Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Nueve

Después de muchas discusiones y un par de enfrentamientos entre Matthew y Maggie, por fin se decidió que el entierro de Laura se celebraría en Whiskey River.

—El problema —comentó Alan durante una reunión en su habitación del hospital— es que en esta iglesia sólo caben cien personas.

—Pues celebraremos un funeral privado —dijo Maggie—. Sólo para la familia y unos cuantos amigos íntimos.

—Como si conocieras a los amigos de tu hija —espetó Matthew—. No te tomaste la molestia de volver aquí desde que abandonaste a tu familia, hace veintiséis años.

—Para tu información, hace veintisiete años. Y cada mañana, cuando desayunaba, daba gracias a Dios por no tener que ver tu cara al otro lado de la mesa.

—Si nunca te levantabas antes de la hora de la comida.

—Perdón —dijo Heather Martin, interponiéndose entre ellos con valentía—. ¿Podríamos ceñirnos al asunto que estamos tratando?

La ayudante del senador había acabado por hacer de mediadora en todas las sesiones. Mariah tenía que reconocer que su capacidad para tratar con la gente era impresionante. Y su preocupación por la muerte de Laura parecía sincera. Si las circunstancias fueran distintas, probablemente le caería bien.

Sus padres intercambiaron una mirada airada, y se hizo el silencio en la habitación de hospital.

—No es mala idea celebrar una ceremonia privada en el rancho —dijo Matthew al final—. Podríamos mantener alejada a la prensa.

—Lo que tú digas —convino Alan rápidamente.

A pesar de la dolorosa gravedad del tema, a Mariah le gustaba contemplar cómo se truncaban los planes de publicidad de Alan.

—Tal vez —propuso Heather— podríamos celebrar un segundo funeral más adelante, en Washington.

—Sí, Laura tenía muchos amigos allí. ¿He comentado que el secretario del partido se ha ofrecido a correr con los gastos del entierro?

Maggie alzó la vista al techo, exasperada.

—Es sorprendente —dijo Mariah— que puedas olvidar tu dolor para tramar la manera de utilizar la muerte de tu esposa como ventaja en tu carrera política.

Alan la miró con frialdad.

—No tienes ni idea de lo que siento, Mariah. En cuanto a mi carrera, Laura estaba orgullosa de mi contribución a nuestro país. Habría deseado que continuara mi trabajo en la Casa Blanca.

—Ahórrame la palabrería política, senador.

Heather volvió a intervenir en la conversación, dispuesta a mantener la paz.

—Por supuesto, esperaremos a que la prensa haya perdido el interés. No queremos que nadie piense que nos estamos aprovechando de esta terrible tragedia.

—¿Quién podría pensar tal cosa? —preguntó Mariah con acidez.

—Es una buena idea celebrar un segundo funeral en Washington —intervino Matthew.

A juzgar por la forma en que apoyaba a su yerno, Mariah tenía la impresión de que si Alan hubiera propuesto que celebraran la ceremonia en los escalones del Capitolio y la retransmitieran en directo por todo el mundo, su padre habría apoyado el plan con entusiasmo. A ojos de Matthew, todas las decisiones de Alan eran acertadas.

Claro que aquello no era ninguna novedad.

Dos días después del asesinato habían llegado más hordas de periodistas al pueblo, para unirse a los que ya habían acampado frente al Ayuntamiento. Todos los departamentos de informativos de las distintas televisiones habían solicitado entrevistas individuales. Trace las rechazaba todas, pero aquello no les impedía seguir intentándolo.

Una periodista de una prestigiosa cadena de informativos se estaba mostrando particularmente insistente. También habían llamado presentadores muy famosos, que habían llegado a impresionar incluso a Cora Mae. Añadiendo a aquello la forma en que Mariah acaparaba también la línea telefónica, Trace tenía la impresión de que tendrían que instalar una verdadera centralita.

Como si el tiempo hubiera conspirado para empeorar más aún las cosas, había llegado una corriente del golfo de California, cargando el ambiente de humedad. El calor resultaba agobiante y pegajoso. Para empeorar las cosas, J.D., Loftin y Trace habían tenido que intervenir en muchos tumultos, ocasionados por el exceso de actividad, hasta el punto de que empezaban a temer que Whiskey River presenciara su segundo homicidio en una semana.

Un problema menos, aunque también preocupante, era el aumento que había experimentado la delincuencia juvenil. En aquella comarca perdida no había demasiadas posibilidades de empleo, por lo que los jóvenes, en vacaciones, tenían mucho tiempo libre y muy poco dinero.

Enfadado con la forma en que se había estancado la investigación, Trace se enfrentó a la famosa regla de las setenta y dos horas. Se trataba de una norma no escrita según la cual el asesino tenía que ser arrestado en el plazo de los tres días siguientes al crimen.

Decidido a no permitir que el asesino o los asesinos de Laura Fletcher salieran impunes, estaba releyendo el informe de los técnicos y comparándolo con sus notas, para intentar encontrar algo que pudiera resolver el delito antes de que se le fuera de las manos, cuando oyó un nuevo estallido de actividad en las calles.

Miró por la ventana y vio a un hombre alto, con pantalones vaqueros, camisa blanca y un sombrero desgastado, que se bajaba de un todoterreno. Clint Garvey había vuelto a Whiskey River.

Miró al hombre que avanzaba entre los ávidos periodistas, con la cabeza baja, sin aminorar el paso, como si se abriera camino en un huracán. Conocía muy bien la sensación. Llamó a Jill por el interfono.

—Cuando llegue Garvey, hazlo entrar a mi despacho.

—¿Ha vuelto?

—Eso parece.

—¿Quieres un café?

—No me vendría mal.

—Ahora mismo lo preparo.

—Gracias.

—De nada. Diez cuatro, sheriff.

Clint Garvey tenía el rostro curtido de un hombre que pasaba mucho tiempo al aire libre. Sus ojos, tan azules como un lago de montaña, contrastaban fuertemente con su piel bronceada.

—Hola, Clint —dijo Trace, levantándose—. Hemos estado buscándote.

—Estaba recorriendo a caballo las montañas.

—¿Buscabas caballos salvajes?

—La verdad es que sólo buscaba la paz —lo miró a los ojos—. Me enteré de lo de Laura —tragó saliva—. Lo leí en el periódico.

No podía pronunciar la palabra «asesinato», ni «muerte», en relación con la mujer a la que había amado durante tanto tiempo. La mujer, se recordó Trace, que había sido su esposa.

—Lo siento mucho, Clint.

Le señaló una silla y tomó asiento.

—¿Ocurrió el miércoles por la noche?

—En realidad, en la madrugada, del miércoles al jueves.

Clint maldijo y se pasó una mano por la cara. Se dejó caer en la silla, extendió sus largas piernas y cruzó los tobillos. Permaneció un largo rato sin hablar.

Trace esperó con la tranquilidad que tanto había tardado en adquirir. De joven era famoso por su impaciencia.

Cuando Garvey alzó la vista al fin. Trace vio en sus ojos que estaba pasando por un infierno.

—En el periódico ponía que estás buscando a unos ladrones.

—Es una de las posibilidades.

—Y yo soy otra —afirmó.

—En este momento no he descartado a nadie. Pero tampoco sospecho de nadie.

La boca de Clint Garvey se convirtió en una firme línea, flanqueada por dos surcos verticales.

—¿Tampoco has descartado al canalla con el que estaba casada?

—Ya te he dicho…

—Sí, sí —lo interrumpió con un movimiento de la mano—. No descartas a nadie. Bueno, yo también tengo varias preguntas que hacer, pero empiezas tú. Después plantearé yo las mías.

Si estuviera en Dallas, Trace le habría dicho que él era el único que tenía derecho a hacer preguntas. Pero no había tardado mucho en descubrir que en el campo las cosas eran distintas. No era sólo que la gente estuviera más relajada; simplemente, lo que funcionaba en la gran ciudad podía no ser una buena táctica allí.

Cuando alcanzó el rango de detective, un veterano que llevaba veinticinco años en la policía le había dicho que en ocasiones, en el calor de una investigación, un policía se obsesionaba tanto con seguir las normas que perdía de vista su objetivo principal. Le había aconsejado que no olvidase nunca qué era lo que quería descubrir.

Aquel consejo había resultado muy valioso en más ocasiones de las que Trace recordaba. Se dijo que, aunque lo que quería descubrir era quién había asesinado a Laura Fletcher, en aquel momento su objetivo era hacer hablar a Garvey. Si para ello tenía que permitir que el sospechoso le planteara sus preguntas, lo haría.

Además, se recordó, nadie decía que tuviera que contestar.

—Me parece bien.

Jill entró con dos tazas de café solo. Trace le dio las gracias, y Clint rechazó su oferta de azúcar o leche. Tampoco aceptó las galletas.

—¿Te importa que grabe la conversación? —preguntó Trace, sacando la grabadora de un cajón de la mesa.

—Como quieras.

Clint bebió un largo trago de café.

Junto con la grabadora, Trace sacó una tarjeta. Si Clint era el asesino de Laura Fletcher, no quería pasar por alto ni una formalidad.

—¿Vas a leerme mis derechos? —preguntó al observarlo.

—He pensado que sería una buena idea.

Al ver que Clint no respondía, Trace pulsó el botón de grabación y le leyó en voz alta las frases de rigor.

—¿Has comprendido todo perfectamente?

Clint siguió bebiéndose su café. Si era un asesino, tenía una sangre fría impresionante.

—Estaba bastante claro —dijo con el típico tono lacónico de los vaqueros.

—¿Te gustaría llamar a tu abogado?

—No creo que sea necesario.

—Después de saber cuáles son tus derechos, ¿sigues queriendo hablar conmigo?

Clint miró a Trace sobre el borde de la taza. Sus ojos eran de hielo, y su cara parecía labrada en granito.

—¿Por qué crees que he venido en cuanto me he enterado? Quiero hablar contigo.

Después de trabajar tanto tiempo en el departamento de homicidios, a Trace le sorprendía que hubiera tan poca gente que quisiera acogerse a su derecho de guardar silencio. Los asesinos profesionales sabían cómo mantener la boca cerrada, pero afortunadamente, los aficionados se arriesgaban para no parecer sospechosos.

—De acuerdo.

Trace se reclinó en su silla, adoptando una postura relajada destinada a hacer que el otro hombre se relajara también. Los interrogatorios no eran nada más que una representación. Los policías que obtenían más confesiones eran los mejores actores.

—¿Conocías bien a Laura Fletcher?

—¡Por favor! —exclamó Clint, demostrando por primera vez una emoción—. Si vamos a ir a este paso tardaremos toda la noche. Prefiero contarte todo, y si después tienes alguna pregunta, házmela.

Trace no estaba acostumbrado a ceder al interrogado el control sobre el interrogatorio. Se recordó con cierto esfuerzo su objetivo. Hacer que Garvey siguiera hablando.

—Adelante —dijo asintiendo.

—Cuando nos conocimos, Laura y yo éramos unos niños —comentó Clint lentamente—. Por supuesto, en un pueblo tan pequeño yo sabía perfectamente quién era, aunque no nos movíamos exactamente en los mismos círculos. Supongo que sabes lo que quiero decir.

Miró a Trace, que asintió, recordando demasiado bien lo que significaba una infancia de pobreza.

—El caso es que su padre me contrató en su rancho —continuó Clint—. Yo tenía diecinueve años, y ella, diecisiete —su expresión se suavizó al recordar los viejos tiempos—. Nos enamoramos. Cuando su padre nos descubrió, me despidió y la encerró a ella.

—Así que os fugasteis.

—En efecto —dijo Clint en tono neutro—. Pero cuando Swann nos descubrió, Laura se acobardó y volvió a casa con él.

—Eso debió sentarte muy mal.

—Es un buen intento, sheriff —dijo riendo sin humor—. Estaba furioso. Durante años intenté odiarla por ello, pero no lo conseguí, porque no podía dejar de amarla.

—¿Cuánto tiempo tardasteis en volver a veros?

—Nos encontrábamos en el mercado y nos cruzábamos por la calle siempre que ella volvía de Washington, pero no hablábamos. Más adelante, después de que su abuela me dejara en herencia parte de la propiedad de los Prescott nos convertimos en vecinos, por así decirlo. De vez en cuando la veía por los campos, pero seguíamos sin hablar.

—¿Por qué crees que Ida Prescott te dejó esas tierras?

Cora Mae lo había informado sobre aquel testamento, que al parecer causó una gran conmoción en la comunidad, pero al parecer ninguno de los habitantes de Whiskey River alcanzaba a comprender los motivos de la anciana.

—Que me aspen si lo sé. De vez en cuando trabajaba para ella. Le arreglaba las verjas, le domaba caballos y esas cosas, y siempre nos llevamos bastante bien. Cuando Swann me echó, su suegra me dijo que era un canalla. También me dijo que Laura era idiota por permitir que su padre controlara su vida de esa manera. Supongo que sabía que yo había salido perdiendo e intentó compensarlo de alguna forma. O tal vez imaginaba que si me colocaba cerca de Laura la química podría más que la ambición política.

—¿Fue así?

Clint se encogió de hombros y miró su café, como si buscara la respuesta en el fondo de la taza.

—Al final sí, pero no de la forma que Ida habría esperado. Laura tardó varios años en venir a verme. Yo estaba en Washington, presentando testimonio en un caso de derechos de pasto, y se presentó en la audiencia. Volvimos juntos a mi hotel, y entonces averigüé el motivo por el que había vuelto con su padre después de nuestra boda. El muy canalla amenazó con denunciarme por corrupción de menores si no anulaban la boda y ella prometía no volver a verme —sus ojos se llenaron de dolor—. Tantos años perdidos —murmuró.

—¿Crees que Swann habría cumplido su amenaza?

Clint se quedó mirando por la ventana, pero Trace tuvo la impresión de que no miraba a los periodistas, sino a la vida que le habían arrebatado con engaños.

—Por supuesto que sí. Swann no es de los que amenazan en vano. Yo habría ido a la cárcel, pero habría salido, y Laura y yo seguiríamos casados. Podríamos haber estado juntos —miró a Trace fijamente, sin vacilar—. Cuando vino conmigo al hotel, cuando hicimos el amor y fue como siempre, pero mejor, fui tan idiota como para pensar que podíamos recuperar lo que habíamos perdidos.

—¿Cuánto tiempo duró vuestra aventura?

Clint hizo una mueca ante la elección de palabras de Trace.

—Seis meses. Pero no fue ninguna aventura clandestina. Quería casarme con ella.

—Ya estaba casada —señaló Trace.

—Iba a divorciarse.

Al ver que Trace seguía mirándolo con desconfianza, Clint apuró el resto de su café y dejó la taza vacía en la mesa, con un fuerte golpe.

—¡Iba a divorciarse! —insistió—. Se lo iba a decir al senador este fin de semana.

—¿Antes o después de que anunciara su candidatura a la presidencia en el discurso del cuatro de julio?

—No es una mala táctica la tuya —Clint forzó una sonrisa—. Pero no funcionará. Laura no tenía la menor intención de convertirse en primera dama, y aunque así hubiera sido, desde luego no me habría dado por matarla.

—¿Ni siquiera si se hubiera negado a abandonar a su marido?

—Ni siquiera —respondió mirando fijamente a Trace.

—¿Cuándo la viste por última vez?

—La noche en que murió. El senador llegó tarde. Hablé con ella por teléfono y me di cuenta de que estaba alterada, así que fui a su casa para tranquilizarla.

—¿Tuviste relaciones sexuales con ella?

—Hicimos el amor —corrigió Clint, con una larga mirada que indicaba que había una gran diferencia.

—De acuerdo.

Era otra táctica para los interrogatorios. Había que convertirse en el mejor amigo del sospechoso, darle a entender que se compartían sus puntos de vista. ¿Estrangulaste a tu suegra porque no paraba de reprocharte que te tomaras un par de cervezas al salir del trabajo? Claro, a todo el mundo se le ocurre hacer algo así de vez en cuando. ¿Pegaste un tiro a tu jefe a causa de una discusión por las horas extra? Probablemente lo merecía. Si la otra persona creía encontrarse frente a un alma gemela se sentiría inclinada a hacerle confidencias.

—¿Qué hiciste después de hacer el amor con Laura Fletcher?

—Me fui a casa a esperar que me llamara por teléfono para decirme que había pedido el divorcio a su marido. A la mañana siguiente, como seguía sin llamarme, pensé que otra vez le había faltado el valor necesario.

—¿Así que no fue la primera vez que te prometió que diría a su marido que quería el divorcio? —preguntó, observándolo cuidadosamente.

—No. Habíamos discutido por eso.

—¿Os oyó alguien?

—No creo. Por motivos evidentes, no nos dejábamos ver juntos en público.

Trace pensó que Garvey debería haber pedido un abogado, porque ningún letrado del mundo habría permitido a su cliente que dijera algo así.

—De modo que al ver que no te llamaba saliste a dar una vuelta a caballo.

—Sí. Reconozco que estaba furioso. Pero siempre pensé que acabaría por divorciarse.

—Y casarse contigo.

—Sí.

Su mirada fija no invitaba a llevarle la contraria.

—¿Qué hay de los hijos? ¿Teníais intención de tener descendencia?

—Laura era estéril.

—¿Qué te parecía eso?

—Esto parece una entrevista radiofónica, pero te diré que quien me interesaba era Laura. No buscaba una mujer para reproducirme. Si hubiera podido tener hijos, mejor, pero no podía, y no me importaba.

—Es razonable —convino, meditando sobre la forma de comunicarle la noticia—. ¿Tienes armas en casa?

—Claro. Una escopeta y un rifle.

Igual que el noventa y cinco por ciento de la población, consideró Trace.

—¿No tienes ninguna pistola?

—Las pistolas son para disparar contra las personas. La escopeta es para la caza menor, y el rifle, para la caza mayor. No tengo ninguna pistola porque no tengo ningún motivo para disparar contra nadie. Y además sería incapaz de matar a un hombre. O a una mujer —añadió.

—¿Te importaría darnos permiso para registrar tu propiedad?

—Adelante. No tengo nada que ocultar.

Trace había oído muchas veces la misma frase.

—También quiero sacar las huellas de tus neumáticos y tus botas.

—¿Para compararlas con las encontradas en el lugar del crimen?

—Exactamente.

—Vaya. Igual que en la televisión.

Trace pasó por alto el comentario sarcástico.

—También voy a pedir al juez que solicite un análisis de sangre.

—¿Un análisis de sangre? —frunció el ceño—. Oh —se pasó las manos por el pelo, pensativo—. ¿De verdad hace falta? Ya te he dicho que estuve con ella.

—También lo queremos para determinar la paternidad.

—¿La paternidad? —empezó a comprender poco a poco—. ¿Laura estaba embarazada? —añadió con voz rota.

—Según la autopsia, de dos meses. El senador Fletcher afirma que el hijo no era suyo.

—Estaba embarazada —repitió anonadado, completamente pálido—. ¿Laura iba a tener un hijo mío?

—Ésa es una de las cosas que necesito averiguar.

Una sospechosa humedad brilló en los ojos de Clint, pero su expresión se endureció.

—Creo que he mentido.

—¿Respecto a qué?

—A lo de ser incapaz de matar a un hombre. Si encuentro al bastardo que hizo esto…

—Esa no es tu labor —interrumpió Trace, recuperando su tono de detective de la ciudad—. Es la mía.

—Entonces hazlo.

Trace lo miró a los ojos, sin vacilar ante su expresión desafiante.

—Tengo intención de hacerlo.

Poco después de que Clint se marchara del despacho, con órdenes de no abandonar el condado, sonó el interfono.

—¿Qué pasa ahora, Jill? —preguntó exasperado, esperando encontrarse con otra llamada de un periodista.

La puerta de su despacho se abrió.

—Jill iba a anunciarte mi visita —le dijo Mariah.

Llevaba un top blanco, de una tela elástica que se ceñía a sus curvas como una segunda piel, y una falda corta de flores que le recordaba un jardín en primavera, igual que su olor.

—Bueno, creo que ya no hace falta. A ti se te da muy bien.

Se sintió incómodo al darse cuenta de que se alegraba de verla.

La respuesta de la mujer, pronunciada entre dientes, fue suficientemente obscena. Se echó el pelo por detrás de los hombros, se sentó delante de él sin esperar a que la invitara y lo miró con cara asesina.

—No me provoques. He tenido una tarde horrible y estoy a punto de ponerme a destrozar todo lo que tengo alrededor.

Sus ojos se encontraron con frustración compartida. Y algo más. El corazón de Mariah se encogió. No era la primera vez que sentía un impulso sexual desde que conocía a aquel hombre.

Se dijo que debía sentirse agradecida por seguir siendo capaz de sentir deseo, a pesar del duro golpe que había sufrido al llegar después de tanto tiempo para encontrarse con que habían asesinado a su hermana.

Y tenía que reconocer que el sueño que había tenido la noche anterior, en que Trace Callahan la esposaba a una cama de barrotes de bronce, para hacerle el amor tan despacio que ella acabó por suplicarle que pusiera fin a su tormento, constituía una mejora con respecto a las pesadillas sobre el asesinato de Laura que había tenido la noche anterior.

Tenía los ojos cargados de emoción. Sus labios, del color de una amapola, tenían un aspecto dulce y suave, enormemente apetecible. Trace se prometió probar aquellos labios antes de que Mariah Swann volviera a su elegante vida de Hollywood.

Excitada en secreto por la forma en que Trace le miraba la boca, Mariah miró por la ventana.

—¿Era Clint Garvey el hombre que he visto salir en el todoterreno?

—Sí.

—Así que ha vuelto —frunció el ceño y se frotó la sien—. ¿Sabía lo del embarazo?

—Lo sabe ahora.

—Oh, no —sacudió la cabeza y buscó el tabaco en el bolso, sin recordar que aquella mañana le había vuelto a dar por dejar de fumar—. Me gustaría creer en la reencarnación, porque esos dos merecen una segunda oportunidad.

Aunque no contestó, Trace estaba de acuerdo. Siempre que Garvey no hubiera asesinado a su amante.

—¿Qué te ha dicho Clint?

—Sabes que eso es confidencial. Pero no se ha confesado culpable, si eso es lo que te preguntas.

—Claro que no. Clint no mató a Laura. Ya te lo he dicho.

—Ya lo sé. Sigues creyendo que la mató el senador.

—Y se disparó a sí mismo para no resultar sospechoso —añadió Mariah, cruzándose de piernas y revelando un suave y bronceado muslo—. Lo he escrito…

—Ya lo sé. Miles de veces —terminó por ella, sin poder apartar la visión de su mente.

Frunció el ceño al sentir la fuerza de su deseo. No se había sentido sorprendido al descubrir que Mariah se infiltraba en sus pensamientos en ocasiones en que debería estar concentrado en su investigación; a fin de cuentas, era una mujer atractiva. Por añadidura, también era rápida e inteligente, y no tenía remilgos.

Pero una cosa era encontrar a Mariah Swann sexualmente atractiva, y otra muy distinta, sentir un deseo tan intenso e incontrolable.

Decidido a recuperar el control, volvió a la conversación.

—Si estuvieras escribiendo esto para la televisión, ¿cómo explicarías el pequeño detalle de que no se encontró ningún arma en la casa? ¿Se puede saber qué hizo el senador? ¿Asesinó a su mujer con una pistola del treinta y ocho, después se hirió cuidadosamente en un sitio no demasiado grave con la del veinticinco, condujo hasta el río, pasando para ello por la barrera de la policía, tiró las pistolas al agua, volvió a la casa, llamó a la comisaría y se desmayó antes de que llegara la ambulancia?

—Es más probable que tuviera un cómplice que se llevara las pistolas después.

—Supongo que te refieres a Heather Martin.

—Es evidente que Alan y ella eran amantes.

—La última vez que repasé la legislación de Arizona no vi que el adulterio equivaliera a la complicidad en el asesinato.

—Clint no podría hacerlo.

—Parece que los dos estáis de acuerdo en eso —dijo Trace con un tono que indicaba que su mente seguía abierta.

—Hace muchos años lo vi rematar a un caballo. No era capaz. Se le partía el corazón —sacudió la cabeza decidida—. No habría sido capaz de matar a Laura.

—Veo que eres una amiga leal.

Mariah lo miró con extrañeza.

—¿Cómo sabes que éramos amigos?

—Es del dominio público.

J.D. le había contado un poco, y Cora Mae había rellenado las lagunas. Su madre adoraba los cotilleos, y la avidez con que compartía la información la convertía en una mezcla de pregonera, archivo histórico y revista del corazón.

Olvidando hábilmente que había investigado el pasado de Trace, Mariah decidió que no le gustaba que se dedicara a hacer preguntas sobre ella. Sobre todo porque se imaginaba lo que contestaría la gente.

«Oh, la pequeña de las Swann», diría la señora Kendall, la dueña del anticuario. «Siempre fue una descarada. Se dedicaba a recorrer la calle principal con unos pantalones cortos que dejaban ver hasta el alma. Tal y como vestía, es un milagro que no la violaran».

«¿Mariah Swann?» Casi podía ver a Jen Young, el dueño de la tienda de accesorios para el ganado tirando el tabaco de mascar en la vieja lechera que utilizaba de escupidera. «Esa chica era pura dinamita, desde luego. Había más hombres zumbando a su alrededor que abejas en un panal. Pero, por muchos líos en los que se metiera, desde luego sabía montar a caballo», concedería, puesto que siempre había admirado sus habilidades como amazona, y aquello era lo más importante para un antiguo campeón de rodeos.

—Creía que con un asesinato en Whiskey River tendrías cosas más importantes que hacer que investigarme a mí —protestó.

—La verdad es que buscaba información sobre Garvey cuando salió tu nombre. Tengo entendido que erais íntimos.

—Nunca me acosté con él, si es lo que insinúas. Siempre estuvo enamorado de Laura.

Su susceptibilidad le recordó otro cotilleo que había oído. Todo el mundo hablaba de su supuesta promiscuidad, aunque Jeb Young no estaba de acuerdo.

«Los chicos revoloteaban alrededor de Mariah como perros en celo», había dicho el viejo jinete. «Pero desde que se enteraron de que Matthew pegaría un tiro al que se atreviera a poner la mano encima a cualquiera de sus hijas, siempre supuse que en esos coches que aparcaban junto al río pasaban menos cosas de las que ella quería que creyéramos.»

—Sólo oí que Garvey y tú erais buenos amigos —dijo con sinceridad—. Nada más.

Toda la gente con la que había hablado le había dicho exactamente lo mismo que Mariah. Que Clint sólo tenía ojos para la hermana mayor.

La tensa línea que bordeaba la boca de Mariah se suavizó, igual que sus ojos.

—Una vez, cuando tenía doce años, me escapé de casa. Clint me encontró en las afueras, intentando hacer autostop.

—Tuviste suerte.

—Ahora lo sé. En aquel momento estaba furiosa con él —sonrió con ternura—. Me arrastró a su camión, a pesar de que pataleé todo lo que pude, y me amenazó con atarme para llevarme al rancho si no me tranquilizaba.

—Así que tiene mal genio.

—Por supuesto que no. Sólo era una amenaza. Y reconozco que lo dijo después de que le diera una patada en los huevos.

Trace se dio cuenta de que no era posible hacer una mueca de dolor y sonreír a la vez.

—Rectifico. Se quedó corto. Yo habría cumplido la amenaza.

—Él dijo que se había quedado corto.

—¿Así que te llevó a casa?

—Al cabo de unas horas. Primero nos fuimos a ver Tiburón al cine de Payson, y después nos fuimos a tomar unas patatas fritas y un batido. Después me llevó a casa.

No parecía una conducta propia de un asesino. Pero Trace sabía que la gente más amable podía cometer terribles crímenes pasionales si se daban las circunstancias adecuadas.

—Supongo que tu padre se sentiría aliviado.

Mariah se encogió de hombros, y Trace vio que la luz desaparecía de sus ojos, como una vela alcanzada por un golpe de viento. Sintió haber mencionado a Matthew Swann.

—Ni siquiera se dio cuenta de que me había marchado —se puso en pie de golpe—. Bueno, me ha gustado mucho hablar contigo, pero tengo que irme a librar otra batalla.

—Ha sido dura, ¿verdad?

—No ha resultado demasiado agradable. Imagínate el tema de discusión. Mi padre quiere hacer una parrillada de vacas de su granja para invitar a cenar a los asistentes al funeral, y Maggie dice que preferiría comer serrín y está presionando para encargar comida apropiada en su restaurante favorito de Beverly Hills —suspiró y sacudió la cabeza—. A estas alturas estoy dispuesta a votar por patatas fritas de bolsa y un camión cisterna lleno de aguardiente. Es posible que me lo beba yo sola.

—Probablemente ésa no es la respuesta.

—Ya lo sé —volvió a suspirar—. Pero a veces… ¿Me harías un favor?

—Si puedo.

—No permitas que esos buitres te presionen demasiado para que persigas a quien no es.

—No tengo por costumbre arrestar a gente inocente.

—Es lo que dicen en Dallas —lo miró detenidamente—. Clint no lo hizo. Me apostaría la vida.

—No permitiré que las cosas lleguen a ese punto.

Mariah acertó a sonreír.

—Eres un impostor, Callahan.

—Vaya —dijo levantando una ceja.

—Te haces pasar por un policía quemado y harto que sólo quiere llevar una vida fácil hasta que llegue el momento de cobrar su pensión, pero no te puedes quitar la armadura, aunque últimamente la tienes un poco descuidada.

—Me parece que te estás dejando llevar de nuevo por tu imaginación de escritora.

—¿De verdad? —sonrió—. No creo.

En aquella ocasión su sonrisa fue verdadera. Cuando alcanzó sus ojos los calentó con un brillo esmeralda. Trace se quedó impresionado.

—Hasta luego, sheriff —dijo Mariah—. Como dicen en la televisión, me mantendré en contacto para que te mantengas en contacto.

Dicho aquello se marchó, dejando a su paso el olor evocador de las flores silvestres.

Trace se quedó en la ventana, mirándola mientras esquivaba a los reporteros, avanzando hacia el todo terreno rojo.

Cuando las afiladas garras del deseo se hundieron más en su carne, Trace decidió que probablemente había llegado el momento de ir a hacer una visita a Jessica Ingersoll. Para ponerla al día en la investigación.

—Si te tragas esa excusa —se dijo Trace mientras recogía los papeles para salir del despacho—, tengo un puente que tal vez te interese comprar.
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