El poder del periodismo de intermediación a tachi radialista apasionada ciudadana radio el poder del periodismo de intermediación






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UNA RADIO QUE RESUELVE



Seamos sinceros. ¿No les ha pasado a ustedes que organizan el noticiero, lo evalúan, lo rediseñan, incluyen nuevas secciones, arrancan con todo el entusiasmo... y la audiencia sigue siendo baja? O bajísima.
—Tengo la solución —dice el fetichista tecnológico—. Equipos nuevos.
Invierten en el acceso a internet, meten una PC en cabina, compran el último software para automatizar las tandas publicitarias... y la audiencia mejora un poco, pero nada sustancial.
Después, impacientes, se enganchan a una programación satelital, reciben noticias nacionales e internacionales, cambian de horario, contratan a los mejores locutores... y suben un par de puntos en el rating, pero no logran ser fuente de noticias ni liderar la opinión pública. Los resultados no se corresponden con lo gastado.
¿Qué pasa? ¿Qué nos pasa? ¿Por qué la gente sigue escuchando ese otro noticiero de medio pelo, mal hecho y hasta vulgar, donde un locutor gritón denuncia el último crimen y la penúltima violación? Esa emisora de la esquina no tiene parabólica ni contactos internacionales. Pero la gente la escucha y cree en lo que dicen sus periodistas.
—Porque la gente es bruta —dice aquel con lentes posmodernos—. Le gusta el amarillismo, el sensacionalismo, el salvajismo...
¿Será? ¿O será que el zorro no alcanza las uvas y por eso dice que están verdes? ¿Estaremos fallando en algo?
—En el proyecto político —dice la investigadora—. Si tuviéramos claro el proyecto político y el compromiso social que de él se desprende...
—Pero, panita —ahora interrumpe un locutor joven de expresión pícara—. Ya hemos trabajado la misión y la visión, hemos escrito los objetivos generales y los específicos, el marco lógico, el FODA, el plan estratégico, la dinámica de las tarjetas, la reingeniería institucional y...
—¿Y?
—Que no levantamos audiencia.
—Entonces, ¿qué propones? ¿Qué hagamos lo mismo que esa otra radio? ¿Pan y circo, eso quieres?
Tal vez, antes de responder nosotros, podríamos entrevistar a la misma audiencia. ¿Qué buscan en una emisora? ¿Qué esperan de nosotros? En definitiva, ¿para qué la gente prende la radio?
Básicamente, para dos cosas, ambas sagradas: para desconectar de los problemas y para resolver los problemas.
La vida cotidiana es como el árbol de malinche, un tiempito de flores y el resto de sólo vainas. Necesitamos tomar resuello, divertirnos. La música de la emisora nos descansa, la voz de una locutora simpática nos acompaña. Al menos, por un rato, desconectamos de los líos pendientes. Distraerse no solamente es un derecho humano, sino una urgente obligación en la era del estrés.
También encendemos la radio para resolver los problemas. No me pagan en la empresa, subió la gasolina, el imbécil de mi hijo gastó un montón de plata en una línea erótica, cortaron el agua sin avisar, a la muchacha la aplazó ese profesor pervertido, volvieron a robar donde el vecino, la mujer con ciática y el médico que no asoma. Llegar a la noche es un milagro. Como filosofaba aquel piquetero argentino: ¿habrá vida antes de la muerte?
¿Puede una emisora hacer más llevadera la carga nuestra de cada día? Tradicionalmente, las radios latinoamericanas se caracterizaron por su utilidad. Los servicios sociales eran los programas de máxima sintonía, especialmente en las zonas campesinas. Allí la radio hacía las veces de correo, telégrafo y teléfono. Que la mula se perdió. Que Josefina parió un varoncito. Que lleven los sacos de café a la otra vereda. Que los rezos por el abuelito serán mañana al mediodía. Este noticiero familiar se volvía más imprescindible en situaciones de emergencia o desastres naturales.
Con menos zonas de silencio en la región, los servicios sociales han ido pasando a un segundo plano. Sin embargo, la complejidad de la vida citadina revela nuevas y más variadas necesidades ciudadanas. La mayoría de la gente pasa el día esquivando, o tratando de esquivar, innumerables violaciones —grandes, medianas y pequeñas— de los Derechos Humanos.
¿Y no prendemos la radio para informarnos de lo que ocurre en el país y en el mundo? También, por supuesto. Pero el interés va en ese orden, como las ondas del sonido: noticias barriales, noticias locales, nacionales e internacionales. Es comprensible que a esta ama de casa le preocupe más la alcantarilla destapada por donde puede caerse su niño cuando va a la escuela, que el último coche bomba que explotó en Bagdad.
Resolver los problemas. ¿Lo hace nuestro noticiero? Informamos, educamos, concientizamos... ¿resolvemos? Acaso esté ahí el elíxir tan buscado, el viagra radiofónico que necesitamos para repotenciar nuestros informativos.

EL QUINTO PERIODISMO
Desde hace un siglo, el periodismo se subdividió en dos grandes subgéneros, el de información y el de opinión. Hechos aquí y comentarios allá, bien separados como agua y aceite.
Durante la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, estas dos funciones tradicionales no cubrían las necesidades de lectores ni radioescuchas. La situación que se vivía resultaba demasiado compleja para caber en una noticia y demasiado polarizada como para no desconfiar de un comentario.
Así surgió la llamada tercera vía, el periodismo de interpretación, que no busca informar más ni convencer mejor, sino aportar datos, elementos de análisis, contexto de la noticia, para que el receptor saque sus propias conclusiones.
Fue en los años 70, al estallar el escándalo del Watergate, cuando se comenzó a hablar de un cuarto modelo, el periodismo de investigación. En realidad, en Estados Unidos y en muchas partes ya existía una corriente de periodistas dispuestos a desenmascarar corrupciones, los que el malgenioso Teodoro Roosevelt calificó de muckrakers, recogedores de basura. Pero fueron Bob Woodward y Carl Berstein quienes retomaron esta antorcha a través de las páginas del Washington Post y le dieron jaque mate a Nixon.
Ya tenemos al reportero, al comentarista, al analista y al detective público, que no otra cosa es el periodista de investigación. ¿Suficientes? No.
La conciencia ciudadana ha crecido en estos años como el buen arroz. El poder de la opinión pública, ese quinto poder del que habla Ignacio Ramonet, nos lleva a plantear un quinto modelo, el periodismo de intermediación. ¿En qué consiste? En ejercer ciudadanía desde los medios de comunicación. En fiscalizar a los poderes públicos, que son delegados. Y a los poderes privados, cuando violan los Derechos Humanos.
Si nos fijamos, los cuatro géneros periodísticos mencionados son protagonizados por los mismos periodistas. En el quinto, el protagonismo pasa a manos —mejor dicho, a boca— de la ciudadanía. Periodistas y locutores juegan, como veremos, un papel fundamental y activo. Pero las luces enfocan hacia los hombres y las mujeres de a pie.
La intermediación se suele definir como una negociación asistida. En este sentido, requiere de un elemento neutral para ayudar a que las partes involucradas en un conflicto alcancen un arreglo por consenso.
No es exactamente éste el sentido de lo que planteamos, porque nosotros no somos neutrales. Cerramos filas con la ciudadanía, nos alineamos claramente a favor de los Derechos Humanos. No somos jueces, desde luego, no nos corresponde dictar sentencia. Tampoco somos abogados. No nos pagan por las denuncias que tramitamos ni jamás defenderíamos una causa injusta por haber sido contratados para ello.
Somos periodistas. Como tales, facilitamos los micrófonos (o las cámaras o el papel) para que el reclamo de la ciudadanía llegue a donde debe llegar. Hacemos oír la voz de la gente ante las instancias responsables cuando éstas se han mostrado irresponsables. Y si la gente no puede hablar directamente, prestamos nuestra voz para que las autoridades escuchen, para hacer valer la denuncia y encontrar una solución justa. Somos pontífices, en el sentido exacto de la palabra, relacionamos las dos orillas. Y también cruzamos el puente, junto al pueblo que avanza.
Ciudadanía es poder. Y periodismo de intermediación es ejercicio de ese poder.

CUANDO LA JUSTICIA NO FUNCIONA...
—¿Sabés cuál es la diferencia entre tu país y el mío? —le dijo un tico a un nica—. Que vos, cuando tenés un pleito con el vecino, le decís: ¡Te voy a matar, hijo de la gran puta! Mientras que en Costa Rica, nosotros decimos: Te voy a llevar a los tribunales.
El nica tuvo que aceptar. Aquello era verdad. Pero como buen igualado, le devolvió la bola:
—Y vos, ¿sabés cuál es la diferencia entre tu país y el mío? Que cuando vos regresás de los tribunales y no te han resuelto el problema, no tenés a donde mirar. Mientras que en Nicaragua vas donde el vecino y lo amenazás: ¡Te voy a denunciar en la radio!
Este diálogo —mitad verdadero, mitad ficticio— muestra bien la realidad que se vive en nuestros países. Buena parte de la población toma la justicia por mano propia. Otra recurre a las instituciones correspondientes. Pero en demasiadas ocasiones esta gestión no da ningún resultado. Entonces, el siguiente paso es recurrir a los medios de comunicación, a veces más respetados y temidos que las instancias públicas.
¿A dónde apelará un ciudadano si en un hospital público no le prestan la debida atención? ¿En dónde protestará si los servidores públicos están coludidos con los infractores privados? ¿En qué espacio denunciará si la justicia no le hace justicia? Los medios de comunicación masiva se han convertido hoy en espacios privilegiados de negociación y resolución de conflictos. La radio, la televisión, la prensa, las revistas, son medios y son mediaciones, como explicó genialmente Jesús Martín Barbero, de cuya fuente, unas antes y otros después, fuimos bebiendo todos.95
Y ya que nos referimos a los países centroamericanos, demos una vuelta por Honduras. El siguiente caso ilustra bien la razón de ser del periodismo de intermediación.
El programa se llama Las Golondrinas. Sale al aire de lunes a viernes, de 8 a 9 de la noche, en Radio Progreso, una emisora hondureña comprometida desde hace décadas con las luchas obreras en contra de las bananeras gringas. Ahora le toca enfrentar a las maquilas.
—¿Sabes cuántas mujeres trabajan en maquilas en esta zona? —me contó Alicia Reyes, la periodista que se ocupaba de andar en la calle y de colarse en las fábricas para conocer las condiciones de trabajo—. Ochenta mil. Casi todas son madres solteras.
Las obreras llegaban al programa a denunciar los malos tratos. Y cuando regresaban a la empresa...
—Por donde llegaste, te vas —les decía la supervisora.
Los jefes coreanos y gringos estaban pendientes de la radio. Si las mujeres reclamaban, las botaban. Si hablaban de sindicato, no acaban de pronunciar esta palabra y ya estaban fuera.
—Sigan hablando babosadas en ese programa comunista y verán cómo les va.
Un día, llegaron a la radio cuarenta obreras y algunos obreros de la Montana, una empresa hondureña que hacía camisetas y overoles.

—Nos botaron —dijo una de ellas, con las lágrimas a punto de saltar.
—Pero ustedes son trabajadoras de muchos años...
—Nada les importó. Dicen que no tienen materia prima.
—Lo que no tienen es vergüenza —dijo Alicia, furiosa—. ¿Cuánto les pagaron

de prestaciones?
—Ni un lempira.
Hicieron la denuncia en el programa y acompañaron a las despedidas al Ministerio de Trabajo. A presionar, pues. Porque en el Ministerio, si no empujas, te empujan. Luego, fueron derechito a la misma Montana.
—Queremos saber por qué corrieron a estas trabajadoras.
No les pararon bola. Entonces, esa misma noche comenzaron con la estrategia de la ladilla. Sacaron un segmento titulado ¡Especial Montana!
—Nos obligan a hacer horas extras y no las pagan. Trabajamos de corrido, sin descanso ni sábados ni domingos.
Las despedidas denunciando. Que los baños son un asco. Que no hay ventilación. Que nos obligan a comer comida en mal estado. Que ni permiso para orinar. Que el acoso. Que los gritos.
Al segundo día, botaron a más obreras. Pero las mujeres, en lugar de callarse, alzaron la voz con más rabia:
—¡Montana abusiva! Y ése su dueño, el tal Inestroza, es un herodes. Si estás embarazada, te corre. Si sabe que tenés hijos, lo mismo.
Al tercer día, la empresa ya no aguantaba. Estaban hostigados por tanta denuncia. Y fueron ellos los que llamaron a la radio.
—No puede ser que Radio Progreso esté en campaña contra nosotros —Inestroza intentaba guardar la compostura.
—Ninguna campaña. Lo que queremos es que respeten los derechos de las mujeres.
—Esas gritonas están ensuciando mi nombre.
—Pues cumpla.
—¡Ah!, ¿que yo cumpla? —Inestroza botó la gorra—. ¡Esto no es asunto de ustedes!
—Claro que no es sólo de nosotros —Alicia sonreía con malicia—. Ya estamos sacando fuera los maquicortos.
—¿Los qué?
—Las noticias de la maquila. Estos programas se envían por satélite a emisoras de toda América Latina. Así que su nombre ya anda volando como una cometa...
La lucha fue difícil, pero la lograron. Para comenzar, el dueño aceptó una mesa de negociación.
—Nos reuniremos en mi empresa —dijo—. Estarán las obreras despedidas y nuestros supervisores.
—Y Radio Progreso, por supuesto.
—Claro, claro —Inestroza retorcía las manos alrededor de un cuello invisible— también estarán ustedes, los de la radio.
Fueron con la móvil y trasmitieron en directo los avances de la negociación.
—¡Última hora! La Montana ha aceptado el reintegro de las obreras despedidas y les reconoce los sueldos caídos.
No cedieron por respeto a los derechos de las obreras, sino por temor a que el nombre de la Montana —y sobre todo, el de Ceferino Inestroza— estuvieran en boca de la gente. Por eso es bueno ponerlo aquí en este libro, en los ojos de mucha más gente. Para que otras radios se animen. Y otros maquileros se asusten.


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