Pertenece a la temática "Hombre del mes"






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Escándalo en el reino

Michelle Celmer

5º Seducción en palacio


Escándalo en el reino (2009)

Pertenece a la temática "Hombre del mes"

Título Original: Royal seducer (2009)

Serie: 5º Seducción en palacio

Editorial: Harlequin Ibérica

Sello / Colección: Deseo 1693

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Christian Alexander y Melissa Thornsby

Argumento:

No le importaba casarse sin amar a su esposa.

Como todo príncipe, Christian debía casarse con una mujer de la realeza, lo que reducía mucho sus opciones. Hasta que descubrió a una nueva princesa, guapa e inocente, que desconocía haber sido la elegida. Él estaba dispuesto a unirse en matrimonio con quien hiciera falta para cumplir con su deber, pero enseguida la atractiva princesa Melissa le hizo desear con impaciencia que llegara la noche de bodas. Tan sólo tenía que evitar enamorarse… o perdería su reino para siempre.

Capítulo Uno

Melissa Thornsby nunca se ponía nerviosa.

Había sido educada en la pretenciosa y excéntrica alta sociedad de Nueva Orleans, donde era habitual darse la vuelta y encontrarse un par de puñales clavados en la espalda. Eso era parte del juego.

Después del huracán Katrina, había creado una fundación para reconstruir la ciudad y tratar con presidentes, actores, músicos y demás famosos dispuestos a ayudar, era parte de su día a día.

No se había inmutado al enterarse de que era una princesa ilegítima del Estado de Morgan Isle. Incluso había tomado la decisión de mudarse allí para estar con una familia que no veía claras sus intenciones. Se había limitado a seguir el consejo de su difunta madre y a tomárselo como una aventura.

Así que visitar Thomas Isle, la nación rival de su país de nacimiento y conocer a la familia real, no era ningún acontecimiento especial para ella.

Hasta que lo vio.

Estaba en la pista de un pequeño aeropuerto privado, bajo la luz brillante del sol de la tarde, flanqueado por dos guardaespaldas, junto a un Bentley negro. Era muy guapo, alto, fuerte y estaba muy elegante con un traje a rayas grises hecho a medida.

Era el príncipe Christian James Alexander, heredero del trono de Thomas Isle. Soltero empedernido y todo un playboy. Las fotos no le hacían justicia.

Bajó la escalerilla del avión privado y el príncipe se acercó, luciendo su deslumbrante sonrisa. El corazón se le subió a la garganta y se le hizo un extraño nudo de nervios en el estómago. ¿Era demasiado esperar que fuera su guía durante las dos semanas que duraría su visita? Aunque sabía por experiencia que esa tarea era habitualmente encomendada a la princesa ya que el príncipe heredero solía estar ocupado con cosas más importantes como prepararse para gobernar el país.

Flanqueada por su propio séquito de seguridad, el equipo que su medio hermano, el rey Phillip, había insistido que la acompañara, avanzó hasta encontrarse con él a medio camino.

Cuando estuvieron frente a frente, él bajó la cabeza a modo de saludo.

—Bienvenida a Thomas Isle, alteza —dijo con una voz tan intensa y suave como el chocolate.

—Alteza —replicó ella haciendo una reverencia y desplegando su encanto sureño—. Es un honor estar aquí.

—El honor es todo nuestro —añadió él con una sonrisa letal.

Letal porque pudo sentirla, como una subida de energía, de la cabeza a los pies.

La miraba intensamente con sus ojos verdes y tras ellos, podía ver un brillo de travesura y maliciosa determinación. No pudo evitar preguntarse si habría sido gato en otra vida.

El príncipe reparó en su séquito de seguridad.

—¿Espera una revuelta, alteza? —preguntó enarcando una ceja.

—Iba a preguntarle lo mismo —replicó ella.

Si la pregunta había sido algún tipo de prueba, era evidente que la había pasado. Él sonrió, divertido y sexy, y el nudo de nervios se intensificó. Ella no era así. Estaba acostumbrada a que los hombres flirtearan con ella. Jóvenes y maduros, ricos y pobres, todos iban tras la herencia que sus tíos abuelos le habían dejado. Pero por alguna razón estaba segura de que el príncipe no estaba pensando en el dinero. Era uno de los pocos hombres que conocía cuya riqueza superaba la suya. Al menos, eso creía.

—Los guardaespaldas fueron idea del rey Phillip —le dijo.

—Claro, puede seguir con ellos, pero no es necesario.

Phillip había insistido en que se llevara a los guardaespaldas con ella, pero no dijo nada de que estuviera obligada a tenerlos a su alrededor. Y aunque pudiera parecer optimista, el confiar su bienestar a los empleados del príncipe Christian sería interpretado como una muestra de buena fe. La relación de los dos países había sido tensa en el pasado y la paz a la que habían llegado por razones prácticas estaba todavía en pañales. Su deber, tal y como lo entendía, era trabajar por afianzarla.

—Asegúrese de que regresan bien —pidió Melissa.

—Por supuesto, alteza —asintió él.

Se estremeció. Todavía no se había acostumbrado a su título.

—Por favor, llámame Melissa.

—Melissa —dijo él con aquel sexy acento británico—. Me gusta ese nombre.

A ella le gustaba la manera en que lo pronunciaba.

—Llámame Chris. Creo que será mejor que nos olvidemos de las formalidades, teniendo en cuenta que pasaremos bastante tiempo juntos en las próximas dos semanas.

¿De veras? Otro nudo de nervios presionó su estómago.

—¿Vas a ser mi guía? —preguntó.

—Si estás de acuerdo…

Como si fuera a decirle que no a un atractivo y encantador príncipe.

—Lo estoy deseando.

—¿Nos vamos? —preguntó él señalando hacia el coche que los esperaba.

Ella se giró hacia sus guardaespaldas.

—Gracias, caballeros —dijo a modo de despido.

Los hombres intercambiaron unas miradas interrogantes, pero permanecieron en silencio. Sabían al igual que ella que Phillip no vería bien que los mandara de vuelta.

Pero bueno. Si había algo que su nuera familia había aprendido era que tenía todo un carácter. Por mucho que deseara volver a formar parte de una familia desde que murieran sus padres y ser aceptada como uno más, no estaba dispuesta a sacrificar su forma de ser. A sus treinta y tres años, sus costumbres estaban demasiado arraigadas como para cambiar.

El príncipe la tomó del brazo para acompañarla hasta el coche y, a pesar de la seda y del lino de su traje, su piel se estremeció al sentir su calor. ¿Cuándo había sido la última vez que había sentido química con un hombre? O quizá la pregunta fuera: ¿cuándo había sido la última vez que se había permitido sentirla? Aquél era un viaje tanto de negocios como de placer y no le haría ningún daño relajarse y divertirse.

La ayudó a sentarse en el asiento trasero y se acomodó en el asiento de cuero color crema. Luego, él rodeó el coche y se subió por el otro lado, llenando el interior de una cálida y deliciosa esencia que la embriagó. De haber estado en casa, lo habría achacado al calor sureño, pero allí la temperatura apenas alcanzaba los veinticinco grados y no había humedad. Para ser mediados de junio, hacía calor en Thomas Isle, pero agradable para lo que estaba acostumbrada.

Tan pronto como se cerraron las puertas, salieron en dirección al castillo, que apenas estaba a unos minutos, tal y como había visto al aterrizar. Desde el aire le había parecido enorme, más grande que el moderno palacio de Morgan Isle, y con grandes extensiones de zonas verdes, cuidados jardines e incluso un laberinto de vegetación.

Era una apasionada de la naturaleza y estaba deseando conocerlo. Su madre había sido una gran jardinera. El hogar en el que Melissa había crecido en Morgan Isle había sido conocido por sus premios en jardinería y había mantenido la tradición en su casa de Nueva Orleans. Aunque había sido difícil marcharse y regresar a Morgan Isle, Estados Unidos nunca había sido su verdadero hogar. Desde que perdiera a sus padres, nunca había sentido que perteneciera a ningún sitio.

—Mis padres, el rey y la reina, están ansiosos por conocerte —dijo Chris.

—El sentimiento es mutuo —dijo girándose hacia él y reparando en que la estaba mirando con curiosidad—. ¿Qué?

—Tu acento —dijo—. No sé muy bien de dónde es.

—Eso es porque es una mezcla de varios dialectos. Es un reflejo de los distintos sitios en los que he vivido.

—¿En dónde has vivido?

—Veamos… —dijo ella y empezó a contar con los dedos—. Viví en Morgan Isle hasta los diez años, después en Nueva Orleans, luego estuve en un internado en Francia y los veranos los pasaba en California. Más tarde, fui a la universidad en la Costa Este antes de regresar a Nueva Orleans.

—Parece muy excitante.

Podía pensarse eso, pero siempre había deseado quedarse en un mismo sitio. Claro que cuando por fin lo había hecho, no se había sentido a gusto. Había creído que regresar a Morgan Isle le proporcionaría la sensación de hogar y familia que siempre había deseado, pero se había sentido defraudada al comprobar que aunque fuera su verdadero hogar, se sentía como una extraña.

Eso le hacía preguntarse si alguna vez encajaría en algún sitio.

—¿Y tú? —le preguntó al príncipe.

—Mis viajes diplomáticos me han llevado por todo el mundo, pero siempre he vivido aquí con mi familia.

Detectó una ligera nota de desesperación en su voz. A ella, aquello le parecía maravilloso. Después de que sus padres murieran, había vuelto a los Estados Unidos para vivir con sus tíos abuelos, que apenas tenían sentido de familia. Habían decidido no tener hijos y veían a su sobrina nieta como a una intrusa más que como a alguien de la familia. Apenas les llevó tiempo buscarle un internado y unos campamentos en verano. Pero no podía culparlos. Habían hecho lo que habían podido. Si no hubieran accedido a recogerla, habría acabado bajo la tutela del Estado y quién sabe dónde estaría ahora.

Melissa se dio cuenta de que el coche estaba subiendo y adivinó que estaban a punto de llegar. Entre los árboles, surgió el castillo como si fuera una escena de un cuento, sobre un acantilado mirando al océano. Parecía un centinela vigilando la preciosa ciudad que había a sus pies.

Era bastante menos moderno que Morgan Isle, pensó orgullosa. Se sentía como si hubiera regresado al siglo pasado.

Por lo que había descubierto en sus investigaciones, mientras Morgan Isle era moderna y de miras avanzadas, una comunidad próspera y creciente, Thomas Isle era tradicional y cerrada. Su economía estaba basada en exportar pesca y agricultura orgánica. A algunos les parecía arcaico, pero ella lo encontraba pintoresco y entrañable.

—Es magnífico —dijo ella mirando desde la ventanilla del coche.

—¿Conoces la historia entre nuestros países?

—Sólo sé que han sido rivales durante años.

—Es una historia fascinante. ¿Sabías que las dos islas fueron gobernadas por la misma familia? Un rey y una reina con dos hijos gemelos.

—¿Sus nombres no serían Thomas y Morgan, verdad?

El sonrió.

—Así es. Cuando el rey murió, los príncipes desencadenaron una batalla para ver quién se convertiría en el próximo gobernante. Ambos se sentían con derecho al título. Al ver que no llegaban a ningún acuerdo, uno retó en duelo al otro —dijo e hizo una pausa para causar un efecto dramático—. A muerte. El que sobreviviera se convertiría en rey. Pero su madre no pudo soportar la idea de perder a uno de ellos, así que les pidió que no se enfrentaran. Les sugirió la idea de dividir el reino y que cada uno se hiciera cargo de una de las islas. Estuvieron de acuerdo, pero no volvieron a hablarse nunca.

—Eso es muy triste.

—Cada uno de ellos eligió poner su nombre a la isla para molestar al otro. A sus súbditos, como muestra de lealtad a sus respectivos reyes, se les prohibió visitar la isla en la que no residían o incluso comunicarse con sus habitantes. Muchas familias se rompieron y hubo negocios que se arruinaron.

—¿Y la reina? ¿Qué isla eligió?

—Se negó a elegir entre sus hijos y la desterraron de ambas islas.

Ella se llevó una mano al corazón.

—Dios mío, ¡qué horrible! ¿Cómo pudieron desterrar a su propia madre?

—Han hecho falta cientos de años para olvidarnos de aquella historia —dijo él—. Por eso es tan importante que haya acuerdo entre nuestros países. Unir nuestros recursos es beneficioso para las dos islas, para nuestras sociedades y para nuestras familias.

—El rey Phillip siente lo mismo —le aseguró—. Por eso estoy aquí.

—Me alegro de oír eso. Asuntos como éste pueden ser muy… incómodos.

—Soy una princesa que se amolda fácilmente —dijo ella, lo cual era verdad en parte—. De todas formas, me tomo mi nuevo papel muy en serio. Todo por el bien de mi país.

El esbozó otra de sus desconcertantes sonrisas.

—Entonces, estoy seguro de que nos llevaremos bien.

El coche continuó el camino hasta la entrada, donde esperaban un puñado de periodistas con cámaras y micrófonos.

Las puertas de acceso se abrieron y la guardia uniformada se ocupó de controlar a la multitud. El coche siguió hasta un muro de piedra que parecía extenderse kilómetros a cada lado y lo que vio le dejó sin respiración. Todo era verde y brillante y el castillo era un edificio impresionante de piedra y vidrieras.

—Bienvenida al castillo de Sparrowfax —dijo Chris.

Al rodear el camino de entrada y ver a la familia real y a lo que parecía todo el personal en formación esperándola, se percató de que la recibían con todos los honores. El nudo de nervios en el estómago se tensó aún más.

Parecían haberse tomado demasiadas molestias para una simple visita de cortesía. No podía olvidar lo importante que era para su familia y su país, por lo que tenía que cuidar su comportamiento. Especialmente debía de controlar su lengua sureña que en ocasiones parecía tener vida propia.

Mientras el coche se detenía, unos lacayos uniformados se acercaron para abrir las puertas. Melissa tomó la mano que le ofrecían y se levantó de su asiento, sintiéndose inapropiadamente vestida con su sencillo vestido de lino. La familia estaba vestida y preparada para recibir a un miembro de la realeza y por primera vez en su vida adulta temió no dar la talla.

Los padres de Chris, el rey y la reina, se acercaron a saludarla. Aunque eran de edad avanzada, se les veía saludables y llenos de vida. Sus otros hijos, un varón y dos gemelas, eran tan atractivos como su hermano Chris. Melissa pensó en el privilegio que sería formar parte de aquella guapa familia. Era una incógnita que todos ellos no se hubieran casado todavía.

Aun así, su atractivo físico era sólo una parte del panorama. Podían ser fríos y distantes.

Chris apareció a su lado y su presencia le proporcionó un efecto tranquilizador.

—¿Todo esto por mí? —preguntó.

Su pregunta pareció sorprenderlo.

—Claro. Eres una invitada de honor. Tu visita marca una nueva era para nuestros reinos.

No había pensado que su visita pudiera ser considerada tan importante. Su familia no había hecho tanto despliegue cuando regresó a su lugar de origen. De hecho, no había habido revuelo alguno. Su regreso a Morgan Isle había sido un secreto para evitar el acoso de la prensa.

Pero no era como para protestar. ¿A qué mujer no le gustaba que le subieran la autoestima de vez en cuando?

Chris le ofreció su brazo y lo tomó. Aquel gesto le resultó reconfortante y le hizo sentirse segura.

Ella le dirigió una sonrisa y asintió. En Nueva Orleans se movía entre lo más granado de la alta sociedad. Pero allí, era conocida como la hija ilegítima del fallecido rey Frederick.

Y sospechaba que durante el resto de su vida, nadie se lo iba a hacer olvidar.
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