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Rashad Field

La última barrera

Un viaje sufi




Título original: The last barrier

Traducción: Inés Frid.

Diseño de colección: Manuel Ressia.

Composición y armado: Micaela Cesarí.

© by, Editorial Troquel S, A. 1994

Pihincha 969, Capital. Buenos Aires, Argentina

Primera Edición: octubre de 1994

ÍSBN 950-16-0248-6

Impreso en Argentina Printed in Argentina

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

Todos los derechos reservados

dedico este libro a todos los

buscadores del Camino y al hombre

que me puso en contacto con él, Hamid.

Ven, acércate, quienquiera que seas;

caminante, devoto adorador, amante de la vida,

no importa quién seas.

La nuestra no es una caravana desesperanzada.

Ven, aun cuando miles de veces hayas violado tu voto.

Ven, acércate una vez más, ven.

Mevlana Jelalu'ddin Rumi

Índice
Capítulos
Uno ..................................................................................... 11
Dos....................................................................................... 25
Tres...................................................................................... 37
Cuatro.................................................................................. 47
Cinco.................................................................................... 63
Seis....................................................................................... 83
Siete................................................................................... 105
Ocho................................................................................... 117
Nueve................................................................................. 129
Diez.................................................................................... 147
Once................................................................................... 161
Epílogo............................................................................... 179


Uno
Todo el que haya oído hablar de mí, que se prepare para venir a verme; todo aquél queme desee, que me busque.

Cuando me encuentre -y me encontrará- que no tenga ojos más que para mí.

Shams-i Tabriz

El que no sabe, y no sabe que no sabe, es un tonto: evítalo.

El que no sabe, y sabe que no sabe, es un niño: enséñale.

El que sabe, y no sabe que sabe, está dormido: despiértalo.

Pero el que sabe, y sabe que sabe, es un sabio: síguelo.

Proverbio

Un día de otoño, mientras hacía mi acostumbrada ronda por los negocios de antigüedades de Londres, me topé con una tienda que nunca antes había visto. Como revendedor de antigüedades, cada día visitaba varias tiendas, buscando artículos originales baratos para vender a mayor precio. Ese día me sentí atraído hacia una pequeña tienda, escondida en una calle lateral, que exhibía diversas antigüedades fundamentalmente provenientes de Medio Oriente. El pequeño local estaba muy oscuro y olía a incienso encendido. Apenas entré sentí la poderosa presencia del hombre que se adelantó a recibirme. La primera impresión que recibí fue su tamaño: era alto (más de 1,90) y robusto; recuerdo que vestía un traje azul. Tenía bigotes, usaba gafas y parecía de alrededor de cincuenta años.

'¿En qué puedo ayudarlo?' preguntó.

'Me gustaría mirar un poco, si no hay nada en contra', dije. A esa altura se me había hecho bien evidente la sensación de tremenda presencia, o poder, que parecía llenar el negocio por completo.

Sonriendo, dijo: 'Con seguridad es usted intermediario, no se fije en los precios marcados. Tómese su tiempo.' Hablaba con cierto acento extranjero y fumaba un cigarro turco incrustado en una larga boquilla.

Recuerdo vagamente la secuencia exacta de los eventos que tuvieron lugar. Lo que sé con certeza es que se instaló en - mí una sensación instintiva muy profunda: este hombre sabía algo del tema que me fascinaba desde hacía tanto tiempo.

Además de comerciar en antigüedades, me dedicaba también a la curación. Algunos anos atrás, me había recuperado de una grave enfermedad gracias a un curandero, y luego descubrí que yo también tenía el don de curar. Todo mi tiempo libre lo empleaba en tratar a personas rechazadas por los médicos ortodoxos. Aquellos que, en términos científicos no tienen esperanzas, sea su enfermedad simplemente psicosomática o terminal. Al mismo tiempo que practicaba ciertos sistemas de curación seguía empeñado en aprender cada vez más sobre el tema. Durante mis investigaciones había leído mucho acerca de los derviches de Medio Oriente, hombres extraordinarios que dedican por entero su vida a Dios, y famosos por sus poderes milagrosos. Más leía acerca de ellos, más crecía mi interés. Estudiar el "camino" de los culis y derviches se había trasformado en la obsesión de mi vida, y sin embargo, hasta ese momento, nunca había encontrado a nadie que conociera los métodos que usaban para curar ni las prácticas espirituales que seguían. Pero allí, en esa diminuta tienda de antigüedades, tuve la certeza de haber encontrado una llave que abriría la puerta a esos secretos. Tomé aliento y encaré al hombre.

"Quizás piense que estoy loco', comencé, 'y disculpe si mi pregunta es indiscreta, pero ¿conoce usted algo de los derviches de Medio Oriente?'

La atmósfera del negocio pareció cambiar súbitamente el hombre se desconcertó un instante, pero recuperó cuidadosamente su compostura, apagó la colilla en un cenicero apoyado sobre el escritorio que estaba frente a él y luego, tras lo que pareció un tiempo interminable, levantó la mirada.

'Qué cosa extraordinaria', dijo. ‘¿A qué se debe su pregunta?'

'No sé, me sentí instintivamente inclinado a preguntar', le dije. 'Hace tiempo que leo todo lo posible acerca del camino de los derviches, y que busco a alguien que tenga conocimiento directo. Por alguna razón se me ocurrió que quizás usted era de origen medio oriental y podía saber algo al respecto.'

'Me pregunto por qué se le ocurre eso', dijo suspicazmente.

Comencé a sentirme incómodo, deseaba no haber abierto la boca. Era verdaderamente una situación extraordinaria. Allí estaba yo, un inglés de treinta y cuatro años, revendedor de antigüedades, frente a este hombre enorme a quien nunca antes había visto, y en medio de ambos, un tema esotérico, por decir lo mínimo.

'Por favor, discúlpeme', atiné a balbucear. 'Pensará que soy un atrevido.'

'En absoluto', contestó. Ahora sonreía. 'Nada es casual, ¿no es cierto? Curiosamente, yo también estoy muy interesado en el tema.' Por encima de sus anteojos, me penetraba con su mirada. 'Es hora de cerrar y tengo un poco de tiempo, podríamos tomar un café y conversar un rato, ¿le parece?'

No recuerdo haber salido del negocio ni caminado por la calle buscando un café. La situación producía en mí un efecto extraño. Experimentaba un profundo temor, sin poder darme cuenta del motivo, como si estuviera entrando en un mundo completamente nuevo para mí; y si bien en parte deseaba estar en cualquier otro sitio que no fuera ese, algo en mí se entregaba gustoso a la situación que finalmente cambiaría el curso de mi vida.

Nos sentamos y pedimos café. Su nombre era Hamid, dijo; nacido en Turquía, hacía ya dos años y medio que vivía en Inglaterra. No habló del tema que tanto me fascinaba pero me dio cierta información acerca de los derviches turcos. Me contó que Ataturk, el primer presidente de Turquía, los había prohibido porque habían llegado a tener demasiado poder, incluso en el ámbito político. Me dijo también que todavía había en Turquía personas que conocían los métodos derviches.

Luego, la conversación, aunque de manera liviana, se empezó a transformar en un interrogatorio. Me di cuenta de que Hamid me estudiaba cuidadosamente, y me empecé a sentir incómodo.

Tengo mucha curiosidad por saber cómo surgió su interés en estas cosas', dijo finalmente cuando nos levantábamos para salir del café. 'Qué le parece si cenamos juntos en mi apartamento mañana, así podremos seguir charlando. ¿Tiene alguna restricción dietética?'

Intentando excusarme le expliqué que desde hacía varios años era vegetariano y no quería causarle problemas. 'Ah, muy bien', dijo. 'Justamente otra coincidencia. Acabo de escribir un libro sobre platos vegetarianos en Medio Oriente, de modo que voy a preparar algo especial para usted. Cenaremos juntos, venga alrededor de las siete y media.'

Sin más, se dio vuelta y desapareció entre el gentío. Por un momento me quedé allí mirando la calle por la que se había ido. Luego regresé a mi apartamento, donde vivía solo; mi mujer y yo nos habíamos separado hace algunos años. No creo haber dormido más que unas pocas horas esa noche. Mi mente galopaba tratando de acomodar todas las cosas que habían ocurrido en el día.

Durante el año que siguió, pasé todo el tiempo que me fue posible con Hamid. Nos sentábamos durante horas en su tienda y, poco a poco y de manera muy delicada, me fue introduciendo a la enseñanza de los culis, seguidores del camino místico del Islam. Me transformé en su discípulo; recogía con avidez toda la información que podía, pero por alguna razón que me era incomprensible nunca me hablaba del tema que tan particularmente me fascinaba: el arte de la curación. Si le preguntaba algo al respecto, daba un rodeo diciendo que estaba convencido de que yo era una persona sensible y que por lo tanto sabría qué hacer en el momento oportuno, y que eso era suficiente. 'Manténgase en el camino correcto', decía.

No se desvíe. Ponga siempre en cuestión las razones por las que se interesa en estos temas. Es un juego peligroso y se necesita la base de un conocimiento verdadero; de lo contrario se puede errar el blanco.

Una vez por semana iba a su apartamento a cenar. Si lo encontraba todavía cocinando, insistía en que me sentara en silencio hasta que terminara. Siempre trabajaba con gran concentración, y presentaba platos bellísimos; como si cada comida fuera lo más importante de su vida. Nunca tocamos el tema de la dieta vegetariana hasta que un día, levantó la mirada de la ensalada que estaba condimentando, y me preguntó: '¿Por qué es vegetariano?' Yo hice una larga apología del vegetarianismo y su relación con la vida espiritual, pero me interrumpió diciendo: 'Bien, pero yo no soy vegetariano, ¿sabe por qué?'

Negué con la cabeza.

Sonrió. ‘No soy vegetariano porque sé que Dios es perfecto, de modo que cada cosa tiene su lugar en el universo. Y no es que me parezca mal que usted lo sea', agregó, 'pero a medida que avance en el sendero, cada vez estará más capacitado para trasmutar todo lo que se presente en su camino. Algún día hablaremos más acerca de esto.'

Ese año transcurrió rápidamente. Nuestra relación se hacía cada vez más profunda. Al poco tiempo Hamid comenzó a asistir a las conferencias que yo daba en aquel tiempo. Eran charlas sobre curación y el así llamado cuerpo "sutil" del hombre, que pueden ver y sentir aquellos que han desarrollado suficientemente su sensibilidad. El mundo estaba despertando a la posibilidad de un nuevo modo de vida y las conferencias sobre estos temas atraían una audiencia numerosa, especialmente entre los jóvenes. Además de las charlas y los talleres de fin de semana, yo participaba en un grupo de meditación. Estudiábamos los diversos métodos, orientales y occidentales, que podían aplicarse en psicoterapia, y el grupo se había hecho muy numeroso. Hamid asistía a las reuniones, siempre del mismo modo: llegaba justo antes de que empezaran y se iba justo al terminar, como para que nadie lo notara. Me había pedido que nuestra relación no se hiciera demasiado evidente por el momento. Al día siguiente hablábamos en detalle acerca de lo ocurrido en la reunión. Aunque había declarado no conocer nada de curación, por sus comentarios, cada vez se hacía más evidente que sabía mucho más de lo que estaba dispuesto a decir.

Luego sucedió algo que cambió el curso de nuestra relación. Un día recibí una carta de un viejo compañero de estudios que me preguntaba si podía ayudar a un amigo suyo. Un hombre que había tenido problemas graves en los últimos años. Su mujer había estado internada en un hospital durante un tiempo y luego lo había abandonado. Desde entonces sufría fuertes episodios de depresión que lo llevaban al umbral del suicidio. A menudo se encerraba en su cuarto durante días. Los médicos y otros curadores que había consultado no habían podido hacer nada por él.

Nunca antes había yo atendido un caso como éste, y esa noche, cenando con Hamid, le mostré la carta y le hablé del caso. Para mi sorpresa, se mostró muy interesado y dijo que le gustaría conocer al hombre enfermo.

‘¿Puedo ir contigo?’ preguntó.

‘Por supuesto', dije, 'pero verdaderamente no sé qué voy a hacer con él’.

'Si estás de acuerdo, podría ayudarte', declaró mientras servía el café.

'¿Podrías qué?' pregunté alarmado.

Me miró sonriendo. ‘Dije que si quieres te ayudaré. Conozco un poco de estas cosas; hasta ahora no se había presentado la oportunidad de hablar de ello’.

'En todo este tiempo nunca me dijiste que conocías algo de curación, ¿por qué?' le pregunté, desconcertado.

'No hubo necesidad. Te desempeñabas bien por ti mismo.

Además, me interesaba ver cómo funcionaba tu mente. Ahora bien, si quieres, nos encontraremos aquí pasado mañana a las once de la mañana. No abriré el negocio ese día y quizás tú también puedas tomarte el día libre. Esta noche deberías avisarle al hombre que iremos, y que tiene que comprar un huevo blanco y fresco.'

'Hamid, no entiendo. ¿Qué me pides que le diga?'

'Que será necesario que compre un buen huevo blanco. Lo tiene que mantener cerca de sí constantemente durante veinticuatro horas antes de que lo veamos. Que lo tenga en las manos todo el tiempo posible, y durante la noche, que lo ponga cerca de la cama en la mesita de noche, lo más cerca de la cabeza que pueda pero sin riesgo de que se rompa. ¿Está claro? ¡Oh, no te preocupes, no le haremos daño! Ahora ve y llámalo. Puedes llamarlo desde aquí si quieres.'

Me preguntaba cuál sería la respuesta del hombre a mi pedido, pero para mi sorpresa no tuvo nada en contra de mis instrucciones. Dijo que compraría el huevo al día siguiente y que esperaba vemos pronto. También dijo que se sentía mejor de lo que había estado en el último tiempo.

Dos días después, llegué al apartamento de Hamid y lo encontré vestido con su mejor traje, su cabello todavía mojado por la ducha. Tenía en la mano un saco de papel vacío que me extendió, pidiéndome que lo guardara y se lo diera más tarde.

'¿Para qué es esto?' pregunté.

'Es para el huevo,' dijo. 'Nos lo llevaremos al irnos.'

'¿Me dirás qué vas a hacer con el huevo?’ le pregunté.

‘Ya lo verás,' dijo, mientras subía al coche. Viajamos en silencio atravesando Hyde Park hacia Hampstead, donde vivía el hombre. Recorrimos el centro de Londres, dejando atrás Kensington Gardens; la idea de ese hombre que nos estaría esperando sentado sosteniendo un huevo, me parecía tan imposible que comencé a reír.

'¿Qué es lo gracioso?' preguntó Hamid. '¿No quieres que el hombre mejore?'

'Por supuesto que sí', respondí.

'Entonces, santo cielo, tómalo con seriedad. Esto no es nada fácil.'

Viajamos en silencio el resto del camino. Nuestro destino era una casa pequeña pero bella en la pacífica altura de la colina Hampstead. Hamid estaba de un humor extraño, nunca antes lo había visto así: los ojos semicerrados, movía los labios en silencio como si hablara para sí, o quizás oraba.

Tan pronto como detuve el coche, abrió la portezuela y salió. Me apresuré en cerrar el coche y correr tras él, pero ya estaba dentro de la casa. Nos recibió un hombre de contextura delicada que dijo llamarse Malcohn. Con un despliegue de gestos nerviosos nos invitó a pasar a la sala y nos ofreció té, que Hamid aceptó. Cuando salió, Hamid me miró y me preguntó: 'Bueno, ¿dónde está?’

Involuntariamente miré alrededor como buscando, '¿Donde está qué, Hamid?’

De repente se mostró muy enojado. '¿No eres tú el que tiene sensibilidad? ¡Deberías saberlo!. Hay algo en mal estado en esta casa. Ve y encuéntralo’

'Pero Hamid', protesté, 'no puedo dar vueltas por la casa sin permiso.’

‘Haz lo que te digo. Ve arriba y encuentra lo que está podrido.'

En ese momento sentí que era menos incómodo atreverme a revisar la casa sin permiso que desobedecer a Hamid. No sabía qué buscar, pero había tanta fuerza en su orden, que subí las escaleras sin preguntarme qué estaba haciendo.

Arriba me encontré con cuatro puertas cerradas. Las dos primeras eran de los dormitorios, la tercera del baño. La cuarta era diferente. Era un estudio. En la oscuridad pude vislumbrar un gran cuadro en el medio del cuarto. Me dirigí a la ventana para abrir las cortinas y cuando me di vuelta recibí una impresión tremenda.

El cuadro que estaba en el caballete tenía casi 2 metros de alto pero era tan angosto que producía la impresión de ser mucho más alto. Contenía la figura del cráneo y columna vertebral de un enorme caballo surgiendo de una especie de laguna de aguas calmas. La columna parecía translúcida, como consumida por un fuego débil y el cráneo estaba iluminado desde dentro por un horripilante resplandor rojo. Al mirar más en detalle, vi que había pequeñas llamas saliendo y entrando en las vértebras y las mandíbulas. La sensación macabra que el cuadro trasmitía era aterradora. Cerré la puerta muy suavemente y bajé rápidamente las escaleras. El té estaba servido y ambos hombres conversaban.
'¿Finalmente encontraste el baño?' me preguntó Hamid.

'Si', respondí, y no supe qué más decir. Hamid preguntó a Malcomí si tenía azúcar negra para el té. El hombre se dirigió una vez más a la cocina y Hamid me preguntó, '¿Y bien, qué es?'

Le describí lo que había visto tan cuidadosamente como pude. Pareció complacido, o quizás aliviado. 'Gracias', dijo.

'Ahora podemos seguir adelante.'

Cuando Malcolm regresó con el azúcar, Hamid comenzó inmediatamente: '¿Tiene usted el huevo que mi amigo le pidió que comprara? Démelo por favor.'

Malcolm sacó cuidadosamente el huevo de su bolsillo y se lo entregó a Hamid. Por un momento, Hamid lo sostuvo, sopesándolo en sus manos. Luego, pidió un lápiz y comenzó a escribir en el huevo letras arábigas. Nadie pronunció una palabra mientras escribía. Cuando la cáscara del huevo estuvo completamente cubierta, Hamid se dirigió a Malcolm con severidad:

'Usted cometió un grave error', dijo. ‘Por el uso inadecuado de la energía sexual se ha expuesto a un gran daño. Sé que es la tercera vez que pide ayuda, ¿es cierto?'

'¿Qué quiere decir?'

'Dos veces antes recurrió a personas que saben curar pero no siguió las instrucciones que le dieron. Por ello no mejoró. ¿Estoy en lo cierto?’

Malcolm, avergonzado, explicó que en efecto era cierto, que en dos ocasiones antes había recurrido a curadores, pero que le habían pedido ciertas cosas que él no había podido realizar.

'¿Qué hicieron para ayudarlo?’ preguntó Hamid.

'Me dieron hierbas y té, básicamente', dijo.

'¿No le prohibieron comer carne roja durante cuarenta días, no le dijeron que no probara el alcohol en ese lapso?'

Malcolm, perplejo y terco al mismo tiempo, preguntó: ¿Cómo sabe usted eso?'

'Está en el huevo', respondió Hamid. Toda la información está en el huevo. Ahora bien, usted pide ayuda, pero ¿aceptará incondicionalmente el tratamiento?'

Malcolm asintió. 'Entonces, traiga una toalla y póngasela alrededor del cuello', dijo Hamid. 'Voy a romper este huevo en su frente.'

Se produjo un silencio helado. Ni Malcolm ni yo nos movimos durante unos instantes, luego Hamid volvió a ordenarle que trajera una toalla. Al regresar, Malcolm parecía desolado y como más pequeño que al salir del cuarto. La atmósfera era tan tensa que hasta Hamid temblaba un poco, su frente estaba cubierta de sudor. 'Antes de hacer esto', dijo, 'debe usted prometerme que quemará la pintura que está arriba, y también prometerá no comer carne durante cuarenta días y cuarenta noches y no beber alcohol en ese lapso. Si esta vez no obedece no habrá otra oportunidad. ¿Está claro?'

Malcolm asintió resignadamente. '¿Pero por qué quemar el cuadro?' preguntó. 'Es lo mejor que he hecho hasta el momento’

'Puede ser un buen cuadro, pero no trasmite nada bueno. ‘Mi amigo me lo ha descrito. Espero que sepa disculpamos, le pedí que subiera para encontrar el origen de algo muy malo que sentí en esta casa.'

Hamid se puso de pie. Por debajo de la altura del codo izquierdo de Hamid, yo veía a Malcolm, pequeñito, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada. Por un momento, deseé no haber conocido jamás a Hamid. Entonces Hamid dio dos pasos hacia Malcolm, levantó la mano que sostenía el huevo y lo rompió con fuerza contra la frente del hombre, reventándolo justo encima de sus cejas. Literalmente parecía que el huevo había explotado. Yema y clara chorrearon por la nariz de Malcolm y cayeron formando un sucio charquito amarillento en su regazo.

'Dame el saco de papel, por favor', ordenó Hamid.

Lo tomó con la mano izquierda y cuidadosamente metió en él la porquería. Luego, después de mirar a Malcolm y sacarle los últimos pedacitos de cáscara que tenía en la cara, me dio el saco. Finalmente, sacó la toalla del cuello de Malcolm y con enorme ternura le limpió la cara.

'Muy bien', dijo, 'está hecho. Siento haberle ensuciado el traje, pero eso tiene fácil arreglo. Vamos, abra los ojos.'

Hamid sonreía; la atmósfera había cambiado. Había algo liviano en el aire y noté que los rayos del sol atravesaban la ventana y bañaban el sofá en el que habíamos estado sentados.

'Pero recuerde, haga lo que se le ha dicho, porque no habrá otra oportunidad. Vamos', dijo, dirigiéndose a mi. 'Debemos irnos. Trae el saco.'

Y subimos al coche. Sugirió dirigirnos hacia el sur de Londres, donde el Támesis termina su recorrido por la ciudad. Se lo veía jovial, bromeaba acerca de su juventud en Turquía, como si nada hubiera pasado. Entonces le pedí que me explicara.

'No hay nada que explicar', dijo. 'Todavía es muy temprano para que aprendas estas cosas. Sin embargo, algún día, si quieres, podremos hablar acerca de esto.'

'Pero el huevo explotó', dije, ‘y luego la yema y la clara cayeron. en un solo lugar. No tiene lógica.'

Hamid rió a carcajadas. "Así es', dijo, 'y el huevo contenía todos los secretos que deseábamos conocer.'

Yo no estaba satisfecho. Había sido testigo de una escena de increíble intensidad, pero la situación, a mi entender, carecía de resolución. Hacía más de cinco años que yo me consideraba curador profesional, y nunca había visto algo tan profundo y poderoso como lo que Hamid había hecho allí. Lo diferente no estaba sólo en la intensidad sino también en el

método, Finalmente le pregunté: '¿El hombre está verdaderamente curado? ¿Recobrará su salud ahora?’.

Hamid me dirigió una mirada seria. ‘Eso depende solamente de él', dijo. ‘Le hemos dado todo lo que necesita para recuperarse completamente, pero no podemos forzarlo a que lo acepte. Sólo podemos orar por él’

Estacionamos el coche junto al terraplén del río. Hamid cruzó rápidamente y lo seguí tan pronto como pude. Tenía el saco de papel en la mano y lo tiró al agua. Cualquiera que pasara pensaría que estábamos alimentando a las gaviotas. Observó en silencio cómo se hundía en el agua sucia y regresó al coche.

'Vamos a mi apartamento', dijo. "No hemos almorzado aún y tengo hambre’

Mientras comíamos me dio instrucciones respecto de Malcomí para los próximos cuarenta días. Se negó a hablar del método que había usado y a explicar porqué había sido necesario romper el huevo en la frente del hombre. Su comportamiento me había asombrado, era muy poco común viniendo de él, que siempre desaprobaba todo lo que tuviera que ver con prácticas mágicas. Sin embargo, eso no fue todo: tenía para mí otra sorpresa.

"Mañana parto para Estambul. A principios de enero me podrás encontrar en el sur de Anatolia. Si vienes de la manera correcta, y en el momento oportuno, te recibiré. Pero es necesario que vengas solo, y dejando atrás todo el pasado. Si deseas emprender el Camino, debes abandonar todo lo
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