Creo que fue Kafka el que tuvo la idea de cruzar Europa a nado y planeaba hacerlo con su amigo Max, río tras río. Desafortunadamente, su salud no estaba a la






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fecha de publicación24.06.2016
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Fragmento del prólogo a La antropología del agua, de Anne Carson.
Creo que fue Kafka el que tuvo la idea de cruzar Europa a nado y planeaba hacerlo con su amigo Max, río tras río. Desafortunadamente, su salud no estaba a la altura. Así que en su lugar se puso a escribir una parábola sobre un hombre que jamás había aprendido a nadar. Una fresca tarde de otoño el hombre vuelve a su pueblo para verse aclamado a causa de una victoria olímpica en natación, estilo espalda. En medio de la calle han levantado un podio. Lleno de dudas empieza a subir los escalones. Los últimos rayos del atardecer le pegan directo en los ojos, cegándolo. La parábola se agota con las autoridades del pueblo dando un paso adelante con las guirnaldas en alto, y tocan la cabeza del nadador.

Me gusta la gente en las parábolas de Kafka. No saben cómo hacer la pregunta más sencilla. Mientras que para tí y para mí puede parecer (como decía mi padre) tan obvia como una puerta en el agua.



Antes de salir para España fui a visitar a mi padre. Vive en un hospital porque ha perdido el uso de algunas partes de su cuerpo y de su mente. La mayor parte del día se sienta en una silla, las manos aferradas a los brazos. Con el pecho corcovea contra las correas, para adelante, para atrás. Sus enormes ojos rojos se mueven sin parar, vertiéndose sobre las cosas. Yo me siento en una silla que arrimo a su lado, corcoveando con mi pecho para adelante y para atrás. De sus labios sale un torrente de sílabas. Toda su vida fue un hombre callado. Pero la demencia ha desatado algún resorte adentro suyo, balbucea constantemente en un lenguaje que los neurólogos llaman ensalada de palabras. Yo miro su cara. Sí Padre, digo en los lapsos. Cuán verdadero, como si fuese una conversación. Odio oírme decir, Sí Padre. Es difícil no hacerlo. Adelante y atrás. De pronto deja de moverse y se gira hacia mí. Siento mi cuerpo endurecerse. Me mira fijo. Reculo un poco en mi silla. Entonces abruptamente se vuelve a girar para el otro lado con un sonido como un gruñido. Cuando habla sus palabras no son para mí. La muerte es una cuestión de cincuenta-cincuenta, a lo sumo cuarenta-cuarenta, dice en una voz plana.

Veo la frase metiéndoseme a dentelladas como una tribu perdida. Es así con la demencia. Hay una cantidad de preguntas sencillas que podría hacerle. Como, Padre ¿qué querés decir? O, Padre, ¿qué pasa con el otro veinte por ciento? O, Padre decime qué pensabas todos esos años cuando nos sentábamos a la mesa de la cocina juntos masticando tocino frío y escuchando el silencio del otro. Todavía puedo oír el sonido del reloj de la cocina en la pared sobre la mesa. Sí, digo.

Cuando mi padre empezó a perder la cabeza, mi madre y yo sencillamente hicimos como que no. Te podés acostumbrar a desayunar con un hombre luciendo un sombrero de fieltro. Te podés acostumbrar a cualquier cosa, solía decir mi madre. Me empecé a despertar cada vez más temprano en la mañana. Volvía de mi caminata matutina al amanecer para encontrarlo parado de piyama y sombrero susurrando, ¿Ya está pronta la cena? a la cocina oscura, su cara clara como la de un niño. Esto fue antes de que la confusión diera paso a los ataques de furia. La demencia puede ser alegre al principio. Una tarde yo estaba preparando la ensalada cuando él pasó por la cocina. Las letras de tu lechuga son muy grandes, dijo con calma y sin dejar de avanzar. Una carcajada profunda flotó en mi dirección. Otros días lo veía sentado con la cabeza hundida entre las manos. Yo abandonaba la habitación. Tarde a la noche lo oía en el cuarto al lado del mío, caminando para arriba, para abajo, diciendo algo una y otra vez. Se cagaba a puteadas. El sonido atravesaba la pared. Un sonido no humano. Esa noche soñé que me hacían una cirugía abdominal con una percha. Me compré tapones para los oídos para dormir.

Pero yo estaba aprendiendo lo más importante que hay para aprender de la demencia; que es continua con la cordura. No hay una puerta que se cierre de golpe. Padre siempre había sido un hombre privado. Ahora su mente era una zona sagrada donde nadie podía entrar ni pedir direcciones. Padre siempre había sido un tipo irascible. Ahora sus estados de ánimo eran un campo minado donde pisábamos con cautela, manteniendo una mano horizontal ante nosotros. A Padre siempre le había disgustado el desorden. Ahora pasaba el día entero doblado sobre retazos de papel, escribiendo notas para sí mismo que escondía en libros o en su ropa y que olvidaba en el acto. No intentamos seguirles el rastro, esto lo enojaba aun más. Puedo sentir el verano hundiéndose en la tierra, mi madre dijo una tarde. Estábamos sentados en el patio trasero. Él había preguntado la hora y había entrado a casa para anotarla. Ella le dijo las seis en punto aunque sólo eran las cinco, con la esperanza de que se pasara una hora escribiendo 6 en pedacitos de papel y luego se diera cuenta de que las seis era la hora de la cena y viniera a la mesa sin problema. Vivir con un loco requiere muchas pequeñas acciones de genio -el reverso del momento en que Helen Keller grita, Agua- cuando mirás el mundo loco y de repente ves cómo funciona. Mi madre se volvió buena en esto. Yo no. Yo empecé a interesarme en la expiación.

Seamos gentiles cuando cuestionamos a nuestros padres.

No fue hasta que enloqueció que empecé a ver que yo siempre lo había hecho enojar. Nunca supe por qué. No pregunté. En vez de eso aprendí a sondear -como alguien testeando la profundidad de un aljibe. Dejás caer una piedra y escuchás. Esperás y en los lapsos decís, Sí.

Yo era una persona encerrada. Me había dado contra la pared. Algo se tenía que romper. Escribí un poema titulado, Soy una ventana dislocada de mí misma (que mi padre encontró en la mesa de la cocina y cubrió con las palabras VIERNES DÍA DE LA BASURA escritas en lápiz cuarenta o cincuenta veces). Recé y ayuné. Leí a los místicos. Estudié a los mártires. Empecé a pensar que yo era alguien sedienta de Dios. Y luego conocí a un hombre que me contó del peregrinaje a Compostela.

Era un hombre piadoso que sabía cómo hacer preguntas. ¿Cómo vas a poder ver tu vida si no la dejás?, me dijo. La expiación me empezó a parecer más interesante. Desde tiempos antiguos se han conducido peregrinajes de un lugar a otro, en la creencia de que una pregunta puede viajar hacia una respuesta como hace el agua con la sed. El peregrinaje cristiano más venerado es el camino a Compostela -alrededor de 850 kilómetros de sierras y estrellas y desierto desde St. Jean Pied de Port del lado francés de los Pirineos hasta la ciudad de Compostela en la costa occidental de la provincia española de Galicia. Los peregrinos han caminado esta ruta desde el siglo nueve. Dicen que el santo apóstol Santiago yace enterrado en Compostela y que admira que lo visiten. De hecho, es tradición que los peregrinos lleven un pedido a Compostela. Le podés pedir a Santiago que cambie tu vida. Yo era una persona joven, fuerte, amarreta, de ningún género en particular -todas características ventajosas para un peregrino. Así que zarpé, en el tardío viento primaveral con sus verdes estados.
Buscar la pregunta más sencilla, los hechos más obvios, las puertas que nadie puede cerrar, es a lo que me refiero con antropología. Miren voy a cambiar todo, todos los significados, pensaba yo. Llevé mi mochila con medias, cantimplora, lápices, tres cuadernos vacíos. No llevé mapas, no puedo leer mapas -¿por qué intentar ponerle un sello al agua corriente? Después de todo la única regla de viajar es, No vuelvas igual a como te fuiste. Volvé distinto.

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