Declaramos públicamente que desde hace algún tiempo nos ha ido interesando el crecimiento obteni­do por las sociedades espiritistas. Algunas veces nos hemos






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II


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Yo tengo la facultad de ver a los muertos y de oír su voz. El pobre Gil se aficionó a mí, y desde aquella se­sión espiritista donde se apareció no me deja ni un momento. El pobre no tiene con quién hablar... Así, todo lo que yo os refiera es sólo un traslado de nues­tros diálogos, dándole la forma narrativa, que es la más usual.

La primera sensación después del baño mortuorio fue la de hallarse a la orilla del estanque contemplan­do su propio cadáver. Veía su antiguo cuerpo con el vientre abultado, y se veía o más bien se sentía separa­do de él. Era como si se estuviese mirando en un es­pejo. Súbitamente, al comprender que no se deja de existir definitivamente, se arrepintió de su suicidio. Así se lo participó a un joven rubio que apareció de pronto a su lado, envuelto en una túnica blanca y al que Balduquín creyó reconocer.

—Efectivamente, es la mayor majadería que pue­den hacer las criaturas —exclamó el muchacho—. El hombre puede huir de su esposa, de su madre polí­tica y hasta de sus acreedores, pero de lo que no consigue huir es de sí mismo, ni aun después de la muerte.

—¿Y por qué no me lo advertiste cuando estaba a la orilla del estanque?

—Es que los hombres están sordos a la voz del Án­gel de la Guarda.

—¡De modo que tú eres...!

—El ángel que el señor designó el día que naciste para que cuidase de ti —exclamó el de la túnica blan­ca, solemnemente.

Balduquín le replicó con sorna.

—Pues reconocerás que sería justo que Dios te for­mase expediente por abandono de tu cargo. ¿Qué has hecho tú por mí?

El ángel le dio algunas explicaciones y reconoció que, efectivamente, se había distraído y abandonado sus obligaciones desde un día que fue a ver trabajar en un teatrillo a cierta musa deslumbrante.

—Desde que la vi tan hermosa, no sólo he abando­nado mis obligaciones de ángel, sino que me he vuelto un poco demonio. Comprendo que los hombres ha­gáis toda clase de gansadas por el amor de una mujer.

Balduquín, que era un sentimental, perdonó al ángel enamoradizo y le rogó que ya no le abandonase en el misterioso camino que tenía que recorrer, aun­que oyese la voz de sirena y viese los ojos extraordina­rios de la actriz.

—Y dime, ¿qué has hecho de tus alas, ángel mío? —preguntó Balduquín.

—Eso era antes —exclamó el joven—. Actualmente hasta los ángeles tienen alas cortadas. ¿No ves que eran de plumas? Y las plumas sirven para expresar el libre modo de pensar. Pero te diré que para volar no necesitamos gran cosa de ese aplumado aditamento; nos basta con la imaginación, hasta cuya zona psíqui­ca no llegan tijeras que corten alas ni mordazas que tapen bocas, pues se cuela por todas las rendijas y re­corre los hemisferios. Pero creo, querido Gil, que no tengo precisión de encomiarte la virtud inmortal del pensamiento humano.

—Ángel, hablas como un demonio. Satanás es la inteligencia rebelde.

—Ahora pensemos en ti. Por tu crimen de suicida estás condenado a persistir y vagar con ese montón de papeles colgando del pescuezo y con la barriga llena de agua, hasta el punto que debiera ser el fin de tu exis­tencia física. Vas a ser un fantasma un poco ridículo.

Gil lloró un poco de arrepentimiento y pensando en su esposa y en sus hijitos.

—Precisamente desde el día de tu óbito, se reúnen todas las vecinas, y la que fue tu cónyuge, en torno a un velador, para evocar tu espectro. Si quieres volver a tu antigua casa, te acompañaré.

Balduquín accedió, obedeciendo a ese impulso de todo fantasma bien educado de visitar a sus amigos y parientes. El ángel le tomó de una mano y empren­dieron un vuelo raudo. Gil, con el expediente col­gando del pescuezo —expiación digna del fósil chupa­tintas que fue toda su vida terrestre—, iba como un beodo, tropezando con las veletas y a punto de ser arrollado por los aeroplanos.

—Y dices que se reúnen todos los días desde mi fa­llecimiento. ¿Pues no me he muerto hará una hora aproximadamente?

—Grave error —replicó el ángel—. Los difuntos per­déis la noción del tiempo. Ha transcurrido un año desde que te sumergiste en el estanque, y durante esos doce meses has estado dormido en el sillón de tu oficina, invisible para tus compañeros. ¡Oh, si les hu­bieses podido oír! «Aquel ballenato de Balduquín nunca tuvo ortografía», decía tu jefe. «Creo que se suicidó porque había descubierto que sus hijos no eran suyos», agregaba el otro Balduquín que ascendió en tu vacante.

—¡Hatajo de cornudos! —gritó Gil indignado—. ¡Bonito epitafio para mis veinticinco años de servi­cios a la Administración!

El ángel argüyó sentenciosamente:

—Es el odio de los que están amarrados en la mis­ma galera, de los que llevan a bordo más de un mes y de los que se mueren de aburrimiento en la misma oficina durante muchos años. Por esa misma ley, el guardián de Orden público aborrece al otro guardia que con él forma pareja, y el esposo opina que su con­sorte es la menos deseable de las mujeres.

Ya estaban sobre los tejados de su calle y el ángel le invitó a que penetrase por una chimenea. Muy pron­to reconoció la cocina de su antigua casa por la yerma soledad del fogón. ¡Oh, la desventurada viuda y los afligidos vastagos sin duda continuaban sujetos al ré­gimen del chocolate crudo!

El gato familiar, al verle, enarcó el lomo y comen­zó a hacer el carro, como dándole la bienvenida.

—Este animal me emociona —dijo Gil con los ojos llenos de llanto, y quiso hacerle una caricia, pero el felino se asustó y salió bufando con gran estropicio de pucheros y sartenes.

Muy pronto se halló en su propia sala, repleta de vecindonas, entre las que destacaban las negras ropas de Ella. Había también algunos caballeros. Todos es­taban en torno y tenían las manos apoyadas en el bor­de de una mesita de tres patas.

Gil recorrió su cuarto. El comedor, la alcoba, el gabinete. ¡Allí estaban sus muebles familiares que ha­bían presenciado la catástrofe cotidiana de su vida de empleado insignificante! Todo aquello le impresio­naba mucho. La camilla donde algunas veces comía la familia Balduquín, el lecho de sus amores y de los alumbramientos de su esposa, el despachito donde trabajaba de noche cuando se traía aquellos estúpi­dos papelotes de su oficina..., el gabinete donde se abría el antiguo piano donde Ella tocaba El vals de las olas cuando estaba soltera. Todo tenía una poesía me­lancólica.

El ángel se le acercó.

—Balduquín, te están llamando al velador. ¿Quie­res acudir?

El emocionado fantasma obedeció al par que oía una desconocida voz —la de un señor muy pegadito a las ancas de la viuda.

—¿Eres tú, Balduquín? Manifiéstate. Da un golpe para avisarnos de que estás aquí.

Todas aquellas personas reunidas para invocarle le hicieron vibrar de gratitud. Para corresponder inten­tó levantar una pata del velador.

—¡Ah, sí, está entre nosotros! —exclamaron todos. —Pues para demostrarnos que es él, ¡que levante la mesa hasta el techo! —dijo su desconsolada esposa.

—Lo mejor será que intente mover el piano —argü­yó el caballero incrustado a una cadera de la viuda. —Nos basta con que dé tres golpes muy fuertes en el techo —exclamó otro.

Balduquín estaba perplejo.

—¿Por qué se pide a los espíritus estos absurdos alardes de fuerza muscular?

—Es para convencerse. Los espiritistas dudan de los espíritus mientras no hacen juegos malabares con el mobiliario.

—¡Pues es una estupidez que yo no estoy dispuesto a realizar! —dijo el espectro con dignidad—. Y mi espo­sa, ¿cómo no protesta de que se me quiera tratar como a un mozo de cuerda? ¿Es que ya no me ama?

—¡Los vivos no aman a los muertos! Ahora da un beso a tus hijos, que duermen en su cuna, y pídeles perdón por haberles dado una existencia balduquinesca en la que nunca tendrán dinero. Y vamonos de aquí dejando a estos mentecatos solicitando del espíritu de Víctor Hugo, o de otro gran hombre, no una revelación luminosa de su existencia espiritual, sino que ayude a hacer la mudanza.

En seguida se encontraron en la inmensidad negra.

—Te decía que los vivos no aman a los muertos. ¿Qué cara pondría tu consorte si te viese entrar resu­citado, con tu hongo y con tu paraguas? ¡Qué contra­riedad! ¡Ella, que se pone tan sentimental como una gallina ante el sultán de la corraliza, cuando todas las tardes la visita ese caballero que estaba pegadito a sus flancos y que solicitaba que tú movieses el piano! Lo más piadoso es que los muertos no resuciten, créeme a mí. Al pobre cadáver le echan de su propia casa al día siguiente con el pretexto de que huele mal. ¡Ah, al fin se llevaron el fiambre —exclaman con satisfacción—; ya podemos descansar y nutrirnos sin su ho­rrible presencia! ¡Terrible egoísmo de la materia! ¡Sin pensar que el pobre muerto acaso también tendrá sed y hambre y estará muy aburrido metido en su cajón! Los vivos se acostumbran a prescindir de ellos, y si tornasen, casi siempre serían inoportunos para los herederos y para los cónyuges que padecen de incon­tinencia erótica. Si tú volvieses, por un milagro, a ocupar tu destino, los otros chupatintas gruñirían por lo bajo:

»—¡Ya está aquí otra vez ese pelmazo de Gil Balduquín! ¡Podía haberse muerto de verdad!

Mientras charlaban iban volando sobre la ciudad, envuelta en el polvillo luminoso del alumbrado eléc­trico. A su lado otras almas bajaban y ascendían cada una cargada con el fardo de sus recuerdos. Las miste­riosas estrellas lejanas esperaban el arribo de los seres de los otros planetas en el anhelo de una nueva reen­carnación. Gil estaba asombrado ante el magnífico espectáculo de los infinitos mundos, sumergido en un océano de luz azulada y escuchando la armonía sideral.
III
Balduquín se distraía mucho en su nueva categoría de espíritu errante, gozando al par de las visiones ul­traterrestres y de las del mundo que acababa de aban­donar. Cada vez que tocaba en tierra el ángel se ponía suspiroso, y Gil le tenía que asir de la túnica para que no se fuese a ver a la tiple de los ojos sultanes. El chu­patintas gozaba la satisfacción de no ir a las nueve a la oficina, a toque de corneta. Aunque no fuese más que por esta ventaja, valía la pena morirse.

En uno de sus múltiples giros se hallaron en el más verde prado que soñara poeta bucólico. Triscando, o haciendo corvetas, o reposando sobre el césped, con expresión de seráfica beatitud en los grandes ojos, veíase una muchedumbre equina. Todos los nobles brutos, asnos y jamelgos parecían muy contentos y se sonreían, al toparse, con sus grandes y amarillos dientes como teclas de un viejo piano.

—Este paraje que ves es el Edén de los caballos de la plaza de toros. Para premiar su martirio gozarán eter­namente de este verde paraíso, con abundantes pas­tos. Los pobres tienen ciertas compensaciones: como todos fueron jamelgos de coche simón, cuando se ha­llan con un cochero están autorizados para devolverle todos los insultos de carácter familiar que ellos le aguantaron en vida. Pero suelen ser tan dulces estos cuadrúpedos que perdonan hasta a los picadores, y si ven alguno extraviado por estos limbos, le enseñan amablemente el camino del infierno.

—;Mucho me sorprende este paraíso de los cuarta­gos! —exclamó Gil.

—Ello es cosa de justicia. Ya el novelista yanqui Mark Twain había descubierto que existe un paraíso para los perros. ¿Por qué había de ser menos el caba­llo, que es mejor amigo del hombre que el tan elogia­do can? No muy distante de aquí está el paraíso de los cristianos primitivos que también sucumbieron en un circo, inmolados por la bestialidad humana. Si piensas un poco, verás que el caballo nos ofrece una vida de abnegación y de martirio y es un ejemplo de la ingratitud de los hombres.

—Pero lo que más me choca es escuchar lo discreta­mente que platican entre sí. ¡Cómo me había de figu­rar que los caballos hablaban!

—Indudablemente todos los animales tienen el don de la expresión, aunque en un lenguaje diferen­te. Los caballos relinchan, como los perros ladran y los germanos hablan en alemán. Lo que sucede es que a los que no parlan en nuestro idioma les llama­mos bestias. ¿Qué opinión tendrán los caballos de los aurigas y las langostas de los cocineros? Pensarán que son unas bestias feroces que dan estacazos o que las cuecen vivas gritando en un idioma bárbaro que ellos no entienden. Pero después de la muerte se restabléce ­la justicia, y las bestias sacrificadas tienen su premio y los hombres purgan sus crímenes. ¡Es el reinado de los mansos y de los pobres de espíritu! Por eso gozas tú de cierto buen trato, a pesar de haberte suicidado, porque en todos los aspectos de tu vida terrestre, como todos los de tu oficio, fuiste un pobre diablo y un manso perdido...

—Y ese trotón gordo, lúcido, que no tiene las tripas desgarradas y mira a los otros con tanta insolencia, ¿puedes decirme quién es?

—¡Ah, es un animal muy considerable! Figúrate que este caballo es un héroe.

—No lo comprendo.

—Ganó una batalla llevando sobre sus lomos a un gran capitán, algo así como un Atila o un Napoleón. Se metió a galope tendido entre las huestes enemigas y alcanzó la victoria por su temeraria intrepidez. Al ji­nete le obsequiaron con la perínclita insignia de los Grandes Descuartizamientos humanos.

—Es cosa justa, y al caballo ¿qué le dieron?

—Treinta balazos en la cabeza. Te diré en secreto que el caballo se desbocó porque le picó un tábano, y ésa fue la causa de que se colase como un ciclón en el ejército enemigo y la verdadera razón de su heroís­mo. Pero él se da mucho lustre con eso, y yo creo que no vale la pena llevarle la contraria.

—Me daría mucho gusto y sorpresa que él mismo me refiriese el paso heroico.

—Ya he dicho que no es para sorprenderse. ¿No has hablado alguna vez con un capitán de Caballería? ¿Pues por qué asombrarte ahora de hablar con una caballería de capitán? En estas zonas ya sabes que las bestezuelas tienen el don de la palabra, con lo que los hombres pueden obtener muy útiles enseñanzas.

—Y dime: aquellas sombras cuadrúpedas que vaga­bundean un poco más allá de este paraíso ¿quiénes son?

—Ésos son animales vanidosos que en vida fueron unos privilegiados de la fortuna y que intentaron co­larse en un descuido. Aquel bayo fue un caballo de carreras y vivió mucho mejor que bastantes niños. Nunca le faltó qué comer ni su buena manta en el pe­sebre bien colmado. ¡Y ahora intenta entrar en el Edén! Como puedes apreciar, ese corcel es un cínico, que no tiene ni un adarme de vergüenza. Y todo por­que tiene varios premios en los hipódromos y se ha tratado con duques, ha hecho millonarios a algunos príncipes y le han tocado la crin las más egregias ma­nos. ¡Si será nociva la vanidad, hermano Gil, que hasta ofusca a las bestias, y añadiré que cuanto más bes­tias son, más vanidad tienen! Sucede igual que con los autores dramáticos.

El ángel le tiró a Balduquín de aquella especie de cencerro de papel sellado que traía al cuello, y cuan­do quiso reponerse del tirón ya estaban otra vez en el espacio.
IV
Gil, que aún conservaba los hábitos terrestres, sintió deseos de dormir.

—Pues apoya la cabeza en esa nube blanca y reposa cuanto quieras —le dijo su guardián.

—Es que temo que me abandones, ángel mío, y me quede solo dando volteretas por el ambiente, para que se rían las demás almas —y guiñándole un ojo, añadió—: Yo sospecho que no te deja vivir el ansia de volver a ver a tu preciosa tiple.

—Reconozco que eres menos bobo de lo que se po­día suponer de un oficinista. Cierto es que siento la nostalgia de ella y que por volver a verla empeñaría la túnica si fuese preciso, aunque sería un espectáculo escandaloso que alguien me viera desnudo, porque tanto me enamora y me solivianta el olor de esa mujer que el diablo, que siempre acecha a los ángeles, se muere de risa al ver el empingorotamiento que me acucia cuando la recuerdo.

Gil abatió la cabeza con melancolía.

—También yo me ponía en tal estado de acometividad hace algunos años. Pero la mala alimentación apaga los fuegos venustos —y añadió comprensivo—: Mira, mientras yo duermo un poco, tú te puedes ir un ratito al teatro donde trabaja tu tormento, pero dándome palabra de que vendrás a recogerme.

El ángel lo prometió así y, a una velocidad de mil kilómetros por minuto, descendió hacia la tierra.

Ya estaba cabeceando de sueño cuando le hicieron abrir los ojos, con susto, cuatro seres que disputaban junto a la blanca nube que él había tomado por hama­ca. Mirando bien, advirtió que era un fraile, un señor viejo, de aspecto importante, una mujerzuela desas­trada y un ser resplandeciente, como vestido de oro lí­quido, que debía ostentar un cargo importante en el gobierno de aquellas regiones. El que más chillaba era un frailecito, que juraba que le habían engañado y quería volver a la tierra para ser un libertino, conver­tirse en una cuba de mosto y clavar sus uñas de ladrón en la primera bolsa que encontrase al paso.

—¡Y para esto me he sacrificado! ¡Voto a Satanás y a los cuernos de mi prior! —vociferaba como un ener­gúmeno, remangándose los hábitos y mostrando las partes vergonzosas.

—¡Y yo, ay de mí! —chillaba el personaje importan­te con voz de canario flauta—, ¿para qué me sirven las bendiciones de los pordioseros que socorrí, mis cru­ces y demás colgajos, las misas que dejé pagadas por mi alma, los asilos que fundé y las pensiones que ins­tituí para huérfanas, a base de virginidad vitalicia?

—Y a ti ¿quién te daba ese derecho a intervenir en el himen de las huérfanas, mentecato? ¿Por qué conspi­rabas contra la especie humana?

—Yo lo hacía por la sana moral y por las buenas for­mas sociales. ¡Tú no sabes cómo está el mundo de co­rrompido, ni el ansia maligna que corre por allá abajo de convertir en madres a las más tiernas hijas de Eva!

La desastrada mujer no decía nada, protegida por el ser refulgente que en vano intentaba despachar con viento fresco a los descontentos de la recompensa que la Suprema Justicia otorgaba a los actos de su vida física.

—Vayanse enhoramala de aquí: en los juicios divi­nos no hay apelación, ni se soborna a los jueces, ni sir­ven trapacerías de abogado, ni propinas a los curiales, ni menos influencias de los ministros. Afortunada­mente, al Presidente del divino Tribunal no se le pue­de sustituir por capricho o falacidad de los poderosos.

—¿Para este desengaño de última hora me he pasa­do la vida atormentado de lujuria insatisfecha, di­ciendo desatinos en latín para aparentar doctrina, vociferando desde el pulpito en pro de unos dogmas que yo era el primero en no entender? ¡Hay que ver con qué ingratitud me pagan los santos la propagan­da que de sus milagros hice en la tierra y la paciencia que gasté en oír chismes en el confesionario! Y todo para no ir al cielo, como era de justicia.

—Oye, fraile: tú no fuiste un mal hombre, pero tampoco lo fuiste bueno, que es casi como serlo malo. Si no comprendías los dogmas de tu religión, ¿por qué los predicabas? ¿Por qué pedanteabas, par­lando en latín, sin decir cosa de sustancia y sólo para que el vulgo papanatas te admirase? Tú has sido un impostor que viviste a la bartola, clérigo sin fe, que querías sobornar a los santos para que te concediesen un puesto inamovible cerca de Dios donde dormir la siesta tan ricamente, libre de tizonazos infernales. Si no tuviste barragana fue porque no se te puso a tiro, porque de pensamiento y en la soledad recuerda que no eran muchas para ti las once mil vírgenes. Desde esta altura vemos los actos más ocultos de los morta­les. No quiero atribularte más, pero teniendo la in­vestidura sacerdotal fuiste un hombre como los otros, y un sacerdote debe ser más que un hombre, porque es el depositario de Cristo. Y respecto a usted, caballero, que también se queja de no entrar en la gloria eterna, sepa que no basta fundar pensiones para vírgenes forzosas, que es como volverlas vesánicas de histerismo, ni repartir roñosas calderillas entre ­los pícaros que viven de pordiosear, ni organizar tés danzantes con fines caritativos, ni otras zarandajas. Y hasta organizáis corridas de toros, que llamáis de Be­neficencia. ¡Si seréis bárbaros!

—Pero es que para que los poderosos de allá abajo suelten la moneda es preciso organizar esas juergas fi­lantrópicas.

—¡Qué hipocresía y egoísmo! —prosiguió el de la ves­tidura áurea—. ¿Para qué sirven tus asilos sin la lumbre de la caridad? ¿Para qué las liturgias sin la mística exalta­ción? ¿Para qué tus hospicios y casas de maternidad sin fraternidad humana? Yo sé que un niño se ha muerto de frío en la calle, en brazos de su madre, una infeliz que acababa de ser puesta en el arroyo por el régimen sin co­razón de las Instituciones pías que tú has fundado para escalar el cielo y arropar tus delitos bajo capa de santo. ¡Oh, viejo farsante! La echaron a convalecer de su puer­perio a la negra noche de la ciudad, como pasto a los lo­bos del invierno. ¿Qué emoción de amor ponen tus en­fermeras, con hábito y corneta, en las Inclusas y en las casas de parir para uso de las que por no estar casadas creen que ser madre es deshonor? ¿Qué ternura fraterna los guardias y maestros de tus hospicios? ¿Qué inteli­gencia y espíritu cristiano los curas encargados de repar­tir tus limosnas? Bien sabrás que de cada cien chicos que amamanta la leche de tu caridad se mueren noventa, que no hay asilo que no tenga los ojos pitañosos, que esté gordo y no enseñe las nalgas por entre los harapos. Los párrocos no dan limosna a los pobres que no están unidos en coyunda católica, confiesen y comulguen y oigan misa todos los domingos. ¡Como si el hambre, la lacería y la necesidad fueran menos agudas y no tan dig­nas de piedad en los hugonotes y musulmanes como en los católicos apostólico-romanos! ¡Créeme que los mis­mos santos estamos ya muy molestos con esta lúgubre farándula y a punto de publicar un manifiesto declarán­donos anticlericales! ¿Qué mejores méritos has contraí­do para colarte en la mansión de los justos?

El señor importante, vestido de levita, adornada con múltiples colgajos que atestiguaban sus munda­nos honores, habló recio, como seguro de dar el golpe.

—He sido un defensor de la moral, de las personas pudientes, que no roban nunca porque no tienen ne­cesidad y cuyo mayor delito es, a lo sumo, ser directo­res de un Banco quebrado, cosa que cae fuera de la justicia humana, como habrás advertido por casos re­cientes. Soy presidente de todas las ligas antiporno­gráficas contra novelistas livianos y bailarinas ebúr­neas. ¡Odio a la carne y al amor con todo el rencor de mis setenta años impotentes!

—¿Y no dejas algún rapaz sin reconocer en la tierra? —inquirió el santo con severidad. El señor importante se pavoneó.

—Algunas aventurillas tuve de joven que acaso fructificaron, pero no iba a dar mi nombre y mi dine­ro al primer hijo de costurera que tuviese mi misma cara. Hubiera sido imprudente. Los hijos sólo son aquellos que nacen dentro del matrimonio canónico.

—Me estás pareciendo mucho más bandido de lo que supuse. Prosigue la lista de tus merecimientos.

—He legado parte de mis bienes al convento de los Padres descalzos de las cinco llagas, he instituido Ro­peros benéficos y múltiples Gotas de leche esterilizada en los barrios pobres y he fundado la cofradía del sopi-caldo caliente para los obreros piadosos, sin tra­bajo, previa la cédula de comunión. ¡Me parece que algo debo esperar de la divina Providencia!

—Te diré en confianza que Dios no aprecia la cari­dad que no se practica en silencio y con llanto de compasión en las pupilas y sintiendo la pobreza del prójimo en la carne del propio corazón. Tú has sido un burgués, la fría e hipócrita caridad a bombo y pla­tillos. ¿Cuántas veces no has hecho publicar tu retra­to en los periódicos haciéndote llamar el filantrópico padrecito de los desheredados? ¡Canalla farisea y es­túpida, idos de aquí más que deprisa!

Y el fraile y el señor importante rodaron hacia abajo, perseguidos por un diablazo descomunal que hizo su aparición sulfurosa con gran susto de Gil Balduquín.

Cuando se quedaron solos el santo y la mujer desastrada, él la tomó cariñoso, dándole un beso lu­minoso que la envolvió toda en resplandores áureos.

—Ven tú, hija de María de Magdala, que sufriste todos los dolores y los ultrajes en los muladares de la sensualidad. Tú que te elevaste del fangal cuando tu­viste un hijo —el hijo de todos y de nadie— por tu lu­minoso amor de sacrificio; que pasaste hambre y frío y sufriste agravios y lloraste de arrepentimiento y ro­gaste a Dios, con la cría agarrada a la ubre. ¡La Virgen María te quiere besar en la frente!
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