Veinte días en el mundo de los muertos






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cípulos son los únicos que pueden trabajar conscientemente en su cuerpo astral mucho más que en el físico y con mayor poder. Son los únicos que pueden alejarse del físico, con extraordinaria rapidez, a cualquier distancia. Cada uno puede reunirse y cambiar ideas con amigos encarnados e incor­póreos, que vibran en la misma tonalidad que él. Mira tu cuerpo astral. Hasta el momento no se le ha tomado como ejemplo de pureza ni de belleza. Has perdido mucho de tu tiempo en cosas inútiles, dejando abandonada tu verdadera evolución. No tienes, pues, en ti, ningún mérito para que fueses escogido para la obra.

Yo respondí con tristeza:

—Tal vez los males son muchos y los trabajadores son pocos y por eso me escogieron.

—Tal vez, y ellos saben por qué lo hacen.

Hubo un silencio de unos cuantos segundos en el reloj del mundo físico. Luego ella continuó:

—Mira. Aquí también se aprende como en el mundo físico. Esta gente está reunida para escuchar la palabra de un sacerdote. Aquí está otro grupo que estudia medicina. Aquí están orando en una iglesia y aquéllos en una mezquita. Este hombre está dominado por su pasión y se vuelve loco al pensar que no puede casarse con su amada, pero cuando se despierta de su sueño, se controla. Aquí pueden aprenderse cosas sobre las que ni siquiera se soñó en el mundo físico. Los adelantados que saben viajar en el astral dan la vuelta al mundo en pocos minutos, por decirlo en términos terre­nales. Hay que tener en cuenta que no es que el hombre no puede actuar a voluntad en el cuerpo astral, sino que durante muchas vidas, él lo ha modulado y acostumbrado a actuar solamente impulsado por las impresiones recibidas del físico. Por eso te he dicho antes que sólo los adelantados pueden obrar a voluntad en el mundo astral. Te explico todo esto, porque es necesario que lo sepas íntegramente antes de que te dediques a la obra. Cuando estés sano, tienes que trabajar de prisa y desarrollar determinados asuntos tan pronto como te sientas capaz de hacerlo y, en algunos de ellos, el trabajo puede ocuparte todas las horas del sueño. Deberás persistir en tus esfuerzos para vencer los obstáculos, porque no tienes mucho tiempo. Ya sabes cómo hacerlo. Cada vez que te entregues al sueño, trata siempre de despertar en tu cuerpo

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astral. Las mieses son muchas, como dijo Juan en el Evan­gelio y como tú mismo lo insinuaste; y se necesitan muchos auxiliares en el plano astral. Son tantos los que se necesitan, que los Maestros ya están ocupando hasta a los niños que poseen las condiciones requeridas. Aquí triunfan el Amor y la Caridad. Fácilmente se puede despertar a una persona en el plano astral, pero es imposible hacerle dormir de nuevo, si no es por medio del hipnotismo, que está prohibido para el verdadero espiritualista, en este caso.

—¿Por qué es que no recuerdan su trabajo en estado de vigilia, todos aquéllos que trabajan durante el sueño?

—Es porque no tienen el cuerpo astral desarrollado, ni sus centros etéricos. Pero esto no interesa por el momento; tú tienes un caudal de conocimientos sobre los centros energé­ticos que otros llaman chakras. No has establecido todavía la perfecta conciencia entre la actividad astral y la física, pero puedes hacer mucho aunque no estés consciente de ello. Sin embargo, puedes desarrollar más tus centros y podrás llegar paulatinamente. Todo impulso enviado por la mente al cerebro físico ha de pasar por el cuerpo astral; por eso, el efecto en este cuerpo es más pronunciado que en el físico. Por tal motivo, el último pensamiento antes de dormir, debe ser noble y elevado. Un pensamiento impuro y perverso atrae entidades de la misma índole. Mira, por ejemplo, a esta monja que, antes de dormir, tuvo pensamientos elevados y santos y atrajo para su sueño, elementales afines a la nobleza de sus pensamien­tos. Estos son los ángeles de la gente común, de los cuales hablan las religiones. ¿Te parece que ya has aprendido a manejarte para tener buenos sueños?

—Creo que sí. Antes de dormir cierro mi cerebro al tropel de pensamientos negativos que me llegan de afuera. Para ello, visualizo mi aura como broquel o escudo que me protege de la influencia externa, y rae dedico a pensar en elevados términos y sentir hondo, profundamente.

—Eso es todo, efectivamente, porque antes de dormir, hay que tener pensamientos nobles y elevados, para tener sueños de la misma naturaleza.

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Capítulo Sexto

Sexto Día

El sexto día amanecí más débil que de costumbre. Mi médico me inyectó uno de tantos fortificantes que hacen maravillas en otros seres, pero conmigo no producían ningún efecto.

Mi amiga se esmeró en prepararme alimentos muy nu­tritivos y me obligaba a comer o tomarlos. A veces le obedecía y otras, protestaba.

—Quiero dormir. Tengo sueño. El médico aconsejó el sueño. Y con esto salvaba ciertas horas de mi día.

Por la noche se presentó mi guía en el mundo de los sueños y, lo primero que me dijo, fue: —Está bien arraigada tu alma en tu cuerpo. No puedes tener la ventaja de morir por ahora.

—Para mí es indiferente vivir en el cuerpo o fuera de él.

—Yo creía que estabas más apegado a tu carne.

—A mí me parece más bien que la carne está muy apegada a mí.

Mi amiga sonrió y dijo: —Después de la muerte, la con­ciencia se retira del cuerpo físico.

—Sí, lo sé. Y pasa al etérico, donde permanece un lapso de pocas horas y luego sigue al cuerpo astral. Lo he aprendido de memoria.

—Entonces, actualmente estás como el estudiante de medicina: tienes que practicar, después de estudiar. Aquí estamos ante un enfermo. Estudíalo.

Contemplé al sujeto moribundo. Era un anciano, tal vez Muy fatigado de tanto vivir y vi que salía del físico y se des­prendía de su envoltura, con un proceso muy curioso.

El hombre estaba acostado de espaldas, lo que salía de él era otro cuerpo sutil y transparente.

El que estaba dormido quedó inmóvil, mientras que, el que salió, se movía lentamente como el ser que se despierta de un sueño placentero y tranquilo. Todo permitía creer que la muerte para este anciano debía ser agradable.

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El cuerpo sutil quedó por unos segundos inmóvil y yo no conseguí explicarme el porqué. Mi guía, leyendo mi pensa­miento, dijo: —Está reviviendo todos los actos de su vida y va a juzgarse a sí mismo, sin adornos ni engaños.

Momentos después, el viejo se movió, no muy satisfecho de su examen de conciencia, pero parecía conforme. Con lo que no estaba conforme era con su achacoso y enfermo cuerpo. Sintió un profundo e intenso deseo de tener un cuerpo joven, como el que tuvo a la edad de veinte años y poco a poco comenzó a rejuvenecer hasta alcanzar él aspecto que deseaba, con la misma fisonomía y energía de aquella edad.

Tan pronto lo consiguió, el primer deseo que le vino a la mente fue ver a su amada mujer, quien había muerto varios años antes, en un lugar muy lejos del sitio en el que el hombre estaba dejando su cuerpo físico. De inmediato se encontraron

y se interpenetraron.

* * *

Aquí conviene repetir y advertir que en este plano se anulan las distancias y es posible que dos seres se relacionen sin interposición de espacio. Es decir que, aunque dos almas no estén en el mismo sitio, pueden relacionarse con la mente y el espíritu como si estuviesen juntas. La telepatía puede darnos la clave del fenómeno. Dos almas pueden comunicarse sin que para ello sea obstáculo la distancia.

Aquél que hasta hacía poco era un anciano, se consoló al reunirse con la mujer querida.

Entonces pregunté a mi guía:

—He leído que en el momento de la muerte, el cuerpo astral queda enlazado con el cadáver por un tenue cordón de materia etérea, pero yo no lo veo en este cuerpo muerto.

—Es porque está todavía unido a su físico. Tiene primero que dormir, para poder separarse definitivamente y después tener libre voluntad de obrar.

Efectivamente, momentos después, el hombre durmió como un niño.

—¿Todos los seres deben dormir después de morir?

—No —respondió mi compañera— los Maestros y discípu­los no necesitan de este sueño. Los demás sí, porque se requiere tiempo para adaptarse a la vida en el mundo astral y tener la fuerza suficiente para la nueva vida. ... es un niño, por ahora, en el mundo astral y debe dormir como un niño


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recién nacido en el mundo físico.

La propia esposa estaba vigilando su sueño.

¿Todos tienen el mismo sueño y requieren el mismo tiempo

—No. Cada ser tiene su propio sueño, según la tranquilidad de su propia alma. Pero dejemos a este anciano, por el momento, y veamos a este joven. El no puede dormir tran­quilo. Obsérvalo.

Había, efectivamente, un joven que no podía dormir con la tranquilidad necesaria, porque había dejado en el mundo fí­sico una mujer y dos hijos.

—Mira este otro caso.

Era un hombre maduro, del que emanaban intensas nubes de colores repugnantes de odio contra todo el mundo.

—Este, en cambio, también sufre por la inquietud de no haber terminado una tarea y por eso no puede dormir. Su desasosiego le atrae hacia las cosas de la tierra. En ello tendrás una de tus tareas futuras. Escucha bien: muchos de estos seres no pueden dormir tranquilamente y retrasan su evolución en su nueva fase de existencia. Tratan de pre­sentarse visiblemente ante sus deudos y comunicarse con ellos, como lo comprueban las apariciones ectoplasmáticas. Ahora bien: una de tus misiones es la de convencer a estos seres de que no miren hacia atrás. Tú adquiriste, por medio de ciertas prácticas dadas por tus instructores, el don de envolver las almas con la envoltura de paz, de tranquilidad y de convicción. Esta es una de las tareas que se han puesto sobre tus hombros.

—¿Acaso yo tengo tanto poder para realizar ese trabajo?

—No lo sé. Te metiste en camisa de once varas y tendrás que desenvolverte. Por otro lado, ¿acaso no estás tú también protegido y guiado?

—Perdón. Todavía me siento dentro de la carne. Tienes toda la razón.

—Trata de impedir la perturbación de las almas, echando sobre ellas el velo de la paz. Hay que anular el efecto de las lamentaciones y el llanto sobre el muerto que, por ello, re­chaza el descanso y trata de volver al cuerpo y al mundo. Mientras estás en sueños, tienes que convertirte en protector o auxiliador invisible, para asistir a todo el que pasa a la otra vida, y ayudar a los que deambulan en la vida corporal, hayan

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sido «buenos» o «malos» en la tierra; porque todo hombre es Hijo de Dios y, por lo tanto, es tu hermano. Ahora volvamos a nuestro hombre dormido.

Luego ella continuó: —Ya comienza a dar señales de despertar. La memoria subconsciente descubrió sus secretos y él comprende la causa y los efectos de cada suceso de la vida que acaba de pasar. Las acciones de la vida pasada imprimieron en su alma el carácter individual en futuras vidas. El alma después de la muerte del físico o, mejor dicho, el ser, después de abandonar el cuerpo, pasa a la condición de Estado, perdiendo el de Lugar. Así, pues, cuando se em­plean las expresiones de: «dormir en la paz del Señor» y «descansar en paz» o «a su amado dará Dios el sueño», etc., en verdad el ser está levantándose a la vida eterna. La frase que enseña que «La muerte es el nivelador universal», es absurda. La muerte del físico no cambia absolutamente el carácter ni la inteligencia de la persona, por consiguiente, aquí hay tanta variedad de grados de inteligencia entre los muertos, como la hay entre los vivos. Como has visto, la muerte no es más que la continuación de la vida en el plano físico, bajo ciertas condiciones diferentes. El quiere abrazar a su mujer con toda su ternura, pero sus brazos no cobijan nada; vuelve a intentarlo, porque no se convence de que ha muerto y no comprende en qué se diferencia el mundo astral del físico. Está consciente y no nota la diferencia entre su actual estado y el estar vivo. Allí están las paredes, las sillas, la cama y más muebles a los que mira igual que antes, y a los que está acostumbrado. Todavía no comienza a examinar y no distingue el rápido movimiento de las partículas que componen y forman los objetos físicos. Ahora mira a este esposo amoroso.

En la calle camina una mujer vestida de luto. El marido, que falleció en un accidente automovilístico hacía un mes, no puede convencerse de que está muerto. El siempre acompañó a su esposa y ahora le habla, quiere detenerla, pero ella no le ve ni oye y sigue su marcha. El trata de tocarla y, como nota que no puede hacer impresión alguna en ella, cree que está soñando, porque a veces, cuando su mujer duerme, le habla como antes.

—En este plano, los deseos y pensamientos se expresan en formas visibles, como has visto, pero no para los que mueren


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accidentes o los que han dejado recientemente su cuerpo. Después de la muerte, el hombre siente la influencia de los

sentimientos de sus amigos de manera más fácil que cuando estaba con ellos en la tierra. Muchos, después de muertos, creen que tienen necesidad de trabajar para vivir. Mira a aquel comerciante que se dirige a su negocio; a éste que trata de nreparar su comida y a ese otro que quiere continuar la construcción de su casa, fastidiado por tener que pagar tanto alquiler. Así, «cada loco con su tema», actúa la mayoría de la humanidad. Observa a esos obreros. Casi todos están muertos y sin embargo, acuden a su trabajo; entran y salen por la puerta de la fábrica y aún no se dan cuenta de que podrían atravesar la pared con la misma facilidad; caminan sobre el suelo sin percatarse de que podrían flotar y desplazarse enormes distancias en un instante. Yo llamaría a todo esto «Analfabetismo Astral» y por ello necesitan de la ayuda de muchos trabajadores conscientes. Otra tarea puesta sobre tus hombros es el enseñar esto a quienes quieran aceptarlo, para que estén familiarizados, con conciencia, sobre lo que deben hacer. Estos conocimientos son de enorme beneficio para el hombre, después de la muerte. Cuando el alma se desprende del cuerpo astral, ya no tiene forma alguna ni figura. Nadie podría saber cómo es el espíritu sin cuerpo.

—Efectivamente —dije yo—. Mas a veces tuve una chispa o impresión, cuando me excluía del mundo físico y repetía la frase «YO SOY», me sentía «YO», sin forma y sin figura.

Mi guía me contempló por un rato con el espíritu y me dijo:

—Esto es algo magnífico. ¿Cómo no se me ocurrió antes? Es más fácil que la otra forma de trabajo.

Después de una pausa, continuó:

—En el mundo físico, algunos se introducen en los fenó­menos psíquicos; sin la debida preparación y sin darse cuenta, se encuentran en los subplanos inferiores del. astral. Míralo Por ti mismo.

Se presentó ante nosotros la siguiente escena: un salón enorme repleto de asistentes, unos de pie y otros sentados. En una especie de escenario, se encontraban una hermosa joven y cinco personas delante de ella, a quienes llamaba Médium. La joven reunió en forma de círculo a los sujetos, Pidiéndoles que agacharan un tanto la cabeza y, sin invo­cación o pase magnético alguno, a los pocos minutos penetra-

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ron en ellos ciertos entes. La joven gritó: «¡Hey!» e inmedia­tamente los cinco se separaron y comenzaron a gesticular y danzar, cada uno de manera diferente, pero todos sin compás o ritmo alguno.

La joven directora de la escena se dirigió al público, pre­dicando que los elevados espíritus curan a los enfermos por medio de los cinco médium. De esta manera, dejó que la gente desfilara ante ellos. Los médium saltaban, bailaban, se incli­naban, gritaban y hacían muecas. Entre ellos estaba una mujer que no levantaba el busto, sino qué permanecía siem­pre inclinada, dando gritos estentóreos. Entre tanto, los pseudo pacientes pasaban ante los médium. Cada uno de éstos tenía su propia manera de curar. Uno los amasaba literalmente; la mujer bailaba y les gritaba «eh eh eh eh»; otro les aplicaba las dos manos sobre la cabeza, siempre bailando y al grito de «eh eh eh eh». Algunos enfermos se sentían aliviados, pese a la inferioridad del fenómeno y de las enti­dades que ocuparon los cuerpos de los médium.

* * *

Mi guía me dijo: —Ahora vas a asistir a una hecatombe colectiva. Mira ese avión que se precipita al mar.

—¿Están todos condenados a morir ahogados?

—En este caso, lo están, por la Ley de Causa y Efecto. Todos ellos han contribuido anteriormente para ahogar a otros seres, hundiendo barcos o actos parecidos. Tú me dirás que fueron obligados por la Ley de la Guerra, pero la Ley Universal está por encima de todas las leyes. ¿Que ellos obedecieron órdenes superiores? Sí, y quienes les ordenaron están entre ellos en el mismo avión. Anteriormente, ellos ya habían de­cretado su propia muerte.

—¿Irán todos al mismo plano?

—No. Cada uno despierta en el plano correspondiente a las mejores cualidades de su carácter y allí permanece durante su vida astral. El sacerdote que viaja con ellos, en lugar de predicar la paz, el amor y el Evangelio, optó por el amor maligno. Más adelante deberás visitar los diferentes planos y subplanos del mundo de deseos a donde las almas son atraí­das de acuerdo con su aptitud para morar en ellos. Pero el avión ya está cayendo. Vamos a ayudar ... ya hay muchos que están esperando para asistirles... ¡Ya está...!

Un alma enloqueció, por su temor de dejar el mundo, arras-

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trada por su apego a la tierra. Otra, la de un almirante de marina de guerra, muy entendido en estratagemas, que había tenido éxitos espectaculares en la masacre de sus enemigos, está siendo presa del espanto y, no obstante, su odio lo domina corno en sus mejores campañas. Deseaba despedazar a los responsables del accidente; que se convirtieran en una flota naval, pero no tiene medios y sus enemigos son ya invencibles. Acuden a él algunos seres bondadosos y tratan de hacerle entender que él no está en guerra. El no quiere saber nada; quiere matar a sus enemigos, como cuando luchaba para ser declarado héroe y obtener la medalla de más alto grado que exista. Todo es inútil. En este momento ya nadie puede ayudarlo. Nuestro amigo el sacerdote se siente rodeado también de seres burlones que se mofan de su santidad patriótica. Quiere librarse de esa pesadilla, por medio de la oración. Llama a Jesús, a María y a todos los santos, sin que alguno de ellos le escuche. La frase «Amaos los unos a los otros» martilla su cabeza. Quiere taparse los oídos para no escuchar las voces que insisten: «Amaos los unos a los otros». Ahora acude al exorcismo, porque cree que son demonios que le atormentan, pero de nada le sirven sus palabras.

Al fin grita: «Perdón, perdón, perdón» y las voces se callan y desaparecen los fantasmas. En su lugar se presentan los actos de su vida... era un alma a la que, por un lado, le atraía la vida espiritual y, por otro, la terrena, habiendo prevalecido el segundo; ahora tiene que seguir el destino trazado por él mismo.

—Mira a este otro.

Se trataba de alguien que obedecía las órdenes, contra su voluntad y con desagrado. Es un ser que siente el amor, pero fue obligado a obedecer. No le atraen las cosas materiales; tiene una esposa y dos hijos. No sufre por ellos, porque están bien asegurados. Está conforme con lo sucedido, no tiene miedo y no espera recompensa o castigo alguno por sus actos.

—Aquí estás frente a un Superhombre— dijo mi compa­ñera.

—¿Podríamos hacer algo por él?

—Ya llega su guía o lo que llaman Ángel de la Guarda.

Antes de terminar la frase, se presentó un ser de luz que se acercó al hombre, lo envolvió con sus rayos luminosos y los dos desaparecieron.

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—¿A dónde fueron? —pregunté.

—A ninguna parte, a ningún lugar. Se hallan en un estado de existencia de vibración diferente al nuestro. Por lo tanto el alma nunca está sola. La acompañan los que están en simpatía y armonía de vibración con ella. Está libre de las no compatibles con su tónica. Aquí los infelices y desgraciados son los que permanecen aferrados y adheridos a la vida física de la tierra, que les ha proporcionado goce y placer carnal. Después del sueño, el alma despierta en un mundo de vida y nada más que vida.


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Capítulo Séptimo
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