo que digo: mientras no tengas un "yo" permanente, estarás siempre a merced del peligro de ser desviado. Si aprendes a respirar conscientemente, tendrás ocasión de encontrar ese ser interior que es tu verdadero ser.

‘Hoy voy a hablarte de los tres aspectos de la respiración. Para conocer la respiración habría que estudiar la vida entera pero estos tres aspectos -si se los atiende cuidadosamente y se los pone en práctica- pueden llegar a cambiar el curso de tu vida. Se trata del ritmo y la calidad de la respiración y del punto del cuerpo en que se sitúa.

‘Últimamente en Occidente se ha escrito mucho acerca del ritmo de la respiración, que en la India se llama pranayama,' pero pocos saben que los diferentes ritmos enseñados por las distintas escuelas y maestros tienen como fin producir resultados diferentes. Al conducir un automóvil a gran velocidad cuesta arriba, el motor adopta un ritmo bien diferente que cuando vas en bajada, en punto muerto. La velocidad puede ser la misma, pero el ritmo del motor es bien diferente. Lo mismo sucede con la respiración; comprender esto es vital.'

Hizo una pausa. Yo no estaba muy seguro de si debía responder o no, pero antes de que pudiera siquiera intentarlo, prosiguió. El ritmo que voy a enseñarte hoy se conoce como la madre de la respiración. La gente no es consciente de que a cada momento algo "nace", y de que si pudiéramos hallar el ritmo natural que armoniza con las leyes universales que gobiernan nuestra existencia, podríamos contribuir a pacificar este planeta.

‘De modo que ésta es la primera lección: practicar conscientemente un ritmo respiratorio básico. Verifica que tu columna este erguida, para que los fluidos vitales puedan circular fácilmente. Ahora inhala durante una cuenta de siete, haz una pausa de uno, y respira durante otra cuenta de siete. Antes de comenzar la segunda inhalación, haz otra pausa de uno. Es una cuenta rítmica muy simple 7-1-7-1-7. Si practicas verdaderamente, pronto se tomará automática. Trabajemos juntos ahora.'

A medida que me iba relajando y entregando al ritmo, comencé a sentirme muy liviano. Hamid sostenía aún mis manos y yo veía el subir y bajar de su abdomen al respirar. Al principio el ritmo era extraño y difícil de seguir, pero luego algo en mí comenzó a despertar lentamente: un observador que podía ver todo lo que estaba sucediendo y sin embargo no se identificaba con nada, ni con el ritmo mismo.

'Bien', dijo Hamid. 'Ahora confía un poco más, relájate y cierra los ojos: simplemente permite que tu cuerpo respire. Deja de lado todo concepto, entrégate al ritmo que fluye y pulsa en todo lo viviente. Este ritmo se llama ley de siete, y al seguirlo te vinculas con el principio armónico de la vida que sólo busca lo perfecto.

'Ahora, al pasar a la próxima etapa, relacionada con la calidad del aire que respiras, seguirás practicando el ritmo 7-1-7.'

'Igual que el viento lleva consigo todo lo liviano que se separa de la tierra, existen muchas calidades que pueden acompañar la respiración si comprendemos el ritmo y si somos capaces de concentramos de manera correcta. Por ejemplo, puedes elegir un color del espectro e incorporarlo a tu cuerpo con la respiración, llenando con él cada célula. Esta práctica es útil en ciertos tipos de curación. Puedes inhalar una vibración fuerte, similar a los bajos de un piano, o puedes inhalar las vibraciones más sutiles que se puedan imaginar que, en este mundo, se encuentran más allá de las ondas sonoras. ¡Puedes elegir cualquier cosa! Puedes inhalar la esencia de una flor o de una hierba del mismo modo que hueles su perfume y reconoces la diferencia. El conocimiento de la respiración es muy vasto; antiguamente pocos lo poseían pero ahora ha llegado el momento de que el mundo comience a comprender. Con el ritmo correcto, y con el conocimiento que te estoy! trasmitiendo, se pueden hacer cosas extraordinarias.

"Pero sólo te estoy dando indicaciones para que puedas trabajar. Cuando hayas practicado bastante este ritmo básico, podremos hablar más en detalle.

"El tercer aspecto, del que deseo hablarte hoy, es el lugar de la respiración en el cuerpo. Igual que el viento lleva la semilla de un lugar a otro, así la respiración puede llevar intención de un área del cuerpo a otra, con un fin determinado. Colocando de manera correcta la respiración podemos aprender a equilibrar el cuerpo. Este es el comienzo del aprendizaje del arte de la trasmutación: el arte de los alquimistas, que nos permitirá cumplir con nuestra responsabilidad como hombres: llegar a ser seres humanos conscientes dedicados a una vida de servicio en esta tierra.

'Respira ahora conmigo, percibe el ritmo que te he enseñado y absorbe con el aire la calidad más fina que puedas imaginar. Purifícate con el aire. Deja que lave todas tus penas en este momento. Mientras respiramos, siente la energía que se expande desde la coronilla de tu cabeza hacia abajo, recorriendo todo tu cuerpo.'

Al respirar como Hamid me indicaba, me iba relajando y sentía un gran alivio y un sentimiento de libertad que nunca antes había experimentado. Al mismo tiempo tenía que luchar por no perder concentración y conciencia. Hamid sostenía fuertemente mis manos.

'Ahora quiero que respires profundamente varias veces. Cada vez que inhales, trae conscientemente equilibrio a tu ser, y al mismo tiempo asume responsabilidad por tu cuerpo. Has podido deshacerte de mucho de lo que creías ser para descubrir algo verdadero en tu interior: lo que llamamos el observador. Debes aprender a desarrollar este observador un poco más cada día. Estás aquí para aprender a hacerte cargo del vehículo que te ha sido dado. Yérguete con orgullo en este mundo, pero inclínate en el próximo.

Comencé a respirar lenta y profundamente, y pronto Hamid me indicó que abriera los ojos. El cuarto parecía distinto, como si lo estuviera viendo por primera vez. Sentí una paz tremenda y una sensación de seguridad. Todo estaba en el debido orden. Circulaba entre los objetos del cuarto, y en cada objeto mismo, una corriente perfecta: un sentido de comunión, de reconocimiento; las sillas, la mesa, la cama, cada cosa tenía en cuenta a las demás. Ya no eran objetos inanimados sino que formaban parte del Ser viviente. Cada cosa tenía conciencia y hablaba un lenguaje silencioso. Todo era, en Esencia, perfecto.

Hamid separó lentamente sus manos de las mías y se puso de pie. Caminó hasta ubicarse detrás de mí, puso sus manos sobre mi cabeza, y las fue bajando lentamente a cada lado de mi cuerpo, a unos seis centímetros de la ropa. Luego hizo lo mismo por el frente y la parte posterior. Finalmente, me puso las manos sobre los hombros y me dijo que me quedara quieto. Sus manos emanaban un calor tremendo, que me recorría por entero. Permaneció así unos pocos segundos y volvió a sentarse. 'Bien', dijo, 'ahora, cuando hablemos del mundo real, será más fácil que comprendas. Pero antes desayunemos. ¿Sabes hacer café turco? ¿No? Sacudió la cabeza apenado. 'Bueno, debes aprender, y cada mañana será tu tarea prepararlo después de la meditación que hagamos juntos. Después de desayunar, nos sentaremos a charlar. Ahora vete a dar un paseo por la playa, y cuando regreses el café estará listo."

Y se fue en dirección a la cocina. Mi cuerpo estaba curiosamente débil y al principio me fue difícil incorporarme de la silla. Descansé unos minutos más y luego me encaminé hacia el mar, para ver los botes de pescadores regresando con la pesca de la mañana.

Mientras caminaba por la playa pensé en el cambio operado en Hamíd. Esa mañana no había sido como las otras veces que estuvimos juntos en Londres. Su actitud emanaba una autoridad que dejaba afuera toda tontería y no daba lugar a medias tintas. Antes, siempre había habido algún momento para hablar de cosas mundanas, reír un poco y compartir una discusión banal; ahora, parecía haber una sensación de urgencia. Sentí que se esperaba de mí más de lo que hasta ahora había intentado. Por cierto que había dado un salto a lo desconocido, pero ahora me daba cuenta de que no había retorno. Me había puesto en las manos de este hombre. El juego había comenzado, y yo no conocía el desarrollo de la trama.

Para cuando regresé del paseo, Hamid había puesto la mesa para desayunar en el patio. Comimos en silencio y después de limpiar todo, me indicó que entrara en la casa. Nuevamente sentados en las sillas de su cuarto, comenzó a hablar como si nunca nos hubiéramos levantado de allí.

"Mientras estés aquí tendremos un tiempo de estudio todas las mañanas. Esto será nuevo para ti, ya que los occidentales parecen pensar que el estudio es acumular información, u obtener conocimientos. Pero recuerda esto: el conocimiento no se puede obtener, es dado. Te es dado en el momento correcto, aunque en realidad estuvo siempre allí, dentro de ti. La palabra educación viene del latín educare, que significa dar a luz. No significa empalmar trozos de información provenientes de alguna fuente exterior. El estudio al que me refiero es el estudio, por amor y conscientemente, de las verdades esenciales, de modo que lo que está en ti, esperando nacer, pueda comenzar a revelarse. Si te esfuerzas estudiando, la comprensión llegará por sí misma. Pero antes de estudiar de este modo siempre debes prepararte; por eso realizamos las prácticas primero.
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