Segunda parte mapas del viaje interior capítulo Lecciones espirituales del pasado Capítulo Los mapas de la conciencia tercera parte vivir en dos mundos






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INCONSCIENTE, PSICOTERAPIA Y CURACIÓN

La vida del ser humano entraña muchos desafíos biológicos y psicológicos, así como también experiencias traumáticas. Durante la infancia, a menudo se dan enfermedades, heridas, operaciones y una variedad de agresiones emocionales. El mismo proceso de salir a este mundo en el nacimiento significa un gran trauma físico y psicológico que dura muchas horas y hasta días. Algunos de nosotros hemos sufrido graves crisis durante nuestra gestación: enfermedades o estrés emocional en la madre, distintas influencias tóxicas, y aun el peligro de un aborto natural o intencional. Se olvidan o reprimen muchos de estos recuerdos, pero no pierden su importancia psicológica; es más, quedan grabados profundamente en nuestro interior y pueden ejercer una influencia poderosa en nuestras vidas. Fue el fundador del psicoanálisis, el psiquiatra austriaco Sigmund Freud, quien presentó por primera vez evidencia convincente de que nuestra psique no se limita a los procesos que nosotros percibimos, sino que existen vastas regiones que permanecen detrás del umbral de la con ciencia la mayor parte del tiempo. Freud llamó a esta dimensión de la psique “el inconsciente”. Des cubrió que los recuerdos reprimidos y olvidados de la infancia y períodos posteriores a ésta pueden salir a la superficie en pesadillas perturbadoras. También son una fuente importante de distintos desórdenes emocionales y psicosomáticos y pueden causar diversas formas de comportamiento irracional e interferir con el desarrollo satisfactorio de nuestra vida. Durante el proceso terapéutico —al que Freud llamó psicoanálisis—, las asociaciones libres del paciente y las interpretaciones brindadas por el psiquiatra ayudan a traer este material inconsciente a la conciencia y a reducir su influencia perturbadora en la vida cotidiana. La contribución de Freud a la psicología y a la psicoterapia fue revolucionaria y precursora. Sin embargo, su modelo teórico quedó limitado a la biografía postnatal: él intentó basar la explicación de todos los procesos psicológicos en la vida después del nacimiento. De la misma manera, su técnica terapéutica de intercambio verbal era una herramienta relativa mente débil para penetrar en el inconsciente, y un método lento que in sumía una gran cantidad de tiempo para curar y transformar. Uno de los discípulos de Freud, el renegado psicoanalítico Otto Rank, llevó a este modelo considerablemente más lejos al atraer la atención de los círculos profesionales sobre la importancia psicológica del trauma del nacimiento. Las observaciones de Rank, que pasaron inadvertidas durante muchos años, han sido confirmadas plenamente en las últimas tres décadas por parte de varias psicoterapias experienciales. En los últimos años ha habido conferencias dedicadas a los problemas de la psicología pre y perinatal en especial, una disciplina que estudia la influencia que ejercen en la mente humana las experiencias que ocurren antes y durante el parto. La investigación del discípulo suizo de Freud, Carl Gustav Jung, cosechó conclusiones tan asombrosas y revolucionarias que aún no han sido completamente asimiladas y aceptadas en los círculos académicos. Jung llegó a la conclusión de que el inconsciente humano contiene más que lo derivado de la historia individual. Además del “inconsciente individual” freudiano, también hay un “inconsciente colectivo”, que contiene los re cuerdos y la herencia cultural de toda la humanidad. De acuerdo con Jung, los patrones universales y primordiales del inconsciente colectivo o “arquetipos” son de naturaleza mitológica. Las experiencias que tienen que ver con esta dimensión arquetípica de la psique imparten un sentido de lo sagrado o “numinoso”, en los términos de Jung. Cuando se permite que los contenidos altamente cargados emocionalmente del inconsciente salgan a la superficie, se experimenten en plenitud y se asimilen a lo consciente, pierden el poder de influir sobre nosotros en forma negativa. Este proceso es la meta principal de las psicoterapias profundas. Algunas de las escuelas más antiguas obtienen este logro a través de un diálogo terapéutico; las innovaciones más recientes incluyen acercamientos que facilitan la experiencia física y emocional del material previamente inconsciente. Algo similar ocurre durante las emergencias espirituales, pero en forma espontánea y a menudo por causas desconocidas. En ocasiones, la cantidad de material inconsciente que emerge de los niveles más profundos de la psique es tan grande que una persona puede llegar a tener dificultad para manejarse eficazmente en su vida diaria. Sin en t a pesar de sus manifestaciones dramáticas, este acontecimiento tormentoso es esencialmente un intento del organismo de simplificar su funcionamiento, dejar de lado viejas fijaciones y programas negativos y curarse a si mismo. Una persona que comprende esto y cuenta con un buen sistema de apoyo es capaz de cooperar con el proceso y beneficiarse con el.
ESPIRITUALIDAD, RELIGION Y LA EXPERIENCIA DE LO DIVINO

Para evitar confusiones, nos gustaría describir lo que nosotros comprendemos por el término espiritualidad y en qué sentido lo utilizaremos. La palabra espiritualidad debería reservarse para situaciones que entrañan una experiencia personal de ciertas dimensiones de la realidad que les dan a la propia vida y existencia en general una cualidad numinosa. CG. Jung utilizaba el termino numinoso para describir una experiencia de lo sagrado, lo santo o lo extraordinario. La espiritualidad es algo que caracteriza la relación del individuo con el universo y no requiere necesariamente de una estructura formal, un ritual colectivo o la mediación de un sacerdote. En contraste la religión es una forma de actividad grupal organizada que puede o un conducir a una verdadera espiritualidad, de acuerdo con el grado en que provea un contexto propicio para el descubrimiento personal de las dimensiones numinosas de la realidad. Mientras que en la cuna de todas las grandes religiones se hallan las revelaciones visionarias de sus fundadores, profetas y santos, en muchas instancias las religiones han perdido la conexión con este núcleo vital a través del tiempo. La palabra moderna para designar la experiencia directa de las realidades espirituales es “transpersonal”, lo que significa que trasciende la forma usual de percibir e interpretar al mundo desde la posición de un individuo o cuerpo-ego separado de aquél. Existe una disciplina enteramente nueva, la psicología transpersonal, que se especializa en experiencias de este tipo y lo que estas implican. Las conclusiones del estudio de los estados transpersonales de conciencia son de vital importancia para el concepto de emergencia espiritual. Los estados que entrañan un encuentro personal con las dimensiones numinosas de la existencia pueden dividirse en dos grandes categorías. En la primera hallamos las experiencias de lo “Divino inmanente”, o percepciones de la inteligencia divina que se expresa a sí misma en el mundo de la realidad diaria. Toda la creación —gente, animales, plantas y objetos inanimados- --- aparece permeada por la misma esencia cósmica y luz divina. Una persona, en este estado, de pronto ve que todo en el universo es una manifestación y una expresión de la misma energía cósmica creadora, y que la separación y los límites son ilusorios. Las experiencias de la segunda categoría no representan una percepción diferente de lo ya conocido, sino que revelan una gama más amplia de dimensiones de la realidad ocultas a la percepción humana e inaccesibles en un estado normal de conciencia. Nos referiremos a éstas como experiencias de lo “Divino trascendente”. Un ejemplo típico seria una visión de Dios como una fuente radiante de luz que posee una belleza sobrenatural, o la sensación de fusión e identificación con Dios percibido de esta manera. Las visiones de seres arquetípicos como deidades, demonios, héroes legendarios y guías espirituales también pertenecen a esta categoría. Otras experiencias abarcan no sólo entidades individuales sobre humanas sino reinos mitológicos enteros, corno cielos, infiernos y purga tonos, o diversos paisajes y regiones desconocidas. Lo que nos interesa en este punto son las consecuencias prácticas de los encuentros personales con las realidades espirituales. Para las personas que lo han vivido, la existencia de lo inmanente y trascendente divino no es una cuestión de creencias infundadas sino un hecho basado en una experiencia directa, tal como nuestra actitud hacia la realidad material de nuestra vida cotidiana se basa en percepciones sensoriales de primera mano. Por el contrario, una creencia es una opinión sobre la naturaleza de la realidad basada en una forma específica de educación, adoctrinamiento o lecturas religiosas; carece de una certificación experimental. Tales estados transpersonales pueden ejercer una influencia benéfica de transformación en aquellos que los experimentan. Es probable que alivien diferentes desórdenes emocionales y psicosomáticos, así como también dificultades en las relaciones interpersonales. Asimismo, son capaces de reducir las tendencias agresivas, mejorar la autoimagen, incrementar la tolerancia hacia los demás y elevar la calidad de vida. Entre otros efectos posteriores positivos se halla una profunda sensación de conexión con la gente y la naturaleza. Estos cambios de actitud y comportamiento son consecuencias naturales de las experiencias transpersonales; el individuo los acepta y abraza voluntariamente, sin ser forzado por mandatos, preceptos, órdenes o amenazas de castigo externas. Una espiritualidad de este tipo, basada en una revelación directa personal, es muy usual en las ramas místicas de todas las grandes religiones y sus órdenes monásticas, que utilizan la meditación, las letanías, la oración y otras prácticas para inducir estos estados transpersonales de la mente. Hemos visto en repetidas ocasiones cómo las experiencias espontáneas durante una emergencia espiritual tienen un potencial similar si se dan en un contexto de comprensión y apoyo.
LAS EMERGENCIAS ESPIRITUALES Y LA PSIQUIATRIA OCCIDENTAL

Desde un punto de vista tradicional, tal vez parezca imposible que experiencias tan dramáticas y desorganizantes como las que constituyen las formas más extremas de la emergencia espiritual puedan ser parte de un proceso natural y, mucho menos, de un proceso curativo que favorezca la evolución. En el modelo médico, las manifestaciones psicológicas y físicas de tales estados son vistas como síntomas de un proceso de enfermedad grave. Se las llama “psicosis”, lo que para el pensamiento psiquiátrico convencional implica “enfermedades de etiología desconocida”. La idea es que un proceso biológico, cuya naturaleza y su causa aún no han sido descubiertas, es responsable no sólo de la aparición de estas experiencias anormales, sino también de su contenido. Que el contenido de estos estados transformadores de la conciencia suela ser místico es considerado como una mayor evidencia aun de que se está ante una enfermedad. La visión del mundo creada por la ciencia occidental que domina nuestra cultura es, en su forma más rígida, incompatible con cualquier noción de espiritualidad. En un universo don de sólo lo tangible, material y mensurable es real, toda forma de fenómeno religioso o místico aparece como producto de la superstición y sugiere la falta de educación, la irracionalidad, y una tendencia hacia el pensamiento mágico primitivo. Cuando ocurren en personas inteligentes y con educación, se atribuyen a una inmadurez emocional y a conflictos infantiles con la autoridad paterna que no han sido resueltos. Las experiencias personales de las realidades espirituales son entonces interpretadas como psicóticas, como manifestaciones de una enfermedad mental. A pesar de que existen muchas excepciones, la psiquiatría y la psicología en general no distinguen entre misticismo y psicopatología. No hay un reconocimiento oficial de que las grandes tradiciones religiosas han estado embarcadas durante siglos en un estudio sistemático de la con ciencia ni de que puedan aportar algo a nuestra comprensión de la psique y la naturaleza humana. De esta forma, los conceptos y las prácticas que se encuentran en el budismo, el hinduismo, el cristianismo, el Islam y otras tradiciones místicas, basadas en siglos de una profunda exploración y experimentación psicológica, son indiscriminadamente ignorados y dejados de lado, junto con diversas supersticiones y creencias ingenuas de las religiones populares. Esta actitud hacia la espiritualidad en general, y hacia las emergencias espirituales en particular, tiene graves consecuencias prácticas: se considera a las personas que atraviesan crisis de transformación como enfermas mentales y se les da el tratamiento de rutina con medicación inhibidora. Sin embargo, creer que se trata de una enfermedad en el sentido médico no tiene fundamento, ya que hasta el momento no ha habido descubrimientos clínicos o de laboratorio que lo confirmen. Aun si se descubrieran cambios biológicos relevantes, éstos solamente explicarían por qué diversos elementos salen a la superficie en un momento dado desde el inconsciente, pero no explicarían los contenidos en sí mismos. Además, encontrar un factor desencadenante específico de es tos episodios no excluye necesariamente la posibilidad de que el proceso sea curativo. Por ejemplo: en el curso de psicoterapias experienciales profundas y distintos rituales de curación, el material del inconsciente emerge en respuesta a disparadores conocidos, corno un aumento en el ritmo respiratorio, música o sustancias psicoactivas. Además, existen problemas con el diagnóstico clínico de las psicosis y sus diferentes formas. Distintos médicos clínicos e investigadores disienten considerablemente sobre algunos de los aspectos fundamentales, y las posiciones de distintas escuelas de psiquiatría se contradicen entre sí. La clasificación oficial de los desórdenes psiquiátricos también varía de acuerdo con el país, y los antropólogos han demostrado la relatividad cultural de las que son consideradas formas de experiencia y comporta miento normales y aceptables. Si nos acercamos a la emergencia espiritual con el espíritu del modelo médico, la aparición de los síntomas parecería ser el comienzo de una enfermedad, y su intensidad indicaría la seriedad de la situación. De acuerdo con el acercamiento alternativo que aquí sugerimos, los problemas preceden a los síntomas, pero existen en forma latente. La primera aparición de los síntomas es el comienzo del proceso curativo, y su intensidad indica la rapidez de la transformación. Aun en el contexto del modelo médico, una estrategia que se limite a suprimir los síntomas no sería considerada satisfactoria si una intervención más específica y eficaz fuera conocida y estuviera disponible. La importantísima función de la terapia consiste en producir una situación en la que no sea necesario que los síntomas aparezcan, no una situación en la que los síntomas no puedan aparecer. Nadie apreciaría a un mecánico que soluciona el problema de la luz roja de advertencia que aparece en el tablero sacando el cable que se conecta con ella. Es así que existen razones de peso para reconocer la importancia de las emergencias espirituales y extirparlas del mareo de trabajo del modelo médico. En personas que sufren una crisis de transformación de este tipo, el uso insensible de etiquetas patológicas y de distintas medidas represivas, incluyendo el control indiscriminado de los síntomas por medio de la medicación, puede interferir con el potencial positivo del proceso. La consecuente dependencia a largo plazo de los tranquilizantes (con sus conocidos efectos secundarios), la pérdida de la vitalidad y una forma de vida sumisa presentan un penoso contraste con aquellas poco usuales situaciones en las que una crisis de transformación es apoyada y valorada permitiendo su natural finalización. Por esto es extremadamente importante aclarar el concepto de emergencia espiritual y desarrollar acercamientos eficaces y englobadores en su tratamiento, así como sistemas de apoyo adecuados.
PSICOSIS VERSUS EMERGENCIA ESPIRITUAL

Una de las preguntas que se realizan con mayor frecuencia al hablar de emergencia espiritual es: ¿Cómo hace uno para distinguir entre una emergencia espiritual y una psicosis? Como hemos señalado, el término psicosis no está definido con exactitud y objetividad en la psiquiatría contemporánea. Hasta que esto ocurra, será imposible brindar una delimitación clara entre estas dos condiciones. En las presentes circunstancias, tiene mucho más sentido preguntar qué características de un estado alterado de conciencia sugieren que se pueden esperar mejores resultados con estrategias alternativas que con un tratamiento basado en el modelo médico. El primer criterio importante es la ausencia de tina enfermedad detectable con las herramientas de diagnóstico existentes. Esto elimina aquellos estados en donde la causa primaria se encuentra en una infección, tina intoxicación, desórdenes metabólicos, tumores, perturbaciones circulatorias o enfermedades degenerativas. Los cambios en la conciencia de las personas que entran en la categoría de emergencia espiritual son cualitativamente diferentes de aquellos asociados a psicosis de origen orgánico, y pueden ser reconocidos con facilidad cuando se cuenta con la suficiente experiencia (para más información, ver la tabla 2 en la página). Como el término emergencia espiritual lo sugiere, las características adicionales de una crisis de transformación son la conciencia de la persona que se ve envuelta en ella de que el proceso está relacionado con cuestiones espirituales críticas de la vida, y su conocimiento del contenido transpersonal de las mismas. Otra particularidad importante es la habilidad de diferenciar hasta un grado considerable entre las experiencias internas y el mundo de la realidad consensuada. El uso sistemático del mecanismo de la proyección —rechazar las experiencias internas como propias y atribuirlas a influencias provenientes de otras personas y circunstancias externas— es un grave obstáculo para el tipo de acercamiento psicológico aquí descrito. La gente que sufre de estados paranoicos graves, alucinaciones acústicas hostiles (“voces”) y fantasías persecutorias, recurrentemente cae en proyecciones de este tipo, de contenidos inconscientes, y actúa bajo su influencia. No se la puede alcanzar con las nuevas estrategias, aun cuando ciertos aspectos de sus experiencias parecen pertenecer a la categoría de la emergencia espiritual. A menos que, gracias a un trabajo terapéutico sistemático se cree una situación en la que haya una percepción adecuada de la naturaleza del proceso y un suficiente grado de confianza, tal vez estas personas requieran medicación supresiva. Las diferencias importantes, tanto en la actitud hacia los procesos in ternos corno hacia el estilo experiencial, pueden ilustrarse describiendo a dos pacientes hipotéticos que le cuentan sus problemas a un psiquiatra; representan los polos opuestos de un continuum de posibilidades. El primero llega a la consulta y relata lo siguiente: “En las tres últimas semanas he estado viviendo toda clase de experiencias extrañas. Mi cuerpo está cargado con una energía increíble que fluye continuamente por mi columna y se atasca en el cóccix, entre los omóplatos y en la base de mi cráneo. A veces es muy doloroso. Me resulta difícil dormir y con frecuencia me despierto en la mitad de la noche, transpirado y tremendamente ansioso. Me da la extraña sensación de que acabo de llegar de algún sino lejano pero no sé de dónde. ‘Tengo visiones de situaciones que parecen provenir de otras culturas y otros siglos. No creo en la reencarnación, pero a veces siento como si estuviera recordando cosas de vidas anteriores, como si hubiera vivido antes. Otras veces, veo luces brillantes o imágenes de deidades y demonios, y cosas corno de cuento de hadas. ¿Ha escuchado algo así alguna vez? ¿Qué me esta pasando? ¿Me estoy volviendo loco?”. Esta persona está desconcertada y contundida por una serie de experiencias, pero tiene conciencia de que el proceso es interno, y muestra estar dispuesto a recibir ayuda y consejo. Esto clasifica al proceso como una posible emergencia espiritual y sugiere una buena resolución. El segundo paciente llega con una actitud muy distinta, menos a pedir consejo que a presentar una historia clara, a quejarse y a culpar a otros: ‘Mi vecino quiere matarme. Está bombeando gases tóxicos en mi sótano a través de un conducto que construyó en secreto. Envenena mi comida y mis reservas de agua. No tengo privacidad; puso muchísimos micrófonos en todas partes. Mi salud esta en peligro, mi vida está amenazada. Todo esto es parte de un complot pagado por la Mafia, están ofreciendo abultadas sumas de dinero para librarse de mí. Soy un estorbo para ellos porque mi alto nivel moral se interpone con sus planes”. Cualesquiera sean las causas de esta condición, un paciente en esta categoría no tiene la percepción fundamental de que este estado de cosas tiene que ver con su propia psique. Como resultado, no querrá otra ayuda que la necesaria para luchar contra sus supuestos perseguidores, como iniciar acciones legales o quitar todos los micrófonos de su casa. Es mas, probablemente vea al terapeuta como un enemigo potencial más que como una ayuda. Por estas tazones será un mal candidato para cualquier trabajo basado en los principios que se desarrollan en este libro.
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