Prefacio de su santidad el decimocuarto dalai lama






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Un descubrimiento espectacular

El reflejo del sobresalto es una de las respuestas más primitivas de todo el repertorio de reflejos del ser humano, que implica una rápida sucesión de espasmos musculares en respuesta a un sonido súbito muy fuerte o a una imagen disonante Se trata de un reflejo que lleva a todo el mundo a contraer instantáneamente cinco músculos faciales que se hallan en torno a los ojos Este reflejo se inicia dos décimas de segundo después de oír el sonido y ftnaliza aproximadamente medio segundo después de él, de modo que la misma estructura de nuestro sistema nervioso impone la necesidad de que, desde el comienzo hasta el final, el proceso emplee un total de unas tres décimas de segundo.

Como ocurre con todos los reflejos, el reflejo del sobresalto se origma en la actividad del tallo cerebral, la región más primitiva del cerebro a la que también se conoce con el nombre de cerebro reptiliano Y como sucede también con el resto de los reflejos propios del tallo cerebral –y a diferencia de los que caracterizan al sistema nervioso autónomo (como el que controla el ritmo del latido cardíaco, por ejemplo)–, este reflejo se halla muy lejos de todo posible control voluntario No existe, pues, desde la perspectiva de la ciencia, mecanismo intencional alguno que pueda modificar el reflejo del sobresalto.

Ekman estaba mteresado en estudiar el reflejo del sobresalto, porque su intensidad constituye un buen predictor de la magnitud de las emociones negativas que experimenta una determmada persona, especialmente el miedo, la ira, la tristeza y el disgusto Así pues, según ciertos estudios, cuanto más se sobresalta una persona, más intensas tienden a ser sus emociones negativas, y no parece existir relación alguna entre el sobresalto y sentimientos positivos como la alegría, por ejemplo .

Para determinar la magnitud del reflejo del sobresalto de Oser, Ekman se dirigió al laboratono de psicoftsiología de su colega Robert Levenson, en la University of California en Berkeley, ubicada al otro lado de la bahía de San Francisco Allí determinaron la tasa cardíaca y la respuesta de sudoración de Oser al tiempo que grabaron en vídeo sus expresiones faciales para registrar sus respuestas fisiológicas ante un fuerte sonido Para eliminar cualquier posible diferencia debida a la intensidad del sonido, eligieron el límite superior del umbral de tolerancia humana, un sonido tan intenso como el ruido de un disparo o el estallido de un petardo cerca del oído.

Oser se atuvo al protocolo estándar, que consistía en contar desde diez hasta uno, momento en el cual escucharía un fuerte ruido La propuesta era la de tratar de suprimir el inevitable respingo de modo que, si alguien le mirase, no pudiera advertir lo que sentía. Se trata, por supuesto, de un ejercicio que algunas personas realizan mejor que otras, pero que nadie puede, ni siquiera remotamente, suprimir. Un estudio clásico llevado a cabo en los años cuarenta demostró la imposibilidad de controlar de manera deliberada los espasmos musculares que acompañan al reflejo del sobresalto. Hasta ese momento, ninguno de los sujetos con los que Ekman y Robert Levenson habían trabajado pudo suprimirlo, y la investigación realizada anteriormente había puesto de relieve que, hasta los tiradores de la policía, familiarizados con ese tipo de ruido, son capaces de impedirlo.

Pero lo más sorprendente fue que Oser casi eliminó por completo el reflejo de sobresalto.

–Cuando Oser trata de suprimir el sobresalto –comentó Ekman al Dalai Lama, éste casi llega a desaparecer jamás había conocido a nadie que pudiera hacer eso Ni yo ni ningún otro investigador Se trata de un descubrimiento realmente espectacular Pero, hasta el momento, ignoramos el fundamento anatómico que pueda permitir la supresión de este reflejo.

Durante este experimento, Oser practicó dos tipos de meditación, la concentración en un punto y el estado de apertura, que también habían sido comprobados durante su paso por el RMNf de Madison Quizá cuando concluya el análisis de todos esos datos dispongamos de pistas que nos revelen las regiones cerebrales implicadas en la eliminación de este reflejo.

En opinión de Oser, el efecto más grande se produjo durante el estado de apertura "Cuando entré en el estado de apertura, el ruido me pareció más suave, como si me hallase a distancia de las sensaciones y las escuchara a lo lejos" De hecho, éste era el experimento en el que Oser tenía depositada una mayor confianza, de modo que quiso acometerlo en el estado de apertura. Ekman señaló que, aunque la fisiología de Oser mostraba cambios muy ligeros, no se movió ningún músculo de su rostro, lo que Oser interpretó como que su mente no se vio conmovida por el ruido. Ciertamente, y como él mismo señaló posteriormente: "Si uno puede permanecer en ese estado, todo sonido parece neutro, como un pájaro surcando el cielo".

Pero, aunque Oser no mostrase la menor alteración de su musculatura facial mientras se hallaba en el estado de apertura, sus datos físiológicos (la tasa cardíaca, la sudoración y la presión de la sangre) evidenciaban los cambios típicos del reflejo del sobresalto. En opinión de Ekman, el mutismo expresivo más estable se produjo durante la modalidad meditativa de concentración en un punto ya que, en tal caso, en lugar del inevitable respingo hubo una disminución en la tasa cardíaca, la presión sanguínea, etcétera, de Oser, al tiempo que sus músculos faciales reflejaban ligeramente, por el contrario, la pauta típica del sobresalto. "Es cierto que los movimientos eran muy pequeños –puntualizó Ekman, pero no lo es menos que se hallaban presentes. No obstante, también debo señalar la presencia de un rasgo muy inusual ya que, en todos los sujetos experimentales con los que hemos trabajado, las cejas bajan mientras que, en el caso de Oser, por el contrario, suben."

En resumen, pues, la concentración en un punto parecía cerrar a Oser a los estímulos externos, aunque se tratara de un sonido tan fuerte como el de un disparo. Si recordamos lo que anteriormente dijimos acerca de que, cuanto más intenso es el reflejo de sobresalto, mayor parece ser la tendencia de la persona a experimentar emociones perturbadoras, esta investigación parece tener implicaciones muy ínteresantes, sugiriendo un nivel muy notable de ecuanimidad emocional... la misma ecuanimidad, por otra parte, tantas veces señalada por los textos antiguos como uno de los frutos de este tipo de práctica meditativa.

–Yo creía –concluyó Ekman, dirigiéndose al Dalai Lama con un tono de admiración en su voz– que se trataba de un ruido tan intenso que era muy improbable que nadie pudiera evitar ese reflejo tan primitivo y veloz. Pero, por lo que parecen demostrar los resultados de la investigación realizada sobre la práctica meditativa, es muy prometedor.

Y ciertamente así fue.

El poder del amor

Si notables fueron los resultados neurológicos del estudio de Oser, no lo fueron menos los de otra línea de investigación centrada en los efectos de la practica meditativa sobre las relaciones sociales. En este experimento, Oser conversaría con una persona sobre un tema en el que estuvieran en desacuerdo, registrando simultáneamente diversas variables fisiológicas para determinar el impacto de esta discrepancia.

Sus interlocutores iban a ser dos científicos con una visión racionalista del mundo –uno muy amable y el otro más bien recalcitrante, y el tema de conversación –la reencarnación y si merece la pena abandonar la ciencia para convertirse en monje (como había hecho Oser)– garantizaría de partida el desacuerdo. Paul describió a uno de sus interlocutores, un premio Nobel de unos setenta años, como "una de las personas más amables que he conocido", aunque su visión sobre los temas debatidos fuera opuesta a la de Oser. El otro era un profesor que, en opinión de todo el mundo, era la persona más controvertida y difícil del campus, una persona tan exasperante que, cuando llegó el momento de la investigación, ­se negó a participar! Por ello, Ekman se vio obligado a elegir un segundo contendiente, una persona conocida por su estilo agresivo y confrontativo.

Durante las conversaciones, la respuesta fisiológica de Oser y de sus interlocutores fueron controladas y también se registró su expresión facial en vídeo.

–Las respuestas fisiológicas de Oser eran casi las mismas sin importar a quien se dirigiera –concluyó Ekman, pero sus expresiones eran muy diferentes.

Y es que Oser sonrió más a menudo y también más simultáneamente con la persona amable que con la confrontativa.

Cuando el profesor amable discutía sus diferencias de opinión con Oser, ambos sonreían, mantenían el contacto visual y hablaban fluidamente. De hecho, lo pasaron tan bien hablando de sus diferencias que siguieron haciéndolo cuando concluyó el experimento.

–Pero –prosiguió Ekman las cosas fueron muy distintas con el otro interlocutor.

Al comienzo del experimento, sus registros fisiológicos mostraban una intensa excitación emocional, pero al finalizar los quince minutos de intercambio, ese valor había disminuido, como si la conversación que hubiera mantenido con Oser le hubiera calmado. De hecho, al concluir el experimento, dijo:

–No podía enfrentarme a él. Siempre tropezaba con razones y sonrisas. Es apabullante. Sentía algo extraño –como una sombra o un aura que me impedía mostrarme agresivo.

–Eso –concluyó Ekman era precisamente lo que yo esperaba que ocurriese. La relación con alguien que no responde a una provocación, o que la devuelve de un modo amable y respetuoso, resulta sumamente beneficiosa.

En el último experimento, Ekman y Robert Levenson mostraron a Oser dos películas utilizadas en la formación de los futuros médicos que llevaban empleando desde hacía más de tres décadas en la investigación sobre las emociones porque resultan bastante desagradables. Una de ellas nos muestra a un cirujano que parece estar amputando un brazo con un escalpelo y una sierra cuando, en realidad, está preparando el muñón para acomodar una prótesis. Pero la cámara sólo se centra en la extremidad, de modo que uno nunca tiene una visión global y parece estar asistiendo a una película gore. En la otra, uno presencia el dolor de un paciente aquejado de graves quemaduras, mientras los médicos le arrancan parte de la piel. Se trata de dos películas que suelen evocar la repugnancia de la mayoría de los sujetos que las presencian.

Ésa fue también la emoción que experimentó Oser cuando contempló la película de la amputación, pero también señaló que le recordaba las enseñanzas budistas sobre la transitoriedad y las cuestiones desagradables que se ocultan en el cuerpo humano, aun cuando éste tenga un aspecto atractivo. Su reacción a la otra película, sin embargo, fue completamente diferente. "Cuando Oser ve a la persona completa –señaló Ekman experimenta compasión." En tal caso, sus pensamientos giraban en torno al sufrimiento humano y al modo de aliviarlo, y los sentimientos que experimentó fueron una sensación de afecto y de preocupación mezclados con una tristeza intensa aunque no desagradable.

La respuesta de asco de Oser durante la película de la amputación fue poco intensa y sólo reflejaba la excitación fisiológica que suele acompañar a dicha emoción. Pero su respuesta fisiológica a la segunda película evidenciaba signos de mayor relajación que los que había mostrado durante el estado de descanso.

El informe de Ekman sobre los resultados de los experimentos realizados por Oser concluía señalando la presencia de "descubrimientos que jamás había encontrado en treinta y cinco años de investigación". En suma, pues, los resultados de Oser eran extraordinarios.

El proyecto personas "extraordinarias"

De hecho, Ekman quedó tan impresionado –y científicamente tan intrigado con los resultados que tomó la decisión de llevar a cabo una investigación sistemática con sujetos "extraordinarios" como Oser.

Esta decisión jalonó, a mi entender, un punto crucial de la psicología moderna que, hasta entonces, había centrado casi exclusivamente su interés en los aspectos problemáticos, anormales y ordinarios de la mente. Sólo en muy contadas ocasiones, los psicólogos –especialmente psicólogos tan importantes como Paul Ekman han dirigido su atención hacia personas que se hallan, de algún modo (no sólo intelectualmente), por encima de la media. Así fue como el anuncio de Ekman de que se disponía a abrir una linea de estudio con personas que exhibían cualidades humanas sobresalientes puso claramente de relieve esa carencia tradicional de la psicología.

Sólo muy recientemente, la psicología ha emprendido de manera explicita programas para el estudio de los aspectos positivos de la naturaleza humana. Encabezado por Martin Seligman –psicólogo de la University of Pennsylvania famoso por su investigación sobre el optimismo, comienza a advertirse la presencia de un movimiento en ciernes hacia lo que se denomina "psicología positiva", es decir, la investigación científica del bienestar y de las cualidades más positivas del ser humano. Pero, aun dentro del marco de esta psicología positiva, el proyecto propuesto por Ekman va más allá de la visión científica de la bondad y trata de determinar los límites más elevados del ser humano.

La visión científica de Ekman le obliga a ser muy concreto en torno a lo que entiende por "extraordinario". En este sentido, hay que decir que esas personas existen en todas las culturas y en todas las tradiciones religiosas –especialmente las contemplativas y que, independientemente de su religión, comparten cuatro cualidades diferentes.

En primer lugar, se trata de personas que emanan una sensación de bondad, una cualidad que los demás pueden llegar a advertir. Y no se trata de una cualidad difusa o de un aura afectuosa, sino que es un reflejo claro del verdadero estado de la persona. Y, con el fin de detectar a los posibles "fraudes", Ekman propuso "no centrarse exclusivamente en el criterio del carisma –porque hay muchas personas con una vida pública en apariencia ejemplar y una vida personal deplorable, sino seleccionar tan sólo a quienes evidencien una transparencia entre la vida pública y la vida personal".

La segunda de esas cualidades es la falta de interés personal, ya que las personas "extraordinarias" muestran una gran despreocupación por el status, la fama y el ego. Son personas a las que no les preocupa el reconocimiento de su posición o de su importancia. "Su falta de egoísmo –añade Ekman es psicológicamente muy notable."

La tercera cualidad es una presencia personal que los demás encuentran nutricia. "Son personas –explicaba Ekman con las que los demás quieren estar porque con ellos se sienten a gusto, aunque no sepan explicar bien por qué." De hecho –y aunque Ekman no lo explicitase claramente, el mismo Dalai Lama constituye un ejemplo patente en este sentido. Hay que señalar que el tratamiento tibetano con el que se le conoce no es el de "Dalai Lama", sino el de Kundun que, en tibetano, significa "presencia".

Por último, los individuos "extraordinarios" poseen "una asombrosa capacidad de atención y de concentración", algo que, en opinión de Ekman, también ejemplifica perfectamente el Dalai Lama.

–En la mayoría de las reuniones científicas –señaló posteriormente Ek–man, cualquiera que hable con sinceridad reconocerá fácilmente que nuestra mente va a la deriva. Así, mientras escuchamos hablar a alguien, nuestra mente empieza a divagar sobre dónde iremos a cenar, luego vuelve durante unos instantes a la conversación y después se dirige hacia el trabajo o hacia algún posible experimento inspirado por la charla. Pero, durante los cinco días de diálogo con el Dalai Lama, me diácuenta de que Su Santidad jamás pierde el hilo de la conversación. Es una de las personas más atenta y que mejor escuchan que nunca haya conocido. Y esa actitud es muy contagiosa porque debo decir que, en los cinco días que pasé con él, mi mente se desvió en muy pocas ocasiones.
Ekman reconoció que esa enumeración era provisional y pidió sugerencias al Dalai Lama. Tras un breve intercambio, el Dalai Lama subrayó que el cultivo del samadhi –la capacidad de concentración en un punto no es necesariamente una actividad espiritual:

–En sí mismo, el cultivo del samadhi o concentración en un punto no es especialmente espiritual pero, cuando se combina con la práctica espiritual, puede ser una ayuda muy poderosa. Se trata de una herramienta que puede ser utilizada en numerosa y diversas tareas cognitivas.

Pero –agregó– los estados mentales más espirituales, como la práctica del amor y la compasión, van acompañados de la empatía. No se trata de estados contraídos sino, muy al contrario, expansivos y que se asientan en la sensación de confianza y de coraje. Necesitamos descubrir el reflejo cerebral de este tipo de práctica espiritual. En el caso de Oser, se encuentran adecuadamente combinados, pero, en aras de la claridad de la investigación futura, sería útil diseñar estudios que pudieran servirnos para determinar los efectos de estos diferentes estados mentales.

En resumen, pues, cualquier persona puede aprender a concentrar su atención y a aplicar esa habilidad a no importa qué objetivo humano, desde cuidar a un niño hasta hacer la guerra. Pero la empatía y la compasión auténticas no sólo indican una bondad desde un punto de vista espiritual admirable, sino que también nos convierte en personas realmente "extraordinarias".

El cerebro plástico

Desde la perspectiva de la neurociencia, toda esta investigación no aspira tanto a demostrar la excepcionalidad de Oser o de cualquier otra persona como a expandir nuestra visión de las posibilidades del ser humano, algunas de las cuales ya han empezado a modificarse debido, en parte, a la revolución que ha supuesto el concepto neurocientífico de la plasticidad cerebral.

Hace sólo una década, sin ir más lejos, el dogma de la neurociencia afirmaba que, en el momento del nacimiento, el cerebro contiene ya todas sus neuronas y que éstas no se ven modificadas por la experiencia vital. Desde esa perspectiva, los únicos cambios que se producen a lo largo de la vida son variaciones menores en las conexiones sinápticas –las conexiones interneuronales y la muerte celular que acompaña al proceso de envejecimiento. Pero la ciencia cerebral ha asumido el nuevo lema de la neuroplasticidad, según el cual la experiencia modifica de continuo el cerebro, ya sea a través del establecimiento de nuevas conexiones neuronales como mediante la creación de nuevas neuronas. El adiestramiento al que se somete el músico que ejercita un instrumento a diario durante muchos años, por ejemplo, muestra perfectamente el concepto de neuroplasticidad. Los estudios realizados en este sentido con el RMN han puesto de relieve el desarrollo en las regiones cerebrales que controlan el movimiento de los dedos de la mano de un violinista, por ejemplo. Y este tipo de cambios cerebrales es mayor cuanto más temprano se acomete dicha práctica y más largo es el proceso de adiestramiento.4

Una cuestión relacionada con todo esto tiene que ver con la cantidad de práctica necesaria para provocar un cambio cerebral, especialmente en el caso de algo tan sutil como la meditación. Hoy en día resulta innegable que la práctica continuada ejerce un poderoso efecto en el cerebro, la mente y el cuerpo. Los estudios realizados en este sentido con personas que sobresalen en un amplio espectro de habilidades –desde maestros de ajedrez hasta concertistas de violín y atletas olímpicos evidencian transformaciones muy notables en sus fibras musculares y en sus capacidades cognitivas que les colocan en esa posición privilegiada.

Esos cambios son más intensos cuantas más horas de práctica se llevan a cabo. Cierta investigación determinó, por ejemplo, que, en el momento de ingresar en el conservatorio, los violinistas más destacados han practicado del orden de unas diez mil horas mientras que, quienes se hallan en el escalón inmediatamente inferior sólo llevan practicadas unas setecientas cincuenta horas.'Y es muy probable que la práctica de la meditación –que, desde una perspectiva cognitiva, puede considerarse como el esfuerzo sistemático de controlar la atención y las habilidades mentales y emocionales relacionadas produzca también efectos similares.

La experiencia meditativa de Oser superaba con mucho las diez mil horas de práctica, una práctica que había llevado a cabo durante varios retiros intensivos de meditación, los cuatro años que vivió en una ermita, sus primeros años de monje y los ocasionales períodos de retiro que practicó posteriormente.

Pero la humildad es una de las virtudes más características del desarrollo espiritual. No es de extrañar, pues, que, aunque Oser hubiera realizado un retiro de nueve meses que incluía la práctica diaria de ocho horas de visualización, insistiera en señalar que aún debía elaborar paso a paso la imagen mental; un grado de dominio que, en su opinión, no puede compararse al de los practicantes de la vieja generación de maestros tibetanos todavía vivos que han dedicado diez o más años de retiros solitarios al adiestramiento de su mente. Según afirma Oser, algunos practicantes muy experimentados son capaces de visualizar instantáneamente y con todo lujo de detalles una imagen compleja. Y también señaló que cierto yogui tibetano llega incluso a visualizar un panteón completo de setecientas veintidós imágenes diferentes. "Dejando de lado toda falsa modestia –dijo Oser, me considero un practicante más bien mediocre."

Oser se considera una persona normal y corriente cuyos logros –claramente evidenciados en el laboratorio son el simple resultado de una aspiración muy profunda y de un largo y sostenido proceso de adiestramiento de la mente.

–No hay que atribuirme a mí –dice Oser esas cualidades extraordinarias, sino al proceso mismo, un proceso que está al alcance de cualquiera que posea la aplicación y la determinación necesarias.

Modestia aparte, el funcionamiento cerebral de Oser parece evidenciar un caso extremo de la escala de cambios que se producen durante la meditación. Porque hay que decir que, si bien Oser es un virtuoso de la meditación, hasta los mismos principiantes evidencian también indicios de este tipo de cambios, algo que quedó muy claro en los datos expuestos por Davidson –durante uno de los encuentros anteriormente celebrados en Dharamsala acerca del funcionamiento cerebral de personas que acababan de iniciarse en la práctica meditativa de la atención plena (el lector interesado podrá encontrar más detalles a este respecto en el capítulo 14).

Esos estudios proporcionaron a Davidson una demostración fehaciente de que la meditación provoca cambios muy reales en el cerebro y en el cuerpo de los practicantes. Es cierto que los resultados de Oser evidenciaban los efectos de años de práctica sostenida, pero no lo es menos que los principiantes también muestran indicios del mismo tipo de cambios biológicos. Por ello, la siguiente pregunta que Davidson se formuló fue: "¿Acaso podríamos servirnos de diferentes tipos de meditación para modifícar los circuitos cerebrales asociados a los distintos aspectos de la emoción?".

Davidson es uno de los pocos neurocientíficos que se han atrevido a formular esta pregunta, porque su laboratorio utiliza una nueva técnica denominada imagen de tensor de difusión –que, hasta el momento, sólo se ha utilizado en la investigación de pacientes con enfermedades neurológicas, para poner de relieve las conexiones neuronales que existen entre las diferentes regiones del sistema nervioso. Este método puede ayudarle a responder a esa pregunta ya que su laboratorio es uno de los pocos que emplean esta técnica para la investigación básica en neurociencia, y el único que la utiliza para investigar los cambios en la conectividad interneuronal provocados por los métodos que modifican las emociones.

Pero lo más interesante de todo tal vez sea que las imágenes creadas por el tensor de difusión pueden ayudarnos a poner de relieve los sutiles procesos de remodelación en los que se basa el fenómeno de la neuroplasticidad cerebral. Este método permite que los científicos puedan identificar hoy, por vez primera, los cambios que se llevan a cabo en el cerebro humano cuando la experiencia repetida reconfigura las conexiones interneuronales, o permite el desarrollo de nuevas neuronas.6 Se trata de una nueva frontera de la neurociencia que nació en 1998 y que permitió a los neurocientíficos descubrir que el cerebro adulto está continuamente generando nuevas neuronas.7

Davidson es muy consciente de estar adentrándose en un territorio inexplorado cuya aplicación inmediata se centrará en la búsqueda de nuevas conexiones en los circuitos cerebrales básicos que regulan las emociones perturbadoras. Y uno de sus principales intereses es el de ver si el desarrollo de la capacidad de una determinada persona para controlar más eficazmente la ansiedad, el miedo o la ira va acompañado del desarrollo de nuevas conexiones interneuronales.

La habilidad introspectiva. La pieza crucial

Antoine Lutz –colaborador de la investigación dirigida por Francisco Varela, neurocientífico cognitivo y director de investigación del Centre National de la Recherche Scientifique de París se encargó de la última presentación. No olvidemos que Varela fue uno de los fundadores de los encuentros organizados por el Mind and Life Institute en los que se inserta el diálogo actual, y que también había participado en el último celebrado en Dharamsala. Lamentablemente, sin embargo, estaba atravesando las fases terminales de un cáncer de hígado y se hallaba demasiado enfermo como para desplazarse a Madison. Pero, a pesar de hallarse postrado en cama, Varela asistió por videoconferencia al encuentro de Madison desde su habitación de París, y, durante los dos días que duró, el Dalai Lama comenzó las sesiones informativas con un cariñoso saludo a su amigo al que conocía desde hacía varios años.

El objetivo de la investigación realizada por Varela y Lutz era el de diseñar una metodología que permitiera el estudio de los estados sutiles de la conciencia de personas expertas en la observación del funcionamiento de la mente que, al igual que Oser, supieran generar estados mentales concretos.8 Para ello controlaron lo que sucedía en el cerebro de Oser antes, durante y después del momento de reconocer una imagen, una secuencia que, en total, no supera el medio segundo.9

Las imágenes en cuestión eran estereogramas, esas imágenes –que tan de moda estuvieron hace unos años en las que una serie de formas coloreadas aparentemente desprovistas de sentido se revelan súbitamente como una imagen tridimensional. A primera vista, el ojo no percibe lo que se esconde detrás de las imágenes, pero repentinamente salta a la vista la imagen escondida. La investigación llevada a cabo por el equipo de Varela había realizado ese experimento con sujetos normales y corrientes y conocía lo que habitualmente sucede en todo el cerebro durante el momento del reconocimiento. Pero la experimentación realizada con Oser trataba de determinar la existencia de alguna diferencia significativa al respecto en la actividad cerebral de los meditadores. Para ese fin, Oser realizó la prueba en el estado de apertura, en el estado de concentración en un punto y durante una visualización.

Las observaciones de Varela y Lutz se centraron en la determinación de los distintos efectos provocados por cada una de esas diferentes modalidades de meditación (a las que describieron en términos más científicos como "estrategias de preparación atencional") en el momento de la percepción. Su intención era la de identificar la presencia de alguna diferencia en la actividad perceptual cuando el sujeto experimental no se hallaba en un estado mental ordinario, sino inmerso en un determinado estado meditativo. ¿Acaso existirían entonces cambios substanciales detectables en el funcionamiento del cerebro asociados a cada uno de los distintos estados? Los resultados de la investigación pusieron de relieve la existencia de pautas claramente distintas en el estado de apertura y en el estado de concentración enun punto.

Pero el propósito de la investigación de Varela no era tanto el de cartografiar el paisaje característico de las pautas cerebrales asociadas a la percepción propia de los diferentes estados meditativos como mostrar simplemente la existencia de esas diferencias. El objetivo último de la investigación realizada en París era el de demostrar –como Varela hacía tiempo que llevaba sosteniendo la importancia de trabajar con un observador avezado de la mente como el lama Oser.

En opinión de Varela y Lutz, la importancia científica de llevar a cabo este tipo de investigación con un meditador experto reside en analizar un determinado momento de percepción en el contexto del estado mental inmediatamente anterior." Por lo general, resulta imposible determinar el estado emocional concreto con el que los sujetos experimentales abordan el momento del reconocimiento, pero alguien con la práctica de Oser es capaz de permanecer en un estado concreto y estable poco antes de la percepción. Es así como, según Varela, los investigadores pueden, en tal caso, controlar con una precisión anteriormente inusitada el contexto en el que se produce el momento del reconocimiento, es decir, el estado mental presente décimas de segundo antes de que se produzca la percepción.

Su abordaje, pues, aspira a superar un problema que suele desconcertar a todo científico que se dedique a estudiar las relaciones que existen entre la actividad cerebral y los estados mentales. Los registros proporcionados por el RMNf y el EEG actúan a modo de microscopios que permiten la observación científica del cerebro durante el rango propio de un estado mental. Con demasiada frecuencia, sin embargo, estas técnicas sólo nos proporcionan datos aproximados y difusos porque los estados mentales de los sujetos experimentales son de lo más variopintos. De este modo, se da la curiosa paradoja de que los científicos disponen de instrumentos muy precisos, pero deben contentarse con utilizar sujetos experimentales (voluntarios y personas que pretenden ganar con ello un poco de dinero) que, en el mejor de los casos, sólo pueden proporcionar un relato muy aproximado del estado mental en que se encuentran.

La mayoría de los neurocientíficos piensan ingenuamente que basta con decirle a un sujeto que cree un determinado estado mental –como, por ejemplo, que visualice una determinada imagen, o que evoque un recuerdo emocional para que la persona en cuestión haga lo que se le pide durante todo el tiempo en que está registrándose su actividad cerebral. No es de extrañar que, basándose en esa candidez, los datos proporcionados por el procedimiento habitual estén saturados de incongruencias debidas a la imprecisión con la que los sujetos experimentales acometen hasta las más simples actividades mentales. La neurociencia cognitiva actual carece, pues, de un elemento fundamental para llevar a cabo determinaciones más precisas de la actividad mental, es decir, sujetosobservadores adecuadamente entrenados que no sólo sepan describir con precisión sus estados mentales, sino que también sean capaces de generarlos una y otra vez a voluntad.

Lo más notable, desde la perspectiva de la neurociencia, fue la coherencia de los estados mentales exhibidos por Oser. El protocolo seguido durante las sesiones experimentales de Madison exigía que Oser generase un determinado estado durante un minuto, que luego pasase, durante otro minuto, a un estado neutro y que repitiera esa misma secuencia cinco veces. Los datos analizados cuidadosamente por Davidson ponían de manifiesto la existencia de una elevada consistencia en la generación de la misma pauta de funcionamiento cerebral que, en el caso de la meditación de la compasión, por ejemplo, era diez millones de veces superior a la probabilidad debida al mero azar.

Por eso, el hecho de trabajar con Oser permitió a Davidson eludir los problemas de fiabilidad que se hubieran presentado en el caso de utilizar meditadores menos avezados. Por esta razón, Davidson resumió sus conclusiones provisionales de las sesiones de meditación de Oser con el tono de un experto que se refiere con admiración a un soberbio espécimen:

–En cada uno de los estados se aprecia la presencia de una actividad que afecta a todo el cerebro y algún que otro efecto focal. Y, hablando en términos muy generales, también resulta notable la presencia de una lateralidad muy equilibrada.

La cuestión primordial. El entrenamiento de la mente

¿Qué significa todo esto desde la perspectiva de la ciencia? Davidson lo resumió refiriéndose a El arte de la felicidad, un libro escrito por el Dalai Lama en colaboración con el psiquiatra Howard Cutler, en el que afirma que la felicidad no es un rasgo biológico inmutable que no experimente ningún tipo de transformación. En realidad, nuestro cerebro es muy dúctil, y, en consecuencia, el adiestramiento mental puede contribuir a aumentar nuestra cuota de felicidad.

–Es posible cultivar la felicidad porque la estructura misma de nuestro cerebro también puede ser modificada –dijo Davidson al Dalai Lama. Y los resultados de la moderna neurociencia nos invitan a seguir experimentando con otros sujetos adecuadamente entrenados para poder investigar con más detenimiento todos estos cambios. Hoy en día disponemos de métodos que muestran los cambios que provocan en el cerebro este tipo de prácticas y también, en consecuencia, podemos poner de relieve el modo más adecuado de mejorar nuestra salud física y mental.

Consideremos, por ejemplo, las implicaciones de la investigación realizada sobre la meditación. Algunos estudios se han llevado a cabo con meditadores principiantes a los que se hacía meditar durante largos períodos, pero su impericia (comparada con la de Oser) les impedía mantenerse en un estado suficientemente estable.1 Y qué duda cabe que todas esas imprecisiones dificultan la interpretación de los registros cerebrales obtenidos. También hay que decir, además, que algunos de los investigadores han extraído conclusiones más que cuestionables –referidas, por ejemplo, a las implicaciones metafísicas de sus descubrimientos que van mucho más allá de lo que parecen apuntar realmente los datos experimentales.

No obstante, los objetivos de la investigación sobre la meditación dirigida por Davidson son mucho más modestos y se asientan en paradigmas científicos ampliamente aceptados. En lugar de especular sobre las implicaciones teológicas de sus descubrimientos, Davidson se centra en el uso de meditadores expertos para comprender mejor lo que él denomina "rasgos alterados" de conciencia, es decir, transformaciones permanentes del cerebro y de la personalidad que promueven el bienestar."

Cuando Oser reflexionó en los datos del encuentro de Madison dijo lo siguiente: "Los resultados parecen evidenciar la posibilidad de que uno pueda seguir avanzando en el proceso de transformación y, como reiteradamente han afirmado algunos grandes contemplativos, acabe liberando su mente de las emociones conflictivas. Entonces empieza a cobrar sentido la noción de iluminación". La posibilidad de liberar la mente de las emociones destructivas trasciende el marco en el que se mueve la psicología moderaa. Pero el budismo, como muchas otras religiones, sostiene la posibilidad de alcanzar esta libertad interna ideal (el arquetipo del santo) como punto final de proceso de desarrollo del potencial humano.

Cuando le pregunté al Dalai Lama su impresión sobre los resultados de la experimentación realizada con Oser –como, por ejemplo, su capacidad de eliminar el reflejo del sobresalto respondió: "Me parece muy interesante que Oser evidencie algunos signos de capacidad yóguica" (utilizando el término yóguico no en el sentido de una práctica limitada a un par de horas a la semana, sino en su sentido clásico referido a la persona que entrega su vida al cultivo de las cualidades espirituales).

–Existe un refrán tibetano –prosiguió el Dalai Lama que dice: "Lo que realmente hay que aprender es la humildad y la disciplina mental. El verdadero meditador sabe disciplinar su mente y se ha liberado de las emociones negativas". Es a ello, precisamente, a lo que nosotros aspiramos y no al logro de determinadas proezas o milagros.

Dicho en otras palabras, la auténtica medida del desarrollo espiritual no consiste tanto en el logro de determinados estados excepcionales o en la realización de hazañas de autocontrol físico (como anular el reflejo del sobresalto, por ejemplo), sino en llegar a controlar emociones destructivas como la ira y los celos.

Uno de los beneficios de esta agenda científica podría ser el de ayudar a las personas a controlar mejor sus emociones destructivas practicando algunos de los métodos de adiestramiento de la mente. Cuando le pregunté al Dalai Lama cuáles eran, en su opinión, las ventajas de esta línea de investigación, respondió:

–Este tipo de entrenamiento puede ayudar a que las personas se tranquilicen, sobre todo aquellas que experimentan muchos altibajos. Ésta es la conclusión de la investigación realizada sobre el entrenamiento budista de la mente. Y ése es también mi principal objetivo. Yo no pienso tanto en difundir el budismo, como en los beneficios que puede reportar la tradición budista a la sociedad. Obviamente, como budistas, nosotros siempre oramos por el bienestar de todos los seres, pero somos seres humanos y lo más importante que podemos hacer es entrenar nuestra mente.

El encuentro de Madison al que se refiere este capítulo había sido inspirado por el diálogo celebrado el año anterior en Dharamsala, donde muchos de los científicos pasaron cinco días explorando, junto al Dalai Lama, la naturaleza de las emociones destructivas y lo que podemos hacer para contrarrestarlas. El relato de ese diálogo y de las preguntas que allí se esbozaron constituye el armazón fundamental de nuestro libro. Pero antes de abordar lo ocurrido en Dharamsala convendrá echar previamente un vistazo al curioso interés que el Dalai Lama siempre ha mostrado por la ciencia.
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