Traducción: John Byron Orrego






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títuloTraducción: John Byron Orrego
fecha de publicación24.06.2016
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Sobre la escritura1

Henry Miller

Traducción: John Byron Orrego

Knut Hamsun afirmó una vez, en respuesta a un cuestionario, que escribía para matar el tiempo. Pienso que aun si hubiera sido sincero en su afirmación, se estaba engañando. El acto de escribir, como la vida misma, es un viaje de descubrimiento. Es una aventura metafísica, esto es, un camino para acercarse de un modo indirecto a la vida, para adquirir una visión del universo, no parcial, sino total. El escritor vive entre los mundos más altos y los más bajos, toma el sendero procurando convertirse, con el tiempo, en el sendero mismo.

Comencé en el caos y la oscuridad más abso­luta, en un pantano de ideas, emociones y expe­riencias. Incluso ahora no me considero un escritor en el sentido habitual de la palabra. Soy un hombre que cuenta la historia de su vida, un proceso que cada vez se revela más y más intermi­nable a medida que avanzo. Como la evolución del mundo, no tiene fin. Es un mostrar el reverso de las cosas, un viaje a través de X dimensiones, con el resultado de que en algún momento del ca­mino uno descubre que lo que se tiene que con­tar en ningún momento es tan importante como el acto mismo de contar; se trata de una característica propia de cualquier arte, que le otorga un matiz metafísico, lo saca del tiem­po y del espacio, y lo integra al proceso cósmico general. Es lo que el arte tiene de "terapéutico", esto es, su significado, su ca­rencia de propósito y de límites.

Casi desde el mismo comien­zo fui plenamente consciente de que no hay fin. Nunca aspiro a abarcar el todo, sino a dar, en cada fragmento, en cada trabajo, el sentimiento del todo a medida que avanzo, pues excavo cada vez más profundamente en la vida, cada vez más y más en el pasado y en el fu­turo. Y en esta excavación sin límite crece una certeza que es más grande que una fe o una creencia. Cada vez soy más indiferente a mi pro­pio destino como escritor y estoy cada vez más seguro de mi destino como hombre.

Comencé examinando concienzudamente el estilo y la técnica de aquellos que una vez admiré y adoré: Nietzsche, Dostoievski, Hamsun, incluso Thomas Mann, a quien hoy descalifico por ser un habilidoso inventor, un ladrillero, un asno inspirado, un caballo de tiro. Imité cada estilo con la esperanza de encontrar la clave del corrosivo secreto de la escritura. Al final llegué a un punto muerto, y me encontré en una desesperación que pocos hombres han conocido, pues en mí no había divorcio entre el escritor y el hombre: fracasar como escritor significaba fracasar como hombre. Y fracasé. Me di cuenta de que no era nada, menos que nada, era una cifra negativa. Fue en este punto, en medio del Mar Muerto de los Sargazos, por decirlo así, que comencé realmente a escribir. Comencé de nada, tirándolo todo por la borda, incluso aquellos que más quise, y tan pronto escuché mi propia voz, me sentí hechizado. El hecho de que se trataba de una voz distinta, inconfundible y única me dio fuerzas. No me importaba si lo que escribía iba a ser considerado malo. Bien y mal fueron palabras que salieron de mi vocabulario. Me sumergí con todas mis fuerzas en el reino de la estética, del arte, que no tiene moral, ni ética, ni es utilitarista. Mi propia vida se convirtió en una obra de arte. Había encontrado una voz, de nuevo era completo. La experiencia fue muy similar a la que se lee sobre las vidas de los iniciados Zen. Mi rotundo fracaso fue como la recapitulación de la experiencia de mis antepasados: Tuve que pudrirme con el conocimiento, descubrir la futilidad de todo, aplastarlo todo, aumentar mi desesperación, luego hacerme humilde, y cortar de un tajo con todo aquello que no necesitaba, en aras de recobrar mi autenticidad. Tuve que llegar al borde y luego saltar al vacío.

Hablo aquí de Realidad, pero sé que no se puede acceder a ella, por lo menos mediante la escritura. Aprendo menos y entiendo más. Aprendo de un modo algo diferente y más subterráneo. Cada vez más adquiero el don de la inmediatez. Estoy desarrollando la habilidad de percibir, aprehender, analizar, sintetizar, clasificar, informar y articular; todo a la vez. El elemento estructural de las cosas se revela más inmediatamente a mis ojos. Evito todas las interpretaciones acabadas: el misterio aumenta con creciente sencillez. Lo que sé tiende a hacerse cada vez más y más indefinible. Vivo en la certeza, pero se trata de una certeza que no depende de pruebas o de fe. Vivo completamente para mí mismo, sin el menor egotismo o egoísmo. Asumo la porción de vida "que me ha correspondido y así permito la continuidad del orden de las cosas. Amplío el desarrollo, el enriquecimiento, la evolución y la dispersión del cosmos, todos los días y por todos los medios. Doy todo lo que tengo que dar, de un modo voluntario, e ingiero tanto como soy capaz. Soy príncipe y pirata al mismo tiempo. Soy el signo de igualdad, la contraparte espiritual del signo Libra que fue acuñado en el Zodíaco original cuando se separó Virgo de Escorpión. Me di cuenta de que en el mundo hay lugar para todos; grandes profundidades interespaciales, grandes universos interiores, grandes islas de reparación esperan a quien se encuentra a sí mismo. En la superficie, donde las batallas históricas hacen estragos, donde todo es interpretado en términos de dinero y poder, puede haber multitudes, pero la vida sólo comienza cuando uno se sustrae, cuando uno cesa de luchar, cuando uno se sumerge y deja de ser visible. Ahora me da igual escribir o no escribir, ya no hay ninguna compulsión, ningún aspecto terapéutico en ello. Cualquier cosa que hago es por pura alegría: doy mis frutos como un árbol maduro. Lo que el lector común o el crítico hagan con ellos no me interesa. No estoy construyendo valores: defeco y doy alimento. Es esto y nada más.

Esta condición de la indiferencia sublime es una consecuencia lógica de la vida egocéntrica. Al morir hice a un lado el problema social, pues el verdadero problema no es entenderse con el vecino o contribuir al desarrollo del país, sino descubrir el propio destino, sincronizar la vida con el ritmo profundo del cosmos. Ser capaz de usar las palabras cosmos y alma con osadía, de apreciar lo "espiritual" en las cosas, y de rechazar definiciones, coartadas, pruebas, deberes. El Paraíso está en cualquier lugar y en cualquier camino, y si uno avanza lo suficiente, llega a él. Uno solamente puede avanzar yendo hacia atrás, y luego a los lados, y luego hacia arriba y hacia abajo. No hay progreso, hay un movimiento perpetuo, un desplazamiento circular, en espiral, sin fin. Cada hombre tiene su propio destino, el único imperativo que tiene es seguirlo, aceptarlo, sin importar a dónde lo conduzca.

No tengo la menor idea de cómo serán mis próximos libros, ni siquiera el siguiente. Mis cartas de viaje y planes son las peores guías: me deshago de ellos a mi antojo, invento, desvirtúo, deformo, miento, amplío, exagero, confundo y desconcierto al vaivén de mi estado de ánimo. Sólo obedezco a mis instintos e intuiciones. No sé nada de antemano. A menudo hago a un lado cosas que no comprendo, seguro de que luego serán claras y significativas para mí. Tengo fe en el hombre que escribe, que soy yo, el escritor. No creo en las palabras, incluso si son ensambladas por el más hábil de los hombres; creo en el lenguaje, que es algo que está más allá de las palabras, algo de lo que las palabras sólo dan una ilusión vaga. Las palabras sólo existen aisladas en la mente de los sabios, de los etimólogos, de los filólogos, etc. Las palabras separadas del lenguaje son cosas muertas y no descubren ningún secreto. Un hombre se revela en su estilo, en el lenguaje que crea para sí mismo. Para el hombre que es puro en su corazón, pienso que todo es tan claro como el sonido de una campana, incluso los escritos más esotéricos. Para un hombre así siempre hay misterio, pero es un misterio sin misterio, es lógico, natural, ordenado y aceptado implícitamente. El entendimiento no es un acto de penetrar en el misterio, sino una aceptación de él, una gozosa convivencia con él, en él, a través de él y por él. Me gustaría que mis palabras fluyeran del mismo modo que fluye el mundo, un movimiento serpenteante a través de incalculables dimensiones, ejes, latitudes, climas, condiciones. Acepto a priori mi incapacidad para realizar tal ideal, pero no me cuesta en lo más mínimo. En última instancia, el mundo está imbuido de fracaso, es la perfecta manifestación de la imperfección, de la conciencia del fracaso. Una vez se comprende esto, el fracaso desaparece. Como el espíritu primigenio del universo, como el inquebrantable Absoluto, el Uno, el Todo, el creador, el artista se expresa por y a través de la imperfección, que es la sustancia de la vida, el mismísimo signo de la energía creadora. Uno se acerca al corazón de la verdad, que supongo es el fin supremo del escritor, en la medida en que cesa de luchar, en la medida en que abandona la voluntad. El gran escritor es el símbolo mismo de la vida, de lo no perfecto. Se mueve sin esfuerzo, dando la ilusión de perfección, desde algún centro desconocido que ciertamente no es el centro del cerebro pero que sin lugar a dudas es un centro, un centro conectado con el ritmo de todo el universo y, en consecuencia, tan fuerte, sólido, inquebrantable, como perdurable, desafiante, anárquico, sin propósito, como el universo mismo. El arte no enseña nada salvo el significado de la vida. La gran obra tiene que ser inevitablemente oscura, excepto para unos pocos, para aquellos que como el propio autor están iniciados en los misterios; que comunique, por tanto, es secundario, lo importante es que logre perpetuarse; es por esto que basta con que halle un buen lector.

Si soy un revolucionario, como se ha dicho, lo soy de un modo inconsciente. No soy un rebelde contra el orden del mundo. "Hago la Revolución" como decía BIas Cendars refiriéndose a él mismo. Hay una diferencia. Puedo vivir tanto en el lado negativo de la barrera como en el positivo. En realidad, creo estar por encima de estos dos signos, y contribuyo a su equilibrio por medios plásticos, no éticos, mediante la escritura. Considero que uno tiene que ir más allá del ámbito exclusivo del arte. El arte es sólo un medio para vivir, para una vida más plena. No es en sí la " vida más plena, apenas señala el camino, algo que olvida no sólo el público sino también, y muy a menudo, el propio artista. En el momento en que el arte se convierte en un fin se traiciona a sí mismo. Muchos artistas traicionan la vida por su insistencia a lidiar con ella. Lo que hacen es partir el huevo en dos. Creo firmemente que todas las formas de arte van a desaparecer algún día; pero el artista permanecerá y la vida como tal se convertirá no en "un arte", sino en el arte, es decir, de una vez por todas se apoderará del terreno. En cierto modo aún no estamos vivos. Y a no somos animales, pero tampoco somos humanos. Desde el alba del arte, cada gran artista nos lo ha repetido, pero son pocos los que lo han entendido. Una vez el arte sea verdaderamente aceptado, cesará de existir; pues sólo es un sustituto, un lenguaje simbólico de algo que puede ser captado directamente. Pero para que esto sea posible el hombre tiene que hacerse completamente religioso; no un creyente, sino un profeta, un dios de hecho y derecho. Lo será inevitablemente. Y de todos los desvíos a lo largo de este sendero, el arte es el más glorioso, el más fecundo, el más instructivo. Y el artista que se da cuenta de ello cesa, en consecuencia, de serio. El sentido es llegar a ser consciente, es alcanzar aquella resplandeciente conciencia en la que ninguna forma actual de vida podría florecer, ni siquiera el arte.

Para algunos, esto parecerá una mistificación, pero es una franca afirmación de mis convicciones actuales. No debe olvidarse la inevitable discrepancia entre la verdad de las cosas y lo que uno piensa, incluso acerca de sí mismo; pero tampoco puede olvidarse que existe una discrepancia igual entre el juicio de otro y esta misma verdad. Entre lo subjetivo y lo objetivo no hay una diferencia substancial. Todo es ilusorio y en mayor o menor medida, transparente. Todo fenómeno, incluido el hombre y los pensamientos que tiene acerca de sí mismo, no son más que un alfabeto móvil, cambiante. No hay hechos sólidos a los cuales aferrarse. Así, en la escritura, incluso si mis distorsiones y deformaciones son deliberadas, no están necesariamente más lejos de la verdad de las cosas. Uno puede ser completamente veraz y sincero incluso si se reconoce como el más flagrante embustero. La ficción y la invención están hechos del mismo tejido de la vida. De ningún modo la verdad se altera por las violentas convulsiones del espíritu.

Así, cualquier efecto que pueda obtener gracias a instrumentos técnicos en ningún momento es resultado de la técnica sino el registro exacto hecho por mi aguja sísmica de las tumultuosas, múltiples, misteriosas e incomprensibles experiencias que he vivido, y que son revividas en el proceso de escritura, de un modo diferente, quizás de un modo más tumultuoso, más misterioso, más incomprensible. El llamado núcleo del hecho concreto que constituye tanto el punto de partida como el de reparación está profundamente incrustado en mí; por más que intente no puedo eludido, transformarlo o disfrazarlo; y sin embargo se transforma, del mismo modo que se altera la faz de la tierra en cada momento que respiramos. Y para registrarlo, uno tiene que dar una doble ilusión: una de inmovilidad y otra de fluidez. Se trata del doble truco que, por así decirlo, da la ilusión de falsedad. Es esta mentira, esta máscara efímera y metamórfica la que constituye la esencia misma del arte. Uno ancla en la corriente, uno adopta la máscara mentirosa en aras de revelar la verdad.

A menudo pienso que un día me dará por escribir un libro en donde explique cómo he escrito algunos apartes de mis obras o quizás sólo un aparte. Podría ser un libro voluminoso sobre un solo párrafo corto seleccionado al azar. Un libro sobre su comienzo, su génesis, su metamorfosis, su salida a la luz, sobre el tiempo transcurrido entre el nacimiento de la idea y su registro. el tiempo que me tomó escribirlo, los pensamientos que tuve mientras lo escribía, el día de la semana, el estado de mi salud y de mis nervios, las interrupciones que tuve —aquellas de mi propia voluntad y aquellas que se me impusieron—, las diversas formas de expresión que se me ocurrieron en el proceso de la escritura, las alteraciones, el punto en el que me detuve y en el que, una vez de regreso, alteré completamente la idea inicial, o el punto en que hábilmente me detuve, como un cirujano que ante una situación de riesgo trata de salvar lo que puede, teniendo en mente regresar y reanudar en otro momento, pero sin hacerlo nunca; o, de otra manera, regresando y continuando la idea de un modo inconsciente en otros libros, cuando su recuerdo se había desvanecido. Ahora bien, podría comparar dos pasajes, aquellos que el ojo frío de críticos con mentalidad analítica toman como ejemplos de esto o de aquello, y confundirlos completamente, demostrando cómo un fragmento escrito aparentemente sin esfuerzo fue logrado bajo una extrema coacción; en tanto que otro fragmento difícil y laberíntico fue escrito como la brisa o como la emanación de un géiser. Así mismo, podría mostrar cómo un aparte al que le di forma estando en la cama, lo transformé al levantarme y una vez más en el momento de sentarme a escribirlo. También podría sacar a la luz mi cuaderno de notas para mostrar cómo el más remoto, el más artificial de los estímulos produjo una cálida flor humana tan real como una verdadera. Podría mostrar ciertas palabras descubiertas al azar mientras miraba las páginas de un libro, y exponer cómo me estimularon; sin embargo, ¿quién podría siquiera adivinar, cómo, de qué manera? Todo lo que los críticos escriben sobre una obra de arte, hasta los análisis más logrados, los más acertados, convincentes, plausibles, incluso cuando son hechos con amor —lo que es poco frecuente—, no son nada comparados con la mecánica verdadera, con la genética real de una obra de arte.

Recuerdo mi trabajo, ciertamente no palabra por palabra, sino de un modo más preciso y fidedigno; el conjunto de mi obra se me ha llegado a parecer a un terreno en el que he hecho un concienzudo estudio geodésico, no desde un escritorio, con lápiz y regla, sino por medio del tacto, poniéndome en cuatro patas, boca abajo, arrastrándome por el piso, centímetro a centímetro, durante un periodo de tiempo infinito y bajo todos los climas. Resumiendo, hoy estoy tan cerca de mi obra como cuando la produje, quizás más cerca. La culminación de un libro no fue nunca algo distinto a un cambio en la posición del cuerpo. Podría haber terminado de mil maneras diferentes. Ninguna de sus partes está acabada: en cualquier aparte puedo retomar el relato, desarrollarlo, abrir canales, túneles, construir puentes, casas, fábricas y adornarlo con otros habitantes, otra flora y otra fauna; y todo igualmente fiel a la realidad. De hecho, no tengo comienzo ni final. Así como la vida comienza en cualquier momento, como un acto de materialización, lo mismo ocurre con la obra de arte. Pero cada comienzo, sea de un libro, de una página, de un párrafo, de una frase o de una expresión establece una conexión vital, y es en la vitalidad, la durabilidad, la perennidad y la inmutabilidad de los pensamientos y de los sucesos donde me sumerjo en cada nueva ocasión. Cada línea y cada palabra está íntimamente conectada con mi vida, y sólo con mi vida, sea como acto, suceso, pensamiento, emoción, deseo, evasión, frustración, sueño, ensoñación, capricho, incluso las interminables naderías que flotan indiferentes en el cerebro como los hilos rotos de una telaraña. No hay nada realmente vago o débil, incluso las cosas sin importancia son finas, consistentes, definidas, durables. Como la araña, vuelvo una y otra vez sobre mi trabajo, consciente de que la red que estoy tejiendo está hecha de mi propia sustancia, que nunca me fallará, que nunca se agotará.

Al comienzo soñaba con superar a Dostoievski. Aspiraba a entregarle al mundo colosales y laberínticas batallas del alma que terminarán por devastarlo. Pero antes de ir muy lejos me di cuenta de que habíamos evolucionado (en el sentido de degeneración) mucho más allá de donde había llegado Dostoievski. Para nosotros, el problema del alma ha desaparecido, o más bien, se ha presentado bajo una forma química extrañamente deformada. Nos ha correspondido tratar con los elementos cristalinos de un alma dispersa y disgregada. Los pintores modernos expresan este estado quizás de un modo más contundente que los escritores: Picasso es el ejemplo perfecto de lo que intento expresar. De ahí que me fuera imposible pensar en escribir novelas; igualmente impensable seguir los diferentes callejones sin salida representados por los distintos movimientos literarios de Inglaterra, Francia y Estados Unidos. En verdad, me sentí impulsado a tomar los elementos dispares y dispersos de nuestra vida —la del alma, no la de la cultura—, aquellos restos del mundo fenoménico que tenía a mi alrededor, y manipularlos según mi propio carácter, usando mi yo disperso y deshecho de un modo tan despiadado y temerario como fuera capaz. Nunca he sentido el menor conflicto o ansiedad frente a la anarquía que representan las formas actuales del arte; por el contrario, siempre he dado la bienvenida a las influencias disolventes. En una época marcada por la disolución, considero la liquidación como una virtud, más aún, como un imperativo moral. No sólo no he tenido nunca el menor deseo de conservar, de reforzar o de apoyar algo, sino que podría decir que siempre he considerado la decadencia como una expresión de la vida tan maravillosa y rica como el crecimiento.

Creo que también debería confesar que fui impulsado a escribir movido por el hecho de que la escritura se me reveló como la única salida abierta que tenía, el único oficio digno de mis capacidades. Francamente había probado todos los otros caminos que conducen a la libertad. Fui un fracasado obstinado en el así llamado mundo de la realidad, pero no por falta de talento. La escritura no fue un "escape", un medio para evadir la realidad de cada día; por el contrario, significó una inmersión aún más profunda en el estanque salobre, una inmersión hacia la fuente en la que las aguas se estaban renovando constantemente, donde había agitación y movimiento perpetuo. Cuando miro mi carrera hacia atrás, me veo como una persona capaz de asumir casi cualquier tarea, cualquier vocación. Fue la monotonía y la esterilidad de las otras salidas lo que me condujo a la desesperación. Exigía un ámbito en el que pudiera ser el señor y el esclavo al mismo tiempo, y el mundo del arte es el único que puede permitido. Entré en él aparentemente sin ningún talento, como un completo neófito, incapaz, cobarde, con la lengua trabada, casi paralizado por el temor y la prensión. Tuve que colocar los ladrillos uno tras otro, poner sobre el papel millones de palabras antes de escribir alguna palabra verdadera, auténtica, arrancada de mis vísceras. Mi facilidad de expresión fue una limitación. Tenía todos los vicios de un hombre educado. Tuve que aprender a pensar, a sentir ya ver en una forma completamente nueva, sin educación, a mi manera, que es la cosa más difícil en el mundo. Tuve que arrojarme a la corriente, a sabiendas de que lo más probable era que me hundiera. La gran mayoría de artistas se tiran con salvavidas, y a menudo es el propio salvavidas el que los hunde. Nadie puede ahogarse en el océano de la realidad si se rinde voluntariamente a la experiencia. Cualquier progreso en la vida es fruto no de la adaptación sino de la osadía, de la obediencia al impulso ciego. "Ningún atrevimiento es fatal" decía René Crevel, una frase que nunca olvidaré. Toda la lógica del universo se resume en la osadía, esto es, en crear a partir del apoyo más frágil. Al principio uno confunde este atrevimiento con la voluntad; pero con el tiempo la voluntad vuela lejos y el proceso automático se desencadena, el que a su vez tiene que romperse o destruirse para que una nueva certeza se establezca, que nada tiene que ver con el conocimiento, la habilidad, la técnica o la fe. Por medio de la osadía se llega a aquella posición X del artista que constituye el ancladero que nadie puede describir con palabras pero que, sin embargo, subsiste y resuma en cada línea escrita.

1 Revista Universidad de Antioquia, No. 277, enero-marzo, 1997.

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