Cuestionario para guiar la lectura






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Tema 2

2. Rutas analíticas del discurso

2.1 Orientaciones metodológicas para el análisis textual

2.2 Antecedentes: La retórica y la poética clásicas.

2.3 La lingüística del texto, la gramática del texto y el análisis del discurso.

2.4 La filología
Lectura:

Said, E.W. (2004) Humanismo y crítica democrática (La responsabilidad pública de escritores e intelectuales. trad. García Pérez R., Barcelona, Random House Mondadori, 2006 pp.81- 109
Cuestionario para guiar la lectura:

1. Lea con atención (y espero que con creciente entusiasmo) el texto de Edward Said. Subraye las frases en las que usa el término "filología".

2. Señale aquellos párrafos en los que encuentre una coincidencia o una divergencia básica entre el texto y su propia manera de ver el mundo

3. Escriba (no más de diez renglones) la importancia que Edward Said argumenta sobre la filología desde su personal reflexión y después de haber leído el capítulo.
Lecturas Complementarias:

Bernárdez, E. Introducción a la lingüística del texto

Madrid, Espasa Universitaria, 1982

El retorno a la filología

De todas las ramas del conocimiento asociadas al humanismo, la filología es casi la que está menos de moda, la menos atractiva y la más inactual, y también la que con menor probabilidad aflora en las discusiones sobre la relevancia del humanismo para la vida en el siglo XXI. Pero tendremos que apartar provisionalmente tan desalentadora idea, puesto que me propongo profundizar en el tema del que me vengo ocupando con la cabeza alta y, confío, con la perseverancia firme del lector. Supongo que algo que puede contribuir a reducir la resisten-cia a la idea, por otra parte quizá poco atractiva, de que la filología no es una disciplina anticuada es lo siguiente: comenzar recordando que quien acaso haya sido el pensador occidental más radical e intelectualmente audaz de los últimos ciento cincuenta años, Nietzsche, fue v se consideró siempre ante todo y principalmente un filólogo. Ello debería disipar de inmediato cualquier vestigio de que la filología es una forma de conocimiento reaccionaria, como la que encarna el personaje del doctor Casaubon en la novela de Eliot Middlemarch: algo estéril, inútil y de todo punto irrelevante para la vida.

La filología, en el sentido literal del término, es amor a las palabras; pero, en tanto que disciplina, y en las restantes tradiciones culturales principales —incluidas la occidental y la árabe-islámica, que han enmarcado mi propia formación—, ha adquirido un prestigio intelectual y espiritual cuasicientífico en diferentes momentos. Baste Con recordar brevemente que según la tradición islámica el conocimiento se fundamenta en primera instancia en una atención filológica hacia el lenguaje que comienza por el Corán, la palabra eterna [81] de Dios (de hecho, la palabra «Corán» significa «lectura»); y que esa tradición continúa con la aparición de la gramática científica en Khalil ibn Ahmad y Sibawayh, hasta desembocar en el auge de la jurisprudencia (fiqh) y la ijtihad y la ta'wil: la hermenéutica jurisprudencial y la interpretación, respectivamente. Con posterioridad surge en la cultura árabe-islámica el estudio de la fiqh al lugha, o la hermenéutica del lenguaje, a la que se considera de gran relevancia en tanto que práctica del conocimiento islámico. Todo ello supone que se ha prestado una minuciosa atención científica al lenguaje por ser portador de un tipo de conocimiento que se ciñe por entero a lo que el lenguaje hace o deja de hacer. Como he señalado en el capítulo anterior, se ha producido cierta fusión entre las ciencias interpretativas subyacentes a la formación humanística, la cual por su parte se fundó en el siglo XII en las universidades árabes del sur de Europa y el norte de África, mucho antes que su equivalente en el Occidente cristiano. La tradición judaica de Andalucía, el norte de África, el Mediterráneo oriental y Mesopotamia, tan estrechamente ligada a ella, presenta una evolución similar. En Europa, Principios de ciencia nueva (1744), de Giambattista Vico, inaugura una revolución interpretativa basada en una especie de heroísmo filológico cuyas consecuencias habrían de revelar, como formularía Nietzsche un siglo y medio después, que la verdad relativa a la historia de la humanidad constituye "un ejército móvil de metáforas" cuyo significado es preciso decodificar incesantemente mediante actos de lectura e interpretación basados en la idea de que la forma de las palabras es portadora de realidad; una realidad oculta, engañosa, difícil y que nos ofrece resistencia. Dicho de otro modo, la ciencia de la lectura es primordial para el conocimiento humanístico.

Emerson afirmó del lenguaje que es «poesía fósil» o, empleando las palabras de Richard Poirier para explicar esta idea, «que en el lenguaje pueden descubrirse los rastros de esa fuerza originaria mediante la que nos inventamos a nosotros mismos como una forma única de la naturaleza» (135). Poirier prosigue [82]:
Cuando en [su ensayo] «La prudencia» Emerson afirma que «escribimos por la aspiración o el antagonismo, tanto como por la experiencia», quiere decir que, al tiempo que aspiramos a decir algo nuevo, los materiales de que disponemos indican que aquello que digamos solo podrá comprenderse si resulta relativamente familiar. Nos convertimos entonces en antagonistas de las convenciones del lenguaje aun cuando las necesitemos [y necesitamos comprender cómo operan, lo cual solo puede hacerse mediante una lectura filológica atenta] . De hecho, las formas sociales y literarias que nos exigen conformidad se crearon a su vez ofreciendo resistencia a otras convenciones de una época anterior. Hasta en las palabras que hoy día parecen agotadas o muertas podemos descubrir el deseo de transformación del que en otro tiempo estuvieron imbuidas. Por dispares o contradictorios que puedan ser, los significados de cualquier palabra atestiguan usos anteriores contrapuestos, y es esto lo que nos anima a volver de nuevo sobre ellos, a modificarlos o añadirles aún más sentidos (138).
La verdadera lectura filológica es una lectura activa; supone adentrarse en los procesos de lenguaje que de hecho se desarrollan en las palabras y revelar lo que pueda estar oculto, incompleto, enmascara-do o distorsionado en el texto al que nos enfrentamos. Así pues, según esta concepción del lenguaje las palabras no son indicadores o significantes pasivos que sustituyan a alguna realidad superior; son, por el contrario, un elemento constitutivo esencial de la propia realidad. Y, como Poirier afirma en un ensayo anterior,
la literatura me demanda toda la atención posible porque, en mayor medida que cualquier otra forma de arte o expresión, ilustra lo que se puede hacer, lo que se puede llevar a cabo con algo que todos compartimos, que todos utilizamos en la conducta de la vida cotidiana y que, además, contiene en sí mismo de un modo extremadamente sutil y no obstante perceptible, en su vocabulario y su sintaxis, los presupuestos dominantes del orden social, político y económico de una sociedad. [...] Pero [a diferencia de las obras musicales, la danza, la pintura o el cine] la fuente o recurso esencial en que se basa la literatura son los materiales que debe compartir de un modo absolutamente [83] gregario con la sociedad en general y con su historia. Nada puede enseñarnos tanto acerca de los efectos que las palabras ejercen sobre nosotros y de cómo, a su vez, nosotros podríamos tratar de actuar sobre ellas para tratar de modificar el orden de cosas en que basan su significado. A la literatura le corresponde la distinción de invitar al lector a entablar con las palabras una relación dialéctica de una intensidad inigualable a la que pueda entablarse en ningún otro lugar (133-134).
De todo lo anterior se desprende con claridad que leer es el acto indispensable, el gesto inicial sin el cual toda filología es simplemente imposible. Poirier señala de un modo sencillo pero elegante que la literatura consiste en dedicar las palabras a usos más complejos y sutiles que los de cualquier otra instancia de la sociedad, sirviéndose al mismo tiempo de las convenciones y de la originalidad. Creo que acierta de pleno, y así trataré yo en lo que sigue de preservar esta idea suya, cuando afirma que la literatura nos proporciona la muestra más destacada de que disponemos de palabras en acción y que, por consiguiente —y por infinidad de razones—, es la más compleja y reconfortante de las prácticas verbales. Al reflexionar hace poco sobre esto, tropecé con la increíble objeción, tan habitual entre los profesores de literatura de Estados Unidos, que sostiene que al igual que existen el sexismo, el elitismo, la discriminación por razones de edad o el racismo, existe también algo reprensible denominado «literalismo», según el cual se atribuye una consideración tan seria e ingenua a la lectura que llega a constituir un defecto muy acusado. Por consiguiente, prosigue esta argumentación, no deberíamos dejarnos embaucar por la lectura, puesto que leer con demasiada atención es dejarse engañar por estructuras de poder y autoridad. Esta lógica (si es que puede ser calificada de tal) me parece un tanto singular; pero si pretende apartarnos y liberarnos de las actitudes serviles hacia la autoridad, debo decir entonces que se trata, por desgracia, de otra absurda quimera. Como sugiere Poirier, solo los actos de lectura llevados a cabo cada vez con mayor minuciosidad, con mayor atención, [84] con mayor amplitud, con mayor receptividad y resistencia (si se me permite acuñar este concepto) pueden dotar al humanismo del adecuado ejercicio de su esencial valía, sobre todo dados los mudables fundamentos del humanismo a los que me he referido en el capítulo anterior.

Sin embargo, para un lector de textos, pasar de inmediato de una lectura rápida y superficial a realizar afirmaciones generales o incluso concretas acerca de vastas estructuras de poder o (para quienes creen que la literatura le convierte a uno en mejor persona) de estructuras terapéuticas y redentoras, supone abandonar los fundamentos perdurables de toda práctica humanística. Dichos fundamentos se encuentran en la base de lo que he venido denominando «filológico», es decir, el examen minucioso y paciente de las palabras y la re-lorica, así como la atención de por vida a las mismas, mediante las cuales los seres humanos, que habitamos en el seno de la historia, utilizamos el lenguaje: de ahí la palabra «secular», tal como la empleo, así como la palabra «mundanidad». Ambos conceptos nos permiten explicar no la condición eterna, permanente o sobrenatural de los valores, sino más bien los mudables fundamentos de la práctica humanística en relación con dichos valores y con la vida humana en la que estamos sumidos en este nuevo siglo. Inspirándome una vez más en Imerson y Poirier, me gustaría sostener que la lectura involucra al humanista contemporáneo en dos movimientos cruciales bajo cualquier punto de vista, movimientos que denominaré «recepción» y "resistencia". La recepción consiste en someterse con conocimiento a los textos y abordarlos en un principio de forma provisional como objetos discretos (puesto que así es como inicialmente fueron hallados), para después, a fuerza de ampliar y esclarecer los a menudo opacos o invisibles marcos en que se dan, llegar hasta sus contextos históricos y al modo en que determinadas estructuras de la actitud, el sentimiento y la retórica se entrelazan con determinadas corrientes, algunas de las cuales son formulaciones históricas y sociales de su contexto.

Solo si recibimos el texto en toda su complejidad y con la conciencia crítica de la transformación que he expuesto en el capítulo [85] anterior podremos pasar de lo específico a lo general de un modo al mismo tiempo integrador y sintético. Así pues, la lectura detenida de un texto literario —una novela, un poema, un ensayo o una obra teatral, pongamos por caso— situará de forma efectiva y paulatina al texto en su época y en el marco de toda una red de relaciones cuyos perfiles e influencia ejercen una función constituyente del mismo. Y creo relevante decir que, para el humanista, el acto de leer es por tanto el acto de adoptar en primera instancia la posición del autor, para el que escribir consiste en tomar una serie de opciones y decisiones que se manifiestan en las palabras. Apenas es preciso decir que ningún autor es soberano absoluto ni se encuentra al margen de la época, el lugar y las circunstancias en que vive, de manera que también debemos comprender esto si queremos ponernos en la situación del autor. Por consiguiente, leer a un autor como Conrad consiste en primer lugar en leer su obra tratando de adoptar la mirada del propio Conrad, lo cual supone tratar de comprender cada palabra, cada metáfora, cada frase, como algo que Conrad escogió deliberadamente porque las prefería a toda una serie de posibilidades diferentes. Gracias a que hemos visto los manuscritos de sus obras, sabemos sin duda la laboriosidad y dedicación que ese proceso de composición y elección suponía para él; por tanto, como lectores nos corresponde realizar un esfuerzo similar para, por así decirlo, adentrarnos en su lenguaje con la profundidad necesaria para comprender por qué lo formuló de ese modo concreto, con el fin de comprender cómo se elaboró.

Permítaseme interrumpir aquí mi argumentación para ocuparme de la cuestión de la estética, ya que debido a que soy alguien cuya vida intelectual ha estado dedicada en gran medida a comprender las grandes obras del arte literario y musical y a impartir clases sobre ellas, así como a cierta vocación de implicación y compromiso social y político —ambas independientes entre sí—, he descubierto que la calidad de lo que leemos suele ser tan importante como el cómo y por qué leemos. Aunque sé que no es posible alcanzar consenso previo entre todos los lectores respecto a qué es una obra de arte, no cabe duda de [86] que parte del quehacer humanístico que he venido analizando en es-las conferencias reside en la idea de que todo individuo, ya sea por convención, por sus circunstancias y esfuerzo personales o por su formación, es capaz de reconocer en el transcurso de la lectura o la experiencia la cualidad estética y la distinción que se traslucen en ella, aunque no se comprendan por entero. Esto es válido para todas las tradiciones de las que tengo noticia —por ejemplo, en todas ellas existe la institución de la literatura— y no veo razón alguna para tratar de demostrarlo ahora con una argumentación más elaborada. Creo que también es cierto que en un plano muy profundo debemos diferenciar la categoría de lo estético de las experiencias cotidianas de la existencia que todos vivimos. Leer a Tolstói, Mahfuz o Melville, escuchar a Bach, Duke Ellington o Elliott Cárter, es algo muy distinto de leer el periódico o estudiarla música enlatada que nos brinda la compañía telefónica o el médico mientras mantiene en espera nuestra llamada. No obstante, esto no quiere decir que el periodismo 0 los documentos administrativos deban leerse de forma rápida y superficial: como mostraré más adelante, defiendo la lectura atenta en todas las circunstancias. Pero en lo esencial coincidiría con Adorno en que una condición necesaria de nuestra tarea como humanistas es preservar cierta situación irreconciliable en lo básico entre lo estético y lo no estético. El arte no se produce sin más: se da de forma muy intensa bajo un estado de oposición irreconciliable frente a los estragos de la vida cotidiana, ese incontrolable misterio que se asienta sobre un lecho de brutalidad. Podemos considerar que esta condición preponderante del arte es consecuencia de una representación, un prolongado proceso de elaboración (como sucede en la estructura de una gran novela o un poema), una ejecución ingeniosa o una intuición: por mi parte, no soy capaz de prescindir de que en última instancia la categoría de lo estético no solo opone resistencia a mis tentativas de comprender, clarificar y dilucidar los textos como lector, sino que también escapa a las presiones homogeneizadoras de la experiencia cotidiana de la que, no obstante y por paradójico que parezca, el arte se deriva. [87]

Sin embargo, este hecho estético
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