Ensayos: “Mientras más profundamente se escudriña, mas nos hundimos a tientas en el mundo subterráneo del pasado”






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títuloEnsayos: “Mientras más profundamente se escudriña, mas nos hundimos a tientas en el mundo subterráneo del pasado”
fecha de publicación28.06.2016
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ALEJO URDANETA
THOMAS MANN:

LOS RECUERDOS PRIMORDIALES

(Anotaciones a la situación ética

del artista)
*

Thomas Mann, convertido en educador de su pueblo, prosigue ahora su búsqueda del burgués de una manera mucho más consciente. Su búsqueda tiene ya un contenido concreto: busca el espíritu de la democracia en el alma del burgués alemán”

George Lukács

**

¿Por qué Thomas Mann, aquí y hoy, más de cincuenta años después su muerte, en una sociedad aparentemente tan distante en tiempo y lugar de la que le tocó vivir? Más allá de su análisis novelado de la burguesía de la Alemania de fines del siglo XIX y comienzos del xx, está el mensaje que nos quiere trasmitir, oculto en los símbolos de sus personajes y en los temas recurrentes de sus obras capitales: la belleza y la muerte en el mar Adriático de "La Muerte en Venecia”, asociadas con los Diálogos de Platón que sirven de fondo a los sufrimientos de Aschenbach en la playa Lido; la vida tan temida pero única búsqueda, en “La Montaña Mágica”; la enfermedad y el amor, en “El espejismo”. Y también la irrupción de otros espacios y otras ideas en el escenario: el pensamiento judío, más cabalístico que bíblico, en la saga de “José y sus Hermanos”; las grutas y el misterio hindúes, en la alegoría de “Las Cabezas Trocadas”.

La lectura de la obra de Thomas Mann nos procura el goce del encuentro con un pensamiento organizado y profundo, y no nos basta el solaz estético que proporciona una literatura refinada, lejana, cargada de mensajes que parecen extraños a las turbulencias del presente. Hablar de Thomas Mann es hallar en la mitología del mundo de hoy la repetición de los símbolos que retrató en sus relatos, novelas y ensayos: “Mientras más profundamente se escudriña, mas nos hundimos a tientas en el mundo subterráneo del pasado”.

No es difícil el hallazgo de la identidad de aquellos símbolos con los de nuestro tiempo. Los materiales utilizados por el escritor son los del artista de siempre: el mito y el sueño, motivos de toda creación artística como la que nos propone en La Montaña Mágica con la presencia demoníaca en el ambiente limpio de la nieve (Settembrini Y Naftha tratando temas iniciáticos); o el descenso del doctor Faustus al mundo de las sombras, para saciar su ansiedad de infinito; y la contradictoria lucha del artista Tonio Kroger, exilado del mundo, con la llana felicidad de la calle a la que, en el fondo, aspira afanosamente. Thomas Mann se retira a sus reflexiones y defiende “una intimidad resignada del poder exterior”, porque el artista no tiene otra meta que la realización de su obra; y así se coloca a distancia de su mundo real y abomina la civilización subordinada a principios políticos, para exaltar la cultura como arte y lo burgués como estado libre del alma (igual que su Ciudad Libre hanseática: Lubeck), y lanzar de ese modo la proclama del individualismo en “Consideraciones de un Apolítico". Nada que signifique homogeneizar los hábitos, empuñada siempre la bandera del individualismo indiferente al magma social. Está sentado en la silla extendida frente al mar y contempla la belleza en la figura del adolescente; o medita acerca de la muerte, aislado en las montañas de Davos. No puede desprenderse del orden burgués que se ha impuesto como disciplina vital, de trabajo, en equilibrio sobre sus propias pasiones, y siente así el desarraigo en que lo coloca la trasgresión de la moral. Pero todavía frente a la tentación del desorden presenta batalla, para caer finalmente y hallar la muerte. Su alejamiento del mundo lo acerca a su propio mundo, que ha releído en Tolstoi: “El principal fin del arte consiste en decir la verdad sobre el alma y en revelar y exponer todos aquellos secretos que no pueden expresarse con simples palabras. El arte es un microscopio con el que enfoca el artista los secretos de su alma, para revelar luego a los hombres todos los secretos que les son comunes”. El artista duerme en soledad para llegar al fondo de sí mismo y extender sus enigmas a todos los hombres.

Con la irrupción de la Gran Guerra nace otro espíritu en el escritor. De lo profundo de sus aspiraciones como creador surge ahora una necesidad diferente. La búsqueda del burgués, es verdad, pero sometida al impulso de comprenderlo y seguir su desarrollo contradictorio, y desde ese momento para apreciarlo con una visión de compromiso de libertad y comunión. Aquel avance hacia la democracia estuvo apuntalado en la nobleza de su espíritu, tanto así que mantuvo a su lado la veneración hacia los escritores que habían contribuido a su formación literaria. Ya no guardará con tanto celo su intimidad al resguardo del poder.

No podemos dejar de lado la situación social de nuestro escritor. La vida en Lubeck se había desarrollado siempre desde la primacía de la riqueza, y la economía moderna ya se había extendido en la civilización occidental europea. Desde el siglo XIX se impusieron los principios que la caracterizan hasta hoy: El papel moneda como medio de transacción, una visión nueva del derecho de propiedad y la incorporación de la energía humana y mecánica como factor de producción.

Goethe y Thomas Mann guardan semejanzas en su quehacer artístico literario. El primero sometió a la disciplina del trabajo los ímpetus románticos que hubieran podido destruirlo, como le ocurrió a su Werther. Se hizo Consejero Áulico del Ducado de Sajonia- Weimar, y desde esa posición privilegiada compuso su gigantesca obra literaria y científica. En el Segundo Fausto ya el personaje ha olvidado su pasión amorosa y abandonado también el interés metafísico centrado en Dios. Ahora Fausto es empresario y se ocupa del dinero y la riqueza, y al final de su vida, ciego e inválido, se empeña en una tarea imposible: ganar tierra al mar para construir cultivos. Muere engañado de sí mismo y cree haber logrado su propósito, pero todo es efecto de las limitaciones de su vejez. Ya la industrialización había comenzado, y los recursos del empresario romántico no podían superar las fuerzas productivas de la era naciente.

También Thomas Mann se amparó en la serena vida burguesa de su familia, que le facilitó la producción de su trabajo literario, y obtuvo fama en el ejercicio callado de la política de la burguesía.

Ni siquiera lo dicho resta fascinación a la obra de Thomas Mann. El autor nos sumerge en su propia vida y tradición burguesa y nos enseña la evolución de una familia, que es la suya, en el tránsito existencial de tres generaciones, desde su impulso inicial hasta la decadencia. En la primera, el propósito es la persecución de la riqueza material, la seguridad económica. El viejo Johann Buddenbrook en la sala familiar, endurecido con su afán de poder. La generación que le sigue, representada por el Cónsul Johann, su hijo, hurga en las inquietudes religiosas para mantener aquel poderío con el amparo de la fe y el respeto a la religión reformista hecha para el trabajo como prueba y como expiación: segundo estadio de la tradición familiar. Por último, la tercera Generación, en un Thomas Buddenbrook que pierde poco a poco el sosiego burgués, se orienta hacia las inquietudes del espíritu, la náusea del conocimiento, el hastío que le deja la imposibilidad de comprender los límites del mundo artístico, el hallazgo de la filosofía de Schopenhauer.

El problema que se plantea el personaje Thomas Buddenbrook es la rendición ante la decadencia de la estirpe burguesa o la lucha contra ella. Los nuevos tiempos que han relajado los principios de la burguesía, corroen la vieja moral y traen la descomposición de la rigidez, para imponer el abandono de aquellos principios vitales afincados en el acatamiento de las reglas sociales burguesas y el cumplimiento de los deberes. La disciplina que asume en la crisis Thomas Buddenbrook, se ha convertido en nueva conciencia burguesa, como expresión estética, moral y filosófica. Y en ello ha luchado contra el pesimismo y el sufrimiento metafísico, enfrentamiento que sólo se resuelve en éxtasis de misticismo o en el arte inaprensible con su hermana gemela, la muerte. En el fondo de su lucha interior, Thomas Buddenbrook anhela comprender el sentido de la disciplina vital que sustenta a la burguesía. Se trata del combate entre dos maneras de vivir: por un lado, el rigor y la disciplina, y por el otro la anarquía del sentimiento. La disciplina absoluta conduce a la sujeción del individuo a formas rígidas o vacías, carentes de valores éticos, mientras que el abandono en la sensualidad atrae a la muerte. El personaje de la novela cierra el ciclo de una estirpe.

Siempre está el arte como fondo de la actitud de los protagonistas —agonistas— de las obras de Thomas Mann, un arte romántico con formas clásicas, al estilo de Goethe. Y sus motivos, repetidos rítmicamente: la belleza y la muerte. Desde el principio, él ha querido ser sólo un artista que “mejora el mundo por otros medios que la enseñanza ética … Fijando la vida del mundo y haciendo aflorar a través de esta apariencia, ‘la vida de la vida’, el espíritu …”, sin perder de vista la realidad de realidades: la muerte, a la que hay que vencer. El héroe de La Montaña Mágica, Hans Castorp, logra someter a la tentación y es el único que regresa de la montaña embrujada en la que siete años lo han aproximado a la simpatía con la muerte, la atracción hipnótica de sentirla cercana. El exorcismo de la muerte lo lleva a la guerra pero lo aleja de la montaña del pecado, porque la muerte y la enfermedad, como el pensamiento y sus abismos, son pecaminosos. ¿Hay en tales actos un abandono en lo oscuro e irracional que se dice distingue al alma germánica, la claridad mediterránea frente a la oscuridad del norte? Falsa comparación que los hechos han refutado: ¿Existe proximidad más pasional con la muerte que la que exalta en su arte el hombre mediterráneo? Nos embriaga la sangre y la fuerza, el Cristo doliente y la alegría del sacrificio en el arrepentimiento: la añoranza estoica de la muerte. No hay tanta glorificación del gran suceso como en el artista español, o griego. En cambio, la muerte en el romanticismo alemán tiene mucho de piadoso, y los actores han entregado con ella algo de una sonrisa. Aschenbach deja en el ambiente una mirada al mar, y su muerte es el adiós a la trasgresión y el regreso al mundo de la disciplina quebrantada por un momento en los canales de Venecia. Es el poeta Thomas Mann quien nos presenta la divinización de la belleza para emparentarla con la muerte.
A pesar de haber adoptado con firmeza las ideas democráticas, Thomas Mann no abandonó cierto escepticismo acerca de la inserción del espíritu de la democracia en el nuevo burgués alemán. En una de sus narraciones características: Desorden y sufrimientos tempranos, destaca la actitud melancólica del erudito que ha debido adaptarse a las imposiciones de la República de Weimar, después de la Primera Guerra Mundial. El profesor Cornelius guarda las costumbres y las memorias de los años anteriores a la guerra, durante el Imperio de Guillermo II, y se siente abandonado en la naciente República de 1918. En lo moral y lo espiritual, el profesor es consciente de que los actores de aquella época vivida por él ya no aman la historia, y que odian el cambio político al considerarlo “ahistórico”, y es porque para el profesor Cornelius la vida y su realización personal pertenecen al pasado, y por ello ha muerto todo lo que tuvo valor: Ha muerto, y la muerte es la fuente de toda piedad y de todo cuanto tiene sentido”. El pensamiento del escritor asume una proporción cósmica y estará fijo en el tema del tiempo que no puede ubicar en un espacio conocido.

Se ha dicho que Thomas Mann expone el carácter de una época, la de la burguesía en su estado de plenitud en lo cotidiano, con las virtudes del ciudadano que no se deja arrastrar por la violencia del pensamiento y de la acción. Pero lo cierto es que él quiso estar fuera de su tiempo. Lo demuestra la decadencia melancólica de sus personajes, al margen de influencias económicas y sociales. Susan Sontag dijo en una novela que hay hombres que son sus vidas, y otros que se limitan a habitarlas. Thomas Mann quiso expresar en sus creaciones lo que él mismo había sentido en su experiencia vital conflictiva, y representarse a sí mismo en los protagonistas de sus obras: el solitario que encarna lo intangible, ajeno al movimiento perturbador de su tiempo.

En todos los personajes de Mann hallamos como denominador común el aislamiento del artista que repudia la vulgaridad y sentido utilitario de la sociedad mercantilista. Y no obstante esa rebeldía que lo induce a la soledad, en su fuero interno oculta un deseo insatisfecho de pertenecer al espíritu de la burguesía, ser una persona más, con los mismos deseos y costumbres. No lo logra, y en contraste con aquellos deseos de simplicidad, crea personajes que padecen de una extrema sensibilidad, refinada y enfermiza. Son diferentes de los demás hombres a despecho de pertenecer a la especie. Se consideran elegidos porque evaden el lugar común, y se despegan de la mediocridad de los semejantes. El tiempo y el espacio en el que viven es otro y distinto del de sus contemporáneos; los personajes de Thomas Mann, al igual que él mismo, viven el mundo de la belleza, la poesía y el arte.

La ambigüedad de Mann se confiesa en la novela Tonio Kröger, en la que éste escribe a su amiga Isabel Ivanovna: “¿Recuerda Todavía que me motejó de burgués, de burgués extraviado? Me lo dijo en un momento en que, llevado por otras confesiones que usted me había arrancado, le afirmé mi amor por lo que yo llamo vida; me pregunto si usted sabe cuán cerca estuvo de la verdad; hasta dónde mi espíritu burgués y mi amor por la vida son una misma e idéntica cosa (…) Estoy entre dos mundos, y no me siento cómodo en ninguno de ellos; por consiguiente, la vida me resulta un tanto difícil. Ustedes, los artistas, suelen considerarme como un burgués; pero los burgueses sienten deseos de encerrarme (…) Los burgueses son estúpidos; pero ustedes, los adoradores de la belleza, ustedes que me acusan de flemático y de carecer de pasión, deberían pensar en la existencia de una vocación artística, tan profunda y determinada desde un principio por el destino, a la que ninguna pasión le parecerá más dulce y digna de ser vivida, que la de las satisfacciones de la mediocridad”. Es Thomas Mann quien habla por boca de Tonio Kröger, en esta novela de juventud que expone las contradicciones del escritor ante el mundo pragmático en el que vive, y del cual se exilia a causa del empuje de fuerzas espirituales que pueden explicarse. Thomas Mann ha confesado en su breve autobiografía la influencia de sus padres, y nos ha revelado la severidad paterna en contraste con el gusto por la fantasía de su madre.
En la Alemania de Los Buddenbroock o de la Montaña Mágica hay un tiempo que tiene tanto de pasado como de futuro, y parece etéreo o inexistente. El presente apenas va de paso hacia un porvenir que pretende hacerse infinito, tiempo demoníaco como el que persigue doctor Faustus. Lo dijo también en La Montaña Mágica: “¿Qué es el tiempo? Un misterio sin realidad propia y omnipotente. Es una condición del mundo fenomenal, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio y a su movimiento. Pero, ¿habría tiempo si no hubiese movimiento? Habría movimiento si no hubiese tiempo? Hans Cartop ha permanecido siete años en Davos, y su vida ha estado en la inmovilidad, rodeado de un aire de vetustez, de reposo profundo y resignación, que solo se alteran por el cruce de ideas de los protagonistas: el pensamiento y la palabra. Su historia ha quedado estampada en la nieve de la gran montaña.

Está un hombre pensando en el tema que le obsesiona y quiere hacer realidad. Se acompaña de una mesa de mimbre y tiene las herramientas para fijar las formas. Un lápiz, papel, imágenes tomadas de grabados de Durero que luego serán obra escrita. Porque así como nuestro autor recibió de Goethe y de Nietzsche las líneas de un complejo destino, de Durero tomó conciencia de lo que se halla más allá de nuestro yo. Somos mucho menos individuos de lo que creemos ser.
Del esfuerzo creativo de nuestro escritor saldrá una mezcla de palabras y figuras humanas, colores y sentimientos extremos. Emergerá del intento una mole de nieve; nos retará el incesto que conducirá a la proclamación de un Papa; bogará un barco con destino a la muerte. Tiembla la vida como si la sacudiera desde abajo el empuje de pechos titánicos, y suena desde la playa un adagio de triste profundidad, mientras en la bruma el creador de arte siente el frío de emociones confusas. El poeta nos ofrenda el único tesoro que posee: Espacio. Porque el hombre es un habitante del mundo blanco de Leuconoe, no tiene raíces en las dunas ni en las piedras lavadas por la espuma del mar Adriático, del mar Caribe o de cualquier océano. Sueña, está sumergido en una “pereza soñadora” y toma el lápiz para escribir la frase inicial del poema. Puede simbolizar el espejo del mundo; su nombre no importa, el lugar tampoco. Es el artista de hoy, Thomas Mann redivivo, con las mismas inquietudes y dudas. Quiere tener la tranquila disposición para hacer su obra y nada más parece importarle. Pero el llamado de la calle lo abruma y sacude del ensimismamiento para enfrentarlo a un concepto activo de libertad.

Los requerimientos de la época lo sobresaltan y nos dice, como lo hubiera dicho cualquier poeta en el umbral de la crisis: “Acaso como ningún otro había yo experimentado en mi propio cuerpo, en violentos conflictos, de qué manera la época forzaba a pasar del plano de lo metafísico e individual al plano de lo social”. O, en las palabras de Eugenio Trías: "Cierta síntesis de pasión y producción, más allá de lo estético, en lo ético político, en lo ético-cívico, en lo social () El recorrido exhaustivo de los círculos infernales de la subjetividad sólo alcanza salida a su naturaleza laberíntica en el terreno social, allí donde el UNO alcanza mediación con lo múltiple de manera que la mónada, sin aberturas ni ventanas, encuentre en su propio descenso a los infiernos su esencia comunitaria que la fecunda y la determina …"

Inicia ahora el artista la búsqueda a partir de lo individual para alcanzar el mito, carne y presencia que es uno y múltiple; para hallar la raíz de la tradición en el paso de la historia: la saga bíblica de Jacob y sus hijos, que se repite en cada aldea, la decadencia de las costumbres reflejada en el pozo del hartazgo, la epifanía de otra humanidad.

Se levanta el velo de Maya para permitir la conquista de formas inmutables y al mismo tiempo nuevas, que el artista moldea para invocar los recuerdos primordiales, en anamnesis platónica.


OBRAS CONSULTADAS
Karst, Román: Thomas Mann: Historia de una disonancia. Barral Editores. Barcelona, 1970.

Lukács, Georg: Thomas Mann. Ediciones Grijalbo, S.A. Barcelona, 1969.

Lukács, Georg: Goethe y su época. Ediciones Grijalbo S.A. Barcelona, 1968.

Mann, Thomas: Narraciones y ensayos. Obras completas. Tomo III. Editorial Plaza & Janes. Barcelona, 1968.

Mann, Thomas: Diarios (1918-1936 y 1937-1939). Dos volúmenes. Editorial Plaza & Janes. Barcelona, 1986 y 1987.

Mann, Thomas: El artista y la sociedad. Ediciones Guadarrama. Madrid, 1975.

Mann, Thomas: Relato de mi vida. Salvat Editores S.A. 1971.

Merkel, Ulrich: Estudio preliminar a “Misa Satánica”. Propuesta de Albrecht Schöne para una adaptación teatral de “La Noche de Walpurgis”, de Johann Wolfgang Goethe. Editorial Biblos, 2002. Buenos Aires.

Trías, Eugenio: Conocer Thomas Mann y su obra. DOPESA. Barcelona, 1978.

Yourcenar, Marguerite: Humanisme et hermetisme chez Thomas Mann, en < Sous benéfice d’inventaire>. Essais et memoires. Editions Gallimard. Paris, 1991.
NOTA: El presente ensayo pertenece al libro: “Forma e intenciones del lenguaje”, patrocinada por la asociación civil sin fines de lucro: PROMOCULTURA. Caracas, 2009.

ISBN 980 9803 69 9793-5

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