Veinte días en el mundo de los muertos






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cambian constantemente. Aquí se mezclan; las formas anima­das de los pensamientos se presentan por un tiempo y luego desaparecen, para que otras ocupen su lugar. Constátalo por ti mismo.

Las corrientes de pensamiento agitaban continuamente la materia astral. Los pensamientos fuertes persistían por más tiempo: eran como entidades.

Mi guía explicó:

—Tú has aprendido que todo plano está compuesto de siete etapas y cada etapa tiene siete subdivisiones o siete subplanos. Aquí comienza la dificultad para comprender esto. Al decir etapas, la mente comprende que se hallan ubicadas unas sobre otras, en orden jerárquico, pero no es así. En el parque frente a tu cuarto, ves miles de seres y, sin embargo, algunos no se dan cuenta de la existencia de los otros grupos que están con ellos. Es ni más ni menos como la luz y el aire en un aposento: ambos existen independientemente el uno del otro. Ahora podemos decir también que en el cuarto se encuentran por igual: aire, luz, gravitación, magnetismo, electricidad, energía, etc., aunque la gravitación es más sutil que la luz y ésta es más sutil que el aire. Así como los líquidos interpenetran los sólidos, así como el agua se infiltra en el suelo, así como los gases inter­penetran los líquidos, así también el agua está sobre la tierra y la mayor parte de la materia gaseosa está sobre la superficie del agua y, al mismo tiempo, se eleva en el aire y en el espacio, mucho más allá de los sólidos y los líquidos. Este ejemplo puede aclararte en algo lo que ocurre con la materia astral. Tu tendrás que visitar todos los planos y subplanos, porque es como una obligación para quienes quieren dedicarse a nuestro trabajo que, cuando se lo realiza durante el sueño, desarrolla poco a poco el cuerpo astral y, con el tiempo, puede utilizárselo como vehículo de conciencia en su propio plano, lo mismo que se uti­liza el deseo en el físico. El mundo astral es el mundo de la pa­sión y de la emoción y en él se siente el ardor de esos senti­mientos insatisfechos. Las Tinieblas Externas citadas por Jesús —según el Evangelio— son el Séptimo Subplano o el Infierno de las religiones. En Egipto se descubrió un papiro en el que el escriba Ani pregunta lo siguiente: «¿Qué clase de lugar es éste al que he venido? No tiene agua, ni aire; es profundo y sin fondo; es negro como la noche más oscura; los hombres vagan sin rum­bo. En él, el hombre no puede vivir con el corazón tranquilo».

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Capítulo Undécimo

Undécimo Día

Y llegó el undécimo día de un enfermo que anhelaba la muerte a fin de vivir mejor, para ser más útil a la Obra Uni­versal. Mi guía vino, como siempre, deseosa de instruirme y ayudarme en mi superación. Y me dijo:

—Mira lo que puedas hacer para liberar a este pobre ser.

Vi entonces a un hombre, envuelto en un aura marrón, opaca y oscura. Contaba y recontaba dinero imaginario. Hacía años que no se ocupaba de otra cosa. Jamás se alejó de su dinero. Sus ojos ávidos y desconfiados decían de su miedo y de su preocupación. Su rostro macilento hablaba de su cansancio. En su vida física sólo quiso ganar dinero. Para él, el dinero lo era todo. Se olvidó de servir; se olvidó de hacer del dinero un vehículo de bienestar social. Nunca se interesó ni dio el debido valor a la vida espiritual. Después de su muerte, desconoció su nuevo estado de vida y permaneció atado a aquello que más le interesó en la Tierra.

Respiré hondo, muy hondo. Fui a lo más profundo de mí mismo y regresé para decirle al hombre, ya no en palabras sino en pensamientos y sentimientos:

—¡Amigo!, ¡descansa!

En esta palabra «amigo» inyecté todo el caudal de mi amor, enviando a este ser el máximo de ese noble sentimiento que yo podía dar. En esta palabra entregaba yo toda mi voluntad de unión al Principio Divino de este hombre. Esta palabra, salida de dentro de mi ser íntimo, penetró las carnadas es­pesas que lo envolvían; atravesó los obstáculos mentales y sentimentales de avaricia alojados en su ser y fue directamen­te a su Centro Interior. Vi, sentí, que esta palabra salió de mí envuelta en un color rosa, con matices lilas. Esperé un corto instante y, en seguida, percibí que el hombre sintió un im­pulso de dentro hacia afuera, que lo sacudió y estremeció; paró de contar el dinero, me miró con otros ojos y me dijo:

—Sí. ¡Estoy exhausto! Quisiera dormir. Te confío mi dinero. Supongo que lo cuidarás bien.

Se recostó en el espaldar de la silla y allí mismo se quedó

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dormido, en estado receptivo.

Sentí compasión por este hombre tan rico y, al mismo tiempo, tan pobre...

En ese instante, surgió un ser de luz y liberó su alma.

Mi compañera dijo:

—Este nombre ha ascendido a otro subplano, para recibir ayuda y seguir adelante. ¿Sabes por qué?, porque tu amor hizo que confiara en ti, entregándote el dinero que lo esclavizaba.

Cambiando de tema, prosiguió:

—El iniciado tiene que bajar al mundo de los deseos in­feriores, para iluminar a quienes allí habitan. El pensamiento puro y altruista es como un torrente de luz que rompe las tinieblas y las vibraciones bajas. Tanto a sus amigos como a sus enemigos, el iniciado envía igualmente su Luz. No es solamente a los amigos a quienes tenemos el deber de enviar los átomos divinos de amor y gratitud. El Nazareno dijo: «Yo no vine por los sanos. He venido por los enfermos». Los sanos están en él y él está en ellos. Los amigos están ya envueltos en el halo que generamos. Los enemigos, en cambio, precisan ser tocados interiormente por nuestro amor y comprensión. También dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Debes recordar siempre que cada palabra debe estar impregnada y bañada por los efluvios del Amor y por la Luz de la Verdad. El Amor despierta al Amor adormecido. Todos los seres —santos o no— tienen en sí el átomo divino del Amor Puro. Enviando efluvios de amor, el átomo divino del amor se despierta en el ser al que se lo dirige. El amor, en el centro de la vida de cada ser, tiene su fuerza y su impulso lleno de vida y sabiduría. Por eso, este hombre encadenado a su am­bición desmedida, sintió el amor en tus palabras, despertó de su hipnosis y se tranquilizó.

—A veces he sentido y observado el poder milagroso —como se dice— de la palabra, porque ella es una energía dinámica invisible, que emana del ser humano, para cumplir su ob­jetivo.

—La palabra encadena tanto como libera; tanto mata, cuanto resucita. Con todas las limitaciones que tiene frente al pensamiento, con las características que éste tiene en este mundo, es necesario meditar sobre esa dádiva, sobre esta fuerza que se halla a disposición de cada ser. Meditación, introspección y reflexión nos conducen a la Verdad y la Li-

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beración, a la Felicidad, por el servicio a la Obra Universal.

—Existen diversas escuelas de ocultismo donde se ense­ñan varios métodos de meditación que, a veces, aparente­mente, son antagónicos. ¿Cómo debe entenderse eso?

—Sí, es así en verdad, pero todas ellas tienen sus propias razones. Sin embargo, la meditación es algo individual. Mu­chos seres y estudiantes bien intencionados vacilan frente a. este asunto. Presionan sus áreas interiores, se esfuerzan y nada consiguen, a pesar de seguir los métodos que les fueron enseñados.

—¿Por qué no consiguen llegar al Centro de Vida de si mismos?

—La Ley, que es Fuerza Divina Propulsora, es única y una sola y no obstante, cada ser tiene sus propias condiciones para recibir la ley y transmitirla. Meditar no es forzar ni tampoco esforzarse, como en general se entiende. Meditar es enviar al Centro el pensamiento sincero, sin vacilaciones y hacer la pregunta correcta dirigida a lo Intimo o al Universo y, en seguida, esperar confiado y trabajando. Hay personas que reciben la respuesta durante el sueño; otras, en el acto de la meditación; otras en medio de una multitud, otras tra­bajando activamente en sus ocupaciones, otras, durante la oración. Hay que estar atento y tranquilo para escuchar, sin­tiendo, la Voz Silenciosa. La Voz Silenciosa recorre el mundo interior y el mundo exterior. En cuanto al plazo para recibir la respuesta, es algo muy individual: unos la reciben más temprano, otros más tarde. Todo depende de varios factores. Se debe dedicar diariamente por lo menos algunos minutos a la meditación, con el fin de ir descubriendo cómo ejecutarla de manera más perfecta cada día. La meditación es el alimento del espíritu. Meditar es también orar. Orar es «arar» el terreno interior, revolviéndolo y limpiándolo para el cultivo de la Simiente Divina. Un segundo de meditación correcta vale más que cien años de oración mecánica. En un segundo de me­ditación correcta se puede entrar en contacto con lo Intimo, cuya sabiduría y poder nos da la inspiración del camino cierto para que nos aproximemos al Maestro y recibamos sus ins­trucciones, si ése fuera el caso.

—Ahora comprendo y, por sobre todo, te agradezco. Me doy cuenta de que todos los tratados sobre meditación se dedican a enseñarnos que entremos con amor dentro de nosotros y

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dentro de cada ser, para servir a la Obra Universal, sin buscar ninguna recompensa.

—Amor —respondió ella— tú estás en el camino. Yo te bendigo. Hay mucho que hacer en el mundo astral. Sólo el Amor Puro y desinteresado puede llevarnos a lo Intimo. Sólo el Amor Puro dedicado a servir puede afirmar nuestros pasos en el Camino. Sólo el Amor Puro puede alentar nuestro ánimo, afirmar y reafirmar nuestras fuerzas. Sólo el Amor Puro puede llevarnos hasta el Maestro. Sólo el Amor Puro puede hacernos verdaderos y fieles servidores, felices, sin cansancio ni de­cepciones. El Amor no se define. Sin embargo, él se desdobla en las infinitas virtudes y cualidades humanas; él es, desde la cohesión atómica, hasta el más elevado sentimiento. Es la fuerza indómita de la vida, desde el mineral al vegetal, al animal, al hombre, a lo divino. Ahora quiero recordarte un aspecto más, muy importante. Según los auténticos Maestros, no se debe forzar el desarrollo del cuerpo astral por medio de métodos artificiales. Ningún método debe intentarse antes de la purificación por el Amor Consciente. Sin embargo, es necesario anular completamente los deseos bajos y gro­seros, lo que no significa que deba matarse la fuerza pura del deseo o la fuerza del deseo puro, pero eso sí, deben eliminarse o disolverse todas las formas bajas y groseras del deseo. El estudiante o neófito ha de estar siempre unido a la Fuente de Vida, pues cada uno de nosotros es un rayo o emanación de Vida Única. El sentimiento y la idea de UNIDAD le da fuerzas para emprender la obra de su perfeccionamiento al servicio de los demás.

—Pero el hombre, en el camino, es tentado muchas veces y no siempre se consigue vencer la tentación.

—No sólo los hombres sino también los Maestros, los adep­tos y los seres excelsos han sido y son tentados. Considera el ejemplo de Jesús en el desierto. ¿Cómo se podría progresar sin la tentación? Tenemos que aprender a usar la fuerza de la tentación, para superarla. La Fuerza Universal está en cada átomo de tentación. Sólo usamos bien la fuerza de la tentación para transformarla en Luz, cuando "décimos-sintiendo": «Pa­dre íntimo: ilumínanos en el Camino del Amor y ayúdanos a triunfar sobre la tentación». Educar, desarrollar y perfeccio­nar el cuerpo de los deseos y de las emociones es un trabajo necesario.

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—Pero ¿cómo se dominan los deseos y las emociones? — pregunté.

—Yo no he dicho dominarlos o controlarlos por medio de la voluntad. Yo dije «educar», porque educar es un acto su­perior. El cuerpo astral o de los deseos debe tornarse un vehículo de la Conciencia del Hombre Real. Podemos edu­carnos por medio de la meditación que nos conduce al Maestro. Amor, debo irme más temprano esta noche. Otro trabajo me espera. Hasta mañana.

Diciendo esto desapareció. Yo me desperté y no dormí más.

Eran las cuatro de la madrugada.

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Capítulo Duodécimo

El Duodécimo Día

Mi companera me dijo:

—¿Sabes qué significan las cuatro pruebas a las que están sometidos todos los neófitos de las órdenes secretas y cuál es su relación con nuestro plano?

—No —le contesté.

—Las cuatro pruebas que debe sufrir el neófito en la Ma­sonería o en otras sociedades secretas tienen un misterio muy profundo, pero al mismo tiempo es muy sencillo para los que viven aquí. Tú, por ejemplo, en tus obras explicaste que estas pruebas significan que el hombre, al sufrir la prueba de la tierra, debe dominar el cuerpo físico; al sufrir la prueba del agua, debe dominar el cuerpo astral; la del aire representa el mental y la del fuego el emocional y deseas rechazar hasta el cielo, para poder trabajar en la Obra Divina. Todo esto contiene una parte de la verdad, pero no totalmente. La Ini­ciación Masónica en los cuatro elementos tiene por objeto familiarizar al neófito para librarse de los obstáculos que ellos representan; si no le fuera posible superarlos, verá obsta­culizado su progreso. Una persona gorda, en el cuerpo astral, cree que no puede pasar por una ventana pequeña, aunque en este mundo no existe un obstáculo semejante. Pues bien, la verdadera iniciación enseña al discípulo que este impe­dimento no existe absolutamente, porque si él quisiera, podría pasar a través de una montaña. Esto es lo que se llama «Prueba de tierra» y así son las demás pruebas en los cuerpos de deseos mentales y emocionales. El neófito debe familia­rizarse con ellos y en ellos, para así poder avanzar en los grados. Aquí no se tiene la sensación de saltar, sino simple­mente de volar o flotar en el aire. ¿Has soñado alguna vez que estabas volando?

—No sólo una vez, sino muchas veces.

—Esa es la manera que se emplea aquí, en cuerpo astral, después de la muerte. Contempla ahora la luz en este plano. Ella no viene del Sol ni de ninguna otra fuente similar, ni de una dirección determinada. Ella proviene de toda materia

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astral que sea luminosa y del fuego viviente. Aquí, jamás y en ningún sitio hay la oscuridad. Las tinieblas sólo existen en las creencias de los seres que están convencidos de que el Infierno se halle en las tinieblas. Aquí no hay noche ni sombras, porque los cuerpos astrales son transparentes. No existen estados que puedan llamarse condiciones atmosféri­cas o climáticas. Mira cómo las corrientes arrastran consigo a los hombres faltos de voluntad. Así mismo, aquí, el olvido de los acontecimientos y personas es muy fácil, porque hay más actividad.

—Yo conozco aquí a muchas personas a las que nunca he visto. ¿A qué se puede atribuir este fenómeno?

—A esas personas las has conocido durante el sueño o en otras vidas. Este mundo astral se llama también «el mundo de las ilusiones». ¿Sabes por qué?

—No tengo la menor idea.

—Pues bien. Piensa entonces en cuando eras joven y es­tabas enamorado.

—Ya está —dije.

—Ahora, mírate a ti mismo.

Me contemplé y percibí que, en verdad, era un joven de unos veinte años. Entonces exclamé:

—¡Esto es maravilloso! ¡He rejuvenecido!

—Si lo deseas, puedes permanecer así, porque aquí el tiem­po no existe. Pero ahora debemos ir a otra cosa. Aquí vas a percibir que los objetos se ven por todos sus lados, al mismo tiempo.

—¡Es toda una revelación! Hasta ahora no acertaba a ima­ginar qué sucedía conmigo, atribuyéndolo a que mi visión era defectuosa o a que todas las cosas aquí eran transparentes como el vidrio. Muchos objetos míos me resultaban desco­nocidos.

—Sin embargo, la visión astral se acerca más que la visión física, a la verdadera percepción.

—Otra apreciación diferente. Veo en todas las cosas algo que circula a través de ellas e irradia en todas direcciones.

—Es la vida universal que todo lo penetra. Se puede cons­tatar por la irradiación o aura que emana de las cosas.

—Hay algo más, de lo que he podido darme cuenta. El número de la puerta de casa, por ejemplo, se ve al revés, como si estuviera viéndolo en un espejo. ¿A qué se debe esto?

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—Pues precisamente por eso. El mundo astral es la con­traparte o espejo del físico. Desde el mundo astral se ve el físico en posición invertida. Tú escribes tu idioma de derecha a izquierda. En el mundo astral deberás leerlo de izquierda a derecha, exactamente como lo haces con la escritura de los idiomas latinos. Entre las tareas que tienen los servidores, está la de familiarizarse con el mundo astral, para que sé sientan más cerca de la realidad de las cosas. Ya has visto y constatado que la comunicación de ideas se efectúa por medio del cuerpo mental.

—Una pregunta más: ¿acaso la mente debe trabajar siem­pre así, en sueños?

—Puedes trabajar en sueños y en vigilia; pero, para que tus trabajos en el último estado sean perfectos, es necesario que te familiarices con los efectos del mismo. Dichos efectos tienen su fuente y origen en el mundo astral. Para comprender todo esto, es menester que estudies el fenómeno del sueño. El sueño es el efecto del cansancio producido por el desgaste que sufrió el cuerpo físico, a causa de los trabajos, pensamientos y sen­timientos. El cuerpo astral, cuyo objetivo es mover las partículas del cerebro físico, se cansa todavía más y también más pronto de su pesado trabajo, por lo que necesita estar separado del físico durante largo rato, a fin de recuperar las fuerzas perdidas. Por tal motivo, tú tuviste justa razón al decir que el cuerpo astral no se aleja del físico durante la vida material, pero después de la muerte, el astral, en su propio plano, es incapaz de sentir fatiga y puede trabajar varios años consecutivos, sin tener sig­nos de agotamiento. Las emociones cansan al hombre y, un organismo cansado, afecta el trabajo del cuerpo astral. Para que un hombre pueda actuar, durante el sueño, con el cuerpo astral, debe tener una conciencia perfecta del mundo astral; para ello, es necesario llegar a la maestría del dominio de sus pasiones, deseos desenfrenados y actos incorrectos y actuar libre y útil­mente, en este estado de sueño del cuerpo físico. De otra manera no podrá tener el menor recuerdo de su trabajo, ni tampoco éste será siempre eficiente. Para poder recordar la vida en el sueño y sus trabajos, es necesario desarrollar el centro pituitario, el cual capta las vibraciones astrales. De manera que, quien se dedica al trabajo espiritual, debe servir en el mundo físico y en el astral, indistintamente. Con el tiempo y el servicio imperso­nal, el ser avanzado abre la puerta que comunica el mundo astral con el físico. 92
—¿Y por qué el hombre no puede acordarse de su trabajo en el mundo astral y qué es lo que impide ese recuerdo?

—Porque son muy raros, más que raros, los seres que llegan a adquirir el dominio de la mente, es decir, que saben pensar y saben concentrarse a voluntad. Estos hombres son los únicos que pueden traer a su cerebro físico el recuerdo de su actividad. En esos casos, sus sueños serán vividos, sujetos al razona­miento y hasta proféticos e instructivos. El cerebro entrenado responde con mayor facilidad a las vibraciones mentales. «Antes de dormir, hay que rezar», es un decir y un buen consejo, porque el último pensamiento antes de dormir debe ser noble y elevado, para marcar una nota pura y atraer influencias y criaturas de la misma índole, que tienden a despertar altos pensamientos y deseos celestiales y puros. La persona que duerme con pen­samientos elevados atrae a sí, durante el sueño, a elementales afínes con sus pensamientos.

—Los seres psíquicos en la vida física, ¿tienen alguna ven­taja en el mundo astral?

—Ser psíquico es poseer un cuerpo físico algo más sensitivo que los demás; pero una vez dejado el cuerpo, se volverá igual a los otros. Tener una facultad psíquica no significa un adelanto espiritual. Debes saber, de una vez por todas, que el único adelanto está en servir silenciosamente y de incóg­nito. Todo lo restante, aquí no tiene valor alguno.

—¡Y yo que trabajé tanto para desarrollar la clarividencia y demás facultades psíquicas!

—Ya ves. Aquí no hay clarividencia que valga. Aquí solamente valen las obras, que serán como guías en el mundo del deseo. La peor vida en este lugar es la del hombre común, aquél que tuvo una existencia inútil, vacía de todo interés elevado, como consecuencia de una conducta disipada en complacencias egoístas. Este ser jamás tendrá la satisfacción de un deseo. Su estado de conciencia es un horrible infierno. El, por causas creadas por sí mismo, estará sujeto a circunstancias similares a las del mito de Prometeo. Este símbolo del ser inmovilizado, al cual un águila devora el hígado, que crecerá permanente­mente, muestra al hombre torturado a causa de sus pecados en la vida.

—Por lo que puedo concluir, la vida después de la muerte, para la mayoría, es mucho mejor que la que llevó antes en la Tierra.

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—Las personas que están delante de nosotros viven felices, porque no tienen deberes que cumplir. De esta manera, los que están vivos en cuerpos físicos son y están menos libres y más limitados por la materia física, que quienes viven sin cuerpo.

—¿Y después? ¿Hasta cuándo se vive sin trabajar?

—En realidad, nadie aquí obliga a otra persona a trabajar; pero la desocupación es una parte de la tortura del Infierno. Mira.

En aquel momento se nos presentaron muchos seres sentados, como si estuvieran pegados a la tierra. No querían moverse. Ellos deseaban descansar toda una eternidad. Pero muchos ya se consideran infelices y desgraciados, por la inmovilidad. Tratan de abandonar su inercia y anhelan la vida terrenal, a pesar del trabajo y el cansancio que en ella de­testaron. Envidian a los vivos y quieren ansiosamente volver a la vida física, aunque sea para tener que trabajar.

—¿Qué es en esencia lo que se aprende aquí, antes de nacer en el físico? —le pregunté.

—El ser humano, aquí, es libre de hacer lo que quiera. En este mundo se perfecciona lo que se aprende en la vida física. No se aprende nada. El aprendizaje se hace en el mundo físico y el perfeccionamiento acá. Aquellos seres que están inte­resados en música, ciencia, arte, literatura, etc., encontrarán la fuente de la inspiración; aquí encuentran a los verdaderos maestros de la creación artística y el saber. El artista tiene a su disposición todas las bellezas del mundo astral. Aquí, antes de nacer, se puede ir con el mental de un lado a otro y apreciar las bellezas de la naturaleza con más facilidad que en el cuerpo físico. Todo está a disposición de quien quiere aprender para servir. Desde aquí, el médico puede contemplar el efecto de su remedio en el organismo del paciente y cualquiera puede perfeccionarse en la especialidad que desee. En resumen, la vida entre nosotros es más activa que en el mundo físico y la satisfacción es mucho más profunda. Aquí cualquiera puede emprender un estudio y adquirir ideas com­pletamente nuevas para él. El hombre que en la vida corporal ha dedicado su pensamiento y energía a cosas espirituales tiene el camino abierto para adaptarse a condiciones más ventajosas, pues su mente, completamente desarrollada, tie­ne el urgente poder de captar las más amplias posibilidades

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¿e una vida más elevada. En cambio, un hombre poco intere­sado en cosas elevadas, no progresa ni se adapta a condiciones más ventajosas, porque su mente está atrofiada y carece de poder para captar algo superior.

—No obstante, —dije— veo que esta gente vive aquí muy feliz; tal vez son más felices que los que se inquietan por el adelanto espiritual.

—Efectivamente, porque los placeres astrales son mucho más intensos que los del mundo físico, por tal motivo, se corre el peligro de desviarse del sendero. Mas, tarde o temprano, estos placeres cansan al alma y comienza a sentir fastidio de tal estado. Semeja al hombre que se deleita con las primeras copas de alcohol, pero cuando excede cierto límite, siente náuseas y otros malestares. Las delicias del astral no ofrecen peligros al ser adelantado que no espera recompensas; al contrario, él procura pasar rápidamente al mundo del servicio y no claudica ante los placeres del mundo astral, más que ante los del físico.

—¿Hay, acaso, alguien que pueda resistirse a esos place­res?

—La mujer honrada no se entrega sino a su marido, aunque se le ofrezca todo el oro del mundo. Todas las religiones aconsejan no dar mucho placer al físico y ¿quiénes pueden dar holgura y placer a la carne? Son los ricos, los acaudalados y los que viven de una manera perezosa y acomodaticia. De éstos, dijo Jesús que era más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que entre un rico en el Reino de los Cielos; y, en otra ocasión dijo: «En donde está tu tesoro, allí está tu corazón». Después de la muerte, es beneficioso haber sido asceta, para no ceder a los refinados placeres y poder pasar pronto al mundo mental. El hombre, después de muerto, tiene el poder de acelerar o entorpecer su adelanto. Siempre está generando causa y efecto, porque siempre puede actuar y escoger a su arbitrio.

—Las almas que en la Tierra se querían, seguramente se encontrarán acá nuevamente —dije.

—Si no hubiera esta seguridad, el Cielo sería una farsa y no habría esperanza para las almas. Aquí se realizan todos los anhelos del corazón humano. Sin esa esperanza y se­guridad, no tiene razón de ser la vida celestial. Con el estado celestial del alma, se fortalecen los lazos que nos ligan a los

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parientes y amigos y hasta podemos trabar nuevas amistades con las almas con quienes simpatizaríamos en vida. Mira ahora a quien encontraste en vida por una sola vez.

Se presentó delante de nosotros una mujer que cabalgaba un caballo. Llevaba en la cabeza una especie de turbante; su ropa era de seda fina y el caballo de raza pura. Ella corría a la cabeza de un ejército o tropa, que la seguía al mismo paso. La mujer era hermosa e imponente. Su aspecto evidenciaba un adiestramiento en el arte de combatir y de guerrear. Era definitivamente elegante en todo aspecto. En ese momento, iba a defender una pequeña aldea que había sido asaltada y ocupada por una pandilla de salteadores. A su llegada, co­menzaron los combates y los bandidos fueron aniquilados, al extremo de que muy pocos salvaron su vida.

Mi guía me dijo:

—Esta mujer, si no la reconoces, fue... Tac, tac, tac. Y la puerta del cuarto se abrió. Al despertarme, sin darme cuenta de lo que sucedía, pregunté:

—¿Quien fue esta mujer?

Mi amiga no oyó u oyó sin comprender lo que dije.

—El doctor está aquí.

—¡Benditos los médicos de todo el mundo! —refunfuñé, profundamente irritado. «¿Quién era esa mujer?», pensé para mis adentros.

A continuación, entró el médico.

Capítulo Decimotercero
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