Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Ocho

El gobernador no estaba demasiado contento. El asesinato ocupaba todos los informativos del país. Dado que su campaña se basaba en la ley y el orden, insistía en que Trace resolviera el caso cuanto antes.

El sheriff le aseguró que aquélla era precisamente su intención y colgó. Inmediatamente, Jill le comunicó que una comitiva formada por el alcalde, la comisión del condado y varios miembros de la cámara de comercio lo aguardaba en la sala de juntas. Aunque en las ciudades del desierto la industria turística florecía durante el invierno, el verano era la temporada alta en aquella zona. Por tanto, el asesinato de Laura Fletcher era una publicidad que no necesitaban. Querían que Trace resolviera el caso, y querían que lo hiciera cuanto antes.

No se sorprendió al comprobar que tratar con los políticos era igual en Whiskey River que en Dallas. Y, al igual que en la gran ciudad, le dejaba mal sabor de boca.

Salió del Ayuntamiento por la puerta trasera y se dirigió al Shear Delight, que parecía sacado de otra época. Como en las películas en blanco y negro, pensó mientras entraba, haciendo que sonara la campanilla de bronce de la puerta.

Las paredes estaban pintadas de color rosa. Los lavabos de peluquería y las persianas eran del mismo color. En un intento de modernizar el local, alguien había colgado de las paredes fotografías de modelos con las últimas tendencias en peinados, con creaciones que no debían tener demasiada demanda en un pueblo perdido.

La silla que había tras el mostrador de recepción estaba vacía. Una mujer de edad avanzada, ataviada con un peinador rosa, estaba sentada en una silla, frente al espejo. Al lado había un título de estilista enmarcado y un par de retratos de niños llenos de pecas. La mujer miró a Trace con abierta curiosidad.

—Hola —saludó.

La clienta no le devolvió el saludo.

—Ahora voy —dijo una voz de mujer desde la trastienda.

Trace sonrió a la clienta, que lo miraba fijamente a través del espejo como si fuera un asesino en serie o un violador.

Sonó la campanilla de la entrada. Trace se volvió y vio que Mariah entraba en la peluquería.

—Creía que estarías en Peterson con tus padres.

—Mi madre ha decidido que no estaba preparada para eso —se metió las manos en los bolsillos de la falda y frunció el ceño—. La he llevado al hotel y me he ofrecido a quedarme con ella, pero quería dormir una siesta, así que te he llamado al despacho. Cuando Jill me dijo que venías hacia aquí decidí pasarme para ver qué te traes entre manos.

Trace decidió que debía mantener una pequeña charla con la telefonista.

—No creo que me creas si te digo que he venido a cortarme el pelo.

—¿Aquí? —miró a su alrededor—. Imposible. Dios mío, si no ha cambiado nada desde que Nadine Jones hizo que se me cayera todo el pelo por dejarme el líquido de permanente demasiado tiempo. Era la peor peluquera del mundo.

—Por eso la despedí —dijo la voz desde la trastienda.

La peluquera salió un momento después. Patti Greene debía rondar los treinta años. Su pelo, corto y rizado, tenía el color y el brillo de una moneda de cobre nueva. Llevaba una falda negra larga y un top negro que le confería un aspecto muy refinado, a la vez que resaltaba su pelo, a pesar de que quedaba horrible con las paredes rosa de fondo. Llevaba una cesta llena de rulos.

—Me pareció oír tu voz, Mariah —ni su expresión ni su tono le dieron la bienvenida—. ¿Cómo ha tardado tanto en venir, sheriff?

A Trace no le sorprendió que estuviera esperándolo. Las noticias viajaban muy deprisa en los pueblos.

—He estado ocupado, investigando un asesinato.

—Ya. Oí la conferencia de prensa por la radio.

Separó con el mango del peine unas mechas del pelo blanco de la clienta, que los observaba con interés.

—Supongo que debería darte el pésame, Mariah.

En la peluquería había una fuerte tensión que Trace no alcanzaba a comprender.

—Sólo si lo dices en serio.

Patti se encogió de hombros.

—Supongo que lo siento. Pero en cierto modo se lo estaba buscando. Parece que lo de arrebatar sus hombres a las demás mujeres es una costumbre de la familia Swann.

Aturdida por la acusación, Mariah decidió que el Shear Delight no era lo único que había cambiado desde que se marchó de Whiskey River. Patti la odiaba en aquella época, y al parecer, el tiempo no había cambiado las cosas.

—Yo no te quité a Jerry. Ya le habías devuelto el anillo cuando me pidió que saliera con él.

—Fue una discusión sin importancia y habríamos hecho las paces —enrolló un mechón de la mujer en un rulo, con un cuadrado de papel blanco—. Si no te hubieras interpuesto entre nosotros.

Mariah no estaba dispuesta a despertar antiguos rencores, pero sentía cierta curiosidad.

—Por cierto, ¿qué fue del pulpo de Jerry?

La cita a la que se refería Patti fue la primera y la última, después de que intentara arrancarle la ropa en el asiento trasero del coche de su padre.

—Me casé con él —los ojos de las dos mujeres se encontraron en el espejo—. Hiciste bien en mandarlo al infierno. Era un canalla —separó otro mechón de pelo con demasiada brusquedad, arrancando un gemido a su clienta—. Me dejó con dos niños, una tarjeta de crédito cancelada y una caravana con goteras.

Trace sospechaba que Patti contaba con su relación con Garvey para resolver sus problemas económicos.

—Me gustaría hablar con usted de Clint Garvey —le dijo—. Y de Laura Fletcher. En privado.

—Estoy ocupada —dijo mientras seguía colocando los rulos a la mujer—. Pero puede hablar conmigo aquí mismo. Por si no se ha dado cuenta, esto no es la ciudad. En Whiskey River no tenemos secretos.

—De acuerdo —la miró fijamente—. He oído que estuvo formulando amenazas.

—Es cierto —contestó encogiéndose de hombros—. Dije que castraría a Clint con unas tenacillas. También dije que me gustaría atravesarle de un disparo su negro corazón. Y el de Laura también.

—Supongo que tendrá buena puntería.

Patti siguió su mirada, hacia el trofeo de tiro que había ganado.

—La mejor del condado —convino—. Un día de éstos los machistas que organizan la feria anual abrirán a las mujeres las competiciones masculinas, y se lo demostraré.

—No hace falta ser demasiado bueno para matar a una persona a bocajarro —comentó Trace.

—Desde luego que no. Pero si eso es lo que le preocupa, yo no maté a Laura.

—Amenazó con hacerlo —le recordó.

—Ah, desde luego —miró a Mariah—. También amenacé con matarte a ti, ¿recuerdas? Por lo de Jerry.

—Lo recuerdo —asintió—. Pero no valía la pena.

—Y que lo digas —murmuró—. Y aunque Clint sea distinto, tampoco por él me arriesgaría a separarme de mis hijos. No lo haría por ningún hombre.

Miró a Trace con dureza, indicándole que lo consideraba perteneciente al mismo grupo despreciable.

—Mire —continuó la peluquera al ver que no respondía—. Soy una bocazas. No me han ido muy bien las cosas. Tengo dos niños que mantener, y mi marido no me dejó más que deudas. Cuando Clint se interesó por mí pensé que era el príncipe azul, la respuesta a todas mis plegarias.

Trace y Mariah asintieron.

—De repente —prosiguió—, Laura viene a la ciudad sin su marido, y de la noche a la mañana Clint me dice que sólo quiere ser amigo mío —sacudió la cabeza mientras empezaba a impregnar la cabeza de su clienta de un producto—. ¡Amigos! Cuando un hombre dice eso, es que quiere romper definitivamente. Además, sabía por qué.

—¿Por Laura? —preguntó Mariah, ganándose una mirada de reproche de Trace.

—Ya tenía un marido —se lamentó Patti—. ¿Por qué demonios no se quedaría en Washington, que era lo suyo?

Ninguno de los dos contestó. Trace se sacó una tarjeta del bolsillo y la dejó junto al trofeo.

—Si se entera de algo…

—Sí, se lo diré —miró a Mariah—. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte por aquí?

—El que sea necesario.

—Bueno, si necesitas algo en que invertir todo el dinero que has ganado en Hollywood, llámame. Tengo una buena clientela, pero Jerry se largó con lo que tenía ahorrado para cambiar la decoración. Después de haber trabajado en Fénix, es deprimente tener una peluquería que parece el decorado de Magnolias de acero.

—Me lo pensaré.

Patti se encogió de hombros.

—Sí, seguro.

—Una mujer bastante dura —comentó Trace mientras salían juntos.

Mariah se encogió de hombros.

—Ha tenido una vida dura.

Llegaron al todoterreno. Mariah se sacó las llaves del bolso y de repente se volvió para mirar a Trace.

—Dijiste que Laura estaba embarazada.

—De dos meses.

Se sacó el paquete de tabaco del bolso, pero lo arrugó al ver que estaba vacío.

—¿Sabes una cosa? Es completamente cierto.

—¿A qué te refieres?

—A eso que dicen de que el tiempo lo es todo.

Sus ojos, iguales que los de su madre, aunque de un verde más azulado, brillaron peligrosamente. Durante un momento Trace pensó que iba a llorar, pero Mariah se mantuvo firme.

—¿Es Alan el padre?

—Él dice que no.

—Supongo que irás a hacerle las pruebas.

—Desde luego —se detuvo un momento—. ¿Qué sabes sobre la relación de Garvey con tu hermana?

—Sólo lo que ya te he contado.

—Sin duda guardaría rencor por lo que le hicieron.

—Estoy segura. ¿No te pasaría a ti lo mismo?

—Probablemente. Si tu hermana y él…

—Laura —interrumpió Mariah—. Tiene un nombre, ¿sabes? Pero no lo has pronunciado ni una vez.

Había un motivo para ello. Cuando un policía de homicidios empezaba a pensar en las víctimas por su nombre se volvían demasiado reales a sus ojos. Lo suficiente para que empezaran a tener pesadillas.

—No pretendía…

—Sí que lo pretendías —suspiró—. Y sé por qué lo haces. Pero sólo te pido que esta vez reconozcas que Laura era un ser vivo, una persona de sangre caliente que respiraba.

—Si Laura y Garvey acababan de reconciliarse, es probable que el embarazo hiciera que ella se enfrentara a los problemas de su matrimonio.

—Ya era hora —murmuró Mariah.

—Ser la esposa de un senador no es ninguna tontería. Ser la primera dama es mejor aún. Si había decidido abortar…

—No creo.

—No me parece que tus apreciaciones sean las más acertadas del mundo. Tampoco creías que tuviera un amante.

—Me alegro de que fuera así. Me alegro de que conociera la felicidad antes de morir.

Trace pensó en el semen que aparecía en el informe del forense y pensó que tal vez su amante no le hubiera dado precisamente la felicidad, pero Laura Fletcher no había pasado sus últimas horas sin algo de placer.

—Lo que intentaba decirte es que tal vez, si se le pasó por la cabeza la idea de abortar, Garvey se lo tomó como una traición.

—¿Así que la mató?

—No sería la primera vez que ocurre algo así.

—No hace falta que me convenzas. De hecho, en una ocasión escribí una historia parecida. Pero si, como tú supones, Clint quería tener el hijo, al matar a la madre no podría tenerlo.

—El asesinato no siempre es lógico.

—Y que lo digas —murmuró Mariah mientras abría el todoterreno—. Bueno, ¿qué vas a hacer ahora?

—Intentar atar cabos sueltos. Tramitar la prueba de ADN del senador y buscar a Garvey. Entre otras cosas.

—¿Vas a hablar con Heather?

Trace había decidido hacerlo, pero no tenía por qué explicar a Mariah todos sus pasos.

—¿Quién lleva esta investigación?

Mariah le dedicó una sonrisa forzada. No quería reconocer ante aquel hombre, que ya conocía muchos secretos de su familia, que le daba miedo dejar a su madre sola durante mucho tiempo.

—Tú, por supuesto —puso el motor en marcha—. Tengo que volver al hotel. Maggie ya se habrá despertado. Pero me mantendré en contacto contigo.

Trace no lo dudaba. Se quedó de pie, observando a Mariah mientras se alejaba.

Mientras volvía a su despacho recordó que tenía que entrevistarse con varias personas y hacer muchas cosas. No podía permitirse una distracción. Sin embargo, no era capaz de olvidar aquel olor, que se había metido bajo su piel.

La plaza del Ayuntamiento parecía una estación de seguimiento de satélites. Las calles que rodeaban el edificio de ladrillo rojo estaban llenas de unidades móviles de televisión, con inscripciones correspondientes a las cadenas. Las parabólicas blancas se orientaban hacia el cielo, como si intentaran captar señales del espacio exterior. El asfalto estaba tapizado de cables negros, naranja y amarillos. Los escalones seguían llenos de periodistas.

Decidió enviar a J.D. a enfrentarse a ellos.

Después de pedir a Jill que no le pasara llamadas, se sirvió una taza de café y elaboró un esquema. En la parte superior escribió el nombre de Laura Swann Fletcher, subrayado. Debajo escribió «Posibles sospechosos». Después anotó los dos supuestos desconocidos que habían entrado en la casa. Dos hombres que parecían haberse desvanecido.

A continuación escribió los nombres del marido de Laura, su amante, la enfurecida novia de su amante y la posible amante del marido. Después, aunque le parecía muy poco probable, añadió el nombre de Matthew Swann.

La campaña política de Fletcher no se vería favorecida por un divorcio, y sin duda quedaría destrozada si se descubría que tenía una aventura con su jefa de personal. No obstante, como viudo que acababa de perder a su esposa en trágicas circunstancias, se ganaría las simpatías de los votantes.

En cuanto a Heather, era posible que se hubiera hartado de las promesas que no parecía que fueran a cumplirse nunca y hubiera decidido tomar ella misma las riendas y resolver de una vez por todas el problema del matrimonio de su jefe. Dado que resultaba evidente que le gustaba el poder que le confería su posición, no le costaba trabajo imaginarla fantaseando con sentarse junto a Fletcher en el salón oval de la casa blanca, colaborando estrechamente con él.

Garvey, que a ojos de algunas personas podría parecer el asesino más probable, no tenía nada que ganar matando a la mujer a la que decía amar.

Y si había asesinado a Laura llevado por la furia apasionada, tal vez después de que ella le dijera que no iba a divorciarse, habría resultado más probable que lo hiciera antes, cuando estaban a solas en la casa, haciendo el amor. No tenía sentido que se arriesgara a marcharse para volver después, cuando sabía que el marido llegaría por la noche.

Había algo más que no encajaba en el personaje de Garvey. Si hubiera disparado contra el senador, se habría asegurado de que las heridas fueran mortales.

Tenía la impresión de que se podía decir lo mismo de Patti Greene. Aunque no iba a descartarla, su instinto le decía que no era la asesina. Por supuesto, una vez desaparecida Laura podría reanudar su relación con Garvey, y para una joven que se esforzaba por salir adelante, el asesinato podía parecer la solución. Había visto asesinatos cometidos por mucho menos.

En cuanto a Swann, no lo creía capaz de asesinar a su propia hija, por furioso que estuviera con ella. Claro que podía haber vuelto a casa de Santa Fe. desencadenando los acontecimientos sin darse cuenta.

El problema de todas aquellas conjeturas radicaba en que necesitaban un cómplice. Si el senador había matado a su mujer y después se había herido para no parecer sospechoso, necesitaría que alguien se llevara las pistolas de la casa. Heather Martin parecía dispuesta a hacer cualquier cosa por su jefe. Tal vez incluso ser la cómplice de un asesinato, sobre todo si con ello podía llegar a ser la primera dama.

Por otro lado, si Fletcher decía la verdad al afirmar que los intrusos habían sido dos, los otros sospechosos tendrían que haber contratado a un asesino a sueldo. Por lo que había visto de Patti y de Garvey, dudaba que fuera su estilo. Además, la peluquera no tenía dinero para contratar a nadie.

Se quedó mirando el esquema, como si le bastara con efectuar una sencilla operación matemática para tener la respuesta por arte de magia. Al ver que no era así, dio la vuelta a la hoja y la dividió en dos columnas, llamadas Sexo y Dinero.

Debajo de la primera columna apunto a Laura, a Fletcher, a Garvey, a Patti y a Heather, uniendo las parejas con líneas.

Debajo de la segunda columna escribió sólo una pregunta: ¿Quién saldría ganando de la muerte de Laura Swann? Sin duda, Fletcher. Y tal vez Garvey. Su rancho no se podía comparar, ni de lejos, al que Laura había heredado de su abuela materna. También se rumoreaba que el vaquero había tenido mala suerte con un par de negocios.

Se dijo de nuevo que tenía que encontrarlo. Tampoco le vendría mal echar un vistazo al testamento de Laura Fletcher. Era una mujer muy rica, mucho más que su marido. Sería interesante saber a quién había dejado su fortuna.

Maggie abrió la puerta al oír los golpes, pero en vez del camarero al que esperaba se encontró a una mujer a la que habría reconocido aunque su rostro no apareciera de vez en cuando fotografiado en alguna revista.

—Freddi —consiguió sonreír a la mejor amiga de su hija mayor—. Me alegro de verte.

—Oh, Maggie —tomó las manos de la madre de Laura entre las suyas—. Me gustaría que las circunstancias fueran distintas. He estado intentando localizar a Mariah desde que me he enterado, pero no la encuentro por ningún sitio.

—Está decidida a ayudar al sheriff a encontrar al asesino de Laura —suspiró—. Entra, querida. Me alegro mucho de que hayas venido. Conocías a Laura mejor que nadie, y me gustaría que alguien me hablara de la mujer en que se convirtió mi hija.

—Era una persona maravillosa —dijo Freddi con firmeza mientras tomaba asiento—. Era dulce y amable, y jamás decía nada malo sobre nadie. Tengo que decirte —reconoció con una sonrisa intranquila—, que a veces su perfección podía resultar cargante a los simples mortales.

Maggie recordó a la alegre y divertida niña de risa contagiosa que había dejado atrás y frunció el ceño.

—Supongo que eso lo hacía para intentar complacer a su padre.

Freddi frunció el ceño.

—Es posible. Matthew fue siempre un padre muy estricto, pero después de que te marcharas se convirtió en un verdadero tirano.

—Sin duda, con el fin de atajar todas las tendencias inmorales que sus hijas pudieran haber heredado de mí —murmuró.

Aunque Mariah siempre se había negado a hablar de su padre, lo que no decía aclaraba mucho las cosas. Maggie tenía muchos motivos para sentirse culpable.

—Oh, no quería decir eso —protestó Fredericka, sonrojándose.

—No te disculpes nunca por decir la verdad. Háblame de mi hija.

A lo largo de los veinte minutos siguientes Maggie averiguó lo mucho que se había esforzado Laura por estar a la altura de lo que su estricto padre esperaba de ella. Siempre había sido la hija modélica, que sacaba las mejores notas en el colegio y que se licenció en la universidad cum laude.

—No sabía que hubiera estudiado en esa facultad. Dios mío, cuánto debía odiarme.

Durante cuatro años su hija había estado viviendo a cincuenta minutos de Los Ángeles, y ni una vez se le había ocurrido llamar a su madre.

—Laura era incapaz de odiar a nadie —se apresuró a asegurarle Freddi—. Pero debes entender que Matthew te había declarado muerta para la familia y amenazaba con expulsar a Laura y a Mariah de su vida si intentaban ponerse en contacto contigo. Supongo que a Laura le daba miedo correr el riesgo.

Maggie sabía que era capaz de hacerlo. Se arrepentía de haber dejado a sus hijas en manos de aquel hombre. Claro que no tenía elección, después de lo ocurrido aquella funesta noche.

Ninguna, se recordó con tristeza. Ninguna en absoluto.

—Háblame de Clint.

No lo recordaba a él, pero sí a su padre. Demasiado bien. El dolor y la culpa volvieron a atenazarla.

Freddi frunció el ceño.

—Reconozco que lo admiro por haber sabido seguir adelante de esa forma, pero nunca pensé que fuera una pareja digna de Laura.

—¿Sabes si tenía una aventura con él?

—Si era así, no me lo dijo. Pero dudo que hubiera algo. Su matrimonio con Alan parecía marchar bien. Por supuesto, tenía sus altibajos, pero eso es lo que ocurre siempre.

Maggie, que había visto las mismas fotos que Mariah y había sacado idéntica conclusión, se preguntaba si los Fletcher eran la pareja idílica que fingían.

—Mariah cree que Alan mató a Laura.

Freddi frunció el ceño ante lo que, sin duda, le parecía una idea sorprendente.

—Dudo que Alan haya tocado una pistola en su vida. De hecho, recuerdo que intenté convencerlo para que se apuntara al club de tiro, porque eso podía ayudarlo en su carrera, y me dijo que no sabía cargar un arma, y mucho menos dispararla —sacudió la cabeza—. Aunque no me gusta acusar a Mariah de tener motivos ocultos, creo que su verdadero problema es que Matthew trataba al senador como a un hijo, y a ella no le hacía ningún caso. El día en que se marchó de aquí murió para él.

Igual que su esposa. Maggie había averiguado en carne propia lo inflexible que podía ser Matthew Swann. Aunque se sentía agradecida hacia Freddi por su atención, se sorprendió deseando que se marchara de allí.

Porque necesitaba un trago. Inmediatamente.
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