Veinte días en el mundo de los muertos






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—Afinidad.

—Sí, sí. Afinidad.

—Aquí, amada mamá, todos somos hijos de Dios y no hay ni padre, ni madre, ni esposo. Cada cual trabaja para aliviar el dolor ajeno, para que se calmen sus propios dolores. Deja de estar pendiente de tus hijos y ocúpate de cambiar tu situación.

—Por qué, si así estoy muy bien.

—Ya sé. Pero estarás más feliz en otro lugar y con otro trabajo.

—Ya me han dicho varias veces esto, pero no les he creído. No me parece necesario.

—Debes creerlo, amor mío. Mira. Voy a llevarte a otro «lugar», donde aprenderás muchas cosas y verás cómo pasarás mejor tu tiempo.

—¿Podré volver acá?

—Naturalmente, cuando gustes.

Momentos después, nos encontramos ante un niño aban­donado y agonizante. Yo me detuve ante el moribundo y mi mamá corrió a él diciendo:

—¡Pobrecito! Cómo te abandonaron.

En aquel instante, mi madre radiaba con luz de ternura por aquella criatura desvalida.

—Yo voy a ocuparme de él —dijo.

—Ya vendrán a recogerlo. Pero dime: ¿te gustaría trabajar así y ayudar a estos pobres niños abandonados?

—¡Qué madres tan desalmadas! ¿Cómo se les ocurre aban­donar así al hijo de su corazón?

Yo reí y le dije:

—No, mamá. No es el hijo del corazón. Es el hijo de la pasión.

Ella me miró y dijo con aquella sencillez de los seres puros:

—¡A qué tiempos hemos llegado!

En aquel momento, se presentó una mujer que irradiaba luz, miró a mi madre con dulzura y le dijo:

—¿Quieres trabajar con nosotros?

—Sí —respondió mi madre, sin titubear.

—Vamos.

Mi madre se despidió de mí con un gesto alegre, lleno de ternura y desapareció junto con la recién llegada.

—Ahora, vamos a ver al viejo —me dije.

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Mi viejo estaba rodeado de mucha gente y les contaba de su pericia en la cacería. Efectivamente, mi padre fue un afamado cazador. En ese instante, les narraba cómo mató al tigre, primero de un disparo de escopeta dirigido al centro entre los ojos y cómo después trató de cargar la escopeta con un pedazo de plomo, para darle el tiro final.

Lo que más me sorprendió fue que mi padre, al describir la escena, la reproducía en imagen ante los demás, con tal realismo, como si estuviera sucediendo en ese instante o si presenciáramos una película en tres dimensiones.

—¡Papá!

—El me miró y gritó:

—¡Jerges! (así solía llamarme él) ¡Has venido ya a reunirte con nosotros!

—No, papá. Sólo estoy de visita.

—¡Cómo! ¿Estás burlándote de mí? —No, mi viejo lindo. Es la pura verdad.

—¿Es que han descubierto alguna manera de llegar acá antes de morir?

Yo simplemente me reí y le dije: —Más o menos, algo por el estilo. Pero dime: ¿Cómo estás? ¿Eres feliz?

—Más menos, también. Podría decirte que sólo tu hermano me molesta mucho y...

Quiso mi papá relatarme, como lo hacía en vida, los actos reprochables que tenía mi hermano para con él, pero yo corté el hilo de la conversación y le pregunté:

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Viviendo.

—Así que vives sin ninguna ocupación o actividad. Papá: tú eres un miembro de la humanidad y debes hacer algo para ayudar a los demás. Toda tu vida fuiste vigilante del orden y defensor del débil. ¿Qué te sucede ahora, que te has de­dicado a contar tus proezas de cuando estabas vivo? ¿No has encontrado nada mejor en qué pensar?

Meditó por un instante y respondió:

—Tienes razón: «Ya, Jerges», voy a pensarlo.

—No hay nada en qué pensar. Vamos a trabajar ahora mismo.

—Quisiera llevar a Salim (mi hermano mayor) conmigo.

—¿Y dónde está Salim?

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—No sé. A veces viene, a veces se va. No sé en qué esta metido.

-Debe tener algún trabajo y estará ocupado. Vamos ya. En esto se presentó un ser que me dijo: __Yo me encargaré de él, puesto que ya quiere trabajar. Y los dos desaparecieron.

* * *

Ahora, ¿A quién debo ver? Y ¿Por qué esta pregunta, si desde tiempo atrás tenía trazado el plan?

* * *

—Eva. ¡Mi querida Eva!

—Jerges, mi amado de siempre. Cuan feliz estoy de verte y sentirte.

Parece que ella sintió mi emoción y continuó:

—¡Cuántas veces estuve a tu lado! A veces me sentías y otras no. Siempre te busqué cuando dormías, pero última­mente ya no me has prestado atención como antes, no sé por qué. No, amor, yo sé. Tú estás trabajando mucho y el trabajo no te da tiempo para atender a tu amada Eva de otros tiempos.

—No seas ingrata. Tú estás grabada en cada célula de mi sangre.

—Gracias, mi amor. Yo te debo mucho. Cuantas veces quise volver atrás, tú me enviabas tu amor y me ordenabas seguir adelante. Sí. Ahora sé lo que significa tu actitud. Después de progresar en el viaje, me he dado cuenta de que el ser que viene acá, no debe dejar su corazón en la Tierra, si es que quiere adelantar en su tarea espiritual. Todos me detenían y retrasaban. Sólo tú me empujaste y sentí que debía obedecerte. En todas partes, el alma tiene su tarea y sólo puede tener un único amor.

—Yo he tenido tres amores, Eva.

—Sí, pero tu corazón es un manantial de entrega de amor, mientras que sólo has recibido sufrimiento.

—También sabías eso.

—Todo sé de lo que te atañe. Pero mi amor será siempre como te dije en vida: «Será como un lago profundo y quieto». Asi ha sido y debió ser, como tu primer amor que fui.

—Yo le he contado esto a todo el mundo.

—Y yo lo he leído cuando lo escribiste. Cuan agradecida estoy, mi amor, por lo que has dicho y por lo que has hecho Por mí.

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—¿En qué te ocupas aquí? —pregunté.

—En ayudar a los amantes que mueren antes de satisfacer sus anhelos y a aquéllos que abandonaron repentinamente a sus esposos y no pueden ni quieren consolarse.

—¡Qué grandioso es tu trabajo!

—Te lo debo a ti.

—¡Me haces tan feliz!

—Yo lo soy más todavía. Bien. Ahora debo marcharme a recibir órdenes. Piensa en mí e iré a tu lado para consolarte en tus sufrimientos.

—Yo no sufro, Eva.

—¡Ah, ah, ah! El mayor sufrimiento tuyo fui yo, si me permites la corrección.

—En una ocasión yo escribí unos versos que dicen así: «Aunque el tiempo pasó y somos viejos,/siempre al pasado echamos la mirada».

—Es la pura verdad; pero algún día haremos un futuro del pasado.

—Hasta otro momento, amor mío.

—Hasta cada minuto, hasta siempre.

—Ashtarouth, ¿Dónde estás? —Aquí estoy. Estoy esperándote, amor mío.

—¿Cómo?

—Estoy más cerca de ti que tu sombra.

—¿Qué? ¿No estás ocupada en nada?

—No te preocupes. Mis amigos, los drusos, me dan tanto que hacer como no puedes imaginarte. Pero de cualquier manera, estoy siempre contigo.

—No comprendo muy bien. ¿En qué estás ocupada?

—Aristóteles me enseñó cómo debo recibir a los muertos y cómo debo tratarlos.

—Entonces estás bajo la dirección del Hierofante.

—¡Y cómo te quiere y te ayuda!

—Yo sé, yo sé.

—Es tan bondadoso que cada vez que tengo un pesar, él acude en mi ayuda. Yo le hablé de mi amor por ti y él se sonrió y dijo: «Amalo mucho y su amor te elevará». Por eso puedo decirte que cada átomo de mi ser vibra por tu amor. Trabajo por tu amor, amo por tu amor, vivo por tu amor...

Ashtarouth no ha cambiado: vive por el amor y muere por

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el amor. Aquel amor de la joven atrajo la atención del gran Hierofante y él la ocupó en esa formidable y difícil tarea. «Qué grandiosa es Ashtarouth».

Ella me vio pensar y dijo.

—Eso te lo debo a ti, mi Dios.

—¡Volvemos a lo mismo de antes!

—Y hasta la eternidad. ¿Acaso Dios no está en ti y tú en

El?

—¡Ah! Has sentido lo que dije en mi obra «Yo Soy».

—Todo lo que haces es mío, pero yo soy tuya.

—Tú perteneces a la Obra.

—Y tú también, pero yo soy tu obra y tú eres mi Dios.

—¿Qué diría el Hierofante, si te oyera decir eso?

—¿Acaso él no me oyó? El se ríe con bondad y ayer me dijo que «En recompensa de ese amor, iba a tener una larga entre­vista amorosa contigo». Escucha, amor mío. En estos planos hablamos del amor con toda libertad y emoción, no como lo hacíamos en la Tierra. Aristóteles me dijo: «Tu amor te salva» y eres tú quien me enseñó a amar. En la Tierra quería ofrecerte mucho dinero, porque me amaste y me enseñaste a amar. Aquí no puedo ni debo ofrecerte sino el mismo amor.

—Seguramente tienes mucho trabajo en tus tareas.

—Efectivamente, pero soy feliz y es a ti a quien debo esta felicidad pasada, presente y futura.

—Cuéntame algo sobre tu trabajo aquí.

—Tú sabes bien que cada pueblo encuentra en este plano el cielo prometido por sus creencias religiosas. Hay unos que creen que el Cielo es una ciudad hermosa, con calles pavimen­tadas de oro y ríos de leche y miel y mujeres hermosísimas. Los míos tienen un concepto del Cielo, como lo tienen los cristia­nos, mahometanos, judíos, etc. El Cielo es una construcción de la mente humana. Ahora bien: si se le dice a cualquier ser, de cualquier religión, que el cielo es amor, no va a entender nada y, con certeza, va a creer que la palabra amor significa tener varias mujeres hermosas a su disposición. Todos, o mejor dicho, la mayoría de los hombres en la Tierra tienen el concepto del Cielo como lo tiene el salvaje, para quien el Cielo es el palacio de un rey con todos los adelantos y adornos de la civilización moderna; pero, como tú lo sabes bien, «Aquí las formas e imágenes mentales son las que dominan la mente humana». Cada alma lleva en sí su propio escenario en su

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imaginación. Y por tanto, todas las almas de una religión tienen las mismas ideas, conceptos, gustos, creencias e ideales y es por tal motivo que habitan en un mismo plano o estado y tienen el mismo escenario y los rodea el mismo ambiente.

—Ashtarouth, ¡eres maravillosa! \

—Es mi amor por ti, Adonis, que abrió mis ojos.

—Bendita seas, por la felicidad que me proporcionas.

—Bendito eres tú. Además, como te consta, aquí la trans­misión del pensamiento es el lenguaje universal; es más claro que el hablado. Las ondas mentales de cada ser afectan a los demás que vibran con la misma tonalidad y son comprendidas como resultado de la combinación de las imágenes mentales de quienes las piensan. Como sabes, todo lo que el hombre desea sólo existe en su imaginación. Ahora te pregunto: ¿Qué de­sean los cristianos, los mahometanos, los drusos? A decir verdad, todos tienen las mismas niñerías. Unos desean pa­lacios en el cielo, con jardines y fuentes; otros, el rango de reyes y príncipes. Tienen una concepción del Cielo exacta­mente igual a la que les provee la enseñanza religiosa en la Tierra, es decir, en la vida física. En consecuencia, aquí soy drusa y tengo que presentarme así para poder inculcar en las mentes de los míos, el concepto de Cielo y el sentimiento del amor, que es el verdadero camino al Cielo, pero el Cielo verdadero, el del Amor. ¿Estás satisfecho, mi amor, con la explicación de mi trabajo?

«Dios mío» —pensé— «¿Esta es Ashtarouth?»

—Si, amor de mi alma. Y todo te lo debo a ti y a tus libros.

—¿Cómo puedo agradecerte por la lección que acabas de darme?

—Ámame, para que pueda seguir más adelante.

Y al decir esto, se confundió conmigo y yo sentí tanta

alegría que me desperté.

* * *

Miré el reloj fosforescente que estaba en el velador y recién eran las dos de la mañana. Me sentí feliz por la posibilidad de dormir un poco más y así continuar mis sueños. No tardé en dormirme. Nuevamente estuve en aquel estado.

—Quiero estar otra vez contigo.

—El poder de mi amor te atrajo de nuevo hacia mí.

—Quiero que me enseñes cómo trabajas.

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—Ven, amor de mi vida. Yo puedo guiarte en mi sección. No sé si corresponde la palabra sección. Mira, por ejemplo, este individuo no tiene sino dos horas de haber llegado acá, según los relojes de allá, y cree que ya ha pasado aquí una eternidad, sufriendo hambre y sed. Era un glotón, como se lo llama allá.

—Sí. De hecho, la mente fabricó la condenación eterna, ya que aquí no se mide el tiempo.

—Varias veces intenté hablarle, pero jamás ha querido entender. Cuando vienen con un vicio, no pueden comprender el contenido de un consejo, sino después de sufrir mucho. Un hombre de poca fuerza de voluntad en cuanto al físico, es el mismo en el mundo astral, mientras que el decidido puede vivir su vida a pesar de las condiciones, porque por lo general, el hombre no se desprende de sus malas tendencias aquí, a no ser que trabaje para ello con mucho ahínco. Ese es el infierno de esta criatura: sufre a causa de su incapacidad para satisfacer las ansias que alimentó en su cuerpo físico. Con el tiempo, estos deseos se agotan, debido a la imposibilidad de satisfacerlos. Nadie le había enseñado en vida sobre las con­diciones del alma después de la muerte. Ahora, muy poco se puede hacer por él. Sin embargo, lo intentaremos.

Entonces me presenté ante él y le lancé una onda de luz azul. El hombre se calmó y preguntó:

—¿Quién eres?

—Eso no importa ahora. En cambio, debes sacar de tu mente esa idea tonta. Aquí no hay arak (anisado oriental) y no lo podrás conseguir. Si no dejas ese vicio, vas a tener los sufrimientos que tu padre tuvo con el cáncer al estómago. ¿Te acuerdas?

—Sí, sí.

—Pues debes saberlo: tú vas a morir con cáncer.

El hombre se aterró y entre llantos y gritos, prometió:

—No, no. No tomaré más. No quiero morir con cáncer. Mi compañera me dijo, sorprendida: —Amor mío: sé que para cada caso hay un remedio, pero ¿cómo supiste de la enfer­medad del padre?

—Yo estaba oyéndole pensar y, por esta vez, dio resultado la amenaza.

—Todo hombre que entra aquí trae consigo sus temores de aquello que le asustaba en vida. Mira a aquél que está allá. Es el típico ser indolente e indiferente. Su cuerpo no tiene

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color y encuentra su vida aquí, aburrida, sin interés alguno. Aquí hay seres que sufren horriblemente. Mira a éstos. Son los sensuales de baja índole. Ellos retienen sus ansias y deseos y los sienten más fuertes de lo que jamás antes los sintieron. Se hallan muy cerca del físico, a fin de excitar sus locos deseos, pero como carecen de un cuerpo, no tienen posibilidad de apagar el fuego sensual del infierna y su terrible sed. El gran consuelo que puede tener esta gente es que, en una vida futura, serán de los más puros. Aunque existe alguno que otro que se apodera de vehículos a su alcance y satisface sus bajos deseos, o, en ciertos casos, son presa de obsesiones. El al­cohol, el tabaco, la morfina y demás fortalecen por un tiempo el cuerpo de deseo de esta gente.

—En lo que se refiere a los tuyos, tienes razón: los ade­lantados, entre los drusos, no fuman.

—Amor. Te agradezco por estas enseñanzas. Yo las emplea­ré con mi gente. Pero te aseguro que desde hoy en adelante, voy a seguir tu lema: «Mi religión es el Amor y la Verdad! Mi patria es el Universo. Piensa en mí...»

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Capítulo Noveno

Noveno Día

Hoy estaba igual que ayer —según el concepto del médico— por lo cual, para fortificarme aumentó una inyección de vita­minas. Se fue después de dar su consolador fallo: está fuera de peligro.

Vinieron a visitarme algunos parientes y amigos. El día no me pareció tan largo como los anteriores.

Al fin cayó la noche. Antes me quejaba de cuan larga era la noche. En estos momentos, me quejo por lo interminable de los días.

—Aquí estoy, querido. ¿Qué tal te fue?

—Muy bien.

—Entonces, a trabajar. Mira, éste es un ser que vive ambi­cionando muchas cosas; sus pensamientos formulan planes. pero cuando quiere disfrutar de sus beneficios, se alejan de él y lo que aumenta es su sed de dinero y de bienes materiales.

—Este es el caso de Sísifo, —dije— condenado a empujar una enorme piedra hacia la cumbre de la montaña mas, cuando se hallaba muy cerca de coronarla, la piedra rodaba hacia el valle.

—Es una buena comparación. Estos seres han tenido una vida disipada, llena de satisfacciones egoístas, trivialidad y mur­muración. Ansian cosas que no pueden conseguir, porque aquí no hay negocios. El hombre, en vida, construye su propio in­fierno y su propio purgatorio. El infierno no existe sino en la imaginación de los teólogos y, ni el purgatorio ni el cielo pueden ser eternos. A veces la víctima persigue a su asesino, sin que éste pueda jamás escapar de tal persecución.

—No obstante, veo aquí mucha gente feliz.

—Sí, porque gozan de una deliciosa libertad. Nada les pre­ocupa, pues el muerto es mucho más libre que quien vive dentro de su cuerpo físico.

—El mundo astral, ¿es tan poblado como el mundo físico?

—No. Puedo darte una idea diciéndote que los muertos vi­sitantes son una tercera parte, más o menos. La gran mayoría
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