Título Original: Confessions (1996)






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Capítulo Cinco

El hotel Lakeside había comenzado su existencia como la mansión familiar de un aristócrata millonario. Construido a principios de siglo, contrastaba fuertemente con las demás casas de Whiskey River.

La mansión había cambiado de dueño varias veces, y al final había empezado a deteriorarse. Cinco años atrás había sido cuidadosamente restaurada por sus actuales propietarios, que la habían decorado con una extraña pero interesante mezcla de mobiliario antiguo y complementos modernos, y albergaba el hotel y el salón de congresos más famosos de la región.

Cuando era pequeña, Mariah, con el resto de los niños de Whiskey River, se dedicaba a intentar entrar en la enorme casa abandonada de ventanas claveteadas, y a oír y repetir historias de fantasmas que todo el mundo juraba que eran ciertas.

Ahora, mientras admiraba la transformación, las columnas doradas y los paneles de madera del vestíbulo, que era el recibidor original de la casa, se daba cuenta de lo que había cambiado el pequeño pueblo que siempre había considerado congelado en el tiempo.

Aunque el recepcionista le dijo que no había habitaciones, ya que había que reservarlas con meses de antelación, sólo tuvo que mencionar su apellido para que se vaciara una suite por casualidad.

—Su habitación está muy cerca de la de la señorita Martin —le comentó el recepcionista mientras le entregaba la llave.

—¿La señorita Martin?

—La ayudante del senador. Llegó anoche a última hora.

—¿Vino sola?

—La verdad es que el senador estaba con ella cuando llegó —dijo el empleado, acercándose a ella—. También la acompañó a su habitación.

Había bajado la voz, pero a Mariah no se le escapó su tono curioso. A aquel hombre le gustaba cotillear. Perfecto.

—Dime una cosa, Kevin —dijo, leyendo su nombre en el broche y sonriendo con aire conspiratorio—. ¿Sabes por casualidad cuánto tiempo estuvo el senador arriba con la señorita Martin?

—Bueno —se pasó la mano por el pelo y miró a su alrededor, como para asegurarse de que el gerente no estaba por allí—. Aunque no me gusta demasiado hablar de los demás…

Después de haber sonsacado al recepcionista toda la información que tenía, Mariah empezó a avanzar por el vestíbulo lleno de plantas cuando alguien la llamó. Se volvió y vio un rostro vagamente conocido.

—Me pareció reconocerte, pero no estaba segura —dijo la mujer emocionada, abrazándola—. Dios mío, hace una eternidad que no te veía.

—Si, hace una eternidad —convino Mariah, acertando a sonreír—. ¿Qué tal te va, Freddi? Estás muy guapa.

Se quedaba corta. Desde luego, Fredericka Palmer no tenía el aspecto de una mujer que hubiera pasado toda su vida en un pueblo pequeño de las montañas. Tenía el pelo muy negro y brillante, cortado a la última moda, por debajo de la barbilla. Mariah no podía ver ni un solo mechón fuera de su sitio.

Su maquillaje, igual que su peinado, era impecable. Llevaba una blusa de seda turquesa, una falda corta de cuero negro y unos zapatos de tacón.

—Qué graciosa —su sonrisa era tan brillante como los diamantes que adornaban sus orejas—. Por supuesto, sólo soy una agente inmobiliaria de pueblo, y no una estrella de Hollywood, como tú —dijo como si no hubiera reparado en el aspecto desastrado de Mariah—. Pero hago lo que puedo.

—Te aseguro que estás guapísima —insistió.

Recordó su adolescencia. Todos los muchachos de aquella localidad y las cercanas estaban enamorados de Fredericka Palmer. El tiempo no parecía haber pasado por ella. Lo único que le faltaba era la diadema.

Se preguntó, no por primera vez, qué tendrían en común Fredericka y Laura para haber mantenido su amistad desde que iban a la guardería. Debía ser la atracción de los opuestos.

Se había autodenominado «agente inmobiliaria de pueblo», pero Mariah sabía por su hermana que Fredericka había ganado una fortuna subdividiendo fincas grandes y vendiéndolas en parcelas. También había construido zonas recreativas. Laura le había dicho que, además del rancho familiar, la tres veces divorciada y recientemente enviudada Freddi tenía una gigantesca mansión junto al prestigioso campo de golf de Scottsdale, una casa en la playa y un ático en Chicago.

—¿Te alojas aquí? —preguntó Fredericka.

—Por ahora.

—¿Cómo es que no te quedas en el rancho?

Mariah se encogió de hombros.

—No me llevo demasiado bien con el senador.

—¿Sabes? —dijo bajando la voz y acercándose a Mariah—. Me sorprendí muchísimo cuando el otro día llamaste a mi despacho.

Con todo lo que había ocurrido últimamente, Mariah se había olvidado por completo de aquella llamada.

—Me temo que tendré que aplazar esa reunión.

—Vaya —dijo frunciendo el ceño—. ¿Aplazarla o cancelarla?

—La verdad es que no lo sé.

En aquel momento, la idea de volver a Whiskey River le había parecido buena. Ahora que Laura ya no estaba allí, Mariah se daba cuenta de que no tenía motivos para mudarse.

Laura.

El dolor atenazó su corazón. Se preguntó si debería contar a Freddi lo ocurrido, pero después decidió que no estaba de humor para responder a las inevitables preguntas.

—Te llamaré —le dijo.

—Espero tu llamada —entrecerró los ojos, mirándola—. ¿Le has dicho a tu hermana que piensas volver a Whiskey River?

La pregunta volvió a encogerle el corazón.

—Sí —no era del todo mentira, ya que le había dejado un mensaje en el contestador—. ¿Por qué?

—Hablé con ella hace poco y no me dijo nada. Por supuesto, no le mencioné nuestra cita, ya que me dijiste que era algo confidencial.

—Muy considerado por tu parte.

—Te aseguro que lo último que quiero es causar más problemas entre tu hermana y tú, después de lo que ocurrió en el pasado.

Mariah murmuró algo inarticulado.

Fredericka bajó la vista a su reloj.

—Me encantaría quedarme a charlar contigo, pero tengo que marcharme. Mi empresa patrocina las fiestas del cuatro de julio, y aún tengo un montón de detalles de última hora de que ocuparme. Como la decoración de la tribuna. Lo lógico sería pensar que es fácil encontrar papel de seda rizado de color rojo, blanco y azul, sobre todo en esta época del año, ¿verdad?

A Mariah le pareció extrañamente surrealista estar hablando de papel de seda rizado mientras el cuerpo de su hermana yacía en una cámara frigorífica.

—Bueno, ahora que lo comentas…

—Pues no es nada fácil —sacudió la cabeza, haciendo que su pelo se moviera grácilmente, como las alas de una golondrina—. En absoluto. Hay azul marino y azul claro, nada más. Y en cuanto a los rojos… —suspiró exasperada—. Bueno, supongo que tendrás cosas más importantes que hacer que escuchar mis estúpidos problemas.

—La verdad es que…

Freddi la interrumpió besándola en la mejilla.

—Bueno, me voy volando. Saluda a Laura de mi parte y dile que si no vuelve a Washington inmediatamente podemos comer juntas un día de éstos. Si quieres que te diga la verdad, estoy un poco preocupada por tu hermana. Cuando volvía al pueblo, estos últimos meses, estaba como distraída —al ver que Mariah no respondía inmediatamente, se encogió de hombros—. Pero conociéndola, sé que resolverá el problema que la preocupa. Siempre ha sido asquerosamente eficaz. Te aseguro que si no fuera mi mejor amiga me moriría de envidia.

El reloj de pie del vestíbulo marcó la hora.

—Tengo que irme corriendo. Adiós, Mariah, cariño. Espero tu llamada.

Mariah sintió alivio cuando la elegante agente inmobiliaria salió corriendo hacia las salas de reuniones.

—Deberías habérselo contado —dijo en voz alta.

Recordándose que Freddi había sido siempre amiga de Laura, y no suya, se metió en el antiguo ascensor para subir al tercer piso.

Tenía que llamar a su madre. No quería que Maggie se enterase de la trágica noticia por la prensa. Pero antes tenía que hacer algo más importante.

En cuanto entró en la espaciosa habitación, amueblada con objetos que parecían verdaderamente antiguos, llamó al despacho del sheriff, pero le dijeron que no estaba.

—¿Sabe cuándo volverá?

—Tiene una rueda de prensa a las doce, así que supongo que vendrá un poco antes.

La voz sonaba joven y levemente aburrida. Mariah reconoció el inconfundible sonido del chicle.

—Tengo que hablar con él urgentemente.

—Puedo intentar localizarlo por radio y decirle que la llame.

Mariah se mordió el labio inferior, frustrada.

—Supongo que será lo mejor.

—¿Quiere que le diga algo cuando lo localice?

Mariah seguía pensando en su conversación con el recepcionista.

—Dígale que tengo pruebas que demostrarán quién mató a mi hermana.

Desde luego, Jessica tenía toda la razón del mundo. Trace apoyó las manos en el borde del lavabo y estudió su reflejo en el espejo. La cara sin afeitar, de profundas ojeras, que le devolvió la mirada no constituía una visión agradable.

Se parecía al portero del club nocturno de Whiskey River. Se pasó la lengua por los dientes. Los tenía muy sucios a causa del café.

Después de lavárselos, se enjuagó la boca con un frasco de sabor a menta. Mientras esperaba a que el agua saliera caliente, se desnudó y dejó la ropa en el suelo.

Cuando el vapor empezó a empañar el cristal de la mampara, Trace se metió en la ducha. Después se duchó y apoyó la cabeza en la pared de azulejos, pensando en la autopsia que lo había dejado con más preguntas que respuestas, y se quedó dormido. De pie.

Un chorro de agua helada lo despertó. Se sacudió como un perro, se secó con una toalla y fue a su dormitorio para echar un vistazo al armario.

El uniforme que le habían entregado el primer día de trabajo seguía en su bolsa. No se lo había puesto nunca, consciente de que el símbolo de autoridad que tanto parecía gustar a J.D. a él lo haría sentirse como un niño de seis años que estuviera jugando a policías y ladrones en un barrio de mala muerte de Dallas.

Tenía que reconocer que en el lugar donde había pasado su niñez había más niños que querían ser los ladrones. Decidió que las cosas no habían cambiado demasiado. La única diferencia era que ahora los adolescentes llevaban pistolas de verdad.

El traje de chaqueta azul oscuro que se ponía para presentar testimonio en los tribunales colgaba junto al uniforme, metido en otra bolsa de plástico. Aunque en televisión quedaría muy bien, le parecía ridículo ponérselo en Whiskey River.

Al final optó por ponerse unos vaqueros no muy desgastados y una camisa. Acababa de vestirse cuando sonó el teléfono.

—¿Diga?

—¿No te han llamado aún de tu despacho?

Trace se pasó una mano por la cara. Lo último que necesitaba era que una aficionada intentara resolver su caso.

—Sí, me han llamado.

—No me has devuelto la llamada.

—He estado bastante ocupado. He pasado las dos últimas horas en una autopsia.

No le mencionó el viaje que había hecho al rancho de Garvey, sólo para que un ayudante le dijera que el jefe se había ido a cabalgar por las colinas.

—¿A qué hora dice Alan que llegó a su casa?

—¿Por qué?

—Porque Heather Martin se registró en el hotel Lakeside a las diez de la noche —dijo orgullosa.

—Muy bien. ¿Quién es Heather Martin?

—Su jefa de personal. Aunque en realidad es su mantenida. El servicio de habitaciones les subió una botella de Chivas y dos vasos a las diez y cinco. Vieron salir a Alan del hotel alrededor de las doce de la noche, así que ¿a qué hora dijo que llegó al rancho?

—No puedo contestar. En este momento…

—Hay una investigación en curso —interrumpió Mariah—. ¡Por favor! Yo misma debo haber escrito esa línea cientos de veces.

—Entonces deberías sabértela de memoria.

—¿Eres siempre así de sarcástico? ¿O es simplemente que tiendo a sacar lo peor que hay en ti?

Trace reconoció en silencio que no se mostraba demasiado amable con ella. Pero el reloj seguía en marcha, y tenía que ir al hospital de Payson para hablar con Fletcher otra vez antes de la rueda de prensa. Y también tenía que hablar con la furiosa peluquera de las tijeras.

—Ni lo uno ni lo otro. ¿Tienes una tercera opción?

La maldición de Mariah fue corta e imaginativa. Trace se preguntó si se atrevería a utilizarla en uno de sus guiones.

—Me apostaría mi último Emmy —dijo después— a que Alan y su ayudante son amantes. Eso te da el motivo.

—Los motivos son para los abogados, los escritores y los guionistas. Si quieres que te diga la verdad, en la vida real los policías no pierden demasiado tiempo buscando motivos.

—¿De verdad?

Trace se dio cuenta de que la había desconcertado.

—En ocasiones, el motivo que hay detrás de un asesinato es interesante. A veces hasta puede ayudar a capturar al asesino. Pero por lo general no tiene la menor importancia. En el futuro, olvídate del por qué. Concéntrate en descubrir el cómo, y nueve veces de cada diez, eso te dirá el quién.

A juzgar por el silencio que se hizo al otro lado de la línea, Trace sospechaba que Mariah estaba pensando. Así era.

—Eso es muy interesante.

Trace miró el reloj, y se dio cuenta de que si no cortaba aquella conversación no conseguiría llegar a su cita con Jessica.

—Me alegra que te lo parezca. Ahora, si no te importa…

—De modo que lo que tengo que hacer es averiguar cómo mató Alan a Laura.

—Lo que tienes que hacer es ser una buena chica y dejar que sea yo quien se ocupe de mi trabajo —corrigió.

—En primer lugar, ya no soy una chica. Y en segundo lugar, cuando lo era no era demasiado buena. Pregunta a cualquiera en Whiskey River —dijo con cierto tono de humor, a pesar de las circunstancias—. Te llamaré.

—Esperaré conteniendo la respiración.

No solía ser grosero, aunque no le costaba demasiado trabajo cuando le convenía. La fatiga le había hecho decir lo que pensaba, y ahora estaba preguntándose si debía pedir disculpas o no cuando la siguiente frase de Mariah lo dejó paralizado.

—Eres un hijo de puta, Callahan. Pero dado que mis fuentes de información de Dallas me han dicho que fuiste uno de los mejores, en tu momento, te perdonaré.

—¿Me has investigado?

La sorpresa y la irritación hicieron que olvidara el tono sarcástico de «en tu momento».

—Por supuesto. Ya te dije que me enorgullezco de investigar a fondo todo lo que hago. Veré tu rueda de prensa por televisión.

Dicho aquello, colgó el teléfono.

Mientras conducía hacia Payson para charlar con el senador, Trace pensaba que Mariah Swann se estaba convirtiendo en una verdadera molestia.

Al mismo tiempo, podía recordar perfectamente su imagen, intentando comportarse con valentía al ver el cadáver de su hermana. Recordó la infinita ternura con la que le apartó el pelo de la cara. Pensó que después había vomitado.

Y ahora tenía la incómoda sensación de que estaba dispuesta a involucrarse en la investigación hasta conseguir que se hiciera justicia.

Saltaba a la vista que era muy obstinada. También era inteligente. Y aunque se esforzaba por no fijarse en ella, se daba cuenta de que era muy atractiva. En un par de ocasiones, cuando estaban en su despacho, sintió deseos de besarla.

Pensó en su aroma primaveral, en sus expresivos ojos de color turquesa, en sus labios carnosos y en el vocabulario que salía de ellos, que haría palidecer a cualquier camionero. Maldijo. No era capaz de reconocer todas las emociones que sentía, pero sabía que no eran demasiado cómodas.

J.D. tenía razón. Con Mariah Swann habían llegado los problemas.

Después de la operación habían ingresado a Alan Fletcher en una habitación privada. Ben Loftin había acudido al hospital, como le habían ordenado, y se había colocado en una silla de plástico, junto a la puerta de la habitación. Estaba comiéndose una manzana mientras meditaba sobre los misterios de la ginecología con una revista pornográfica.

—¿Qué tal está el paciente? —preguntó Trace.

—Tiene los ojos brillantes y está en forma.

Loftin apartó la revista rápidamente, pero Trace se preguntó si se referiría al senador o a la voluptuosa rubia ataviada con unos tacones y un casco de bombero.

—¿Ha dicho el médico con qué le dispararon?

—Sí —respondió el ayudante con la boca llena—. Con una pistola del veinticinco.

—Según la autopsia, a su mujer le pegaron dos tiros con una del treinta y ocho.

Trace suponía que aquello confirmaba lo que había dicho el senador sobre el hecho de que había dos hombres en la casa.

—Fue una pena para la mujer que el que llevaba la pistola pequeña no fuera el que subió.

—¿Verdad? —convino Trace secamente.

Entró en la habitación y se encontró a Fletcher sentado en la cama, con un tubo de suero en el brazo. Una atractiva mujer castaña, que no debía llegar a los treinta años, estaba sentada junto a él. Llevaba una blusa blanca con un profundo escote, una minifalda azul marino y unos zapatos de tacón blancos y azules.

En aquel momento apretaba fuertemente la mano del senador. No tuvo que reflexionar demasiado para darse cuenta de que se encontraba frente a la jefa de personal que bebía whiskey escocés.

—Buenos días, senador.

—Buenos días —respondió con su típica sonrisa educada, rápida y poco sincera—. Ah, usted es el sheriff.

Su sonrisa desapareció con la misma rapidez.

Trace asintió.

—Tiene buena memoria.

—Gajes del oficio. Nunca olvido una cara. Ni un nombre —su sonrisa automática murió antes de nacer—. ¿Cómo está Laura? He preguntado a las enfermeras, pero no saben nada.

Trace miró a la mujer.

—Perdone, pero…

—Puede decirme delante de Heather todo lo que quiera —dijo Alan.

La mujer se puso en pie y le tendió la mano.

—Me llamo Heather Martin —le dijo, mirándolo con unos ojos marrones amistosos e inteligentes—. Soy la jefa de personal del senador.

—Trace Callahan —estrechó la mano con que había estado sujetando la del senador.

La mujer levantó una ceja al oír su nombre, pero no hizo ningún comentario.

—¿Cómo está Laura? —dijo, repitiendo la pregunta del senador—. Estamos terriblemente preocupados.

Alan lo miraba fijamente a los ojos. Trace siempre había pensado que alguien que no fuera capaz de mantener el contacto visual debía ser culpable de algo.

Por supuesto, en ocasiones ocurría todo lo contrario. El profesor de ciencias naturales que había asesinado a las cinco prostitutas lo miraba a los ojos sin apartar la vista un momento, incluso mientras insistía en que no sabía nada sobre los distintos miembros humanos que tenía en el sótano.

—Me temo que tengo malas noticias, senador —después de muchos años de práctica había llegado a la conclusión de que no había ninguna forma mejor de decirlo—. Su mujer ha muerto.

—¿Ha muerto? —repitió, palideciendo.

—Murió en el acto. No se pudo hacer nada.

—Está muerta —dijo el senador, como en trance. Trace miró a Heather, que también había palidecido.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Alan, empezando a temblar.

—Entiendo que esto debe ser difícil para usted —empezó a decir Trace lentamente, con precaución.

—¿Difícil? ¡Es espantoso! —aceptó el pañuelo de papel que Heather le tendía—. ¿Cuándo podré ver a mi esposa?

—Esta tarde llevarán su cadáver a la funeraria.

—Su cadáver —se estremeció—. Dios mío.

—Tenía la esperanza de que recordase algo más sobre los intrusos —dijo Trace, sacándose la libreta del bolsillo.

El senador frunció el ceño.

—No sé nada más de lo que dije. Todo ocurrió muy deprisa, y estaba durmiendo.

—¿No tenía ningún rasgo característico? Un tatuaje, una cicatriz, algo así.

—Creo que no —sacudió la cabeza.

—¿Qué ropa llevaban?

—Lo siento. No lo sé.

Tenía gracia que presumiera de su memoria. Era una pena que los pistoleros no se hubieran ofrecido a contribuir a la campaña presidencial del senador. Estaba seguro de que en aquel caso los habría recordado perfectamente.

—Bueno, si se le ocurre algo, póngase en contacto conmigo.

—Por supuesto.

—Mientras tanto, mi ayudante le traerá fichas policiales.

—¿Cree que los asesinos de mi mujer estarán en ellas?

—No lo sé, pero es posible que vea algo que le refresque la memoria.

—Haré lo que pueda.

—Sé que lo hará, senador. Mientras tanto, ¿conoce usted a Clint Garvey?

—¿Que si lo conozco? —su expresión era tranquila, aunque algo sorprendida—. Claro. Es mi vecino.

—¿Es amigo suyo?

—No, no se nos puede considerar amigos. Ese hombre es un solitario. Creo que no me he cruzado con él más de dos o tres veces.

Trace tomó unas notas.

—No hay ninguna manera de preguntar esto con tacto. ¿Sabe si su esposa le era infiel?

—No —respondió recuperando su antigua fuerza—. Mi mujer era una santa. Pregunte a cualquiera que la conociera. El trabajo de cooperación que hizo con los países subdesarrollados le ganó el reconocimiento de la ONU.

—Laura vivía para ayudar —convino Heather.

Su voz se quebró ligeramente, y sus ojos del color del whisky se empañaron.

—La cooperación era su vida —dijo Alan.

—Otra cosa. ¿Sabía que su mujer estaba embarazada?

—¿Embarazada? —preguntó sorprendido—. No tenía ni idea.

Bajó la vista, y sus manos se aferraron a las sábanas blancas. Cuando volvió a mirarlo a los ojos, Trace pudo ver la duda reflejada en su rostro.

—¿Está seguro? —preguntó Fletcher.

—Encontramos una prueba de embarazo positiva en la papelera del cuarto de baño. La autopsia reveló un embarazo de aproximadamente ocho semanas.

—Ocho semanas —repitió anonadado.

—Más o menos.

El senador apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos. Heather Martin caminó hacia la ventana y se puso a contemplar el aparcamiento con interés.

Se hizo el silencio en la habitación de hospital.

Al cabo de un rato, Trace miró a Heather y dijo:

—Según tengo entendido, llegó a Whiskey River alrededor de las doce de la noche.

El senador tosió e hizo una mueca, como si le doliera algo.

—¿Yo he dicho eso?

—Sí. Lo dijo cuando los enfermeros lo estaban atendiendo en su casa.

—Ah —recuperó la sonrisa, tan inadecuada como antes—. Probablemente eso lo explica todo. Me habían disparado, me dolía mucho el costado y estaba preocupadísimo por Laura. Supongo que no pensaba con claridad. El caso es que cuando volví de Fénix llegué a Whiskey River entre las diez y las once, no recuerdo exactamente a qué hora. Volví a mi casa sobre las doce de la noche.

—Ya veo —Trace apuntó la corrección—. ¿Le importaría decirme qué estuvo haciendo entre las diez y las doce?

—El senador estuvo conmigo —dijo Heather rápidamente, tal vez con demasiada rapidez—. Estuvimos trabajando en su discurso.

—El cuatro de julio pronunciaré un discurso sobre la ley y el orden —explicó el senador—. Heather estuvo ayudándome a darle los últimos toques. Anunciaremos mi candidatura a la presidencia aquí, en Whiskey River, antes de hacer una gira para recaudar fondos por el sudoeste —miró a su jefa de personal—. Supongo que tendremos que hacer cambios para incluir eso que le ha pasado a Laura.

—No te preocupes. Yo me encargaré de eso.

Alan Fletcher tenía la mirada perdida en la distancia.

—También se me tendrá que ocurrir algo adecuado para el funeral —su vista se aclaró al mirar a Trace—. Mi esposa era una mujer excepcional, y merece un buen discurso —se volvió de nuevo hacia su ayudante—. También te puedes ocupar de ello, ¿verdad, Heather?

—Desde luego.

—¿Sabes? —murmuró—. Aunque Laura era de Whiskey River, fui elegido por todo el estado. El funeral debería celebrarse en Fénix —asintió, al parecer contento de su decisión—. Así les resultará más fácil llegar a los visitantes de fuera, con el aeropuerto y todo eso.

—Empezaré a hacer las llamadas inmediatamente.

—Llama también a la oficina para que te pasen por fax una lista del Breakfast Club.

Trace recordaba vagamente que el club de adinerados contribuyentes a los que el senador quería invitar al funeral de su mujer se había disuelto públicamente después de que en la prensa aparecieran noticias que lo relacionaban con el tráfico de influencias.

—Por supuesto.

Como si se diera cuenta de que aquello había sido especialmente inadecuado, la jefa de personal evitó la mirada fija de Trace, pero se sonrojó.

—Me doy cuenta —prosiguió— de que esto ha debido ser un fuerte golpe para ti.

Trace decidió que no era una mala evasiva. Por lo menos intentaba excusar la conducta de su jefe sin que se notara demasiado. Sin duda, Heather Martin era una trabajadora eficaz y leal. También era muy probable que se acostara con el marido de la víctima. Pero aquello no la convertía en asesina.

Tampoco podía considerar que la insensibilidad y el egoísmo del senador lo convirtieran en un asesino.

—Así que llegó al rancho alrededor de las doce de la noche —dijo Trace.

—Sí.

—Y creo que me dijo que no había subido.

—Exactamente. No quería despertar a Laura.

Su voz se quebró ligeramente cuando pronunció el nombre de su esposa.

—Eso es lo que dijo —convino Trace—. A mi ayudante le han dicho los testigos que su esposa vino hace dos días. ¿Era normal que vinieran a Arizona por separado?

—No tenía nada de raro —Alan Fletcher entrecerró los ojos, como si se oliera una trampa—. Ayer tenía una votación en Washington. Laura vino antes para hacer los preparativos de la barbacoa que vamos a celebrar en el rancho —se detuvo y alzó la vista, exasperado—. Oh, Dios mío, encima eso.

—Llamaré a los invitados —dijo Heather.

—¿Hay algo más? —preguntó el senador, relajándose.

—Hay una cosa más —Trace frunció el ceño mientras pasaba las páginas de la libreta—. Puedo deducir que no había visto a su esposa desde anteayer.

—El vuelo de Laura salió a las nueve menos cuarto de la mañana. Yo mismo la dejé en el aeropuerto de camino al Capitolio.

—Ya veo —Trace asintió—. Así que, dado que anoche no quiso despertarla, hace al menos dos días desde que tuvo relaciones con ella por última vez.

—¿Se refiere a las relaciones sexuales?

—Sí.

—La verdad es que esa pregunta es muy personal.

—Me temo que el asesinato de su esposa ha convertido ese asunto en algo de interés público —corrigió Trace con cortesía.

Lo que no le dijo fue que en la autopsia habían descubierto restos de esperma. No podía descartar la posibilidad de que la persona que estuviera con Laura Fletcher aquella noche fuera la última en verla con vida.

—La verdad es que no apunto las veces que hago el amor con mi mujer —dijo Fletcher con frialdad.

—¿No tiene una idea aproximada?

—Los dos hemos estado bastante ocupados últimamente, pero yo diría que la última vez debió ser la semana pasada. Tal vez el martes o el miércoles.

Trace apuntó la respuesta en una página en blanco.

—Muchas gracias, senador. Me ha servido de gran ayuda.

La alarma de su reloj se puso a sonar. Trace cerró el cuaderno.

—Tengo que ir a una rueda de prensa —explicó—, pero volveré esta tarde.

—¿Una rueda de prensa?

Fue el primer signo de verdadero interés que Trace presenció.

—Usted es un hombre famoso —le recordó sin necesidad—. Mañana a estas horas tendremos el pueblo lleno de periodistas.

—Vendrán, claro —se pasó la mano por la mandíbula y se volvió hacia su ayudante—. Necesito la maquinilla de afeitar y una muda de ropa.

—La casa sigue precintada —le dijo Trace—, pero me encargaré de que permitan la entrada a la señorita Martin.

—Gracias. Y por favor —adoptó una típica pose de cartel electoral—, encuentre a los hombres que mataron a mi esposa.

—No se preocupe —volvió a guardarse la libreta en el bolsillo—. Tengo intención de hacerlo.

Salió de la habitación y se detuvo al otro lado de la puerta para comprobar una anotación. Pudo oír el tono enfadado de Heather.

—¿Laura estaba embarazada?

La sonora bofetada atravesó la puerta de la habitación. Los policías intercambiaron una mirada.

Ben Loftin se encogió de hombros, mordió su barra de caramelo y volvió a enfrascarse en la revista.

Mientras volvía a Whiskey River, Trace no dejaba de preguntarse quién habría matado a Laura Fletcher.

Se creía por encima de la preocupación personal. Estaba completamente convencido de que el corrosivo ácido de la experiencia le había quemado la capacidad para involucrarse en sus casos. Aquél era el motivo por el que había ido a Arizona. Había sido tan estúpido como para creer que podría pasarse los días sentado en una mecedora, en el porche de la comisaría, y pasar el tiempo masticando palillos, esperando a que llegara su paga mensual.

Golpeó el volante con los dedos, pensativo. Había elegido lo que pensaba que sería una existencia solitaria, pero se había equivocado. Otras vidas, arrastradas por la corriente del río Whiskey, se habían entremezclado con la suya.

Una mujer había muerto.

De modo que ahora, quisiera o no, tendría que volver a hacer lo que había aprendido: seguir la pista de un asesinato.

Se lo debía a Laura Fletcher.

Se lo debía a su marido, siempre que resultara ser inocente.

Se lo debía a Mariah Swann, a los residentes del condado de Mogollon con cuyos impuestos le pagaban el sueldo, y a la sociedad en general.

Sorprendentemente, se dio cuenta de que también se lo debía a sí mismo.
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