Guión: Stanley Kubrick, Caldero Willingham y Jim Thompson, a partir de la novela homónima de Humphrey Cobb






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La decisión de la guerra
Al mismo tiempo, la revolución rusa significó la victoria de Alemania en el frente oriental. Desmoralizados, los rusos se defendían cada vez con menos eficacia, y los austrogermanos ocuparon territorios inmensos en el espacio báltico, Rusia Blanca y Ucrania. Lenin una vez en el poder, comprendió que era preciso firmar la paz para consolidar el sistema soviético. Fue la paz de Brest-Litowsk, signada en el otoño de 1917. Rusia perdía Finlandia, los tres estados bálticos, Polonia y de momento Ucrania; pero quedaba por lo demás con las manos libres.

Los germanos se vieron con las manos libres también en el Oeste. Fue una auténtica y desesperada carrera contra el tiempo, porque necesitaban aplastar a los francobritánicos antes de que la ayuda norteamericana fuera decisiva. Ludendorf calculó fríamente las posibilidades: si hasta junio de 1918 inclusive, los alemanes conseguían decidir la batalla, suya sería la victoria. De lo contrario, vencerían los aliados.

Los alemanes atacaron con todas sus fuerzas. Contaban con nuevas armas, entre ellas el monstruoso cañón Bertha, capaz de alcanzar con sus proyectiles un centenar de kilómetros. Derrotaron a los británicos en el sector de Yprés, hasta llegar cerca de Amiens, donde fueron detenidos. Desplazaron su acción a otras zonas, obteniendo continuas victorias, ninguna de ellas decisiva. En mayo, a 60 kilómetros de París, emplazaron sus Berthas y comenzaron a bombardear la capital francesa, donde empezó la evacuación de la población civil. Entretanto, los americanos mantenían un espléndido ritmo de 250.000 hombres desembarcados en Europa.

En junio de 1918, la situación quedó igualada, y en julio el mariscal Foch, que contaba con una considerable superioridad numérica, se lanzó a la contraofensiva. Los alemanes retrocedieron ordenadamente, pero ya no fueron capaces de sostener sus líneas. Alemania había perdido la guerra, y lo sabía. La moral se hundió en la retaguardia, y lo mismo ocurrió en Austria —que había dado escasas muestras de su capacidad militar— y en Turquía, que perdía rápidamente territorios en Oriente Medio. La guerra estaba técnicamente decidida. En el otoño de 1918 el kaiser huyó a Holanda y se proclamó un gobierno provisional. Alemania trató de obtener una paz honrosa, pero estallaron revoluciones de carácter espartaquista, y, lo mismo que en Rusia, se sublevaron los soldados de marina, enarbolando la bandera roja. Se dio el caso, extraño en la historia, de que una potencia que ocupaba aún territorios en varios países enemigos, perdía una guerra. Alemania se rindió incondicionalmente en noviembre de 1918.

La primera guerra mundial fue la mayor catástrofe bélica que recordaba la historia. Participaron en ella cerca de cuarenta naciones, incluyendo a todas las grandes potencias. Setenta millones de hombres fueron movilizados, de los cuales murieron once, y veinte resultaron heridos. Ocho naciones fueron invadidas. Millares de poblaciones quedaron destruidas y doce millones de toneladas de buques se fueron al fondo de los mares. Volvió al fin la paz al mundo, pero la belle époque del amable progreso y la seguridad del hombre occidental en sí mismo y en sus propios destinos había terminado para siempre.

EL PERIODO DE ENTREGUERRAS (1918-1939)
La paz de 1918 suscitó explosiones de júbilo en los países vencedores —un total de 35—, esperanzas en los neutrales (uno de los más importantes, España), y cuando menos alivio en los vencidos. Sin embargo, la alegría duró poco. En lo económico pronto se hizo patente lo que Keynes llamaría «los desastres de la paz»: en este aspecto todos resultaron vencidos, excepto los Estados Unidos, que no habían sufrido daños en su territorio, y habían vendido bienes o prestado sumas ingentes al resto del mundo: fue un hecho que revalorizó el papel de los norteamericanos en el conjunto planetario, aunque no tanto como en la segunda posguerra mundial. Por lo demás, en muchos países, y singularmente en Europa, había que reconstruir lo destruido, que reconvertir de nuevo la industria, que pagar deudas enormes, y que encontrar empleo para treinta y cinco millones de hombres desmovilizados. Otros muchos problemas se plantearían enseguida. Por de pronto se vio que la vuelta a la paz no era la vuelta a lo de antes. Otros tiempos se abrían al paso de la historia, y ya no era posible el retorno a la «belle époque» y a la era de las confianzas ilimitadas.

Tres hechos definen principalmente el periodo de entreguerras. El primero, la inestabilidad, la crispación, la imposibilidad de una reconciliación completa. Los golpes que las grandes potencias se habían asestado recíprocamente resultaban difíciles de olvidar, y las paces de 1919-1921, paces dictadas por los vencedores a los vencidos, que no negociadas, nada hicieron por garantizar un clima de reconciliación. Tampoco la creación del primer órgano mundial de la historia, la Sociedad de Naciones, aseguró, a pesar de sus buenos oficios e intenciones, la paz y la estabilidad del planeta. El grado de desconfianzas —y en su caso el de los revanchismos— llegó a tal punto, que muy pronto comenzó a hablarse de la posibilidad de una segunda guerra mundial. Roto el clima de respeto mutuo «entre caballeros» propio de la generación anterior, ya todo era posible.

El segundo hecho fue la conversión de Rusia y algunos países adyacentes en Unión Soviética. Por primera vez en la historia un gran país estaba gobernado por un régimen comunista —en sentido estricto, «marxista-leninista»—, y el hecho tuvo una repercusión universal, más que por las posibilidades de la gran potencia rusa, por la aspiración de los soviets a la expansión ecuménica de la vigencia de sus doctrinas. Realmente, la «vocación» de la Unión Soviética unía de forma curiosa el viejo «destino manifiesto» de la Rusia imperial a un prurito no ruso, sino «soviético», de unión de todos los países bajo la misma causa de redención del proletariado en una inmensa «república de trabajadores y campesinos». Este segundo prurito, aunque desechado oficialmente con la caída en desgracia de Trotski, no dejó en realidad de estar latente en todo momento. Desde entonces, el resto del mundo hubo de contar con la posibilidad de una expansión del sistema comunista a estilo soviético, ya por efecto de una guerra, ya mediante sucesivas revoluciones en distintos ámbitos. Los grandes imperios autocráticos o autoritarios habían caído con la guerra mundial; pero una nueva y más radical forma de imposición de un poder incontestable —con su consiguiente reforma de las estructuras políticas, sociales y económicas vigentes en los países libres— venía a sembrar desconfianza y recelo en muchas naciones de Occidente y aun de otras partes.

Y en tercer lugar, se aprecia muy claramente, aunque no siempre con características homogéneas ni fáciles de definir, un nuevo ambiente de incertidumbre, de crisis en las conciencias, de falta de algo seguro infalible en que apoyarse... Esta crisis, ya lo hemos visto, comenzó a operarse antes de la guerra, con el cambio de siglo; pero la guerra la confirmó, la endureció y le confirió un amplísimo alcance social. Lo que en otro tiempo había sido una corriente intelectual y minoritaria, no desprovista de rasgos «snobs», se generaliza ahora como una actitud vital. Se potencian las actitudes rupturistas en el arte, la literatura, la música, las modas y las actitudes, se quiebran para siempre viejas convenciones que parecían respetables. Y esta ruptura con los vínculos del pasado, aunque muchas veces se presenta como progresista, tiene poco de prometedora. La conciencia de la decadencia se hace patente en Europa, la principal responsable y al mismo tiempo principal víctima de la catástrofe, y también en este caso el decadentismo deja de ser una actitud puramente estética. Cuando, en plena posguerra, Oswald Spengler publica La Decadencia de Occidente, millones de lectores estaban preparados mentalmente para quedar convencidos por sus tesis.

Otros muchos rasgos, algunos positivos, tiene el mundo de entreguerras. Uno es la por lo menos momentánea tendencia a la democracia en Europa central; Alemania se dio una Constitución democrática en 1919; Austria y Checoslovaquia en 1920; Polonia y Yugoslavia en 1921, y Rumania en 1923. Esta tendencia quedaría en gran parte contrapesada por el triunfo de la dictadura bolchevique en la Unión Soviética, y más tarde por la tendencia a los gobiernos autoritarios o totalitarios, especialmente después de la Gran Depresión. Un hecho notable es el ingreso de la mujer en la vida pública. La necesidad de reemplazar a los varones movilizados en muchas tareas y cometidos favoreció una política de reconocimiento hacia la mujer en los años de la guerra, y hacia sus derechos en la posguerra; también pudo influir en ello un cambio de las mentalidades. El hecho más visible, pero no el único, de este cambio fue la implantación del sufragio femenino en Gran Bretaña y países escandinavos (1918), Alemania, Holanda (1919), Estados Unidos (1920), Checoslovaquia, Polonia (1921) y hasta Japón (1925). En otros aspectos se echa de ver también una mayor consideración de la mujer en la vida social y profesional.

No sólo las monarquías autoritarias o semiautoritarias, sino la posición de la nobleza y de la «aristocracia» decaen a partir de la guerra. Los apellidos de prosapia fueron con frecuencia menos valorados que los de los magnates de los negocios, y en muchos de los nuevos países —o de los países vencidos— los viejos aristócratas perdieron no solo su preponderante papel en la vida pública, sino una gran parte de sus propiedades. En Rusia, por supuesto, lo perdieron todo, incluso la vida. Todo ello no pudo menos que provocar no ya una transformación en la estructuras de la sociedad, sino de las convenciones y de las consideraciones sociales. Un ambiente menos respetuoso con lo tradicional, más desenfadado, iba a predominar en el mundo de entreguerras.

Un último hecho merece quizás ser destacado. La propia contienda contribuyó a hacer el mundo todavía más pequeño. Las potencias usaron e instruyeron tropas coloniales, las guarniciones y las flotas viajaron por todo el mundo, los adelantos científicos, técnicos y sanitarios trascendieron, a veces por necesidad, a muy distantes países. Comenzaba a despertar lo que luego se llamó el «tercer mundo». La India alcanzó un notable desarrollo y contaba ya con excelentes ingenieros, técnicos y administradores; unificada por la propia maquinaria británica, adquirió una conciencia cada vez más clara de su identidad y de su capacidad para erigirse en una gran nación soberana. China no necesitaba esa conciencia, que ya poseía; pero desde los tiempos de Sun Yat-sen, como en su momento veremos, experimenta un movimiento de modernización y cohesión internos que la convierten en otra gran potencia virtual. En América, no sólo los Estados Unidos se colocan a la cabeza de la economía planetaria, y Nueva York desbanca a Londres como «banquero del mundo», sino que muchos países iberoamericanos, especialmente —pero no sólo— los del cono sur, viven una etapa de expansión, caracterizada tanto por la fuerte emigración europea como por un incremento inusitado de su tasa de exportaciones. Y aunque África no vivirá su movimiento de emancipación hasta la segunda posguerra mundial, muestra a partir de la primera sus inequívocos deseos de hablar ante el mundo por cuenta propia.

LA ORGANIZACIÓN DE LA PAZ
Después de una guerra mundial, era preciso asegurar un nuevo orden mundial. La tarea no resultó fácil, y no por la resistencia de los vencidos a ese nuevo orden, que les fue impuesto sin contestación posible, sino por las enormes transformaciones que se habían operado en el mundo, y por la propia división de los vencedores.

Las negociaciones para concluir los tratados de paz, que tuvieron lugar en viejos palacios del entorno de París, fueron laboriosas, y tardaron en concluirse casi cuatro años (1919- 1923), tantos como había durado la guerra. Así, las conocidas paces de Versalles, Neully, Trianon y Sévres no fueron más que distintos capítulos de una laboriosa «paz de París». Se quiso erigir, además, un primer organismo de ámbito universal, la Sociedad de Naciones, con la pretensión de garantizar el mundo del futuro y su necesaria estabilidad.

Más de cuarenta estados soberanos participaron en las paces de París, de ellos cuatro —Alemania, Austria, Bulgaria y Turquía— sin voz ni voto. Tampoco la mayor parte de los vencedores tuvieron una intervención decisiva. La voz cantante la llevaba el «Comité de los Diez», que no representaba a diez países, sino a cinco, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia y Japón. Como los demás condicionaron a Japón a conformarse con las colonias alemanas en el Pacifico, el protagonismo de las paces de París lo ejercieron casi en exclusiva los «Cuatro Grandes», Wilson, Lloyd George, Clemenceau y Orlando. Rusia, vencida de antemano por Alemania, y sumida en plena revolución, no tomó parte en las negociaciones. Eso sí, la exclusión de Rusia permitió dar a la paz un sentido que antes no hubiera podido tener: era el triunfo de la democracia sobre la autocracia. Y el nuevo orden se implementó sobre bases democráticas. Pero, es preciso advertirlo, en su construcción no hubo una verdadera democracia, puesto que la paz se hizo a gusto de muy pocos más que los « cuatro grandes».

Los catorce puntos de Wilson
El presidente norteamericano quiso erigirse de nuevo en árbitro de la paz, esta vez de una paz victoriosa. Era el símbolo de unos Estados Unidos que parecían decididos a salir de su secular aislacionismo, y tomar en la dirección del mundo un papel al que ya le hacían acreedores su potencial demográfico, económico y militar. A este fin, desembarcó en Europa y se convirtió en figura preponderante de las paces de París. Wilson era un intelectual, y vino rodeado de un equipo de técnicos. Pretendió plantear la paz de acuerdo con una filosofía que muchos calificaron de idealista; aunque no falta quien vea en el fondo de aquella filosofía un intento de debilitar a Europa y afianzar la hegemonía norteamericana. Wilson llegó con un programa de catorce puntos, en el cual los fundamentales eran el «principio de las nacionalidades» y el proyecto de crear un organismo de carácter mundial, que acabaría siendo la Sociedad de Naciones.

El «principio de las nacionalidades» afectó profundamente a las conversaciones de paz, pues se trataba de organizar el nuevo mapa de Europa de acuerdo con las divisiones naturales que en cada ámbito establecieran la raza, la lengua, la religión y la cultura de sus habitantes; amén, por supuesto, de la manifestada voluntad de éstos a través del sagrado «principio de autodeterminación de los pueblos», una expresión que viene sonando desde entonces. Wilson, que venía de un país de contextura mucho más simple, no supo comprender tal vez la complejidad de Europa y sus problemas. No podía trocear el mapa de acuerdo con «principios científicos» ni con «líneas de demarcación claramente manifiestas», porque si algo ocurría era que estas líneas parecían sumamente confusas. Las razas no se correspondían con las lenguas, ni éstas con las religiones. La propiedad de la tierra podía corresponder a nacionales de un país distinto que sus trabajadores. Los campesinos podían sentirse de una nación diferente que los habitantes de las ciudades enclavadas en el mismo territorio. En muchas comarcas un referéndum hubiera producido un empate, y no sólo entre dos, sino a veces tres nacionalidades distintas. Era prácticamente imposible poner de acuerdo a la geografía con la historia y a cualquiera de ellas con la «voluntad manifiesta» —a veces no tan manifiesta— de los naturales.
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