Prefacio de su santidad el decimocuarto dalai lama






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Los estados de ánimo y sus desencadenantes

Después de la pausa, Paul tomó nuevamente la palabra:

"La lista anterior no incluye los estados de ánimo. Aunque los estados de ánimo están relacionados con las emociones, no son lo mismo que ellas. Su diferencia más palpable reside en su duración. Las emociones pueden aparecer y desaparecer en cuestión de minutos o de segundos, mientras que los estados de ánimo pueden llegar a durar varios días".

–¿Cómo definiría usted un estado de ánimo? –preguntó el Dalai Lama. ¿Es acaso el impacto que deja un evento emocional?

–Su pregunta –respondió Paul tiene que ver con otro aspecto que diferencia a los estados de ánimo de las emociones. Cuando experimentamos una emoción podemos decir lo que la produjo, podemos concretar el hecho que la desencadenó y la puso en marcha, pero no es esto lo que suele ocurrir en el caso de los estados de ánimo. Cada mañana nos despertamos con un estado de ánimo irritable, feliz, temeroso o triste sin saber muy bien por qué. Creo que los estados de ánimo son producidos por cambios internos que no guardan mucha relación con lo que ocurre en el exterior.

Pero también existe una segunda forma de aparición de los estados de ánimo que está ligada a experiencias emocionales muy intensas. Si experimentamos numerosos episodios de regocijo en un corto período de tiempo, por ejemplo, no es extraño que entremos en un estado de ánimo muy eufórico. Y, por el contrario, si nos enfurecemos muchas veces en un corto período de tiempo, tampoco es de extrañar que acabemos asentándonos en un estado de ánimo irritable. Éstos son, en mi opinión, los dos caminos que conducen a un estado de ánimo.

–¿No podría darse el caso –pregunté, pensando en la terapia cognitiva, según la cual las emociones perturbadoras se ven desencadenadas por pensamientos sutiles que suceden en el trasfondo de la mente y que el hecho de cobrar conciencia de ellos nos libera de su presa de que ciertos pensamientos de fondo, de los que no nos damos cuenta, puedan provocar la aparición de un determinado estado de ánimo?

–Claro que sí –asintió Paul. En realidad, sabemos tan poco sobre las causas de los estados de ánimo como de las causas de las emociones.

El Dalai Lama preguntó entonces a Paul si los estados de ánimo podrían depender de las propias condiciones físiológicas o del entorno, y éste respondió afirmativamente.

–¿Y no podría también producirlos –preguntó entonces Alan el hecho de hallarse sometido a malos tratos?

–Ése precisamente sería el caso antes mencionado de un estado de ánimo generado por una experiencia emocional muy intensa –señaló Paul.

–Pero, en ese caso, el desencadenante estaría claramente identificado –apostilló el Dalai Lama.

–Así es –dijo Paul. Y eso es también lo que suele ocurrir con los estados de ánimo que siguen el segundo de los caminos mencionados, las experiencias emocionales intensas, en cuyo caso uno conoce los motivos por los que se encuentra en ese estado de ánimo.

"Los estados de ánimo –prosiguió Paul sesgan o limitan nuestro pensamiento, y ello nos torna especialmente vulnerables, lo que nos crea numerosos problemas, porque modifica nuestra forma de pensar. No es extraño, por ejemplo, que, si me despierto en un estado de ánimo irritable, cosas que habitualmente considero nimias y no me afectan empiecen a frustrarme y acabe enfadándome con más facilidad. Pero el peligro de los estados de ánimo no se limita a influir sobre nuestro pensamiento, sino que también magnifíca el impacto de las emociones. Cuando nos encontramos en un estado de ánimo irritable, por ejemplo, nos enfadamos con más frecuencia y facilidad, nuestro enfado dura más tiempo y resulta bastante más difícil de controlar. Se trata de un estado ciertamente muy desagradable... en el que no quisiéramos volver a encontrarnos."

Como luego veremos, ese último comentario de Paul resultó ser premonitorio.

Más tarde, se llevó a cabo un debate colateral en tibetano entre el Dalai Lama, los lamas presentes y los traductores, que Alan nos resumió del siguiente modo:

Ellos están tratando de determinar el equivalente tibetano de la expresión "estado de ánimo", lo que no resulta nada sencillo, porque también sucede aquí lo mismo que ocurría con la palabra "emoción".

–Pero quisiera recordar una vez más a Su Santidad lo que usted mismo comenta en sus libros –dijo entonces Paul: "El hecho de que no dispongamos de una palabra para referirnos a algo no implica su inexistencia".

–Estamos tratando de explicar que los estados de ánimo ocurren de un modo espontáneo e incontrolable –aclaró Jinpa.

–Deben haber ciertas condiciones que favorecen su emergencia –dijo entonces el Dalai Lama, aun cuando no nos resulten evidentes.

–Es cierto que existen condiciones –asintió Paul que desencadenan los estados de ánimo, pero se trata de condiciones que suelen ser opacas para nosotros, es decir, que se encuentran fuera de nuestra conciencia y, en consecuencia, resultan imposibles de determinar. Es muy común decir: "No sé por qué estoy tan irritable", pero no significa que no exista, para ello, ningún motivo, sino tan sólo que lo ignoramos.

–La psicología budista –replicó entonces el Dalai Lama explica las causas y los mecanismos que facilitan el surgimiento del enfado. Pero el término "infelicidad mental" con el que suele traducirse el vocablo tibetano relativo al desencadenante del enfado –la sensación continua de insatisfacción no resulta, por cierto, muy afortunado. Cuando usted se encuentra insatisfecho, suele irritarse con relativa facilidad y es muy proclive a enfadarse. Me pregunto si eso tendrá que ver con sus ideas al respecto. –Me parece muy claro –asintió Paul.

La psicología budista explica la irrupción de un determinado estado mental –como el enfado, por ejemplo en términos de causas directas y de causas secundarias. Entre ellas, cabe destacar los estímulos externos del medio ambiente, el estado fisiológico, los propios pensamientos y otras influencias ocultas (derivadas de lo que los budistas consideran experiencias de vidas anteriores almacenadas en nuestra mente en forma de tendencias latentes).

Pero una diferencia fundamental entre el budismo y la mayoría de las visiones occidentales es que aquél se esfuerza en liberarse por completo del enfado, mientras que éstas suelen considerar al enfado, en su justa medida y en la situación adecuada, es algo perfectamente legítimo y son muy pocos quienes contemplan tan sólo la necesidad de erradicarlo.

Paul pasó entonces a explorar la familia del enfado, comenzando con sus parientes emocionales más cercanos, el odio y el resentimiento.

"Debo comenzar señalando que yo no utilizo estos términos en el sentido habitual que se les da en Occidente, ni tampoco como los emplea Su Santidad en sus escritos –dijo Paul. Pero lo importante no es tanto utilizar los términos exactos como identificar si se trata de estados claramente diferenciados.

"El resentimiento es la emoción duradera de ser tratado de manera inadecuada o injusta. Cuando estamos resentidos, no lo estamos de continuo, sino tan sólo en aquellas ocasiones en que un determinado acontecimiento nos lo evoca. Se trata de una emoción que puede aumentar hasta alcanzar un punto crítico que acaba ocupando la totalidad de nuestra mente, pero no es así como habitualmente se nos presenta, ya que suele mantenerse agazapado y dispuesto a emerger en el momento en que se cumplan determinadas condiciones."

–¿Cabría decir que, cuando esta emoción no alcanza el punto de ebullición necesario para manifestarse, permanece en esa gran categoría que la psicología occidental denomina subconsciente? –preguntó entonces el Dalai Lama.

–Lo cierto es que no podemos afirmar claramente dónde está –dijo Paul. Lo único que podemos decir es que se halla fuera de la conciencia y dispuesta a emerger.

–Según la psicología budista –señaló el Dalai Lama, las emociones no siempre son manifiestas, sentidas o experimentadas, sino que también pueden hallarse presentes en forma de tendencias inconscientes o inactivas hasta el momento en que algo cataliza su aparición.

–El término pali anusayas (que significa "tendencias latentes") se refiere precisamente a este punto –intervine entonces. Esta noción de la psicología budista sostiene que la mente alberga diferentes tendencias emocionales, incluyendo las emociones destructivas derivadas de experiencias pasadas que han acabado convirtiéndose en hábitos mentales." Ésa es la explicación, según la psicología budista, de que el enojo, por ejemplo, pueda presentarse en una ocasión futura con más facilidad e intensidad que la anterior aun cuando, entre una ocasión y otra se desvanezca por completo e incluso se vea reemplazada por la compasión o el perdón. Y es que, dadas las adecuadas circunstancias desencadenantes, el enfado latente puede volver a presentarse con toda su fuerza. Por este motivo, cuando el budismo habla de erradicar las emociones destructivas, está refiriéndose también a la erradicación de todas esas tendencias latentes.

"El resentimiento puede verse fácilmente reactivado –siguió diciendo Paul, pero la clave para ello es la sensación de haber sido tratado injustamente. El odio, al igual que el resentimiento, es muy duradero e implica, al menos, tres emociones: el disgusto, la ira y el desprecio."

–¿Ubicaría usted en la misma categoría –preguntó entonces el Dalai Lama el resentimiento basado en una injusticia real y el evocado por ideas que no tienen nada que ver con la realidad?

–En mi opinión, se trata de dos modalidades muy diferentes de resentimiento –respondió Paul. El odio, al igual que el resentimiento, es muy duradero y, como él, puede ser inconsciente e inflamarse hasta el punto de llegar a ocupar de continuo nuestra mente. Pero difiere del resentimiento en el hecho de que, aunque se centre en una persona, no está ligado a una injusticia concreta. Espero que esta tarde podamos debatir si ese tipo de emoción necesariamente es destructiva porque, en mi opinión, no siempre es así.

El odio hacia Hitler, por ejemplo –añadió Paul, podría llevarme a entregar mi vida a la lucha contra la intolerancia y la violencia. Desde mi perspectiva, pues, el odio no siempre conduce a una conducta destructiva hacia uno mismo o hacia los demás.

Las sutilezas del amor y de la compasión

Con la lista de las familias de emociones básicas todavía en la pantalla, Paul pasó a ocuparse del amor, uno de los quince parientes emocionales de la familia del disfrute al que, obviamente, incluye y trasciende. Aunque sus impulsos momentáneos sean agradables, el amor no es una emoción momentánea, sino que está ligada a un compromiso a largo plazo, un estado complejo de identificación.

"Quisiera diferenciar ahora tres tipos diferentes de amor para los que me gustaría disponer de tres palabras claramente distintas. Se trata del amor parental, de la amistad y del amor romántico, habitualmente el más breve de los tres –añadió Paul, con una sonrisa."

–¿No sería acaso este último una subdivisión de la amistad? –preguntó el Dalai Lama.

–Yo no creo que el amor romántico perdure a menos que se asiente en una amistad que le proporcione estructura –respondió Paul. Cuando esa amistad no se desarrolla, el amor romántico no perdura en el tiempo. Además, el amor romántico posee dos componentes adicionales, la intimidad sexual (ausente en el caso de la amistad) y la concepción y educación de los hijos en el seno de una relación duradera.

Estos tipos de amor proporcionan los contextos en los que se experimentan multitud de emociones. Yo quiero a mi hija (que está sentada por ahí, pero ello no significa que, en ocasiones, no me enfade o me preocupe mucho por ella. Rara vez me siento a disgusto con ella y son muchas las ocasiones en que me siento orgulloso o gratamente sorprendido por ella. Pero la clave de las diferentes emociones que siento por ella no se encuentra en las emociones mismas, sino en el compromiso duradero e incondicional que mantenemos.

¿Cuál es el papel que desempeña la compasión a este respecto? Aquí empezamos a adentrarnos en un terreno algo resbaladizo. ¿Se trata de un rasgo emocional? ¿Es acaso una actitud y no un rasgo? Ciertamente, la compasión parece una condición en la que uno se torna sensible a las emociones de los demás. En tal caso, uno es capaz de advertir y saber lo que sienten, pero la compasión trasciende a la mera empatía. ¿Por qué resulta tan difícil de cultivar y desarrollar? ¿Cualquier persona puede ser compasiva? ¿Poseen ciertas personas una predisposición especial hacia ella y, en tal caso, por qué?

El Dalai Lama mostró su interés por lo que Paul estaba diciendo asintiendo con la cabeza.

"El ejemplo que me parece más adecuado para abordar el tema de la compasión –señaló Paul es la dedicación y preocupación incondicional que existe entre una madre y su hijo. Se trata de un estado tan intenso que no tengo palabras para describirlo, un estado que, en sí mismo, impide la aparición de muchas actitudes negativas. Ello no quiere decir que la madre no se enfade nunca con su hijo, pero lo cierto es que –al menos desde una perspectiva ideal nunca le hará daño. Sé que algunos occidentales me preguntarían por qué no hablo de "cuidador" y de niño, pero lo cierto es que, biológicamente hablando, ése no me parece un modelo tan bueno como el que proporciona la relación madre–hijo. Desde hace muy poco tiempo estamos empezando a conocer algunas de las hormonas responsables de la relación biológica entre una madre y su hijo. Pero dejaré que mi amigo, Richie –Richard Davidson se ocupe mañana de la biología de las emociones."

–Ése es también el modelo –dijo entonces el Dalai Lama que utilizan los textos budistas para abordar el tema de la compasión.

–Existe un tipo de meditación tibetana sobre la compasión –dijo entonces Alan en la que uno considera que los seres han sido su madre en alguna vida pasada. Se trata de un tipo de meditación diseñada para despertar el afecto y la gratitud evocando a la persona que nos ha demostrado el mayor amor y compasión.8

–El budismo define técnicamente la compasión –aclaró Matthieu desde la perspectiva budista como el deseo de que los demás puedan liberarse del sufrimiento y de las causas del sufrimiento. El amor, por su parte, se defme como el deseo de que los demás sean felices y descubran las causas de la felicidad.

"No cabe la menor duda de que la naturaleza del compromiso entre padres e hijos es tal que aquéllos pueden sacrificar su vida por éstos –continuó Paul. Antes de leer sus libros, yo creía que esta emoción era privativa de la relación que existe entre un padre y su hijo, pero, en sus libros, usted postula la posibilidad de experimentar algo así por un grupo mucho más amplio. Espero que podamos regresar a este punto, porque lo único que tengo que decir al respecto es expresar mi admiración."

–Me pregunto si establece usted alguna distinción entre la compasión aflictiva y la compasión no aflictiva –comentó el Dalai Lama. En el primero de los casos, el objeto de la compasión es también un objeto de apego porque, cuando ve en peligro a su querido hijo, experimenta apego y compasión. En el caso de la compasión no aflictiva, por el contrario, el objeto de la compasión –que podría llegar incluso a ser un enemigo no despierta el apego.

–Me parece que acaba de hacer usted una distinción fundamental –respondió Paul. Yo creo que la compasión aflictiva a la que se ha referido está muy ligada al sentimiento de posesión. Como padre, me parece muy difícil dar autonomía a mis hijos puesto que, en el mismo momento en que crecen y pueden dañarse a sí mismos, escapan ya de mi posible control. Yo tengo que aprender a dejarles ser libres, una tarea muy difícil para un padre, porque nadie quiere que a sus hijos les ocurra nada malo. Pero las cosas no van nada bien si uno no permite que sus hijos vayan dirigiendo su propia vida. Ser padre significa necesariamente preocuparse.

–Usted es un padre muy bueno –dijo el Dalai Lama riéndose y asintiendo con una expresión seria, cuando se disiparon las risas de la sala, que subrayaba la sinceridad de sus palabras. Posteriormente, Su Santidad me dijo que los comentarios de Paul le habían parecido muy elocuentes y conmovedores. Y ése fue también uno de los momentos que Paul recordaría como uno de los puntos emocionalmente álgidos de la semana.

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