Veinte días en el mundo de los muertos






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permanece cerca de los cuerpos, en la superficie de la Tierra. En este mundo no es necesario trabajar para comer, como tú comprenderás. El que quiere puede perfeccionarse en el arte que guste. El artista tiene a su disposición todas las bellezas. El hombre puede viajar con gran rapidez y contemplar las ma­ravillas de la naturaleza, con más nitidez que con el cuerpo físico. ¿Quieres saber cómo el compositor crea su música? Mira.

Un joven se encontraba sentado al piano, con un lápiz en la mano y un papel delante de él. Escuchaba una armonía, la repetía en el piano y luego la escribía.

—Así es como se inspiran los artistas y los hombres de ciencia—continuó ella— y cualquiera aquí puede emprender un estudio y adquirir ideas completamente nuevas. En cuanto a ti, puedes reformar tus conocimientos sobre la vida después de la muerte, para llegar a la idea exacta.

—¿Y qué pueden hacer aquí los «sabelotodo» de allá?

—Tú, mi amor, no fuiste escogido por los de allá. Tú has venido para completar tus estudios y prácticas, con el fin de trabajar y enmendar ciertas ideas lanzadas probablemente sin mucha meditación. Aquí aprenderás con más rapidez que en el mundo físico. Durante varios años, tú has dedicado tus pen­samientos y energía a actividades espirituales y adquiriste una mente con fuerza suficiente para captar una amplia posibilidad de una vida algo más elevada. Por eso tienes que progresar mucho, para servir en tiempos venideros. Ten en cuenta que la vida aquí es más activa que en el mundo físico. Hay muchos placeres y son más intensos, si bien las delicias de aquí no son peligrosas para el ser que percibió la superioridad de servir. Después de la muerte, el hombre adelantado será más activo en el astral que en el físico. Aquí también se crea mayor res­ponsabilidad que en el mundo físico. Así, las acciones y pen­samientos realizados pueden producir frutos o efectos también en la vida futura.

—Quisiera que me enseñaras, mi amor, cómo se pueden bajar o subir las vibraciones en este mundo, para poder actuar a voluntad.

—Yo pensaba dejar eso para el final, pero, ya que me lo pides, te lo voy a enseñar. Aquí trabaja, ante todo, la mente. ¿Recuer­das la casa donde naciste?

—Si, la recuerdo.

—Pues piensa intensamente en ella.

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—Ya, ya la veo. Ya estoy en ella.

—Bien. Ahora piensa intensamente en un ser querido.

—Ya. Ya lo estoy viendo.

—Piensa ahora en un ser querido, pero fallecido.

—Ya está.

—Mira el color del plano: mide sus vibraciones, mediante tu sensibilidad.

—Ahora entiendo. Para ver a un ser, hay que pensar y desear intensamente; y para saber en qué plano se halla, es necesario sentir sus vibraciones.

—Está bien: pero después tienes que visitar los subplanos inferiores. ¿Cómo debes efectuarlo? En el nivel físico, cuando sueñas en algo que te aterra, tú te despiertas al momento; pero si te encontrases en el astral ¿qué harías?

Me quedé pensativo un rato, en silencio, sin saber qué res­ponder.

—No sé —dije, finalmente.

—El amor. El amor es tu única salvación, tu única arma, tu único refugio. Tú has escrito «Yo Soy». Allí has dado todas las reglas; pero no has practicado suficientemente, ni en todo momento. Contra el amor no existe arma valedera o capaz. Con el amor puedes bajar, permanecer, salir y subir. (No sé si estas palabras son adecuadas para lo que pretendo decir). Con la vibración del amor y de la ayuda, el camino o el plano y todos los planos están expeditos y francos para el ser que ama.

—¿Puedo visitar los subplanos del mundo de los deseos?

—No sólo puedes hacerlo, sino que, por obligación, deberás trabajar en todos ellos, antes de tener la recompensa de visitar el cielo o el plano mental.

—¿Qué debo hacer?

—Amar.

—¿Cómo?

—Tú has escrito: «Hay que amar sin deseo y adorar sin profanación». ¿Voy yo, acaso, a enseñarte a amar? Pues, ¿cómo es que puedes escribir algo y no practicarlo? Perdóname, amor, pero tú sabes mucho de amor, aunque por el momento no te das cuenta de ello. ¿Recuerdas aquella vieja y sucia mujer a quien despertaste del letargo de la muerte? ¿Te acuerdas de cómo la abrazaste, a pesar de su fetidez, olvidándote de ti mismo y comenzaste a transmitirle e infundir en ella tu propia energía? Pues ése es el verdadero amor divino que se exige aquí:

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exactamente «Amar sin deseo y adorar sin profanación». Ya ves que tú has practicado algo de este amor desinteresado y divino. Ahora bien, para llegar al séptimo plano sin recibir daño alguno, tienes que amar sin esperar recompensa de cualquier naturaleza que ella sea. ¿Me entiendes ahora?

—Más o menos. Ojalá tenga el amor suficiente para poder visitar aquella región.

—Estoy segura de ello. No tengas miedo: tú sabes amar y tú sabes sacrificarte. Yo te acompañaré cuando sea la hora.

Luego de permanecer en silencio un momento, prosiguió: —Aquí la gente de la misma raza y la misma religión se buscan, agrupan y viven juntos, formando así comunidades distintas y diferentes entre sí, exactamente como ocurre en la Tierra respecto del nacionalismo y los idiomas.

—¿Aquí también hay discriminación y separación religiosa? —pregunté.

—Y de las más fanáticos. ¿Podrías creer que, muchas veces, el padre o la madre visitan a los vivos, para que su hijo se case con tal o cual mujer e insisten para que se efectúe el matri­monio? Muchos se tornan en ángeles guardianes de los que viven y así es como los padres protegen a sus hijos, los esposos a sus esposas, etcétera. También de aquí brota la inspiración, como la llaman en la Tierra. Mira cómo ese escritor inculca sus ideas en el joven de allá, en el mundo físico. Ahora ya puedes saber que la mayoría de tus obras son y fueron inspiradas desde aquí. Tú, al principio, te negaste a firmar tus obras, porque sentiste intuitivamente que no eran tuyas y aquí están regis­trados, «físicamente», siete volúmenes tuyos que no firmaste por tu voluntad, pero debías obedecer las leyes que te obligaron a hacerlo, porque emergían de tu pluma. Aquí se percibió tu altruismo y numerosos autores te entregaron con agrado su producción. Así, pues, mucho de lo que has escrito se lo debes a los de aquí. También voy a describir para ti otro misterio de tu vida: las milagrosas curaciones que has hecho se deben a dos motivos: primero, a tu altruismo y tu amor a los enfermos, y segundo, a la ayuda de varios médicos que te sugerían desde este lado, los métodos que serían eficaces. Voy a enseñarte algo para combatir en la Tierra las ideas de aquéllos que se burlan de lo que no entienden. Míralo.

En aquel momento entramos en una iglesia en donde yacía un cadáver. Sus deudos lloraban a su alrededor, mientras el

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sacerdote celebraba la misa de los difuntos. El alma del muerto quería acelerar su tránsito para llegar a las vibraciones eleva­das, pero el llanto de los deudos lo retenía. Por fin llegó alguien y preguntó algo a los parientes. Ellos dejaron de llorar por un instante y se dedicaron a atender al recién llegado. En ese preciso instante, una entidad (o ángel) se acercó al fallecido y le llevó hacia una etapa más elevada; pero lo más sorprendente, fue que para llegar a esas vibraciones tuvieron que pasar por el cono formado por el sacerdote encima del altar, donde se celebraba la misa.

—La misa celebrada por el descanso del alma, —dijo mi guía— tiene la más pura intención de ayuda, porque la fuerza del pensamiento llama la atención hacia el alma y la atrae a la iglesia. El difunto se alegra en gran medida, porque la voluntad del sacerdote y el cariño de los deudos unidos en oración, le dan fuerzas que le ayudan de manera extraordinaria.

—Entonces, aquí en el astral están establecidas condiciones equitativas para satisfacer las necesidades de las almas, por distinta y variada que fuese su fe respecto de las otras en la vida física.

—Así es —contestó mi compañera— si no fuera así, ¡cuan grande sería la angustia de esa alma, si después de la muerte física se diera cuenta de que todas sus creencias religiosas eran falsas! Sería una crueldad terrible arrancar del alma las creen­cias que practicó en su vida terrena. Muchos creen equivocada­mente que el alma, en esta situación, se transmuta automática­mente de ignorante a sabia. Ya has visto que no hay diferencia entre las condiciones intelectuales y morales del individuo, antes y después de la muerte. El progreso del alma es gradual; ella está envuelta en el ambiente religioso que profesó y vivió en la Tierra. ¿Quieres que te cuente algo que te divertirá y te hará reír como si estuvieras en el mundo físico? Pues mira: en mi pueblo había una mujer que escuchaba el sermón del sacerdote, quien hablaba sobre los ángeles rebeldes. Al llegar a hablar de Lucifer, al destacar la condición privilegiada que tuvo antes de la rebelión, dijo: «Lucifer, que significa Luz, era el jefe de los ángeles. Era la Luz del Trono; era el más poderoso de las huestes celestes». Cuando llegó a este punto, la mujer se durmió y no despertó, hasta tanto el sacerdote terminó el sermón y prosiguió con la misa. Desde entonces, la sencilla mujer rezaba: «Oh, mi querido San Lucifer, ayuda a mi hijo en su trabajo». Todo se

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lo pedía a San Lucifer. En esas condiciones, durante las invocaciones de esta ingenua madre, se presentaba una entidad creada por la mente de ella. Era su Lucifer, un hombre fuerte, vestido ricamente, con joyas y piedras preciosas; de aspecto bondadoso y caritativo y que repartía dinero a diestro y sinies­tro.

—Esta mujer murió hace muchos años —dije.

—Sí, pero el hecho está grabada en los anales cósmicos. Mira que el hijo fue ayudado por el Lucifer fabricado por la mente de su cristiana madre. Te narré esto para que te des cuenta de la objetividad de las palabras del Cristo: «Tal como el hombre piensa en su corazón, así es él». Las formas mentales religiosas tienen aquí una apariencia muy real. Aquí está el plano del pensamiento y de las ideas y cada alma encuentra la realización de sus ideales. Aquí el cristiano tiene la única verdad; el mahometano la tiene y todos los demás fieles de otras religiones y sectas creen tener la única verdad y la verdadera religión. Sin embargo, muchos de los creyentes de una religión se adhieren a otra, al constatar que es más benéfica y entonces reencarnan con otra modalidad religiosa más elevada.

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Capítulo Décimo

Décimo Día

Mi estado de salud sigue igual. Mi anfitriona quiere que me alimente mejor para que recobre fuerzas. Ha inventado toda clase de jugos, de sopas y acudió a cuanto el «recetario del médico en casa» aconseja, para ayudarme a recuperar mi «carne» y mis fuerzas.

Muchas personas quisieron visitarme, pero hubo que decir que yo no estaba, con el objeto de no fatigarme con la atención a los visitantes.

—Ser psíquico en el mundo físico, no adelanta nada en el mundo astral —me dijo mi amiga y guía—. La muerte repen­tina es algo perturbador, por eso las letanías católicas piden: «De la muerte repentina, líbranos, Señor». Estas personas murieron en un accidente de auto y, cuando despertaron, no se dieron cuenta de lo que había sucedido y creyeron que continuaban con vida. En cambio, mira a este anciano cómo sale de su cuerpo, después de una larga enfermedad: se ha desprendido de su físico, con la mayor naturalidad, como la luz pasa por un vidrio. Mira ahora a este suicida. El cuerpo de deseo del pobre ser permanece consciente de la propia vida de la que quería huir y del cuerpo de deseos o astral. Su unión con el cuerpo físico no se rompe fácilmente, porque está fuer­temente adherido a él.

—¿Por qué tiembla tanto, como si estuviera aterrorizado?

—El espanto y la perturbación son efectos de las causas que obligan al hombre a entrar en etapas desconocidas y no esperadas por él. La cadena perpetua es mucho más con­veniente a la humanidad que la condena a muerte, porque el condenado a muerte nunca perdona y actúa como si fuese instigado a asesinar. Cuando el instinto de conservación se violenta, se producen estados anormales, porque es deber del hombre aprovechar la vida física lo más que le sea posible y retenerla el mayor tiempo que pueda.

—Hay ciertos jefes de religiones que enseñan que los sol-

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dados muertos en la batalla no sufren después de la muerte.

—¡Pobre humanidad la que sigue a esos jefes ciegos! No matarás, dice la Ley. Amaos los unos a los otros, dice otra ley. El mahometano cree que si el hombre muere luchando por su credo, va directamente al Cielo. Con palabras como Patria, Credo, Partido, Religión, etc., etc., se justifica ese atropello a la Ley Universal Divina. Como ves, aquí se necesitan muchos «guías», ángeles de la guarda, protectores invisibles y otros servidores, para ayudar en la obra del Absoluto. La tarea requiere de muchos trabajadores.

—A mi ver, se agrava el problema de la preparación para colaborar en la obra, porque es difícil y tal vez imposible, poder expresar por medio de la palabra, la pluma o el pincel, lo que se puede sentir aquí, en este mundo, en el interior del ser.

—Efectivamente, aquí el alma nota algo dentro de sí que no puede ser expresado perfectamente en el físico, como lo concibe en la mente. Son muy raros los que realizan en la vida algo de los ensueños del alma. Tú, por ejemplo, eres ham­briento de arte y sediento de saber y sin embargo, no se te concedió más que una pequeña migaja. Los deseos de per­feccionamiento y evolución demuestran claramente la incon­mensurable superación que espera al alma en su viaje hacia el infinito. «Las semillas del deseo florecerán y fructificarán algún día», dice el proverbio. En todo deseo existe la certeza de su cumplimiento. Aquí, en el mundo astral, están al al­cance de todo el que quiera, las ciencias y las artes, a dispo­sición de cuantos deseen aprovecharlas. Aquí está la biblioteca del Cosmos —si debiésemos darle un nombre— sin embargo, mira cuan poca gente está aprovechando estos tesoros, para ejercitar sus facultades. Cuando vuelvan a la Tierra estos estudiosos seres que acuden acá, irán con la inteligencia cargada de saber y la razón fortalecida. Allá, en la Tierra, atribuyen la inteligencia del niño a la salud de los padres, a la alimentación, al clima, etc., sin comprender que el alma lleva su saber de aquí, y los medios que existen en la Tierra sólo lo despiertan. Los inventores, los filósofos y los cientí­ficos, solamente manifiestan en el plano físico lo que adqui­rieron en el mundo del deseo como fruto de los anhelos de sabiduría. Todos nos cuentan que la idea de sus descubri­mientos les vino como «bajada del cielo». Toma, por ejemplo, lo que estoy mostrándote ahora. Si mañana vas a relatar en un libro lo poco que ves aquí, ¿qué diría la gente? Unos dirán:

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«Desvarios de un enfermo» y otros lo tomarán en serio; pero tú sí sabes que no fuiste más que un observador que no creó cosa alguna; al relatarlo en un libro, le pondrás tu nombre, como autor y creador.

—De lo que he visto, aquí existen el infierno, el purgatorio y el cielo. ¿Por qué es que los espiritualistas niegan los tres?

—Los espiritualistas no niegan nada, pero entienden las cosas de manera diferente a los demás. Vamos al hecho: Tú crees en el fuego del infierno; pero si alguien te dice que después de la muerte, el hombre se convierte en alma, ¿cómo puede quemarse el alma en un fuego material? Ya sé que responderías que muchas veces has soñado que te persigue un animal feroz, o que estás volando y que sentiste miedo o placer, según el caso, pero ahora te pregunto: ¿quién te obligó a soñar con el oso o con el ángel? Nadie, sino tus propios sentimientos, pensamien­tos y hechos que te causaron una pesadilla irreal y absurda. El oso, el infierno, el Cielo sólo están en tu mente y no tienen ninguna existencia real. ¿No es así?

—Efectivamente, pero cuando eso sucede, yo igualmente sufro.

—Seguro que es así. Cada ser tiene que pagar sus culpas con el castigo que él cree merecer, porque la conciencia es el más severo juez que existe. La conciencia desnuda al alma ante su vista espiritual, y el alma, después de escuchar la voz de la conciencia, acepta el fallo por merecido y justo y comien­za a sufrir y gozar conforme con sus conceptos del bien y del mal. Esto es la Justicia de la Ley de Causa y Efecto.

—Esa ley, ¿castiga a todos por igual?

—Castiga en proporción a la intención y cultura de cada uno. El castigo y la recompensa estarán expresados por el concepto que el ser tuvo durante la vida, del Cielo y de la Tierra. Aquéllos que creían que el Infierno es un lago de azufre hirviendo, donde estaría sumergido el pecador, sentirán el dolor de las quemaduras del azufre si piensan que han de­linquido para merecerlo. Aunque el individuo trate de eliminar estas ideas a través del uso de la razón, el subconsciente le devuelve a la mente esta siniestra educación de los días de su niñez y sufrirá los tormentos del Infierno tradicional, hasta Que llegue algún ángel o protector que se dedique muy preocu­padamente a salvarlo de sus propios pensamientos e ideas. Mira.

Se presentó delante de nosotros el Infierno descrito por

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varios autores de todas las religiones. Era un lugar oscuro, iluminado por llamas de fuego eterno. Parecía un pozo muy hondo, con paredes inaccesibles. En aquel pozo sin límites se hallaban los seres condenados al fuego del Infierno. Los gritos y los lamentos infundirían horror y miedo al más valiente. Los diferentes métodos de tortura que atormentaban a sus ha­bitantes eran —como se dice en Física— concebidos por mentes diabólicas (esto es, por la mente humana, inventora de toda clase de sufrimientos). Se veía gente colocada en enormes pailas o recipientes en los que hervía azufre líquido; en otros, el plomo derretido ocupaba el lugar del azufre. Los demonios, tal como fueron pintados en las iglesias y templos, tenían cuernos y rabo y, en las manos, llevaban tridentes, con los que removían a los condenados en las lagunas de azufre y fuego, como se remueve, en la cocina, la cebolla frita en la sartén. Los aullidos eran literalmente infernales. Así podría­mos, ocupando volúmenes enteros, seguir describiendo los horrores que aparecían en ese Infierno creado e inventado por la mente de los hombres. Aquí podemos repetir: «Tal como el hombre piensa en el Infierno, así éste será para él».

—En este plano —dijo mi compañera— cada uno encuentra el Infierno en el que pensó durante su vida corporal. Y lo mismo cabe decir de la idea del Cielo. El alma goza de la dicha de los santos, según sus propios ideales y como premio de ¡as buenas obras. Ahora vas a ver algo más curioso todavía. Aquí están los materialistas, los que durante la vida terrena cre­yeron que todo acababa con la muerte. Aquí sienten y se hallan en un estado de experiencia muy curioso. Están en un plano donde imaginan que han sido transportados vivos a otro mundo. Ellos sufren por lo que han hecho sufrir a los demás y gozan por el goce que hicieron sentir al prójimo. No son castigados por su incredulidad y poca fe o porque no profe­saron una religión determinada, sino porque deben aprender la lección acerca de a qué corresponde el bien y el mal. Sin embargo, esta experiencia es totalmente mental y proviene de la pasada vida terrena. Su incredulidad en la existencia de otra vida no altera la acción de la ley de Causa y Efecto que purifica a todos en el mundo astral.

—Pero ahora me surge una pregunta: ¿Cuál es el sufri­miento del alma adelantada que no cree en Infiernos ni Cielos?

—Esas almas sufren por el conocimiento de los respectivos resultados de sus buenas obras. Mira a este médico, muy 82

consciente de su deber, que está atormentado por el recuerdo de un descuido que cometió en la curación del hijo único de una madre viuda. Sus pensamientos son su verdugo. Aunque ante sí mismo asumió la responsabilidad de cuidar a la mujer, sin embargo no puede dormir tranquilo.

—Sí. Esos médicos abundan entre nosotros.

—No seas sarcástico. Tú también fuiste egoísta en tu pro­fesión con tus enfermos.

—No lo niego, por eso sufrí y sigo sufriendo las consecuen­cias.

—Pues bien. No te burles entonces de los que cometieron tus mismos pecados. Aquí no hay dicha ni desdicha eternos. Sólo se viene a constatar los errores y después se retorna a la escuela de la Tierra, para aprender nuevas lecciones.

—De hecho, el Cielo y el Infierno de cada alma están en su interior, como bien lo expresó Ornar Khayan, al escribir más o menos, lo siguiente: «Envié a mi alma en busca del Cielo y del Infierno y volvió para decirme que el Cielo y el Infierno están en mí».

—Así es. Cielo, Purgatorio e Infierno son creaciones propias e imágenes mentales del hombre. Tampoco son premio o castigo, sino medios naturales de desarrollar las virtudes y restringir los errores y vicios, para que el alma pueda avanzar hacia la perfección, porque el hombre es su propio juez; el alma pura vislumbra mayor felicidad. El mundo mental y el espiritual son más reales que el mundo material. Todas las obras materiales y espirituales del hombre, tales como edifi­cios, puentes, sinfonías y poemas, estuvieron antes en la mente de su creador y realizador. Existió primero en forma mental y después pasó a la forma material. Entonces podemos preguntar: ¿Cuál es el verdadero y real creador? ¿El pen­samiento o la mano? El pintor concibe el asunto antes de plasmarlo en el cuadro y lo trabaja hasta que se parezca, de la mejor manera, a lo que tiene en su mente y así acontece con todas las actividades creadoras del ser humano.

—Es muy difícil describir este mundo en lenguaje físico, de una manera clara y adecuada. Según mi manera de ver, yo estoy aquí contigo, veo hasta la evidencia y sin embargo, me es muy difícil trasladar correctamente el recuerdo del astral al físico, sobre todo por nuestro lenguaje, incapaz de describir lo que debe decirse.

—En efecto, porque este plano está lleno de formas que
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