Título original: The last barrier






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suya y no por la de Dios. Ahora estaba atrapado, sin voluntad propia. Cumplía con lo que se me había pedido pero en mi mente había una pregunta: ¿Sabía realmente Hamid lo que estaba haciendo? Quizás, pensé, me estaba llevando por un camino errado. Yo había querido imaginar que en este sendero llegaría a ser capaz de superar algunos de mis problemas y que la vida se me haría más llana. Pero estaba sucediendo todo lo contrario. Si antes de viajar a Turquía yo tenía cierta calma mental, ahora carecía de ella en absoluto. Ahí estaba, atrapado en Estambul, sin saber qué sucedería a continuación ni si algo de lo que hasta allí había acontecido en mi viaje tenía algún valor. No sabía cuánto tiempo debía permanecer en esa pensión; quizás pasaran meses, quizás años. Y esta idea me sumía en desesperación durante horas, durante días. Me sentía cada vez más inútil, y hasta llegué a fantasear diversas maneras de matarme. Entonces contraje una gripe.

Durante una semana no pude salir de la cama debido a la enfermedad. El dueño de la pensión me traía sopa y fruta pero yo estaba muy débil como para incorporarme y casi no podía tragar. Como no mejoraba y tenía fiebre muy alta, insistió en llamar a un médico que me aplicó penicilina, me cobró una suma extraordinaria y volvió cada día para repetir su actuación. Cada vez me sentía más débil de modo que cuando finalmente la fiebre cedió casi no podía caminar la distancia de cruzar el patio. El dueño no era muy compasivo, se preocupaba por la responsabilidad de tenerme en su casa y sospechaba de mí porque de todos modos lo único que yo hacía era estar sentado o dormir.

Al cabo de otra semana y comencé a mejorar, me sentía un poco más fuerte y el clima se estaba poniendo deliciosamente primaveral. No había recibido señales de Hamid, y a esta altura yo estaba convencido de haber fracasado en la prueba, fuera la que fuera. Estaba débil, había perdido peso, y había dejado de preocuparme por si estaba o no en el sendero espiritual; ya no estaba interesado en la búsqueda de la "Verdad", fuera esta lo que fuera. Lo único que deseaba era recuperar mis fuerzas para poder regresar a Inglaterra y retomar mi vida donde la había dejado. La vida había perdido su sentido, el viaje ya no se me presentaba como una aventura sino como una pesadilla. Me engañaba a mí mismo suponiendo que tenía suficiente valor como para llamar a Hamid si quería. Pero en verdad me aterrorizaba de sólo mirar el teléfono.

Finalmente, un día en que el sol estaba verdaderamente cálido, decidí hacer una excursión por el Bósforo. A diablo con Hamid y todas sus prácticas. Después de todo, el viaje y el aire fresco me harían bien. Todavía estaba muy débil y tenía una tos muy fea, de modo que decidí que lo que necesitaba era un viaje al Mar Negro. Finalmente junté valor y llamé a Hamid para decirle lo que planeaba hacer.

Ni mi llamado ni enterarse de mi enfermedad lo hicieron reaccionar. 'Es un día tan hermoso, Hamid', dije, 'que me gustaría hacer un viaje por el Bósforo para tomar un poco de aire fresco.'

'Qué buena idea', respondió, 'espero que pases un buen día.'

¡Estaba bien! Por primera vez en todas las semanas que había estado en la pensión me sentía feliz y aliviado. Caminé por el muelle al que arribaban los botes, tomé el primero que recorría el Bósforo y pasé un día perfecto, tomando ferries para cruzar de una a otra de las pequeñas villas de la zona.

No regresé a la pensión hasta que se hizo de noche. A los diez minutos de haber llegado, el dueño golpeó mi puerta y me dijo que tenía una llamada telefónica.

Era Hamid. Con voz fría y distante dijo: 'Mientras estabas de excursión alguien vino a verte. Fue una lástima que esa persona no pudiera esperar y tuviera que volver a irse.' Sin esperar respuesta, colgó.

Volví a mi cuarto y lo encontré más solitario que antes. Todo mi buen humor quedó rápidamente reemplazado por la antigua desesperación. ¿Qué quería decir que alguien había ido a verme? No conocía a nadie en Estambul salvo al Sheik, y con seguridad no había sido él. La voz de Hamid sonaba a que había vuelto a fracasar una prueba, y sin embargo, en lugar de gritarme y ordenarme que me volviera a casa me había dejado suspendido en el vacío. Esa noche pedí que me llevaran vino a mi cuarto. Bebí la botella entera y cuando finalmente caí dormido, había tomado la resolución de regresar a Inglaterra a la mañana siguiente.

Al despertar mi humor había mejorado un poco y decidí realizar un último intento de cumplir con aquello por lo que había sido enviado a esa pensión, fuera lo que fuera. La prueba tenía que ver con la paciencia, eso era claro, pero sentía que había algo más.

Pasó otra semana en medio del tedio y nuevamente decidí hacer un paseo por el Bósforo. Volví a llamar a Hamid y una vez más dijo que la idea le parecía bien ya que todavía no me había recuperado de la gripe. Nuevamente me pareció que todo estaba bien y una vez más al regresar esa noche Hamid me telefoneó. 'Vinieron mientras estabas de paseo', dijo.

A la mañana siguiente empaqué mis cosas, llamé al aeropuerto y reservé billete a Londres para el día siguiente. Deseaba no tener que volver a ver a Hamid ni siquiera para despedirme, pero sabía que debía hacerlo.

Golpeé la puerta de la casa y me abrió una mujer mayor que resultó ser la prima. 'Entre', dijo, ‘lo estábamos esperando. El almuerzo estará listo enseguida. ¿Almorzará con nosotros?' Me llevó a la sala, me ofreció un cherry y al poco tiempo entró Hamid. 'Aquí estás', dijo, y me abrazó con gran calidez. '¡Pero cómo has adelgazado! Bueno, de todos modos sólo fue una gripe. Supongo que el médico te habrá dado penicilina, que sólo empeora las cosas. Sin embargo, estas mejor ahora, ¿cierto?

Almorzamos como si todo estuviera perfectamente normal. Nadie mencionó la pensión; Hamid y su prima hablaban de la crisis mundial, y de la política en Turquía y Grecia; todas las cosas que se esperan oír en un almuerzo ordinario. Sin embargo, en el momento del café la prima de Hamid se volvió hacia mí y dijo: ‘Me han dicho que desea ser un discípulo del Camino. Me pregunto por qué un inglés, que ni siquiera es musulmán, busca seguir el Camino. Mi primo trató de explicármelo, pero no comprendo. Mi Sheik siempre dice que las personas como usted tienen pocas probabilidades, ya que nunca están dispuestas a ceder. La vida en Occidente es demasiado cómoda, ¿no es cierto?’

Lo último de lo que deseaba hablar era del viaje y de mis razones para iniciarlo, pero cuanto más insistía yo en que había decidido abandonar y regresar a Inglaterra, más insistía ella en pedir explicaciones. Todavía no había tenido oportunidad de decirle a Hamid que había decidido abandonar. Estaba sentado frente a mí, escuchando indiferente mis racionalizaciones. Finalmente entró en la conversación dirigiéndose a ella en turco. Luego, giró hacia mí y dijo: "Puedes irte si quieres, pero justo estaba por arreglar las cosas para que mañana vieras a una persona muy importante. Claro que si no tienes interés... Eres libre de elegir; sin embargo, podría serte beneficioso.'

‘Pero pensé que ya no tenía sentido seguir. Pensé que dado que "ellos", sean quienes fueran, habían venido y se habían ido mientras yo estuve afuera, había fracasado una vez '¡Nuevamente estás del lado de tu voluntad personal!' dijo Hamid irritado. Te he dicho que no eres tú el que juzga. ¿Cómo puedes saber si has fallado la prueba cuando ni siquiera sabes qué se pretendía probar? Si tuvieras paciencia, comprenderías. ¿No te das cuenta de que nada se produce hasta que llega el momento justo? Ahora es el momento justo de visitar a alguien que deseo que conozcas. No sabes si pasaste o no la prueba, y además, no lo sabrás hasta comprobar si esta persona te recibe o no. Si eres recibido, todo está bien. Si no, no. Pero tú eres libre de elegir. Vuelve a Inglaterra si quieres. Personalmente no me importa lo que hagas.'

Sin más, abandonó la sala. ¡Maldición! ¿De qué se trataba todo esto? Ya había tenido suficiente, y ahora me estaban ofreciendo más. Lleno de frustración salí en busca de Hamid.

Estaba sentado en la sala del frente charlando con su prima.

Está bien', dije. 'Cancelaré la reserva. Pero no entiendo nada.'

'Bien', dijo, 'entonces puedes pasar la noche aquí.'

'¿Quieres decir que la joven se fue y ahora hay lugar?'

'No, todavía está aquí.'

'Pero dijiste que no había un cuarto para mí.'

'¿Eso dije?', respondió sonriendo.

Al día siguiente, Hamid, su prima y yo fuimos a visitar al hombre del que Hamid había hablado. Todo lo que me habían dicho de él era que era anciano y que no tenía dientes. Sin embargo, tenía una debilidad: los bombones de chocolate blando, de modo que nos detuvimos para comprar una caja de bombones muy especiales que se fabricaban en un pequeño negocio.

Las únicas instrucciones que había recibido eran que debía ir con mi mejor traje y que visitaría a una persona que era muy importante en este viaje. 'Debes prestar atención a todo lo que sucede', había dicho Hamid, 'aun cuando no comprendas lo que se dice. Debes estar alerta y comportarte con respeto. Eso es lo que importa hoy.'

Cruzamos Estambul en silencio hasta la parte residencial de la ciudad, y nos detuvimos frente a una casa un poco apartada del camino. Hamid golpeó y la puerta se abrió inmediatamente; una mujer nos introdujo en un cuarto amplio, con muebles nuevos de apariencia muy moderna. En un extremo del cuarto había un sofá con una pequeña mesa frente a él. La mujer puso la caja de chocolates en la mesita y nos pidió que nos sentáramos. La silla que me indicaron estaba ubicada frente al lugar central del sofá. Pronto entraron varios miembros de la familia y algunos invitados. Después de las presentaciones se produjo un silencio.

Luego se abrió la puerta y entró un anciano. Era alto y delgado, y su escaso cabello era casi blanco. Parecía muy frágil pero lo primero que se notaba de él eran sus ojos, oscuros y profundos, y su mirada, directa y penetrante. Se detuvo un instante en el umbral, miró alrededor saludando a cada uno en silencio, con esos extraordinarios ojos, sosteniendo la mirada de cada uno durante un instante y pasando luego al siguiente. Su mujer lo tomó del brazo y lo ayudó a cruzar el cuarto hasta el sofá, donde se sentó frente a mí. Sin decir nada, se reclinó y respiró profundamente durante un momento. Su mujer, sentada en una silla a su derecha, se adelantó para abrir la caja de bombones y se los alcanzó. El sonrió, agradado, pero insistió en que cada uno se sirviera antes que él. Yo estaba fascinado por la manera que masticaba el chocolate con sus encías, porque era cierto que no tema dientes.

Después de lo que pareció una eternidad, se dirigió a Hamid y le preguntó algo. Se produjo entre ellos una charla con frecuentes referencias a nombres que yo había oído antes, particularmente Meviana Jelalu'ddin Rumi y Konya. Finalmente, el anciano se reclinó en el sofá y cerró los ojos. Parecía estar descansando; el silencio era total, y todos en la sala tenían los ojos cerrados. Yo hice lo mismo, tratando de estar abierto a lo que estaba sucediendo. Al cabo de unos minutos alguien me codeó. Era la mujer del anciano. Me sonrió y me señaló el sofá. El anciano se estaba poniendo lentamente de pie, apoyando ambos brazos en miembros de su familia. Cuando consiguió equilibrarse comenzó a recitar algo en turco, con los ojos cerrados, su mano derecha extendida hacia adelante. Una tremenda emoción invadió todo mi ser. Era como recibir una bendición. Luego abrió los ojos y se inclinó hacia mí. Puso sus manos encima de mi cabeza y sopló: ‘Hu', exhaló. Luego me tomó las manos, me miró profundamente y habló en turco. Dos minutos más tarde se había marchado ayudado por su mujer; antes de desaparecer por la puerta se volvió hacia nosotros, levantó su mano y exhaló ‘Hu’.

Hamid se acercó a mí. 'Está bien', dijo. 'te ha aceptado. Dice que debes ir a Konya inmediatamente.'

'Pero ya estuve en Konya.'

'Y ahora volverás', dijo. Debes ir a la tumba de Meviana; y prepararte primero visitando la tumba de Shams-i Tabriz. Luego te sentarás frente al sepulcro de Meviana durante tres días y tres noches para ver si esta vez eres recibido’

'¿Qué otra cosa me dijo?', pregunté. 'Sentí como una bendición.'

‘Ah', dijo Hamid, 'oró por ti, pero temo que no puedo comunicarte lo que dijo. Olvidé decirte que la persona que vino a verte cuando estabas en la pensión era una verdulera del mercado. Vino a casa y dijo: "Me enteré de que tienen un amigo de huésped al que le agradan las verduras. Traje algunas para él.' De modo que si no hubieras ido al Bósforo habrías aprendido algo. Recuerda, sólo hay Un Ser Absoluto, y Se manifiesta de formas diferentes. Yo no conocía a la verdulera, pero su aparición me comunicó un mensaje y por eso te traje hoy aquí.'

Sin más palabras, nos retiramos del lugar después de despedimos de la familia. No pregunté quién era el anciano. Me pareció superfluo, porque sabía que había sucedido algo de mucha profundidad y no era necesario decir nada. El viaje de regreso fue en silencio. Ese mismo día, al atardecer, subí al autobús que me llevaría de regreso a Konya.
Diez
En mi cabeza, como olas los giros se ensortijan;

así, gira y ondea tu en la danza sagrada.

Danza, entonces, oh corazón, sé como un círculo giratorio.

Quémate en esta llama, ¿no ves acaso que es El la vela?
Meviana Jelalu'ddin Rumi
Dios, permite que mi vida exprese Tu palabra.
Hazrat Inayat Kahn
El propietario del hotel me dio la bienvenida como si yo fuera un huésped en su casa, y llevó mis maletas al mismo cuarto en el que había estado algunas semanas antes. Esta vez insistió para que me alimentara y me trajo una bandeja con jalva y tortas de miel con café turco. No parecía sorprendido de verme otra vez, y era muy educado como para preguntarme qué estaba haciendo. Yo sabía que estaba ansioso por saber qué hacía un inglés nuevamente en Konya en invierno pero no había manera de explicar, ni siquiera para mí propia comprensión, qué hacía otra vez allí.

Esa noche, después de saludar al hombre, me senté en mi cuarto; mi mente estaba preocupada con la misión que tenía por delante: sentarme durante tres días y tres noches fuera de la tumba de Meviana Jelalu'ddin Rumi.

De mis lecturas sabía que setecientos anos atrás, en tiempos de Rumi, Konya había sido el centro de una gran cultura espiritual. Muchos de los grandes maestros de la tradición sufi se habían congregado en esa ciudad, y todas las grandes religiones del mundo se habían reunido en Asia Menor como por un designio que unía los caminos; un entretejido de las verdades interiores que subyacen a las formas externas de toda religión. En ese tiempo, aparte del Islam, Konya era ya un gran centro del judaísmo y el cristianismo, y el budismo había comenzado a llegar desde la China.

Sabía que Rumi había nacido en Persia en el 1207 de nuestra era, que se había instalado en Konya donde se le conocieron alrededor de diez mil seguidores, y que murió en 1273. Su nombre está vinculado con el do Shams-i Tabriz, el "Sol de Tabriz". Existen muchas historias que relatan el primer encuentro entre estos dos hombres extraordinarios. Una de ellas cuenta que Shams-i Tabriz tomó los manuscritos de los libros que hasta ese momento habían sido el trabajo de toda la vida de Rumi y los arrojó al pozo de agua, diciendo: '¿Quieres que te los devuelva? Te prometo que estarán secos.' En ese momento Rumi reconoció en Shams a su guía espiritual y olvidó los manuscritos que representaban su vida pasada. Abandonó a su familia y a sus discípulos y siguió a Shams al desierto durante dos años y medio. Se dice que los discípulos de Rumi, celosos de Shams, finalmente lo mataron sin embargo su cuerpo nunca fue encontrado. Para entonces su trabajo estaba concluido, y durante setecientos años la influencia de Rumi se expandió por todo el mundo, a través dé sus escritos místicos y su poesía y a través de la orden de los derviches Mevlevi, que él fundó.

Esto era todo lo que sabía de él, y sin embargo, a pesar de que ya había tenido la experiencia de sentir la presencia viva de alguien que ha muerto hace mucho tiempo, todavía no confiaba plenamente en que la presencia de este gran maestro sufi pudiera perdurar durante tantos años después de su muerte. También recordé que Hamid me había dicho en Inglaterra, al darme la postal: 'Algún día, si Dios quiere, visitarás este lugar; cuando lo hagas, sabrás que tu verdadero viaje ha comenzado.'

A la mañana siguiente, realicé el lavado ritual con especial cuidado y me encaminé hacia la tumba de Shams-i Tabriz. Esta vez las puertas estaban abiertas. La plazoleta exterior estaba vacía. Soplaba un frío viento que levantaba papeles y hojas secas y una llovizna fría y liviana hacía brillar el pavimento. Al lado de la puerta había un estante para poner los zapatos y en él, tres o cuatro pares muy ordenados. Acomodé también los míos y entré. A la luz pálida de las lámparas de aceite que iluminaban el lugar, apenas se vislumbraban las siluetas de un grupo de personas que estaban orando.

Sin embargo, estos detalles carecían de importancia, porque tan pronto como cruce el umbral no pude evitar sentir la increíble presencia que llenaba el cuarto. Fue como entrar en otra dimensión, una en la que el poder del amor es tan grande que parece sacudir toda idea preconcebida, borrar todo pasado, y que estalla adentro abriendo una puerta al corazón. Recuerdo que traté de orar; sin embargo no hubo necesidad de hacer ni decir nada. Sólo tenía que abrirme, permitir que la presencia del amor me penetrara. No sé cuánto tiempo estuve allí, ni recuerdo el momento en que abandoné el lugar para dirigirme hacia la tumba de Rumi a realizar mi larga vigilia. En un momento estaba en la tumba de Shams-i Tabriz y al momento siguiente estaba en el patio de entrada de la tumba de Rumi, sentado en un banco al lado de la fuente, con el abrigo bien cerrado alrededor de mi rostro para protegerme del viento. Había traspasado el portón externo y cruzado el patio hasta la puerta de entrada a la tumba y museo. Había entrado a contemplar la magnífica construcción del edificio y de la tumba misma, que me era familiar por la postal que Hamid me diera en Inglaterra, y luego había regresado al patio, para dar comienzo a mi larga vigilia.

Estuve allí sentado muy poco tiempo cuando sentí que me golpeaban el hombro derecho. Abrir los ojos me costó un tremendo esfuerzo y por un instante no pude enfocar bien. Finalmente, vi a un hombre de uniforme que me dijo consternado: ‘Yok’. '¿Yok qué?', pregunté, sin comprender qué sucedía. 'Yok', repitió con firmeza, señalándome el portón de salida.

Comencé a protestar, pero me detuve cuando el hombre llamó a otro que también vertía uniforme. Esta vez no cabía duda, porque éste hablaba inglés: ‘Lo siento, señor, pero está prohibido sentarse frente a las tumbas. Tiene que visitar a Mevlana y luego lo guiaremos por el museo ¿sí?"

"Pero vea', traté de explicarle, 'me ha sido pedido que me siente aquí. Es decir, me han encomendado que esté aquí sentado tres días y tres noches.'

"Eso es imposible. Por favor, váyase ahora.'

Un grupo de personas se había reunido alrededor y ya se había iniciado la acalorada discusión en turco de costumbre. El primer hombre uniformado me había dado la espalda y estaba explicándole a la gente lo que sucedía, y el segundo me señalaba la puerta amenazadoramente. Yo había llegado desde Inglaterra, había viajado por toda Turquía, aparentemente estaba cerca de la meta final de viaje, y había recibido instrucciones de alguien que evidentemente era importante en Estambul de que debía sentarme en la tumba tres días y tres noches. Decidí mantenerme firme y no moverme. Lo peor que podía suceder era que llamaran a la policía, y a esa altura aun la presencia de toda la fuerza policial carecía de importancia. Cerré los ojos una vez más, respiré profundamente, y traté de imaginar que no había nadie a mi lado.

Durante unos minutos esto pareció funcionar pero luego sentí otro golpecito en el hombro, esta vez más fuerte, y alguien me sacudió por los hombros. Traté de seguir meditando, restándole importancia al asunto. Pero entonces escuché una voz, tan bondadosa y gentil que abrí los ojos. Un anciano de barba gris y traje azul a rayas estaba allí de pie frente a mí, sonriéndome.

El anciano tomó mis manos en las suyas, las besó, y las elevó hasta su frente, saludándome. Luego me señaló a alguien del grupo; era Farid, el joven que había traducido mis conversaciones con el Sheik en mi viaje anterior a Konya. Nos saludamos amistosamente. Yo estaba tan sorprendido de verlo y tenía tantas preguntas que hacerle, que casi no podía hablar.

El anciano me" explicaba algo en turco. Farid escuchó un momento y luego tradujo; 'Dice que sabía que tú vendrías. Dice que debes ir con él a su casa, que tiene un cuarto preparado para ti. Dice que vayas ya, por favor, y que también vaya yo para traducir’.

'Pero...', comencé a protestar. Pero fui interrumpido por otra andanada en turco.

‘Dede dice que conoce las instrucciones que te han sido dadas, pero dice que ya no tienen importancia, además, es cierto que no te permitirán estar sentado aquí. Por otra parte, la tumba cierra dentro de media hora.'

El anciano me sonreía como si yo fuera un amigo de toda la vida. "Por favor, pregúntale si conoce al hombre de Estambul que me envió aquí", dije a Farid. Mi pregunta fue traducida y el anciano estalló en carcajadas, cosa que hizo que todo el grupo de personas riera también.

"Dice que por supuesto lo conoce, de lo contrario ¿cómo iba a saber que tú vendrías?'

‘Pero si se conocen, cómo es posible que el otro hombre no supiera que no está permitido estar sentado aquí frente a la tumba de Mevlana?

Dede dice que él tampoco lo sabía, pero que lo importante no es estar sentado sino la intención.'

Todo esto iba siendo traducido para beneficio de las personas que escuchaban fascinadas con todo lo que estaba ocurriendo. Hasta los guardias ahora sonreían felices. Cada vez que se pronunciaba la palabra Mevlana, se producía un momento de silencio. Yo me había transformado en el foco de atención y todos querían hablarme. Farid se dirigía a uno y otro del grupo alternativamente, tratando de explicar la situación lo mejor posible. Finalmente, como estaban a punto de cerrar, el grupo se fue disolviendo y nosotros tres también nos retiramos. Farid llamó un taxi y nos alejamos de la tumba por las callejuelas de Konya.

El tiempo que pasé con Dede (Dede significa 'abuelo’ o 'anciano") fue un alivio al dolor, la tensión y la lucha de las semanas anteriores. Su bondad, su confianza y su aceptación de mí como amigo, siempre estaban a la vista. Parecía que desde el instante en que pisé la puerta de la tumba de Mevlana había entrado en aguas calmas después de una tormenta que había durado toda mi vida.

Dede no me presionaba, y parecía que su intención era hacer todo lo posible para que yo pudiera descansar. Su mujer guisaba comidas simples por la noche, y Farid siempre estaba a mano para traducir. La mayor parte del tiempo, sin embargo, permanecíamos en silencio. Nos levantábamos temprano por la mañana, nos lavábamos en el pequeño patio. Luego, cuando el muezín llamaba, Dede realizaba su plegaria matutina. Más tarde, después de desayunar, los tres nos íbamos al museo y tumba de Mevlana. Deteniéndose un momento en el umbral, Dede cruzaba los brazos sobre su pecho y hacía una reverencia antes de entrar. Farid me explicó que por tradición nunca se atravesaba un umbral sin antes hacer una pausa para dejar afuera los problemas, tensiones y emociones negativas de la calle y no entrar con ellas a una casa en donde se es huésped. En uno de los cuartos, Dede siempre se inclinaba ante las escrituras que decoraban las paredes. Una de ellas, me informó Farid, dice: Dios es Bello, en verdad, y ama al que es bello'; y otra: 'El verdadero propósito del Amor es la Belleza.'

Una vez que habíamos recorrido las diferentes salas del museo, deteniéndonos en ciertos puntos, volvíamos al patio y él nos hablaba acerca de la vida y enseñanzas de Rumi.

Dede me dijo que el Camino no tiene una forma, si bien puede parecer que se siguen ciertos rituales. Farid explicó: ‘Nuestra religión es una religión de amor, pero no es religión en el sentido en que ustedes la entienden. No realizamos nuestras prácticas para llegar a Dios, más bien aceptamos primero la Unidad de Dios y de ahí todo procede’.

Durante ese período, me parecía equivocado hacer preguntas. Dede hablaba, o contaba una historia, y luego sonreía y me daba un tiempo para encontrar el significado interior de sus palabras. Una vez me dijo que había cuatro niveles de comprensión y que correspondía escuchar con la mayor atención posible para no tomar las cosas literalmente. 'Dede dice que la mayoría de las personas sólo captan los niveles más obvios. Leen El Corán o los libros sagrados y no ven que todo lo que está escrito tiene otros significados, más profundos que los superficiales. Puedes leer en El Corán acerca de una batalla y pensar que es la historia de una batalla y nada más, pero la batalla no fue sólo un evento histórico. Está siendo ahora. Si lo encaras así, entonces comprendes el segundo nivel, el alegórico. Dede dice que si escuchas las historias que él relata, y te das cuenta de que son transmisoras de algo, quizás puedas captar su significado y no sólo su forma externa, que está destinada a las personas que no desean escuchar la verdad, o que no están preparadas para aceptar todo lo que la verdad implica. Dede dice que hay otros dos niveles más, el metafísico y el místico. Algunas de sus historias, por más simples que parezcan, no son sólo alegóricas sino que revelan alguna de las grandes leyes del universo. Mevlana siempre hablaba de este modo y Dede quiere que tú estudies todos sus escritos. Dice que el nivel más profundo de comprensión es el místico. Es decir, cuando lo que cuenta no son las palabras ni la alegoría, ni las leyes del universo, sino que el corazón se conmueve tan profundamente que la Verdad que encierra se experimenta directamente, en un estado que está más allá del conocimiento o la convicción. Verás a veces que los derviches lloran, porque la belleza de Dios es demasiado difícil de soportar cuando te dejas absorber en ella completamente.'

Dede se sentaba en el patio posterior del museo y hablaba de estas cosas, codeando a Farid para verificar si comprendía las palabras que estaba traduciendo. Luego cuando lo dicho estaba siendo traducido al inglés. Dede me miraba sonriendo, observando cada movimiento y cada una de mis reacciones. Si yo captaba la profundidad de su mensaje, él lo percibía, y ponía su mano derecha sobre su corazón haciendo una pequeña inclinación.

Fueron días maravillosos. Lentamente, el caos que había estado experimentando fue adquiriendo la forma de un nuevo orden. Algo estaba creciendo en mí, y comencé a ver que era el Yo real que comenzaba a manifestarse después del desgarramiento de los velos. Dede me habló del entrenamiento de los derviches Mevlevi, que dura mil y un días durante los cuales estudian filosofía, humanidades, los escritos de Mevlana y aprenden a girar. Resolví que algún día, si se me presentaba la ocasión, regresaría a Konya para estudiar y devolver a esta gente el amor que había recibido de ellos.

A veces, por las noches, llegaban amigos de Dede a la casa y se contaban historias y se conversaba hasta tarde. Sólo una vez no fui bien recibido. Uno de los visitantes me miraba por encima del hombro y hablaba con Dede y Farid en voz baja, vi que Dede se enojaba mucho. Primero pacientemente y durante largo tiempo pareció tratar de explicarle algo al hombre. Yo supuse que se trataba de la pregunta acostumbrada: si me había convertido al Islam o no. Finalmente Dede dio un golpe con el puño en la mesita de bronce que estaba frente a él, desparramando las tazas de café, y le gritó al hombre. Farid se dirigió a mí y dijo: 'El hombre pregunta si eres musulmán ortodoxo. Dede le está diciendo que tú crees en Dios y que eso es suficiente.
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