Prefacio de su santidad el decimocuarto dalai lama






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UNA COLABORACION CIENTIFICA


Madison (Wisconsin) 21 y 22 de mayo de 2001

1. EL LAMA EN EL LABORATORIO



Todo el mundo se asombra cuando conoce al lama Oser pero no, por cierto, a causa de su vestimenta granate y dorada de monje tibetano, sino por el resplandor que parece dimanar de su sonrisa. Oser es un europeo convertido al budismo que lleva más de tres décadas formándose como monje tibetano en los Himalayas y ha pasado muchos años junto a uno de los más grandes maestros espirituales del Tíbet.

Hoy, Oser (cuyo nombre hemos cambiado para proteger su intimidad) está a punto de dar un paso revolucionario en la historia del linaje espiritual del que forma parte y meditará mientras su cerebro permanece conectado a los instrumentos más sofisticados de que dispone la ciencia actual. A decir verdad, éste no es el primer intento realizado en este sentido, puesto que ya ha habido varias tentativas puntuales para determinar la actividad cerebral de los meditadores, y hace varias décadas que los laboratorios occidentales están trabajando con monjes y yoguis, algunos de los cuales exhiben capacidades muy notables, como el control de la respiración, de las ondas cerebrales o de la temperatura corporal, por ejemplo. Pero no cabe la menor duda de que el experimento de hoy no sólo será el primero en emplear instrumentos tan sofisticados para medir la actividad cerebral de un meditador avanzado como Oser, sino que supondrá un verdadero salto cualitativo en la investigación que profundizará en nuestra comprensión de la relación que existe entre ciertas estrategias para el cultivo disciplinado de la mente y su impacto en el funcionamiento cerebral. El objetivo de esta investigación es muy pragmático y apunta a determinar el valor de la meditación como herramienta de entrenamiento de la mente y su importancia a la hora de gestionar más adecuadamente las emociones destructivas.

Hasta el momento, la ciencia moderna se ha centrado en la elaboración de ingeniosos compuestos químicos para ayudarnos a superar las emociones tóxicas. Pero el budismo, por su parte, ha seguido un camino muy distinto –aunque más laborioso y arduo desarrollando métodos de adiestramiento de la mente, en particular, la meditación. En realidad, el budismo afirma explícitamente que la formación que ha seguido Oser es el mejor de los antídotos para contrarrestar la vulnerabilidad de la mente a las emociones tóxicas. Si, por ejemplo, ubicamos las emociones destructivas en uno de los extremos de las tendencias del ser humano, la investigación a la que nos referimos aspira a determinar su antípoda, es decir, el modo más adecuado de enseñar al cerebro a funcionar constructivamente y reemplazar así el deseo por el gozo, la agitación por el sosiego y el odio por la compasión.

Occidente ha tratado de corregir farmacológicamente el efecto de las emociones destructivas, y no existe, en este sentido, la menor duda de que ha conseguido aliviar el sufrimiento de millones de personas. Pero la investigación realizada con Oser tratará de dilucidar si, con el debido entrenamiento, el ser humano puede provocar cambios más duraderos en el funcionamiento cerebral que los provocados por los fármacos. Ésta es una pregunta muy importante cuya respuesta, a su vez, nos llevará a formularnos otras porque, en el caso de que las personas puedan entrenarse mentalmente para superar las emociones negativas, ¿no podríamos entonces aprovechar algunos de los aspectos pragmáticos y no religiosos de ese tipo de adiestramiento mental a fin de mejorar la educación infantil, o para que los adultos, sean o no buscadores espirituales, aprendan a cultivar el autocontrol emocional?

Éstas fueron las cuestiones que nos planteamos, en el curso del extraordinario encuentro de cinco días que mantuvimos con el Dalai Lama en su residencia de Dharamsala (la India), un pequeño grupo de científicos y un filósofo de la mente. La investigación realizada con Oser supuso la culminación de varias líneas de estudio científico que nacieron durante ese diálogo. El Dalai Lama fue el principal promotor de esa investigación y asumió un papel muy activo en la tarea de dirigir la mirada de la ciencia hacia las prácticas de su propia tradición espiritual.

Pero los experimentos realizados en Madison no fueron más que la expresión de una profunda exploración colectiva en la naturaleza de las emociones, el modo en que pueden tornarse destructivas y sus posibles antídotos. En este libro presento mi relato de las conversaciones que inspiraron la investigación emprendida en Madison, las cuestiones de fondo que la alentaron y sus implicaciones para que la humanidad pueda acabar sustrayéndose al impulso centrífugo de las emociones destructivas.

Poniendo a prueba la trascendencia Richard Davidson –uno de los científicos que participaron en los diálogos de Dharamsala había invitado a Oser a someterse a varias pruebas en el E.M. Keck Laboratory for Functional Brain Imaging and Behavior, ubicado en el campus de Madison de la University of Wisconsin. El laboratorio fue fundado por el mismo Davidson, un pionero en el campo de la neurociencia afectiva, cuya investigación se centra en el estudio de las relaciones que existen entre el cerebro y las emociones. Davidson quería que Oser –un personaje ciertamente muy singular se sometiera a una investigación empleando las herramientas más sofisticadas de que, hoy en día, dispone la ciencia.

Oser había pasado varias temporadas de retiro solitario e intensivo que, según nos dijo, sumaban dos años y medio. Pero, además de todo eso, había sido el asistente personal de un maestro tibetano, y su práctica se hallaba inserta por completo en su vida cotidiana. Lo que actualmente se trataba de determinar en el laboratorio eran los efectos reales del entrenamiento al que se había sometido.

La colaboración comenzó con un breve encuentro entre Oser y el equipo de ocho investigadores para determinar el protocolo al que se atendría la investigación. Todo el mundo era consciente de que se hallaban en una especie de carrera contrarreloj, puesto que el Dalai Lama visitaría el laboratorio al día siguiente y esperaban poder compartir con él algunos resultados provisionales.

Así fue como el equipo de investigadores esbozó –contando con la aquiescencia de Oser un protocolo, según el cual éste trataría de pasar de forma rotativa por una serie de estados que iban desde el reposo hasta la vigilia alternando con varios estados meditativos muy defmidos y concretos. Tengamos en cuenta que no todas las meditaciones son iguales, como tampoco lo son todas las comidas, y que obviar sus muchas diferencias sería como soslayar la existencia de una amplia diversidad de ingredientes, de recetas y de todo el arte culinario. en general. Por más que el inglés las aglutine indebidamente a todas bajo el epígrafe meditación, existe una amplia variedad de formas de entrenamiento de la mente, y cada una de ellas cuenta con sus propias instrucciones y efectos concretos sobre la experiencia que el equipo investigador esperaba determinar con ayuda de un sofisticado instrumental científico que serviría para registrar la actividad cerebral.

A decir verdad, existe una gran imbricación entre los distintos tipos de meditación empleados por las diferentes tradiciones espirituales, porque el monje trapense que canta el "Kirye eleison" (una plegaria devocional) tiene mucho en común con la monja tibetana que recita el "Om mani padme hum". Pero más allá de las similitudes generales existe una amplia diversidad de prácticas meditativas concretas, cada una de las cuales pone en marcha determinadas estrategias atencionales, cognitivas y afectivas y, en consecuencia, produce también resultados claramente distintos.

El budismo tibetano dispone de una amplia variedad de técnicas meditativas de entre las que el equipo de investigadores de Madison propuso la visualización, la concentración en un punto y la meditación de la compasión. Se trata de tres técnicas que requieren estrategias mentales bastante distintas y que, en opinión del equipo, serína suficientes para poner de relieve la existencia de diferentes pautas subyacentes de actividad cerebral. Tampoco hay que olvidar, además, que Oser estaba muy capacitado para ofrecer descripciones muy detalladas de lo que ocurría en cada caso.

La concentración –una técnica meditativa que consiste en centrar la atención en un solo objeto tal vez sea la más básica y universal de todas las prácticas meditativas y aparece, de una forma u otra, en todas las tradiciones espirituales. Para centrar la atención en un punto es preciso dejar de lado los innumerables pensamientos y deseos que revolotean por la mente y que operan a modo de distracciones. Como dijera el filósofo danés Sóren Kierkegaard: "La pureza de corazón significa querer sólo una cosa".

El cultivo de la concentración es el método que el budismo tibetano –y también muchos otros sistemas recomienda a los principiantes, una especie de requisito fundamental para poder seguir avanzando. Bien podríamos decir, en este sentido, que la concentración es la forma más básica de adiestramiento de la mente y que posee muchas aplicaciones fuera del campo de la espiritualidad. Para realizar esta prueba, Oser simplemente eligió un punto (un pequeño tornillo ubicado sobre él una vez estaba dentro del aparato en el que iba a realizársele una RMN [resonancia magnética nuclear]) que le serviría para enfocar y mantener fija su mirada y volver ahí cada vez que su mente se distrajese.

Pero Oser agregó tres tipos de meditación que, en su opinión, podrían servir para aclarar todavía más las cosas: la meditación de la devoción, la meditación de la vacuidad y un tipo de meditación al que denominó "estado de apertura".1 Este último es un estado despojado de pensamientos en el que la mente, como nos dijo el mismo Oser, "permanece abierta, inmensa y consciente, sin ningún tipo de actividad mental intencional. Se trata de una especie de presencia abierta y sin distracciones en la que la mente no se centra en nada. Tal vez, en ese estado, aparezcan algunos pensamientos débiles, pero no se articulan en largas cadenas, sino que simplemente acaban desvaneciéndose".

Igual de desconcertante fue la explicación dada por Oser acerca de la meditación de la vacuidad que, según sus propias palabras, consiste en "cultivar la certeza y la confianza profunda de que no hay nada que pueda desestabilizar la mente, un estado decidido, firme e incuestionable en el que, ocurra lo que ocurra, "no existe nada que ganar ni nada que perder". Y una ayuda para ello –agregó– consiste en evocar estas mismas cualidades en los maestros. Hay que decir que la atención en el maestro desempeña un papel fundamental en la meditación devocional, donde el discípulo evoca mentalmente una profunda sensación de gratitud hacia sus maestros y, sobre todo, hacia las cualidades espirituales que éstos encarnan".

Esa estrategia también funciona en el caso de la meditación de la compasión, que se centra en la bondad del maestro. Según dijo Oser, para generar el amor y la compasión es imprescindible evocar el sufrimiento de los seres vivos, y el hecho de que todos ellos aspiran a liberarse del sufrimiento y alcanzar la felicidad. A ello precisamente apunta la idea de "permitir que sólo haya amor y compasión en la mente de todos los seres, tanto amigos como seres queridos, desconocidos y hasta enemigos. Se trata de generar una cualidad amorosa de compasión sin objeto que no excluya a nadie y de permitir que acabe impregnando la totalidad de nuestra mente".

Finalmente, la visualización consiste en la elaboración detallada y precisa de la imagen de una deidad budista. En ese proceso, según Oser, "uno va creando finalmente la imagen completa hasta que es capaz de mantenerla en su mente de un modo claro y distinto". Como bien sabe todo aquel que esté familiarizado con los thangkas tibetanos (telas con representaciones de deidades) se trata de figuras muy complejas.

Oser daba por sentado que cada una de esas seis modalidades diferentes de meditación pondría de relieve la presencia de pautas cerebrales muy distintas. Desde la perspectiva científica, por su parte, es evidente que la visualización y la concentración, pongamos por caso, ponen en marcha actividades cognitivas muy diferentes, pero las cosas no parecen tan claras cuando hablamos de la compasión, la devoción y la vacuidad. Desde una perspectiva científica, pues, resultaría muy interesante que la investigación demostrase que las distintas modalidades de meditación puestas en marcha por Oser provocan registros cerebrales netamente dispares.

La sala de control de la misión "espacio interior"

La experimentación con Oser empezó con la denominada RMNf [resonancia magnética nuclear funcional], el procedimiento con el que actualmente se lleva a cabo cualquier investigación sobre el papel que desempeña el cerebro en la conducta. Antes del uso del RMN funcional (o RMNf), los investigadores habían tenido dificultades para observar los pormenores de la secuencia de actividades que se producen en las distintas regiones del cerebro durante una determinada actividad mental. El RMN estándar, de amplio uso en hospitales, nos proporciona una especie de instantánea fotográfica detallada de la estructura del cerebro. El RMNf, por su parte, nos brinda el mismo registro en vídeo, es decir, el registro dinámico de los cambios que se producen instante tras instante en las distintas regiones del cerebro. Dicho de otro modo, las imágenes convencionales proporcionadas por el RMN ponen de relieve las estructuras cerebrales, mientras que el RMNf, por su parte, revela la interacción funcional que existe entre dichas estructuras.

El RMNf, pues, proporcionaría a Davidson una serie de imágenes –en forma de cortes de un milímetro de espesor (más delgados que una uña)–del cerebro de Oser, que luego serían debidamente analizadas para determinar con precisión lo que ocurre durante un determinado acto mental y rastrear así la secuencia de actividades que se lleva a cabo en todo el cerebro.

Cuando Oser y el equipo entraron en la sala en la que iba a realizarse el RMNf, el escenario se asemejaba a una sala de control dispuesta para realizar un viaje al espacio interior. En una habitación adjunta, un enjambre de analistas se aprestaban a poner a punto sus ordenadores, mientras que, en una sala contigua, otro grupo de técnicos se preparaba para guiar a Oser a lo largo del protocolo experimental previamente establecido.

Quienes entran en el RMN suelen hacerlo provistos de tapones en los oidos para silenciar el incesante ruido de una gigantesca maquinaria compuesta de imanes giratorios que provocan un implacable bip bip bip que recuerda la banda sonora de pesadilla de Eraserhead, la película de culto de David Lynch. Pero, por más molesto que resulte el ruido, todavía lo es más la sensación de confmamiento, ya que la cabeza del sujeto experimental permanece cubierta por unas almohadillas de espuma en una especie de jaula para garantizar que no se mueva y, una vez introducido en el interior de la máquina, su rostro se encuentra a escasos centímetros del techo del aparato.

Aunque la mayoría de las personas se someten de buen grado al RMN, hay quienes experimentan claustrofobia, e incluso otros sllegan a sentir vértigo o mareos. También hay sujetos de investigación, por último, que se muestran un tanto renuentes a pasar una hora en el interior del RMN, pero la resolución de Oser era evidente y no tuvo problema alguno en someterse a la prueba.

Un minirretíro

Oser yacía pacíficamente en una camilla con la cabeza entre las fauces del RMNf, como si fuera un lápiz humano metido en un inmenso sacapuntas. No se trataba, pues, de un monje en una cueva solitaria ubicada en la cima de una montaña, sino de un monje en un escáner cerebral.

En lugar de tapones llevaba auriculares que le permitían comunicarse con la sala de control y seguir impertérrito los pasos que le indicaban los técnicos para garantizar que todo funcionase bien. Cuando estuvo finalmente a punto, Davidson le preguntó:

–¿Cómo te encuentras, Oser?

–Muy bien –respondió éste, a través de un pequeño micrófono.

–Tu cerebro tiene muy buen aspecto –señaló entonces Davidson. Comenzaremos tratando de entrar cinco veces en el "estado de apertura".

Luego una voz informatizada asumió el control, para garantizar así la adecuada temporización del protocolo. El proceso empezaba con la orden "Adelante" (que servía como señal para que Oser empezase a meditar), seguida de un silencio de sesenta segundos (tiempo durante el cual Oser permanecía meditando), luego venía la orden "Neutro", seguida de otros sesenta segundos de silencio (para que Oser dejara de meditar y reposase), y todo el ciclo comenzaba nuevamente al recibir otra vez la orden "Adelante".

Ésa fue la rutina seguida con las distintas modalidades de meditación elegidas, una rutina que se vio en ocasiones salpicada por varias interrup–ciones en las que los técnicos se aprestaban a resolver los imprevistos que se presentaron. Cuando finalmente se completó la ronda, Davidson le preguntó a Oser si quería repetir alguna parte, a lo que éste respondió: "Sí. Quisiera repetir el estado de apertura, la compasión, la devoción y la concentración", los cuatro estados que, en su opinión, eran más relevantes para el estudio.

Así fue como todo el proceso comenzó de nuevo. Cuando estaba a punto de entrar en el estado de apertura, Oser dijo que quería permanecer más tiempo en cada uno de los estados porque, aunque era capaz de evocarlos. le gustaría profundizar todavía más en ellos.

Pero, una vez que los ordenadores han sido programados para seguir un determinado protocolo, la tecnología se encarga de dirigir el proceso de acuerdo al ritmo previsto de antemano. Por ello, que los técnicos tuvieron entonces que reprogramar rápidamente sobre la marcha todo el proceso, aumentando un 50 por ciento el período de práctica y disminuyendo proporcionalmente el tiempo dedicado al reposo. Luego todo comenzó de nuevo.

Si incluimos el tiempo que exigió la reprogramación y la solución de los imprevistos técnicos que se presentaron, el proceso duró más de tres horas. Los sujetos suelen salir del RMN –sobre todo después de una sesión tan larga con una expresión de alivio en el rostro, pero Davidson se asombró al ver que Oser salía de su agotadora prueba en el RMN con una sonrisa resplandeciente y proclamando: "­Ha sido como un minirretiro!"
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