Declaramos públicamente que desde hace algún tiempo nos ha ido interesando el crecimiento obteni­do por las sociedades espiritistas. Algunas veces nos hemos






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Gil Balduquín y su ángel

I
Declaramos públicamente que desde hace algún tiempo nos ha ido interesando el crecimiento obteni­do por las sociedades espiritistas. Algunas veces nos hemos asomado a esas capillas inquietantes, donde hemos hecho amistades con seres de este mundo y con sombras ultraterrestres. Aunque el espiritismo ha merecido la reprobación del clero, puede considerar­se como una corriente de misticismo, con la cual la desventurada Humanidad intenta consolarse de las miserias del tránsito y abrir una nueva puerta a la Es­peranza.

A nosotros —aunque veáis empleado este plural, se trata del narrador únicamente, sin complicidad de ninguna otra persona—; a nosotros, decimos, como los obispos y los ensayistas pedantes, nos parece lógico que las pobres gentes se consuelen como les guste más. El santuario de la conciencia ajena es perfectamente respetable para nosotros. Entre nuestros amigos, con­tamos musulmanes voluptuosos; hebreos tatuados por una hipocresía de veinte siglos; budistas tauma­turgos; algún cura católico, aficionado al tresillo y a las amas pechugonas, como en las viejas caricaturas de El Motín; varios pastores protestantes; teósofos abstrusos y espiritistas ingenuos, de los que hablan a diario con los más ilustres difuntos. A nosotros nos es indife­rente, mientras no nos pidan dinero para la conserva­ción de su culto particular. Como el poeta Gerardo de Nerval, profesamos todas las religiones conocidas, para no equivocarnos más que parcialmente y con la esperanza de que alguna sea la verdadera.

Y fue en una reunión de espiritistas donde conocí a Gil Balduquín. Después le he tratado con frecuen­cia y he tenido el honor de merecer sus confidencias. Yo siento mucho que no podáis conocer personal­mente a tan pintoresco amigo, pero Gil Balduquín no es un ser de este mundo. Cuando yo le conocí ya hacía algún tiempo que se había muerto. Por eso os he dicho que nuestro conocimiento se verificó en una sesión espiritista; él en calidad de fantasma, y yo como médium...

En vida, Gil Balduquín había sido un pobre de es­píritu. Pero, a pesar de esta cualidad, fue un deplora­ble funcionario público. Tenía en su alma un granito de soñador que, por lo visto, es incompatible con el tipo del perfecto fósil chupatintas vulgaris, especie muy extendida en este reino de moluscos adheridos a la roca del Estado. Gil fue oficial tercero de la Direc­ción de Cuentas Incobrables, covachuela de gran utili­dad nacional, como su título expresa. Gozaba de cua­renta y tres duros al mes, con los que tenía que dar de comer —¡oh, qué ficción alimenticia!— a varios rapazuelos esqueléticos y a una esposa gruñona, cuyo vientre habíase inflamado mucho con los abundan­tes y excesivos alumbramientos. Pero Gil no era anar­quista, como parece lógico después de conocer su pa raíso familiar. Gil era hombre de orden y tenía miedo a la venida del bolcheviquismo. Esta majadería se le contagió al oírsela a su jefe, que era una especie de ba­llenato con anteojos y gorrito, propietario y un poco prestamista y miembro de la Liga Antipornográfica, cosa razonable a su edad, ya que, como hemos dicho en otra parte, la moral es el sarampión de los viejos. A todos les da...

El pobre Gil, intoxicado por el estilo de las minu­tas, era infeliz, y un día tuvo la mala ocurrencia de suicidarse.

Fue a primero de mes. Después de cobrar en la ofi­cina, al tornar a su casa se halló sorprendido con el le­chero, el panadero, el tendero y el carnicero y otros más minúsculos proveedores de la familia Balduquín, que habían decidido celebrar junta general de acree­dores en el rellano de su piso. El pobre Gil sintió, al verlos, la desagradable emoción de un conejo en una asamblea cinegética. Como le era imposible pagar a todos, concibió el igualatorio propósito de no pagar a nadie. Pero los honrados comerciantes le gritaron cier­tas palabras que, pronunciadas en la calle, justificarían una multa de cincuenta pesetas; le agitaron por las so­lapas del gabán y le rompieron un ala de su hongo. Los enemigos eran gente bien alimentada y de una muscu­latura muy superior a la de Gil Balduquín, que sólo se nutría con chocolate crudo los más días del mes.

El pobre Gil recibió una regular somanta; pero conservó para lo que él había oído llamar el sagrado del hogar sus cuarenta y tres duros intangibles. Todas las vecindonas habían salido a sus puertas, en chan­clas y con el moño al trote, a gozar del bellaco espec­táculo. Gil ni siquiera intentó defenderse de los agre­sores. Recibió la paliza heroicamente, aunque toda la gentualla, al observar su pasividad, opinó que Gil era un cobarde. La defensa de sus cuarenta y tres duros fue magnífica y conmovedora, aunque incomprendida. Pero es que él sabía que era preciso comprar zapa­tos a todos los chicos...

Y no intentó pegar porque lo consideró un alarde ridículo. Tenía las manos débiles y el resuello meti­do dentro del cuerpo por las cotidianas griterías de su jefe. En este caso, lo heroico fue dejarse zurrar como un saco de paja y sonreír como un estoico ante las patadas en los riñones y los puñetazos en el maxilar.

Pero he aquí que en medio de la tremolina, salió su esposa. Le vio y le metió para dentro como una cosa derrumbada. A Gil le dio vergüenza que su es­posa le viese así de tundido y de humillado. Fue un resabio romántico de la juventud, en la que gustamos de aparecer como Amadises ante nuestras amadas. Ella tampoco reconoció el valor heroico de su acti­tud, y exclamó, mirándole con desdén:

—Has debido tirarlos a todos por las escaleras. ¡Eres un pobre diablo!

Gil sorbió una lágrima. Dejó casi todo el dinero sobre la camilla —se quedó con una peseta— y se fue otra vez a la calle, recomendando al salir a su incomprensiva cónyuge, con su humildosa voz de pobre hombre:

—No dejes de comprar eso a los pequeños...

Verdaderamente, los infelices andaban desde ha­cía muchos días con los pies en el suelo, por haber teni­do la inoportunidad de caer, al venir a esta bola, en el hogar de un burocratilla español, animal entre mo­lusco y camaleón, mártir de la Administración públi­ca y última ruedecilla de la maquinaria social. Se fue de su casa y vagabundeó por la ciudad. El pobre de espíritu pesó el dolor oscuro de toda su vida, y con la fugaz irascibilidad de los débiles, quiso rectificar su eterna mansedumbre con un acto de valor. Y pensó en suicidarse, que es la resolución que se ofrece en primer término a los pobres de espí­ritu como él.

La vida había sido un legado desagradable de su progenitor, otro Balduquín también de la clase de fó­siles chupatintas. Había heredado juntamente la ane­mia por mala alimentación, y un cólico de gerundios de carácter crónico.

Desde niño hasta sus cuarenta años, la Necesidad, la flaca y parda compañera, le atenazó cruel. Siempre el hambre en el umbral de su hogar, siempre los nudi­llos descarnados de la pobreza llamando a su puerta. Es difícil detallar el dolor tragicómico de esas vidas de Balduquines. Es el frío —tienen tan pocas mantas en el lecho, y su sistema de calefacción se retrotrae al arcaico brasero que atufa, en el que se caen los Baldu­quines párvulos y cuya eficacia se reduce a quemar la suela de los zapatos—; es el aburrimiento, la pena, el fracaso, la falta de esperanza. ¿Qué mejoramiento obtiene cada Balduquín cuando asciende, cada diez años? Un poquito más de calderilla, disputada rabio­samente por sus cofrades de covachuela. En torno a cada ascenso, luchan los chupatintas como perros sarnosos por un hueso. ¡Pobres gentes sin fuerza ni dignidad colectiva, llenas de minúsculas malignida­des y pobreza de espíritu, que, como no han sabido ser una entidad social respetable, aguantan en su trasero remendado todas las patadas más o menos directoriales! ¿Qué Balduquín no está lleno de deudas? ¡Gil había sufrido mucho con el acoso de los acreedo­res, y, sobre todo, aquel día, que habían llegado a tundirle, a humillarle, a arrastrarle por el suelo, como si fuese un pingo! Y todo esto delante de las vecindonas, delante de ella —la que fue ella en unos versitos absurdos de cuando eran novios—, a la que seguía amando a pesar de aquella inflación antiestética del vientre. Ella no había comprendido su heroísmo, le había tratado con desdén. ¡Era preciso morir! ¡Estaba tan harto!

Pensó en sus niños, y una lágrima se le deslizó por la nariz, quedándosele colgando en la punta. A ella le quedaría viudedad, el donativo de Montepío de Balduquines y el importe de un seguro de vida que el previsor Gil había ido pagando con la calderilla reu­nida que se hubiera gastado en fumar. ¡Eran tres mil pesetas lo que su familia reuniría a su fallecimiento! ¡Pobre gente, la que para tener tres mil pesetas juntas era preciso que estirase la pata el cabeza de familia!

Después de escoger minuciosamente la manera de quitarse de en medio, pensó en cierto estanque que hay en la Moncloa, que ya ha servido para el baño fi­nal de algunos desgraciados. Casualmente Balduquín se había traído de la oficina un voluminoso ex­pediente para despacharlo en casa. ¡Había tanto trabajo en el Negociado, trabajo inútil, naturalmen­te, pero que servía para justificar los cuarenta y tres duros del día primero! A pesar de la refriega, Balduquín no abandonó su expediente, como un militar no hubiera abandonado su bandera. Ahora le serviría para realizar su siniestro propósito. Se ataría al cuello el expediente, y al estanque... ¡No había miedo de que saliese a la superficie con tantos kilos de sintaxis burocrática colgando del pescuezo!
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