Prefacio de su santidad el decimocuarto dalai lama






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Un día muy, muy bueno

Tras un breve período de descanso, Oser se dirigió de nuevo a la sala para someterse a la siguiente batería de pruebas que, en esta ocasión, recurrían al uso de un electroencefalógrafo (un instrumento empleado para medir las ondas cerebrales al que también se conoce como EEG).

La mayor parte de las investigaciones electroencefalográficas realizadas se llevan a cabo utilizando treinta y dos sensores conectados a diferentes regiones del cuero cabelludo para registrar la actividad eléctrica cerebral... y muchos de ellos no usan más que seis. Pero, en esta ocasión, el cerebro de Oser sería controlado dos veces empleando para ello dos cascos electroencefalográficos distintos provistos de ­ciento veintiocho y doscientos cincuenta y seis sensores, respectivamente! La primera de las pruebas utilizaría el casco de ciento veintiocho sensores y registraría los datos mientras Oser seguía los mismos pasos y atravesaba los mismos estados meditativos del experimento anterior. La segunda prueba utilizaría el casco de doscientos cincuenta y seis sensores y combinaría sinérgicamente los datos recopilados durante la prueba anterior con el RMN.

Sólo existen cuatro o cinco laboratorios de neurociencia que utilicen el registro electroencefalográfico de doscientos cincuenta y seis sensores. El análisis informático de este tipo de lecturas múltiples del cerebro mediante programas de software llamados "de localización de fuente" facilita una triangulación que permite determinar con gran detalle el origen de una determinada señal neuronal. De este modo, es posible acceder a regiones cerebrales muy profundas, algo que los datos habituales del electroencefalograma –que sólo controla la capa superior del cerebro están lejos de poder brindarnos.

Oser se dirigió animadamente hacia la sala en que se hallaba el electroencefalógrafo, dispuesto a seguir la misma rutina. Pero, en esta ocasión, no metió la cabeza entre las fauces del RMN, sino que permaneció sentado en una cómoda silla y se encasquetó una especie de gorrc de baño parecido a una cabeza de medusa de la que salían multitud de alambres delgados a modo de espaguetis. En este caso, la sesión duró otras dos horas.

El lama en el laboratorio

Después de haber pasado la prueba, alguien le preguntó a Oser si las condiciones del RMN habían obstaculizado su capacidad de meditar. "Es cierto que el ruido era desagradable –respondió–, pero afortunadamente también era repetitivo, con lo cual no tardas en olvidarte de él y no dificulta gran cosa la meditación. Me parece mucho más determinante el estado de ánimo en el que te encuentras ese día." Y, como el análisis de los datos no tardaría en revelar, el estado en que Oser se encontraba ese día –y muy probablemente también todos los días era bueno, muy bueno.

Una predisposición especial hacía la ciencia

A la mañana siguiente, un cortejo de coches de la policía y de la oficina de seguridad diplomática del Gobierno escoltaba un coche oscuro que iba perfilándose cada vez más claramente entre la lluviosa bruma con que nos saludó el día. El automóvil acabó deteniéndose ante el Waisman Center –el edificio en el que está ubicado el laboratorio Keck–, y de él salió el Dalai Lama, que saludó con una sonrisa resplandeciente a Davidson y le dijo que le gustaría dar una vuelta por el laboratorio antes de acudir a la reunión programada para informarse de los resultados de la investigación realizada con Oser.

Entonces, Davidson acompañó al Dalai Lama a una sala de reuniones y le proporcionó una visión general de las instalaciones y de las investigaciones que solían llevarse a cabo en el laboratorio. Davidson recordó que habian sido sus anteriores contactos con el Dalai Lama los que habían despertado su atención científica hacia las emociones positivas y que se había visto gratamente sorprendido cuando escuchó al Dalai Lama decir que el vínculo existente entre la madre y su hijo es uno de los orígenes de la compasión, así como también su expresión más natural. Cuando Davidson, que estaba a punto de emprender un programa de investigación en torno a la compasión, le preguntó al Dalai Lama si tenía algunas ideas acerca de la mejor forma de fomentarla, éste –siempre dispuesto a bromear replicó: "­Claro que sí, inyectándola!".

La primera parada del recorrido del Dalai Lama por el laboratorio fue la sala en la que una serie de técnicos estaban afanándose febrilmente con sus ordenadores para extraer algunas conclusiones provisionales del mar de datos acumulados durante el experimento realizado el día anterior con Oser. Davidson señaló al Dalai Lama una de las pantallas, que mostraba la imagen de un cerebro lleno de manchas de color que representaban los distintos niveles de actividad de distintas regiones del cerebro de Oser.

Desde hace mucho tiempo, el Dalai Lama está interesado por muchas cuestiones científicas –como, por ejemplo, la naturaleza de la concienciay también se ha preocupado por conocer los métodos que pueden responder a sus dudas. Una de estas cuestiones –el poder de la mente (o de la conciencia) para movilizar al cerebro se puso de relieve cuando Davidson le mostró el RMN.

–Este aparato nos permite precisar con gran detalle el origen concreto de una determinada actividad cerebral en el mismo momento en que ésta ocurre –comentó Davidson. Y luego añadió que los valores del EEG y del RMN son la velocidad y la precisión espacial, respectivamente. Así pues, el RMNf permite discriminar con precisión milimétrica los cambios que se producen en el cerebro, mientras que el EEG computerizado, por su parte, puede detectar esos mismos cambios con una precisión de una milésima de segundo, una explicación que suscitó la siguiente pregunta del Dalai Lama:

–¿Puede usted demostrar que el pensamiento precede a la acción? ¿Puede afirmar con total seguridad que, antes de que se produzca un cambio en el cerebro, se ha producido un pensamiento?

La conversación que mantuvieron entonces sorprendió gratamente a Davidson porque el Dalai Lama mostraba una profunda comprensión de los datos y métodos de la ciencia, un talento que suele evidenciarse en sus conversaciones con los científicos. Como dijo el mismo Davidson: "Su Santidad comprende cosas que sólo suelen entender los especialistas".

Un bisturí digital

Los datos del RMNf de Oser que iban saliendo de los ordenadores de la sala de control entraban directamente en otra serie de ordenadores conectados en paralelo, que se encargaban de llevar a cabo un análisis matemático de los datos puros de la actividad cerebral de Oser, despojados ya de toda imagen. Finalmente, un programa informático acabaría determinando el perfil de las pautas cerebrales de Oser en un "espacio estándar", una especie de cerebro uniforme modélico que permite la comparación entre la actividad de diferentes cerebros.

En condiciones normales, el procesamiento de todos esos datos suele requerir varias semanas de trabajo durante las cuales los veinte o treinta proyectos de investigación en curso en el laboratorio de Davidson compiten por el uso de los ordenadores. Pero, en esta ocasión, Davidson quería presentar algún resultado provisional al Dalai Lama en una reunión prevista para las ocho de la mañana del día siguiente y, por ello, se vio obligado a comprimir todo el proceso en medio día. Por este motivo, que el proceso informático de análisis de datos prosiguió día y noche, hasta que el último analista abandonó el laboratorio a las cinco menos cuarto de la madrugada para descansar un par de horas y recomenzar a eso de las siete.

Los datos técnicos de todo este proceso son demasiado vastos y complejos como para detenernos aquí en ellos. Bastará, por tanto, con decir que, cuando la sesión de la tarde estaba a punto de empezar, uno de los analistas que llevaba más de veinticuatro horas ante la pantalla del ordenador le entregó a Davidson un avance provisional de los resultados del RMNf.

Esos resultados evidenciaban claramente que Oser poseía una capacidad muy superior a la media para controlar de forma voluntaria su actividad cerebral mediante procesos estrictamente mentales. Hay que tener en cuenta, en este sentido, que la mayoría de los sujetos no entrenados a los que se les propone una tarea mental son incapaces de centrar en exclusiva su atención en ella y que, en consecuencia, sus datos presentan un considerable ruido añadido.

Pero, en el caso de Oser, existían claros indicios de que las distintas estrategias mentales puestas en marcha iban acompañadas de cambios muy concretos en las señales del RMN. Así pues, los resultados preliminares parecían demostrar que, en su caso, cada una de las modalidades de funcionamiento mental determina una pauta de actividad cerebral netamente distinta. Hay que decir que, exceptuando los casos en que se trata de cambios tan burdos como el que conduce de la vigilia al sueño, por ejemplo, este tipo de relación tan evidente entre un determinado estado mental y una actividad cerebral específica no resulta nada habitual. Sin embargo, los registros del funcionamiento cerebral de Oser mostraban una pauta claramente distinta en cada uno de los seis estados meditativos considerados.

La neuroanatomía de la compasión

Aunque los descubrimientos del RMNf eran provisionales, el análisis de los datos electroencefalográficos del funcionamiento cerebral de Oser en estado de reposo y durante la meditación de la compasión mostraba una diferencia substancial. Lo más sorprendente de todo era un espectacular aumento en la actividad eléctrica gamma del gyrus frontal intermedio izquierdo, un área del cerebro que la investigación previa realizada por Davidson había determinado como uno de los asientos de las emociones positivas. En una investigación llevada a cabo con unas doscientas personas, el laboratorio de Davidson había descubierto que la presencia de un elevado grado de activación cerebral en esa región concreta del córtex prefrontal va acompañada simultáneamente de signos evidentes de sentimientos como la felicidad, el entusiasmo, la alegría, la energía y la alerta.

La investigación realizada por Davidson también puso de relieve que la presencia de un elevado nivel de actividad en la misma región correspondiente al otro lado del cerebro –es decir, en el área prefrontal derecha está directamente relacionada con la presencia de emociones perturbadoras. Así pues, quienes presentan un elevado nivel de actividad en la región prefrontal derecha y un bajo nivel de actividad en la izquierda son más propensos a experimentar sentiraientos como la tristeza, la ansiedad y la preocupación. De hecho, la mayor activación de la región prefrontal derecha constituye un buen predictor de la predisposición a sucumbir a una depresión clinica o a un trastorno de ansiedad en algún momento de la vida. Por otra parte, quienes se hallan sumidos en la depresión y quienes experimentan una intensa ansiedad también suelen presentar un mayor nivel de activación en la región prefrontal derecha del cerebro.

Son muchas las implicaciones que todos estos descubrimientos tienen para nuestro equilibrio emocional. Cada uno de nosotros posee una pauta distintiva en la ratio de activación de las regiones prefrontales derecha e izquierda que supone un excelente barómetro de nuestro estado de ánimo más característico. Esa proporción constituye una especie de línea basal emocional en torno a la cual gravita nuestro estado de ánimo.

Todos nosotros poseemos una cierta capacidad –más o menos limitada– para transformar nuestro estado de ánimo y modificar así esa ratio. Así pues, cuanto más hacia la izquierda se incline, más positiva será nuestra predisposición anímica, y, al contrario, las experiencias que elevan nuestro estado de ánimo también inclinan, al menos provisionalmente, la balanza en la misma dirección. En este sentido, por ejemplo, hay que decir que la mayoría parte de las personas evidencian pequeños cambios positivos en esta ratio cuando se les pide que evoquen acontecimientos agradables de su pasado, o cuando contemplan fragmentos de película divertidos o reconfortantes.

Este tipo de cambios en torno a la línea basal suele ser relativamente modesto, Pero cuando Oser meditó en la compasión, sin embargo, la ratio en cuestión experimentó una franca inclinación hacia la izquierda, un cambio que era muy improbable que se debiera a la mera casualidad.

Resumiendo, pues, los cambios que patentizaban la actividad cerebral de Oser durante la meditación de la compasión parecen reflejar un estado de ánimo sumamente placentero. Era como si el mismo acto de preocuparse por el bienestar de los demás hubiera aumentado su propio bienestar interno. Este descubrimiento parece corroborar científicamente la frecuente afirmación del Dalai Lama de que quien cultiva la compasión hacia todos los seres es el primero en beneficiarse de ella. (Hay que decir que, según afirman los textos clásicos del budismo, entre los muchos beneficios derivados del cultivo de la compasión se cuentan los de ser amados por las personas y los demás seres vivos, serenar la mente, dormir y despertar sin problemas y experimentar sueños agradables.)2

Como señaló Davidson, la investigación de la actividad cerebral que acompaña a la compasión realizada con Oser es muy probablemente pionera, porque la investigación psicológica moderna no suele centrarse en el estudio de ese tipo de estados positivos. Muy al contrario, lleva varias décadas centrando casi exclusivamente su atención en lo que funciona mal (como la depresión, la ansiedad y cuestiones por el estilo) más que en lo que funciona bien. De este modo, ha solido desdeñar el lado positivo de la experiencia y de la bondad humana, y ciertamente no existe, en los anales psicológicos, investigación alguna sobre la compasión.

Este sorprendente cambio en la actividad cerebral de Oser durante la meditación de la compasión sugirió otras líneas de investigación al respecto. ¿Se trataba acaso de una singularidad propia de Oser, o se debía –como suponía Davidson– al entrenamiento intensivo al que se había sometido? Si no era más que una singularidad excepcional, el descubrimiento no dejaba de ser interesante, pero, desde un punto de vista científico, hubiera sido más bien trivial. Si, por el contrario, se debía a la práctica, tiene implicaciones muy profundas para el desarrollo del potencial del ser humano. Por ello, Davidson solicitó de inmediato la ayuda del Dalai Lama para buscar otros sujetos adiestrados en el mismo método de meditación de la compasión y poder comprobar si los descubrimientos realizados con Oser eran realmente el fruto de la práctica. En la actualidad –mientras estamos escribiendo este libro, se están llevando a cabo pruebas similares con un puñado de meditadores avanzados.

Un descubrimiento sin precedentes

El encuentro de Madison había sido organizado para informar al Dalai Lama sobre los resultados de varias líneas distintas (aunque relacionadas) de investigación derivadas del diálogo sobre las emociones destructivas y sus posibles antídotos, que habíamos celebrado el año anterior en su residencia de Dharamsala. La investigación de Davidson era sólo una de ellas ya que, en otros laboratorios, también se estaban llevando a cabo investigaciones paralelas que exploraban otras dimensiones psicológicas de la práctica con meditadores avanzados.

Aunque los resultados de la investigación de Davidson sobre la compasión fueron sorprendentes, más todavía lo fueron los resultados de la investigación dirigida por Paul Ekman, uno de los más eminentes expertos del mundo en el campo de la ciencia de la emoción, que dirige el Human Interaction Laboratory de la University of California en San Francisco. Ekman fue uno de los científicos que asistió al encuentro de Dharamsala y, pocos meses antes, también había tenido la oportunidad de estudiar a Oser en su laboratorio. Al comunicar al Dalai Lama sus resultados, Ekman también comenzó señalando la naturaleza participativa de su investigación: "Oser ha contribuido muy activamente al desarrollo de nuestra investigación y también fue él quien tomó muchas de las decisiones sobre lo que debíamos hacer".

La investigación abordó diferentes cuestiones, cada una de las cuales, según Ekman: "Nos permitió descubrir cosas hasta entonces insólitas". Algunos de los descubrimientos eran tan extraños que, como el mismo Ekman admitió, todavía no estaba seguro de comprender bien su significado.

La primera de las pruebas utilizaba un recurso que representa la culminación de toda su obra como experto mundial en el campo de la expresión facial de las emociones. Se trata de una grabación en vídeo que presenta imá–genes muy breves de rostros que evidencian una amplia diversidad de expresiones faciales. El reto consiste en identificar los signos faciales del desprecio, de la ira y del miedo, por ejemplo. El estudio se lleva a cabo en dos versiones diferentes, durante las cuales cada una de las distintas imágenes permanece en pantalla un par de décimas de segundo o un tercio de segundo, respectivamente, una velocidad tan rápida que, en el caso de parpadear, el sujeto no llega a verla. En ambos casos, el objetivo del estudio era el de identificar – seleccionando de entre un conjunto de seis la emoción percibida.

El reconocimiento de las expresiones faciales fugaces es un indicador claro de un grado inusual de empatía. Este tipo de manifestaciones de la emoción –llamadas microexpresiones se dan en un nivel que se halla por debajo del umbral de la conciencia, tanto de quien las exhibe como de quien las observa. En consecuencia, el hecho de que se trate de manifestaciones ultrarrápidas subliminales las torna inmunes a la manipulación voluntaria y a la censura del sujeto y revelan –aunque sólo sea por un breve instante el modo en que realmente se siente la persona.

Las seis microemociones consideradas se hallan determinadas biológicamente y son universales, es decir, que significan lo mismo en todo el mundo. Es cierto que, en ocasiones, existen grandes diferencias interculturales en el control consciente de la expresión de emociones, como el disgusto pero, en el caso que nos ocupa, se trata de manifestaciones tan rá–pidas que eluden todos los tabúes culturales. Por esta razón, las microexpresiones nos brindan una ventana excepcional para acceder a la realidad emocional de una determinada persona.

Los estudios realizados con miles de personas han llevado a Ekman a concluir que, quienes mejor ejercen el reconocimiento de estas expresiones sutiles de la emoción, están más abiertos a las nuevas experiencias y suelen mostrar un mayor interés y curiosidad por las cosas. Además, también son más meticulosos, fiables y eficaces. "Yo esperaba que los años de práctica meditativa –una actividad que requiere apertura y concienciaincrementasen esta capacidad", explicó Ekman. Por ello se había preguntado si Oser mostraría una mayor habilidad para reconocer esas emociones ultrarrápidas.

Los resultados de los experimentos dirigidos por Ekman fueron los siguientes: La capacidad de reconocimiento de las señales ultrarrápidas de la emoción evidenciadas por Oser y otro meditador avanzado occidental con los que había estado trabajando se hallaba dos desviaciones estándar por encima de la media, aunque existía cierta diferencia en el rango de emociones que mejor percibía cada uno de ellos. Se trataba, pues, de unos resultados notablemente distintos a los obtenidos con las otras cinco mil personas con las que Ekman había estado experimentando hasta entonces. Según él, "su puntuación es muy superior a la de los policías, los abogados, los psiquiatras, los aduaneros, los jueces y hasta los agentes del servicio secreto", los grupos que la investigación realizada hasta el momento había determinado como los más competentes en este sentido.

–Pareciera –señaló Ekman como si uno de los beneficios derivados de la trayectoria vital seguida por ambos meditadores fuera el de hacerles más conscientes de los signos sutiles del estado de ánimo de los demás.

Oser mostraba una habilidad muy especial para detectar los signos fugaces de miedo, desprecio e ira, mientras que el otro meditador –un occidental que, al igual que Oser, había pasado un total de dos a tres años de retiro solitario según la tradición tibetana destacaba en el rango emocional de la felicidad, la tristeza, el disgusto y también, como Oser, la ira.

Al escuchar los resultados, el Dalai Lama –que hasta ese momento se había mostrado un tanto escéptico con respecto a lo que Ekman pudiera haber descubierto exclamó con sorpresa: "­Vaya! ­Parece que, en este caso, la práctica Dharma establece una diferencia! Eso es algo nuevo".

Luego –y en un intento de determinar las facetas de la práctica meditativa que pudieran explicar esa diferencia, el Dalai Lama conjeturó dos posibles hipótesis Una de ellas se refería a un aumento en la velocidad de cognición que facilita la percepción de todos los estímulos rápidos La otra posibilidad era una mayor capacidad para conectar con las emociones de los demás, lo que redundaría en una mayor capacidad para comprenderles. Ekman reconoció que, a fin de interpretar más adecuadamente sus descubnmientos, era necesario tener en cuenta esas dos posibilidades, aunque también añadió la necesidad de contar todavía con más evidencias experimentales.

Tanto Ekman como el Dalai Lama admitieron su perplejidad con respecto a las diferencias interpersonales evidenciadas en el rango de emociones que ambos meditadores eran capaces de reconocer ¿,A qué se debía una mejora tan específicar> Luego, Ekman pasó a relatar el siguiente descubrimiento, un descubrimiento tan sorprendente como desconcertante.
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