Veinte días en el mundo de los muertos






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No puedo definir ni decir nada de mi tercer estado, pero sí puedo describir lo que sucedía en mí entorno.

El estado astral, el luminoso, tiene muchos fenómenos que han sido descritos en sesiones espiritistas.

Quienes han estudiado teorías sobre la cuarta dimensión, analizada con matemáticas y geometría, pueden explicarse en mejor forma los fenómenos del mundo llamado astral lumi­noso.

Parece que, cuando el hombre muere o cuando duerme, al instante entra en el mundo luminoso astral, como viene sucediendo conmigo desde hace dos días solamente.

Y ahora me pregunto: ¿por qué antes de mi enfermedad, nunca tuve conciencia de aquel estado? ¿Será que, cuando enferma gravemente el hombre, se acerca, por su estado, al reino de la muerte, para que pueda ver lo que estoy descri­biendo en estas páginas? Creo que así debe ser, por lo que veremos después.

Pude percibir que todo cuerpo físico flota en el mar astral que envuelve y llena toda la materia. Como he dicho antes, los núcleos de los átomos no pueden tocarse, porque el es­pacio que los separa es mucho más grande que el átomo mismo. El lector puede tener un símil al contemplar las estrellas en el firmamento. Cada astro dista de su vecino millones y millones de kilómetros, sin embargo, a simple vista, parece que algunas estrellas se tocan. Esto nos conduce a preguntaron: ¿serán las estrellas en el firmamento, glóbulos de sangre en el cuerpo del Cosmos, o serán núcleos de átomos en el seno de lo Infinito?

La ciencia espiritualista sostiene y enseña que el éter penetra en todas las sustancias conocidas, desde el sólido más compacto al gas más rarificado. Así como este éter circula en perfecta libertad dentro de los átomos, de la misma manera la materia astral interpenetra al éter y se mueve libremente dentro de él.

Al acordarme de estas lecciones olvidadas por mí hace mucho tiempo, comencé a descifrar el secreto de que, un ser que vive, lo hace también en este mundo al que llamamos astral por su brillo, porque en él no hay oscuridad o noche y en él se puede ocupar el mismo espacio de otro ser, sin que

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ninguno sea consciente de la existencia del otro, de modo que no estorban en sus movimientos. Todo esto es posible por la vibración de cada uno, que es diferente de las de los demás. Existe una explicación muy sencilla para entender el fe­nómeno. En la habitación donde escribo estas líneas hay luz, aire y calor. Tres elementos distintos que no se interfieren entre sí y de cuya existencia yo puedo dar fe, sin recurrir a más que mis sentidos; pero un ciego sólo puede constatar aire y calor y, si la especie humana careciese de ojos, no podría tener noción de la presencia o ausencia de la luz.

Entre aquella multitud que se hallaba en el parque, se veían seres con la nube a su alrededor, vagamente delineada, opaca y mal organizada, de colores oscuros y densos. Su extensión era de unos 25 a 30 centímetros en torno al cuerpo. En otros, aquella atmósfera era más grande y, en otras personas, la luminosidad era aún de mayor tamaño.

El describir los colores que irradiaban aquellos cuerpos requeriría un tomo entero; pero por ahora baste decir que, en ciertas personas, los colores eran toscos y borrosos y en otras se hacían más luminosos y nítidos.

Parece que los antiguos, al usar la palabra «astral» —que proviene de astro— querían aludir a la apariencia luminosa de la materia que no se ve con los ojos físicos, mas sí con los ojos psíquicos o internos.

Entonces, el cuerpo astral, el luminoso, no sólo compenetra el cuerpo físico, durante la vida del hombre, sino que, además de tener la propia figura del físico, extiende su luminosidad como si fuese una nube, alrededor de él, en todas direcciones. Esta es el aura que tantos escritores místicos y ocultistas describen en sus libros.

Muy pocos de los seres que estaban allí tenían una aura extensa. La porción interior o central del aura forma el cuerpo astral, mediante el cual se distinguen entre sí los que lla­mamos muertos. Esta porción del aura tiene la misma forma de lo que fue un día el cuerpo físico y se distingue muy fácilmente de la atmósfera que la rodea. Es ni más ni menos que la contraparte del cuerpo físico.

Como he dicho, no sólo el hombre tiene su aura, sino todo objeto físico tiene su contraparte astral, incluyendo las pie-

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dras, los metales, etc., que se proyecta en alguna forma sobre la superficie. Dicen que los clarividentes ven todo esto; mas yo no soy clarividente y lo que anoto aquí no es más que mi percepción en un estado cercano a la muerte.

En aquel día, para mi sorpresa, vi a un joven conocido mío, caminar con sus piernas sanas, a pesar de que se las habían amputado muchos años antes de que muriera. Pasó a mi lado; quise llamarle la atención, pero él siguió sin mirarme o, mejor dicho, sin verme siquiera. Recordé entonces lo que había apren­dido al respecto: al cortar un miembro del cuerpo físico, la contraparte astral no acompaña al miembro físico amputado. Muchas personas, después de una operación como la de este joven, siguen durante años con los dolores de las piernas amputadas. La medicina atribuye el dolor al subconsciente; los espiritualistas explican que la parte astral ha adquirido el hábito de mantener la forma propia del miembro y continuará man­teniéndolo astralmente hasta muchos años después.

Esta vez presté atención al hecho de que un noventa por ciento de aquella gente tenía la punta dirigida hacia arriba del llamado astral, que he descrito como de forma de huevo. Basta meditar un momento en ello para deducir que, en el hombre sin desarrollo, la porción baja del ovoide tiende a ser mayor que la superior y deja entrever cuan grotesco e inferior es su dueño. En muy pocos seres humanos de aquella masa ocurría lo contrario: la parte estrecha estaba abajo y, al observarlos detenidamente se veía que eran monjas, sacerdotes y, pro­bablemente, profesores y benefactores anónimos.

El grupo más numeroso, es decir, las personas vulgares, tenían en sus cuerpos muchos grados de vibración que ba­tallan entre sí en loca confusión. Esto, deduje, es el resultado de sus preocupaciones y emociones; mientras que una monja tenía en su cuerpo luminoso, cinco colores de una belleza indescriptible que atraía mi atención, cuando contemplaba a otros seres de aquella multitud, lo que veía me provocaba inquietud y preocupación. Esto me hizo recordar los mismos efectos que sufrí en mi vida diaria al juntarme a una persona pesimista y cómo me esforzaba para no dejarme afectar por las emanaciones de su aura. Entonces comprendí que los hombres pesimistas son como las enfermedades contagiosas, que contaminan a los sanos.

Vi un niño en los brazos de su madre. Su cuerpo áurico

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era tan hermoso, que me atrajo muy especialmente y le seguí unos pasos, disfrutando de sus colores puros y brillantes, sin ninguna mancha. En cambio, llegó a horrorizarme un hombre que tenía un aura sin colores y, ante la percepción de que se trataba de un ser infame, sentí la necesidad de huir, a pesar de tener la seguridad de que él, como los demás, no me veía.

Como resultado de mi sueño, descubrí el significado de la aureola que suele pintarse alrededor de la cabeza de los santos. Su color es generalmente amarillo, debido a que éste es el más conspicuo de los colores del cuerpo astral.

Seguramente hubo en mi estado algo de fantasía o de irreal, por lo que voy a relatar: mientras yo vagaba por el parque, me llamó la atención una flor muy hermosa. Me acerqué a ella y comencé a acariciarla con ternura, por su belleza y, en ese estado, sentí que la flor respondía a mi admiración y cariño por ella.

Probablemente, los animales responden a las caricias y afecto, pero nunca pensé que las plantas pudieran tener sim­patía o antipatía. Por eso deduje que todo ser y todo objeto existente siente y experimenta agrado y desagrado.

Después de mucho pensar, he deducido lo siguiente: mi cuerpo astral, que no se aleja mucho de mi cuerpo físico dormido, es un verdadero puente entre la vida física y la mental. El actúa como transmisor de vibraciones del cuerpo físico al mental y viceversa; de hecho, se desarrolla por el constante pasar de vibraciones en ambas direcciones.

Otro fenómeno que expliqué antes es que, en dicho estado, no se oye ninguna voz, ni sonido, aunque mi hábito me hizo asociar con música mis sentimientos. En esta serie de ex­periencias nuevas, al comienzo no me había percatado de que en este mundo, la gente se comunica por medio de pensa­mientos. El pensamiento sustituye a las palabras y tiene un lenguaje muy vasto y más rico que cualquier idioma conocido. Los pensamientos son como las palabras: elegantes, seduc­tores, atrayentes y repugnantes también.

Cada pensamiento produce un color alrededor del sujeto, según la índole del sentimiento. Una mujer estaba orando y

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lucía como una fuente de llamas de colores atractivos, que se elevaba hacia arriba en forma de cono.

Como acabo de decir en esta ocasión, constaté algo que no había percibido antes: que siempre, alrededor de cada indi­viduo y, sobre todo, cerca de su cabeza, flotaban ciertas formas como globos esféricos, que se desprendían de él y se reunían en su derredor. Esta imagen se mantuvo así por un tiempo. Otro fenómeno: vi a muchos, pensativos, que creaban un pequeño retrato de una o varias personas. Esas figuras y retratos tenían a veces un color muy claro y nítido, pero en la mayoría de ellos era borroso e incoloro, sin una forma precisa.

También vi varias veces, que aquellas formas están siempre en la vecindad de la cabeza de su dueño. En un momento dado, se precipitan y desploman sobre él. Otras veces vi a muchos seres humanos rodeados de aquellas formas, las cuales atraían de la atmósfera, hacia sí, a otras iguales a las suyas. En cierta oportunidad vi a una mujer en oración y sin embargo, flotaban alrededor de ella, ciertas imágenes obs­cenas. Se veía a sí misma con un hombre, ambos desnudos y, lo más curioso, es que, en su sentimiento o pensamiento, estaba presente un diablo que bailaba y se reía.

Parece ser que en ese estado, cada persona contempla al mundo según sus propios pensamientos y les asigna un color, a su criterio.

Cada pensamiento reaccionaba sobre su propio creador y le envolvía en sus redes, como si fueran tentáculos.

Un autor dijo: «El hombre es el creador de su mundo» y parece también que forzosamente cada creación debe tener su forma propia. Los pensamientos del hombre son sus crea­ciones que, aumentando en número e intensidad, con el tiempo llegan a dominar su mente y sus emociones de tal manera, que preferirá responder a ellos, en vez de crear nuevos pensamientos. Así se forman los hábitos, que son expresiones externas de la fuerza acumulada en el carácter, el cual es modelado por esos hábitos.

Cada ser humano deja tras sí una estela de formas de sus pensamientos. Son grave responsabilidad del hombre las con­secuencias de tomar formas nefastas, reflexionar con placer sobre ellas y luego lanzarlas de nuevo, fortalecidas.

Por eso debe ser que la religión prohibe el pecar por pen-

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samiento, pero son pocos los fieles verdaderamente devotos que no unen ideas triviales a sus oraciones

Al hombre le gusta filosofar, como lo estoy haciendo ahora, sin recordar que, hasta el momento, sólo estoy en la puerta de la comprensión. Nunca he estado muerto conscientemente, como para poder describir el estado de los muertos que viven y, sin embargo, estoy escribiendo como el mejor conocedor.

¡Flaquezas humanas...!

¡Vamos, despierte! Tiene que comer algo y reparar sus
fuerzas perdidas —me despertó mi anfitriona.

—No tengo hambre —respondí.

—No importa. Va a comer de todas maneras...

Capítulo Tercero

Tercer Día

No me sentía bien. Tenía dolor de cabeza y el lado derecho dé mi vista se nublaba. No me dejaba ver las cosas de manera integral. Al mirar la cara de una persona, no alcanzaba a ver su ojo izquierdo, ni la región frontal izquierda. Evidentemente, el nexo de mi nervio óptico con el cerebro estaba afectado.

Tomé un libro para verificar si podía leer y sentí gran aflicción al comprobar que, si la palabra era mayor de diez letras, tenía que leerla por partes; es decir, no podía ver sino cinco letras y las otras debían esperar hasta que moviera la mirada, para poder leerlas.

Cavilé por muy largo rato y...

Y... estoy en un templo egipcio de muchos siglos atrás. Visto una túnica de lino blanca; tengo la cabeza rapada y cubierta con una capucha de igual tela, con la diferencia de que en ella estaban bordados varias figuras y signos. De mi cintura pendía un mandil triangular y, en el centro de éste, estaban diseñados una regla y un compás.

Delante de mí, sobre una mesa a manera de altar, un pebetero dejaba salir un humo denso, como de incienso. En mi mano derecha tenía una espada, cuyo puño, en forma de cruz, era de marfil y, en la izquierda, sujetaba una cruz ansata.

En este estado, sonó un gong. Antes de que se extinguiera su última vibración, entró una joven vestida apenas con un echarpe de tela muy fina que, cubriendo sus senos, se extendía hasta ocultar su bajo vientre.

Ante el altar, frente a mí, al son de instrumentos musicales semejantes a la cítara, comenzó una danza frenética, lasciva y excitante.

El templo se alumbró con luces cuya fuente era invisible. Reconocí que era el templo de Ra. A ambos lados aparecieron dos hileras de sacerdotes que, de pie frente al altar, guardaban absoluto silencio y tenían los ojos fijos en aquella mujer que se retorcía rítmicamente en el centro del magnífico aposento o templo.

Las luces aumentaron, y el brillo de oro que se reflejaba en

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las paredes, a veces era tan deslumbrante que lastimaba los ojos. Poco después, la danzarina se detuvo en el centro de la nave del templo y comenzó a tambalearse paulatinamente hasta caer exhausta por tanto esfuerzo.

Entonces yo grité: «¡ANK ANU!» y todo desapareció, porque desperté del sueño.

Me contrarió mucho, porque no conseguí llegar al final de la escena y comprender su significado.

Al cabo de algún tiempo, sin percatarme, entré nuevamente en el mundo del sueño y me encontré con una bella joven, cerca de mi cama. Como no me di cuenta de mi estado, pensé que era una visita para la dueña de casa que, por error, había entrado en la habitación. Como no se fue al verme, creí haberle preguntado: —¿Es a mí a quien viene a ver, señorita?

Ella, sonriendo, contestó o creí haber escuchado su voz, que me dijo: —Me han enviado para enseñarte y aclararte algunas cosas. Comienzo por decirte que, en este estado, no se oyen voces como en el mundo físico. Se escuchan los pensamientos. De esta manera, cuando se habla aquí, no se lo hace por medio de palabras, transmitidas por el aire, como ondas sonoras, sino por ideas. De hoy en adelante debes recordar que, en este plano, no hay voces, ni ruidos, ni sonido de palabras, sino vibraciones luminosas. El que recién entra en este estado —o mundo astral— al principio cree que habla por su voz y que escucha por sus oídos, pero en verdad, se comunica a través de sus pensamientos e interpreta los de los demás como si fuesen palabras. Después de la muerte, las luces del mundo astral o del deseo que emanan del cuerpo de la persona, son las que le sirven como medio de comunicación con los demás. En el mundo astral, el idioma se expresa por el alfabeto de la luz, idioma y alfabeto que son mucho más ricos que los del sonido.

* * *

Aquí deseo hacer un paréntesis, para señalar una com­probación que hice cuando retorné al estado de vigilia: las ondas sonoras —que no son sino vibraciones del aire— dentro del campo audible para el hombre, se encasillan entre las 435 y las 38.000 oscilaciones por segundo, en cambio, las ondas lumi­nosas visibles pueden alcanzar hasta 562'949.959'421.312 oscilaciones por segundo. El campo abarcado por la luz es, pues, inconmensurablemente mayor que el del sonido.
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