Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Diez

Necesitando desesperadamente consuelo, y sin avergonzarse por reconocerlo, Mariah recorrió aquella tarde el escarpado camino que conducía al rancho de Clint Garvey. Lo encontró en las cuadras, cepillando a un caballo gris.

—Hola, Clint.

Se volvió, la vio en la puerta y sonrió débilmente.

—¡Vaya! ¡La zorra de Whiskey River en persona! —dejó caer el cepillo y abrió los brazos—. Bienvenida a casa, cariño.

Corrió hacia él, rodeó su cintura con los brazos y se apretó fuertemente contra su cuerpo.

—Oh, Clint —suspiró contra su camisa—. No sabes cuánto lo siento.

Clint no contestó. Los dos sabían que no podía decir nada. Permanecieron en silencio durante mucho tiempo, abrazados.

—La amaba —dijo contra su pelo.

Mariah echó hacia atrás la cabeza y vio en sus ojos la verdad, entrelazada con el dolor. Se sorprendió preguntándose si el niño habría tenido los ojos verdes de Laura o los de Clint, de un color azul muy pálido.

—Ya lo sé. Yo también —se mordió el labio al darse cuenta de que estaba a punto de llorar—. Necesito que me hagas un favor.

—Lo que quieras.

Mariah pensó emocionada que decía la verdad.

—Necesito que me prestes un caballo. Sólo durante un rato.

—Hecho.

Había ido con vaqueros, botas de puntera metálica, una camiseta y un sombrero de paja. Clint, que había pasado la hora anterior galopando por las praderas, intentando desfogarse para no sentir el dolor que amenazaba con destrozarle el corazón, sabía perfectamente por qué a Mariah le apetecía de repente montar a caballo. También sabía que no funcionaría, pero no le iba a impedir que lo intentara.

Eligió un caballo de doce años, el más brioso que tenía, que sin embargo era inteligente y tendría cuidado incluso si su jinete se descuidaba. Pero sabía que Mariah montaba muy bien.

Laura había sido siempre la hermana prudente. Para Mariah cada mañana era un nuevo reto. La recordaba llena de energía, actuando sin pensárselo dos veces, sin mirar nunca atrás.

Mientras la miraba galopar por la pradera se dio cuenta de que Mariah estaba descubriendo de la forma mas dura que el pasado podía atrapar a la gente cuando menos lo esperaba.

El caballo era una verdadera maravilla. Rápido como el viento y tan ágil como una cabra montesa. Esquivaba las rocas con seguridad y pasaba por los árboles calculando que hubiera suficiente espacio para ella. El cielo era muy azul; el ruido de la civilización había sido sustituido por el susurro del viento en los árboles y las herraduras contra la tierra roja. Hacía bastante fresco, y se respiraba una gran paz en aquellos parajes que no parecían haber cambiado desde que los apaches buscaban refugio en los escarpados cañones.

El rancho de Clint era largo y estrecho, y se encontraba entre el de Laura y el de Matthew. Mientras se acercaba con el caballo al precioso pero peligroso borde del precipicio, se preguntaba cómo se habría sentido durante todos aquellos años, tan cerca de Laura y sin embargo a años luz de ella.

Y, por supuesto, tampoco debía resultarle fácil vivir cerca del individuo que había roto su matrimonio. Aunque ninguno de los dos tenía en ninguna consideración al otro. A juzgar por lo que había conseguido averiguar interrogando al recepcionista del hotel, cuya madre había sido el ama de llaves de la casa de los Swann, los dos rancheros no se habían dirigido la palabra durante años.

Pero no quería pensar en su padre, ni en Clint ni en Laura. Por eso había salido a montar a caballo. Necesitaba descargar la energía nerviosa que bullía en su interior, para alejar el dolor y la culpa.

Desgraciadamente, no resultaba tan fácil. Cuando se encontró cabalgando hacia la verja que separaba el rancho de Clint del de Laura, perdida en el pasado, no se fijó en las ardillas que jugaban entre las ramas caídas, ni en el halcón que volaba sobre ella, ni en las abejas que recolectaban el polen de los campos de flores silvestres amarillas y azules.

Tampoco reparó en el brillo del sol, reflejado en las lentes de los prismáticos que la seguían.

—Bueno, bueno, qué sorpresa más agradable.

Trace y Jessica estaban tumbados de espaldas, juntos, en la antigua cama que se había llevado desde Filadelfia. La caoba brillaba con generaciones de aceite de limón, y a la luz de la vela que había en la mesilla de noche, sus pieles estaban igualmente brillantes a causa del sudor.

Se volvió, pasó una pierna por encima de las caderas de Trace y sonrió mirándolo a los ojos.

—No creía que te siguiera importando, Callahan.

—Siempre me has importado.

Era cierto.

Le acarició el pelo y le pasó la mano por la espalda, con una familiaridad muy distinta de la pasión que indicaba la hilera de ropa que iba de la puerta a la cama.

—Y tú a mí.

Se apartó el pelo húmedo de la frente y se inclinó para besarlo lentamente, con una suavidad para la que no habían tenido tiempo antes.

—¿Sabes qué he estado haciendo esta tarde? —continuó Jessica.

—¿Trabajar en el caso Fletcher?

—Bueno, eso también —recorrió su mejilla con las uñas—. Pero además de leer los informes de la autopsia he estado fantaseando sobre ti. Hacía mucho tiempo que no me tiraba al único hombre que me ha hecho gritar.

Bajó la mano por su pecho, siguiendo la línea roja que dividía su pecho, para llegar a su estómago.

—Te ha calado bien hondo, ¿eh? —dijo Jessica de repente.

—¿A qué te refieres?

—A la Swann.

Sus largos y esbeltos dedos se curvaron a su alrededor, acariciándolo con suavidad y mucha práctica.

—Todas las víctimas de asesinatos me calan hondo. Gajes del oficio.

—No me refería a Laura Fletcher. Hablaba de su hermana, la de Hollywood.

Trace pensó en mentir, pero después decidió que después de todo lo que habían compartido le debía la verdad.

—No hay ningún futuro.

—Ah, siempre el romántico.

La calidez de su sonrisa desmentía las acusaciones.

—¿Crees que soy un romántico? —preguntó sorprendido.

Jamás se había considerado romántico. Y jamás lo había considerado romántico ninguna de las mujeres a las que había conocido; mucho menos su ex esposa.

—¿Cómo llamarías si no a un hombre que vive en un mundo de héroes y villanos? —bajó la cabeza, siguiendo con los labios el camino que habían trazado sus dedos—. No naciste en la época adecuada. Te puedo imaginar sentado en la mesa redonda, junto con los demás caballeros, aunque reconozco que tu armadura está un poco oxidada, defendiendo el honor de las damiselas.

Tenía el pelo extendido sobre el estómago de Trace, mientras lo excitaba con la lengua y los labios. A Trace le costaba trabajo concentrarse.

—Sí —concluyó la fiscal—. Sin lugar a dudas, eres un romántico.

Mariah le había dicho antes algo parecido. Decidiendo que las dos se equivocaban, le hundió las manos en el pelo.

—Si sigues así me vas a hacer estallar —dijo subiendo las caderas—. ¿Quieres hablar o quieres hacer otra cosa?

Jessica respondió con una risa ronca, tan atractiva como el resto de ella, mientras cambiaba de postura para sentarse sobre él, con las piernas a los lados de las caderas.

El último pensamiento coherente de Trace, mientras Jessica se inclinaba sobre él, fue para Mariah. Se preguntó cómo sobreviviría entre los Swann.

Habían llegado al borde del acantilado. Mariah estaba sentada sobre el caballo, observando la amplia llanura que se extendía ante ella, empapándose de la visión de las colinas azules cubiertas de pinos, dándose cuenta por primera vez de lo mucho que había echado de menos aquellos parajes.

Cuando el caballo se echó hacia un lado, resoplando, lo primero que pensó Mariah fue que había sentido algo. Tal vez una serpiente de cascabel. Se inclinó hacia delante y le dio unas palmaditas en el cuello para tranquilizarlo, mientras miraba a su alrededor.

Pero antes de que pudiera averiguar el motivo del nerviosismo del animal, su montura se echó hacia atrás de golpe, tirándola al suelo.

Utilizando sus influencias políticas, Trace consiguió que bloquearan la carretera que conducía al rancho para el funeral. Como Trace se negó a apartar a J.D. de la investigación del asesinato para montar guardia en la puerta, el ranchero contrató a un par de guardias jurados, y les dio instrucciones de amenazar con disparar contra cualquier periodista que intentara acercarse.

Cuando Trace se enteró de aquello se apresuró a advertir a los guardas que si se atrevían a apuntar a alguien con las armas los detendría por ataque a mano armada.

Tres días después del asesinato, Laura estaba enterrada en la propiedad de los Swann, no muy lejos de la casa en la que había vivido. Y muerto.

Estaba lloviendo. Caía una llovizna fina y constante, más fría de lo que cabría esperar en la primera semana de julio. Dado que era un alivio que bajara el calor, nadie se quejó demasiado.

Sentada junto a su madre bajo el gran toldo negro que habían instalado los de la funeraria, Mariah se llevó la mano a la cadera, que le dolía a causa de la estúpida caída que había tenido el día anterior. Recordaba que su madre le había contado cuando era pequeña, antes de marcharse a Hollywood, que la lluvia eran las lágrimas de los ángeles.

Miró el ataúd blanco, cubierto de flores, que se hundía lentamente en la tierra húmeda, y decidió que en el caso de Laura la historia era incorrecta. Cualquier ángel que tuviera la suerte de ir a unirse a ella estaría radiante de alegría.

Alan, que había salido aquella mañana del hospital, se levantó de la silla plegable, sujeto por un lado al brazo de Heather y por el otro a una alta mujer de pelo blanco a la que Mariah no reconoció. A juzgar por su traje de chaqueta, sospechaba que no era de aquella zona.

Aunque había salido del hospital en una silla de ruedas, conseguía, con evidente esfuerzo, caminar con un bastón.

—Ahora sabemos quién es el verdadero actor de la familia —murmuró Maggie a su oído.

Su voz estaba llena de dolor. O tal vez cólera.

Mariah decidió no pensar demasiado en ello por el momento mientras se esforzaba por mantenerse firme, dispuesta a oír de un momento a otro el sonido de la tierra cayendo sobre el ataúd de su hermana, y se sintió aliviada cuando el cura entregó a Alan una pequeña pala de plata.

Alan se la pasó a Heather, que se inclinó para llenarla de tierra y se la devolvió. Mariah se sintió furiosa. La amante del senador no tenía derecho a tomar parte en el entierro de Laura.

Como si hubiera leído sus pensamientos, Maggie puso la mano en la rodilla de su hija y la apretó para infundirle ánimos.

Mariah respiró profundamente y cubrió la mano de su madre con la suya. Cuando sintió la humedad en el dorso de la mano pensó al principio que la carpa tenía una gotera. Después se dio cuenta de que, detrás del velo negro, Maggie estaba llorando en silencio.

Alan inclinó la pala de plata, dejando caer la tierra.

—Buenas noches, dulce esposa —dijo parafraseando el monólogo de Hamlet.

Mientras miraba las lágrimas que corrían por su rostro y oía el sollozo contenido en su voz, Mariah decidió que Maggie tenía razón. Se encontraban ante un actor impresionante.

Después todo acabó.

O casi había acabado, pensó Mariah mientras volvían a la limusina negra que esperaba al otro lado de la verja de hierro. Aún tenía que pasar por la cena.

En la cima de una colina cercana, Clint Garvey estaba sentado sobre su caballo gris, contemplando el entierro. La lluvia caía por el ala de su sombrero. Cuando el ataúd desapareció en la tierra intentó pensar en los buenos momentos que había compartido con Laura, por pocos que fueran.

Pero en vez de aquello sólo podía recordar la última discusión. Después de que Matthew Swann, que volvió de forma inesperada de Santa Fe, se presentara en su rancho, cargado de cerveza.

Oyó los cascos de otro caballo, que se acercaba. Se volvió en la silla y sintió otra punzada de culpa cuando vio a Patti Greene, montada en el caballo que seguía teniendo él en sus cuadras.

—Supuse que te encontraría aquí arriba —dijo.

Su expresión denotaba seria preocupación, pero Clint la conocía lo suficiente para detectar un leve brillo de victoria en sus ojos.

No respondió. Como si Patti no lo esperase, se colocó a su lado. Los dos se quedaron mirando en silencio a los asistentes al entierro, que se alejaban de la tumba.

Dejando sola a Laura, pensó Clint, sintiendo otra punzada de dolor más fuerte que las anteriores. Sola en la tierra oscura. Maldijo entre dientes la futilidad de la vida y se hundió en la silla.

La gente que había asistido al entierro volvió a la casa del rancho, donde Maggie había vivido con Matthew, donde Mariah había crecido, y donde Laura, con diez años, había hecho todo lo que había podido para sustituir el vacío que había dejado su madre.

Mariah estaba en una esquina del enorme salón, tomándose una copa de vino y vigilando a Maggie preocupada, cuando vio de reojo que Heather salía por la puerta que daba al porche. No se sorprendió al comprobar que Alan la seguía al poco tiempo.

Miró a su alrededor y decidió que había sido la única que había reparado en la marcha de la pareja. Dejó la copa en una mesa de mármol y los siguió.

Esperaba sorprenderlos en un apasionado abrazo, pero de repente se encontró con que estaban enzarzados en una acalorada discusión. Aunque no se atrevió a abrir las puertas, por lo que no pudo oír la conversación, resultaba evidente que Alan estaba furioso.

Heather, por su parte, había renunciado a su pose eficiente y estaba llorando. No paraba de enjugarse los ojos con el dorso de la mano, aunque se negaba a retirarse ante los evidentes intentos de intimidación por parte de su jefe.

Mariah estaba considerando la posibilidad de arriesgarse y abrir para oírlos cuando oyó una voz conocida a sus espaldas.

—Mariah, querida.

Mariah contuvo una maldición y se volvió. Cuando Freddi le dio dos besos la envolvió en una nube de perfume.

—Lo siento muchísimo. Ha sido una verdadera tragedia. ¿Qué vamos a hacer sin nuestra querida Laura?

Los ojos marrones de Fredericka estaban empañados de lágrimas. Llevaba un traje de chaqueta de seda negra. Mariah sabía que costaba algo menos de mil dólares, porque se había ido de compras con Maggie y su madre había insistido en que se lo probara. En aquel momento se negó, porque le parecía demasiado serio. No imaginaba que pronto tendría que ir a un entierro.

—No lo sé —dijo maldiciendo para sí al ver que Alan volvía al salón.

—Sigo sin creérmelo. Un asesinato en Whiskey River. Vaya, tal vez lo entendería si dos vaqueros se hubieran liado a tiros, pero ¿Laura? ¿Quién querría hacer algo así a una persona como ella?

—Eso es lo que va a averiguar el sheriff.

—¿De verdad crees que lo averiguará? —levantó una ceja perfectamente depilada—. Se rumorea que ese hombre estaba harto de ser policía, y que vino a Whiskey River para huir del crimen; no para resolverlo. Si no fuera porque la fiscal se encariñó con él, no sé si me entiendes, ni siquiera lo habrían contratado.

—¿Quieres decir que se acuesta con Jessica Ingersoll?

Se dijo que no debía molestarle, pero sin embargo no podía evitar que le doliera.

—Por supuesto. Pregunta a cualquiera. Supongo que no tendría por qué importarnos, pero el hecho es que se ha cometido un terrible crimen y que no parece que este sheriff sea capaz de arrestar a los culpables. Para colmo de males, es evidente que la mató alguien de fuera.

—¿Por qué te parece tan evidente?

—¿Qué? —preguntó Freddi perpleja.

—Te he preguntado por qué crees que mi hermana fue asesinada por gente de fuera.

Mariah sospechaba que aquélla era la primera vez que Fredericka Palmer se quedaba sin palabras en toda su vida.

—Bueno, eso es lo que dice todo el mundo. Que la mataron unos ladrones. Eso es horrible, sobre todo teniendo en cuenta lo tranquilos que estábamos todos, pensando que esas cosas no pasaban aquí.

—Tal vez fueran forasteros —Mariah se encogió de hombros—. Y tal vez no.

Freddi la miró con curiosidad.

—¿Quieres decir que sabes algo?

—No sé nada, pero tengo mis sospechas.

—Maggie dice que crees que Alan mató a Laura. Entiendo que tu viva imaginación quiera embellecer lo que, desgraciadamente, es un simple asesinato mundano, pero no puedo creer que tengas razón en esto.

Mariah se sorprendió ante la elección de la palabra «mundano». Su hermana, la mejor amiga de Freddi, estaba muerta, y no se le ocurría un adjetivo mejor. Estaba intentando decidir qué responder exactamente cuando un bullicio al otro lado del salón llamó la atención de las dos mujeres.

—Hablando del rey de Roma —murmuró Freddi al ver que Trace entraba en la estancia.

No llevaba el sombrero. Tenía el pelo mojado por la lluvia.

—Siento interrumpir —dijo con la voz que Mariah reconoció como la de policía en misión oficial.

—Supongo que habrá venido a decirnos que ya ha puesto a Garvey entre rejas —dijo Matthew.

Trace no había podido mantener en secreto la aventura que Laura tenía con Clint. Claro que no le parecía sorprendente. La experiencia le demostraba que en las comisarías, por pequeñas que fueran, siempre se filtraban las noticias. Pero estaba furioso.

—Aún no he terminado la investigación —contestó—. En este momento no estoy en disposición de meter a nadie entre rejas.

—Así que mientras interrumpe el entierro el asesino de mi hija sigue libre.

Con su traje negro y sus botas de piel de caimán, Trace tenía un aspecto más impresionante que de costumbre. Llevaba a modo de corbata una cinta, con un pasador de turquesa y plata. Cuando lo vio, Mariah pensó que parecía un millonario de una película del oeste.

—¿Por qué no damos al sheriff Callahan la oportunidad de contarnos lo que haya venido a decir? —propuso Mariah.

—¿Por qué no cierras tu maldita boca? —preguntó Matthew, volviéndose hacia su hija—. Perdiste el derecho a formar parte de esta familia hace diez años, cuando le robaste el coche a tu hermana para irte a vivir a Hollywood.

Trace vio que el color desaparecía de la piel, ya bastante pálida, de Mariah. Con los ojos llenos de dolor, se puso firme, como un soldado en un desfile, intentando no dejarse llevar por la turbación que aún podían causarle las palabras de su padre.

No era la primera vez que Trace presenciaba aquella conducta por parte de Matthew Swann hacia su hija.

—Siento mucho la pérdida que han sufrido, señor Swann.

—Si es así… —empezó a interrumpir Matthew.

Trace lo hizo callar con un rápido movimiento de la mano.

—He dicho que lo siento —repitió con voz baja pero llena de fuerza—. No obstante, en caso de que se le haya olvidado, permítame que le recuerde que en mi contrato pone que tengo que mantener la paz en Whiskey River. Y en ocasiones siento la tentación de ceñirme a esas palabras literalmente.

—¿Me está amenazando, Callahan?

—Simplemente estoy diciendo que si sigue atacando así a su hija —hablaba con el padre, pero miraba a Mariah—, sentiré la tentación de traer las mangueras.

El terrateniente se quedó mirándolo con incredulidad, abriendo y cerrando la boca como una trucha. Tardó por lo menos veinte segundos en ser capaz de hablar.

—No me gusta su actitud, Callahan.

—No es la primera vez que me dicen eso —convino con tono agradable—. Siempre me estoy proponiendo hacer un curso de modales, pero siempre surge algo más importante que hacer. Como investigar un asesinato.

A Maggie no se le escapó la breve mirada que intercambiaron Trace y su hija. Interesada, miró detenidamente al sheriff.

—Gracias por haber venido —dijo, interviniendo en la conversación—. ¿Quiere tomar algo?

Sus ojos estaban ligeramente nublados y ensombrecidos, como los de Mariah. Irradiaba una imagen de frágil elegancia, como una estatua de porcelana negra.

—La verdad es que he venido a hablar con el senador, señora McKenna.

—¿Conmigo? —preguntó Alan arqueando una ceja.

A pesar del bastón y de la palidez que confería un tono grisáceo a su bronceado, el senador tenía un aspecto bastante saludable para ser una víctima de un tiroteo que acababa de enviudar. Con su traje azul marino, su camisa blanca y su corbata del partido, parecía encontrarse en plena forma. Nadie habría sospechado que le ocurría algo.

—Sí. Tengo unas cuantas preguntas más que hacerle.

—Lo siento, sheriff, pero ya le he contado todo lo que sé sobre aquella horrible noche.

Trace consideró que no había sido demasiado, recordando todas las fichas policiales que había estado enseñándole a lo largo de la tarde anterior. Ninguna de las caras le resultaba remotamente conocida, y Trace había salido del hospital más frustrado que nunca. Aquel caso no parecía avanzar. Mientras desayunaba con Jessica había decidido que ya era hora de empezar a presionar al senador.

Un hombre se acercó a Alan.

—¿Es mi cliente sospechoso, sheriff?

—¿Su cliente?

—Soy Peter Worthington —cuando tendió la mano, Trace se fijó en que llevaba las uñas esmaltadas con laca transparente mate—. El abogado del senador Fletcher —se estrecharon la mano, mirándose—. ¿Es sospechoso en el caso?

—Por el momento no —respondió Trace sin demasiada sinceridad.

En la historia de Fletcher había grandes lagunas e incoherencias. Empezando por la primera mentira sobre la excelente relación que tenía con su mujer. Por supuesto, cuando habló con Jess habían estado comentando que cualquier persona que tuviera la desgracia de verse envuelta en una investigación de asesinato se mostraría reticente a la hora de exponer todas las grietas de su aparentemente perfecta vida personal.

Aun así, el hecho de que Alan Fletcher hubiera pasado con su amante las horas anteriores al asesinato de su mujer no le daba buena espina.

—¿Tiene una orden de detención contra mi cliente? —preguntó Worthington.

—Por el momento no —repitió Trace.

La insinuación de que podía ocurrir en el futuro quedó suspendida en el aire.

—Entonces me temo que voy a tener que aconsejar a mi cliente que no siga respondiendo a sus preguntas —dijo el abogado—. Según tengo entendido, ya se ha entrevistado con él en cuatro ocasiones. Le ha descrito a los intrusos en la medida de lo posible; le ha explicado con todo detalle lo que estuvo haciendo aquella noche—, no se ha quejado al ver que sus técnicos acampaban en su casa, llevándose Dios sabe cuántas pertenencias personales que puedan haber considerado pruebas.

Trace se dio cuenta de que tendría que tragarse un discurso. El abogado tenía una voz de barítono grave, no muy desagradable, que probablemente lo había impulsado en su trayectoria profesional. Había tenido que sentarse frente a gente como él en muchos juicios, y no le gustaba demasiado. En su escala de valores personal, los abogados estaban por debajo de los políticos, los periodistas y los vendedores de coches de segunda mano.

—Estamos intentando resolver el asesinato de su esposa —le recordó.

—Créame —respondió Worthington—. Nadie es más consciente de eso que mi cliente. Estos últimos días han sido muy duros para él, física y mentalmente. Ya le ha contado todo lo que sabe. Ha colaborado bastante. No creo que tenga que seguir contestando a las mismas preguntas una y otra vez —se sacó del bolsillo una caja de oro y entregó una tarjeta a Trace—. A partir de ahora, si tiene algo que discutir con mi cliente, le ruego que hable antes conmigo.

—Muy bien —convino.

Frustrado y decidido a no demostrar su frustración, el sheriff salió de la casa, dispuesto a volver a su despacho para repasar todos los papeles del caso. En realidad no le extrañaba que el senador se hubiera distanciado del crimen, pero había albergado la esperanza de que, como la mayoría de los políticos, Fletcher encontrara irresistibles las candilejas y siguiera colaborando.

Todos sus instintos, afinados tras años de trabajo policial, le decían que el senador ocultaba algo. Desgraciadamente, a no ser que estuviera preparado para arrestarlo, que no era el caso, no podía hacer que se entrevistara con él en contra de su voluntad.

Tres malditos días. Y no estaba más cerca de resolver el caso que cuando llegó por primera vez a la escena del crimen.

Se decía que un detective tenía que ser inteligente. Pero tampoco le vendría mal una buena dosis de suerte.

Trace decidió que la suya se había agotado mucho tiempo atrás.

—Esto tiene que mejorar —se dijo en voz alta—. Porque, desde luego, no puede empeorar mucho.
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