Traducción de salvador abascal






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SANTO TOMAS DE AQUINO
EL CREDO
Traducción de SALVADOR ABASCAL



EDITORIAL TRADICIÓN MEXICO,1989
Derechos de la traducción

reservados © por Salvador Abascal,

Progreso 163, CoL. Escandón,

México 18, D.F.
PRIMERA EDICIÓN Noviembre de 1972,— 2,000 ejemplares.

SEGUNDA EDICIÓN Noviembre de 1981.— 1,000 ejemplares.

TERCERA EDICIÓN Agosto de 1989.— 2,000 ejemplares.
EDITORIAL TRADICIÓN, S. A.

Av. Sur 22 No. 14 (entre Oriente 259 y Canal de

San Juan), Col, Agrícola Oriental. México 9, D. F.
Miembro de la

Cámara de la Industria Editorial. Registro No. 840
Con licencia eclesiástica.


NOTA DEL TRADUCTOR
ESTA traducción no es la primera en español del Credo predicado en italiano por Santo Tomás, en Napóles, en 1273, poco antes de su muerte, y puesto en latín por los dominicos que lo escuchaban al mismo tiempo que el pueblo.

La primera traducción es argentina. Pero a mi juicio tiene el defecto de ser demasiado parafrástica, dema­siado libre.

Además, esa edición argentina carece del texto la­tino, del que no hay que privar a quienes puedan en­tenderlo y apreciarlo.

Este Credo es el Símbolo de los Apóstoles y su explicitación, o sea, el Símbolo de Nicea-Constantinopla, que compusieron los Padres de la Iglesia en lucha con­tra las herejías de aquellos tiempos, tan aciagos como los actuales, y quizá aún más que los actuales en ma­teria de doctrina, pues con el apoyo del poder impe­rial pudo el arrianismo arrastrar formalmente a la ma­yoría de los obispos.
Es tal la campaña de la herejía progresista contra Santo Tomás de Aquino y a favor de su antípoda, el hereje Pierre Teilhard de Chardin, que conviene recor­dar por qué ha sido y seguirá siendo el aquinatense el príncipe de los doctores de la Iglesia.
A los pocos años de muerto Santo Tomás, Roma de­fiende su doctrina contra el Obispo de París, Esteban Tempier, y la Orden Dominicana hace enmudecer a Roberto Kilwardby, dominico, Arzobispo de Canterbury, que en Oxford había condenado algunas proposi­ciones del aquinatense.

Juan XXII canoniza a Santo Tomas el 18 de julio de 1323 y dice que su doctrina es tan perfecta "que no se concibe sin un milagro especial del cielo".
San Ignacio de Loyola adopta a Santo Tomás, en fi­losofía y en teología, "como a propio Doctor" para la Compañía de Jesús.

San Pío V le da a Santo Tomás de Aquino, en 1567, el título de Doctor Angélico.
El principal doctor de consulta constante en el Con­cilio de Trento fue el mismo Santo Tomás.
En la Encíclica Aeterni Patris, del 4 de agosto de 1879, León XIII recomienda al aquinatense sobre toda ponderación y lo declara "auxilio y honor" de la Igle­sia". Y en 1880 lo nombra patrono universal de escue­las y universidades católicas.

San Pío X, en su Motu proprio Sacrorum Antistitum, del I de septiembre de 1910, ordena "que se esta­blezca la filosofía escolástica como fundamento de los estudios sagrados", refiriéndose "singularmente a la que dejó en herencia Santo Tomás de Aquino".
Benedicto XV en el Código de Derecho Canónico establece que "Los profesores han de exponer la filo­sofía racional y la teología e informar á los alumnos en estas disciplinas ateniéndose por completo al método, a la doctrina y a los principios del Doctor Angélico, y siguiéndolos con toda fidelidad". (Canon 1366, § 2).
Pío XI, en la encíclica Studiorum ducem, del 29 de ¡unió de 1923, pide que los maestros de teología amen a Santo Tomás "intensamente" y "a sus alumnos les co­muniquen el mismo ardiente amor y los hagan aptos para que ellos, a su vez, exciten en otros el mismo aprecio".
Pío XII confirma el 24 de ¡unió de 1939 las instruc­ciones de sus predecesores acerca de Santo Tomás y en su famosa encíclica Humani Generis, del 12 de agosto de 1950, dice que "la Iglesia exige que sus fu­turos sacerdotes sean instruidos en las disciplinas filo­sóficas según el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico" y que "su doctrina suena al unísono con la divina revelación y es eficacísima para asegurar los fundamentos de la fe y para recoger de modo útil y seguro los frutos del sano progreso".
Finalmente el calumniado Concilio Vaticano II —que no debe confundirse con lo que allí, dijeron los progre­sistas— ordena que "para ilustrar de la forma más com­pleta posible los misterios de la salvación, aprendan los alumnos a profundizar en ellos y a descubrir su conexión, por medio de la especulación, bajo el magisterio de Santo Tomás...". (Decreto Optatam totius, núm. 16). Y el aún más calumniado Paulo VI, ampliando el pen­samiento de León XIII, sentencia así: "Santo Tomás no es un hombre de la Edad Media ni de una nación par­ticular: es el hombre de cada hora, siempre actual; trasciende el tiempo y el espacio, y no es menos vá­lido para toda la humanidad de nuestra época" (Analecta Fratrum Predicatorum", Enero-Marzo, 1964, vol. XXXVI).
El lector atento gozará intensamente con la lectura de esta magistral y sencilla explicación del Credo, por­que no hay nada que llene tanto nuestras ilimitadas ansias de saber y el abismo de nuestros deseos como la divina Revelación, contenida en los artículos de nues­tra Fe.

Y poseyendo una Fe ilustrada y viva, nuestra volun­tad, robustecida y aun transformada por la Gracia, po­drá salvarnos de los engañosos lazos que mundo, demo­nio y carne están multiplicando a nuestro paso como jamás lo habían logrado, pues no en balde se acercan los últimos tiempos.
Dios mismo permite esa prueba suprema y a la vez nos brinda todos sus auxilios. Y el primero de sus di­vinos auxilios es la verdadera Fe.
Salvador Abascal

>>sigue>>

EXPOSICIÓN DEL SÍMBOLO DE LOS APOSTÓLES O DEL "CREDO IN DEUM"
Prólogo
I.—Lo primero que le es necesario al cristiano es la fe, sin la cual nadie se llama fiel cristiano. Pues bien, la fe produce 4 bienes.
2.—Primeramente por la Fe se une el alma a Dios. En efecto, por la fe el alma cristiana realiza una especie de matrimonio con Dios (Oseas, 2, 20): "Te desposaré conmigo en la Fe".

Por lo cual al ser bautizado el hombre, desde luego confiesa la Fe, cuando se le pregunta: "¿Crees en Dios?", porque el bautismo es el primer sacramento de la fe. Lo dice el Señor (Mc 16, 16): "El que crea y sea bautizado será salvo". Porque el bautismo sin la fe es inútil, por lo cual es de saberse que nadie es acepto a Dios sin la fe (Heb II, 6): "Sin la fe es imposible agra­dar a Dios". Por esta razón San Agustín, comentando a Romanos 14, 23: "Todo lo que no proceda de la fe es pecado", escribe: "Donde falta el conocimiento de la eterna e inmutable verdad, falsa es la virtud aun con las mejores costumbres".
3.—El segundo bien es que por la Fe comienza en nosotros la vida eterna. Porque la vida eterna no es otra cosa que conocer a Dios, por lo cual dice el Se­ñor (Jn 17, 3): "La vida eterna es que te conozcan a ti el solo Dios verdadero". Pues bien, este conocimiento de Dios empieza aquí por la fe, para perfeccionarse en la vida futura, en la cual lo conoceremos tal cual es. Por lo cual se dice en Hebreos II, I: "La fe es la subs­tancia de las realidades que se esperan". Así es que na­die puede alcanzar la bienaventuranza, que es el ver­dadero conocimiento de Dios, si primero no lo cono­ce por la fe (Juan 20, 29): "Bienaventurados los que no vieron y creyeron".
4.—El tercer bien es que la fe dirige la vida presen­te. En efecto, para vivir bien es menester que el hom­bre sepa qué cosas son necesarias para bien vivir, y si tuviera que aprender por el estudio todas las cosas ne­cesarias para bien vivir, o no podría alcanzar tal cosa, o la alcanzaría después de mucho tiempo. En cambio la fe enseña todo lo necesario para vivir sabiamente. En efecto, ella nos enseña la existencia del Dios único, que recompensa a los buenos y castiga a los malos, y que hay otra vida y otras cosas semejantes, que nos incitan suficientemente a hacer el bien y a evitar el mal (Habac 2, 4): "Mi Justo vive de la fe". Lo cual es mani­fiesto, porque ninguno de los filósofos de antes de la venida de Cristo, a pesar de todos los esfuerzos, pudo saber tanto acerca de Dios y de lo necesario para la vida eterna cuanto después de la venida de Cristo sa­be cualquier viejecita mediante la fe. Por lo cual Isaías (II, 9) dice: "Colmada está la tierra con la ciencia del Señor".
5.—El cuarto bien es que por la fe vencemos las ten­taciones (Hebr I I, 33): "Por la fe los santos vencieron reinos". Y esto es patente, porque toda tentación vie­ne o del diablo, o del mundo, o de la carne. En efecto, el diablo tienta para que no obedezcas a Dios ni te suje­tes a El. Y esto lo rechazamos por la fe. Porque por la fe sabemos que El es el Señor de todas las cosas, y por lo tanto que se le debe obedecer: I Pe 5, 8: "Vuestro adversario el diablo ronda buscando a quién devorar: resistidle firmes en la fe".
El Mundo, por su parte, tienta o seduciendo con lo próspero o aterrándonos con lo adverso. Pero todo lo vencemos por la fe, que nos hace creer en otra vida mejor que ésta, y así despreciamos las cosas prósperas de este mundo y no tememos las adversas: I Jn 5, 4: "La victoria que vence al mundo es nuestra fe", y a la vez nos enseña a creer que hay males mayores, los del infierno.
La Carne, en fin, nos tienta induciéndonos a las de­lectaciones momentáneas de la vida presente. Pero la fe nos muestra que por ellas, si indebidamente nos les adherimos, perdemos las delectaciones eternas: Ef 6. 16: "Embrazad siempre el escudo de la fe".
Con todo esto queda patente que es grandemente útil tener fe.
6.—Pero puede alguno decir: es una tontería creer en lo que no se ve; así es que no se puede creer en lo que no vemos.
7.—Respondo. En primer lugar, la imperfección de nuestro entendimiento resuelve esta dificultad: porque si el hombre pudiese perfectamente conocer por sí mis­mo todas las realidades visibles e invisibles, necio se­ría creer en lo que no vemos. Pero nuestro conocimien­to es tan débil que ningún filósofo pudo jamás descu­brir a la perfección la naturaleza de un solo insecto. En efecto, leemos que un filósofo vivió treinta años en so­ledad para conocer la naturaleza de la abeja. Por lo tanto, si nuestro entendimiento es tan débil, ¿acaso no es insensato no creerle a Dios sino lo que el hombre puede conocer por sí mismo? Por lo cual sobre esto se dice en Job 36, 26: "¡Qué grande es Dios, y cuánto ex­cede nuestra ciencia!".
8.—En segundo lugar se puede responder que si un maestro enseñase algo de su ciencia y cualquier rústi­co dijese que eso no es tal como el maestro lo afirma por no entenderlo él, por gran necio tendríamos a ese rústico. Pues bien, es un hecho que el entendimiento de los ángeles excede al entendimiento del mejor filósofo más que el entendimiento de éste al del rústico. Por lo cual necio es el filósofo si no quiere creer lo que dicen los ángeles, y con mayor razón si no quiere creer lo que Dios enseña. Sobre esto se dice en Eccli 3, 25: "Mu­chas cosas que sobrepujan la humana inteligencia se te han enseñado".
9.En tercer lugar se puede responder que si el hom­bre no quisiera creer sino lo que conoce, ciertamente no podría vivir en este mundo. En efecto, ¿cómo se podría vivir sin creerle a nadie? ¿Cómo creer ni siquie­ra que tal persona es su padre? Por lo cual es necesa­rio que el hombre le crea a alguien sobre las cosas que él no puede conocer perfectamente por sí mismo. Pero a nadie hay que creerle como a Dios, de modo que aquellos que no creen las enseñanzas de la fe, no son sabios sino necios y soberbios, como dice el Apóstol en la la. Epístola a Timoteo, 6, 4: "Soberbio es, y no sabe nada". Por lo cual dice San Pablo en la 2a. Epís­tola a Timoteo, I, 12: "Yo sé bien en quién creí y es­toy cierto".

10.—Se puede todavía responder que Dios prueba la verdad de las enseñanzas de la fe. En efecto, si un rey enviase cartas selladas con su sello, nadie osaría decir que esas cartas no proceden de la voluntad del rey. Pues bien, consta que todo aquello que los santos creyeron y nos transmitieron acerca de la fe de Cristo marcadas están con el sello de Dios: ese sello lo mues­tran aquellas obras que ninguna pura criatura puede hacer: son los milagros con los que Cristo confirmó las enseñanzas de los Apóstoles y de los santos.

I I.Si me dices que nadie ha visto hacer un mila­gro, respondo: consta que todo el mundo adoraba los ídolos y perseguía a la fe de Cristo, como lo atestiguan aun las historias de los paganos; y sin embargo todos se han convertido a Cristo: sabios y nobles, y ricos y poderosos y los grandes, por la predicación de unos cuantos pobres y simples que predicaron a Cristo. Y esto ha si­do obrado o milagrosamente, o no. Si milagrosamente, ya está la demostración. Si no, yo digo que no puede haber mayor milagro que la conversión del mundo en­tero sin milagros. No hay para qué investigar más.

12.—Así es que nadie debe dudar de la fe, sino creer en lo que es de fe más que en las cosas que ve; porque la vista del hombre puede engañarse, mientras que la ciencia de Dios es siempre infalible.

>>sigue>>

Artículo 1

CREO EN UN SÓLO DIOS, PADRE

TODOPODEROSO, CREADOR DEL

CIELO Y DE LA TIERRA

13.—Entre todas las cosas que los fieles deben creer, lo primero es que existe un solo Dios. Pues bien, debe­mos considerar qué significa esta palabra: "Dios", que no es otra cosa que Aquel que gobierna y provee al bien de todas las cosas. Así es que cree que Dios exis­te aquel que cree que El gobierna todas las cosas de este mundo y provee a su bien.
Al contrario, el que crea que todas las cosas ocu­rren al acaso no cree en la existencia de Dios. Sin em­bargo, nadie hay tan insensato que no crea que las cosas de la naturaleza son gobernadas, están someti­das a una providencia y ordenadas, de modo que ocu­rren conforme a cierto orden y a su tiempo. En efecto, vemos que el sol y la luna y las estrellas y todos los otros seres de la naturaleza guardan un curso determi­nado, lo cual no ocurriría si fuesen efecto del azar. En consecuencia, si hubiere alguien que no creyese en la existencia de Dios, sería un insensato. Salmo 13, I: "Di­jo el necio en su corazón: no hay Dios".

14.—Sin embargo, hay algunos que creen que Dios gobierna y dispone las realidades naturales, pero no creen que Dios sea providente respecto de los actos humanos, así que no creen que los actos humanos es­tén gobernados por Dios. Y la razón de ello es que ven que en este mundo los buenos son afligidos y los ma­los prosperan, por lo cual parece que no hay una pro­videncia divina respecto a los hombres, por lo cual ha­blando por ellos dice Job (22, 14): "Dios se pasea por los caminos del cíelo y se desinteresa de nuestros asun­tos".
Pero esto es demasiado estúpido. Pues a éstos les ocurre como si algún ignorante en medicina viere al mé­dico recetar a un enfermo agua, a otro vino, confor­me lo piden las reglas de la medicina, y creyere que eso lo hace al acaso, por su ignorancia de esas reglas, siendo que por un justo motivo lo hace, o sea, el dar­le a uno vino, y al otro agua.

15.—Lo mismo debemos decir de Dios. Pues por justo motivo y por su providencia Dios dispone las co­sas que les son necesarias a los hombres, por lo cual a algunos buenos los aflige y a algunos malos los deja en prosperidad. Así es que quien crea que esto ocurre por azar es un insensato y se le tiene por tal, porque esto no proviene sino de que ignora la sabiduría y las ra­zones del gobierno divino. Job 11,6: "Ojalá que Dios te revelara los arcanos de su sabiduría y la multiplici­dad de sus designios". Por lo cual es de creer firmemen­te que Dios gobierna y dispone no sólo las realidades naturales sino también los actos humanos. Salmo 93, 7-10: "Y dicen: 'No lo verá el Señor, no se da cuenta el Dios de Jacob'. Comprended, estúpidos del pueblo; in­sensatos ¿cuándo vais a ser cuerdos? El que plantó la oreja ¿no oirá? El que formó los ojos ¿no va a ver?... El Señor conoce los pensamientos de los hombres".
Dios ve, pues, todas las cosas, y los pensamientos y los secretos de la voluntad. De aquí que se les impon­ga especialmente a los hombres la necesidad de obrar bien, porque todo lo que piensan y hacen manifiesto está a la mirada divina. El Apóstol dice en Hebreos 4, 13: "Todo está desnudo y patente a sus ojos".

16.—Pues bien, debemos creer que este Dios que todo lo dispone y gobierna es un Dios único. La razón es que la disposición de las cosas humanas está bien ordenada cuando la multitud se halla regida y gober­nada por uno solo. En efecto, una multitud de jefes pro­voca generalmente disensiones entre los subordinados. Y como el gobierno divino es superior al gobierno hu­mano, es evidente que el mundo no está regido por muchos dioses sino por uno solo.

17.—Sin embargo, hay cuatro razones por las que los hombres son inducidos a tener muchos dioses.

La primera es la flaqueza * del entendimiento huma­no. Porque hombres de flaco entendimiento, incapaces de elevarse por encima de los seres corporales, no cre­yeron que hubiese algo más allá de la naturaleza de los cuerpos sensibles, y en consecuencia, entre los cuer­pos tuvieron por preeminentes y gobernantes del mun­do a los que les parecieron más bellos y dignos de todos, y les atribuían y consagraban un culto divino: y de éstos son los cuerpos celestes, a saber el sol, la lu­na y las estrellas. Pero a éstos les ocurrió lo que a uno que fue a la corte de un rey: queriendo ver al rey, se imaginaba que cualquiera bien vestido o cualquier fun­cionario era el rey. De estas gentes dice la Sabiduría, 13, 2: "Al sol y la luna y la «bóveda estrellada los con­sideraron como dioses que rigen el mundo". E Isaías, 51,6, dice: "Alzad a los cíelos vuestros ojos, y contem­plad abajo la tierra, pues los cielos como humareda se disiparán, la tierra como un vestido se gastará, y sus moradores perecerán igualmente: pero mi salvación por siempre será, y mi justicia no tendrá fin".
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