Esparto (relatos) Antonio González Al pueblo donde nací, que dejó para siempre un almendro en flor en mi corazón Índice






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EL FRAILE DEL COLLADO


(Leyenda de Gójar)

En el cerro de Gójar un fraile


ayuda a los pobres con su caridad:

los consuela, les da medicinas

y a la Virgen pide los libre del mal.

(Letra de las “Coplas de la Aurora”)

A comienzos del siglo XVII la comarca de Gójar era un conjunto de caseríos y huertas pertenecientes a señores de la nobleza granadina, o a burgueses poderosos e influyentes. La iglesia tenía también su buena parte, ya que eran no pocos los conventos que se habían erigido en aquellas laderas, fértiles gracias a las acequias y ramales de riego que los moriscos habían construido. En buena cantidad eran todavía moriscos (nos situamos en unos años anteriores al decreto de expulsión de Felipe III) los que, al servicio de los señores, seguían cultivando la tierra, y regándola con las limpias aguas que bajaban de Sierra Nevada.

Al convento de los franciscanos de Gójar pertenecía un frailecico que pronto se hizo popular entre las gentes rústicas de la zona, ya que pasaba buena parte del día entre ellos: o les pedía limosna para el convento, o buscaba plantas silvestres (collejas...) para la parca cocina conventual, o para la enfermería, pues también era un experto herbolario.

Era un hombre, este fraile, de poca apariencia física, pequeño de cuerpo, aunque fuerte y bien proporcionado. Hijo único de una rica familia granadina, sus padres, después de los lógicos forcejeos con la voluntad del hijo, habían aceptado con dolor humano y resignación cristiana la pérdida del hijo, arrebatado por la inquebrantable vocación religiosa.

Fray Roque, éste era su nombre, no era, por tanto, uno de los muchos jóvenes que acudían a los conventos escondiendo tras la careta de la vocación religiosa la verdadera cara del hambre, o de la falta de amo al que servir, o de tierras que labrar, o de horizontes hacia los que caminar, en aquella España poderosísima entre las naciones, pero devastada y paupérrima para tantos hijos hambrientos.

Fray Roque era un sincero seguidor del pobrecillo de Asís: por eso estaba siempre alegre, y trasmitía a las gentes sencillas de la comarca la alegría honda que no tiene por causa el estómago y la vanidad satisfechos, sino una fe religiosa muy acendrada y segura. Mas no era sólo su alegría lo que trasmitía el frailecico. Como ya queda dicho, hacía el bien continuamente. Sabía ver las necesidades de todos, tanto en sus andanzas por la comarca, entre campesinos y pastores, como en el propio convento; y a todos acudía y les buscaba remedio, con la fina inteligencia de su buena educación y con el celo de la verdadera caridad fraterna.

En el otoño de 1606, una epidemia de cólera asoló la comarca. Las gentes pobres que malvivían en cabañas y en chozas veían enfermar a sus familiares, los veían debilitarse víctimas del morbo, y morir, sin poder hacer apenas nada por aliviarlos.

En tan duros tiempos para la población, el fraile Roque se volcó más todavía, sacando fuerzas físicas de su virtud espiritual, en su vida de caridad. Era además nuestro fraile un gran devoto del santo cuyo nombre llevaba: San Roque, su otro maestro en la caridad cristiana junto al de Asís; San Roque, hijo único, como él, de una familia rica, y entregado por amor fraternal a asistir a las víctimas de la peste, que asolaba Europa tres siglos antes.

Nuestro frailecico veía que las necesidades de los gojareños eran muchas, en aquellos tiempos de epidemia, y pidió permiso al prior para no tener que volver al convento cada noche. La pasaría donde buenamente le pillara, donde hiciera falta llevar algún lenitivo para el sufrimiento, aunque sólo fuera el de su siempre risueña y serena presencia.

Remitió al fin la epidemia; y el dolor de los que quedaron comenzó a restañarse, por esa ley de la vida que obliga a los vivos a seguir su camino, llevando, de los parientes que dejan atrás, sólo la memoria en la cabeza, la sangre en las venas, y el amor en el corazón. Nuestro fraile, mientras tanto, se había habituado a vivir siempre fuera del convento; a pasar la noche en cualquier pobre choza donde pudiera acompañar a algún necesitado; a ir a la iglesia con la gente del pueblo, a pedir a Dios clemencia para los niños que quedaban sin madre, para las madres que perdían a sus hijos.

Fray Roque veía que los que llevaban una vida más dura eran los pobres pastores que cuidaban “sus” rebaños en las laderas del monte, entre los ríos Dílar y Aguas Blanquillas. Por ello pidió licencia a su prior para quedarse entre ellos, y hacer vida de ermitaño; viviría de las limosnas de los pastores, y les ayudaría en cuanto estuviera en su mano: buscándoles hierbas medicinales, tejiéndoles esparteñas, enseñando a leer a sus zagales.

El prior concedió de buen grado su permiso, ya que veía que fray Roque había elegido el camino acertado para su vocación, y el más beneficioso para aquellas pobres gentes; incluso, probablemente, el más provechoso para el convento.

El frailico excavó una pequeña gruta en la ladera del monte, sobre los parajes de Macairena, en la margen derecha del barranco, un lugar al que los pastores llamaban El Collado. Y allí vivió, sin más compañía que la de una pequeña imagen de su santo homónimo. También San Roque había vivido, ya contagiado y enfermo de la peste, en una pequeña cueva, en Piacenza, adonde el perrillo que siempre aparece junto a su imagen le llevaba, milagrosamente, el alimento que necesitaba. Fray Roque no estaba enfermo, así que él mismo saldría a buscarlo por el amor de Dios y de sus criaturas.

Bastantes años vivió Roque de ermitaño, en la presencia de Dios, que se siente más cerca en la altura del monte, junto a los pastores, y junto a todas las demás criaturas que poblaban la tierra: los rebaños de ovejas y cabras, los pajarillos cantores y las majestuosas águilas, los zorros y lobos, acechantes y astutos, los tímidos conejos, las silenciosas culebras.

Esta fue la compañía del poverello del Collado: Dios y sus criaturas. Y en esta vida de pobreza y caridad pasó los años que le quedaban para estar en la tierra.

Y de esta forma vivía cuando le llegó la hora del tránsito, en la Nochebuena de 1617. Ocurrió como sigue. Fray Roque ya dormía en la cueva. En medio del sueño, tuvo una aparición: la imagen de San Roque que tenía en un minúsculo altar de la gruta, cobró vida, se convirtió en un San Roque glorioso, y resplandeciente mucho más que una gran hoguera. Y el santo le dijo: “Tocayo, levántate y ven conmigo. Vamos a ver a Jesús”. Fray Roque despertó sobresaltado, salió de la cueva y vio que la luz de su sueño brillaba más arriba, en medio de la ladera. El ermitaño empezó a trepar apresurado. No sentía el frío intenso, ni la ventisca que lo azotaba y casi le arrancaba los harapos. Al llegar a donde había estado la luz del santo, su cuerpo quedó paralizado, bloqueado, convertido en Roca: el sentido simbólico y premonitorio de su nombre se cumplía. Mientras, su alma volaba por las regiones celestes, ahora tan resplandeciente como el alma de su tocayo.

9
ABUNDIO


Me gustaría escribir ampliamente, antes de que la memoria se me extravíe o la tinta se me seque, acerca de la vida de mis amigos Abundio e Isidora, a los que debo mucho. Por ahora mandan las circunstancias que me limite a presentarlos, y a resumir alguna anécdota de las muchas que protagonizaron.

Abundio e Isidora habían salido de la guerra sin familia, sin odio, sin fortuna. Habían sobrevivido. Eran demasiado poquita cosa en el pueblo para que algún desalmado la tomara con ellos; y por el contrario, siempre habían encontrado un alma caritativa en los momentos peores. Eran hermanos. Isidora, dos años mayor, había hecho y seguía haciendo el papel de madre. Abundio era apocado, retrasado; un cándido incapaz de separarse de su hermana.

Al final de los años cincuenta habían conservado una casucha no más miserable que la mayoría de las otras; y un par de bancales a los que algo sacaban.

I
La familia de Abundio se completó cuando empezaron a tener animales: alguna gallina; luego, una cabra; más adelante, también una burra blanca, mansa y fortachona. Por último, incluso una marrana de cría. Por accidente casi: Abundio no había consentido que el herrador, que hacía las veces de veterinario, le hiciera daño a aquel animal de su casa, con lo cual la cerda creció fértil y lozana; y, llegado el momento, parió felizmente una camada que fue las delicias de la familia. Y aportó unos ingresos a la economía de los hermanos, que vendieron todos los lechones menos el más pequeño. a éste, aunque algún vecino lo había pretendido, Abundio prefirió mantenerlo a su arrimo. Diríase que quería ejercer de padre con aquel cerdito blanco de cuento infantil. Y la verdad es que tanto cuido y cariño dieron su resultado: el lechón creció sano y vigoroso. En primavera salía con frecuencia a las eras, a comer malvas, a hozar y retozar en los charcos, y a tumbarse al sol.

Mientras tanto Abundio laboraba en sus bancales, o echaba alguna peonada con algún vecino de más caudal, con algún rico del pueblo. Sólo servía para trabajos que requirieran poca destreza, e incluso en esos era frecuente que terminara cometiendo algún pequeño desaguisado, que desesperaba al responsable del trabajo: dueño, manijero, capataz, albañil o gañán. Aunque al remate todo se lo perdonaban. Al fin y al cabo, Abundio se conformaba con lo que buenamente le daban.

En agosto el lechón se había convertido en un cerdo de buen talle, que corría como un futbolista y comía como un emperador. Era el tiempo de los rastrojos: buena época para las panzas porcunas. Cada mañana, bien temprano, Abundio llevaba a la madre y al hijo hasta algún campo de rastrojo. Ataba a la madre con una soga bien larga, para que pudiera dominar un amplio círculo. Y dejaba suelto al hijo, que nunca se iba lejos de su madre. En seguida Abundio buscaba algún lugar en las cercanías donde segar una buena brazada de pasto o de hierba, y la dejaba cerca de la marrana. Luego se marchaba a sus faenas. Y a la puesta de sol uno de los hermanos acudía para reducirlos a la cara pocilga, felices todos y cansados.

Hasta que una tarde se presentó la complicación: cuando Abundio llegó a donde los había dejado, sólo encontró a la madre. Comenzó a dar vueltas por los alrededores, llamando al hijo con cariñoso acento, pero no obtenía respuesta ni percibía indicios del motivo de la ausencia. Imitaba Abundio el gruñido de su animal con la misma propiedad con la que ciertos regidores antiguos habían imitado el rebuzno del suyo; y con el mismo o parecido resultado. Empezó a anochecer y Abundio comenzó a desesperar. Corría y gruñía en todas direcciones. Comenzaron a lucir las estrellas. Alguna lágrima resbaló por la mejilla de Abundio... Ya abandonaba, cansado, la búsqueda. Y entonces lo oyó. Oyó algo, oscuramente: ¿un gruñido, un crujido, un quejido?, ¿un ronquido de rana? Abundio volvió a gruñir con esperanza, aguzó el oído... y no tuvo ya duda de que había obtenido respuesta. Corrió en la dirección que le dictaban su oído y su corazón: el estanque. Su joven pariente flotaba en un estanque de riego, estirando la fina cabeza como un hipopótamo africano. El animal reconoció inmediatamente a su amo, y nadó hacia él sin vacilación. Seguramente había caído en aquella trampa inclinándose demasiado para beber, ya que al agua le faltaba unos treinta centímetros para llegar al borde. en el borde se tumbó Abundio y estiró cuanto pudo el brazo. Agarró al cochino de una oreja; y, tironeando dulce y firmemente, lo atrajo hacia sí. Luego con ambas manos lo levantó como a un niño, y lo apretó contra su pecho como si verdaderamente fuera su hijo. El muchacho parecía estar bien. Sólo cuando estuvieron cerca de la madre se atrevió a soltarlo el buen Abundio, que ya empezaba a recuperarse del soponcio.

Se encaminaron los tres al pueblo, casi en plena oscuridad. Cuando iban a llegar a las primeras casas, una oscura figura de mujer les salió al encuentro. Era Isidora, que, ya preocupada por la tardanza, había salido a buscarlos.

II
Entre las habilidades que Abundio admiraba, cuando las veía ejercidas por algunos de sus convecinos, estaba la del manejo del esparto.

En los días soleados del invierno, cuando su vecino Ramón el Cantarero se sentaba a hacer pleita en alguna recacha, Abundio se sentaba a su lado, a verlo trenzar la tosca tela que crecía y crecía, mientras un manojo nuevo sustituía a otro que se acababa en el sobaco izquierdo del tejedor. Parecía un trabajo autónomo de los brazos, ya que Ramón mientras tanto charlaba con Abundio con la tranquilidad del que no está haciendo nada, del que está descansando. Abundio admiraba a Ramón porque trabajaba y descansaba a la vez: para él eso era el colmo de la capacidad, de la felicidad.

Ramón solía subir al monte en la primera quincena de septiembre, antes de que las primeras lluvias estropearan el esparto. Para entonces ya había terminado el remolino de faenas que traía el verano para un pequeño labrador que sólo cuenta con su persona para llevar a los trojes su parva cosecha; en momentos de apuro, las peonadas prestadas; nunca peonadas pagadas.

--Abundio, ¿no querías aprender a trabajar el esparto? Mañana subo al monte a coger. Ven conmigo y empiezas por aprender cómo se arranca.

Abundio no dijo nada a Ramón, pero sí a su hermana, cuando volvió a la casa. Isidora lo vio ilusionado y no quiso quitarle la ilusión.

--Ve con él, pero no cargues mucho a la burra, que la puedes lisiar si la haces bajar de La Joroba con mucha carga; que el esparto pesa...

Al día siguiente, al amanecer, los dos vecinos, con sus bestias aparejadas, su cesto del almuerzo y su garrafilla –forrada de pleita- de dos litros de agua, estaban en el camino de La Joroba.

--Ramón, ¿a ti por qué te llaman el Cantarero?

--¿Y a ti por qué te dicen Abundio?

--Yo me llamo Abundio porque ese nombre me lo puso el cura en la pila del agua bendita; como a ti te puso Ramón; pero lo de Cantarero no te lo puso el cura.

--Me gustaría a mí ver el nombre que te puso de verdad el cura en sus papeles. Pero te diré lo que algunos no saben. La gente se piensa que me llaman el Cantarero porque ya se lo llamaban a mi abuelo, que vendía cántaros, y recorría los pueblos transportándolos en una burra como la tuya. Lo que la gente no sabe es que a mi abuelo lo llamaban Cantarero antes de que se echara a vender cántaros. Así que vete tú a saber.

El instrumento de arrancar el esparto es muy simple: un palito recto de olivo (por lo duro) como un dedo de grueso y de una cuarta de largo, atado en un extremo a un hilo que se mete con lazada en la muñeca, para que, al soltarlo el arrancador, no se caiga al suelo, sino que se quede colgando del brazo. Y el uso de tan sencilla herramienta tampoco es complicado, de modo que Abundio aprendió enseguida: no lo hacía tan deprisa como su amigo, pero arrancaba esparto. También aprendió a atar los manojos.

Y se sentía feliz. Una fresca brisa bajaba de la sierra, donde todavía se apreciaban las manchas blancas de algunos ventisqueros. La burra y el mulo, desaparejados, buscaban tranquilos algo que pastar que estuviera menos duro que el esparto. Los insectos pululaban, el cielo era de un azul impecable, y algún pajarillo iba o venía.

Mas al pobre Abundio, una vez más, la felicidad no le duró. De pronto notó una fuerte punzada en la parte exterior del pie derecho: acababa de morderle una víbora a la que él había pisado sin darse cuenta.

--¡¡¡Ramóóónnn!!! ¡¡¡Que m’ha mordío una culebra!!!

El Cantarero acudió corriendo, mató a la víbora de una certera pedrada en la cabeza, ayudó al amigo a sentarse en el suelo, le quitó la alpargata, se sacó la navaja del bolsillo del pantalón y juntó las dos marcas que habían dejado los colmillos del reptil con un buen corte. Empezó a succionar y escupir. Así estuvo un rato...

--Ramón, me voy a marear.

--Yo ya lo estoy de olerte el pie, así que aguanta. Ahora te voy a atar un pañuelo sobre el tobillo, para que el pie tenga menos circulación de sangre. Y rápidamente aparejo las bestias, te subes tú en el mulo, y yo os llevo de reata a los tres. Y a tomar por el culo el esparto. Nos vamos al médico.

Don Darío, el médico, atendía a tres pueblos (que no tenían la misma escasez en lo de las atenciones del alma: cada uno tenía su iglesia y su cura párroco). Después de inyectar a la víctima el correspondiente suero, y de curarle bien la herida, dijo a Ramón que lo había hecho todo muy bien, y que su amigo Abundio tenía mucho que agradecerle.

--Pues en cuanto lleguemos a su casa puede empezar, si es que su hermana guarda por allí algo de beber que no sea agua.

Algo había... Y Ramón (lo llamaban el Cantarero porque su bisabuelo vendía vino de sus cántaros en las fiestas y romerías) se pudo suavizar un poco la aspereza que el percance le había dejado por dentro.

Abundio estuvo enfermo varios días. Y cuando recuperó la salud, lo que no recobró fueron las ganas de aprender el oficio del esparto.
España, 06-12-02.


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