El poder del periodismo de intermediación a tachi radialista apasionada ciudadana radio el poder del periodismo de intermediación






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LA CIUDADANÍA MUEVE MONTAÑAS
Fueron tres días que conmovieron a España y al mundo. Antes de los atentados de Madrid, el viento soplaba a favor del PP, el partido de José María Aznar. Las encuestas le daban una cómoda ventaja sobre los socialistas. La pregunta política era si su candidato, el desabrido Mariano Rajoy, obtendría los 176 escaños parlamentarios que le permitirían gobernar con mayoría absoluta —con arrogancia absoluta— tal como hizo Aznar, el del bigotín hitleriano.
El jueves 11 de marzo del 2004, a las 7 y 40 de la mañana, explotaron las bombas en los trenes de cercanías. Doscientos muertos y mil cuatrocientos heridos en el atentado terrorista más salvaje de la historia española.
—El Gobierno no tiene ninguna duda de que ETA está detrás —dijo el Ministro del Interior Ángel Acebes.
Así comenzó un operativo de desinformación y manipulación que da para una tesis doctoral. La cancillera Ana Palacio orientaba a sus embajadas para que confirmaran la autoría de la ETA. José María Aznar llamaba personalmente a los directores de los medios nacionales y a los corresponsales extranjeros asegurando lo mismo. Alfredo Urdaci, director de los telediarios de RTVE y aprendiz de Torquemada, se plantó detrás de las cámaras y repetía la única versión tolerada por el gobierno.
En los noticieros internacionales ya se hablaba de Al Qaeda como responsable de los atentados. Pero el PP necesitaba estirar la mentira hasta el domingo, día de las elecciones. Siendo ETA, la mano dura de Aznar cosecharía unos cuantos votos más. Si se trataba del fundamentalismo islámico, la lectura sería muy diferente. Era la factura por haber desoído el clamor masivo de su pueblo y embarcar a España en la guerra de Bush.
Al día siguiente, el viernes 12, hubo manifestaciones multitudinarias. Once millones de personas abarrotaron las calles y plazas de todas las ciudades de España. La cuarta parte del país estaba ahí, bajo una lluvia torrencial, repudiando los atentados. En medio del dolor y la rabia, aparecían pancartas y se coreaban consignas preocupantes para el gobierno:
LAS BOMBAS DE IRAK ESTALLAN EN MADRID
200 MUERTOS MÁS EN LA GUERRA DE IRAK
Y un grito se fue multiplicando, creciente, amenazante, una pregunta que los micrófonos oficialistas no podían esquivar:
EL PUEBLO UNIDO PREGUNTA QUIÉN HA SIDO
¿Cómo se rompió el bloqueo informativo pretendido por Aznar y los suyos? La radio jugó un papel decisivo en estas jornadas. Mejor dicho, una radio, la Cadena SER, que denunció desde el inicio las maniobras del gobierno. Otras emisoras como Antena 3 y la COPE —la cadena de los obispos— se comportaron como tristes repetidoras de la mentira oficial.
Llegó el sábado 13. Faltaban horas para abrir los colegios electorales. ¿Quién convocó esa tarde a la gente, quién corrió la voz para que se congregaran frente a las sedes del PP exigiendo la verdad de la investigación?

—La cosa es en la calle Génova. Pásalo.

Fueron los pequeños teléfonos celulares —los móviles, como dicen en España—, los grandes movilizadores. También los mensajes por internet, también los volantes. Pero los decisivos fueron ellos, los celulares, los que usan los chavales para tontear con sus enamoradas, los mismos que quedaron sonando y sonando en los trenes de la muerte porque sus dueños yacían despedazados.

—He adorado, me he puesto de rodillas ante el inventor del móvil —declaró el cineasta pacifista Pedro Almodóvar—. Ellos lograron dar su castigo al PP.
La opinión pública —la nueva superpotencia mundial— se puso en movimiento. Por cada mensaje recibido se enviaban diez, quince, veinte más. Las llamadas se multiplicaban exponencialmente. El sábado a las 6 de la tarde miles de madrileños y madrileñas llegaban a la calle Génova, donde está la sede del PP, con carteles impactantes:
VUESTRA GUERRA, NUESTROS MUERTOS
¡EMBUSHTEROS!
Las protestas se multiplicaban en Barcelona, en Valencia, Sevilla, Bilbao... España de pie, en vigilia, haciendo sonar las cacerolas de la rabia, exigiendo la verdad antes de votar.
—Este es un día de reflexión —se le ocurrió decir a Rajoy, el candidato del PP, firmando su suicidio político—. Estas manifestaciones, promovidas por el PSOE, son ilegales e ilegítimas.
—Ese tipo no sabe lo que es una cadena de mensajes ni un flash-mob —decía con sorna un joven manifestante.
—Los que murieron en los trenes eran tan inocentes como los que murieron en Irak —gritaba la multitud—. ¡Vosotros, fascistas, sois los terroristas!
26 millones fueron a votar el domingo, la mayor participación jamás registrada en la historia de España. Jóvenes que iban a las urnas por primera vez a botar a Aznar. Adultos, obstinados abstencionistas en otras elecciones, que madrugaban para poner su boleta contra un gobierno que les mintió con la guerra y quería seguir mintiendo con los atentados. En un bar de Madrid, cuando confirmaron la victoria del PSOE, un viejo republicano comenzó a abrazar y besar a todos los presentes:
—¡Hemos echado al fuhrercito, al hijo de Franco!
Fueron apenas tres días. En 72 horas cambió el gobierno, cambió la conciencia de la gente, y el pueblo español se graduó en ciudadanía.

SEGUNDA PARTE
PERIODISMO DE INTERMEDIACIÓN

¿Qué vale un rey si no tiene vasallos? Éste era el drama de aquel monarca, vestido de púrpura y armiño, que encontró el Principito en uno de los asteroides visitados.
—La etiqueta no permite bostezar en mi presencia— le dijo el rey al Principito—. Te lo prohíbo.
—No he podido evitarlo —respondió confuso el Principito—, he hecho un viaje muy largo y apenas he dormido...
—Entonces —le dijo el rey— te ordeno que bosteces. ¡Vamos, bosteza otra vez, te lo ordeno!
¿Qué hace un soberano si no tiene a quien mandar? Soberano significa eso, puesto encima. Pero, para estarlo, necesita de vasallos, es decir, de puestos abajo.81
Los reyes no pueden vivir sin vasallos. Pero estos últimos sí pueden vivir sin reyes. Este sencillo pero decisivo descubrimiento —similar al del fuego o la rueda— permitió la mayor evolución política de la Humanidad, el paso de las monarquías y los regímenes autoritarios a la democracia.

¿Quién dio a los reyes o a los caudillos el poder de gobernar? Nadie. Fueron las guerras, las conquistas militares, las que colocaron a determinados personajes en puestos de mando. Ganó el más fuerte o el más hábil o el más corrupto. Conquistó el poder. Y a la hora de traspasarlo, él decidió a quién. Por línea de sangre o a dedo, el sucesor recibió dicho poder “desde arriba”. Y no le faltó la bendición de un sacerdote para entronizarlo como divino.
Ahora bien, el concepto de ciudadanía supone una inversión radical, un giro copernicano en las relaciones de autoridad. Los gobernados dejan de ser objetos sometidos al poder para convertirse en sujetos y titulares del poder. Pasan de súbditos a ciudadanos y ciudadanas.82
La pregunta crucial es: ¿de dónde nace el poder, quién es su legítimo dueño? Desde los griegos, la democracia se ha definido como el poder del pueblo. En el pueblo, y no en los reyes ni en los aristócratas, radicaba la soberanía. La democracia moderna, sin embargo, hace reposar la soberanía no sobre el pueblo —que, en definitiva, es una abstracción—, sino sobre los ciudadanos tomados uno a uno, una a una. Porque el pueblo no es quien vota, sino los individuos.
Esta igualdad política de los seres humanos —que deberá traducirse en igualdad jurídica, social y económica— es el fundamento incuestionable de la democracia: cada persona, un voto. Y gana quien tenga más. La ley de las mayorías, regla básica de toda democracia, no excluye a las minorías. Aunque perdedoras, éstas merecen respeto y representatividad porque también son titulares legítimas del poder.
De lo dicho surgen algunas conclusiones decisivas para la vida social (y para la programación radiofónica). Si la soberanía está en la gente, si el poder supremo es patrimonio de la comunidad política, los demás poderes son delegados, dados en préstamo por los individuos e individuas que forman dicha comunidad.

PODERES DELEGADOS
El poder no se hereda, se nace con él. Todos los seres humanos nacen con la misma titularidad. Y todas las autoridades son, en consecuencia, cargos representativos que se deben a la ciudadanía que las eligió o designó. Todas las autoridades son ministeriales, es decir, servicios que algunas personas prestan a la comunidad política. En su calidad de ministros y ministras, de servidores y servidoras, tienen que rendir cuentas de lo que hacen o dejan de hacer. Tienen que informar sobre el mejor o peor desempeño del mandato que recibieron. Su potestad está dada en calidad de préstamo. Es, por tanto, revisable y, eventualmente, revocable.83
¿A qué poderes nos referimos? A todos. Porque todos son delegados por la única soberana, la ciudadanía.

PODER POLÍTICO
En el 2000, el proyecto Voces Ciudadanas, que promueve la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, convocó a varios medios de comunicación para una singular experiencia de periodismo público.84
Había que elegir a los alcaldes de Cali y Medellín. En varios periódicos e informativos radiales y televisivos, el proceso electoral se propuso en estos términos: el empleador es la ciudadanía y los aspirantes al cargo, los futuros empleados.
Para comenzar, los empleadores debían trazar el perfil del candidato que necesitaban. Un grupo de estudiantes y periodistas hicieron un sondeo con 600 residentes en Medellín y 400 en Cali para conocer las expectativas de la gente. Los medios involucrados en la experiencia formulaban las mismas preguntas al público abierto. Los oyentes no llamaban para decir cuál iba a ser su intención de voto, sino para priorizar los problemas de la ciudad. Todas las respuestas eran procesadas y así se fue formando la agenda ciudadana. En el caso de Medellín, se concretaron cinco temas: empleo, seguridad, educación, salud y la polémica ampliación de la carretera 76.
Igual que en una empresa con vacantes, los candidatos a la máxima autoridad municipal tenían que presentar sus hojas de vida. Estas eran investigadas por los periodistas y el público era informado sobre la veracidad de los datos expuestos y la adecuación entre las carpetas presentadas y las necesidades expresadas en la agenda.
Por último, estaban las entrevistas de selección. Para realizarlas, se eligió a un grupo representativo entre quienes habían participado en los sondeos y a través de llamadas telefónicas. En la televisión local y por radio, los candidatos a la Alcaldía fueron asediados por las preguntas de los empleadores.
Luego, la población eligió, según su conciencia, a quien consideró la persona más capaz. Independientemente de los resultados electorales, lo principal ya se había conseguido: el empoderamiento ciudadano. Los vecinos y vecinas de estas ciudades colombianas no se percibieron como clientes de los políticos de turno. Si son ellos quienes pagan con sus impuestos, si son ellas quienes contratan con su voto, son ellos y ellas quienes tienen el poder. La ciudadanía manda. Y los alcaldes son simples empleados que deben rendirle cuentas.
Esta ejemplar experiencia de Voces Ciudadanas pone las cosas en su sitio. Todos quienes ejercen cargos en un gobierno, desde la Presidencia de la República hasta el último guardaespaldas, han sido contratados por nosotros. Otro tanto puede decirse de los maestros, médicos y todas las empleadas y empleados públicos. Reciben su salario de nuestros bolsillos y están a nuestro servicio. Si por corrupción o burocracia no cumplen bien con sus funciones, serán censurados. Y si cumplen con su deber, no están haciéndonos ningún favor.

PODER ECONÓMICO
El reportero llegó a Ixhuacán y se dirigió a la alcaldía.
—¿A dónde crees que vas, amiguito? —un hombre recio, pistola al cinto y sombrero de lado, le cerraba el paso.
—Soy de Radio Teocelo —el reportero mostraba su grabadorita—. Queremos conocer el informe del señor alcalde.
—Pues ya puedes ir dando la media vuelta, como dice el bolero —el cacique lo empujó fuera—. ¡Un periodista, nomás eso nos faltaba!
Eran los tiempos del PRI, partido único en México. Por las noches, el terrateniente, el alcalde y el párroco se reunían a beber tequila. Allí decidían qué hacer y qué no hacer en el pueblo.
Radio Teocelo —emisora cultural y campesina— queda a 20 kilómetros de Ixhuacán, en el mismo Estado de Veracruz. Desde su fundación, los directivos se propusieron el acceso a la información pública como un derecho de la ciudadanía.
—Aquí tenemos los ojos más cerrados que chino comiendo limón —dijo una de las comuneras—. Por eso nos engañan, nos roban. No sabemos qué hacen las autoridades con la plata del pueblo.
—Los Cabildos son como reunión de cuates —explicaba un agricultor de la Unión de Cafetaleros—. Ellos se arreglan y todo queda escondido entre las cuatro paredes del municipio.
—Pues convertiremos a los Cabildos en una caja de cristal —dijo Élfego Riveros, director de la radio—. Ellos son nuestros empleados y nosotros los empleadores. Tienen que rendir cuentas a la comunidad.
Para fiscalizar los dineros públicos y ejercer el poder ciudadano, Radio Teocelo inauguró en 1998 un programa llamado Cabildo Abierto. ¿Cuánto gana el alcalde? ¿Qué presupuesto tiene el ayuntamiento? ¿Cómo se distribuyen los pesos? ¿Cuánto ha costado esa carretera?

La emisora comenzó a invitar a las autoridades de los cinco municipios de la región. En directo, sin ningún tipo de censura, se conversaba sobre las promesas cumplidas y por cumplir, sobre los sueldos de los funcionarios, los impuestos, el uso de los fondos públicos. Y los oyentes mandaban cartas, o llamaban, o venían a la radio a preguntar y a insistir.
Después de seis años de Cabildos Abiertos a través Radio Teocelo, las cosas han cambiado. Las autoridades sienten el deber de informar y la gente, el derecho de fiscalizar.
Y como son varios alcaldes los que asisten, la audiencia compara. Si éste trabaja bien, le exigen al suyo que haga igual. Si aquél mete las patas, le critican al suyo que haya hecho lo mismo. Por su parte, los alcaldes han ido descubriendo que la emisora, en vez de querer fregarlos, les facilita la tarea de gobernar.
Pero no todos piensan así. El alcalde de Teocelo, molesto por la lupa ciudadana, trató de convencer a los demás para que no fueran al programa.
—Esa emisorita como que se está metiendo donde no la llaman, ¿verdad?
Los demás alcaldes no le hicieron caso y continuaron asistiendo a los cabildos radiofónicos. Pero él seguía firme en sus botas.
—No es de su incumbencia —repetía el alcalde.
—Claro que lo es —repetían los de la radio—. Son dineros públicos. Es nuestro dinero. Sale de nuestros bolsillos.
Pasó un año y el señor alcalde de Teocelo no se dignaba ir a la radio ni mucho menos informaba sobre su gestión. Pero la emisora, más terca que mula, hacía el programa en su ausencia. Así resultaba más provocativo.
—Y los del ayuntamiento, ¿dónde están? —levantaba duro la voz un agricultor perjudicado por la sequía—. ¿Por qué se esconden? ¿O será que ellos tienen una mordida del aserradero?
La presión fue creciendo. Finalmente, si la gota de agua horada la piedra, ¿cómo no iba a hacerle hoyo al sombrero del cacique?
El alcalde aceptó ir al programa y dar la cara y escuchar la voz de los ciudadanos. Preguntas que iban, respuestas que venían, la confianza se fue restableciendo.
¡Las volteretas que da la vida! Poco después de estas tensiones, su ayuntamiento obtuvo el Premio Nacional por un proyecto de separación de basura y por un abono orgánico a partir de la lombricomposta.
—Gracias, muchachos —vino a agradecer al equipo de Radio Teocelo—. Sin ustedes, hubiera sido muy difícil.
—Ya usted ve, señor alcalde —nos guiñamos el ojo en cabina—, que la transparencia fortalece a los gobiernos locales.
Gobiernos y dineros públicos. Está claro que quienes gobiernan tienen que informar a la ciudadanía sobre los recursos que recibieron de esa misma ciudadanía para que el Estado funcione. Pero, ¿qué decir sobre el capital privado?
El gran poder económico está en manos privadas. Y no hay problema en que ello sea así porque, como señala el artículo 17 de la Declaración Universal, toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente.
Pero ocurre que este derecho, como todos los otros, tiene el límite del derecho ajeno. Yo no puedo medrar a expensas de mis trabajadores. No puedo acumular riquezas incumpliendo contratos, transgrediendo controles de calidad, evadiendo impuestos, extorsionando, especulando, chantajeando, y tantos verbos que incluye el diccionario de la corrupción. Tampoco el Estado, cuya función es velar por el bien común, puede tolerar la excesiva acumulación de unos cuantos en perjuicio de las grandes mayorías.
Así pues, apelando a las instancias públicas correspondientes y desde la tribuna que brindan los medios de comunicación, la sociedad civil denunciará los abusos cometidos por los empresarios o empleadores privados, y exigirá el cumplimiento del Código Laboral y de las leyes que aseguren una remuneración digna y una distribución cada vez más equilibrada de la riqueza. Para eso inventamos el Estado. Y para eso tenemos emisoras ciudadanas.

PODER MILITAR
Uno de los periodistas más valientes —y deslenguados— de Ecuador es, sin duda, Paco Velasco. Cada mañana, cuando el sol saca brillos al Pichincha, arranca su informativo a través de Radio La Luna FM.
Paco llama al pan, pan y al hijueputa, hijueputa. No tiene pelos en los micrófonos. No le tiembla la voz para tildar de asesino a Bush y de felpudo a Tony Blair por la invasión a Irak.
Tampoco le tembló la voz para llamar mamarracho al teniente coronel de la policía Germánico Molina, cuñado del otro teniente coronel del ejército, el Presidente Lucio Gutiérrez.
—Para continuar con su habitual nepotismo, el señor Presidente nombró a este cuñado suyo como embajador en Argentina, donde ya tenía ubicada a su hermana como cónsul honoraria. ¿Y qué ha ocurrido? Que la noche del 23 de enero del 2004 este embajador Molina visita a Guillermo Suárez Masón. Va en auto diplomático, le lleva un regalito, y lo saca de farra porque era el día de su cumpleaños. ¡Suárez Masón! Un genocida con más de 600 acusaciones encima. Torturas, desapariciones, robo de bebés, uno de los peores represores durante el proceso argentino. ¡Y nuestro embajador saca al pobrecito de su prisión domiciliaria para que no se aburra!
A causa de este escándalo, el embajador Molina fue retirado de inmediato de su cargo y regresó al Ecuador. Para sorpresa general, el canciller ecuatoriano —otro del círculo íntimo de Lucio— declaró que no había que exagerar las cosas, que lo sucedido no merecía ningún castigo.
—¿Así qué no merece castigo ese mamarracho? —Paco afila la voz como navaja de afeitar—. ¡Pues el pueblo ecuatoriano es quien lo va a juzgar!... ¡Amigos y amigas de La Luna, juicio popular a Molina!... ¡Tribuna ciudadana para él!
A los pocos días, Radio La Luna recibió una citación judicial. El gobierno de Lucio Gutiérrez abría un expediente contra la emisora y contra su director de prensa, Paco Velasco. En dicho expediente se exigían las grabaciones de los informativos y de varias tribunas ciudadanas.

—¿Qué quieren saber, si hemos dicho un ajo más o una cebolla menos? ¿Que hemos injuriado al Presidente de la República diciendo que es un peón de la derecha?... ¡Eso es insignificante frente a las verdaderas injurias que hemos escuchado en estos días!... ¿Saben qué ha dicho Gilmar Gutiérrez, hermanito del Presidente y diputado oficialista? Que el intento de asesinato contra Leonidas Iza, presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, CONAIE, donde casi muere él y su hijo y su familia, fue un autoatentado, que los indígenas se autoatentaron. ¡Eso sí es un insulto a los indios y a la inteligencia!
Los militares no aprenden la lección. Sus amenazas contra Radio La Luna provocaron la inmediata solidaridad de los organismos de Derechos Humanos, de la Asociación Ecuatoriana de Radiodifusión y decenas de organizaciones de la sociedad civil. Paco convocó a una vigilia por la Democracia y medio Quito asistió a ella. Pusieron una tarima frente al local de la emisora, en la Avenida América. Hubo música, discursos, velas y oraciones. Y de repente, José Saramago, que andaba en la ciudad invitado por la Alcaldía para otros actos, se apersonó en la vigilia para solidarizarse con esta Luna que tiene los pies en la tierra.
—¿Qué puede pasar? —decía Paco por el micrófono—. ¿Qué me lleven a juicio, que me metan seis años de cárcel? Amigos y amigas, les digo con franqueza y sin aspavientos que para mí sería un honor que el hombre más desprestigiado de este país enjuicie a Radio La Luna y a mi persona. Porque tendría que ser una acusación personal de él contra mí. ¿Enjuiciado por decirle a Lucio Gutiérrez traidor, mentiroso, incompetente, incapaz del cargo de Presidente de la República? Sería un honor.
Así habla Paco Velasco. Y se atiene a las consecuencias. Porque los uniformados —demasiado lo sabemos desde las dictaduras de los años setenta— suelen aventajar al mismísimo diablo, si este personaje existe, en crueldades y barbarie.
Policías, capitanes, coroneles y generales. ¿Quiénes son estos señores más que asalariados de ciudadanos como el mismo Paco Velasco y Luis Ramiro Pozo, su inseparable compañero de micrófono? Los milicos —empleo conscientemente el término peyorativo porque a ellos se les suele subir la mostaza con rapidez— no tienen otro poder que el delegado por los civiles. Son ellos quienes deben rendirnos cuentas, no al revés.
—Usted habla con menosprecio —estoy escuchando el tono de los discursos oficiales —de nuestras gloriosas Fuerzas Armadas que han defendido la soberanía de la patria.
¿Cuál soberanía? ¿Qué han sido las guerras entre nuestros países más que carnicerías para beneficio de los banqueros ingleses y norteamericanos? ¿Qué fue la guerra de la Triple Alianza más que un genocidio contra Paraguay financiado por la Baring Brothers? ¿Quién se quedó con la enorme riqueza salitrera después de la guerra del Pacífico? En el Chaco, los soldados paraguayos y bolivianos murieron sin saber que servían a los intereses de la Standard Oil y la Shell, disputándose el petróleo de aquella región. ¿Y las guerras sucias, los golpes de estado, las dictaduras, la represión, el Plan Cóndor y tantas atrocidades, auspiciadas por Estados Unidos, a las que se prestaron —ordenando u obedeciendo— nuestros uniformados?
Las guerras son un gran negocio para los países ricos, que fabrican y venden armas, que hacen préstamos para reconstruir lo que previamente destruyeron. Son, sobre todo, una sangría para el presupuesto de nuestros países empobrecidos. Ojalá todos siguieran el ejemplo de Costa Rica, un país sin ejército desde 1948, que transformó sus cuarteles en museos.
Algo está cambiando en este mundo. Porque cuando niños, en las fechas patrias, nos llevaban a los desfiles militares. Y nuestros padres nos alzaban en hombros para admirar el paso de los ejércitos y emocionarnos con el rechinar de los tanques y el zumbido de los aviones de guerra. Aplaudíamos, sin conciencia, la muerte. Saludábamos las herramientas que sirven para hacer volar en pedazos a otras personas y destruir la Naturaleza.
Pero en las históricas manifestaciones pacifistas del 15-F, miles y miles de chicos y chicas gritaban contra la invasión de Irak y vitoreaban a quienes se oponían a esta ignominia. Sus ídolos ya no son los que visten uniforme militar, sino los que rechazan el uniforme y se declaran objetores de conciencia.
Los nuevos héroes son los jóvenes italianos que se acostaron sobre los rieles de los trenes cargados de uranio empobrecido para arrasar a las poblaciones iraquíes. Las nuevas heroínas son las escudos humanos que llegaron a Bagdad desde cien países para intentar detener una guerra con olor a petróleo. Los de Chiapas y Seattle, las de Génova, los de Cancún y quienes escucharon el llamado de Porto Alegre de que otro mundo es posible.

PODER RELIGIOSO
Hasta que topamos con la iglesia. Con las iglesias, porque cada una de ellas suele reclamar la exclusiva de Dios y considera sus mandamientos y credos como superiores, por no decir infalibles.
Fue muy simpática una caricatura aparecida en un semanario nicaragüense donde se veían divinidades de todos los colores y atuendos celebrando el Congreso Anual de Dioses Únicos y Verdaderos.85
Que cada persona sea creyente, atea o agnóstica. Está en su derecho. Que cada cual se asocie en la comunidad religiosa que responda mejor a sus necesidades espirituales o no se asocie en ninguna. Es una decisión de su conciencia. Pero que nadie quiera imponer su fe a otra persona. Y menos, a través de Estados confesionales, casados con una determinada iglesia.
Los Estados modernos son y tienen que ser escrupulosamente laicos. La palabra laico viene del vocablo latino laos, que significa pueblo. Un pueblo que es diverso, plural, y expresa sus creencias de múltiples formas, todas válidas mientras no contradigan los Derechos Humanos. Laico no es lo mismo que ateo. Tan reprochables serían las políticas públicas que favorecen religiones como las que prohíben. En democracia, no se aceptan religiones oficiales ni ateísmos oficiales.
Para Occidente, la pesadilla comenzó en el año 313, cuando el emperador romano Constantino, viendo que el imperio se le desmoronaba, decidió aliarse con la religión emergente, el cristianismo. Constantino confesó su fe y declaró a la Iglesia Católica como religión de Estado. Su "conversión" no le impidió masacrar poblaciones enteras, arrojar a sus enemigos a las fieras del circo, degollar a su hijo y estrangular a su esposa. Este impostor —por decirlo suave— convocó el vergonzoso Concilio de Nicea donde se sentaron las bases del contubernio entre la Iglesia y el Imperio.86 Esta mezcla de poderes terrenales y espirituales es responsable de mil desafueros cometidos desde hace unos cuantos siglos en este Occidente tan civilizado y cristiano.
Una ciudadanía consciente rechazará cualquier intromisión de cualquier iglesia en la esfera pública. En el terreno privado, que cada cual obedezca las normas morales que le parezcan. Ése es su problema y su libre decisión. Pero en la esfera pública, el poder está indisolublemente en manos populares. Y lo que la Gente ha unido, que la iglesia no lo separe.
—Para la salud de las mujeres es urgente que el Estado sea laico —dice la ginecóloga Ana María Pizarro.87
Y tiene demasiada razón. Porque la peor intromisión se da en el terreno de los derechos sexuales y reproductivos. Bloquear el divorcio civil. Impedir la educación sexual. Prohibir el uso de condones y píldoras del día siguiente. Culpabilizar el placer. Pontificar sobre lo que se puede o no se puede hacer en la vida íntima. Resulta insólito que un grupo de varones que —supuestamente— no ejercen su sexualidad, dictamine cómo las mujeres deben ejercer la suya. Con buen humor, decía una muchacha perspicaz: si los curas se embarazasen, el aborto sería un sacramento.
El colmo de la intromisión se da con este obsesivo tema del aborto88 y todo el operativo desplegado por los sectores más conservadores del cristianismo. En 1999, el presidente de Argentina, Carlos Menem, fue condecorado con la Orden de San Gregorio, un reconocimiento que da el Vaticano a quienes militan contra del aborto. Menem, siguiendo la directriz papal, declaró el 25 de marzo como Día del No Nacido. Otro delincuente, Arnoldo Alemán, hizo lo mismo en Nicaragua. ¿No sería mejor que se preocuparan de los que ya han nacido, de los cuarenta mil niños y niñas que cada día —no el 25 de marzo, sino todos los días del año— mueren de hambre y de enfermedades que serían curables con el dinero malversado por estos y otros fariseos?
Más que andar hurgando en la vida ajena, las iglesias harían bien en limpiar su propia casa. Tomemos los recientes escándalos de pedofilia de algunos sacerdotes católicos.89 Sólo en Estados Unidos, más de cinco mil clérigos han sido acusados de abusar, en algunos casos durante años, de niños y niñas puestos a su cuidado. Centenares de denuncias similares se acumulan en otros países europeos y latinoamericanos. ¿Cuál ha sido la reacción del Vaticano ante estos hechos condenables? Ocultarlos. Cuando el escándalo estalla, trasladar al pederasta de parroquia en parroquia. El cardenal de Boston Bernard Law pagó millones de dólares para acallar a las víctimas de cientos de delitos sexuales cometidos por su clero. Al final, presentó su dimisión porque estaba siendo requerido judicialmente por el mismo cargo.
En los tribunales y en las emisoras ciudadanas no caben excepciones. Los Derechos Humanos no se detienen en el ruedo de la sotana ni en el umbral de los conventos. Si el delito lo cometió un pastor venerable o la abadesa del convento, da igual. La isonomía —igualdad de todos y todas ante la ley— no es el nombre de un nuevo pecado, sino la base indiscutible de cualquier sistema político y de la cultura democrática.
Y ya que nuestro contexto cultural es cristiano, digamos que Jesús de Nazaret tuvo una mentalidad igualitaria y ciudadana. No se dejen llamar maestros porque uno solo es su Maestro y todos ustedes son hermanos. Tampoco llamen a nadie padre en la tierra porque uno solo es el Padre de ustedes, el del cielo.90
Y en el momento más dramático de su vida, en vísperas de ser asesinado en Jerusalén, dijo: Los reyes de las naciones gobiernan como señores absolutos. Que no sea así entre ustedes. Que el mayor sea como el menor y el que manda como el que sirve. Y se puso a lavarles los pies como un sirviente más.91
Sus primeros seguidores aprendieron de él. Cuando el centurión Cornelio se arrodilló delante de Pedro, éste se lo impidió: Levántate, que yo también soy un hombre.92 Esta actitud de humildad debería cuestionar la ostentación y la parafernalia aristocrática que rodea a quienes dicen ser representantes del profeta de Galilea.

ABUSOS DE PODER
La escena ocurre en un banco. Llega un chico joven y se acerca al vigilante que está junto a los ascensores.
—Disculpe, el otro vigilante me dijo que aquí había planillas. ¿Podría indicarme dónde?
—¿Vigilantes? —gruñe el interpelado—. Aquí no hay vigilantes. Somos personal de seguridad.
Una mala cara y el habitual silencio de estos micro-tiranos que han hecho de una antesala, un garaje o hasta de un pasillo su reino personal.93
Dale poder a un hombre y lo conocerás, como dice el proverbio. Y en verdad, no hace falta dar mucho. Basta una gorra, una corbata, una placa, para envalentonar a quien la exhibe.
Si además del distintivo tiene un uniforme, si además del uniforme tiene una pistola, el susodicho comienza a marearse de poder. Cuando venga el jefe, lo saludará con aires marciales y hasta bajará los ojos. Pero si un vendecaramelos le pregunta dónde queda una calle, lo mirará sin verlo:
—¡Circule, circule!
Cuando venga una chica joven y agraciada, nuestro vigilante se alisará el pelo y con melosería le susurrará:
—¿Le ayudo a llenar la planilla, mamita?
Ya tenemos el cóctel perfecto, esa mezcla de servilismo hacia quienes considera superiores, discriminación hacia quienes considera inferiores, y el infaltable toque de machismo.
El virus del poder es unisex, se infiltra igual en unos que en otras. Ataca en todas las edades, desde el niño engreído hasta la viejita petulante. Y tiene la misma dinámica que el soroche andino, ese mal de altura que nos atonta cuando subimos mucho trecho en poco tiempo. Si el poder nos llega de golpe, la enajenación se agudiza, la vista se nubla y los oídos se cierran.
El poder corrompe —decía Nietzsche— y el poder absoluto corrompe absolutamente. Esto vale para todos los poderes, desde el económico hasta el religioso. La que antes vendía papas en el mercado ahora mira sobre el hombro a la provinciana que le limpia la casa. El capitán grita al sargento y el sargento escupe al recluta. El toro no se acuerda de cuando era ternero ni el obispo de cuando era monaguillo. Y así, mientras más se sube en la escalera del poder, más se pudren los pasos. Hasta la podredumbre completa.
El sentimiento de poder es muy útil, indispensable para enfrentarse a la vida, para elevar la autoestima. El nuevo verbo empoderarse, tan cargado de sentido, expresa perfectamente ese proceso —no distinto al de la ciudadanización— de volverse señor de uno mismo, señora de sí. Pero con demasiada frecuencia pasamos del empoderamiento a la prepotencia.
Ahora bien, el abuso de poder, como los hongos, crece y se desarrolla a la sombra, prospera en la oscuridad. Su mejor cómplice es el silencio. Que nadie se entere para que nadie proteste. Como dice la Veeduría Ciudadana de la Comunicación Social de Perú, el poder autoritario se ha nutrido siempre del secreto como característica central de su manera de gobernar. Éste le ha permitido concentrar poder, organizar complots e implementar sistemas de corrupción. 94
Por eso, no hay mejor antídoto contra las mordeduras de los corruptos y corruptas que la luz pública, la voz pública. Los medios de comunicación social son espacios privilegiados para controlar los abusos de poder. De todos los poderes.
La vida cotidiana de nuestra audiencia —y la nuestra también— se desenvuelve entre las discriminaciones antes vistas y los abusos de poder ahora mencionados. El ejercicio del periodismo de intermediación ayudará a solucionar los conflictos derivados de ambas tendencias. Hará que nuestra radio empodere al débil y debilite al poderoso. A los poderosos, como fue el caso de Chontalí.

EL HILO DEL OVILLO
Chontalí es un distrito de la provincia de Jaén, ceja de selva en el norte peruano, donde transmite la popular Radio Marañón. Un corresponsal de la emisora informó de un tornado que había hecho volar los techos de cincuenta viviendas.
Al día siguiente, el equipo de la emisora fue con la unidad móvil para cubrir el desastre.
—¿Y ya avisaron a Defensa Civil?
—Sí —dijeron los vecinos—. Nos han prometido calaminas pero hasta ahora no las vemos. Y ahí están las familias, sin techo y sin medicinas.
Los de la radio empezaron a tirar del hilito. Comenzaron por el puesto de salud para conocer la situación de los damnificados. Eran las tres de la tarde pero el puesto estaba cerrado.
—Eso nunca lo abren —dijeron otros vecinos.
—¿Y se puede saber por qué?
—Porque al doctorcito no le da la gana. La atención es mala y el trato es peor.
Estaban grabando la denuncia contra el médico, cuando aparecen por la esquina unos muchachos malogrados por la droga.
—Vea a ésos —dice una señora—. Esa pandilla es la responsable del desorden de este pueblo.
—¿Y el alcalde qué hace?
—¿El alcalde? —se sonreía con malicia la señora—. ¡Si fue él quien autorizó todos esos bares que usted ve!... Ahí venden licor a menores. Ahí se arman una trifulcas todas las noches que nadie puede dormir.
—Vayamos a la municipalidad ahora mismo.
—No pierdan su tiempo. La van a encontrar cerrada. El alcalde no para aquí.
—¿Y quién gobierna este distrito, entonces?
— Chontalí es tierra de nadie —ahora tomó el micrófono un agricultor con sombrero y machete al cinto—. El alcalde tiene un grupo de matones. Si alguien protesta, lo apanan. Con decirle, señor periodista, que él mismo va con un guardaespaldas conocido como Tyson, ya imagina usted por qué.
Los de la radio decidieron ir donde el presidente de las rondas campesinas. Al menos, él sabría explicar este vacío de autoridad. Estaban caminando hacia su casa, cuando se les cruzan varios caballos cargados de madera.
—Eso es romerillo —dice Pedro Delgado, el locutor que madruga para despertar a los campesinos—. Esa madera está prohibida de cortar y de vender.
—¿Y de dónde viene esta carga?
—De la casa del presidente de las rondas —dice una vecina—. Ése es su negocio de él.
La casa del jefe rondero, en efecto, estaba repleta de troncos de romerillo.
—Supuestamente, usted debería proteger el medio ambiente.
—Lo que pasa es que...
—Espérese, para grabarle su excusa.
No habían salido de la casa del presidente de las rondas campesinas cuando varias señoras les hicieron señas.
—¿Ustedes son los de Radio Marañón?
—Sí. ¿Hay más hilo en el ovillo?
Las señoras, por prudencia, metían a los radialistas a sus casas y ahí les contaban más y más irregularidades. La visita por las calaminas se había convertido en una novela de suspense.
—¿Saben qué pasó ahora en Navidad? —la vecina hablaba a media voz—. Mientras el médico estuvo fuera, las enfermeras tomaron el dinero destinado a las medicinas para comprar panetones. ¡Gastaron 850 soles en panetones!
Regresaron a la radio. Y comenzaron ese mismo día a sacar al aire las entrevistas y las denuncias contra el médico, el alcalde, el jefe rondero, las enfermeras... En Chontalí se armó un revuelo mayor que el tornado que levantó los techos del pueblo.
—Volvamos a ver qué está pasando —dijo Óscar Fajardo, el jefe de programación, un par de semanas después de la primera visita.
La sorpresa fue grande. El puesto de salud estaba abierto y brindando atención. La alcaldía, funcionando. Las calaminas, entregadas a los damnificados. Los de la radio, para no ser parciales, dieron el micrófono al médico, al teniente alcalde, a las enfermeras...
—¿Y nos les habrá sobrado un poco de panetón para los enfermos?
Hasta el jefe de los ronderos, el que comerciaba con el romerillo, promovió un encuentro en el distrito para el control en la tala de bosques.
—Es decir, para controlarlo a usted, presidente.
Todo y todos en orden. Menos la policía. Resulta que había habido varios robos en las carreteras, así que los de la radio fueron a indagar en la comisaría.
—Tienen razón, pero yo no puedo hacer casi nada —explicaba el oficial—. No tengo carro patrullero. ¿Persigo en acémila a los ladrones?
Y sucedió que cuando la unidad móvil de la radio iba de regreso, en la misma entrada de Jaén se cruza con un carro patrullero junto a un grifo de gasolina. Dos policías, en horas de trabajo, bebiendo cervezas y en la gran farra.
—Esto hay que denunciarlo ahora mismo —dijo Roxana Robles, la del programa En Familia.
—Para que no vean la antena de la móvil, compremos una tarjeta de teléfono y llamamos a la radio.
Va Roxana a la tienda de enfrente a comprar la tarjeta y se topa nada menos que con el comandante de la policía de carreteras. Ahí estaba como un gran pachá, rodeado de odaliscas, bajándose una cerveza tras otra, el rey del puterío.
—Aquí tiene su tarjeta —dice la dueña—. Si quiere usar este teléfono...
—No, mi señora, muchas gracias. Con permiso...
Roxana salió y la única cabina telefónica estaba a tres metros del carro patrullero donde los otros oficiales seguían la parranda.
—Dame pase que tengo una bomba —dijo Roxana en voz bajita para que no lo escucharan los policías a sus espaldas.
—¡Adelante, unidad móvil, desde la entrada de Jaén!
El asunto es que tanto en la tienda donde acicalaban al comandante, como en un local de la otra esquina donde venden carne seca, tenían sintonizada Radio Marañón a buen volumen.
—Amigos y amigas, mientras en Chontalí el suboficial Cornejo pide a gritos una movilidad para erradicar la delincuencia, en Jaén nos damos el lujo de tener policías juergueros. El carro patrullero placa 2196 está bien cuadrado junto al grifo Vanesa. Estamos viendo a los uniformados, con armas y en horas de servicio, bebiendo cervezas. Y para colmo, el comandante de carreteras Olmos-Corral Quemado se encuentra en el bar de enfrente en una farra todavía mayor.
Cuando los tombos —léase policías— se dieron cuenta que era de ellos que se hablaba, escondieron botellas y vasos, las chicas atravesaron la avenida, blusas abiertas, corre para aquí, para allá... Los de la radio también arrancaron su camioneta. Como Roxana es chatita, la alzaron en hombros, la metieron en la parte de atrás, y salieron zumbando.
¿Volverán a empinar el codo estos policías? Al menos, no en la esquina del grifo Vanesa.

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