Declaramos públicamente que desde hace algún tiempo nos ha ido interesando el crecimiento obteni­do por las sociedades espiritistas. Algunas veces nos hemos






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V
¿Cuántos días o meses estuvo dormido Gil en su cama de nube? No pudo medirlo porque el tiempo y el espacio son conceptos que escapan a la apreciación de los difuntos recién llegados al plano astral. Lo que sí advirtió fue que el ángel de la Guarda no venía a re­cogerle.

—Ese ángel se está buscando un disgusto muy serio —pensó entristecido por el abandono.

Se echó a caminar por el paisaje que se abría ante él, huyendo de unas turbas feroces y desgarradas de prusianos, franceses, turcos y griegos, austríacos, chi­nos, drusos, españoles y moros, algún japonés, bas­tantes moscovitas y varios italianos y tal cual austría­co que venía bailando al son de un vals de opereta. Eran espectros de las últimas guerras, que iban a la greña hablando de banderas, honores patrios, trata­dos de comercio, anexión de tierras, imposición a ca­ñonazos de las respectivas religiones y embrollos di­plomáticos, y dando vivas, aun después de muertos, a los mandarines, reyes, sultanes y presidentes que les habían enviado a la horrible matanza.

—Los hombres se llevan como hermanos —oyó de­cir a su lado a una voz sarcástica—. ¡Menos mal que pronto vendrá el Mesías!

El que así hablaba era un banquero judío, ciudada­no universal de la Patria del Oro, que gozaba contan­do las riquezas que había acumulado en vida: billetes de todos los Bancos del mundo, algunos visiblemente manchados de sangre humana, como lo están siempre todos los caudales monstruosos de grandes.

Gil huyó de él porque tenía una amarga experiencia del trato con los prestamistas y temeroso de que le quisiera cobrar réditos por la conversación. A su vista se extendía un bello panorama de un ambiente azula­do, con palacios suntuosos, jardines poéticos y miste­riosos, con cisnes y ruiseñores, sin alambradas de pin­chos, y libres de los guardas con bandolera y tralla que tanto fastidian al paseante en los jardines urbanos. Había también obeliscos y monumentos y oía dulces músicas tañidas por blancas doncellas que se diver­tían con juegos ingenuos y puros y no echaban de menos la oscuridad de los cinematógrafos. Fantas­mas luminosos platicaban entre sí, decíanse versos que no eran altruistas —los de esta secta tenían su cripta pombiana a mano derecha entrando en el Limbo, donde se hartaban de jeroglíficos disparata­dos—; otros tañían músicas con instrumentos delicio­sos, tan distintos de los jazz-bands que sólo se usaban en el infierno para que bailasen las diablas y con el ma­ligno propósito de producir cefalalgias a los condena­dos, constituyendo esto un tormento atroz, no descri­to hasta hoy por ningún cronista de la corte plutoniana. Algunos hacían bellos discursos de filoso­fía, otros hablaban de matemáticas y de medicina y no admitían a ningún abogado ni procurador porque aquellas criaturas deseaban vivir en concordia su vida de ultratumba. Vio muchas mujeres bellas y otras en­tidades misteriosas que eran hadas, sílfides y nerei­das. Entre esta amable multitud iban y venían, como dormidos, los espíritus erráticos, que aún no habían despertado a la luz del más allá. Algunos eran tan bobos que se creían que aún vivían su existencia terrestre y pedían cigarrillos y se empeñaban en to­marse un bocadillo de anchoas con una caña dorada. Eran materialistas que nunca habían sospechado otra posterior existencia ni daban fe a la inmortalidad y evolución de los seres, y que, entonces, al sentirse pal­pitar en el gran océano del Éter y verse en forma periespiritual, que es como el reflejo del hombre en un espejo, exclamaban jubilosos: «¡Yo no me he muerto; yo no me he muerto! ¡Aún puedo disfrutar de mis placeres materiales!»

También vio Gil un tropel de gentecita de poco más o menos que se decían incongruencias y las corea­ban con grandes risas, abriendo tanto la boca que en­señaban la campanilla del garguero, y aplicándose ambas manos al vientre como si temiesen que se les salieran los paquetes intestinales. Prestó oído y no comprendió nada de lo que decían.

—Serán unos pobres idiotas que han muerto en al­gún tonticomio —pensó en alta voz.

—Nada de eso —oyó que le respondían—. Esos que tanto se ríen de sus propias gracias son autores cómicos de comedia. En la tierra eran muy considerados porque no obligaron nunca a la muchedumbre a la penosa tarea de pensar. La gente va a ver sus adefesios que llaman de astracán —no se sabe por qué— con la misma disposición mental que acude a reírse de los payasos del circo.

—De modo que toda esa monserga sin sentido...

—Son chistes.

—Nadie lo hubiera sospechado. No comprendo que la gente roma se empeñe en ser aguda. Y ¿por qué afirmas que son chistes si nunca tienen ingenio?

—Yo no digo ingenio, sino chuscadas del arroyo, para criadas, niños y militares sin graduación. Al pú­blico le gusta la porquería...

—Comprendo que dices bien al oír lo que sueltan por la boca esos perillanes. No sabrán leer, ¿verdad?

—De ningún modo, pero siendo analfabetos han resuelto el problema de comer del arte de escribir.

—¡Pues ya tiene mérito! —exclamó Gil, asombrado.

La voz que le hablaba se perdió en los limbos, y Balduquín, que sin darse cuenta había descendido a la atmósfera de la Tierra, se sentó a descansar en lo más alto de la madrileña torre de Santa Cruz, y recor­dando a su guardián, que le tenía abandonado, mur­muró:

—Pero ¿dónde diablos se habrá metido ese ángel?
VI
Tan a gusto y distraído estaba, viendo cómo los guar­dianes de la blanca porra —que parece un falo de oso polar— ordenaban la circulación rodada, cuando oyó que desde abajo le llamaban con grandes voces.

—¡Eh, tú, Balduquín!

Miró hacia la voz, haciendo toldo con la mano so­bre los ojos, y vio a su ángel guardián, que le hacía se­ñas de que bajara de la torre.

—¡Sube tú, perdido! —le gritó cariñosamente.

—No puedo —se excusó el ángel—, he perdido por mis pecados la facultad de volar.

Descendió Gil, y grande fue su sorpresa viendo al querubín vestido de americana y con un sombrerillo de tipo, sobre la melena dorada.

—¡Qué cambiado te hallo! —exclamó Gil—. ¡No sé por qué me da el corazón que has hecho alguna maja­dería!

El ángel abatió la cabeza con algún remordimiento.

—No te engaña ese aparato sentimental que llaman corazón. Pero vas a asombrarte más y a quedarte pati­difuso cuando te diga que me he casado...

Gil abrió la boca con una gran O de estupefacción.

—Yo creí que los de tu estirpe estaban a salvo de los azotes de la Humanidad.

—He perdido mi naturaleza angélica por el amor de una tiple cómica. Puede que haya hecho una bota­ratada. ¡Pero ya no tiene remedio! ¡Qué quieres, Gil, me enamoré como una bestia...! Y te diré que, cuan­do nos entretenemos en el catre nupcial, ¡no cambia­ría ese minuto de paraíso humano por toda la eterni­dad del otro Paraíso! ¡Por buen sitio me tiene cogido el Diablo! Ya sabe él por dónde asir a los pecadores...

—De modo que ahora tienes que sufrir las enfer­medades y necesidades de la humana familia y morir como cada quisque, aparte de dar de comer y com­prar zapatos, gorros y plumas a tu consorte. ¡Tú que vivías como los ángeles! Me parece que has hecho un mal negocio.

—¡Si al menos mi esposa comprendiese la magni­tud de mi sacrificio!

—Algo grave me temía yo, pero no tanto... Y ¿de dónde sacas dinero para vivir?

—He entrado de corista en el coliseo donde ella gorgoritea. ¡Como ya había cantado antes en los co­ros celestes...! Me dan siete pesetas y vamos viviendo.

—¡Créeme que siento tu caída, ex ángel mío!

—Siempre que los ángeles bajan en comisión de servicio a la Tierra, se queda alguno por aquí, enreda­do en el rejo de una guapa moza. Peor fue la suerte de mis hermanos, los que envió Dios para convertir a los pecadores de las antiguas Sodoma y Gomorra, los que, como el César, los quisieron hacer maridos de todas las mujeres y mujeres de todos los maridos.

—Verdaderamente, eso era más grave —exclamó Gil, después de reflexionar.

Con un fuerte abrazo se despidió el ángel, miran­do su reloj de pulsera.

—Yo bien querría quedarme más tiempo contigo, pero a las dos tengo ensayo...

Gil emprendió el vuelo, cruzando el éter, en direc­ción a los otros planos.

—¡Pobrecillo! —pensó—. Mientras le dura la ilusión de amor, menos mal; pero él no cuenta, por su poca experiencia de estos líos, con el día en que su mujer se haga vieja y le crezca el bandullo, de tanto parir, como a la mía.

Hace ya más de un año que no veo al espectro de Gil Balduquín. Acaso se haya perdido en el espacio, sin ángel que le guíe, con sus papelotes colgando del pes­cuezo y el buche lleno de agua. O tal vez, cumplido el plazo de su vida errática, haya reencarnado en uno de esos infinitos mundos, que nosotros miramos con nostalgia, brillar en el terciopelo de la noche, y donde todos iremos a parar algún día lejano, cuando estire­mos la pata.
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