Veinte días en el mundo de los muertos






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séptimo Día

Hoy amanecí mal. El médico cambió la fórmula de sus recetas. Nuevas inyecciones, más alimentación y completo reposo. La última prescripción me gustó. Yo quiero y necesito reposo y nada más, para continuar mi aprendizaje.

Tengo la impresión de que mi guía no vendrá durante el día, porque debe saber que va a ser interrumpida. ¡Cuándo llegará la noche, para poder quedarme a solas!

Al fin estoy solo. No tardé en entrar en aquel estado de lasitud y mi amiga guía se presentó. Esta noche la sentí cariñosa y me dijo:

—Escucha, amor. Estoy feliz por ti. Mis guías me elogiaron por haberme ocupado de enseñarte. Yo te debo mucho por nuestra vida anterior, en España, en aquella casa pequeña, a donde llegaste perseguido por defender a los moros y judíos que fueron víctimas de los cristianos que tomaron el poder. Aún hoy tus obras siguen siendo leídas. Cuando fuiste per­seguido por orden del rey y la reina, huiste a Argelia, deján­dome sola. Los esbirros del rey me torturaron hasta matarme. Siempre te he buscado, porque te quise y te amé como te amo hoy. En el mundo físico fuimos felices y ahora, en el espiritual, lo seremos más todavía. Como ves, basta un fuerte deseo mío o tuyo y estaremos juntos. Desde entonces, no volví a encon­trarme contigo en el físico, supongo que fue porque cada uno tenía deberes que cumplir. No obstante, ¿recuerdas a tu Alia?

Me emocioné tanto, que desperté en el físico. Mi despertar me causó una tristeza indescriptible y comencé a invocar mentalmente a aquella mujer, ordenándole y rogándole que me esperase hasta que volviese a dormirme. Desgraciadamen­te, como nunca antes, el sueño se alejó más y más. Llegué inclusive a pensar en la absurda idea de tomar algún sopo­rífero, pero obviamente, deseché esto de inmediato.

Serenándome, pude recordar las leyes ocultas: es torpe tratar de conseguir algo con precipitación y nerviosidad. Hice

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entonces lo que debía. Me calmé y, mediante algunas respi raciones, ordené a la sangre que descendiera de la cabeza y poco a poco, entré en el mundo de Morfeo.

Mi compañera guía estaba esperándome cerca de la cabe­cera de la cama.

—Amor del alma, ¿Por qué no me revelaste esto desde el principio?

—Porque antes no te dabas cuenta de la magnitud de tus deberes. Ahora que ya estás más adelantado, pude revelártelo sin tener recelo. Ya podemos confundirnos el uno con el otro en la alegría del Amor y seguiremos nuestro trabajo.

—¿Puedes decirme cuándo he de venir definitivamente acá?

—Quien te oyera diría que eres un profano. ¿Qué significa el acá y el allá para el alma? Somos dioses eternos y paseamos a menudo en varios mundos, a veces unidos y otras separados, Ahora, vamos a trabajar para completar tus estudios y prác­ticas e ir a ayudar a Eva y a Ashtarouth.

—¿Es a mí a quien toca el deber de ayudarlas?

—Si, amor. Ahora te explico otra ley. Aquí los seres que mucho aman son los que más aprenden y aprovechan, sobre todo si el guía es el mismo amante. Ahora, a trabajar.

* * *

—Las dimensiones aquí, como has visto, no son de espacio, sino de vibraciones. Son de tiempo, pero en una escala di­ferente a la terrenal. El movimiento en este mundo, por muy rápido que sea, tiene las características de absoluto reposo. En donde termina el más alto plano físico con sus vibraciones, allí comienza el más bajo subplano astral. El mundo físico se mide con dimensiones de espacio, mientras que en el astral se mide con niveles. Así, un viaje por el mundo físico se cuenta por kilómetros, en tanto que, en el mundo astral, se pasa de una tónica inferior a otra superior y viceversa. Este es el plano astral y en él hay innumerables subplanos que se pueden recorrer solamente por grados de vibraciones. De esta manera, el alma pasa de un estado de vibración a otro, lo que suele llamarse pasar de un plano a otro. Ya sabes que en el estado astral existen muchos estados o condiciones de existencia, que debes recorrer o, mejor dicho, experimentar uno por uno, para poder ayudar en todos los planos. Para estudiar me­dicina, se emplean siete años y, para trabajar perfectamente en el astral, tienes que aprender las siete tónicas y vibrar con

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ellas. Cada etapa de vibración astral atrae a los seres o almas para que residan en ella. No hay casualidad en el mecanismo de la ley. Este opera con precisión y cada alma o ser, al abandonar el físico, queda en el grado de su evolu­ción. Nadie puede pasar a un grado superior a aquél en que se encuentra, si no tiene los merecimientos apropiados. Aquí no hay soborno al profesor o al juez, para que sea promovido o se le perdone un delito. Los de arriba pueden descender; es decir, quienes tienen vibraciones superiores pueden atenuar la frecuencia y bajar; pero a los de abajo les es imposible subir.

.—¿En qué plano estamos ahora nosotros?—pregunté.

—Apenas en el quinto —respondió.

—¿Podríamos tal vez vibrar con una frecuencia un poco mayor, para fisgonear en el sexto?

—Al dedicarte a la obra podrías vibrar con más afinidad y saborear el sexto. En el mundo físico existen categorías y aquí también se las necesita. Los de arriba pueden bajar, pero los de abajo no pueden subir, porque de otra manera, los planos superiores estarían expuestos a las perturbaciones e influencias de quienes moran en los niveles inferiores. También el plano astral tiene sus barrios bajos y rufianes, como las ciudades del plano físico. Voluntariamente se trasladan los seres de vibración superior a un plano inferior, para ayudar a sus seres queridos, como la madre, por ejem­plo, y auxiliarles con sus consejos e instrucciones. Queda claro, entonces, que aquí, en el mundo de deseos o astral, hay muchos planos y subplanos; cada subplano está habitado por almas afines con su índole. Mira aquí, por ejemplo, en este subplano moran los seres sumidos en bestial materialidad. Es un infierno insufrible para las almas evolucionadas. Baja ahora y trata de aconsejarles a sus moradores y convénceles sobre su error.

Acto seguido, estuve con ellos. Muchos me miraban con desdén y otros con satisfacción. Me acerqué a uno que estaba triste y solitario y de inmediato oí las protestas y gritos de los demás, que decían: «Aléjate de ese renegado. No pierdas tiempo con él». Ignoré esas voces y me dirigí al sujeto que, con llanto y arrepentimiento, quiere pagar de una vez su culpa Para no vivir aquella insoportable vida. Le pregunté:

—¿Estás tratando de pasar a un plano superior?

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—No —respondió—. Quiero volver a la tierra para rarme y limpiar mi alma.

—Ven —le respondí— por ese camino ya estarás a salvo Me sorprendió a mí mismo el que tan escuetas palabras me dieran la sensación de haber cumplido con la tarea enco­mendada y haber resuelto un problema que había angustiado a alguien por mucho tiempo. Tuve la impresión de que no necesitaba agregar una sílaba más. Corrió si hubiese mirado mi sentimiento, mi amiga intervino:

—Todo está bien. Ya viene el que se encargará de él.

En ese instante, acudió una mujer y se lo llevó. Con cu­riosidad, pregunté a mi guía:

—Dime, Alia, ¿todos los protectores aquí son mujeres?

—No, amor. Los hombres trabajan también, pero esta mujer fue su esposa y, a pesar de los maltratos que le daba, ella sigue amándolo. De esa manera, el amor de ella lo salvará. Son los protectores invisibles los que la escogieron para la tarea.

—¿Y por qué no la mandaron a ella directamente para salvarlo?

—Porque ella no sabe manejar sus vibraciones en el mundo astral y aquí podemos repetir las palabras del Cristo: «Las mieses son muchas y muy pocos sus segadores». No todos saben manejarse en este mundo. Ya lo sabes: de hoy en adelante tendrás que descender siempre al infierno, para auxiliar a algunas almas y así ganar el derecho de ascender al sexto plano y luego al séptimo, si tu trabajo físico y mental se mantienen desinteresados. No obstante, es bueno saber que existen algunos que prefieren seguir su evolución en el mismo estado, hasta pagar todas sus deudas durante su per­manencia aquí. Mira a éstos que no quieren desprenderse de su naturaleza pasional y emocional. Esto es lo que se llama Limbo.

—Pero esto es una Babel, como decimos en el mundo físico.

—Efectivamente —respondió mi guía—, aquí se encuentran muchos tipos y formas de cosas vivientes; tan diferentes unas de otras, como se diferencian el perro del hombre. Este es el mundo del deseo. Muchos de los de aquí, por su naturaleza animal, no quieren desprenderse del cuerpo astral o de deseos y éste se desintegra en pedazos, como se dice vulgarmente.

—Y estos otros, ¿por qué tienen tanto miedo?

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Estudíalos por ti mismo.

—-Ahora veo que están rodeados de demonios y por eso es que están aterrados.

Bien. Ellos han creído en la existencia de demonios ver­
daderos y su mente fabricó estas repugnantes formas durante
siglos. Sus mismas criaturas ahora atormentan a sus crea­
dores, a los que causarán un agudo sufrimiento, por largo
tiempo. Aquí te toca trabajar mucho. ¿Quieres comenzar
ahora?

—¿Qué debo hacer?

—Trata de eliminar sus visiones. Algunos de ellos se darán cuenta de la ilusión inexistente; luego, hazles comprender su error.

En aquel instante, sentí que estaba entre ellos. Comencé a emanar una energía luminosa, producto de la evocación. El lugar se puso claro e iluminado. Me miraron admirados y en cierta forma alegres. Entre otras cosas, les dije en voz alta, más o menos las siguientes palabras: —Quitad de vuestras mentes la idea del demonio y seréis salvados. Mirad que ya no existe aquí ninguno de ellos. Sois vosotros mismos los fabricantes de tan repugnantes ideas. Vuestro Padre en el Cielo os espera. Ningún demonio puede sobrevivir al pen­samiento del Amor. El Padre Divino os ama demasiado tiernamente, como para que pueda desear vuestro sufri­miento. Amad al Padre y amaos los unos a los otros. Así, ningún demonio podrá entrar donde el Amor existe.

Me extrañaba sentir que expresiones tan sencillas y hasta conocidas, me parecieran de gran elocuencia, pero mi ad­miración fue mayor, cuando vi que muchos de ellos se habían aferrado a mis palabras. Los demás me miraron con malos ojos y desconfianza.

Desgraciadamente, en el plano astral como en el físico, los ignorantes, en vez de aprovechar el consejo, atacan a quien les da luces. Oí gritos infernales que me tachaban de hereje, apóstata, masón, renegado, etcétera. Ante tanta agresividad, tuve que huir, digámoslo así, y me dirigí a mi guía:

—Aquí también insultan con todas las palabras del voca­bulario.

Ella rió y me dijo: —Siempre los jefes se creen con derecho a insultar a todo el mundo.

—¿Qué jefes son éstos?—le pregunté.

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—No te hagas el ingenuo. Tú los conociste muy bien. a otra vibración.

—¿Cuánto tiempo dura la vida en este mundo o etapa astral?

—Depende de la cualidad del cuerpo astral que el hombre se fabrica. Las pasiones, las emociones, los deseos y sus pensamientos determinan la forma. Un cuerpo astral grosero es la fabricación exclusiva de su propio dueño, pero también queda atado al plano astral mucho tiempo, siguiendo el lento proceso de su desintegración. El esclavo de sus pasiones dará una larga vida al cuerpo de deseos y éste persistirá largo tiempo después de la muerte. Cuando un ser ha dominado durante la vida sus deseos inferiores, sometiéndose a la naturaleza superior, su cuerpo de deseos contará con poca energía y se desintegrará rápidamente. Mira esto.

Vi un hombre que se desprendió del cuerpo físico, luego, en seguida, del cuerpo anímico y, por fin, se detuvo un lapso y se desvistió del cuerpo astral y desapareció.

—Este es un discípulo adelantado. No sintió atracción alguna hacia estos planos, porque había subyugado sus pasio­nes terrenas durante la vida física. Queda poca energía de bajo deseo para gastar en el plano astral. Este es uno de los bienaventurados del Evangelio, que se dirige al Primer Cielo o Plano Mental.

—¿Cuándo llegaremos allá nosotros? —pregunté.

—En la casa de mi Padre hay muchos lugares —dijo mí guía.

—Supongo que no serán muchos los seres que permanecen aquí por mucho tiempo —dije.

—Al contrario. Muy pocos son los que salen rápidamente de aquí. Son aquéllos que progresaron por el sacrificio y el amor desinteresado hacia terceros. Los demás cuentan por años, muchos años, su permanencia. Aquí pueden todos quedarse a voluntad. Nadie les obliga a subir o a bajar. Mira a aquel hombre. Me han informado que vive aquí desde hace tres siglos terrestres y ha estado muy satisfecho. Mira su cuerpo astral tan remendado y agujereado y sin embargo, él continúa impertérrito. No obstante, algún descontento de su estado le ha sobrevenido últimamente y parece que ya está pensando en cambiar de residencia. Mientras el hombre no se dé cuenta de la necesidad de deshacerse de los malos

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deseos y no haga el esfuerzo de regenerarse, no dará un paso hacia la perfección ni hacia el cambio de su estado. A esta clase de seres se los puede ayudar mucho, porque ellos ignoran su verdadera situación. Acércate a este viejo y ve lo que puedes hacer por él.

—Hola, amigo, ¿Qué haces aquí?

—Nada.

—¿Estás feliz?

—No sé.

—¿Recuerdas tu vida pasada? Entonces eras feliz.

—Al menos era mejor que ahora.

—Seguro. Aquello era la vida, la felicidad. ¿Por qué no tratas de volver a ella?

—Qué le sucede a usted. ¿Está burlándose de mí?

—No, hombre, no. Le estoy hablando de veras. Vamos a la Tierra, al paraíso.

—No puedo. Estoy amarrado aquí.

—Te digo que podemos irnos. Deja esa ropa vieja y dame la mano que yo te llevaré.

El anciano obedeció sumiso, pero miró a las formas de sus propios deseos con mucha ternura y cariño.

—Vamos. Allá vas a encontrar cosas mejores y algún día te haré una visita. Me tratarás bien, ¿no es así?

El viejo rió y emanó luces de felicidad. Poco después se hizo presente un ser que se encargó de él y los dos desaparecieron.

—Me parece que se fue muy agradecido.

Mi guía se rió a gusto y dijo:

—Hijo mío. Aquí es como allá. La ingratitud está en el mundo astral, tanto como en el físico. Ahora, ya se acerca el momento de despertarte. Debes trabajar únicamente en la noche venidera. Yo no podré verte antes. Tengo otros trabajos a mi cargo. No obstante, de hoy en adelante, cada vez que quieras verme, vibra en esta tonalidad, llámame mentalmente y estaremos juntos. Pero, si estoy ocupada tú deberás ayu­darme... bésame con los ojos. Hasta pronto, como se dice en la Tierra

-—Hasta pronto, mi bello amor —le respondí.

Al abrir los ojos, el reloj marcaba las cinco y media.

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Capítulo Octavo

El Octavo Día

Pasé un día normal. Tenía unas décimas de temperatura, pero me sentía mejor. Al menos estaba más alegre que de costumbre. Ahora ya puedo trabajar en los dos mundos. Algunos parientes preguntaron por mí y se les dijo que pronto iría a verlos.

Estaba ansioso de que llegase la noche, para reanudar mis trabajos y mi aprendizaje.

Esta noche estaré solo. Voy a ver a mi madre, a mi amada madre, a mi padre, a mi hermano y a otros conocidos.

¡Cuan lentas pasan las horas para quien espera!

Por fin llegó la hora anhelada. Se cerró la puerta y yo me entregué a la lasitud que precede al sueño. Y...

—¡Mamá! ¡Amor mío!

—¡Hijo de mi alma!

Nuestras auras se confundieron la una con la otra.

—¿Cómo estás, mamá?

—Yo estoy muy feliz. Todos mis compañeros y compañeras me quieren mucho. Aquí estamos dedicados a la oración. Siempre visito a tus hermanas y a ti y me siento feliz al verlos a todos bien.

—Mamá, yo estoy físicamente enfermo y quién sabe si no vendré pronto acá.

—No, amor mío, no. No pienses en eso por ahora. Pero me preocupa el verte alejado de la religión y que no practiques los deberes religiosos como antes. Eso no está bien, querido mío. Aquí yo me confieso cada vez que lo necesito y busco al sacerdote, que siempre me está esperando.

—Pero mamá: ¿qué pecado puedes cometer aquí para que tengas algo que confesar? Ya tu hijo Jorge no te molesta como lo hacía cuando estabas en la Tierra. Mis hermanas Re y Ñas siempre rezan por ti; nuestra otra hermana no reza, porque el sufrimiento para ella es la mejor oración.

—¡Ay! No sabes cuánto me hacen sufrir tu padre y tu hermano. No quieren escuchar ningún consejo; viven lejos de mí. No tenemos esa... cómo se llama...
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