El poder del periodismo de intermediación a tachi radialista apasionada ciudadana radio el poder del periodismo de intermediación






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La Manhattan instaló una oficina en la plaza principal del pueblo para iniciar los trabajos de exploración. Las protestas populares no se hicieron esperar. Y el conflicto interno en la radio tampoco.



—Nuestra opción es por la agricultura, no por la minería —decía el conductor del programa mañanero—. Esa mina se agota en pocos años. ¿Y luego, qué?
—La gente está desempleada —argumentaba una locutora—. Con la mina, al menos...
—Pan para hoy, hambre para mañana. Después no se podrá sembrar una plantita porque nada va a crecer. El río, la tierra, todo quedará contaminado.
Mientras en la radio discutían, la comunidad de Tambogrande organizó un Frente de Defensa de sus recursos naturales. Al frente del Frente, estaba Godofredo García Baca, dirigente agrario, líder ecologista, respetado por todos.
—¡Días dé Dios! —Godofredo llegó tempranito a la emisora piurana—. Vengo a poner una denuncia.
—¿Y contra quién es la denuncia, don Godofredo? —preguntó la recepcionista.
—Contra ustedes —el agricultor, a pesar de la firmeza, sonreía—. Quiero acusar a Radio Cutivalú por esos programitas que están difundiendo. ¿Qué les pasa, se vendieron a la empresa?
—No es eso, don Godofredo —la chica intentaba tapar el sol de Colán con el dedo meñique—. ¿Acaso la radio no ha estado siempre de su lado? Esto es solo una publicidad.
—¡Guá!... ¡Pues están borrando con el codo lo que escriben con la mano!
La presión sobre la emisora era tremenda. Algunos corresponsales comenzaron a decir lo mismo que los dirigentes, que Cutivalú se había vendido a la empresa minera. Rodolfo Aquino, director de la radio, reunió a todo el personal.
—¿Qué piensan, qué proponen?
—Lo primero —dijeron los de prensa— sacar esa huevada de Tambo Tambito. Estamos perdiendo credibilidad.
—No basta con sacarlos del aire —opinaron los del programa agrario—. El asunto es sumarse a la lucha. Y no es cuestión de ti o de mí, sino que la radio como tal se comprometa.
—A ponerse las pilas, compañeros —concluyó el director—. Tenemos un largo camino por delante. Pero nos vamos a comprar el pleito, sí señor.
Corrieron los meses. A inicios del 2001, la empresa minera, feliz de la vida y sin hacer caso a nadie, continuaba sus trabajos. Ya estaban trayendo los equipos para comenzar la explotación. Ya estaban chantajeando a los agricultores empobrecidos para comprar sus parcelas a precios ridículos. Ya tenían amarrados muchos hilos del poder, entre ellos, algunos medios de comunicación provinciales que apoyaban a la Manhattan.
—Se van porque se van —decía Godofredo, el líder—. Aquí no hay vuelta atrás.
En febrero, los vecinos y vecinas, desesperados, asaltaron las oficinas de la empresa, destruyeron la maquinaria y quemaron el campamento.
—¡Grupos terroristas! —gritaban los afuereños.
—¡Terroristas ustedes, váyanse de aquí! —gritaban los tambograndinos.
En marzo fue la gran marcha. El pueblo entero, en una demostración de fuerza ciudadana nunca antes vista, se movilizó hacia Piura para que en el Departamento —y en todo el Perú— conocieran el repudio frente a la empresa minera. Godofredo iba al frente. Radio Cutivalú inició sus transmisiones con la unidad móvil instalada en Tambogrande.
—¡Agro sí, mina no! —gritaban los manifestantes.

A los pocos días de estos hechos, el 31 de marzo, un encapuchado acechó la camioneta de Godofredo García en un recodo solitario y le disparó al corazón. Godofredo murió en el acto. Su hijo que lo acompañaba contó el horror de aquellas horas.
La policía deslindó responsabilidades, los militares también. El diario El Correo, voz fiel del amo extranjero, hasta pretendió culpar al hijo.
—¿Quién mató a Godofredo? —la pregunta iba y venía en boca de todos.
—El nombre del criminal se escribe con M —aseguraban los del Frente de Defensa—. Con la M de Manhattan.
La emisora cerró filas con los intereses de Tambogrande. Esto no impidió, sin embargo, que el equipo de prensa se acercara a la minera para pedir su opinión sobre los hechos violentos que se sucedían.
—No tenemos nada que declarar —era la habitual respuesta.
Se hicieron debates en la radio para que la empresa diera sus puntos de vista y escuchara a los agricultores. La Defensoría del Pueblo convocó a mesas de diálogo con el Ministerio de Energías y Minas y con el obispo Óscar Cantuarias como mediador. Pero los arrogantes directivos de la Manhattan no se dignaban asistir.
Una tarde, Robert Bermejo, del noticiero de Cutivalú, logró entrevistar nada menos que a Américo Villafuerte, Gerente General de la Maniatan.
—Es necesario que la población comprenda —el gerente no podía escapar del micrófono— que este proyecto será un polo de desarrollo nacional.
—Pero en Cerro de Pasco, en Cajamarca y en otras zonas mineras del Perú, en vez de mejorar, las comunidades se han empobrecido. ¿Ocurrirá lo mismo en Tambogrande?
—Como le explico, señor periodista...
—¿Ustedes se rigen por principios democráticos, me supongo? —preguntó a bocajarro el entrevistador.
—Sí, por supuesto.
—¿Y si la mayoría les dice que se vayan? Según la última encuesta, el 98 por ciento de la población no quiere saber nada de la Manhattan. ¿Contra viento y marea ustedes quieren quedarse en Tambogrande?
—Bueno... Hemos invertido ya 68 millones...
—Una última pregunta, Sr. Villafuerte. ¿Usted está peleado con Radio Cutivalú? —Robert no le sacaba el micrófono—. Porque lo hemos invitado una y otra vez y no conseguimos que venga a hablar a la emisora.
—En lo absoluto, señor periodista —el gerente no sabía cómo quitarse aquella pulga de la oreja—. Lo que pasa es que hemos estado de viaje... Para nosotros, la prensa es sagrada.
En noviembre del 2003, fueron las tres jornadas de paro. Tambogrande se embanderó. En los guayaquiles, esos palos enormes, colgaron bocinas para escuchar a Cutivalú.
El equipo de prensa llegó de madrugada a Tambogrande para iniciar las transmisiones en directo. Ya estaban listos los piquetes. Ya estaba organizada la marcha que saldría, una vez más, hacia la cabecera departamental, Piura.
—No hay paso.
—Somos periodistas de Radio Cutivalú —enseñaban el letrero dibujado en la camioneta, les daban paso y les aplaudían.
Una campesina se acercó a Robert. Cuando supo que era de la radio, casi le besa las manos.
—Gracias por estar aquí. Godofredo también está presente. Y está muy orgulloso de ustedes.
Este ejemplo —que daría para una radionovela de cien capítulos— muestra bien la diferencia que existe entre un formato, digamos una mesa de debate, y un proceso de intermediación.
En un debate, el moderador o moderadora será felicitado por su imparcialidad. Quien conduce una polémica radiofónica guarda su corazoncito en el bolsillo y da iguales oportunidades a todos los invitados, a todas las posiciones en litigio. Después, si gusta, escribirá un comentario o hará un reportaje sustentando sus puntos de vista sobre el tema que se haya debatido.
El periodismo de intermediación no es imparcial. No puede serlo. En estos cuatro años que dura la batalla ciudadana frente a la Manhattan Minerals, ¿Radio Cutivalú hubiera podido ser neutral? No se puede quedar bien con Dios y con Satanás.


RADIOREVISTA DE INTERMEDIACIÓN
La intermediación periodística se puede ejercitar en diferentes momentos de la programación y a través de variados formatos.
El que proponemos a continuación es sólo un modelo. No es totalmente nuevo. Con sus más y sus menos, muchas emisoras lo han puesto en práctica y les funciona muy bien. Algunas veces, sin embargo, tras los micrófonos aparentemente justicieros, se esconden objetivos espurios, sea conseguir dinero sucio a cambio de silencios, sea hacer carrera política gracias a la demagogia. Ahora bien, que estos colegas lo hagan con “ciertas malas voluntades” no debería provocar que nosotros nos retiremos, como cantan en Ayacucho.

DURACIÓN Y HORARIOS
Ya quedó atrás el tiempo de los mosaicos para el diseño de la programación radiofónica. Hoy se piensa más en bloques, radiorevistas de largo aliento que ocupan varias horas de transmisión.
¿Cuánto puede durar la radiorevista de intermediación que proponemos? Media hora. Una hora. O dos.
¿Y en qué horario sería mejor programarla? Todas las opciones son válidas. Veamos las tres más frecuentes: en la primera mañana, en la media mañana y en las tardes.
En la primera mañana (6:00 a 8:00 am, 7:00 a 9:00 am) tenemos un pro y un contra. La ventaja es que conseguimos audiencia desde el arranque de la jornada. Muchos oyentes despiertan y, sin haberse restregado aún las legañas, tantean el radio, lo prenden y comienzan a enterarse de lo que ha pasado en el mundo y en su barrio mientras ellos dormían.
Este horario mañanero, sin embargo, puede resultar incómodo para contactar a las autoridades y funcionarios. ¿Qué hacer, entonces? Muchas emisoras tienen una segunda emisión periodística alrededor del mediodía. En ese espacio podrán tramitarse las llamadas pendientes, los careos, el seguimiento de los casos.
Ubicar la radiorevista a media mañana (9:00 a 11:00 am, 10:00 a 12:00 am) tiene como ventaja la posible inmediatez de la intermediación y la desventaja de que la audiencia pueda haber sido seducida por los espacios tempraneros de la competencia.
Otra alternativa es la tarde (14:00 a 16:00 pm). Es un tiempo cómodo, y hasta menos acelerado, para contactar a las instituciones públicas. Pero radiofónicamente, resulta más frío.

EQUIPO HUMANO
¿Cuál sería el equipo humano mínimo para llevar adelante un programa como éste? Veamos.
Podemos trabajar con un solo conductor o conductora. Muchas emisoras lo hacen así, a falta de más personal cualificado. En realidad, lo mejor sería contar con dos, una mujer y un hombre. Ambos se apoyarán en la atención a los denunciantes y en la interpelación a los denunciados. Las diferentes sensibilidades, femenina y masculina, abordarán más complementariamente los problemas. Insistimos en la participación de una conductora por la especial capacidad de negociación y resolución de conflictos que tienen, como ya vimos, las mujeres.
Estos conductores serán las voces de acompañamiento a lo largo de todo el programa. Tienen que ser buenos animadores (no es lo mismo que buenas voces), mantener un tono alto, enérgico (no es lo mismo que sermoneador), sin timidez frente a los grandes, sin arrogancia frente a los pequeños. Un tono decididamente democrático.
Los conductores se preocuparán de tener conocimientos generales amplios, estarán al día con la coyuntura que vive el país (y la internacional también), tendrán capacidad de planificación, dotes de improvisación, disposición para asumir riesgos, valores ciudadanos interiorizados. No tienen que ser santas ni supermanes. Basta con la coherencia entre lo que hablan y lo que viven.

Junto a los conductores, está un coordinador o coordinadora del espacio (se le suele también llamar productor). Esta figura es indispensable para la buena marcha de la radiorevista. ¿Qué funciones tiene? Muchas. Recibir las llamadas telefónicas y mantenerlas en línea. Recibir las visitas, anotar los nombres, darles pase a cabina según turno. Tomar las precauciones necesarias, chequear los documentos de identidad, anotar o fotocopiar los mismos, averiguar mínimamente de qué se trata. Invitar a venir a la radio a quienes presenten por teléfono una denuncia grave. ¿Cómo sabemos quién es quién a la distancia? Por teléfono no se tratan situaciones delicadas.
Quien coordina el programa hace de filtro, de puerta de seguridad, entre el público y la radio. Y hace también de explorador contactando a las personas interpeladas por los denunciantes. Llamará, concertará citas telefónicas o presenciales, preparará las entrevistas y hasta las eventuales mesas de negociación. Es la mano derecha y también la izquierda de los conductores.
Un operador u operadora para la parte técnica. Este colega no solamente tendrá los micrófonos y los recursos a punto, sino que trabajará estrechamente con el equipo de producción. No es un mueve-perillas, sino un elemento fundamental para facilitar la memoria de los conductores. Conoce los archivos de audio, sabe dónde están las promesas del diputado y dónde colocar la estrofita de los Juanes A Dios le pido que mi pueblo no derrame tanta sangre. Tiene un guión con las secciones eventuales del programa, recuerda los tiempos, mantiene el ritmo del conjunto, participa activamente en la planificación y la evaluación de la radiorevista. La estética del programa —inseparable de la ética— depende en buena medida del carisma de los operadores técnicos.
¿Podemos contar con un reportero o reportera? ¿Con dos? ¿Con tres? Sería estupendo. Si se ha denunciado que en tal escuela están vendiendo droga a menores, el reportero irá de inmediato al lugar de los hechos y transmitirá desde allá. Si los jubilados están marchando porque les recortaron sus pensiones, la reportera, con móvil o celular, entrevistará a los ancianos y contará qué está pasando con ellos. Los reporteros son los ojos de los conductores.
Ya es hora de preguntarnos quién dirige este programa. Puede ser que el mismo jefe o jefa de prensa asuma esa tarea. Puede ser que el programa vaya ganando audiencia, vaya complicándose, y requiera de una persona a tiempo completo. La última responsabilidad, naturalmente, cae sobre la dirección general de la emisora.

EQUIPO TÉCNICO
Como mínimo, necesitamos un par de líneas telefónicas en cabina. Será frecuente tener en una a quien demanda y en la otra a quien es demandado. ¿Y si sólo disponemos de una línea? Con esa sola trabajaremos. Pero con la condición de comenzar hoy mismo las gestiones para conseguir la segunda.
El acceso a internet desde la cabina master será una herramienta poderosa para los conductores. Disponiendo de una buena base de datos y una amplia lista de favoritos, encontrarán la página de tal ministerio, los requisitos de migración, los derechos de la niñez y la adolescencia, los presupuestos de tal o cual dependencia pública, en fin, información de enorme importancia para tramitar las denuncias con mayor seriedad y profesionalismo.
Una unidad móvil o, al menos, un par de celulares, permitirán la interacción entre los estudios y la calle. Nadie verificará mejor la información que los reporteros enviados por la radio.
Ahora bien, si una emisora es pequeña y no cuenta con ninguno de estos recursos, también puede hacer periodismo de intermediación. El micrófono de cabina y una grabadorita reportera son suficientes para comenzar. La gente vendrá a la radio con sus problemas y denunciará. Nosotros iremos donde las autoridades y las interpelaremos. Así se empieza. Cuando no hay pan dulce, galletas sin sal.

ESTRUCTURA
La estructura de este tipo de programas es tan flexible y variada como la vida misma. Son los oyentes quienes deciden la mayor parte de los contenidos. Cuando la gente viene o llama a la radio, cuando presentan sus denuncias, cuando los reporteros encuentran en las calles los problemas, se activa el proceso de intermediación.
Este proceso, como vimos, tiene tres momentos: la denuncia, la interpelación y el seguimiento hasta alcanzar una solución favorable. Pero estos momentos no son continuos, lineales. Comienza uno y se entrevera con otro. Se denuncia hoy y, a lo mejor, se contacta a la autoridad responsable mañana.
El programa como tal tiene una determinada duración. Pero no hay un número fijo de casos. Puede ser que un problema, muy complejo, nos ocupe un buen segmento de la revista. O que haya que retomarlo puntualmente durante varios días, incluso semanas. Puede ser que hoy lunes abordemos varios asuntos sencillos que se resuelven con rapidez. Que el martes no demos abasto por la cantidad de llamadas. Y que el miércoles tengamos que echar mano a varios enlatados para llenar el espacio.
¿A qué compararemos la estructura de una radiorevista de intermediación? Tal vez a un tapiz con hilos de muchos colores, como los que tejen las mujeres de Guatemala. Cada caso que se nos presenta es un hilo. La punta roja nos la dio una llamada telefónica. La primera calada es ubicar a tal funcionario de tal institución pública. La segunda calada es enviar al reportero. Pero mientras esto ocurre, un hilo azul entra en el telar. Se cruza y se entrecruza con el anterior. Y un tercero amarillo. La lanzadera va y viene, la sabia tejedora sigue con sus ojos el recorrido de cada color. Vuelve al rojo, lo deja pendiente, toma un cuarto hilo, esta vez negro, lo anuda bien, regresa al amarillo, lo va ajustando entre las guías verticales del telar. Sólo ella conoce la urdimbre del programa, como diría la apasionada radialista Carmen Pueyo. La audiencia disfruta de la trama multicolor.
Más que de una planificación (hacia delante), este programa necesita de una retrospectiva (hacia atrás) para que no dejar hilos sueltos. Al inicio, los conductores recordarán a la audiencia los casos pendientes y los avances logrados. Lo más indispensable, mirando en ambas direcciones, es una evaluación permanente para que los colores del tapiz estén en su lugar y en su correcta orientación.
Decíamos antes que el periodismo de intermediación va de la mano con los otros cuatro. Veamos esto más en detalle.
La mayor parte del tiempo de la revista la ocuparán, obviamente, los quehaceres de la intermediación ciudadana. Pero el programa incluye también mucha información. Por una parte, los corresponsales y reporteros enviarán noticias que no necesariamente implican un esfuerzo mediador. Por otra parte, podemos incluir en determinados momentos —más o menos fijos— boletines informativos sobre el acontecer nacional e internacional. O una sección deportiva.
Hay emisoras que diferencian en horarios separados el noticiero y la revista de intermediación. Es una fórmula. Otras, en un mismo programa, trabajan media hora o una hora de informaciones y, a continuación, abren los micrófonos al reclamo de la ciudadanía. Es otra fórmula. También puede dar resultado la mezcla de ambos formatos —noticias y denuncias—, especialmente cuando no tenemos mucha experiencia en el manejo de este quinto periodismo.
El periodismo de opinión tiene un lugar privilegiado en la radiorevista que proponemos. Puede concretarse en un comentario o editorial frente a un hecho grave relacionado con alguno de los casos que se están intermediando. O una toma de posición frente a determinada amenaza recibida por la emisora. Podemos incluir una entrevista de profundidad para comprender mejor una situación (con tal de que no sea tan profunda que ahogue el ritmo del programa). La opinión también puede expresarse en secciones de humor político y hasta con radioclips.
Un formato particularmente útil son las mesas de negociación. Éstas pueden incluirse, eventualmente, dentro de la misma radiorevista. O pueden convocarse en otro horario y día. Por ejemplo, un fin de semana. Durante las mismas, aunque la emisora tenga una línea editorial clara, los moderadores jugarán con imparcialidad periodística, igual que en las mesas de debate.
El periodismo de interpretación será una preocupación constante de los conductores que irán brindando el debido contexto a los casos tratados. Si se denuncia al pequeño vendedor de drogas, hay que hacer referencia a los policías que conocen el lugar de expendio y reciben coimas para no hacer nada.
En cuanto al periodismo de investigación, éste es hermano de sangre de la intermediación. A Radio Yaraví, en Arequipa, Perú, llegaron denuncias sobre la corrupción que existía en la Jefatura de Tránsito, donde conceden las licencias de conducir. Paul Lostaunau, del equipo de prensa, se camufló y fue a solicitar —grabadora escondida— su innecesario brevete. Descubrió una mafia bien organizada que comenzaba en los tramitadores, seguía por los oficiales e incluía hasta al guachimán. Los datos obtenidos permitieron no solamente verificar la denuncia, sino ampliar la lista de corruptos.
¿Podemos tener secciones fijas? Sí, pero con flexibilidad. Supongamos que planificas el editorial para tal hora. Perfecto hoy y mañana. Pero sucede que pasado, en ese mismo momento, tienes en línea a un tiburón. Retrasas tu editorial y sigues pescando. Después, ya habrá tiempo para comentar.
También ocurrirá que, mientras ubicamos a una institución o a un particular, necesitamos completar el espacio. Para eso están los spots, los sketches, los personajes inesperados, las informaciones que nos llegan vía internet. Como magos con sombrero y varita, quienes conducen la revista tendrán un lote de recursos de audio que pueden incluir en cualquier tiempo de espera o para pavimentar baches.
Entre estos recursos, destaquemos los embellecedores que dan calor y color a todo el programa. El operador técnico preparará un juego variado de efectos de sonido: sirenas, motores, bulla callejera, carros que chocan, lluvia... con los que podemos ambientar las diferentes situaciones denunciadas. Si un sinvergüenza es capturado, le daremos color a esa noticia con el efecto de las rejas de cárcel. Si ha habido un crimen, que se oigan disparos. Si los maestros marchan en las calles, que se escuchen sus consignas. Y así.
También dispondremos de una buena reserva de golpes musicales, alegres y tristes, de suspense y dramáticos, irónicos y cómicos, para aumentar la temperatura de las informaciones. Las notas de un rap ridiculizarán al político mentiroso y unos acordes new age pondrán emoción a las declaraciones de los campesinos que consiguieron, después de tantas humillaciones, sus títulos de propiedad.
Hazte un banco de estrofas musicales para reforzar los temas periodísticos. Un verso de Buscando visa para un sueño, de Juan Luis Guerra, ilustrará el timo de los pasaportes para un grupo de ingenuos migrantes. Justicia, tierra y libertad, de Maná, te servirá para la problemática indígena. Y las Decisiones de Rubén Blades ironizarán las indecisiones de nuestros políticos.
¿Y la publicidad? ¿Dónde la metemos? Podemos ubicarla al final de las medias horas. O cada cuarto de hora. También podríamos intercalar anuncios comerciales a lo largo de todo el programa, siempre que estén debidamente separados del diálogo negociador.
Como las revistas de intermediación gozan de altos índices de audiencia, los comerciantes no suelen entregar a la radio cuñas grabadas. Prefieren que los conductores hagan uso de sus voces —acreditadas ante la audiencia— para anunciar espaguetis, cerveza y calzones. Será mejor que grabemos los anuncios publicitarios y reservemos las voces periodísticas para el periodismo.
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