Prefacio de su santidad el decimocuarto dalai lama






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PRIMER DIA:
¿QUÉ SON LAS EMOCIONES DESTRUCTIVAS?


Dharamsala (la India) 20 de marzo de 2000

3. LA PERSPECTIVA OCCIDENTAL


Cuando nos adentramos en el Imperial Hotel, un elegante vestigio de los tiempos del raj británico que se halla a pocas manzanas de Connaught Circle, el Times Square de Nueva Delhi. todavía nos hallábamos bajo los efectos del desfase horario. Como ya he dicho, éramos diez personas llegadas de diferentes países, Estados Unidos, Francia, Taüandia, Canadá y Nepal, dos neurocientíficos, tres psicólogos, dos monjes budistas (uno tibetano y el otro de la tradición Theravada), un filósofo de la mente y dos expertos intérpretes del tibetano conocedores de la fúosofía y de la ciencia.

El tema de las conversaciones que íbamos a mantener durante la semana de diálogo con el Dalai Lama versaba en torno a las emociones destructivas. Pero, aparte de la fatiga, todos aguardábamos el encuentro con expectación y una serena alegría.

Ésta era la segunda vez que se me había encomendado el papel de moderador de esos encuentros organizados por el Mind and Life Institute entre el Dalai Lama y un grupo de científicos. En 1990 ya se me había encargado la organización de una de esas reuniones que giró en torao a las emociones y la salud. El más veterano de los participantes era Francisco Varela, neurocientífico cognitivo de un laboratorio de investigación de París, que no sólo había contribuido a la fundación y establecimiento de esos diálogos, sino que también había participado en tres encuentros anteriores y se hallaba personalmente muy cercano al Dalai Lama. Todos éramos amigos suyos y estábamos muy preocupados por su salud, porque Francisco llevaba varios años luchando contra un cáncer de hígado y hacía pocos meses que había recibido un trasplante de hígado de modo que, aunque su ánimo era positivo, su salud seguía siendo muy frágil.

Otro de los expertos era Richard Davidson, jefe del laboratorio de neurociencia afectiva de la University of Wisconsin que, un par de años antes, había dirigido el último encuentro del Mind and Life en torno al altruismo y la compasión. También había un par de intérpretes, Thupten Jinpa, antiguo monje y hoy en día director de un ambicioso proyecto de traducción de los textos clásicos del budismo tibetano y principal intérprete al inglés del Dalai Lama en sus viajes a lo largo de todo el mundo. Alan Wallace es otro ex monje tibetano que trabaja como profesor en la University of California de Santa Barbara. La magnitud de sus conocimientos científícos y su fluidez en tibetano le convierten en un intérprete idóneo de esos encuentros, en los que también ha participado en numerosas ocasiones. Luego estaba Matthieu Ricard, un monje budista parisino que, en la actualidad, vive en un monasterio de Nepal y es uno de los principales intérpretes al francés del Dalai Lama.

También había varias personas que acudían por vez primera a esos encuentros, como Owen Flanagan, filósofo de la mente de la Duke University; Jeanne Tsai, psicóloga experta en los determinantes culturales de la emoción que, por aquel entonces, trabajaba en la University of Minnesota; su mentor Paul Ekman, uno de los principales expertos mundiales en el campo de las emociones, de la University of California en San Francisco; Mark Greenberg, pionero en programas de aprendizaje social y emocional para escuelas, que trabaja en la Pennsylvania State University, y el venerable Somchai Kusalacitto, un monje budista de Tailandia, que había recibido una invitación especial del Dalai Lama.

Como moderador y coorganizador, junto a Alan Wallace, del encuentro, mi misión se había centrado, hasta entonces, en la selección e invitación de los participantes, una tarea que se me antojaba similar a la organización de un gran banquete, por cuanto que exige encontrar la justa proporción de viejos amigos y de nuevas relaciones, así como tambíén combinar adecuadamente el rigor científico con la vivacidad del discurso. Varios meses atrás habíamos celebrado un encuentro previo de dos días en Harvard, pero ahora íbamos a pennanecer juntos durante toda una semana, lo que naturalmente terminaría consolidando nuestra amistad.

A la mañana siguiente subimos a un autobús y emprendimos nuestra peregrinación a Dharamsala, el pueblo ubicado en los Himalayas donde vive el Dalai Lama. La carretera que conduce al aeropuerto de Delhi acababa de ser arreglada con ocasión de un próximo viaje del presidente Clinton, que precisamente recorrería la India la misma semana de nuestro encuentro. Nueva Delhi parecía una ciudad movilizada, las principales arterias se hallaban engalanadas con coloridas banderas de satén y montones de tierra rojiza estaban dispuestos para ser esparcidos sobre la calzada y vistosas y coloridas telas ocultaban el estaño y el cartón de los asentamientos desperdigados por toda la ciudad en los que se hacinan los pobres.

La primavera atemperaba el habitual asedio a los sentidos con que la India envuelve al visitante. A esas horas de la mañana, el calor de Delhi todavía era soportable y hasta diríamos que balsámico, pero, al despegar hacia Jammu, la ciudad estaba cubierta por un manto marrón grisáceo.

Cuando abandonamos el avión en el aeropuerto de Jammu y nos dirigimos hacia el autobús que estaba esperándonos, nos cruzamos con soldados ataviados con uniformes de camuflaje que caminaban fatigosamente bajo polvorientos rboles. El día estaba empezando a caldearse. A pesar de la intensidad del tráfico, el paisaje reclamó toda nuestra atención. Al cabo de unas horas, las cumbres nevadas de los Himalayas comenzaron a materializarse en la distancia. Las primeras estribaciones de la cordillera se elevaban claramente por encima de las llanuras poniendo palpablemente de relieve la violencia del choque entre el subcontinente indio y la gran extensión de Asia central. A medida que íbamos ascendiendo, el campo era cada vez más verde y menos polvoriento, los ríos más turbulentos y, de manera lenta pero casi imperceptible, el aire iba enfriándose. Luego el terreno se empinó de verdad, el campo se abancaló y las edificaciones parecieron acomodarse a los repliegues del terreno. Finalmente, la carretera comenzó a serpentear y comenzó el verdadero ascenso.

Cuando la noche se cernió sobre nosotros, llevábamos ya siete horas de camino y todavía nos quedaba una para llegar a Dharamsala. La perspectiva de que el autobús siguiera su camino por esa tortuosa carretera en medio de la oscuridad suscitó un nerviosismo general que alentó una curiosa camaradería. Entonces alguien dijo: "Creo que, de seguir así, no tardaremos en empezar a cantar", pero lo cierto es que, en lugar de ello, emprendimos una singular competencia de relatos de miedo sobre otros viajes por carretera que Matthieu ganó sin dificultad alguna con su narración de un aterrador viaje en autobús de tres días, con sus tres noches incluidas, desde Katmandú hasta Delhi con el mismo conductor extenuado.

Finalmente arribamos a McLeod Ganj, el pequeño pueblo del distrito de Dharamsala en el que vive el Dalai Lama. La aldea había sido originalmente fundada por el Gobierno colonial británico (de ahí el nombre de "McLeod") como estación veraniega alejada del bochorno de las tierras bajas. McLeod Ganj se encuentra junto a una pronunciada cordillera, entre los picos nevados de los Himalayas y las amplias llanuras perpetuamente cubiertas de bruma de la India. Aun en plena noche, las calles están atestadas de personas caminando por las pequeñas tiendas y restaurantes que salpican sus dos arterias principales. Los tibetanos mayores vestidos con sus chubas mueven diestramente sus molinillos de oraciones mascullando mantras, mientras sus hijos vestidos con atuendo occidental llevan portafolios y teléfonos móviles.

La broma final fue una curiosa "nollegada", cuando nuestro autobús quedó atrapado en medio de un estrecho sendero entre taxis que le impedían seguir hacia adelante y cambiar de sentido. Entonces comenzó un intercambio de gritos entre el conductor y varias voces procedentes de la oscuridad que duró unos veinte minutos hasta que nos enteramos de que sólo nos hallábamos a un par de minutos a pie de la Chonor House, nuestro destino final, una agradable casa de huéspedes que el Gobierno tibetano en el exilio había dispuesto para alojarnos. Entonces descargamos nuestras maletas y recorrimos a pie los últimos pasos que nos separaban de un descanso de varios días hasta el lunes, cuando estaba previsto que comenzara el encuentro.

Dharamsala es Lhasa en miniatura. Allí se ha establecido el Gobierno tibetano en el exilio. El Dalai Lama vive en la cima de una pequeña colina custodiada por soldados del ejército indio y ubicada en un extremo de la aldea. Nadie puede entrar sin atravesar un estricto control de seguridad. En unas pocas hectáreas se apiña el complejo gubernamental –compuesto por varios bungalows de un solo piso donde están las oñcinas del Gobierno, un templo budista, la oficina del Dalai Lama, su sencillo hogar (que comparte con su gato favorito), su jardín y la gran sala en la que nos reuniríamos.

Comienza el encuentro

El lunes por la mañana, la gran sala en la que aguardábamos la llegada del Dalai Lama estaba rebosante de una nerviosa expectativa. Varias filas de sillas para espectadores rodeaban el espacio en que se celebraría el encuentro. Una mesita alargada ocupaba el centro del óvalo formado por dos grandes sofás y un par de sillones reservados para los participantes. Unos pocos técnicos estaban colocando estratégicamente las cámaras de televisión que se encargarían de registrar en vídeo nuestras conversaciones. Las paredes de la habitación estaban adornadas con un multicolor despliegue de thangkhas (las tradicionales pinturas tibetanas), una hilera de macizos florales y dos inmensos floreros repletos de rosas.

Uno de los monjes asistentes del Dalai Lama iba apresuradamente de un lado a otro de la habitación haciendo los ajustes de última hora. La sala, que se utilizaba para rituales y enseñanzas religiosas, tiene una pequeña tarima con un gran thangkha que representa al buda Sakyamuni situado detrás del alto y colorido trono desde el que el Dalai Lama dirige los rituales. Pero, esta vez, el Dalai Lama iba a sentarse en uno de los sillones ubicados en los extremos del acogedor e informal escenario preparado para el diálogo.

Como sucedería en todas las ocasiones, cuando el Dalai Lama entró en el vestíbulo un murmullo recorrió la habitación. Cuando se acercó al gran thangka de Sakyamuni, todo el mundo se puso en pie, mientras hacía tres postraciones, tocando el suelo con la cabeza, y una pausa para recitar en silencio una pequeña oración. Luego descendió del pequeño estrado y se dirigió hacia el lugar que tenía asignado.

Adam Engle –presidente del Mind and Life Institute había escoltado al Dalai Lama hasta la sala llevaba el tradicional khata tibetano, una larga bufanda blanca que le había dado Su Santidad y que, como es habitual, le devolvió posteriormente. Luego bajó de la tarima ayudado por Adam y se dirigió hacia mí para que le presentase a los participantes.

Uno tras otro, el Dalai Lama fue estrechando la mano de los occidentales, pero cuando le llegó el turno al venerable Kusalacitto, ambos juntaron las palmas y se inclinaron respetuosamente en el tradicional saludo de los monjes. En el momento en que se inclinaban, el Dalai Lama tomó las manos de Kusalacitto hasta que sus cabezas rapadas casi se tocaron e intercambiaron unas pocas palabras. Luego saludó a Francisco Varela con un abrazo, uniendo sus frentes con una gran sonrisa y golpeándose cariñosamente las mejilas. Al ver a los lamas que se sentarían detrás de él durante toda la semana, hizo una nueva pausa y les saludó en tibetano. Finalmente, y como suele hacer cada vez que entra en una habitación, echó un vistazo alrededor en busca de rostros familiares y saludó a los conocidos.

Todos estábamos ya sentados y dispuestos a empezar el diálogo del día cuando el Dalai Lama tomó asiento en un gran sofá junto a Alan Wallace y Thupten Jinpa, sus dos intérpretes para la ocasión, que se hallaban sentados a su izquierda. Luego se quitó los zapatos y cruzó las piernas. A su derecha había otro gran sillón que irían ocupando los distintos ponentes y que ese día me correspondía a mí, como presentador de las jornadas.

Un problema urgente

El día era soleado pero inusitadamente frío para finales de marzo en Dharamsala. Aunque no lo mencionó hasta al día siguiente, el Dalai Lama estaba resfriado y tenía unas décimas de fiebre y una tos evidente.

Cuando el Dalai Lama tomó asiento abrí la sesión:

–Su Santidad, estoy muy contento de darle la bienvenida a este octavo encuentro del Mind and Life Institute. Como usted ya sabe –prosegui, el tema que abordaremos en esta ocasión será el de las emociones destructivas, un tema ciertamente muy importante. El día que abandonamos Estados Unidos para viajar hasta aquí, las portadas de los periódicos recogían la noticia de un niño de seis años que había disparado y matado a un compañero de clase, y, cuando llegamos a Nueva Delhi, la portada del Times of India reflejaba una historia similar, el asesinato de una persona a manos de un primo a causa de una disputa por un pedazo de tierra. No cabe la menor duda de que las emociones destructivas son, tanto a este nivel como a otros muchos más sutiles, una de las principales causas de sufrimiento. Nuestra intención durante la presente semana es la de explorar la naturaleza de esas emociones, el modo en que se tornan destructivas y lo que podemos hacer para superarlas.

Nuestra empresa aspira a cumplir con tres objetivos diferentes. El primero de ellos es el de informar. En cierto sentido, estos diálogos se originaron en el interés que muestra Su Santidad por la ciencia y, en cierto modo, pretenden informarle. Bien podríamos decir que entre todos los presentes hemos tratado de confeccionar un menú científico y que se lo ofrecemos a modo de regalo. El segundo de nuestros objetivos es el de entablar un diálogo. Muchos de nosotros somos conscientes de que el budismo ha pensado mucho más profundamente que Occidente en todas estas cuestiones y, en consecuencia, tenemos muy claro lo mucho que podemos aprender de él. Pero este encuentro, por último, también apunta al logro de un tercer objetivo, que es el de la colaboración, es decir, el de emprender un debate intelectual y ver adónde nos conducirá este diálogo. Y, como usted mismo podrá comprobar, hemos organizado la semana para tratar de cumplir estos tres objetivos.

Comienza la semana

–Comenzaremos la semana con una visión filosófica. Para ello, el profesor Owen Flanagan nos ofrecerá una disertación acerca de lo que Occidente entiende por emociones destructivas. Luego Matthieu Ricard nos expondrá el punto de vista budista al respecto. Esta tarde, el venerable Kusalacitto sumará al debate la visión Theravada, y Alan Wallace ejercerá de moderador. Por su parte, Paul Ekman nos presentará mañana una perspectiva científica acerca de la naturaleza de la emoción y explicará más detenidamente lo que la ciencia occidental entiende por emociones, en general, y por emociones destructivas, en particular, y también nos hablará de la posibilidad de modificar las respuestas emocionales.

Pasado mañana –proseguí, Richard Davidson nos ofrecerá una revisión de los fundamentos cerebrales de las emociones destructivas, más concretamente de lo que el budismo denomina los Tres Venenos, es decir, el rechazo, el apego y la ignorancia. Luego Davidson nos presentará el importante tema de la plasticidad neuronal, según el cual la experiencia modifica nuestras respuestas cerebrales.

El cuarto día, la profesora Jeanne Tsai se referirá a la forma en que las diferentes culturas determinan el modo de experimentar y expresar las emociones. Y, ese mismo día, Mark Greenberg llamará nuestra atención sobre la manera en que las experiencias de la infancia determinan las respuestas individuales y también nos presentará algunos novedosos programas educativos orientados a enseñar a los niños las respuestas emocionales más beneficiosas durante los primeros años de escuela.

El último día, Richard Davidson nos presentará algunos de los recientes descubrimientos realizados sobre el funcionamiento del cerebro y también se referirá a los efectos de la meditación de la atención plena sobre la salud. La presentación fundamental de ese día correrá a cargo de Francisco Varela, que nos hablará de ciertas técnicas innovadoras que permiten combinar el conocimiento experiencial del budismo con las metodologías científicas occidentales para explorar la conciencia y las emociones y también nos propondrá varias líneas posibles de investigación al respecto.

Finalmente, agradecí a la tradición tibetana su virtuosa entrega al bienestar de los demás y formulé el deseo de que este encuentro no sólo resultase beneficioso para nosotros, sino para el mundo en general.

Entonces cedí la palabra –y mi sitio junto al Dalai Lama a Alan Wallace que, en esta ocasión, desempeñaría dos funciones, la de coordinador filosófico y la de intérprete.

Un intérprete muy singular. Un monje en BMW

¿Qué fue lo que llevó a Alan Wallace –hijo de un teólogo protestante a convertirse en monje budista tibetano y en una persona idónea para desempeñar el papel de intérprete de Su Santidad en sus diálogos con los científicos?

Alan nació en Pasadena, pero su infancia no tiene nada que ver con los estereotipos del sur de California. Su padre, David H. Wallace, era especialista en griego bíblico y en la teología del Nuevo Testamento; siendo niño, le acompañó en sus viajes de estudio con los principales teólogos de la época a Edimburgo, Israel y Suiza. A pesar de que su árbol genealógico estaba lleno de misioneros cristianos y de profesores de religión y del innegable legado cristiano que le transmitió su padre, Alan se sintió muy pronto atraído por la ciencia. Así fue como acabo matriculándose en ciencias medioambientales en la University of California, en San Diego; durante el verano de 1970, hacía autostop por Europa dispuesto a concluir sus estudios en una universidad alemana.

En un albergue de juventud de un pequeño pueblo de los Alpes suizos, Alan descubrió por casualidad la traducción de Walter Yeeling EvansWentz de El libro tibetano de la Gran Liberación, uno de los pocos textos tibetanos disponibles en inglés en ese momento (el otro era El libro tibetano de la muerte). Ésa fue la primera ocasión en que Alan entró en contacto real con el budismo tibetano; y, a diferencia de un curso introductorio de civilización india al que había asistido anteriormente que casi le pasó desapercibido, la lectura de la traducción de EvansWentz supuso para él una auténtica conmoción.

Cuando Alan llegó a la Universidad de Gotinga, quedó gratamente sorprendido al enterarse de que allí había un lama tibetano, a la sazón algo muy inhabitual, y acabó renunciando a todas sus clases excepto a las de tibetano. El verano siguiente fue a estudiar a un monasterio budista tibetano de Suiza, donde tropezó casualmente con un boletín de la Library of Tibetan Works and Archives de Dharamsala y se enteró de que el mismo Dalai Lama daría clases de budismo tibetano para occidentales. Entonces vendió algunas de sus pertenencias, regaló otras y compró un billete de ida para la India.

En octubre de 1971, Alan llegó a McLeod Ganj e inmediatamente se matriculó, junto a otros siete occidentales, en el curso de budismo tibetano de un año de duración anunciado en el boletín. Siete de los ocho integrantes del grupo estaban viviendo ya en Dharamsala, de modo que Alan fue la única persona que respondió al anuncio.

Un año más tarde, Alan entró, junto a otros treinta monjes tibetanos, en la primera clase de un curso del Institute of Buddhist Dialectics de Dharamsala que comenzó en 1973. Finalmente tomó los votos de monje y permaneció allí durante casi cuatro años.

Al cabo de catorce meses, Alan asistió a un retiro de meditación vipassana de diez días de duración dirigido por el conocido maestro birraano S.N. Goenka que se llevó a cabo en Dharamsala, una experiencia que le ayudó a llevar a la práctica lo que tanto anhelaba, meditar. Así fue como se mudó a una pequeña cabaña ubicada en la cima de la montaña y, durante el año siguiente, estuvo combinando la práctica meditativa con sus primeras traducciones de algunos textos médicos tibetanos. Cuando, en 1979, el Dalai Lama realizó uno de sus primeros viajes a Europa, Alan fue invitado a acompañarle como intérprete, un papel que, desde entonces, no ha dejado de desempeñar.

Otro momento decisivo de la vida de Alan se produjo en 1984, cuando su reputación como traductor le llevó a ser invitado por Robert Thurman que, por aquel entonces, daba clases en el Amherst College. Una vez allí, Alan decidió terminar sus estudios y no tardó en ser admitido en Amherst. Allí estudió con el físico cuántico Arthur Zajonc, y su tesis versó sobre una comparación entre los fundamentos de la mecánica cuántica y el comentario del Dalai Lama al capítulo sobre la "Sabiduría" del clásico de Shantideva Bodhicaryavatara [traducido al castellano con el título La marcha hacia la luz]. Posteriormente, la tesis se vio publicada en dos volúmenes y fue el primero de sus más de veinte libros.' Cuando Alan se licenció cum laude tenía treinta y seis años y era monje.

Después de graduarse en Amherst, Alan se dedicó a recorrer el país con su BMW y su túnica de monje en las alforjas y tropezó accidentalmente con un remoto centro de retiros en el rido Owens Valley, ubicado en las cumbres de Sierra Nevada (California), donde decidió quedarse a hacer un retiro solitario de nueve meses, en el transcurso del cual devolvió los votos de monje para regresar a la vida laica –un proceso bastante habitual en las culturas orientales, donde son muchas las personas que pasan un tiempo como monjes y siguió con su retiro.

Mientras se hallaba en ese retiro recibió un mensaje de Adam Engle pidiéndole que tradujese el primer encuentro del Mind and Life Institute. Tengamos en cuenta que Alan era la única persona que, en aquel tiempo, poseía un bagaje científico equiparable a su dominio del budismo y del lenguaje tibetano. Pero, Alan no estaba dispuesto a abandonar su retiro y rehusó el ofrecimiento, de modo que Engle se vio obligado a insistir y a mandarle incluso una carta del Dalai Lama reclamando personalmente su presencia. Desde entonces ha asistido a casi todos los encuentros organizados por el Mind and Life Institute.

Entretanto, Alan hizo un doctorado sobre estudios religiosos en Stanford y escribió una tesis doctoral basada en la comparación entre la obra de William James –filósofo y psicólogo americano del siglo xix– y la filosofía y la práctica budista. Luego se casó con la especialista en estudios orientales Vesna Acimovic y comenzó a dar clases en la University of California de Santa Barbara, donde creó un programa sobre cultura, religión y lenguaje tibetano que ha terminado siendo lo que, hoy en día, se conoce como la cátedra de budismo y estudios tibetanos "Decimocuarto Dalai Lama". Tras cuatro años de docencia en Santa Barbara, Alan regresó a la desierta meseta de California para llevar a cabo otro retiro de seis meses en soledad. Posteriormente, Alan ha seguido escribiendo sobre la posible colaboración entre el budismo y la ciencia moderna –un tema central en su vida y actualmente está tratando de fundar un instituto dirigido a la investigación experimental y teórica de la práctica contemplativa.

Un comienzo filosófico

"Buenos días –comenzó Alan. Iniciaremos nuestra presentación del mismo modo en que hemos iniciado todos los encuentros del Mind and Life Institute desde 1987. Aunque el tema de estas conferencias gira en torno a la posible colaboración entre el budismo y la ciencia, siempre hemos considerado importante incluir a un filósofo en cada reunión, alguien que pudiera formular preguntas que no se originasen desde el interior del dominio científico en cuestión.

"Y existen varias razones para ello. La ciencia no es una disciplina autónoma, ni siquiera en nuestra propia civilización, aunque hoy en día lo parezca e insista en su independencia de la filosofía y de la religión. Cualquier análisis crítico de la historia y del desarrollo de la ciencia pone de manifiesto la falsedad de esa afirmación. La ciencia es un fruto de nuestra civilización y hunde profundamente sus raíces en la fílosofía occidental, remontándose a Platón, Aristóteles e incluso más allá de ellos. Además, la ciencia siempre ha estado –aunque es cierto que de un modo menos explicito en el siglo XX– profundamente arraigada en nuestras tradiciones teoló–gicas, el judaísmo y el cristianismo. Bastaría con ello para justifícar de forma razonable la inclusión aquí de una visión filosófica.

"Pero también existe otra justifícación que queda de manifiesto cuando tratamos de comprender las relaciones que existen entre la teoría y la investigación científíca y la realidad misma. Es casi inevitable que, cuando los occidentales nos interesamos por el budismo, proyectemos nuestros estereotipos habituales y concluyamos que se trata de una "religión". Pero son muchas las personas que creen que esa actitud equivocada acaba convirtiendo erróneamente una ciencia en una religión. El budismo nunca ha sido una religión en el sentido en que, en Occidente, entendemos ese término. Desde sus mismos orígenes, el budismo ha tenido importantes elementos filosófícos, así como también elementos empíricos y racionales a los que bien podemos apelar para sustentar que, en realidad, se trata de una ciencia.

"Existen, pues, sobradas razones –tanto desde la perspectiva occidental como desde la budista para contar aquí con la presencia de un fílósofo.

Por ello, esta mañana contaremos con la presencia de dos representantes de cada una de las tradiciones en liza, el profesor Flanagan (que nos hablará de la tradición filosófica occidental) y Matthieu Ricard (que nos expondrá la tradición budista)."

¿Qué es una emoción destructiva?

"He sido invitado a definir el tema de las emociones destructivas y lo haré con una concisa definición: "Las emociones destructivas son aquellas que dañan a los demás o a nosotros mismos". Ésa fue la definición más simple a la que llegamos en el acalorado debate de dos días que se produjo antes de nuestro encuentro preliminar en Harvard hace ya varios meses.

"¿Pero qué es lo que entendemos exactamente por "dañino"? ¿Acaso existen matices, grados y formas en los que algo que, en principio, puede parecer dañino, termina revelando que, en realidad, no lo es? Éstas son las cuestiones que debatiremos en los próximos días. Nuestro interés no se centra exclusivamente en las emociones destructivas, sino también en los factores –eventos, fundamentos genéticos, funciones cerebrales, etcéteraque catalizan las emociones destructivas. ¿Cuál es el origen de las emociones destructivas? ¿De dónde provienen?

"Todas estas son cuestiones muy importantes para el budismo. ¿Cuáles son los efectos de las emociones destructivas sobre uno mismo, sobre el entorno que nos rodea y sobre los demás? Una vez que hayamos identificado las emociones destructivas y puesto de relieve sus causas y sus efectos perjudiciales, nos hallaremos en mejores condiciones de preguntarnos por el antídoto más adecuado para contrarrestarlas. ¿Cuál es la medicina más idónea para afrontar las emociones destructivas? ¿Cómo podemos contrarrestarlas? ¿Deberíamos buscar la cura de las emociones destructivas en los fármacos, en la cirugía, en la terapia genética, en la psicoterapia o en la meditación?

"Convendrá determinar, por último, desde el mismo momento de partida, si es posible liberarse de manera completa e irreversible de todas las emociones destructivas, un punto que, para el budismo, resulta esencial. Creo, además, que ésta es una pregunta muy provechosa para todos los presentes.

"Todas estas cuestiones son tan pertinentes para la tradición occidental como para la tradición budista. Éstas son, a fin de cuentas, las preguntas que Occidente se ha hecho desde tiempo inmemorial (la Biblia, Platón y Aristóteles) y que siempre han ocupado un lugar central en el budismo. El fundamento común del tema tratado evidencia su importancia, aunque existen algunas diferencias muy substanciales en el modo en que cada una de las tradiciones aborda el asunto. Creo que todos encontraremos sumamente fascinante ese fundamento común y las muchas diferencias existentes, y que deberemos comprenderlas por igual a ambas."

Una nueva especie de filósofo

"Ahora –dijo Alan, dando paso al primer ponente quisiera presentar brevemente al profesor Owen Flanagan, de la cátedra de filosofía James B. Duke, de la Duke University. Pero debo señalar que su caso ilustra a la perfección mis comentarios anteriores, puesto que Owen no es tan sólo un profesor de filosofía, como si la filosofía fuera una disciplina autónoma, sino también de neurobiología, de psicología experimental, de neurociencia cognitiva y –a modo de nota curiosa también de literatura."

Bien podríamos decir, en este sentido, que Owen Flanagan constituye una nueva especie de filósofo porque, cuando estudia una determinada cuestión, amplía su investigación a cualquier campo de interés con el que esté directamente relacionado. Y, puesto que su principal interés se centra en la filosofía de la mente, Owen también se ha interesado por los descubrimientos realizados por la psicología, la ciencia cognitiva y la neurociencia, todo lo cual le convierte en una persona especialmente idónea para nuestro diálogo sobre las emociones.

Durante los años que pasó en la universidad, en Fordham, no tenía claro si inclinarse hacia la psicología o la filosofía. Por ello considera que su caso es parecido al de su ídolo William James, que nunca pudo acabar de decidirse por la psicología o la filosofía, una indecisión que, por otro lado, acabó convirtiéndole en un auténtico pionero en ambas disciplinas en los Estados Unidos.

Cuando llegó el momento en que Owen tuvo que decidirse por una carrera u otra, la visión psicológica dominante era el conductismo, y su énfasis en el estudio metódico de los estímulos y las respuestas en las ratas no le resultaba nada atractivo. Por ello se inclinó hacia la libertad y el rigor intelectual de la filosofía, disciplina en la que acabó licenciándose en la Boston University.

El interés de Owen por el papel que desempeñan las emociones en la vida mental acabó cristalizando en 1980, cuando se decidió a incluir un seminario sobre las emociones en el curso de filosofía de la mente que impartía en el Wellesley College. Entonces fue cuando descubrió un artículo científico escrito por Paul Ekman y sus colegas sobre la expresión de las emociones en el rostro humano, un estudio empírico que ha terminado abriendo todo un campo en la investigación de las emociones. Ese artículo fascinó a Owen porque le ofreció la primera evidencia sólida de la universalidad de las emociones humanas y señalaba hacia una cuestión filosófica muy importante relativa a la naturaleza humana: ¿Son los seres humanos esencialmente amorosos y compasivos o, muy por el contrario, egoístas, o tal vez se mueven en el continuo del espectro formado por ambos polos?

Las emociones ocupan un lugar muy destacado en el libro que Owen considera como su obra más importante, Varieties of Moral Personality, publicado en 1991, un libro en el que explora el papel que desempeñan las emociones en la naturaleza humana, la importancia de la ética y la relatividad de los criterios morales. Uno de los capítulos esenciales de ese libro se centra en las relaciones que existen entre la virtud, la felicidad y la salud mental. En el mejor de todos los mundos posibles –dice Flanagan, la bondad y la virtud conllevarían la felicidad y el bienestar mental. En el peor de los casos, la ética está en contradicción con las emociones. ¿En qué medida coinciden?

La construcción de una vida íntegra

Ataviado con un kurta indio de color beige que le llegaba hasta las rodillas, Owen se acomodó en la silla del presentador junto a Su Santidad. Según me había dicho, estaba un tanto nervioso, porque su estilo habitual de presentación es el típicoáneoyorquino, moviéndose por el escenario y hablando con rapidez, mientras que aquí debería permanecer sentado y hablar de un modo deliberadamente lento, para que Su Santidad no tuviera dificultades en seguirle.

"Es un gran honor para mí estar aquí y tener la oportunidad de hablar con Su Santidad y con el resto de los monjes y colegas occidentales –comenzó Owen. Aunque todavía tengo muchas cosas que aprender, trataré de esbozar una imagen global del modo en que los occidentales, en general, y los filósofos, en particular, hemos pensado en el papel que desempeñan las emociones –las virtudes en la creación de una vida íntegra.

"Cuando estaba preparando mi ponencia, advertí que la filosofía –al menos la filosofía occidental no tiene en cuenta aisladamente a las emociones, sino que siempre las aborda en función de su mayor o menor contribución a una vida íntegra. ¿De qué modo pueden las emociones facilitar o dificultar el proceso de convertirse en una buena persona?

"Trataré de tocar algunos temas que sé que mis compañeros también abordarán en torno a las relaciones existentes entre la ciencia descriptiva o explicativa y la ética y también hablaré del modo en que la ética se refiere a las emociones. Al igual que, en el seno del budismo, existen muchas tradiciones diferentes, Occidente también dispone de rauchas tradiciones distintas, algunas de las cuales desdeñan las emociones como algo terrible, mientras que otras las consideran como algo muy positivo, Una parte de mi presentación intentará esbozar algunas de nuestras visiones y actitudes en torno a las emociones y tratará asimismo de describir, desde el sitial filosófico que me han concedido, los estados mentales que Occidente considera más valiosos.

"Las conversaciones que he sostenido con Matthieu me han llevado al convencimiento de que existen grandes diferencias al respecto entre la visión budista y la visión occidental. Nosotros valoramos muy positivamente el respeto hacia uno mismo, la autoestima, el amor propio y la autorrealización y también tenemos ciertas ideas acerca de la importancia del amor, incluido el amor romántico y la amistad, que sospecho que son muy diferentes."

Una ética sin religión

"He pensado que tal vez sería útil comenzar diciendo algo sobre el trabajo al que he dedicado toda mi vida. Y, aunque ello me resulta un tanto difícil, porque suena como si mi vida hubiera terminado, lo cierto es que, sin pecar de grandilocuente, las cuestiones relativas a la naturaleza de la mente, de la moral y del significado de la vida me preocupan desde que tenía trece o catorce años. Parte de mi interés en estos temas se deriva del hecho de haber perdido la fe en la iglesia católica y romana y de la consiguiente preocupación por cuestiones como la importancia de la moral en un mundo que ha sido abandonado de la mano de Dios."

Educado en el seno de una familia católica tradicional del condado de Westchester, cerca de Nueva York, Owen recuerda a su padre como un católico un tanto fanático. Su insistencia en el pecado, en el Cielo y en el Infierno resultaba excesiva para el tímido y ansioso Owen, que comenzó su educación a los cinco años en una escuela de monjas. Tal vez su precoz inclinación filosófica se derivó de su preocupación por el miedo al pecado y al Infierno.

Su primera manifestación de rebeldía en contra de las limitaciones de la religión establecida se produjo cuando todavía era muy joven. Uno de sus tíos favoritos –que había abandonado hacía tiempo la iglesia católica estaba a punto de casarse en una iglesia episcopal, y la madre de Owen, una piadosa católica romana, quería naturalmente asistir a la boda de su hermano. Cierta noche, Owen escuchó por casualidad una conversación en la que su madre contaba a su padre que el cura le había prohibido ir a la boda porque su hermano no quería casarse por la iglesia, a lo que Owen exclamó gritando desde el cuarto contiguo: "­El padre O'Connor es un asno!".

Alos trece años, Owen abandonaba a hurtadillas la misa dominical para ir a comer tortitas de harina con los amigos. Su padre, temiendo que pudiera seguir el camino de su tío favorito, le regaló una versión abreviada de la Summa Theologica de santo Tomás de Aquino, que incluía sus famosas cinco demostraciones de la existencia de Dios. Cuando Owen leyó el libro, quedó fascinado por la precisión analítica de los argumentos esgrimidos por el aquinita y, aunque descubrió ciertos errores lógicos en alguna de las argumentaciones, quedó profundamente impresionado por aquel despliegue de la inteligencia.

El primer día del curso de filosofía en Fordham supuso una verdadera conmoción para Owen. Su profesor, un joven filósofo de Yale, dijo: "Platón sitúa al Bien...", y a partir de entonces quedó cautivado. Él tenía una vaga idea de lo que estaba postulándose, pero nunca antes había experimentado nada así. El artículo determinado que precedía al sustantivo "Bien" le quitó el aliento. Ese año trabó conocimiento con las filosofías de Platón, Aristó–teles, Nietzsche y Kant –cuya obra, por cierto, le resultó completamente incomprensible y determinó su futuro como filósofo. Pero a Owen también le gustaron algunos de los cursos de psicología que estudió ese mismo año, especialmente uno sobre historia de la psicología, impartido por un sacerdote húngaro y orientado a investigar los presupuestos filosóficos en los que se asientan las distintas teorías. Esta combinación entre la exploración científica y filosófica de las cuestiones fundamentales acabó convirtiéndose para Owen en una auténtica pasión intelectual. Desde entonces no ha perdido ocasión para afrontar el reto intelectual de buscar respuesta a las grandes cuestiones éticas sin necesidad de recurrir a ninguna doctrina religiosa.

Owen concluyó sus consideraciones preliminares diciendo que, en Ética para un nuevo milenio, el Dalai Lama había asumido la misma perspectiva:

–Sé que Su Santidad ha insistido en muchos de sus libros que su aspiración fundamental es la de contribuir a forjar un estilo de vida que pueda ser aceptado por personas procedentes de tradiciones religiosas muy diferentes –e incluso de ninguna tradición religiosa algo que, en mi opinión, resulta absolutamente necesario.

Los hechos versus los valores

Luego Owen abordó el modo en que la filosofía occidental y el budismo contemplan las emociones, un tema que sirvió para el debate posterior de esa jornada:

"Quisiera hacer una última observación preliminar: Las conversaciones que he mantenido con Matthieu y los libros que he leído de Su Santidad me han permitido advertir la existencia de una diferencia esencial en nuestros respectivos abordajes al tema de las emociones. En Occidente, establecemos una gran diferencia entre la frase "Hay flores en esta habitación" y la frase "Las flores que hay en esta habitación son hermosas" y consideramos la primera como la mera descripción de un hecho y la segunda como la expresión de un juicio de valor o una norma relativa, en este caso, a la dimensión estética.

"Los científicos nos hablan de los correlatos cerebrales que acompañan a una emoción como la ira o el miedo, por ejemplo. Si consideramos la ira o el miedo como buenos o malos, estamos pensando en ellos de un modo que tiene que ver, en cierto sentido, con la filosofía. Es decir que, cuando no nos limitamos a decir que "Hay flores en esta habitación", sino que afírmamos que "Las flores que hay en esta habitación son hermosas", estamos realizando un juicio de valor, en este caso, un juicio estético".

Esta afirmación suscitó un largo debate entre los tibetanos en torno a la distinción filosófíca que existe entre hecho y valor que, en el caso de Occidente, está obviamente asociado a la objetividad y a la subjetividad, respectivamente. Como ocurriría a lo largo de todo el diálogo, el Dalai Lama formuló entonces una pregunta en tibetano que Jinpa tradujo al inglés:

–¿Está usted insinuando que la visión budista no establece también esta misma distinción?

–Yo creo que, a este respecto, existe una importante diferencia entre ambas tradiciones –replicó Owen que trataré de dilucidar a lo largo de toda esta semana. Cuando leo en sus libros El arte de la felicidad y Ética para un nuevo milenio, por ejemplo, que usted dice: "Yo creo realmente en la naturaleza esencialmente compasiva del ser humano", mi reacción es la de que está en lo cierto al pensar quepodemos ser compasivos. Pero –agregó Owen, mientras Su Santidad sonreía la tradición occidental no está tan segura de que la naturaleza profunda del ser humano sea tan compasiva, algo que quedará muy claro cuando abordemos el modo en que Occidente concibe la naturaleza humana.

Varias cuestiones filosóficas

Owen proyectó entonces una diapositiva que mostraba la relación entre las distintas disciplinas académicas y añadió:

"Ésta es, aproximadamente, mi forma de trabajo. Cuando abordo un problema, ya sea sobre la naturaleza de la conciencia o sobre la vida íntegra, lo primero que me interesa es lo que las personas dicen introspectivamente sobre su experiencia, es decir, lo que los científicos y filósofos occidentales denominan fenomenología. Y después de haber considerado todo lo que se afirma introspectivamente, tengo en cuenta lo que, según los neurocientíficos, sucede a nivel cerebral.

"Como muchos de mis colegas, yo también estoy muy interesado en los descubrimientos realizados por la biología evolutiva. Los occidentales solemos abordar el tema de las emociones desde una perspectiva fundamentalmente darwiniana, es decir, consideramos las emociones como un legado de las especies ancestrales de homínidos que precedieron al homo sapiens. La primera pregunta que trataré de responder es la siguiente: "¿Qué es –si es que es algo– el ser humano, en lo más profundo, despojado de todos los ropajes culturales e históricos?". Y tengan en cuenta que apostillo "si es algo", porque hay quienes consideran que, independientemente de la cultura en que se halle inserto, el ser humano no es nada. No obstante, quienes asumimos la teoría evolutiva de Darwin creemos en la existencia de algunos rasgos humanos universales que forman parte del equipamiento, por así decirlo, del ser humano.

"La segunda pregunta tiene que ver con mis lecturas sobre el budismo tibetano y la obra de Su Santidad: "¿Apunta la búsqueda del ser humano hacia algún objetivo concreto?". Se trata de una pregunta fundamental para la ética occidental y, como veremos, también para el budismo. Por último, quisiera hablar además de la relación que existe entre la virtud y la felicidad, porque creo que se trata de algo que concierne a todo el mundo.

"La tercera pregunta es: "¿Qué es lo que convierte a alguien en una buena persona?", una pregunta que nos permitirá comprender el modo más adecuado de estructurar el psiquismo. ¿Cuál es el modo más adecuado de modificar, mitigar o erradicar las emociones, a través de la meditación o mediante los fármacos?

"Pero, antes de abordar todos estos temas, quisiera hablar brevemente sobre las emociones destructivas y sobre las emociones constructivas. A continuación, pues, enumeraré los estados de ánimo que, en Occidente, consideramos destructivos y constructivos, y luego entraremos directamente en tema... aunque debo advertirles que no estoy muy convencido de estar en lo cierto".
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