Guión: Stanley Kubrick, Caldero Willingham y Jim Thompson, a partir de la novela homónima de Humphrey Cobb






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títuloGuión: Stanley Kubrick, Caldero Willingham y Jim Thompson, a partir de la novela homónima de Humphrey Cobb
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fecha de publicación21.06.2016
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parte de una corriente paneslavista que, fomentada a su vez por Rusia, existía desde mucho tiempo antes.

La noticia del atentado causó sensación en Europa, pero casi nadie pensó en una guerra, ni siquiera en una más de las menudas y molestas guerras balcánicas. A los pocos días, la prensa francesa daba más importancia al proceso de madame Cailloux, los británicos al problema de Irlanda o a las regatas de Plymouth, y el kaiser de Alemania, Guillermo II, emprendió un distendido crucero por el mar del Norte. Por otra parte, la mayoría de los cancilleres europeos eran pacifistas, más incluso que los de años antes.

Después de varias semanas de casi total tranquilidad, los hechos se precipitaron dramáticamente. Tras de activas indagaciones de su servicio de inteligencia, Austria llegó a la certeza moral —pero sin pruebas documentales— de que el magnicidio de Sarajevo había sido preparado en Serbia, y, lo que era peor, el resto del mundo se lo imaginaba también. El canciller austríaco, Berchtold, llegó a la conclusión de que era necesario castigar a Belgrado si el imperio quería mantener su prestigio en el espacio danubiano. Es cierto que Rusia apoyaba a Serbia, pero Alemania podía disuadir a Rusia de intervenir. Berchtold, negoció con el canciller alemán Bettmann-Hollveg para conseguir que Alemania, en caso de tensión, convenciera a Rusia de que se mantuviera al margen. Bettman Hollweg era el más pacifista de los diplomáticos europeos, pero accedió a esos buenos oficios, porque Alemania no podía permitirse el lujo de perder el único aliado seguro que le quedaba. Asistidos por esta seguridad, y en la convicción de que iba a tratarse de una campaña breve y limitada, el 28 de julio —un mes después del atentado— los austriacos entraron en Serbia, y en un plazo de horas conquistaron Belgrado, aunque los serbios continuaron defendiendo el resto del territorio con más tenacidad de la esperada. Rusia consideró que no podía permitir la alteración de la situación en los Balcanes sin sufrir un golpe moral, y para presionar —se suponía que sólo diplomáticamente— a las potencias germanas, ordenó una movilización general, tanto en la frontera austriaca como en la alemana. El kaiser envió un telegrama entre amistoso y patético a Nicolás II, pidiendo un entendimiento, y el zar, pacifista como casi todos, estaba dispuesto a negociar antes de movilizar; pero el mando ruso, que no podía anular una orden que ponía en movimiento a millones de hombres, y que podía dejar por los suelos su decisión y su prestigio, cortó las comunicaciones telefónicas con San Petersburgo y siguió adelante. Guillermo II se sintió desairado y Alemania amenazada; de suerte que ordenó a su vez la movilización general; pero no sólo contra los rusos, sino contra los franceses. En efecto, el famoso Plan Schlieffen, previsto para el caso de un conflicto, contemplaba la defensiva en un hipotético frente oriental y la ofensiva en el occidental. Y los alemanes eran extraordinarios planificadores, pero malos improvisadores.

La cancillería de Berlín consultó a Francia cuál sería su actitud ante un conflicto germanorruso. La respuesta de París fue «Francia obrará de acuerdo con sus intereses». Francia tampoco deseaba la guerra, pero de manera alguna estaba dispuesta a dar su brazo a torcer ante los alemanes. Y estos aceleraron su movilización de tropas ante la frontera francesa, sabiendo que podían hacerlo más rápidamente que los de enfrente. Fracasó un intento británico de mediación. Los alemanes se sentían escarmentados de su inferioridad numérica en una mesa de negociaciones, como ya se había visto en los conflictos de Tánger y Agadir; y estaban seguros de que una conferencia internacional obligaría a Austria a retirarse de Serbia, con la consiguiente humillación de las potencias germanas (o la ruptura de la alianza entre ellas). Preferían la limitación del conflicto en el espacio serbio mediante la amenaza disuasoria de la poderosa maquinaria alemana puesta preventivamente en pie de guerra. La tesis de Bettmann-Hollweg era que si Austria se sentía obligada a ajustar sus cuentas con Serbia, las demás potencias europeas no tenían por qué intervenir en un contencioso tan limitado. Después de unas horas dramáticas y de una serie precipitada de órdenes y contraórdenes, el 2 de agosto, y más por obra de los Estados mayores que de los políticos, las tropas rusas entraron en Alemania, y poco después las alemanas en Francia. Hoy no se sabe quién efectuó el primer disparo, aunque la cosa no tuvo más remedio que empezar con disparos de unos contestados por otros. La versión alemana sobre una invasión rusa previa a toda declaración de guerra, aunque probable, fue desoída después del conflicto, y hoy apenas es tenida en cuenta. Más todavía, y en este punto la culpabilidad alemana no ofrece dudas: el «plan Schlieffen» preveía la invasión de Bélgica para envolver al ejército francés, y así lo hicieron las tropas de von Moltke al mismo tiempo que entraban en Francia. El 3 de agosto, Gran Bretaña declaraba la guerra a Alemania con el pretexto de la invasión de un débil país neutral, y el acercamiento de las tropas del Reich a una zona vital para Inglaterra.

En virtud de un fenómeno parecido al llamado «efecto dominó», una serie de hechos, en principio poco más que anecdóticos, y luego una serie de medidas que se consideraban puramente disuasorias, fueron encadenándose hasta producir una conflagración en la que intervenían con millones de hombres las cinco mayores potencias de Europa, además de las pequeñas Serbia y Bélgica. Es difícil disculpar a la mayoría de ellas, aunque unas podían tener más culpa que otras. Austria creyó imprudentemente que su castigo a Serbia iba a ser un hecho aislado, y Alemania sufrió su ya conocido síndrome de «gato acorralado». Nadie quiso bajar cabeza, y el cálculo de que la amenaza disuasoria de cada potencia hiciese ceder a las demás fracasó estrepitosamente. Hay que unir a ello las decisiones casi unilaterales de los respectivos mandos militares. Todos sabían muy bien que en una guerra moderna lleva ventaja decisiva quien moviliza antes y mejor; y en este caso las prisas locas fueron fatales. La guerra mundial fue ante todo efecto del orgullo. Una vez rotas las hostilidades, el «efecto dominó» seguiría operándose casi hasta el infinito. A los pocos días, Turquía se unía a las Potencias Centrales (Alemania y Austria), y más tarde lo haría Bulgaria: y en un plazo de menos de tres años, veintidós países, incluidos los Estados Unidos, Italia (presunta aliada de los centrales, pero que a la hora de la verdad cambió de bando) y Japón, se unirían a los aliados.

La explicación de la primera guerra mundial, por supuesto, no es tan simple como da a entender este proceso de acontecimientos encadenados y decisiones precipitadas en un momento de locura. Existen también motivos de fondo, como la sacralización de los nacionalismos, el control de los mares y de territorios ultramarinos, los enormes intereses económicos de las grandes potencias que se disputaban los mercados del mundo o la obtención de las materias primas. Pero esta rivalidad de fondo, subsistente con la idea, generalizada también, de que una guerra no sería beneficiosa para nadie, no hubiera estallado por si sola si no hubiese sobrevenido un acontecimiento emocional y «disparador». Cuando este disparador se produjo, un defecto de cálculo condujo a la catástrofe.

La guerra de movimientos
Los estadistas y los militares quedaron desbordados por la rapidez de los acontecimientos; pero, por su parte, una vez se hizo inevitable la hecatombe, se dispusieron a obrar con la misma rapidez. Millones de hombres se pusieron sobre las armas en pocos días, hasta constituir una fuerza de choque como jamás habían visto los siglos. La movilización fue más popular y entusiasta de cuanto hoy pudiéramos imaginar. Aquellos jóvenes, embriagados por el fervor patriótico que sus educadores respectivos les habían inculcado, acudieron jubilosos al combate, seguros de una fácil y espectacular victoria. No todos los mandos suponían tales facilidades, pero sí una guerra rápida. Los inmensos medios, los sistemas de transporte masivo y las armas de repetición de los ejércitos del siglo XX causarían enormes pérdidas, pero decidirían la contienda en pocas semanas. «Vencedores o vencidos, para las Navidades, todos en casa»: eso pensaban tanto los políticos como los Estados Mayores.

En un principio, los hechos parecieron confirmar estas predicciones. De acuerdo con las reglas del pragmatismo militar, unos y otros no atacaron al enemigo que podían considerar más agresor, sino al que consideraban más peligroso. Los rusos, que habían movilizado antes, en vez de castigar a Austria, invadieron Alemania por Prusia Oriental con una celeridad que nadie esperaba de ellos; mientras los alemanes, fieles a sus planes —unos planes que eran buenos solo en teoría— atacaron Francia a través de Bélgica, con el 85 por 100 de sus efectivos, mientras empleaban solo el 15 restante para defenderse de los rusos. Ello supuso en ambos casos un corrimiento del frente de este a oeste. El general Samsonov avanzó en los primeros días casi un centenar de kilómetros, amenazando a toda Prusia. El mariscal von Moltke, obediente ciego al «plan Schlieffen» —lo que le costó muy caro: la entrada en guerra de la Gran Bretaña— invadió Bélgica, que ofreció una inesperada resistencia, sobre todo en las poderosas fortificaciones de Lieja. Sin embargo, la maquinaria bélica alemana, una vez salvado este obstáculo, ganó en quince días la frontera francesa, y arrolló a sus enemigos por el sector menos defendido.

El plan Schliefen consistía en un gigantesco movimiento de conversión, que haría moverse solo al ala derecha, describiendo un arco, como un abanico que se despliega, que acabaría envolviendo en los Vosgos y Alsacia a todo el ejército francés. Pero Moltke tuvo que prescindir de una buena parte de sus divisiones, necesarias para contener a los rusos, y que fueron enviadas precipitadamente el frente oriental; y quedó en inferioridad numérica. Aún así, la excelente calidad de sus tropas y material le permitió avanzar en tromba, aunque realizando el movimiento envolvente con un radio menor del previsto en un principio. Los alemanes marcharon primero hacia el Oeste, luego al suroeste, finalmente al Sur, en un despliegue que fue envolviendo a los franceses. Pero al mismo tiempo el arco del abanico se hacía cada vez mayor, y sin fuerzas suficientes de cobertura para mantenerlo. El mayor error de los alemanes fue quizás dejar a París a un lado del abanico: lo que interesaba a Moltke era el movimiento envolvente y no la conquista inmediata de la capital francesa. Los taxis de París cumplieron por primera vez una misión histórica, y permitieron al generalísimo Gamelin lanzar sus reservas contra el flanco alemán. Se libró así durante muchos días —fines de agosto y comienzos de septiembre—, la dura batalla del Marne, que si bien no consiguió su objeto de expulsar a los alemanes, los fijó sobre el terreno. (La batalla del Marne fue, como símbolo de la guerra moderna, la primera de la historia que duró semanas, y no horas o pocos días, como había venido ocurriendo desde los tiempos antiguos.) Los intentos de uno y otro bando por romper el frente a partir de entonces resultaron estériles, y los soldados cavaban trincheras para sentirse a seguro. Así, a la espectacular guerra de movimientos siguió la tediosa guerra de posiciones.

La historia en el frente oriental fue aproximadamente la misma. El avance ruso fue arrollador, pero la propia celeridad fue dispersando y desarticulando sus unidades y dificultando los aprovisionamientos. Este hecho fue hábilmente explotado por el general Hindenburg y su ayudante Ludendorf, que llevaron a cabo primero una retirada en orden y luego un fulminante contraataque, que les permitió enfrentarse a las divisiones rusas por separado. A fines de agosto batían consecutivamente a dos grandes ejércitos rusos en las batallas de Tannenberg y luego la de los lagos Mazurianos, donde los sorprendidos moscovitas sufrieron trescientas mil bajas y perdieron la mitad de su material. El general Samsonov se suicidó. Los alemanes recobraron todo el terreno perdido, pero con la mayor parte de su ejército en el frente occidental, no podían ni soñar en la invasión de la inmensa Rusia. También aquí el frente se detuvo indefinidamente. Por su parte, los austriacos, que habían invadido Serbia y penetrado en Belgrado, hubieron de retirarse para hacer frente al avance ruso, que en septiembre quedó detenido. Mes y medio después de comenzada la guerra salvo el saliente alemán en Bélgica y nordeste de Francia, todo estaba como al principio. La decepción en los mandos y en la propia población civil, que esperaba una fácil victoria, fue inmensa. Nunca hubo un momento más apropiado para entrar en razón y firmar una paz general. Se impusieron, sin embargo, los orgullos nacionales y el temor a dar el brazo a torcer. Fracasó el generoso intento de mediación de Benedicto XV, que llegó a ofrecer su vida por la paz (y fallecería poco después). La contienda se prolongaría irracionalmente durante tres años más.

El fracaso de la guerra
¿Qué había sucedido? Todos esperaban que la poderosa maquinaria bélica del siglo XX, con su capacidad de movilización de grandes masas —la de unos se figuraba más rápida que la de los otros—, su impresionante capacidad de fuego, su posibilidad de maniobras fulgurantes y la existencia de armas de tiro rápido, singularmente la ametralladora, iba a deparar a la contienda una celeridad espectacular. Sin embargo, las previsiones de los Estados Mayores se vinieron abajo. A la rapidez de unos respondió la rapidez de otros, y todas las «operaciones de flanqueo», corriendo el centro de gravedad de la operación a derecha e izquierda, fracasaban a los pocos días, y al fin se descubrió que eran inútiles. Por su parte, las armas de tiro rápido (singularmente la ametralladora, pero también la artillería de campaña fácilmente transportable) tuvieron un efecto inverso al esperado, puesto que favorecían mucho más al bando que parapetado en sus posiciones se defendía, que a aquel que no podía usarlas por tener que avanzar a la carrera. Por otra parte, toda aceleración del avance tiende a desarticular las unidades propias y a dificultar los abastecimientos, cuando los que se mueven son millones de hombres. Los técnicos hubieron de reconocer su error demasiado tarde, y durante años no encontraron la fórmula para sostener una ofensiva continuada.

En lo que sí estaban de acuerdo la mayor parte era en que una guerra rápida favorecía a los alemanes, mejor adiestrados para una campaña ofensiva que sus adversarios, y excelentemente entrenados y pertrechados. Una guerra larga favorecería, por el contrario, a los aliados, que disponían de más reservas humanas, y cuyo dominio de los mares les permitía contar con los recursos de todo el mundo. Alemania, Austria y Turquía —los llamados Imperios Centrales— dibujaban una diagonal sobre el mapa de Europa, del Mar del Norte al Asia Menor y parte de Arabia y Mesopotamia; pero estaban cercados por los aliados, tanto al Este como al Oeste. Los países aliados contaban con una población de 250 millones de habitantes, y los centrales con 140. Esta desproporción se iría incrementando todavía más conforme nuevos países se alineaban con el bando que terminaría siendo vencedor.

Sin embargo, en la primera mitad de 1915, los alemanes pudieron ganar la guerra. Tanto unos como otros habían previsto una campaña corta. Pero los alemanes, con su característico sentido planificador tenían totalmente preparado un plan de conversión de su industria convencional en industria de guerra, mientras los aliados tuvieron que improvisarlo. A comienzos de 1915, los alemanes podían mantener una acción ofensiva continuada por espacio de un año, en tanto los aliados no disponían de municiones más que para tres meses. Un intento sostenido y a toda costa de romper la guerra de posiciones aunque hubiese fracasado el avance, hubiera obligado a los aliados a rendirse, por falta de municiones. Pero los alemanes no lo sabían.

Prefirieron atacar en el frente Este, único donde parecía posible volver a la guerra de movimientos. Y aunque al principio con dificultades, los germanoaustriacos recuperaron Galitzia y ocuparon Polonia y parte de Lituania. Fue el mayor avance obtenido en toda la guerra, pero la enorme Rusia, aunque maltrecha, seguía en pie. Por otra parte, la entrada de Italia en la contienda, a favor de los aliados, aunque no supuso avance alguno sino todo lo contrario, obligó a los centrales a una nueva dispersión de fuerzas. No variaron las cosas en 1916, año en que los tremendos esfuerzos por romper el frente occidental por unos y otros —los alemanes por Verdun, los aliados por el Somme (donde se enmarca la película Senderos de Gloria)— tropezaron con enconada resistencia, a costa de un enorme número de bajas por uno y otro bando, sin avances significativos. Era el fracaso de la guerra. Tanto los centrales como los aliados habían sufrido pérdidas espantosas, sin haber obtenido ventaja alguna. La guerra podía durar indefinidamente y convertirse —¡si no lo era ya!— en una tremenda carnicería sin sentido.

El papa volvió a ofrecer su mediación, y el nuevo presidente de los Estados Unidos, Wilson, ofreció una paz blanca, «paz sin anexiones ni indemnizaciones», que dejase las cosas como habían estado al principio. Los centrales, que ya sabían que no podían ganar la contienda, estaban interiormente dispuestos a un arreglo, pero los francobritánicos, que lo sabían también, impusieron unas condiciones drásticas, que no fueron aceptadas. De cualquier modo, el «fracaso de la guerra» cundió en todas las conciencias, y en 1917 hizo crisis. La desmoralización fue grande, y los partidarios de la revolución social, conscientes del desengaño de las masas obreras, creyeron llegada su ocasión. Lenin, refugiado en Suiza, fundó la Tercera Internacional, esgrimiendo la tesis de que la guerra era consecuencia del imperialismo, y éste hijo del capitalismo. En Rusia, donde la población civil vivía en la miseria, y tanto los políticos como los militares estaban totalmente desacreditados, estallaron tres revoluciones en el mismo año, una liberal, otra socialista y una tercera comunista, que sería la llamada a imponerse. En Alemania hubo movimientos espartaquistas —versión germana de los soviets en Rusia—, así como deserción de tropas. Los generales Hindenburg y Ludendorf proclamaron una dictadura —desde entonces la autoridad del kaiser quedó en segundo plano— y consiguieron imponer el orden. En Francia cientos de miles de hombres desertaron del frente, y fue precisa la autoridad carismática de un místico de la guerra, el mariscal Foch, acompañado de la sobrehumana energía de Clemenceau, el hombre de la guerre, rien que la guerre, para restablecer la situación; aunque tanto en Francia como en Inglaterra proliferaron los movimientos pacifistas.

El resultado de la crisis general de 1917 fue la imposición del régimen soviético en Rusia, el reforzamiento del poder en la mayor parte de los países beligerantes, y la entrada en la guerra de los Estados Unidos. Efectivamente, los alemanes comprendieron la imposibilidad de derrotar a sus enemigos mientras estos dispusieran de casi todos los recursos del mundo. A tal efecto, impulsaron un arma que desde el primer momento les había reportado resultados sorprendentes: el submarino. No podían dominar la superficie de los mares, pero sí atacar desde debajo de ella. Los submarinos hundieron tal cantidad de barcos, que Gran Bretaña se vio desabastecida, Y en una situación cada vez más crítica. Pero el arma submarina tenía un doble filo, pues perjudicaba los intereses norteamericanos, que eran los principales proveedores de Inglaterra. En 1917, el presidente Wilson, decidido a salir de un secular aislacionismo, pasó de su proyecto de árbitro de la paz al de árbitro de la guerra. Y realmente la decidió.
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